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Cito el regret por F. Joukovsky, ed., Joachim Du Bellay, Les antiquités de Rome. Les regrets, Garnier-Flammarion, París, 1971, p. 64; véanse los clásicos estudios de Henri Chamard, Joachim Du Bellay [1900], Slatkine Reprints, Ginebra, 1978; R. V. Merril, The Platonism of Du Bellay, University Press, Cambridge, 1923; así como el de G. Saba, La poesia di Joachim Du Bellay, Florencia, 1962.

 

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Ibid. En otro de los textos citados (Cantar de los cantares de Salomón), no tiene ningún reparo fray Luis en usar el sinónimo o equivalente tradicional de la imagen esculpida en el corazón: «...nunca me dejes de tu corazón ni ceses de amarme, de manera que tu corazón tenga esculpida en sí mi imagen y no la de otro ninguno... así quiero yo que en tu corazón no haya otra imagen más de la mía, ni que tus pensamientos impriman en él más de a mí... Y no sólo deseo que me traigas en tu corazón y pensamiento, mas también de fuera quiero que no mires, ni oigas otra cosa sino a tu Esposo, y que todo te parezca que soy yo y que allí estoy yo» (VIII, 7, pp. 264-265).

 

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Además de la semejanza original, el amor, como recuerda Platón, se afana, precisamente, en «llevarlos [a los amantes] a una total semejanza con ellos mismos y con el dios que veneran» (Fedro, 253 a; véase, arriba, principio del capítulo I).

 

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Soneto XXXIX, 9-12; cito por la edición de D. Alonso y S. Reckert, Vida y obra de Medrano. II. Edición crítica de sus obras, CSIC, Madrid, 1958.

 

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Diálogos, p. 226. Hebreo, sin embargo, deriva el diálogo hacia terrenos más cercanos a la religio amoris: «si el amante, de necesidad, está en obligación de servir a su amado como a su dios, y está constreñido a morir por él; y no podrá hacerlo de otra manera, si ama bien: porque está ya transformado en el amado y en él consiste su felicidad y todo su bien, y ya no en sí mismo» (p. 138; cf. A. Soria Olmedo, Los «Dialogui»..., pp. 90-91); para esta derivación, también puede verse M. ;orales Borrero, «Procedentes de la Literatura Mística Española. León Hebreo», en Homenaje al prof. A. Gallego Morell, Universidad de Granada, 1989, II, pp. 461-468.

 

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La noción de «semilla» es platónica; es uno de los tres órdenes en las especies divinas: ideas, razones y semillas (Timeo, 30 a; cf. Plotino, Enn., V, 1-4; San Eusebio de Cesarea. Praep. Evang., XI, 20), que ya había explicado Ficino (De amore, II, IV): «las semillas de las cosas en torno al alma, ya que a través del alma pasan a la naturaleza, es decir, a esta fuerza de generar, y de nuevo unen la naturaleza humana» (ed. cit., p. 32).

 

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Y sigue diciendo que «mediante quo semine regeneramur in filios Dei, et ideo ista regeneratio et conjunctio cum Deo non atribuitur tam charitati, quam Deo ipsi; et ex consequenti, ex hoc effectus, qui est conjungi Deo; et ideo potius colligitur ipsum Deum, qui est causa charitatis, esse infinitae virtutis, supra eam charitatem» (op. cit., p. 49). Repite la idea en Nombres, «Padre del siglo futuro»: «Cristo... pone en efecto actual en nosotros aquello mismo que comenzamos a ser en él y que él hizo en sí para nosotros... y pone también simiente de vida y, como si dijésemos, un grano de su espíritu y gracia, y siendo cultivado como es razón, vaya después cresciendo por sus términos, y tomando fuerzas y levantándose hasta llegar a la medida, como dice Sant Pablo [Ef., IV, 13], de varón perfecto» (p. 295).

 

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F. de la Torre, Poesía completa, ed. M.ª Luisa Cerrón Puga, Cátedra, Madrid, 1984, soneto XXXII, p. 129; la fuente citada por la editora (el soneto CXLIV del Canzoniere de Petrarca) es suficientemente explícita. Ya vimos asomar el tema en el soneto XXVIII (p. 125) de De la Torre, donde retomaba el VIII, 1-4, de Garcilaso para describir las flechas «espirituales» del amor, que alcanzan el centro del alma: «Con cuyos encendidos rayos rojos / traspasando [Amor] mi vista deseosa / hasta donde su propio ser reposa, / furiosa rinde todos mis despojos; / y en lo secreto de mi pecho puro / (templo a su simulacro consagrado) / de las vencidas prendas le rodea. / El alma confiada del seguro / que su firmeza tiene asegurado, / adora en sí su celestial idea» (vv. 5-14); a lo que se ve, el centro, el «templo», del alma está ocupado por la imagen («simulacro») de la amada, pero ideal, intelectualmente sublimada («celestial idea»), por lo que no le afectan las perturbadoras insidias de Amor «a mis cansados ojos» (v. 1).

 

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Edición de J. Lara Garrido, Poesías castellanas completas, Cátedra, Madrid, 1985, p. 359; cf. A. Terry, «Thought and feeling in three Golden Age sonnets», BHS, LIX (1982), pp. 237-246; Otis H. Green, «On Francisco de Aldana: Observations on dr. Rivers' Study of El Divino Capitán», Hispanic Review, XXVI (1958), pp. 117-135. Análogamente, Herrera, en su tercera Égloga, 56-60, llama a su amada Amarilis no ya «mitad de su alma» sino la «mayor parte»: «¡Oh hermosa Amarilis, mayor parte / de mi alma!, no habrá jamás olvido / que pueda de mi pecho enamorado / borrarte, ni aun habiendo fenecido / la vida, y siempre duraré en amarte»; recuerdo de Ovidio, Ex Ponto, I, VII, 2: «pars animae magna... meae» (véase arriba, capítulo I, nota 40). Cito por la edición de M.ª Teresa Ruestes, Fernando de Herrera, Poesía, Planeta, Barcelona, 1986, p. 153; cf. de la misma autora, Las églogas de Fernando de Herrera, PPU, Barcelona, 1989, pp. 151 ss.

 

40

Los siguientes recuerdan mucho a los de la Égloga de Garcilaso arriba citada: «¡Ay, qué bien sé que el amador ausente / más muere en no morir que si muriera / cuando dejó la causa de su vida! / Es ello así porque animando el alma, / más que el lugar que anima, al mismo que ama, / ausentándose del siente dos muertes: / una que muere y otra que no acaba» (p. 369). Véase D. Gareth Walters, The Poetry of Francisco de Aldana, Támesis, Londres, 1988, pp. 38-53; C. Ruiz Silva, Estudios sobre Francisco de Aldana, Universidad de Valladolid, 1981, pp. 97-101; últimamente, A. Mateos Paramio, «Francisco de Aldana: ¿un neoplatónico del amor humano?», en M. García Martín et al., eds., Actas del II Congreso Internacional de Hispanistas del Siglo de Oro, Universidad de Salamanca, 1993, 2 vols., II, pp. 657-662. Para el concepto de amistad en general, remito de nuevo al libro de Reginal Hyatte, The Arts of Friendship, especialmente el capítulo dedicado al Dell'amicizia de L. B. Alberti.

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