31
Cito el regret por F. Joukovsky, ed., Joachim Du Bellay, Les antiquités de Rome. Les regrets, Garnier-Flammarion, París, 1971, p. 64; véanse los clásicos estudios de Henri Chamard, Joachim Du Bellay [1900], Slatkine Reprints, Ginebra, 1978; R. V. Merril, The Platonism of Du Bellay, University Press, Cambridge, 1923; así como el de G. Saba, La poesia di Joachim Du Bellay, Florencia, 1962.
32
Ibid. En otro de los textos citados
(Cantar de los cantares de Salomón), no tiene
ningún reparo fray Luis en usar el sinónimo o
equivalente tradicional de la imagen esculpida en el
corazón: «...nunca me dejes de tu
corazón ni ceses de amarme, de manera que tu corazón
tenga esculpida en sí mi imagen y no la de otro ninguno...
así quiero yo que en tu corazón no haya otra imagen
más de la mía, ni que tus pensamientos impriman en
él más de a mí... Y no sólo deseo que
me traigas en tu corazón y pensamiento, mas también
de fuera quiero que no mires, ni oigas otra cosa sino a tu Esposo,
y que todo te parezca que soy yo y que allí estoy
yo»
(VIII, 7, pp.
264-265).
33
Además de
la semejanza original, el amor, como recuerda Platón, se
afana, precisamente, en «llevarlos [a
los amantes] a una total semejanza con ellos mismos y con el dios
que veneran»
(Fedro, 253 a; véase, arriba,
principio del capítulo I).
34
Soneto XXXIX, 9-12; cito por la edición de D. Alonso y S. Reckert, Vida y obra de Medrano. II. Edición crítica de sus obras, CSIC, Madrid, 1958.
35
Diálogos, p.
226. Hebreo, sin embargo, deriva el diálogo hacia terrenos
más cercanos a la religio amoris: «si el
amante, de necesidad, está en obligación de servir a
su amado como a su dios, y está constreñido a morir
por él; y no podrá hacerlo de otra manera, si ama
bien: porque está ya transformado en el amado y en él
consiste su felicidad y todo su bien, y ya no en sí
mismo»
(p. 138;
cf. A. Soria Olmedo, Los «Dialogui»...,
pp. 90-91); para esta
derivación, también puede verse M. ;orales Borrero,
«Procedentes de la Literatura Mística Española.
León Hebreo», en Homenaje al prof. A. Gallego Morell, Universidad de
Granada, 1989, II, pp.
461-468.
36
La noción
de «semilla» es platónica; es uno de los tres
órdenes en las especies divinas: ideas, razones y semillas
(Timeo, 30 a; cf. Plotino,
Enn., V, 1-4; San Eusebio de Cesarea. Praep. Evang., XI, 20), que
ya había explicado Ficino (De amore, II, IV): «las semillas de las cosas en torno al alma, ya
que a través del alma pasan a la naturaleza, es decir, a
esta fuerza de generar, y de nuevo unen la naturaleza
humana»
(ed.
cit., p. 32).
37
Y sigue diciendo
que «mediante quo
semine regeneramur in filios Dei, et ideo ista regeneratio et
conjunctio cum Deo non atribuitur tam charitati, quam Deo ipsi; et
ex consequenti, ex hoc effectus, qui est conjungi Deo; et ideo
potius colligitur ipsum Deum, qui est causa charitatis, esse
infinitae virtutis, supra eam charitatem»
(op. cit., p. 49). Repite la idea en Nombres,
«Padre del siglo futuro»: «Cristo... pone en efecto actual en nosotros
aquello mismo que comenzamos a ser en él y que él
hizo en sí para nosotros... y pone también simiente
de vida y, como si dijésemos, un grano de su espíritu
y gracia, y siendo cultivado como es razón, vaya
después cresciendo por sus términos, y tomando
fuerzas y levantándose hasta llegar a la medida, como dice
Sant Pablo [Ef., IV, 13], de varón perfecto»
(p. 295).
38
F. de la Torre,
Poesía completa, ed. M.ª Luisa Cerrón Puga,
Cátedra, Madrid, 1984, soneto XXXII, p. 129; la fuente citada por la editora (el
soneto CXLIV del Canzoniere de Petrarca) es suficientemente
explícita. Ya vimos asomar el tema en el soneto XXVIII
(p. 125) de De la Torre, donde
retomaba el VIII, 1-4, de Garcilaso para describir las flechas
«espirituales» del amor, que alcanzan el centro del
alma: «Con cuyos encendidos rayos rojos
/ traspasando [Amor] mi vista deseosa / hasta donde su propio ser
reposa, / furiosa rinde todos mis despojos; / y en lo secreto de mi
pecho puro / (templo a su simulacro consagrado) / de las vencidas
prendas le rodea. / El alma confiada del seguro / que su firmeza
tiene asegurado, / adora en sí su celestial idea»
(vv. 5-14); a lo que se ve, el centro,
el «templo», del alma está ocupado por la imagen
(«simulacro») de la amada, pero ideal, intelectualmente
sublimada («celestial idea»), por lo que no le afectan
las perturbadoras insidias de Amor «a mis cansados
ojos» (v. 1).
39
Edición de
J. Lara Garrido, Poesías castellanas completas,
Cátedra, Madrid, 1985, p.
359; cf. A. Terry, «Thought and feeling in three Golden Age
sonnets», BHS, LIX (1982),
pp. 237-246; Otis H. Green,
«On Francisco de Aldana: Observations on dr.
Rivers' Study of El Divino Capitán»,
Hispanic
Review, XXVI (1958), pp.
117-135. Análogamente, Herrera, en su tercera
Égloga, 56-60, llama a su amada Amarilis no ya
«mitad de su alma» sino la «mayor parte»:
«¡Oh hermosa Amarilis, mayor parte
/ de mi alma!, no habrá jamás olvido / que pueda de
mi pecho enamorado / borrarte, ni aun habiendo fenecido / la vida,
y siempre duraré en amarte»
; recuerdo de Ovidio,
Ex Ponto, I,
VII, 2: «pars animae
magna... meae»
(véase arriba,
capítulo I, nota 40). Cito por la edición de
M.ª Teresa Ruestes, Fernando
de Herrera, Poesía, Planeta, Barcelona, 1986,
p. 153; cf. de la misma autora, Las
églogas de Fernando de Herrera, PPU, Barcelona, 1989,
pp. 151 ss.
40
Los siguientes
recuerdan mucho a los de la Égloga de Garcilaso
arriba citada: «¡Ay, qué
bien sé que el amador ausente / más muere en no morir
que si muriera / cuando dejó la causa de su vida! / Es ello
así porque animando el alma, / más que el lugar que
anima, al mismo que ama, / ausentándose del siente dos
muertes: / una que muere y otra que no acaba»
(p. 369). Véase D. Gareth
Walters, The Poetry
of Francisco de Aldana, Támesis, Londres, 1988,
pp. 38-53; C. Ruiz Silva,
Estudios sobre Francisco de Aldana, Universidad de
Valladolid, 1981, pp. 97-101;
últimamente, A. Mateos Paramio, «Francisco de Aldana:
¿un neoplatónico del amor humano?», en M.
García Martín et al., eds., Actas del II Congreso Internacional de
Hispanistas del Siglo de Oro, Universidad de Salamanca, 1993,
2 vols., II, pp. 657-662. Para el concepto de amistad en
general, remito de nuevo al libro de Reginal Hyatte, The Arts of Friendship,
especialmente el capítulo dedicado al Dell'amicizia de L. B.
Alberti.