Glorias españolas. Una visita a Sagunto
Concepción Gimeno de Flaquer
¡Sagunto! Nombre radioso que ha iluminado con sus ígneos resplandores, pueblos, siglos y generaciones.
Sagunto es la brillante página de los anales de España.
Sagunto es en la historia de las heroicidades españolas el más preciado florón, el laurel más inmarcesible, el más glorioso trofeo. Sagunto es la magnífica epopeya escrita con la sangre de los españoles.
Es indescriptible la emoción que experimenté cuando los valencianos me hicieron una atenta invitación para visitar a la antigua Murviedro, hoy Sagunto inmortal.
Hallábame en la bella ciudad del Cid, respirando la poesía en el ambiente que aspiraba, deleitando la imaginación en aquel océano de luz, esencias y armonías; en aquel éter, siempre diáfano y cerúleo, bello cual los jardines de Hiram y los de las Hespérides; y mi fantasía estaba exaltada por tanta belleza. No se había enardecido mi mente tan solo con los espléndidos bosques orientales y los risueños y variados paisajes que en la ciudad del Turia se ofrecían a mi vista fascinándola; yo había llegado a Valencia después de visitar a la monumental Burgos, y no es extraño que la contemplación del arte y la naturaleza, obrando de consuno sobre mi espíritu, lo saturaran de poética unción.
La unción poética eleva nuestra alma a muy altas regiones, y la mueve para todo lo grande y lo sublime.
En este estado que describo se hallaba mi ser moral, cuando contemplé por vez primera la suntuosa catedral de Burgos, milagro del arte, feliz representación del más brillante período arquitectónico de la Edad Media.
Quien no ha visto la catedral de Burgos, no conoce una de las maravillas que España atesora. Figuraos un colosal monumento rematado por elegantes e ingentes torres de encaje de piedra que por ser tan aéreas y delicadas se pierden en el espacio cual finísimas aristas, cual impalpables primores trabajados por las hadas. Penetrad bajo las naves del famoso templo y os encontraréis con esbeltos haces de flexibles columnas que se extienden graciosamente ciñendo la bóveda y ostentando en sus estrías, follajes debidos al más hábil cincel. Seguid la artística peregrinación, y tropezará vuestra atónita mirada con prodigios del buril y de la paleta, con obras maestras de los sacerdotes del arte, de los semidioses que no han tenido rivales.
Muestransenos atrevidamente enlazados los estilos gótico, dórico, jónico y corintio, admirándose en toda su pureza; allí se ven notables retablos, caprichosos rosetones, notables bajorrelieves, afiligranadas cresterías, lindos tallados y bellísimos doseletes, esmaltados sobre mármoles, oro, plata, bronces y jaspes. Una de las cosas que más fijaron mi atención en Burgos fueron la Magdalena de Leonardo de Vinci y la de Rivera.
La Magdalena del pintor italiano es la mujer coqueta, exuberante de belleza, alegre, triunfante por la seguridad de su hermosura; la Magdalena del pintor español es la mujer macerada por la penitencia, es la expresión de la culpa expiada. La Magdalena de Vinci es la poesía del pecado; la Magdalena de nuestro gran pintor español es la virtud del arrepentimiento, es la apoteosis de la redención.
Mas olvidaba daros cuenta de mi excursión a Sagunto; Sagunto y Burgos se hallan tan enlazados en la cadena de mis recuerdos, que forman un solo eslabón.
Volvamos a Sagunto: constituyendo una pequeña colonia de madrileños y valencianos, nos dirigimos a esa ciudad en una mañana nebulosa y fresca, muy encantadora. El espectáculo que ofrecía el cielo mientras se apiñaban unas nubes sobre otras, que parecían ejércitos combatientes, y el sol luchando por rasgar cenicientos crespones, que por su densidad semejábanse a planchas de plomo, es superior a toda descripción.
El crepúsculo matinal tan prolongado, los vapores perfumados que exhalaba la tierra convirtiéndose en inmenso pebetero, y las fantásticas sombras producidas por aquella luz vaga e indecisa, daban un gran misterio a cuanto nos rodeaba. Por fin se deshizo la bruma de la mañana y brilló el sol dulcemente, sin herir nuestras pupilas con sus rayos. Parecía un sol de plata, más bien una luna radiante y esplendorosa, como suele iluminar en algunas noches de enero.
El terrestre vapor se deslizaba cual una serpiente de fuego por campos de esmeralda, siguiendo la costa; desde allí se distinguía como un tranquilo lago veneciano el mar con sus veleras barcas pescadoras, semejantes a bandadas de gaviotas fugitivas.
El campo recreaba nuestra vista ofreciendo deliciosos contrastes: cuadros de tierra admirablemente trabajados, formando perfectos tableros de ajedrez, palmeras elegantes, enlazadas con flores de granado, ricos viñedos cargados de dorados racimos, bosques de naranjos y florestas donde mil pájaros canoros entonaban himnos de alegría, saludando a la diosa de la mañana.
Entre quintas de recreo y alfombras de musgo, llegamos al pintoresco pueblo de Puig, situado cerca del mar, al pie de dos montecillos que han servido para sacar la piedra con que se ha construido el puerto de Valencia. Es célebre este pueblo por haber servido de cuartel al invicto conquistador D. Jaime I, cuando sitiaba la ciudad del Turia. La Virgen del Puig obtuvo varias muestras de la gratitud del conquistador, entre ellas, el haber colocado en sus altares las llaves de las puertas de Valencia cuando las recibió de los moros, y el haber sido aclamada patrona del reino.
Llegamos a Sagunto y nos dirigimos a la Iglesia Mayor, consagrada a Santa María. Es espaciosa, consta de tres naves, destacándose el altar mayor elegante y severo.
Visitamos después la casa consistorial que no contiene nada notable: la fachada de este edificio da sobre una plaza formada por una glorieta bastante descuidada. En el salón de actos ceremoniosos hay, a ambos lados, dos lápidas de mármol; en la que se halla a la derecha del espectador encuéntrase una copia del real decreto concediendo a Sagunto el título de ciudad por haberse proclamado en sus afueras, como rey de España al malogrado monarca Alfonso XII.
La de la izquierda encierra la siguiente inscripción, resumen de la historia de esta ciudad:
Desde la Casa Consistorial marchamos al castillo: vimos la plaza de la Almenara, el Dos de Mayo y la Ciudadela: desde arriba de la Ciudadela se distingue un precioso panorama. Ante nuestra vista aparecía el mar y la rica comarca valenciana, destacándose los montes de Cullera, quedando a nuestra espalda las escarpadas cumbres de la sierra de Espadán; al descender del castillo vimos por el suelo pequeños fragmentos de barro saguntino, trabajados con gran primor. Haciendo excavaciones en la rampa llamada de la Reina Gobernadora, se han encontrado preciosos mosaicos de distintos colores, que, según la respetable opinión del Sr. Boix, cronista de Valencia, pertenecieron a un sarcófago.
En el pueblo nos enseñaron varias ánforas romanas muy bien conservadas.
Sagunto, la heroica ciudad, monumento de preciadas glorias, se eleva a cuatro leguas de la capital del antiguo reino, en la margen derecha del río Palamio. Legítimo orgullo me impulsaba a visitar aquel glorioso recinto, en el que un puñado de valientes rechazaron las formidables huestes del gran capitán de la edad antigua, del vencedor de los romanos, del héroe de Cannas, del Tesino y del Tresimeno.
Sagunto es un pueblo triste y tranquilo; de su antigua magnificencia dan muestra todavía los restos que se ven de algunos de sus templos y las ruinas de sus circos. También existen algunas lápidas antiguas de gran importancia. Es una ciudad cercada de murallas; sus ruinosos castillos son obra de los moros.
Asombra y sume el alma en las más tristes reflexiones, la contemplación de un pueblo todo belleza, con su suelo alfombrado de flores, tantas veces devastado y cubierto de sangre por infames tiranos.
Admira el valor de aquellos saguntinos que se batieron contra el ejército de Aníbal, contando este general con 15.000 hombres, mientras tenían notable inferioridad numérica, pues todo lo esperaban de sus murallas y baluartes.
La vanidad de Aníbal se estrelló cuando los sitiadores se vieron rechazados por los saguntinos, hasta tener que retroceder a sus trincheras, donde lucharon cuerpo a cuerpo, saliendo herido en esta lucha el atrevido general cartaginés. También vio su soberbia humillada, cuando enfurecido por la resistencia de los saguntinos y rechazando a los embajadores de Roma, intercesores de estos, juraron perecer y destruir la ciudad antes que entregarse.
¡Cuán valerosamente supieron defenderse ocho meses, resistiendo todo el poder de la república de Cartago los sencillos moradores de Sagunto!
¡Qué almas tan gigantes las de aquellas sublimes y heroicas mujeres, que reuniendo todas sus alhajas, vestidos y adornos, se sepultaron en las hogueras que sus maridos atizaban, quedando reducidas a cenizas confundidas con sus hijos!
España es patria de héroes y artistas.
El valor es en España virtud nacional.
Cuando se trata de defender la patria, las españolas se convierten en guerreros.
Las mujeres numantinas han asombrado al mundo con sus proezas.
En la guerra de la Independencia Agustina de Aragón defendió en Zaragoza hasta la última trinchera.
En la primera década del siglo, las mujeres de Gerona hicieron retroceder más de una vez a las tropas del mariscal Saint Cyr.
Jimena, la ilustre viuda del Cid, defendió a Valencia contra los ataques de los almorávides; Berenguela se resistió en Toledo; Sancha de Valenzuela conquistó a Baeza.
María Pita es la indita mujer, la interesante figura de la cual pueden vanagloriarse los gallegos.
Loor a María Pila, a la Padilla y a Mariana Pineda, glorias españolas.
Gloria inmortal a las mujeres saguntinas que, cual las suliotas, dieron ejemplo al mundo con sus rasgos extraordinarios.
Sagunto en su desgracia no sufrió derrota alguna, tuvo que sucumbir por su inferioridad numérica y por sus malas condiciones de defensa; pero sucumbió asombrando al mundo e inspirando respeto.
La gloría de Aníbal quedó eclipsada al penetrar en Sagunto: no; el general cartaginés no triunfó, porque no es triunfo apoderarse de montañas de escombros y hecatombes de valientes. Aníbal no ganó una ciudad, se apoderó de un montón de ruinas.
¡Honores inmortales a los pueblos que cual Sagunto saben morir en aras de la patria!
¡Eternas siemprevivas, inmarcesibles laureles a Sagunto!