Género y jerarquía en «La Florida del Inca»
Raquel Chang-Rodríguez
La gesta de Hernando de Soto en tierras norteamericanas fue notoriamente marcada por un encuentro cultural, en el que prima la figura femenina. Para el Inca Garcilaso de la Vega, esto posee reminiscencias clásicas y aboga, más bien, por un cordial entendimiento de diálogo y comunicación entre los pueblos.
Publicada en Lisboa en 1605, La Florida del Inca es la primera crónica de Indias escrita por un autor mestizo y nacido en el Nuevo Mundo, Garcilaso de la Vega (1539-1616), oriundo del Cusco e hijo del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega y la princesa incaica Isabel Chimpu Ocllo. Si bien los méritos de esta obra primeriza han sido reconocidos por críticos de la talla de José Durand y Aurelio Miró Quesada, la historia de la fallida expedición (1539-1543) del adelantado Hernando de Soto en un vasto e ignoto territorio merece una revisión orientada a situarla dentro de las actuales direcciones de los estudios coloniales. Sin duda, tal reconsideración contribuirá a colocar La Florida del Inca en el centro del debate sobre las crónicas de Indias, tanto por su aporte de documento histórico como por su carácter simbólico. A ello contribuyen los trabajos de próxima publicación bajo el sello de la Pontificia Universidad Católica del Perú y presentados en un simposio interdisciplinario que, con el patrocinio del City College y el Graduate Center de la City University of New York (CUNY), organicé en Nueva York en noviembre de 2003, en anticipación al cuarto centenario de la aparición en Lisboa de este singular libro por las prensas de Pedro Crasbeeck. Obviamente, mi intención era celebrar la primera obra del Inca; no permitir que pasara inadvertida ante la merecida conmemoración del cuarto centenario del Quijote, novela con la cual tanto comparte y cuya común fecha de publicación liga una vez más a los dos luminares de la literatura y cultura hispánicas: Miguel de Cervantes y el Inca Garcilaso de la Vega.
En efecto, en una escritura marcada por el tejido de testimonios orales y escritos sobre la fallida expedición, tanto como por la presencia de múltiples lecturas ya clásicas, ya de las crónicas de Indias, el autor cusqueño, por medio del ejemplo, del relato intercalado, del retrato de personajes, de la representación de hechos heroicos, de las múltiples posiciones que asume el sujeto narrador, aborda en La Florida del Inca, y con una visión moderna, temas y problemas de los cuales se ocupará extensamente en Comentarios reales (primera parte, 1609; segunda parte, 1617), su obra maestra. Estas instancias atañen al cuestionamiento del coloniaje en la zona andina y en extensos territorios entonces disputados por potencias europeas, al uso y abuso de la autoridad en zonas de contacto, a la valía del indígena americano tanto como del mestizo, y a la capacidad de ambos para contribuir a la nueva sociedad.
Respecto a la representación garcilasiana de la población nativa, este ensayo enfoca una breve pero iluminadora instancia narrativa de La Florida del Inca: el encuentro de la princesa de Cofachiqui y el conquistador Hernando de Soto en territorios del sudeste de Norteamérica. Me concentro en esta figura para así abordar el tema de la configuración del otro ya indígena, ya femenino, y el trasvase de jerarquías implícito en esta representación, todo ello con el propósito de resaltar la singular visión del autor cusqueño de los sucesos floridanos y americanos.
El encuentro de
Hernando de Soto, gobernador de Cuba y adelantado de La Florida,
con la princesa de Cofachiqui, señora de un cacigazgo
indígena en territorio del actual estado de Carolina del Sur
de Estados Unidos, ocurre en el centro mismo de la
narración: en el capítulo diez del tercero de los
seis libros que conforman la crónica. Le sirve de marco la
generosa recepción de los españoles de parte de seis
indios principales. Contrariamente a otros sucesos contados, en
éste el contacto se inicia no por las armas, sino por la
palabra, en el momento en que De Soto responde a una pregunta
ritual formulada por los nativos: «Señor, ¿queréis paz o
guerra?»
(F, Libro 3, 10, 209).
Cuando el
adelantado opta por la paz y solicita bastimentos, los
señores étnicos llaman a su cacica, la princesa de
Cofachiqui. Rodeada de un amplio séquito, ésta
aparece ante De Soto y «se sentó en
un asiento que los suyos le traían y ella sola habló
al gobernador sin que indio ni india de las suyas hablasen
palabra»
; éste le respondió «con mucho agradecimiento»
. Las
respuestas de la mujer satisficieron tanto al adelantado como a los
expedicionarios, quienes se admiraron de «oír tan buenas palabras, tan bien
concertadas... de una bárbara nacida y criada lejos de toda
buena enseñanza y pulicía»
.
El sujeto narrador
asume otra de sus máscaras -en este caso la del autor-
cuando comenta: «Mas el buen natural,
doquiera que lo hay, de suyo y sin doctrina florece en discreciones
y gentileza y, al contrario, el necio cuanto más le
enseñan tanto más torpe se muestra»
(F, Libro 3, 10, 210-11). El enaltecimiento del
«buen natural» presenta aquí una idea central en
el discurso del Inca Garcilaso: al elevar a la cacica y comentar su
discreción o buen juicio tanto como su habilidad en el
discurrir, el sujeto narrador afirma que la capacidad y la
inteligencia no son privativas de los nacidos en una particular
latitud ni de quienes pertenecen al género masculino.
Asimismo, el diálogo entre la princesa y el adelantado
parece reafirmar la importancia de la palabra y de la
comunicación, del apropiado intercambio de
información, como vías de encuentro del mutuo respeto
y de la posible convivencia.
La escena, en
efecto, está caracterizada por un ambiente de concierto y
conciliación en la que tanto la retórica como los
refinados modales de los personajes indígenas nos hacen
recordar escenas de la novela pastoril. Sabiamente, al evocar en el
espacio narrativo el encuentro entre Marco Antonio y Cleopatra en
el río Cindo, el narrador resitúa el episodio
floridano entre la señora de Cofachiqui y el adelantando De
Soto en el marco de la historiografía clásica.
Conviene recordar que en esta línea también se halla
la comparación de los funerales de Hernando de Soto con las
exequias de los godos a su rey Alarico en el río Bisento
(Mora 1988, 46). Al mismo tiempo, el encuentro convoca la
retórica autorizada por las narraciones históricas
grecolatinas en la descripción de tales reuniones; o sea, el
intercambio entre protagonistas de diferente geografía y
lengua sin mediación alguna. Inclusive, el Garcilaso
narrador, en un caso de captatio benevolentia, hasta insinúa la
posibilidad de hurtar algunos de estos recursos aun a riesgo
«de descubrir su galanísimo
brocado entre nuestro bajo sayal»
(F, Libro 3,
10, 210).
Este aprovechamiento no debe sorprender, dado que, por el inventario de su biblioteca, sabemos que el autor cusqueño fue lector acucioso de los historiadores clásicos: entre los griegos, Tucídides, Polibio, Plutarco; entre los latinos, Salustio, Julio César, Cornelio Tácito, Suetonio, Virgilio y Lucano.
El encuentro floridano también evoca otra leyenda de la época clásica, tan admirada por Garcilaso y los humanistas con los cuales tuvo contacto en Montilla y Córdoba. Esta cuenta que, para agasajar a Marco Antonio, Cleopatra machacó una enorme perla, depositó este polvo tan valioso en una copa, lo mezcló con otras bebidas y entonces brindó por el romano.
Ciertamente, el aprecio de las perlas en el mundo antiguo y en el floridano resulta ser otro punto de unión entre orbes culturales tan distantes. Pero lo más provocativo de este marco clásico se observa en cómo el narrador subraya el trastrueque de los papeles entre Marco Antonio y Cleopatra: el César romano se convierte en súbdito de la soberana egipcia cuyo ejército derrotó. Esta transformación donde la vencida señorea sobre el vencedor ocurre no por la pujanza de las armas, sino por los artilugios, la hermosura y, sobre todo, la discreción de la «famosísima gitana». De este modo, la crónica insinúa que los enemigos más feroces pueden dejar de serlo, siempre y cuando se den las condiciones propicias; el encuentro de la reina egipcia y de Marco Antonio en el río Cindo tanto como el de la señora de Cofachiqui y el adelantado De Soto en tierras floridanas apunta hacia ello y, asimismo, hacia la posibilidad de explorar y recorrer los caminos que conducen al mutuo conocimiento y la posible convivencia.
Igualmente, el
encuentro de Cleopatra y Marco Antonio subraya cómo es
posible alterar el rumbo de los sucesos -el destino personal y el
colectivo- si predomina el amor en sus múltiples
manifestaciones. Entonces, no sorprende que el narrador comente la
buena disposición de los indígenas de Cofachiqui,
Cofaqui y Cofa, quienes obedecían a los españoles y
«en todas sus obras y palabras procuraban
descubrir y mostrar el amor verdadero que les tenían, que
cierto era de agradecerles que con gente nunca jamás hasta
entonces vista usasen de tanta familiaridad»
(F,
Libro 3, 10, 211). Propongo entonces que, en otra vuelta de tuerca,
Garcilaso insinúa que la gentileza de los súbditos de
la señora de Cofachiqui debe comprometer a los
españoles a la buena conducta y el diálogo
intercultural -o sea, al modelo de reciprocidad que prevalece en el
mundo andino.
Esta
introducción clásica y este ambiente armónico
preludian un intercambio tan significativo como sensual entre la
señora de Cofachiqui y el adelantado De Soto. Mientras
conversa, la cacica se va quitando una sarta de perlas «gruesas como avellanas que le daban tres vueltas
al cuello y descendían hasta los muslos»
(F, Libro 3, 10, 211); por intermedio del traductor Juan
Ortiz, expresa su deseo de ofrecérsela al adelantado de La
Florida y gobernador de Cuba, quien acepta las perlas. Otra vez,
reiterando la reciprocidad como modelo de comportamiento, De Soto
le obsequia a la princesa una sortija de oro con un
rubí.
El narrador
concluye explicando que si bien los españoles ignoraron su
nombre, «se contentaron con llamarla
señora, y tuvieron razón, porque lo era en toda
cosa»
(F, Libro 3, 10, 212). En tanto las
perlas, éstas aparecen reiteradamente en La Florida del
Inca y cumplen diversas funciones en la red de
significación concitada por la crónica -desde moneda
de trueque hasta metáfora de sufrimiento. Recordemos que en
Sevilla y Cádiz se conocía a América como
«la tierra de las perlas»
(Kunz
y Stevenson 1993 [1908]); al traer a colación su abundancia
en zonas floridanas, Garcilaso subraya lo conocido y asocia La
Florida con las riquezas americanas. Más importante
aún: por medio de esta valiosa dádiva (la sarta de
perlas), la princesa indígena afirma su autoridad para
honrar y regir, inclusive al conquistador Hernando de Soto y su
hueste.
En un plano real, el relato refuerza otra idea que informa los escritos del Inca Garcilaso: los hechos, y no la prosapia o el origen, muestran la nobleza de cada uno. En La Florida del Inca tal percepción se anuncia en el Proemio de la obra y, al mismo tiempo, motiva la narración:
| (F, Proemio 5) | ||
Así, las igualmente loables hazañas de indios y españoles merecen perpetuarse por medio de la escritura. La capacidad de unos y otros se mide entonces por el comportamiento.
En un plano simbólico, el título de «señora» que unánimemente le otorgan a la cacica, la aceptación de las perlas y el obsequio del anillo de parte del adelantado indican el reconocimiento de la autoridad de la señora de Cofachiqui. Que una mujer indígena, desde los intersticios del texto floridano, logre este concierto trae al centro del discurso la capacidad del otro, ya indio, ya femenino, para decidir y regir. Así, en uno de los episodios centrales de La Florida del Inca, el ser frecuentemente demonizado por cronistas europeos -el indígena- se configura como ente sociable y confiable, capacitado para vivir armónicamente en la polis. Que éste sea una mujer imbrica en el discurso garcilasiano la variable de género.
En cuanto a esta última, me pregunto si, al representar a la señora de Cofachiqui, Garcilaso tendría en mente a las coyas o reinas incaicas quienes se cree gobernaban en ausencia del Inca; a las «capullanas» de la zona norteña y costera de los Andes, las cuales también ejercían el gobierno; o acaso tenía el Inca alguna noción de cómo operaba el matriarcado, frecuente entre grupos étnicos de la zona caribeña y floridana; o si el elaborado retrato de la cacica floridana es un secreto homenaje a su madre.
Sea como fuere, el pasaje afirma, y contundentemente, el reconocimiento de la capacidad femenina y nativa: por medio de la representación de una mujer -la señora de Cofachiqui-, de sus modales, inteligencia y habilidad retórica, la humanidad indígena se parangona con la europea y descuella sobre ésta. Tal representación propone una perturbadora jerarquía femenina: cuando la señora de Cofachiqui desplaza al adelantado De Soto y ocupa el centro del relato, virtualmente, se convierte en el modelo ideal de autoridad para europeos e indígenas. Por tanto, en esta instancia narrativa la comunicación directa, el buen hablar y el gobierno ejercidos por una mujer elevan a sus congéneres, desplazan las armas, promueven el mutuo respeto y apuntan hacia una convivencia diversa.
Vista así, La Florida del Inca, la primera crónica de Indias escrita por Garcilaso de la Vega, un sujeto americano y mestizo, afirma una postura sensible a la otredad tanto femenina como indígena y una visión panamericana y positiva de los nativos de La Florida, cuyo comportamiento se representa como digno de emulación. Tal posición propone una visión diferente y moderna de la sociedad colonial, y a la vez insinúa cambios profundos y posibles en la jerarquía dominante.
Garcilaso de la Vega, Inca. La Florida del Inca [1605]. Prólogo de Aurelio Miró Quesada. Estudio bibliográfico de José Durand. Edición y notas de Emma Susana Speratti Piñero. México, Fondo de Cultura Económica, 1956.
Kunz, George Frederick and Charles Hugh Stevenson. The Book of the Pearl. The History, Art, Science and Industry [1908]. New York: Dover, 1993.
Mora, Carmen de. Introducción. La Florida del Inca de Garcilaso de la Vega, Inca. Ed. Carmen de Mora. Madrid, Alianza, 1988, pp. 19-81.