Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice



  —146→  

ArribaAbajoDoce

Exactamente una semana después del asalto al Policlínico, fue asesinado un alto jefe de la Marina. Bajaba del automóvil en la puerta de su casa y mientras el chofer lo acompañaba con su portafolio, el ruido sordo, comprimido, asombrosamente ansioso de una motocicleta inició el terror de los estampidos de la metralleta. El conductor, según dijeron más tarde los testigos, no desvió la mirada mientras el acompañante sentado atrás, descargó el cargador de la metralleta sobre las dos figuras que rebotaron contra la pared y se derrumbaron en un charco de sangre que alguien se apresuró a lavar en cuanto se llevaron los cadáveres. El oficial y su chofer estaban despedazados. Un hombre de la custodia logró disparar contra los mensajeros de la muerte, lanzados sobre 750 cc de cilindrada. Nadie advirtió si dio en el blanco.

El episodio completó y orientó por el camino correcto la conjetura, la investigación, la certeza, de que el país se enfrentaba a un hecho nuevo y terrible. La guerrilla. Ya nadie hablaba de ladrones internacionales, ni bandas exóticas. Exóticos eran, sí, los métodos, en relación con lo que había sido la rutina de la violencia en el país, desde la fundación de la ciudad de Buenos Aires.

Una hora más tarde encontraron la motocicleta abandonada. Había en el asiento, y en el suelo, manchas de sangre. El custodio había dado en el blanco. Se alertaron los hospitales, las clínicas privadas, las comisarías. Se trasmitieron por las radios y la televisión muchos mensajes solicitando la colaboración de la población para concretar la captura de los asesinos. Altos oficiales de   —147→   las Fuerzas Armadas acusaban veladamente al gobierno de incapaz, para reprimir la guerrilla. Un cargo más de incapacidad era irrelevante, para un gobierno que había cumplido todas las metas de incapacidad en el orden político, económico, universitario, etc. Lo único que podía compararse con esta acumulación de incapacidad, corrupción y descrédito, habían sido los dos gobiernos militares más próximos. El que duró hasta 1957 y el que había sucedido al gobierno de Frondizi. Después vimos cosas peores, pero en ese momento, el gobierno era el último y aparentemente el peor de los gobiernos civiles. Por cierto, mucho mejor que cualquier gobierno militar de los que se conocieron durante el siglo. La sensación de la gente era de asco, impotencia y angustia, ante lo que podía sobrevenir. Esto es, nuevamente, la toma del gobierno por las Fuerzas Armadas. La violencia era un buen pretexto. «Los políticos no saben ejercer el poder», declamaban orquestadamente los militares retirados, especulando, una vez más, en que un nuevo gobierno militar les abriría las puertas de los empleos públicos, los negocios, la administración de las empresas del Estado, los directorios de los bancos oficiales, hasta la radio y la televisión donde, además de ser fuentes inagotables de arbitrariedad y peculado, descubrían el sexo y el poder de apretar botones de los llamadores internos, como un prólogo natural a la tocada de culos.

Este humor escéptico, árido, desilusionado y frustrante, era la condición natural de los argentinos que despreciaban al gobierno, pero estaban dispuestos a producir algunos hechos para evitar su caída, por la sola circunstancia de que los reemplazantes inevitables eran demasiado conocidos.

También en la revista hacíamos estas reflexiones con una cierta autocensura, porque adivinábamos el desenlace inevitable y advertíamos que se estaba instrumentando la justificación sospechosamente   —148→   patriótica de la mano dura. Ser héroe está bien, cuando la cosa está más o menos controlada. Pero cuando se empieza a matar indiscriminadamente ya no se trata de heroísmo sino de suicidio. Ni el patrón, ni el viejo ni nosotros los escribas, estábamos locos. Solamente asqueados pero sin ninguna connotación de fanatismo sin futuro. Porque no hay futuro después de los disparos de las metralletas o de las visitas de los Ford Falcon con los tres parapoliciales a bordo.

Y mi humor era peor porque mis relaciones con Mariana estaban en su punto más bajo. Todo había comenzado al día siguiente de la fiesta, cuando todavía resonaban los disparos en el Policlínico que despertaron a la ciudad frente al nuevo terror. Esa noche fui a visitar a los dos viejos que presenciaron el asalto, y me invitaron a comer en una enorme y derruida casa de barrio donde vivían desde hacía muchos años. ¿Cuántos? Todos. Habían nacido allí. También sus padres. No sus abuelos, que construyeron la casa, después de descender de los barcos, buscando una tierra de paz. Gracioso. Los viejos gastaban su jubilación en buena comida casera y vino. Yo había llevado dos botellas. Un sobrino, el Ruben, salió a comprar otras dos. Escuché durante horas la historia de una Argentina que murió para siempre. Definitivamente. La de hoy, la de mañana, tal vez algo de aquella, pero será cada día más difícil preservarla.

«Las chicas se comportaron como si hubieran hecho eso toda la vida» se asombraban los viejos. Yo, que no era viejo, pero lo sería inevitablemente si tenía suerte, también me asombraba. Era un buen barrio, tranquilo, con árboles en las calles y casas con jardines detrás, junto al gallinero, donde se hacía el asado de los sábados o se tendía la mesa para toda la familia durante la pasta del domingo, antes del fútbol. Los viejos eran primos, jubilados ferroviarios, viudos y sus hijos casados, habían tenido también hijos   —149→   y todos cabían bien en esa casa, amenazada ahora por la indexación, los impuestos y el tiempo. Nunca había vivido en un barrio, y la historia de esos viejos y de los que los precedieron era una historia melancólica, alegre, sin otros pesares que los que genera la vida y la muerte natural y esperada. Entonces la violencia estaba circunscripta a sectores y actividades específicas. No se había desbordado todavía por las calles de la ciudad, ni había entrado en las casas, ni atropellaba a quien simplemente caminaba gozando de las primaveras cálidas y sabiendo que tiene refugio seguro durante los duros inviernos de Buenos Aires. Los viejos hacían una construcción literaria con sus vidas, seguramente no tan idílicas, pero diferentes a esto, que se había abatido sobre los argentinos sin discriminación y sin escoger entre inocentes y pecadores. Advertí que la casa se había llenado de gente. Los hijos, las nueras, los yernos, los sobrinos, los nietos. Era un pequeño mercado de la vida con sus connotaciones de alegría, tristeza, audacia, comentarios enérgicos o reflexiones asombradas sobre lo que estaba ocurriendo en el país y lo que podía ocurrir en el futuro.

Me introdujeron en su mundo, con sencillez. Los hijos superaron en pocos minutos su desconfianza y resolvieron aceptarme como huésped, con la espontaneidad con que se acepta a los extraños en nuestro país. Les interesaba mi profesión, como una curiosidad. «Tanto hablar mal de los periodistas -dijo el Ruben- que ahora puedo decir que conocí a uno y no me pareció un hijo de puta». La afirmación dicha con humor y acompañada de una risa divertida, provocó chistidos de advertencia, llamados de atención y protestas sin energía que apuntaban a defender al huésped y no a refutar la afirmación universal de hijoputez, bajo la cual se cobijaban los trastornados, caóticos, inteligentes, desleales, arribistas, generosos, permanentemente crédulos y escépticos, integrantes de mi profesión. Había sobre la mesa muchas más botellas de vino de   —150→   las que razonablemente pudo beber un pequeño grupo como el nuestro. Eso comenzó a expresarse en las actitudes dispersas, erráticas, incoherentes de todos y particularmente en el ruido que produjo la cabeza de uno de los viejos al chocar contra la mesa cuando quedó profundamente dormido. Se lo llevaron a su cuarto, y yo pensé que si lograba levantarme de la silla y caminar hasta la puerta y subir a mi automóvil, podía alentar cierta seguridad de que esa noche dormiría en mi departamento. Todo eso hice, pero además el fresco de la noche primaveral, aceleró el proceso de dispersión de los vapores etílicos. Me acompañaron hasta la puerta, di la mano a todo el mundo, besé a las mujeres y a los niños, repetí muchas veces que volvería y tuve la absoluta convicción de que a nadie le importaba salir en la revista, que tenían un desprecio indiferente por lo que el periodismo pudiera decir del asalto al Policlínico, de la guerra de Vietnam o de cualquier otra cosa que se suponía de actualidad e interesante. Era muy claro, que ninguno creía una sola palabra de lo que leían en los diarios y revistas. Entonces llegué a la conclusión de que la Argentina no estaba muerta, que el pueblo era la reunión de inteligencias, experiencia, escepticismo, creatividad y coraje más importante y que esa era nuestra única esperanza de sobrevivir y no desaparecer como un mal proyecto de Nación.

Cuando subía al auto se me acercó el Ruben. «Oiga jefe, usted es medio jovato, pero tengo un par de minas fenómenas para salir el sábado». Prometí llamarlo por teléfono después que me dijo que para esas minas se «necesitaba un auto».

Me sentía horriblemente mal. La calle daba vueltas sobre el auto y las luces titilaban como estrellas, síntoma que se me antojó ridículo como innovación para señalar el rumbo. Abrí las ventanillas y traté de respirar profundamente, sabiendo que eso sería peor a pesar del alivio inmediato. Me reproché haber bebido tanto. Siempre   —151→   lo hacía, me resultaba irresistible. El alcohol forma parte de mi cuerpo. Una vez me dijeron que el cuerpo está integrado por un conjunto de productos químicos y minerales que deben estar en permanente equilibrio. El desequilibrio es la enfermedad. Esos componentes químicos o minerales se gastan y necesito renovarlos. «Sos un borracho», decía Julia. Esa era solamente una interpretación formal de un complejo proceso químico-mineral de equilibrio y compensación que me permitía ser una persona de buena salud, conduciendo entre el enloquecido caos de las luces de tránsito. Los semáforos se me antojaban descompuestos acentuando la incontrolada conducción de los automóviles que recorrían a medianoche las calles de Buenos Aires. Cuando lentamente me arrastré hasta el departamento y traté de introducir la llave en la cerradura, la puerta se abrió hacia adentro. Una sola luz estaba encendida y proyectaba sombras fantasmagóricas sobre las paredes, mientras el misterio y la curiosidad me obligaron a forzar la vista para descubrir el enigma que me proponía el destino. Me senté en un sillón, con el objeto de reordenar mi equilibrio físico y mental. Fui hasta el baño y me lavé la cara con agua fría. Me ardieron los ojos. En una mecanizada rutina me peiné. Cuando salí del baño el misterio estaba resuelto. Mariana me miraba desde un sillón. Traté de descubrir algún gesto en su rostro. Indignación, comprensión, reproche, simpatía, pena, tristeza, desprecio. Nada, Absolutamente nada.

Tiré el saco y la corbata. Seguía esperando un comentario. Algo que me permitiera responder agresivamente, romper el dique de los celos, ser consecuente con los condicionamientos, los prejuicios y la furia irracional que había comenzado en la fiesta de la calle Posadas. No pude olvidar al tipo de la barba prolijamente descuidada. Algo oscuro, oculto, inimaginado, del pasado, había venido a instrumentar esta aparentemente traición, fabricada con maricona ambigüedad cómplice por Remigio, el barbudo y   —152→   Mariana. Porque seguramente ella debía saber que estaría en la fiesta. Pero eso no era lo importante. Lo que me resultaba insoportable era todo lo que venía del pasado, lo que me había ocultado. Los hechos en los cuales yo no había participado, ni imaginaba y estuvieron vívidamente presentes en esos pocos minutos en que la conversación se desarrollaba sin mi participación y la cadera de Mariana me presionaba como diciendo «no debe importarte esto, aquí nada queda y es solamente un hecho social. Aquí no hay sexo, ni amor, ni recuerdo, y casi ni pasado». Pero a pesar de que todo eso quería comunicarme con sus delicados gestos de cariño, los que podía permitirse entre decenas de personas gritando, hablando, riendo, bebiendo, bailando, corriendo y mezclándose en un estático torbellino, a pesar digo, de esos gestos evidentes para mí, para Remigio y para el tipo de la barbita insoportable, algo había allí que había ocurrido tiempo atrás, un tiempo tal vez no tan lejano, pero vivo, no muerto, ni extinguido, ni siquiera falso o intrascendente o fugaz, y ahora se había transformado en una conspiración de la cual yo estaba excluido. Naturalmente. Era un extraño. Cierto. El advenedizo. Eso ya resultaba insultante. Y sobre todo, el idiota que ya nada podía hacer para cambiar lo ocurrido. No podía borrar las palabras al oído, ni las caricias, ni los besos, ni los dos cuerpos desnudos en una cama, ni la búsqueda desesperada del orgasmo antes que yo, antes de que nos hubiéramos conocido y amado y gozado. Con otro, en otro lugar que jamás conoceré, en circunstancias que nadie me recordará, con una intensidad que seguramente será falseada, mentida, escamoteada, oculta. Porque el pasado siempre es una traición permanente, para el que no tiene recuerdos, y en cambio, tiene imaginación. Brutal, terrible, despiadada. Fantasía. Imaginación. Siempre más cruel que la realidad. Muchas veces más rica que la realidad. Insoportable. Los celos del pasado son los que jamás pueden ignorarse, superarse, olvidarse, perdonarse. Sobre todo   —153→   porque no hay nada que olvidar, ni ignorar ni perdonar. Pero existen. Y tienen la particularidad de no mitigarse con el tiempo, la costumbre, la reflexión, el nuevo amor compartido, el placer más joven y actual. No, no disminuyen los celos del pasado. Es posible evitar usarlos como instrumento de la degradación del amor durante cierto tiempo, pero no todo el tiempo. Los usamos particularmente cuando el amor que sentimos se nos torna insoportable, cuando llegamos a la convicción de que es vital, insustituible, valioso y no nos hace más fuertes, seguros, sólidos, indestructibles, sino por el contrario, mucho más vulnerables, débiles, inseguros, cobardes, irritables, despiadados, egoístas, desesperados, dependientes. Y si esto no ocurre, es porque tenemos grandeza. Excelencia, como decían los griegos. Pero yo no tenía ni una cosa ni la otra. Ni grandeza ni excelencia. Solo unas ganas desesperadas de que me dijeran de que no era cierto lo que me imaginaba. Poder creerlo. Me resultaba imposible soportar la idea de que los secretos, las confidencias, la ternura de la intimidad, el deleite de la pasión, las caricias con las manos, la lengua, los pies habían ocurrido entre esas manos que ahora me acariciaban a mí, con esa boca que ahora me besaba, recorría mi cuerpo y me buscaba el sexo con ternura, con delicadeza, casi con timidez que ahora yo interpretaba como experiencia. Que su forma de acomodarse en la cama, después del amor, dejando que la abrazara por la espalda, con su trasero contra mi sexo, con mis manos tomando sus senos delicados y suaves, con sus pezones rosados, pequeños y puntiagudos, no había sido una posición inventada con nuestro amor, por nuestro ejercicio relajado del gozo después de la pasión, ni siquiera una forma adoptada por nuestros cuerpos que se ajustaban así, uno con el otro, encajando perfectamente porque así lo había previsto la naturaleza, la suya y la mía, nuestra común, propia e íntima armonía de la comunicación; pero nada de esto era cierto, o era tan cierto conmigo como lo había sido con   —154→   otro, en otra cama, con otro deleite parecido, con otra húmeda pasión atormentada por sabores, gestos y caricias que creemos propias y que nunca lo son, que creemos únicas, encontradas por nuestra espontánea vocación de convertirnos en una sola persona, cuando tiembla la cintura y la sangre se agolpa en nuestra cara y la espalda suda y un grito profundo, terrible, misterioso, eterno, nos deja sin aliento y las lágrimas se agolpan en nuestros ojos por la alegría, el placer, el misterio, el derrumbe, la paz. Y entonces la mentira. Inevitable. Piadosa. Ofensiva. Estúpida. Esperada. Jamás perdonada. «Para mí jamás hubo otro hombre. No recuerdo nada. Mi hombre es el que me hizo sentir el orgasmo por primera vez. Y ese sos vos. Cuando me hablás de otros hombres no entiendo. Simplemente no lo recuerdo». No lo recuerdo. No lo recuerdo. No lo recuerdo. Es como si nunca hubiera existido. Nunca hubiera existido. Nunca. Nunca. Nunca. Mentiras. Siempre mentiras. Jamás alguien se atrevería a decir a quien ama en ese momento: «Sí. Fui feliz. Me hacía gozar intensamente. Su lengua en mi sexo me enloquecía de placer, ternura y desesperación. Lo besaba con furia, con desesperación buscando su sexo y se lo chupaba con delicadeza, con violencia, ocupándome toda la boca. Porque era mío. Porque lo quería totalmente para mí. Así fue, pero ya no es más. Ya acabó todo, hace mucho tiempo. Sin remedio. Después no significó nada para mí. Ni siquiera un recuerdo. El dolor o el placer apenas pueden imaginarse intelectualmente. No existe la vivencia del recuerdo pleno». Apenas unos gestos, actos aislados, circunstancias que se recuerdan con esfuerzo, como una película que se vio durante la adolescencia. Como algo que le ocurrió a otros. Y lo mismo pasará con nuestro amor, si no somos capaces de recrearlo permanentemente. Así pasará con nosotros. Con nuestra vida. Con nuestra tristeza. Con nuestra soledad, inevitable, final, definitiva, eterna. Pero jamás una mujer habla de esta manera. Tampoco un hombre. La mentira es un componente   —155→   insustituible de la relación amorosa. Está allí al principio y al final de todas las cosas. Mentira es lo que contamos de nosotros mismos cuando nos presentamos como combatientes del amor. Muchas veces es una mentira honesta. Creemos que estamos diciendo la verdad, sin advertir que se trata simplemente de lo que hemos urdido sobre nosotros mismos para darle lógica a nuestra vida. Armonía, belleza, audacia, atractivo. Para convertimos en un excitante misterio deseable para el otro ser a quien queremos deslumbrar. Seducir. En el relato sobre nuestras vidas introducimos sutiles diferencias que tornan atractivo y bello lo que es vulgar e intrascendente. O ignoramos por torpeza o prejuicio, lo que es verdaderamente trascendente y destacamos equivocadamente lo contrario. La mentira forma parte de la condición humana con el objeto de tomarnos más soportables. Heroicos, fuertes, débiles, tímidos, irresolutos, audaces. Pero atractivos. Y yo no necesité decirle todo esto a Mariana, que me miraba en silencio, con sus enormes, bellos, tristes ojos celestes imaginándose, seguramente, víctima de mi injusticia y arbitrariedad. Pero lo más insoportable, es que yo estaba seguro de que en lugar de una negativa firme, cariñosa, reveladora de esa injusticia y arbitrariedad que yo me atribuía, imaginando que ella me la atribuía a mí, Mariana tenía toda la actitud de aceptar lo que yo imaginaba. Presentí la amenaza de que estaba dispuesta a relatarme la historia de sus amores. Que finalmente, en un inesperado, absurdo, ridículo, insoportable gesto de honestidad y franqueza iba a contarme cuándo, cómo y por qué se había ido a la cama con el barbudo. Entonces pensé, por primera vez, que podía matarla.



  —156→  

ArribaAbajoTrece

El jeep trepaba la colina sin dificultad, seguido por varios camiones con soldados. El teniente ordenó al chofer que se detuviera. El sargento, en la parte posterior del jeep, levantó el brazo indicando a la columna que debía detenerse. El teniente recorrió la colina con su largavista, deteniéndose en cada rama de color, diferente al verde intenso del bosque que cubría la región y trepaba hasta la cima de las montañas, en las estribaciones de la enorme masa azul de la cordillera.

El espectáculo era bellísimo, pero esta evaluación estética no estaba en la preocupación del teniente, a quien le habían ordenado buscar y capturar un enemigo no convencional, inesperado, insólito, aún sin rostro, pero con una extraña definición, sorprendente para esa tierra de pequeños campesinos plantadores de caña y de grandes propietarios de trapiches y empresas comerciales, más conocidas en la bolsa de Nueva York o Londres que en el propio territorio nacional.

Meses atrás, varios hombres vestidos con uniforme verde oliva, fuertemente armados y extremadamente jóvenes, salieron del bosque y visitaron las casas aisladas de los campesinos y las pequeñas comunidades organizadas alrededor de los almacenes mayoristas, propiedad de los dueños de los trapiches. Dijeron que querían comprar alimentos, explicaron que estaban organizando una revolución para terminar con el capitalismo expoliador de los barones del azúcar. Los campesinos los escucharon asombrados. Incrédulos. Se preguntaron quién les compraría entonces la caña.

  —157→  

Los muchachos eran simpáticos. De buenos modales. Por eso se sorprendieron cuando pusieron contra una pared al administrador del almacén de ramos generales y lo acribillaron a balazos. En realidad algunos campesinos no le tenían demasiada simpatía. Los apuraba demasiado con sus deudas. Regateaba los precios de la caña, sabiendo que para ellos no era solamente un negocio. Era la posibilidad del hambre, de la escuela, del médico. A pesar de ello, cuando el hombre gordo y aterrado se puso de rodillas, e imploró que no lo mataran, le tuvieron lástima, y mucho más cuando se derrumbó, después de saltar como un muñeco con resortes, a medida que lo atravesaban las balas. Los muchachos explicaron que no tenían nada personal contra él, pero era el símbolo del capitalismo en esa pequeña comunidad de agricultores. Pagaron los víveres y volvieron al monte. Dijeron pertenecer a un ejército revolucionario del pueblo. Los campesinos quedaron en silencio ante esta nueva cosa que les tocaba vivir. Llevaron el cadáver del hombre gordo a su casa y uno de ellos fue hasta la comunidad vecina, a pocos kilómetros de distancia, con la misión de informar las novedades al comisario. «Ustedes lo mataron» -dijo el comisario, como quien comenta un hecho previsible, pero cuando llegó al pequeño pueblo y escuchó a los vecinos, tuvo que aceptar las circunstancias tal como eran. Se quedó mirando el lugar del fusilamiento y la sangre en la pared. «Hay que contárselo al ejército» -murmuró a media voz. Mientras esto ocurría, un llamado anónimo a la Gaceta de Tucumán informaba en un comunicado que se había iniciado la campaña contra los usurpadores del poder, con el objeto de declarar a Tucumán, territorio liberado.

El ejército envió sus tropas especiales para combatir este nuevo enemigo que había elegido el monte, los cerros, la montaña, a diferencia de los que en la ciudad asaltaban fábricas de pelucas y camiones de transportes de caudales.

  —158→  

El teniente ordenó reanudar la marcha. El calor había desaparecido y el frío del crepúsculo en la sierra, coloreaba los rostros y obligaba a recordar los hogares lejanos. En ese momento el disparo de bazuca dio de lleno en el jeep. Los camiones se detuvieron. Los soldados trataron de protegerse de las balas y las granadas disparadas por los FAL. Más de media hora duró el tiroteo. El sargento que viajaba en el primer camión se hizo cargo de la tropa. Ordenó avanzar hacia el monte, donde descubrieron huellas de sangre pero ningún cadáver. El jeep era una masa retorcida. El chofer había desaparecido. El sargento no tenía rastros de haber sido alcanzado por el disparo, pero estaba muerto. El teniente, sin conocimiento, se desangraba por el lugar donde, pocos minutos antes, tenía un brazo.

Llegamos a Tucumán dos días más tarde y escuchamos el relato de los protagonistas. No de todos. Los campesinos, los soldados, el sargento, el comisario. En el cuarto del hotel había terminado de escribir mi nota para la revista. La plaza central de la ciudad brillaba con las luces coloridas del sábado. Grupo de jóvenes caminaba alrededor, en la tradicional «vuelta del perro», mientras por los altoparlantes se transmitía la peor música de moda y las rebajas de la semana en la tienda La Fernandina. Mandé un chico a la planta baja del hotel a despachar por télex mi nota a Buenos Aires. Me trajeron una botella de whisky, un balde con hielo y dos vasos. No había invitado a nadie, pero imaginé que de esa manera la administración del hotel ponía en evidencia su espíritu mundano.

Llené los dos vasos y los tomé simultáneamente. Sentía mi vida desgarrada. La violencia me asqueaba. No solamente la de los asaltantes de camiones transportadores de caudales, no solamente la de los despiadados guerreros imberbes del monte, no solamente la del ejército y la policía y los parapoliciales y los automovilistas,   —159→   y los transeúntes y la de los teletipos, y las letras tipo catástrofe, en la primera página de los diarios y los gritos de los locutores radiales y la violencia de los avisos en la televisión, y la estúpida sonrisa de la señora entrevistada en relación con la muerte por inanición de los niños de Biafra, y los caños de escape de los automóviles y las motocicletas y la mentira, la impostura, la conspiración, el sabotaje a la alegría, a la honradez, a la decencia, a la sonrisa, al humor, al diálogo, a la vida. Formaba parte también de mi odio a la violencia, mi propia violencia, mi intolerancia, mi pasión por conocer los hechos con toda la brutalidad con que sucedieron, sin escamotear un detalle, torpe, desdichado, brutal, despiadado, mi odio a mi vida sin mesura, comprensión, con inteligencia deliberadamente no inteligente, cruel. Sin esperanza, e incapaz de transmitir esperanza, voluntad de amor, alegría, comprensión. Odio a la violencia mediante la cual se expresan naturalmente casi todos los seres humanos, sin gracia, sin cuidado, sin respeto por el sentimiento ajeno, sin compasión ni generosidad. Odiaba la forma en que el pasado de Mariana había entrado en mi vida por el frívolo camino de un encuentro casual en una fiesta a la que estuvimos a punto de no ir. Pero fuimos. Y ocurrió algo que de pronto se me antojó importante, profundo, equívoco, oscuro, sórdido, sin que ninguno de los personajes fuera necesariamente equívoco, oscuro o sórdido. Y la obligué a contármelo deseando que no lo hiciera. Esperando que lo negara, que me acusara de estúpida morbosidad, que señalara mi falta de derecho a interrogarla sobre algo que había ocurrido antes de conocerme y que de alguna manera yo debía suponer, imaginar, aceptar como lógico a través de las informaciones dispersas sobre su vida, su experiencia en el amor, su inexperiencia en el amor, su tristeza, su soledad, su hambre de comunicación y su deseo de entrega. Su consecuencia, durante mi voluntario alejamiento, después del intento de suicidio de Julia. Yo debía haber respetado su vida anterior, porque   —160→   de otra manera estaba violando una intimidad que no me pertenecía, estaba destrozando la púdica reserva de recuerdos buenos o malos, tristes o alegres pero intransferibles. Pero lo hice. Tan mal como había hecho tantas cosas en mi vida, y su relato, desarrollado con voz tranquila, desesperanzada, sin emoción, me recordó aquel otro relato, durante nuestro primer encuentro en intimidad, en Mar del Plata, cuando descubría sus problemas con el sexo y el amor, su frustrada desesperación, su dolorosa frialdad por no lograr la culminación del orgasmo, el placer profundo, el deleite apasionado y cálido en que terminaban nuestras relaciones después de aquella fría, gris y deliciosa tarde al lado del mar.

Minuciosamente describió la vieja casa de la calle Charcas, cerca de la Facultad de Medicina, adonde fue citada por el médico amigo de Carlos. Era uno de esos antiguos edificios de una planta con un largo corredor al costado derecho y habitaciones a la izquierda. Papeles viejos tirados en el suelo moviéndose por la corriente de aire que acentuaban la apariencia de abandono, suciedad, decrepitud. Una mujer de mediana edad, alta y fuerte, improvisó una forzada sonrisa para recibirla mientras le indicaba que esperara al médico. La introdujo en una sala amueblada con una pequeña mesa y dos sillones. No había rastros de objetos personales que denunciaran la presencia viva de algún habitante en esa casa sin ruidos, vacía, fantasmal. Solamente el viento, agitando los viejos diarios en el corredor y las habitaciones abiertas como esperando inútilmente algún huésped desprevenido. Carlos, el de la barba prolijamente descuidada, no la había acompañado, aceptando rápidamente la decisión de Mariana, sin protestas ni insistencia. «Yo no quería que estuviera conmigo. Había sido demasiado desdichada en esos últimos meses, como había sido feliz, al principio de nuestra relación. Nos conocimos en la escuela de teatro. Su padre fue un gran maestro. Él tenía el nombre y la fama heredados. Era simpático, alegre, bello y fatuo. Tenía todas las   —161→   respuestas necesarias para que me sintiera acompañada, comprendida, amada. Cuando estamos solos sentimos una natural inclinación a creer que las palabras que escuchamos son exactamente las que estamos esperando y necesitamos. Deseamos que sea así y no dudamos en aceptarlo. No tengo que explicar que me enamoré. Tampoco tengo que explicar por qué. Exactamente por las mismas razones por las cuales todos nos enamoramos, una o muchas veces en la vida. ¿Exactamente por las mismas razones? No, no siempre es así, pero parece. Tuve la sensación de que era importante para alguien. Me gustaba su desprejuicio y su falta de convencionalismo. Después descubrí que era simplemente irresponsabilidad. Pero entonces ya era tarde. ¿Tarde para qué? Bueno, para volver atrás. Para desandar lo andado. Para que todo lo que ocurrió, brutal, torpe, sin placer y después sin esperanza, no hubiera ocurrido nunca. Pero, ¿realmente fue así? A veces pienso que las cosas no ocurrieron como las recuerdo. A veces, más aún, pienso que no ocurrieron. A pesar de tener vívida en mi memoria la imagen de ese cuarto sucio e inhóspito, la enorme enfermera, si es que realmente lo era, y ese miserable carnicero con cara de ruso y sonrisita falsa que me decía: «no te preocupes piba, es solo un momento y ya está». Pero no fue solo un momento, fue la aproximación a la muerte, a la soledad total, a la desesperación, a la angustia y un llanto que todavía tengo aquí en mi garganta sin libertad para expresarse. Odié a Carlos como jamás había odiado en mi vida. Su cobardía, su irresponsabilidad, su falta de protección, su desamor. Creí que me arrancaban las entrañas mientras ese miserable, que no podía ser un médico, aunque ahora pienso que casi todos los médicos son iguales, hurgaba dentro mío como si se dedicara con indiferencia y hasta fastidio, a una rutina de muerte que lo tomaba un criminal desaprensivo. Cuando todo terminó, el hecho terrible, brutal, sangriento del aborto, no la consecuencia que todavía siento y me provoca unas ganas enormes de   —162→   morirme, quise quedarme en reposo, sin moverme, abandonada, esforzándome por detener los latidos de mi corazón. No quería salir de esa cama inmunda llena de sangre. Quería simplemente morirme allí, sabiendo que ya todo el mundo me resultaría diferente. Que los rostros no serían los mismos, ni tampoco mis manos, ni mi cuerpo, ni la capacidad de sentir, oler, caminar, gozar de la vida o acercarme a esa idea de la alegría de vivir, con suavidad, con inteligencia, casi con esmero, en que había intentado educarme mi padre. Sabía que ya nada de eso sería posible. Y quería morir. La enfermera buscó en mi cartera el dinero para pagar a ese miserable y su propio dinero. No sé cuánto sacó ni me importaba. No sé si me quedé dormida o me desmayé, pero la voz de esa horrible mujer, con su boca fina como un trazo negro, me hizo volver a la conciencia, como quien avanza sonambulescamente entre una niebla pegajosa y sucia. Así me sentía cuando alguien, tal vez esa mujer, me ayudó a tomar un taxi y di la dirección de mi casa. Cuando llegué le dije a la mucama que tirara toda mi ropa. La que había llevado a esa ceremonia macabra, y volví a acostarme y dormí. Mi padre estaba de viaje. No pude tampoco contar con su ayuda. Se lo hubiera dicho. Tendría que habérselo dicho antes, cuando todavía nada había ocurrido, cuando él podría haber resuelto lo que este cobarde hizo tan mal y con tanto desinterés. Pero mi padre no estaba. Y dos días más tarde comenzó la infección y pasé varios meses al borde de la muerte. Con el vientre hinchado, mucha fiebre y la presencia diaria de un médico que procuró la mucama por propia iniciativa. El pobre era bueno y honesto. Trataba de devolverme las ganas de vivir para que yo colaborara en la curación. «Hasta las infecciones son cosas del espíritu» -decía ese médico insólito y nada convencional que la primitiva genialidad de la mucama había llevado hasta mi cama. Más de cinco meses duró ese querer morirme. Mi padre ya había vuelto. Me di cuenta entonces de algo simple, aparentemente obvio,   —163→   pero fundamental para mí. Él era toda mi familia. Toda mi familia. Mi única familia. Lo amé más que nunca. Lo amaba en su desesperación por verme alegre y sana. Creo que él generó mis deseos de curarme. Yo me había enterado ya de sus amores con mi amiga y entonces lo comprendí a él y la comprendí a ella. Ella jamás hubiera pasado lo que yo pasé. Hubiera estado protegida, cuidada, mimada, amada. Hubiera tenido un hombre al lado. Nada habría ocurrido, o hubiera sido de otra manera. Nunca volví a ver a Carlos. Intentó llamarme muchas veces y jamás lo atendí. Ya ni siquiera lo despreciaba. Me resultaba difícil imaginar que alguna vez había tenido algo que ver con él. Jamás, sin embargo, olvidaré la fría indiferencia de aquel carnicero y su fastidio ante mi llanto, mientras el viento continuaba arrastrando diarios viejos por el pasillo de la casa y yo sentía el calor de mi sangre sobre la manta. Mi propia sangre caliente que se iba, como mi fantasía de los últimos meses. Jamás lo olvidaré. Eso fue lo único que recordé en la fiesta de Remigio, cuando Carlos se acercó, muy diferente a lo que seguramente pensaste. Me asombró mi indiferencia después de tanto odio, de tanto desprecio».

Yo imaginé cada palabra del relato de Mariana. Viví la descripción de la casa, del médico, de la enfermera. Sufrí lo indecible, me maldije y me desprecié. La amé más intensamente aún, pero además supe que ya nada sería igual. Ese relato había cambiado nuestras relaciones. Nuestro amor no sería el mismo. Nuestra vida no sería la misma. Peor o mejor. Nadie podía decirlo en ese momento. Pero diferente. Tuve miedo. Un miedo profundo, angustioso, desesperado. Me di cuenta que podía perderla.

La debilidad, la frivolidad, los celos formales, la desconfianza me habían acercado a la destruida y despreciada imagen que Mariana tenía de Carlos. Sentí una profunda vergüenza. Me sentí paralizado en el sillón desde el cual había escuchado el relato sin interrumpirla,   —164→   deseando hacerlo. Sin perder una palabra, queriendo borrar todas. Recordando cada detalle de su historia, sabiendo que allí el sendero cambiaba de orientación. De pronto me sentí inmaduro, inseguro, torpe, infantil. Descubrí que no sabía nada de la gente. Tampoco de esa mujer a la cual amaba.



  —165→  

ArribaAbajoCatorce

En la puerta de acceso al aeropuerto de Tucumán, un cabo del ejército revisaba los documentos de los pasajeros, mientras dos soldados apuntaban con sus fusiles FAL. Eran muchachos de 18 años que hacían el servicio militar. Era razonable preguntarse si sabían usar lo que tenían entre las manos, y en el caso de que la respuesta fuera dubitativa, si las armas estaban cargadas. Tuve la sensación de que cualquier ruido, gesto o movimiento mal interpretado, estimularía el natural miedo de esos chicos y empezarían a disparar sus fusiles como locos, contra todo el mundo e incluso contra ellos mismos. Despaché mi pequeña valija de viaje y me senté a esperar el llamado para abordar el avión. Era un crepúsculo de un rojo sangriento, que anticipaba el buen tiempo del día siguiente, o recordaba la tragedia de varios días atrás. Podía elegirse cualquiera de las dos interpretaciones según las propias preocupaciones. En ese momento se sumó una nueva preocupación. Una tromba, que apenas reconocí cuando se abalanzó sobre mí, me permitió intuir fugazmente una cara e interpretar los ruidos extraños y atropellados que salían de su boca. Me apretó en una suerte de manoseo inútil y básicamente falso. Remigio se introducía así en mi espera llena de reflexiones trágicas, por lo que ocurría en el país en general y en Tucumán en particular. Trágicas también, o por lo menos penosas, por el recuerdo del relato de Mariana. Fue un encuentro extraño. Remigio me había presentado a Mariana y participaba siempre de las circunstancias más difíciles de mi relación con ella. Directa o indirectamente, era una presencia viva, casi permanente. Así había ocurrido desde el principio, y el mayor   —166→   o menor afecto que me inspiraba estaba de alguna manera condicionado por las cambiantes y caóticas relaciones con Mariana. Él era inocente de esta circunstancia, pero las reflexiones y sentimientos que nos inspira la gente, no tienen por qué ser justos ni racionales. Después que la tromba amainó su ímpetu, pude intentar un diálogo que sería arbitrario calificar de lógico, pero tampoco era absolutamente incoherente. Remigio era sobrino de los propietarios del ingenio donde habían fusilado al administrador y confiaba en que el ejército terminaría con los asesinos marxistas, expresión con la que definió a los autores del atentado. Llamó la atención sobre la patente contradicción, entre la violencia sin objetivo de los asesinos y la larga tradición de auxilio generoso a la población de la zona desarrollada por su familia durante los últimos 100 años. No se sabe qué quieren en realidad -afirmó- pero me da gusto de que el ejército intervenga y ponga fin a la situación. ¿Adónde iríamos a parar sino? Me limité a comentar que sería una lucha difícil, a partir de la experiencia obtenida durante el ataque de los guerrilleros a la columna de camiones del ejército. Fue una sorpresa -dijo- pero esas victorias no duran. Al final, el ejército es una máquina. Hablaba del ejército como podría hablar de la eficiencia de Boca Juniors en sus mejores tiempos, o del equipo de polo de Venado Tuerto. De pronto me preguntó por Mariana. Fue algo abrupto. El tema era otro. Pero la coherencia no es una de las características de Remigio. Tuve un segundo de vacilación, y finalmente mentí que no la veía más, aun corriendo el riesgo de que él estuviera en comunicación con Mariana sin saberlo yo. Hizo un comentario sorprendente: «Mejor así». Empecé a preguntarme qué habría querido decir. Habría tiempo, durante el viaje a Buenos Aires. Remigio seguía con su perorata sobre la marcha triunfal del ejército y la defensa de los valores de la civilización occidental y cristiana, expresados cabalmente en la personalidad del Comandante en Jefe del Ejército.   —167→   No quise preguntar cuál era la idea de Remigio sobre la civilización occidental y cristiana, ni de qué manera se expresaba en el ingenio azucarero de su familia. Lo curioso es que yo habría tenido buenas respuestas, pero él no. Sin duda, lo peor que ha tenido y tiene el occidente cristiano son, precisamente, sus defensores. La realidad es que esa observación, «mejor así», sorprendente e inesperada, continuaba rondando en mi cabeza.

Tuve la intuición de que no debía volver sobre el tema, como quien intuye en la oscuridad la presencia del abismo. Él sacaría nuevamente el tema y completaría el pensamiento. Llegó la hora de embarcarnos y nos sentamos juntos. Había pocos pasajeros. Era de noche y las luces de la ciudad, vistas desde mil metros de altura mientras el avión trepaba hacia el cielo despejado, parecían casi alegres. Cada vez que sobrevolaba de noche una ciudad me asaltaban los mismos pensamientos. Quería saber todas las historias que representaba cada una de las luces de calles y casas que, en definitiva, ocultaban la vida. Las oscuras, indescifrables, siempre iguales y siempre cambiantes, existencias de hombres y mujeres que vivían, gozaban, sufrían y morían en este continente lleno de contradicciones, horror y violencia que es nuestro país. Esta extraña y excitante sensación se hacía todavía más intensa cuando el avión se aprontaba a descender en el aeroparque de la ciudad de Buenos Aires. Era como si un águila misteriosa, solitaria, serena y a la vez desamparada estuviera por fundirse para siempre en el vivo incendio de una ciudad condenada a perecer por las llamas. Una especie de Apocalipsis que se revelaba cada noche, y del cual despertábamos cada mañana con un sol generoso que tomaba mentirosa la terrible fantasía de la noche anterior. Tucumán era un pequeño incendio que desaparecía en el horizonte, cuando las estrellas invisibles y el ronquido forzado de los motores del avión nos revelaron su debilidad, esfuerzo, su lucha despiadada por mantenerse en el aire y sobrevivir a pesar del acoso   —168→   de las sombras, de los presentimientos, del aire frío y de la lógica.

Remigio había abandonado la actitud falsamente excitada, inútilmente apabullante, ingenuamente superficial, y su voz a mi lado empezó a llegar como una monótona letanía que traía reminiscencias de confesionario. No entendí exactamente de qué hablaba, pero el rumor de su voz se tornó seductor, atractivo, confidente. Con ese estilo de voz se dicen cosas crueles e inconfesables, se habla de amor o deseo. De vergüenza. Por insidia, por desesperanza, por evitar el manotazo violento, pero con la decidida intención de dejar la marca del golpe.

Entonces escuché por primera vez el nombre de Luis y poco a poco fui descifrando, como en un jeroglífico onírico, el sentido de ese nombre hasta que lo relacioné con el hombre joven de barba descuidada que había provocado mis celos en la fiesta a la cual habíamos sido invitados por Remigio. El mismo que se había desentendido del drama de Mariana, en la sórdida casa de la calle Charcas. El mismo que había llegado a irrumpir en este amor sin fisuras y sin nacionalidad con que nos acosábamos y deleitábamos desde hacía tanto tiempo. ¿Tanto tiempo? Un siglo, quién sabe. Tal vez un día, o cuatro años o una eternidad. Era igual. Terrible, delicioso, cruel, contradictorio, desesperante y sin compasión. Y ese nombre volvía esta noche como una premonición insoportable, inevitable, porque Remigio estaba dispuesto a cumplir su tarea hasta las últimas consecuencias y con la típica saña de los homosexuales iba desarrollando la insidia con palabras melosas, suaves, seductoras. Allí se reveló la zona oscura, de una historia que yo conocía a través de las penosas confesiones de Mariana, y esta historia era réplica deformada, igual, pero básicamente diferente, el reverso de una trama cuyo anverso había tenido un propósito y logrado un objetivo. Esta sutil y despiadada   —169→   relación de la misma historia, destruía la que yo conocía, porque cambiaba su sentido y las circunstancias, hasta un punto tal que era otra historia y esta no había terminado. Sentí un angustioso vacío en el estómago, como si se hubiera abierto en mi pecho un agujero inmenso, profundo, oscuro, tan doloroso que la desesperación se tornaba una esperanza deseable. Sentí deseos de morir. De estar integrado para siempre en esa noche llena de los rumores sofocados de los motores del avión. Quise no haber existido jamás, porque no tenía la menor duda de que esta historia infame era verdadera, cruel, despiadada, casi injusta, si es que tenía una víctima como consecuencia de un acto voluntario. Una nueva imagen de Mariana se me revelaba como consecuencia de este relato monótono, frío, que no ofrecía esperanzas, ni intentaba mitigar un dolor, que tenía que ser evidente, inevitable, brutal, destructivo. Un abismo se abría ante mis pies, y la idea de tener físicamente ese abismo real bajo el vuelo perezoso y fatigado del avión, me hacía imaginar con desesperación la posibilidad de que fuera definitivamente el vuelo hacia una muerte deseada. Todo desapareció a mi alrededor, hasta el interés por conocer detalles que se me antojaban lacerantes, explosiones de odio y violencia, vocación de homicidio y destrucción, inútil, estéril, atormentada y estúpida voluntad de venganza. Solo la noche inmensa y sin estrellas y yo solo, transitando en la eternidad de un dolor sin remedio, ni compasión. La idea total y desgarrante de la traición me convirtió en un niño solitario y abandonado, vulnerable a todos los hechos destructivos del mundo. El estupor ante lo inexplicable, estupor ante la maldad inútil, la falta de sencillez y decencia elemental para decir, esto se acabó y mi vida busca ahora otro rumbo. De pronto imaginé que había creado una máquina incontrolable, a la que había dotado de sensaciones, pero no de sensibilidad. Era una esfinge indescifrable, sin amor y sin odio, sin interés por el hecho humano, básico de la comunicación entre un hombre   —170→   y una mujer, en un área que no estuviera expresada por el sexo y el placer. Fui derribado de la estúpida soberbia de suponer que las relaciones humanas son inalterables y permanentes, en la medida de que las alimentemos con amor, voluntad, solidaridad, esfuerzo, comprensión. Incomprensión. No entendía nada. Descubrí que en realidad nunca había entendido nada. Que había dormido cientos de noches con una desconocida, a quien deseaba mirar a los ojos, con la intención de penetrar un enigma que ahora me parecía indescifrable y me había negado a admitir. Había creído siempre lo que quería creer. Yo era el culpable de esta equivocación, profunda, terrible, definitiva, metafísica, eterna, abismal. Y me descubrí diferente ante el mundo, ante mi propia vida, ante las circunstancias permanentes y mudables, ante el sentido de mi propia identidad. No podía imaginar sin desesperación, y fue una furia sorda y angustiosa, ese cuerpo que había amado y amaba tanto, entre los brazos de otro que pudiera sentir su piel, acariciar su sexo, besar y mordisquear sus pezones, gozar del deleite de introducirme entre sus piernas y saborear el placer y la felicidad de advertir sus desesperados orgasmos. Que alguien que no fuera yo la penetrara en su carne blanca y tersa mientras besaba sus labios inagotables, húmedos, ansiosos, esperanzados, en un balbuceo de un millón de palabras no expresadas, pero escuchadas una a una hasta el abismo, el dolor, el placer, la alegría, el éxtasis, la fatiga apasionada, la ternura conmovedora, profunda, eterna. El oscilar entre la vida y la muerte. El límite de la vida y la agonía temblorosa que contrae las caderas, mientras mi sexo la levanta como afanándose por buscar caminos jamás recorridos por nadie. Tan igual al amor de todos los seres humanos y a la vez tan diferente. La sola idea de imaginarla tan hermosa, desnuda y ansiosa ante otro hombre era una invitación a la muerte, la disolución y la nada. Advertí que había estado ciego, sordo, incapaz de advertir lo obvio, de descubrir lo que seguramente era visible para todos,   —171→   menos para mí. Su apatía no era otra cosa que desinterés, básico, esencial, epidérmico. Ahora me esforzaba por imaginar que era una absurda mentira, una conspiración monstruosa, inhumana, grotesca, una trama ruin y caótica imaginada para hacerme pagar mis propios pecados, mi indiferencia ante otras mujeres, mi desinterés por las emociones básicas de quienes me habían amado alguna vez, un castigo por haber dejado transitar sin entusiasmo mi erotismo, sobre la piel de muchas mujeres tristes y alegres, abandonadas por mí a su propio destino, erráticas, en el camino de mi egoísmo y mi maldad involuntaria. La voz de Remigio era indiferente, cómplice sin entusiasmo, solidaria sin interés. Era un rumor de caballos salvajes, de una tristeza sin retorno que me destruía el alma, la sangre, la piel, las vísceras. Un dolor sordo que me atravesaba el cráneo como una llaga eterna, incurable, de ahora para siempre, durante los segundos, años y siglos de mi relativa eternidad.

De manera que cuando el avión, tembloroso, vibrando por el viento inclemente del río se precipitó sobre el panal incendiado de la ciudad, para iniciar su vacilante aterrizaje, descubrí que me sentía muerto.

Olvidé la presencia de Remigio y como un sonámbulo atravesé el colorido corredor que formaba la gente esperando a los viajeros y marché hacia la puerta del aeropuerto.

Allí estaba esperándome. Me besó con cariño, con alegría. La conduje rápidamente hacia el estacionamiento del auto para evitar que viera a Remigio. No quería que supiera cuál era el origen de la información. Cómo me había enterado. Le arrancaría cada minuto de su historia aunque con ello desgarrara lo que quedaba de nuestro amor. La expresión, nuestro amor, se me antojó ridícula. Mi amor, sería más exacto. Nuestro amor era una expresión   —172→   vacía. Una ficción. Un espejismo. Una invención mía aceptada sin lucha por ella. Había elaborado un plan para saber toda la verdad. Lo cumpliría paso a paso. Con paciencia, sin violencias, pero sutilmente me iría introduciendo en la traición, en sus circunstancias, en la naturaleza del personaje, en la motivación última, en los detalles, en cómo, cuándo, por qué. Me esforcé por no revelar cuánto sabía, aunque temí que mi tristeza, mi angustia, mi desesperación, estuvieran grabadas en mi rostro. Me refugié en la crónica normal del viaje, la guerrilla, Tucumán, la historia que había ido a escribir y que traía a mi revista, cuando en realidad hubiera querido, ya, ahora, sin tardanza, hablar de la otra historia. Mi propia guerra privada. Mi odio y mi desaliento. Mi desesperanza y mi fracaso. La muerte de una parte importante de mi vida. Tal vez de toda mi vida. Buscamos el auto en el estacionamiento y marchamos a mi departamento. La ciudad se me antojaba triste y gris. Sin emoción. Como si los ríos subterráneos que la atraviesan de norte a sur y de este a oeste, fríos, húmedos como túneles angustiosos y desesperados, arrastrando aguas servidas, sombras indefinidas, vidas destruidas, desolación y lástima fueran en realidad las naturales avenidas y calles por las que transitaba la gente y ahora nosotros. A veces silenciosos, otras emitiendo sonidos formales con los cuales, no lograban ni intentábamos comunicarnos. Mariana tenía la natural compostura que hacía de su personalidad una aparente expresión de absoluta frialdad. Siempre era así, salvo cuando esa actitud imperturbable, indiferente, distante, sin sangre en las venas, sin emociones, se quebraba con el orgasmo que la hacía temblar desde la cabeza a los pies. Yo la miraba con una sonrisa forzada que seguramente ella no intentaba descifrar, porque ignoraba lo que yo no ignoraba. «¿Qué te pasa?» -preguntó- «Algo te ha puesto triste».

-Sí -concedí -, las cosas que le pasan a la gente. La vida de los otros. El azar incierto del minuto siguiente. Cuando uno empieza   —173→   a darse cuenta, pero ya todo está perdido y una bala acaba con la imaginación y el amor, la vida, la esperanza. También el odio.

Su mirada era una mirada cómplice, como si quisiera acompañarme en mi pensamiento, en mi extraño dolor de observador imparcial de las cosas que les ocurren a los otros, pero que sentimos como nuestra falsedad, impostura, consentimiento banal y casi meramente social, de buena convivencia. Pobre tipo que se preocupa y sufre por lo que les ocurre a los campesinos en Tucumán, a unos chicos extravagantes, seguramente sin problemas, tal vez ricos y desprejuiciados que pretenden cambiar el mundo y las cosas y las horas de cada día, y el movimiento del sol y las estrellas y las cosas buenas, inmutables, satisfactorias, crueles, estúpidas, alegres y aburridas que gracias a Dios existen, e informan de un mundo organizado, donde cada estrella gira en su órbita porque la razón de su movimiento y su existencia se justifican simplemente, porque los hechos son así y nadie, coherentemente, puede tener la intención de cambiarlos. Mariana tenía su mundo bien organizado. Su padre, una madre convenientemente lejana y despreciada, un amante algo maduro y satisfactorio y la aventura, como parte de una realidad viva, excitante. Tenía todo. No parte de la realidad, no solamente el amante maduro, también lo extraordinario, inesperado, imprevisto, pero buscado en su imprevisión, la aventura.

Mi plan cuidadosamente elaborado para saber la verdad sobre las insinuaciones de Remigio fracasó. No podía especular con un tema que me quemaba las entrañas, un montón de sonidos, ruidos, voces, gritos, llantos que me ahogaban y pugnaban por expresarse y sonidos se organizaron sordamente en mi garganta y mirando a Mariana a los ojos le pregunté desde cuánto tiempo tenía otro amante. Me miró con cierta sorpresa, luego con indiferencia y un instante después pretendió reaccionar como quien se siente víctima   —174→   de una ofensa. «Vos estás loco» - comentó-. «Sí -consentí- estoy loco por no haber visto lo obvio. Lo que todos pueden ver, menos la víctima, el protagonista del engaño, de la burla». Sus ojos azules cambiaban de expresión a medida que yo desarrollaba una larga cadena de insultos, cada vez más violentos, que se estrellaban en un silencio extraño, distante, indiferente. Como si estuviera hablando de otra persona. Cuando tuvo la absoluta convicción de que no estaba disparando en la oscuridad, que no trataba de adivinar, sino que tenía una información concreta, definitiva, imposible de desmentir, comenzó a hablar.

«No sé qué me pasó. Seguramente buscaba algo diferente al sexo o al mismo amor. Fue como volver a un viejo dolor frustrante. Fue una casualidad loca y sin placer. Encontré a alguien a quien podía manejar. Disponer de él, aunque parezca absurdo. Yo siempre fui manejada. Por mi padre, por mi madre, por vos, por las circunstancias imprevistas de la vida, que no busqué y me ordenaron cómo debían ser mis días, mis noches. Ese muchacho tuvo para mí una extraña atracción». Me miró entonces por primera vez. «Debía estar loca». -«Estás loca -dije con furia desesperada. Has tirado a la basura nuestro amor». «No -casi gritó-, te amo más que nunca». «Yo no -respondí-. Para mí todo ha terminado. Supe desde el primer momento que tu relación con ese tipo no había terminado. Que todo era una farsa y también una farsa tu dramática descripción del aborto».

-¿De qué estás hablando? -preguntó.

-De tu amante.

-¿De quién? ¿Quién es mi amante?

-Qué pregunta idiota. El que encontramos en la fiesta. El que te abandonó en manos de ese carnicero.

  —175→  

-No. Estás equivocado. No es él. Es un muchacho intrascendente del cual ni conozco su nombre verdadero. Entonces no estás enterado de nada.

Mi asombro iba en aumento. Me había hecho a la idea de que se trataba de aquel personaje desagradable, al menos para mí.

-No. No imagino cómo pudiste enterarte. Nadie lo supo, salvo que me hubieran visto en el auto una de las pocas veces que lo vi.

-Pero, ¿quién es?

-Nadie. Solamente un muchacho estudiante que conocí en Plaza Francia hace un mes.

-¿Y cuántas veces te fuiste a la cama con él?

-¿Qué importa eso?

-Sí, importa.

-Tres veces.

-Tres, una, diez. Es igual. Alguien que te metió el sexo entre las piernas.

-¿Eso es todo lo que te importa?

-¿Y qué otra cosa importa?

-No sirvió para nada. No sentí nada.

-Y si no sentiste nada, ¿por qué hubo una segunda y tercera vez? Estás mintiendo.

Miraba sin ver. Como si buscara más allá de las paredes, entre calles solitarias y luces desconocidas. Como si su cuerpo permaneciera   —176→   en esa habitación. Pero ninguna otra cosa. Buscando tal vez los recuerdos, el rostro desconocido para mí, la evocación de los juegos en la cama, de los besos, de las caricias.

-Sos una puta.

-No, no soy una puta.

-Me rectifico. No, no sos tan puta. Sos un ser desconocido para mí. Es como si dialogara con una extraña. Nunca más serás Mariana. Tampoco yo podré ser quien soy.

-Todo ha terminado entre ese muchacho y yo.

-También todo ha terminado entre vos y yo.

-No me digas eso. El castigo no puede ser tan grave por ese -vaciló- desliz.

-Expresión decadente, anacrónica y estúpida, que revela tu podrida formación burguesa puta y formal.

-No merezco lo que decís.

-Yo tampoco merezco que me hayas destruido. Que hayas hecho pedazos nuestro amor.

-No era ese mi propósito.

-No, claro. Tu propósito era coger con otro. Las consecuencias eran irrelevantes.

-Ni siquiera sé si ese fue mi propósito -se quedó en silencio, como si se hundiera lentamente en un pozo de tristeza e indiferencia.

-¿Dónde iban a hacer el amor?

  —177→  

-A un hotel.

-¿Quién pagaba? -quería insultarla de cualquier manera. Ignoró la pregunta, ¿Te hacía bien el amor? Seguramente te hacía feliz. Quería sus respuestas negativas para no creer en ellas, y de esa manera continuar acumulando un odio que me hacía temblar ligeramente las manos.

-No, no me hacía feliz. Jamás logré un orgasmo.

-No dudo del entusiasmo que habrás puesto en tratar de conseguirlo.

Me miró extrañamente. Como sorprendida.

-No sé si querés ejercitar tu ironía o realmente te importa.

Me levanté y le di una bofetada que la hizo caer al suelo. La levanté y comencé a desvestirla mientras la arrastraba hacia la cama. La penetré con una furia fría y deliberadamente brutal. Pretendió besarme y decirme que me amaba. Le impedí hablar tapándole la boca. La obligué a volverse y la penetré desde atrás hasta que logré un orgasmo terrible, desesperado, angustioso, intenso. Quedó aprisionada por mi cuerpo, mientras trataba de explicarme el sentido de esa violación que me había proporcionado tanto placer sin interesarme por su satisfacción, por su dolor o por sus sentimientos. Quedamos largo rato en esa posición, mientras Mariana volvía el rostro intentando besarme. Finalmente me derrumbé a su lado. Me abrazó.

-Eso que pasó está muerto.

-Todo está muerto -le respondí.

-No, no es verdad. Tal vez alguna explicación encuentro por lo que hice. Nunca dejé de amarte. No quería que te enteraras. Jamás   —178→   imaginé que te enterarías.

-Sos desleal, mentirosa, miserable.

-Sí, soy todo eso pero te amo. Debía estar loca. Jamás he sentido el amor como con vos.

-Ya no me importa si sentís algo o no. Tus orgasmos son ahora problema de otro.

-Te he dicho que ya nada tengo que ver con ese chico.

-¿Desde cuándo? ¿Desde ayer? ¿Desde esta tarde mientras yo viajaba? ¿Cuándo decidiste terminar con él? ¿Hace dos horas en el aeropuerto mientras me esperabas? ¿O nunca? Jamás podré creerte. Por otra parte, ya no me interesa.

Me sentía destruido, lastimado, humillado. Le había hecho el amor para rescatar de esa manera burda e infantil algo de mi propia autoestimación. Jamás creí que podía vivir una circunstancia similar. Era un hecho nuevo para mí. Un mundo desconocido, lejano, lamentable y habitado por gente de otra naturaleza y destino. No el mío. Eso creía hasta pocas horas antes. Ahora sabía que no era así. Yo también vivía estas circunstancias que siempre se me antojaron relativas a los otros. Había sido siempre el que inducía al adulterio, no la víctima del adulterio. ¿Adulterio? Estaba hablando como si fuera un hombre casado. Como si Mariana fuera mi mujer. Curiosa discriminación de la estúpida sociedad que vivimos. Si estuviéramos casados yo sería víctima del adulterio de mi mujer. Pero como no estoy casado, soy simplemente cornudo. ¿Cuál es la diferencia básica, esencial? En este caso no hay deberes ni obligaciones. ¿Deberes? ¿Obligaciones? Me sentí reflexionando como un imbécil. Así deben sentirse todos los cornudos. Por eso generalmente los cornudos son estúpidos, malos, resentidos.   —179→   El conocimiento de la vejación es tan terrible que nos destruye parte de nuestra personalidad. Comenzamos a apelar a expresiones formales, estúpidas, convencionales, para mantener en pie un edificio que se desploma, inútilmente. Con vergüenza. No solamente por lo que sentimos hacia nosotros mismos, sino por la necesidad de apelar a convencionalismos formales y sin sentido en los cuales no creemos. Para intensificar nuestro odio y compadecernos por nuestro destino. No podía dejar de imaginarla en esa desconocida cama de hotel, acariciándose y besándose con su amante. Mejor, con su otro amante. Uno era yo mismo hasta ese momento. La imaginaba tocándolo. Acariciándolo.

-¿Lo chupaste?

-No, me hubiera dado asco.

-Mentiras. Todos los amantes se chupan. Es una prueba de amor primero y luego un placer.

-No. No lo hice. Hice solamente lo que quería hacer.

Me quedé en silencio. No sabía qué debía hacer. Lo único que realmente me sentía inclinado a hacer era besarla, acariciarla y hacerle el amor. También decirle que la amaba. Que estaba dispuesto a olvidar todo y que aunque eso no fuera posible me sentía incapaz de vivir sin ella. No dije nada, no hice nada. Quedé mirando el techo imaginando si era capaz de matarla. Deseaba echarla de mi cama, despidiéndola con una frialdad que esperaba de mí y que no logré de ninguna manera.

-Si yo te satisfacía, si yo logré tus orgasmos, si te amé con comprensión y dulzura, si comprendí tu soledad, tus problemas, tus silencios. Si viví para vos durante todos estos años. Si no hubo amor, ni placer ni nada, ¿qué buscaste en ese tipo?

  —180→  

Guardó silencio un largo rato. Como concentrándose en su mundo interior, como apartando una por una las capas que escondían sus últimas motivaciones, sus deseos inconfesados, sus esperanzas silenciosas y expectantes, sus miedos. Como pasando revista a los recuerdos y desmenuzando los gestos, las extrañas piruetas de la voluntad y el deseo.

Finalmente respondió:

-No lo sé. No sé qué buscaba. Sé sin embargo que no encontré nada. Quería ser tierna con él. Pensé que me necesitaba. Me preocupé por su vida. No por sus proyectos o expectativas futuras. Por su vida cotidiana. Por su familia, por sus comidas, por su falta de dinero, por su esfuerzo para sobrevivir cada día. Era torpe en el amor. Inexperto. No me sedujo. Yo lo seduje a él. No sé por qué. No tengo respuesta. Tal vez nunca lo sepa. Además, ya no existe. El terror que me produce la idea de perderte ha matado cualquier interés que pudiera conservar.

-Tenés que pensarlo mejor -dije-, sos una mujer libre. Lo que antes nos unía ya no existe o está demasiado herido. No podré olvidarlo nunca. Me siento defraudado, engañado, humillado, destruido. Jamás podré mirarte sin recordar que otro hombre también te vio desnuda, te acarició, se besaron, se hicieron el amor, te penetró, le pediste, como me pedís a mí cuando nos amamos, que te acaricie en los lugares que te excitan más. Ahora esa historia no es nuestra. Está compartida y sería inaceptablemente diferente. El amor es también un acto de voluntad. Tomaré distancia poco a poco. Cada día te amaré menos, porque sin duda te amo ahora todavía, cuando imagino la posibilidad de matarte, si fuera otra clase de hombre, tal vez un hombre en serio, no un cobarde. Cada día iré elaborando tu «desliz», estúpida palabra que no significa nada, mientras vaya desmoronando definitivamente tu imagen.   —181→   Ahora mismo no sé con quién he estado haciendo el amor. Sos un ser nuevo para mí. No sé si mejor o peor, pero sí absolutamente diferente. No sé cómo es este nuevo ser, ni tampoco si me gusta. Por ahora me genera un inevitable aseo que no me impide hacer el amor. Pero tampoco me importa demasiado. Podía no decirte estas cosas y continuar haciéndote el amor de vez en cuando, porque sos una linda mujer y me gusta hacerlo. Si continuáramos juntos sería de esa manera, pero solamente hasta que apareciera otra. Decís que me amás. En mis viejos y convencionales prejuicios, muy primitivos, quizá, no se compagina el amor con la mentira y el engaño. Una mujer que ama un hombre no se acuesta con otro, salvo que ese otro sea el marido y no tenga más remedio que cumplir una obligación. Pero no cuando las cosas ocurren al revés. Yo creo en el amor. Declaración sentimental y tal vez intrascendente en el mundo en que nos toca vivir, pero importante para mí. Creo que la experiencia de tomar un nuevo punto de partida, no daría resultado. Ya empecé a odiarte, y lo que es grave, empecé a separarme de vos. Empecé a tomar distancia y a observarte como algo nuevo que debo descubrir. Una especie de curiosidad que se objetiviza. El amor es otra cosa. Es subjetividad, intuición, voluntad, deseo furioso de aproximación, comprensión, identificación, confianza, entrega. Es decir, ninguna actitud especulativa. Supone la decisión profunda y definitiva de no cometer los estúpidos errores cometidos. La destrucción, la confianza no se repara a voluntad. Creo que no se repara nunca. Se puede marchar a una nueva realidad, pero no creo estar interesado en esa nueva realidad. Por lo menos con vos.

Todas esas palabras me costaron un gran esfuerzo. Se trataba del esfuerzo intelectual que hacía para poner distancia al dolor. Nada de eso sería cierto en la medida en que pudiera inventar algún calificativo, explicación, método, que tomara menos brutal el conocimiento del fraude, algo que me permitiera borrar lo ocurrido,   —182→   sabiendo que nada podía borrarse y que el hecho estaba allí, entre nosotros, y allí estaría mientras mi furiosa imaginación elaborara, con detalles que no conocía, pero que consideraba inevitables y reales, esos amores que me esforzaba por considerar como una estúpida idea de anti-amor. Como si hubiera definiciones diferentes y realidades opuestas en hechos y sentimientos similares.

-Pero yo te amo.

Era como una voz que llegaba de un pasado remoto.

Permanecí en silencio, esforzándome por saber qué había querido decir. Me levanté y tomé un largo trago de whisky. Me senté en un sillón mirando a través de la puerta vidriera las plantas agitadas por un viento inesperado. La luz del velador revelaba en toda su belleza el cuerpo de Mariana. Su pubis delicado, amado y besado tantas veces se me antojaba ahora la cloaca de la mentira, la traición, el instrumento de mi destrucción.

Estaba con los ojos cerrados y sentí el profundo deseo de que estuviera muerta. Las locas imágenes de mi fantasía se sucedían como persiguiendo el propósito de patentizar mí humillación. Pensé de qué manera podía matarla. Me di cuenta que era un cobarde.



  —183→  

ArribaQuince

El gran helicóptero Chinook surgió detrás de la montaña, como un monstruoso insecto reverberante, entre círculos plateados de hélices de diferentes tamaños. El ruido de los motores retumbaba en el valle en un tap-tap extraño y amenazador que se confundía con otros ruidos similares, pero menos intensos, que producían otros helicópteros más pequeños que lo acompañaban como un cortejo de vigilancia y de muerte. Los campesinos habían visto la estela de los cohetes estrellándose en las laderas de la montaña y el redoble sin pausa de las ametralladoras desgarrando las copas de los árboles, destrozando las piedras transformadas en mil nuevos proyectiles que acosaban al enemigo en una búsqueda incesante. El enemigo era el misterio, todos sabían dónde estaba y allí se dirigía el fuego de los helicópteros, pero jamás encontraban muertos ni restos de campamentos. Cuando los helicópteros volvían a sus bases, los guerrilleros salían de los bosques, silenciosos y tensos. Retornaban del fondo del valle entre los rayos confusos y ardientes del sol despiadado del mediodía. Entonces el silencio fue más intenso, más solitario, abismal, triste.

La tensión había sido inútil. El esfuerzo por controlar el espanto, una energía que había muerto en sí misma, matando un montón de cosas olvidadas. El tiempo, la ansiedad, la esperanza, la expectativa, el miedo, la desesperanza, el llanto. Cada campesino había vivido lo que no fue, con la misma intensidad de la vida plena y terrible. Varias horas más tarde, hacia el oeste, oyeron aproximarse el tap-tap de la guerra. El gran helicóptero protestando con sus crías, agitando y rompiendo el aire pesado de la siesta. Los campesinos   —184→   los miraban sin la tensión anterior. Las experiencias recientes son más válidas que las de ayer. Ahora la gente salía de los ranchos para mirarlos.

Entonces todos vieron la intensa luz blanca, y los que no la vieron la imaginaron, por todo lo que ocurrió a partir de ese momento. Aunque nadie previó lo que podía pasar, y apenas escucharon el ruido y luego el estallido de las llamas, oyeron repetir la historia, tantas veces, que podían jurar que lo habían visto, y hasta describir cómo el piloto del helicóptero fue despedazado por el impacto. Y eso no podía ser cierto de ninguna manera, porque el proyectil había salido de la selva y dejó atrás de sí una estela de humo blanco que quedó disimulado por el intenso brillo del sol de la siesta, y muy pocos eran los que estaban afuera de los ranchos a esa hora eterna, ancestral, obligada, reparadora, erótica de la siesta. De manera que cuando el proyectil, como una saeta, o una víbora plateada, o un rayo, si es que un rayo puede verse en el brillo metálico del cielo blanco de tanto azul brillante, golpeó al helicóptero Chinook, fue más fácil imaginar un estallido o un accidente, porque la enorme máquina se convirtió en una bola de fuego que amenazó a los otros pequeños helicópteros que lo seguían y que también lo siguieron, a partir de ese momento, en su caída en pedazos ardientes. Hubo hasta ráfagas de ametralladoras que provocaron pequeños incendios en las laderas solitarias, y nadie pudo asegurar que el cohete había partido del valle o de las cumbres de la montaña, o que la mano de Dios o del diablo había intervenido en la monótona destrucción de los hombres. Pero podía aventurarse en ese territorio, y entre esa gente simple y compleja, imaginativa y rutinaria, que todos relatarían el episodio con lujo de detalles, que luego contarían a sus hijos y estos a los hijos de sus hijos, seguramente agregando muchos detalles inéditos en las versiones anteriores y hasta era probable que el accidente, tragedia,   —185→   desastre o catástrofe se convirtiera, alguna vez, en una parte del folclore local, porque no es frecuente ver estallar en llamas un enorme helicóptero que, además, transportaba tres generales y cuatro coroneles en vuelo de inspección de la zona de guerra. Esa fue la historia que se conoció más tarde, cuando ya habían retirado los restos del helicóptero calcinado y los cuerpos destrozados y quemados, si algo pudieron introducir en las bolsas de nylon que trajeron las ambulancias, a las que alguien les puso un nombre como en el trágico acertijo del azar. Además de haber estallado en el aire, después de recibir el impacto, o cuando el dedo de la suerte lo señaló para matarlo, o porque realmente algo estalló dentro del aparato, tal como se dijo en los cuarteles y se informó a la prensa y nadie creyó, los restos de ese extraño, enorme, casi sobrecogedor aparato rodeado de hélices y su fatigoso tap-tap, que ya se había extinguido para siempre, se estrellaron contra el suelo y no quedaron allí inertes, como alguien podría haber imaginado, sino que rebotaron y estallaron nuevamente, como si lo que había ocurrido en el aire no fuera suficiente para matar a ocho personas que ya no eran ni general, ni coronel, ni piloto, sino solamente un montón destruido de carne chamuscada que había terminado su historia para siempre.

De manera que cuando los otros helicópteros se posaron en el suelo, lentamente, sin violencia, tratando de no agregar más muertos a este episodio, los primeros hombres que descendieron se quedaron mirando los restos todavía en llamas del Chinook, sin saber qué hacer, con horror en sus rostros jóvenes, desolados, vengativos. Hasta que llegaron varias ambulancias y una grúa del ejército montada sobre ruedas, y varios camiones y soldados que se arrojaron de los vehículos y comenzaron a trepar la montaña buscando rastros del enemigo invisible, esquivo, sigiloso, mimetizado con una selva en la que, finalmente, no podría sobrevivir. Pero lo que el ejército no podía admitir públicamente, ni   —186→   tampoco frente al personal subalterno, era que los guerrilleros usaran cohetes, pero no solamente porque algún grupo, organización o asociado internacional, se los hubiera provisto, sino que además sabían usarlos y tenían la infraestructura de apoyo y transporte y auxilio y movilidad, que les permitía hacer uso terrible, eficaz, sin errores, de equipos nuevos, aun para las fuerzas armadas y difíciles de operar para un soldado común.

Allí muchos tuvieron la certeza de que la guerra en serio había comenzado, y ya no se trataba de bandas improvisadas de fanáticos sin experiencia, sino de un verdadero ejército con organización, equipo, eficiencia, objetivos, jefes y oficiales y soldados disciplinados. El hecho era que esa banda armada, como la llamaban los partes militares, había descabezado de un golpe a la cumbre militar de la región. Al jefe y subjefe de operaciones y casi todo su estado mayor.

Cuando la noticia llegó a Buenos Aires, se conoció transformada en accidente, con un elaborado informe técnico sobre el desperfecto que había provocado la explosión de la máquina, y la responsabilidad que les cabía a los servicios de mantenimiento de la fuerza y de la compañía vendedora de los equipos.

También se mencionaron casos de accidentes similares en otros ejércitos extranjeros, y ese caótico y abrumador informe, llevaba a conjeturar sobre las razones que habían decidido al ejército a comprar equipos cuyas deficiencias operativas ya se conocían. De manera que probablemente como consecuencia de una actitud solidaria con las fuerzas armadas, la gente se sintió inclinada a suponer que los compradores del ejército no eran tan torpes, y que en realidad la versión correcta era aquella que, por caminos indefinidos, había recorrido el largo trayecto desde las montañas de Tucumán a las redacciones de los diarios y revistas de Buenos   —187→   Aires, y decía que los guerrilleros se habían mandado un capo lavoro con un cohete, el único disparado, certero y suficiente, como para liquidar un grupo distinguido de generales y coroneles. Seguramente nadie se alegró de este hecho, pero todos se sintieron inclinados a repensar lo que estaba ocurriendo y a reanalizar las informaciones oficiales sobre la guerra, que empezaba a convertirse en algo diferente a lo que había conocido el país hasta ese momento.

Yo agregué a esta información muchos elementos que había conocido durante mi desdichado viaje a Tucumán y no había utilizado en las notas para la revista. Con esos elementos y los proporcionados por los colegas de las publicaciones del norte, más cercanos al escenario de los hechos, produje varias notas sobre el curso nuevo de la guerra, como si todavía estuviera en Tucumán, en un lugar desconocido de la montaña.

Mariana fue una de las lectoras de la revista que creyó que yo estaba en Tucumán, porque había instruido a la gente de la revista para que dijeran que no estaba, si llamaba, cosa que hizo todos los días durante las tres semanas siguientes a la noche de mi retorno y del lamentable episodio en mi departamento, su involuntaria confesión y el penoso momento de tristeza del cual tengo memoria hasta el día de hoy. Me había ido a vivir a un departamento prestado en San Isidro. El portero de mi departamento le informó que no sabía nada, solamente que había salido con una valija sin decirle adónde. En la redacción se limitaban a responderle que no estaba en Buenos Aires. Cuando aparecieron las notas en la revista con mi firma llamó para preguntar cuándo volvía.

-No sé -fue la respuesta de la secretaria. Colgó y se volvió a mí.

-Habló nuevamente la ninfa constante -me informó.

  —188→  

Seguí aporreando la máquina como un poseso. Una hora más tarde entregué mi nota y salí. Caminé la rutina de siempre. Florida, Santa Fe. Una hora deliciosa en Buenos Aires, cuando los días comienzan a alargarse y parece que la actividad, la gente, el tránsito no se detendrá jamás.

No quería ver a Mariana. Recordaba cada una de sus palabras y las mías la última noche que pasamos juntos entre llantos, violencia, reproches, dolor y angustia. Pero mientras recordaba sus palabras imaginaba las que no había dicho. Por temor, por vergüenza, para no humillarme demasiado, para no destruirme definitivamente. Imaginaba lo que me había contado y recreaba en mi mente, una y cien veces, todos los detalles de su relación con el joven estudiante. Recreaba lo que no sabía e imaginaba, lo cual era mucho más terrible. Los detalles se me antojaban desesperantes, llenos de una libertad sensual que yo no conocía en Mariana, pero que imaginaba porque el sentimiento o la atracción habían sido tan terribles, definitivos e incontrolables que la habían arrojado en brazos de otro a pesar de nuestro amor, de nuestra buena relación sexual, de nuestro goce continuado del descubrimiento de nuestra interdependencia.

Esto me parecía ahora una absoluta y definitiva estupidez. La cosa era mucho más sencilla que todo eso, y mucho más todavía que las explicaciones elaboradas por Mariana y su psicoanalista. Mariana era sensual, egoísta, calculadora y especulativa. Es cierto que no expresaba corrientemente su sensualidad, pero eso no significaba que no la tuviera. Precisamente el ignorarla, el ocultarla o reprimirla era el punto de partida de sus problemas, de su tristeza, de su desubicación, pero por esa sensualidad, o por la expresión de esa sensualidad estaba dispuesta a llegar a cualquier extremo. Tenía la absoluta convicción de que Mariana era una especie de heroína nórdica, que las novelas alemanas llevaban al   —189→   Mediterráneo, y las acostaban y revolcaban con todo tipo que de alguna manera demostraba que tenía un sexo y la oportunidad de expresarlo. Pero cuando volvía al norte, frío y deshumanizado, relataba a su marido, novio o amante las visitas colectivas a los museos y aquella noche increíble en que, en un restaurante, un italiano, hermoso y apasionado, la miró durante un largo rato y ella, asustada ante la hipótesis de la aventura, se sintió perturbada y culpable, por haber generado los complicados y simples sentimientos que adjudicó al presunto amante latino. Y el marido comprensivo la mira a los ojos, sin pasión, con un amor intenso, profundo, dulce y eterno, mientras la heroína nórdica recuerda los mejores detalles de cada uno de sus amantes en el recatado viaje por el Mediterráneo. Mariana era simplemente una puta. Como la nórdica de la historia. Y para explicar que una mujer quiere probar nuevos tipos, no hay que ser demasiado sofisticado.

Las razones psicoanalíticas seguramente resultarán sorprendentes y apabullantes. Fundados en esos análisis, no existiría la responsabilidad, ni la lealtad, la confianza, ni esta estúpida idea del amor que me abrumaba y destruía. Y decir una puta no significaba absolutamente nada tampoco. Una diosa sometida, según su amante. Una mujer incomprendida, según el próximo. La conducta de Mariana era irreprochable. Reprochable era la mía, que nada diría de la conducta de un estúpido, sin experiencia de la vida. El hecho es que si Mariana hubiera sido la mujer de otro, me hubiera resultado fascinante y simpatiquísima. La imagen de una mujer moderna que escoge y expresa de esa manera sus derechos. El problema consistía simplemente en que me había tocado el rol equivocado. No había sido educado para ser cornudo. Era un problema de falta de formación, no una crítica filosófica del rol, lo cual podría ser tema de algún libro.

Durante tres semanas me torturé con su infidelidad. No creía una   —190→   sola palabra de las que había producido como explicación, y decidí no discutirlo. Solamente evitarlo. No estaba todavía preparado para asumirla. Hubiera caído fácilmente en el reproche, inútil ahora por lo tardío. Nada podía retomar, cambiar, modificarse. Estaba todo concluido. Había sido una buena hipótesis. La elaboración cuidadosa del amor, la perspectiva y los hechos habían demostrado que el planteo de la hipótesis era falso, y la perspectiva era natural consecuencia de esa falsedad. Veía a Mariana bajo una nueva luz. Era una mujer diferente. Estaba francamente sorprendido. Apabullado. Como si se tratara de una desconocida. De manera que cuando miré la vidriera con la indiferencia de quien tiene la atención y el interés en otro mundo, diferente al que está transcurriendo, apenas alcancé, a reconocer el rostro de Mariana en la misma vidriera, pero no mirando los objetos expuestos, sino intentando buscar mis ojos. Y no hice entonces ninguna de las cosas que en mi fantasía había imaginado, como desprecio, indiferencia, rechazo o agresión, sino que me volví como si volviera al pasado, a la historia, a la eternidad, a la leyenda, y le dije «Hola Mariana». Ella me abrazó, con fuerza, intensamente, en la vereda llena de gente que miraba con indiferencia, pero con simpatía. Decía que me amaba, y que no podía vivir sin mí. Que estaba dispuesta a demostrarme que nada había en su vida fuera de su relación conmigo. Yo era su hombre. En ese momento descubrí que Mariana estaba muerta, porque acepté todas sus palabras, fingí creer en sus propuestas de amor, me sentí el único hombre de su vida y resolví no poner en duda nada de lo que decía. De manera que estaba abrazado a una mujer a la cual amaría con deleite, que no rechazaría jamás, pero que podía desaparecer de mi vida definitivamente sin que eso me importara más que perder algo reemplazable. Y estúpidamente comencé a introducirme en otra trampa. Supuse que había derrotado al joven estudiante de la infidelidad. Acepté todo como una reivindicación, como una reparación   —191→   que merecía mi propia estima, que en ese momento no valía más que el resto de un trapo viejo en una alcantarilla.

-Te amo, te amo -repetía, mientras yo sentía el calor de su cuerpo a través de su vestido y su piel sobre mi rostro.





Anterior Indice