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Como calificativo de la voz, JUAN DE ARONA: Diccionario de peruanismos (3.ª ed.). París, 1938, p. 125. Aunque mis repertorios no me permiten apurar más estas notas, creo que las observaciones hechas pueden ayudar a conocer el destino de una palabra, afortunada entre gentes que hablan la misma o diferentes lenguas. En andaluz se registran también connotaciones semejantes: castellano «noble, sincero, campechano» (ALCALÁ VENCESLADA: Vocabulario andaluz, 2.ª ed. Madrid, 1951, p. 142a), aparte la de «autóctono, referido a animales y vegetales» (ibid.); aunque el diccionarista no lo cuenta, también se usa el adjetivo para designar el «muleto» (muleto castellano), en oposición al «burdégano» (muleto burrero, m. romo, etc.), vid. ALEA, II, mapas 595 y 596. Incluso en el dominio leonés, castellano es sinónimo de «leal, noble, honrado» (A. LLORENTE: Estudio sobre el habla de la Ribera. Salamanca, 1947, página 232).

 

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La voz no es en castellano anterior al siglo XIX, como señala P. de Múgica al reseñar la Gramática Histórica de Menéndez Pidal (ZRPh, XXX, 1906, pp. 350-351). Para los cambios semánticos del latín al catalán, vid. L. Spitzer, Enyorar, enoyança (BDC, XXIII, 1935, pp. 332-333). El Diccionario Histórico de la Lengua Española (I, Madrid, 1933) cita a Galdós y Pereda como primeras autoridades de añoranza, añorar.

 

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Vid. DCELC, s. v. morro. Hay testimonios anteriores en Leandro Fernández de Moratín (F. RUIZ MORCUENDE: Vocabulario de L. F. de M., t. II, Madrid, 945, pp. 127b-128a).

 

34

Compuesto formado por nóstos «regreso» y álgos «dolor». No documentado por el Diccionario académico hasta 1884 (DCELC, s. v.), aunque hay ejemplos anteriores (uno de Moratín, hijo, según el Vocabulario de Ruiz Morcuende, ya citado, t. 11, p. 1060a; verdad que el texto tiene una errata: nostalmia).

 

35

Vid. G. MICHAËLI DE VASCONCELOS: A Saudade portuguesa (2.ª ed.). Porto, 1922, y K. VOSSLER: La soledad en la poesía española. Madrid, 1941, páginas 12 y ss.

 

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Cito del DCELC, s. v. solo. A la bibliografía que aduzco en El español hablado en Tenerife, Madrid, 1959, pp. 87-92, añádanse los siguientes trabajos de J. PÉREZ VIDAL: Arcaísmos y portuguesismos en el español de Canarias (XXVII Congreso Luso-Español de las Ciencias, pp. 27-37); Influencia portuguesa en la toponimia canaria (RDTP, XX, 1964, pp. 255-270; Clasificación de los portuguesismos del español hablado en Canarias. (Actas y Congreso Int. Est. Luso-brasileiros», t. III, Coimbra, 1966).

 

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Para Vossler, soledad sería «un neologismo erudito, nacido por influencia de la lírica galaico-portuguesa de la Edad Media» (La Soledad en la poesía española, Madrid, 1941, p. 11). La documentación histórica de soledad en español es uno o dos siglos posterior a su equivalente portuguesa (ibid., página 16). No entran en mi consideración voces de poca persistencia en nuestra lengua (solitud, muy culta, soledumbre) y dialectales (señerdá, que, en asturiano, se dice «de un gato que está en celo y maulla», ¡triste comparación con saudade!).

 

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JUAN VÁSQUEZ: Recopilación de sonetos y villancicos a quatro y a cinco, ed. H. Anglés, Barcelona, 1946, p. 39, núm. 20. El estribillo aparece en los vols. 817-818 de la Tragicomedia de don Duardos, de Gil Vicente; al anotarlo, Dámaso Alonso escribe: «el empleo de la palabra soledad... con el sentido de saüdade parecería indicar un origen portugués. Sin embargo, las dos veces que se canta en las obras de G. V. ... aparece en castellano» (ed. cit., página 234).

 

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Cancionero llamado Flor de Enamorados. Barcelona, 1562, reimpreso por A. Rodríguez-Moñino y D. Devoto. Valencia, 1954, p. 100.

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