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Vase HORACIO.
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Estos versos y todos los que siguen en el presente acto, los canta OFELIA.
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Dando risotadas.
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En estos versos se alude a una costumbre popular muy antigua en Inglaterra. Las muchachas solteras tenían gran cuidado de ponerse a la ventana o salir a la calle en el primer día de Mayo al rayar el alba, y el joven que las veía primero, aquel creían que fuese el que la fortuna las destinaba para marido u galán.
En una Comedia de Cervantes intitulada Pedro de Urdemalas se hace mención de otra práctica vulgar en España, muy semejante a la que se acaba de referir. Las mozas casaderas se ponían a la ventana en la noche de San Juan, con el cabello suelto, y un pie desnudo dentro de un barreño lleno de agua, y estaban atentas a escuchar el primer nombre que dijesen en la calle, suponiendo que así debía llamarse el que había de ser su marido. A esto aluden los siguientes versos de Benita en la citada Comedia.
| Yo por conseguir mi intento | |||
| Los cabellos doy al viento, | |||
| y el pie izquierdo a una bacía | |||
| llena de agua clara y fría, | |||
| y el oído al aire atento. | |||
| Eres noche tan sagrada | |||
| que hasta la voz que en ti suena, | |||
| dicen que viene preñada | |||
| de alguna ventura buena | |||
| quien la escucha guardada. | |||
| Haz que mis oídos toque | |||
| alguna que me provoque | |||
| a esperar suerte dichosa. Etc. |
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Se entristece y llora.
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Con mucha viveza y alegría.
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La locura de Ofelia, aunque de nada sirve a la acción principal, es un episodio que produce en la representación admirable efecto. No se caracteriza como la del Príncipe, con bufonadas, ni chocarrerías, ni indirectas amargas; la demencia de Ofelia es verdadera, la de Hamlet mal fingida. La muerte de Polonio inopinada y cruel llena su alma sensible de aflicción, turba su entendimiento, y en cuanto hace y dice lo manifiesta. Se va al campo, y teje guirnaldas y festones de flores y yerbas, que amontona sin elección, con ellos se corona y adorna, vaga inquieta de una parte en otra, sin hallar en nada placer, solloza y ríe, se enfada, tal vez; pero a nadie ofende; pisa y trastorna cuanto halla al paso, enmudece melancólica y prorrumpe después, cantando versos que aprendió en tiempo más feliz, unos alusivos al estado de su corazón, y otros en que no se ve conexión ni objeto; a todos saluda cariñosa, con todos reparte los rústicos dones que lleva en la falda; a cada momento se distrae, habla de su padre y suspira, se acuerda de su hermano, desea verle, y cuando le ve no le conoce. Su risa, sus cantares, su furor, su alegría, sus lágrimas, su silencio, son toques felices de un gran pincel, que dio a esta figura toda la expresión imaginable.
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A HORACIO.
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Suena a lo lejos un rumor confuso, que se irá aumentando durante la escena siguiente.
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Todo lo restante de este acto está lleno de accidentes atropellados a inverosímiles. Laertes, que partió para Francia al empezarse la Tragedia, está ya de vuelta en Elsingor, furioso por vengar la muerte de su padre, sucedida la noche antecedente. Hecho cabeza del vulgo amotinado que le aclama Rey, combate y dispersa las guardias del palacio y entra en él, seguido de sus parciales; sin que hasta ahora se haya tenido noticia alguna de que la nación esté disgustada con el Soberano, sin que se alcance por qué el pueblo pone los ojos en un Caballero particular como Laertes, que pasa su vida en hacer viajes; olvidándose del Príncipe, legítimo heredero del trono, a quien ama tan ciegamente que hasta sus defectos los aplaude como virtudes. Estas inconsecuencias manifiestan que el Autor se cansó poco en estudiar el plan de su Tragedia; pero en aquel tiempo (exceptuando en Italia, donde ya se conocía el arte) todos los Poetas Dramáticos hacían lo mismo. Lope de Vega, Hardy y Shakespeare siempre escribieron deprisa.