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1051

Ruiz de Cabasas (D. Juan Cruz), Oración fúnebre pronunciada en la catedral de Burgos.-Porrero (Fray Nicolás), Oración fúnebre en el monasterio de San Lorenzo.-Espinosa (Fray Manuel), Oración fúnebre en las exequias celebradas en el templo de la Encarnación de Madrid ante la Hermandad de los criados de Carlos III.-Fernán Núñez, Compendio, etc.

 

1052

Carta del ministro D. Manuel Roda al cardenal de Solís, arzobispo de Sevilla, 7 de mayo de 1771. -Oración fúnebre de Carlos III, pronunciada por D. José Álvarez Santullano en la catedral de Sevilla.

 

1053

Padre prior (dijo cierto día al del monasterio de San Lorenzo el Soberano), gracias a Dios, yo no. Elogio fúnebre de Carlos III, escrito por D. José Nicolás de Azara, y pronunciado por el presbítero D. Juan de Pradas en la iglesia de Santiago de Roma.

 

1054

Bourgoin, Cuadro de la España moderna, t. II, capítulo 10.

 

1055

Porrero (Fray Nicolás), Oración fúnebre, etc. Mientras duraba la jornada en el Real Sitio de San Lorenzo, el prior de aquel monasterio, acompañado de algunos monjes, visitaba a Carlos III todas las mañanas. Cuanto este predicador cita del Monarca se refiere a lo que se le oía decir en semejantes ocasiones.

 

1056

«Protegido por la devoción contra las seducciones de los sentidos, pasó (ejemplo tal vez único en la historia de los reyes) veinte y nueve años de su vida sin esposa ni dama. De disfraz necesitaba el libertinaje para aproximarse al trono, y jamás hubo corte menos galante que la de Carlos III.» Bourgoin, Cuadro de la España moderna, t. I, cap. 8.

 

1057

Fernán Núñez, Compendio, etc., capítulo último.

 

1058

Azara, Elogio fúnebre de Carlos III.

 

1059

Fernán Núñez, Compendio, etc.

 

1060

Otra anécdota refiere Muriel, en que todavía resalta más la bondad de Carlos III. Parece que una noche a deshora oyó ruido en uno de los salones próximos a su aposento, y que yendo a ver quién lo causaba con una palmatoria en la mano, sorprendió a un criado suyo sobre una escalera portátil, cortando los flecos y borlas de oro de las colgaduras de damasco. Más muerto que vivo el criado, se echó a sus pies, y dio por excusa de la mala acción el estado miserable de su familia. «Levántate (le dijo el Rey), coge tu envoltorio y vete; pero cuenta que nadie te vea, ni se llegue a descubrir lo que llevas. porque en tal caso no podré hacer riada por ti. Por mi parte, está seguro de que nada se sabrá.» Al echarse de ver el robo hubo gran rumor en Palacio: confuso el mayordomo mayor, dio cuenta al Rey, añadiéndole que no sabía quién fuese el autor. «Yo sé quién es (respondió el Rey); pero soy caballero; le he prometido que guardaría secreto, y lo cumpliré.» Por supuesto que nunca se averiguó nada. Algo parecido he oído contar a personas del tiempo, y sin duda la anécdota es cierta en la sustancia, aunque haya motivo para dudar de alguno de sus accidentes.