1071
«Señor:
El glorioso padre de V. M. tuvo la bondad de oír gran
parte de la representación adjunta, hallándose
V. M. presente. Aquel justo, veraz y adorable Soberano se
dignó atestiguar los hechos que se le pudieron leer
de la misma representación con las hiperbólicas
y enérgicas expresiones de que era el Evangelio cuanto
contenía. V. M. mismo oyó esta aprobación
que dio S. M. a la exactitud de aquellos hechos, los cuales
no son otra cosa que una relación de las acciones
más importantes políticas, militares y civiles
de su augusto padre en los doce años que tuve la honra
de servir a sus Reales pies, etc.»
Memorial de Floridablanca
a Carlos IV, San Lorenzo 6 de noviembre de 1789.
1072
Armona, Noticias privadas, etc., con referencia al mismo conde de Floridablanca.
1073
Torres
(Padre D. Antonio), Oración fúnebre en las
exequias celebradas por la Hermandad del Refugio y Piedad
de Madrid. Manifestando no ser el rey Ezequías, temeroso
de la muerte, y pidiendo que el Señor se la dilatara,
sino Carlos, el amado de Dios, que quería ir prontamente
a gozarle, proseguía de este modo: «Así lo
dio a entender a un antiguo criado suyo, diciéndole
estas sinceras palabras, que yo no debo alterar, porque ellas
solas son más elocuentes que cuanto pueden decir todos
los perfectos oradores.»
A continuación está
la cita de las que se copian en el texto.
1074
Fray Joaquín Eleta, obispo de Osma y arzobispo de Tebas, murió la noche del 4 de diciembre de 1788. Muy poco después apareció en el Diario de Madrid el epitafio que le hizo el poeta D. Francisco Gregorio de Salas con la preciosa décima siguiente:
| Murió de avanzada edad | |||
| Este prelado, en quien ves | |||
| El celo, el desinterés, | |||
| El retiro y la equidad: | |||
| En modestia y gravedad | |||
| A todos aventajaba: | |||
| Premios al mérito daba | |||
| Luego que le conocía; | |||
| Mas, ¡qué mucho, si aprendía | |||
| De aquel a quien enseñaba! |
1075
«Aquella tarde se llevaron
a Palacio el cuerpo de San Isidro y las reliquias de Santa
María de la Cabeza, su esposa. El corregidor de Madrid,
que guarda en su poder dos llaves de las cajas del Santo
y una de la urna en que están la cabeza y los huesos
de la Santa, asistió, como debía, a este devotísimo
y tiernísimo acto. Se sacaron de las cajas los cuerpos,
y por delante de la cama se arrimaron a S. M., que los estuvo
orando devotísimamente, y todos se enternecieron.
El corregidor, con el marqués de Villadarias, estaba
hincado de rodillas a los pies de la cama.»
Armona, Noticias,
etc. A continuación cita, como testigo presencial,
las palabras que se trasladan literalmente al texto de la
presente historia.
1076
Oportuno parece reseñar las disposiciones del testamento del Monarca. Al otorgarlo, invoca por abogada e intercesora a la Virgen María en los misterios de su Concepción, Natividad y Asunción, e implora el auxilio y patrocinio del arcángel San Miguel, de los apóstoles San Pedro y San Pablo, de San Juan Bautista, del Santo de su nombre, de San Genaro, San José, San Francisco de Asís, San Antonio de Padua y San Pascual.-Ordena que se le sepulte al lado de su esposa. Declara los hijos que tuvo de ella; que en el tiempo de su viudez heredó a los infantes D. Felipe y D. Francisco Javier, y que, a la muerte de D. Gabriel, se hizo tutor y curador de su nieto el infante D. Pedro, siendo su voluntad que, en caso de su fallecimiento, se encargara de la misma tutela el príncipe de Asturias, y esperando de su rectitud y de su amor filial y fraternal que cuidaría de este su sobrino con el cariño que el Rey lo hubiera hecho.-Asimismo declara compensados de su legítima paterna y materna a su hijo D. Fernando con la cesión del reino de las Dos Sicilias y de varios derechos por la sucesión de la casa Farnese, y a su hija, la gran duquesa de Toscana, doña María Luisa, con el dote que llevó y se satisfizo del todo.-Incorpora a la corona las adquisiciones de bienes raíces y las mejoras en otros durante su reinado, como los pinares de Valsain y la Moraleja, el palacio de Riofrío y otros cualesquiera procedentes de conquista, compra, sucesión o herencia.-Instituye por heredero de su corona a D. Carlos, encargándole muy particularmente la protección de la religión católica, el cuidado paternal de sus muy amados vasallos, y especialmente de los pobres, y el amparo, amor y asistencia de sus hermanos el infante D. Antonio y la infanta doña María Josefa, sin olvidar al rey de las Dos Sicilias y a sus hijos, a quienes deseaba toda prosperidad y daba su bendición.-Manda decir por su alma, las de sus padres y la de su esposa veinte mil misas, repartiéndolas en todo el reino de modo que se dijeran verdaderamente, y se socorriera por medio de los prelados a los eclesiásticos y las comunidades pobres, y que a arbitrio de sus testamentarios se den limosnas a los desvalidos de Madrid y otros pueblos por medio de los párrocos y las diputaciones de caridad.-Distribuye la suma sobrante de las consignaciones para sus gastos reservados en esta forma: al hospital de Madrid tres mil doblones sencillos; a los hospicios otro tanto; a D. Alimerico Pini dos mil doblones, por los muchos años que le había servido; y lo restante, que ascendería poco más de tres millones de reales, a sus criados de casa, cámara, caballeriza, ballestería, etc., desde los ayudas de cámara, caballerizos de campo y ballesteros a las clases más inferiores.-Recomienda al príncipe de Asturias todos sus criados, por el celo, amor y ley con que le han servido.-Manda se dé alguna de sus alhajas a la princesa de Asturias, al rey de las Dos Sicilias y a su esposa, a su hija la infanta gran duquesa, a su nieta la princesa del Brasil, y que las demás queden incorporadas a la corona.-Encarga que se guarde y formalice en lo necesario su providencia, tomada con Breve pontificio, para administrar de su cuenta las encomiendas que poseyó el infante D. Luis, su hermano, para aplicarlas con sus aumentos a la dotación de un hijo segundo de los príncipes de Asturias y de los reyes sucesores.-También encarga que en los inventarios de sus bienes se siga el mismo método observado de orden suya en los del infante D. Gabriel, su hijo, formando los jefes de los oficios relaciones auténticas de lo que hubiese, con sus tasaciones, para excusar formalidades y costas. Para el remanente de todos sus bienes, derechos y acciones que no fuesen dote patrimonio, rentas y productos de su corona, instituye por únicos y universales herederos a sus hijos D. Carlos, D. Antonio, doña María Josefa y a su nieto D. Pedro.-Por sus albaceas y testamentarios nombra a sus hijos D. Carlos y D. Antonio, al patriarca de las Indias, al arzobispo de Toledo, al obispo de Jaén, inquisidor general, al mayordomo mayor, al caballerizo mayor, al sumiller de corps, a su confesor Fray Luis Consuegra, al decano gobernador interino del Consejo de Castilla y a los gobernadores de Indias y Hacienda.-Testigos fueron los marqueses de Valdecalzana, de Santa Cruz, de Villena y Estepa, el patriarca de las Indias y los ministros de Marina, de Hacienda, de Guerra y de Gracia y Justicia en lo relativo a las Indias.-Su testamento otorgó el Rey ante D. José Moñino, conde de Floridablanca, nombrado para este caso notario mayor de los reinos. Convenientemente autorizado, he tenido a la vista la copia del testamento, que existe en el archivo de la Real casa.
1077
Torres
(Padre D. Antonio), Oración fúnebre, etc. Fernán
Núñez, Compendio, etc., parte II, cap. 3.º Refiriendo
su muerte, escribe: «La España y la Europa entera,
que le respetaba y amaba, le lloraron y lloraran siempre,
como yo lloraré toda mi vida el no haber estado a
su lado para tributarle mis últimos obsequios.»
Hay
que tener presente lo que el mismo conde expresa en uno de
los últimos párrafos de su apreciabilísimo
Compendio histórico de la vida de Carlos III, para
avalorar debidamente la sinceridad que brilla en su obra.
Sus palabras son estas: Yo me reprimí muchas veces
durante su vida, para no parecer adulador cuando decía
de él lo que sentía mi corazón; pero
ahora, que la lisonja no puede confundirse con el cariño,
he creído deber dar a este toda la extensión
que exigen mi amor y reconocimiento contenidos hasta ahora.
También la muerte de Fernán Núñez
fue ejemplar, como su existencia. El Padre agustino Fray
Vicente Facundo Lavaig, en el sermón panegírico
predicado en San Felipe el Real al tiempo de sus honras,
la refiere de este patético modo: «Preguntando en
qué hora se hallaba, le dicen que en el momento último
de su vida; y con ánimo tranquilo, con toda la entereza,
vivacidad y gracia de su espíritu prosigue: ¡Ah! Bien
sabía yo que el Señor me permitiría
decir: In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum».
Y aquí
espiró Fernán Nuñez. Era el 23 de febrero
de 1795.
1078
Torres (Padre D. Antonio), Oración fúnebre, etc.
1079
En
la Gaceta de Madrid se notició el infausto suceso
de este modo: «Siguiendo el mal sus estragos, le cortó
la vida a las doce y cuarenta minutos de la noche del sábado
al domingo, acabando S. M. con tranquilidad igual a la entereza,
resignación y religiosa piedad que mostró en
toda su enfermedad y en que se había ejercitado toda
su vida. El digno aprecio de tantas virtudes, unido al amor
filial de los príncipes nuestros señores, actuales
soberanos ya de estos reinos, y de las demás personas
de la Real familia, cambió en una inexplicable pena
y en amarguísimo dolor el sobresalto y el cuidado
en que los tenía la enfermedad del Rey padre; y sólo
puede servirles de algún consuelo la seguridad de
que no hay vasallo que no los acompañe en el llanto
de tan crecida pérdida.»
Fue conducido el Real cadáver
al panteón del Escorial el miércoles 17 de
diciembre.
1080
Jovellanos, Elogio de Carlos III. Leyólo en la junta plena de la Sociedad Económica Matritense el 8 de noviembre de 1788.