El virrey príncipe de Esquilache tenía en Lima su caracterizado consejero sobre los negocios de Chile en el doctor Luis Merlo de la Fuente, magistrado probo y experimentado, que había residido en este país como oidor de la Real Audiencia, y que lo había gobernado interinamente. He aquí como éste relata el ningún caso que el Virrey hizo de sus consejos. «Muchas veces hice instancia con el Virrey para que, pues la causa era de tan grande importancia y el daño de la hacienda perdida de Vuestra Majestad tan grande y de los naturales y vecinos mayor, que hiciese hacer una junta, y que para ella llamase al padre Gaspar Sobrino y a todos los que él quisiese por mayores factores de su intento, para que en presencia de todos se apurasen verdades y se viniese al medio más conveniente. Y, aunque el Virrey muchas veces me dijo que sí haría, y que habiéndose despachado de la ocupación de la residencia del Marqués (de Montes Claros) lo haría luego, nunca llegó el día, aunque le acordé muchas veces. La causa principal de no haber querido dar el Príncipe (de Esquilache) lugar a esta junta, fue por la mucha mano (influencia) que con él tienen (los jesuitas) por la memoria del padre Francisco de Borja, y por ser materia la de éste su intento no buena para ser disputada ante quien lo entienda sino para rincones y partes a donde con personas ignorantes de la tierra y gente y daños presentes hagan su herida y suerte a su salvo. Y así las últimas veces que hablé al Virrey de esta materia me dijo que no me cansase porque él no había de alterar ni contravenir a lo que Vuestra Majestad ordenaba por los nuevos recaudos que traía el dicho padre Gaspar Sobrino, y que yo diese cuenta a Vuestra Majestad de lo que entendiese convenir más a su real servicio, y por ser tan grande y convenir tanto, di aviso de ello a Vuestra Majestad y al Consejo en los años de 17 y 18". Carta de Merlo de la Fuente al Rey, escrita el 19 de abril de 1620, en la ciudad de Lima, donde desempeñaba el cargo de oidor de la Real Audiencia. Ya hemos dicho que don Claudio Gay ha publicado en su segundo tomo de Documentos la mayor parte de esta carta con muchos errores de copia, y atribuyéndola antojadizamente al doctor don Cristóbal de la Cerda, oidor de la audiencia de Chile.
El padre del príncipe de Esquilache fue don Juan de Borja, hijo tercero del duque de Gandia, don Francisco de Borja, que tomó el hábito de la Compañía, fue su tercer general (1567-72) y fue canonizado por la Iglesia en 1671. Merlo de la Fuente alude a estas relaciones de familia para explicar el predominio que los jesuitas ejercían sobre el Virrey.
El padre Rosales dice expresamente en el capítulo 22 del libro VI de su Historia, que Ribera había muerto cuando llegó a Chile la última resolución del Rey, hecho que también asienta el padre Olivares en las pp. 186 y 190 de su obra citada. En efecto, el padre Sobrino que traía la cédula real, llegó a Lima en los últimos meses de 1616; pero el Virrey lo detuvo allí para darle algunas otras instrucciones, y no pudo seguir su viaje a Chile hasta febrero de 1617. Como veremos más adelante, los documentos confirman estas noticias.
El padre Miguel de Olivares en su Historia civil, libro V, capítulo 30, refiere que lo que mató a Ribera fue la inacción a que lo condenaba la guerra defensiva. «Como al hierro no usado lo come el orín, dice con este motivo, así al Gobernador que era de genio marcial, y estaba acostumbrado a las fatigas de la campaña, lo fue consumiendo lentamente la inacción en que estaba forcejeando su obediencia contra su inclinación». En el texto creemos exponer las verdaderas causas de la muerte de Ribera.
Carta sin firmar de Alonso de Ribera, de 1 de marzo de 1617, certificada por su secretario Domingo Hernández Durán.
Los padres de San Juan de Dios se recibieron del hospital de Santiago el 19 de abril de 1617, como consta en el acuerdo del Cabildo de ese día, libro 8.º, fojas 420-424.
P Alonso de Ovalle, Histórica relacion, libro VII, capítulo 7, p. 296. El padre Rosales no es menos explícito en el elogio que hace de Ribera, «alabando todos, dice, su prudencia, afabilidad, entereza, magnanimidad, justicia y clemencia, que de todas virtudes dio claros testimonios».
Tenemos a la vista una de las solicitudes de la viuda de Ribera. Dice así: «Señor: Luego que falleció Alonso de Ribera di cuenta a Vuestra Majestad de su muerte y las obligaciones con que me dejó, pues a dos hijas y un hijo que tengo libró el remedio en sus servicios, y en mí como su madre el procurarle. Suplico a Vuestra Majestad como a Rey tan cristiano, mire con los ojos de su piedad, las necesidades en que podrá hallarse una mujer sola, pobre y tan lejos de su real presencia. Y pues, Alonso de Ribera sirvió a Vuestra Majestad hasta perder la vida, bien puedo pedir como tal el remedio de los trabajos que causó su muerte. Y así pido a Vuestra Majestad con el encarecimiento que puede una madre que quiere bien a sus hijos, se sirva dar a don Jorge de Ribera el hábito de que tenía hecha merced a su padre con renta que a él pueda ser sustento y a mí alivio, con que quedará gratificado y yo consolada, y Vuestra Majestad usará de su acostumbrada clemencia, cuya real persona guarde la divina con el aumento que la cristiandad ha menester. La Concepción de Chile, 11 de abril de 1617. Doña Inés de Córdoba Aguilera».
La viuda de Ribera se trasladó poco después a Santiago, y más tarde se hizo monja del monasterio de Agustinas de esta ciudad, y sobrevivió muchos años. Una de sus hijas entró también al mismo convento, y allí murió en la segunda mitad del siglo XVII.
El hijo, don Jorge de Ribera, obtuvo del Rey el hábito de la orden de Santiago que se había dado a su padre, y vivía en 1646 sirviendo en el rango de capitán en el ejército de Chile. El cronista Córdoba y Figueroa dice equivocadamente (libro IV, capítulo 7) que don Jorge de Figueroa murió en Concepción en edad juvenil y sin dejar sucesión.
La otra hija se casó con el doctor Juan de Canseco y Quiñonez, visitador judicial y de la real hacienda, y con él pasó al Perú y luego a México, donde murió. En la nota siguiente se hallarán más noticias sobre el licenciado Canseco.
El juez encargado de esta nueva residencia de Alonso de Ribera fue el doctor Juan de Canseco y Quiñonez, alcalde del crimen de la real audiencia de Lima, y enviado a Chile en 1619 por el virrey del Perú con el título de juez visitador de la real hacienda de Su Majestad, ministros de ella y de la guerra. El doctor Canseco levantó en pocos meses unos sesenta procesos contra Alonso García Ramón, Alonso de Ribera, los oficiales reales o administradores del tesoro, muchos capitanes, comisarios, cirujanos y capellanes del ejército, formando sobre cada uno de ellos un expediente, algunos de los cuales constan de cuatrocientas y seiscientas fojas. Hemos tenido cuidado de recorrer la porción más importante de esos expedientes enviados al Consejo de Indias, tomando extractos de cada uno de ellos. A ser cierto lo que allí aparece, reinaba en toda la administración de la colonia la más espantosa desmoralización. Muchos funcionarios rentados por la Corona, y entre ellos un cirujano y un capellán de ejército, no asistían al cumplimiento de sus obligaciones. El Gobernador, los maestres de campo, los capitanes, los comisarios y demás funcionarios militares, y hasta un capellán de ejército, negociaban fraudulentamente con los soldados, vendiéndoles a precios subidos los alimentos y el vestuario.
El expediente relativo a Alonso de Ribera consta sólo de 73 fojas. En él se le hacía cargo de negociar con la venta de víveres a los soldados, de servirse de los buques del Rey para llevar a Arauco y a Lebu artículos que eran de su negocio particular, y de utilizar en su provecho los productos de las estancias del Rey. El juez visitador, absolviéndolo de algunos de esos cargos, y poniéndole pena por otros, condenó a sus herederos a pagar 3400 pesos. Interpuesta la apelación de ese fallo, el pago no se hizo efectivo. Ya hemos dicho que este juez visitador que se mostró tan severo en la residencia de Ribera, cultivó luego estrecha amistad con la familia de éste, y al fin se casó en Chile con una de las hijas del finado Gobernador.
El doctor Canseco, el severo pesquisador de la conducta de Ribera y de los demás funcionarios de Chile, dio lugar más tarde a las más tremendas acusaciones, lo que revela que la corrupción administrativa en las colonias españolas había echado las más profundas raíces. En 24 de diciembre de 1620 el doctor don Cristóbal de la Cerda y Sotomayor, oidor de la audiencia de Santiago, escribía al Rey lo que sigue: «Como parece por la carta de esta Audiencia que va con ésta, se avisa a Vuestra Majestad cómo el doctor Juan de Canseco, alcalde de corte de Lima, vino por visitador de este reino, el cual acabó su visita en esta ciudad de Santiago, y según es público y notorio no sirvió de otra cosa que de llevarse más de 16000 patacones de salarios suyos y de sus oficiales, que para tierra tan pobre como ésta es, se ha sentido por todos: y según estoy informado, consintió que Juan de Espinaredo, fiscal y alguacil de su comisión, tratase y contratase en esta ciudad y con los soldados en la guerra, de que ha habido harto escándalo y murmuración por ver que un juez que venía a averiguar los tratos y contratos que ha habido entre los soldados, consintiese que los oficiales que traía consigo los tuviesen como las personas a quien venía a visitar y -96- residenciar». Según el oidor Cerda, el doctor Canseco había traído a Chile en cabeza de otras personas una gran cantidad de fardos de ropa para negociar.
En 30 de abril de 1621 el mismo oidor Cerda, que desempeñaba interinamente el gobierno de Chile, escribía al virrey del Perú que siendo prohibido a los funcionarios judiciales el comerciar, había embargado un cargamento de madera que el doctor Canseco pretendía llevar al Perú, disimulando el negocio por medio de otras personas, una de las cuales era su mayordomo y otra su propio hermano, fray Cristóbal de Canseco, fraile dominicano, que había venido del Perú con este objetivo.
Se creería tal vez que estas acusaciones eran calumniosas e hijas de malas pasiones, pero las encuentro confirmadas en documentos posteriores. En 1 de febrero de 1627 el gobernador de Chile don Luis Fernández de Córdoba y Arce escribía al Rey lo que sigue: «Las cajas y demás ministros de este reino han menester una visita general, que, aunque en años pasados vino aquí a tomarla especialmente a los oficiales reales y del suelo de esta ciudad el doctor Juan de Canseco llevó un navío cargado de madera y otras cosas, y que sólo miró a casarse, como lo hizo, con una hija del gobernador Alonso de Ribera, a quien particularmente venía a visitar. Por estos efectos podrá Vuestra Majestad servirse de conocer los demás remedios del dicho doctor».
A pesar de estas acusaciones, el doctor Canseco siguió prosperando en la carrera judicial, y murió de presidente del distrito de la real audiencia de Guadalajara en Nueva España. Estas noticias servirán para dar a conocer no sólo la desmoralización administrativa de las colonias españolas sino la ineficacia de las leyes que disponían la residencia de los altos funcionarios.
Antes de esa época, los indios habían recurrido a la misma estratagema, y los capitanes españoles sabían a qué atenerse. El maestre de campo González de Nájera escribe a este respecto lo que sigue: «En muchas de las paces que los indios dan, dejan de industria sin comprender entre los reducidos un capitán valentón, el mayor corsario que se halla entre ellos, pintándolo a los nuestros como el mas indómito de su tierra, y que anda solo por los montes sin quererse sujetar a la paz, y exagerando su obstinación en no querer condescender con lo que hacen todos los demás indios de su tierra. Y cuando les dicen los nuestros que por qué no lo prenden y matan, responden (aunque come y bebe cada día en sus borracheras) que lo andan buscando, pero que no le pueden dar alcance. Al cual daré por nombre Pailamacho, así por darme más bien a entender, como por haber conocido en mi tiempo uno de este nombre, que en cierta paz que dieron los indios, hacía la figura que he dicho. Habiendo, pues, dado algunas parcialidades de indios la paz, como en confianza de ella comienzan nuestros soldados a descuidarse, dejando los caballos en los vecinos prados y vegas, comienzan los indios a hurtarlos, llevándose de cuatro en cuatro y de seis en seis y en mayor número; y culpando los nuestros a los indios, es de notar cómo se justifican y muestran inocentes con semblantes disimulados, dando a entender que tienen pesar de ello, y finalmente echan la culpa al Pailamacho que no dio la paz, diciéndole mil injurias. Pero no dejan por ello de proceder en sus hurtos hasta que nos han robado más caballos y mejores que los que ellos trajeron». González de Nájera, Desengaño i reparo de la guerra de Chile, pp. 233-234. Agrega éste, enseguida, que esas paces no duraban más que el tiempo que necesitaban los indios para negociar la libertad de sus parientes y amigos que se hallaban prisioneros entre los españoles, o hasta haber conseguido los regalos de ropa que éstos solían hacerles.
Esto fue lo que sucedió en 1617. Los indios excusaban sus correrías y los frecuentes robos de caballos que hacían a los españoles explicando que los que se obstinaban en hacer la guerra eran Anganamón y Tureulipe, y contaban, al efecto, que fuera de algunos centenares de guerreros que los acompañaban en esas empresas, todos los demás estaban resueltos por la paz; pero que éstos no podían doblegar a aquéllos ni tampoco vencerlos y destruirlos. Y el padre Valdivia, que parecía creer candorosamente estas invenciones, escribía al Rey y a sus superiores para contarles los progresos de la pacificación. Los cronistas de la Compañía de Jesús, Rosales y Olivares, han repetido las mismas noticias consignadas en la correspondencia del padre Valdivia.
Carta del cabildo de Concepción a Felipe III, de 4 de diciembre de 1617.
El nombramiento de don Lope de Ulloa y Lemos hecho por el virrey del Perú, príncipe de Esquilache, ha sido publicado íntegro por don Miguel L. Amunátegui en La cuestión de límites, tomo II, pp. 319-323. Ese nombramiento tiene la fecha de 23 de noviembre de 1617; pero en mayo de ese mismo año Ulloa y Lemos escribía a Felipe III para darle cuenta de la elección que el Virrey había hecho en su persona, y para pedirle que lo confirmara en el cargo.