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Carta de don Lope de Ulloa al Rey, de 25 de marzo de 1619.



 

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Véase lo que a este respecto hemos dicho en el capítulo 10 § 7 de la segunda parte de esta historia, al referir el viaje de Francisco de Villagrán en 1552.



 

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La creencia en que existían en la región del sur esas poblaciones de españoles, aunque destituida de todo fundamento serio, era firme e inconmovible. El capitán don Diego Flores de León, en una carta dirigida al Rey desde Concepción a 28 de febrero de 1621, le da cuenta de una de las tentativas hechas poco antes para descubrir esas ciudades, y le pide que a pesar del ningún éxito de esas empresas, mande continuar los reconocimientos. Allí expone los fundamentos de su propósito en los términos siguientes: «Treinta y un año ha he oído decir por cosa cierta en este reino que los españoles que se perdieron en el estrecho de Magallanes (de la expedición) del obispo de Placencia y los que se perdieron con el general Sarmiento de Gamboa habitan en una ciudad en cierta parte hacia la del sur, por tradición de indios recibida de esta y de la otra parte de la gran cordillera nevada. Y, aunque los gobernadores de este reino y de Buenos Aires han deseado saber la verdad, no se han atrevido a hacer el descubrimiento sin licencia de Vuestra Majestad por hallarse faltos de gente para este descubrimiento y otros de que se tiene por cierto que hay infinidad de gente y riqueza... Será de grandísima importancia que Vuestra Majestad, como tan católico monarca, socorra a esos sus vasallos, y haga este descubrimiento de propósito para su remedio y para el de este reino, que se tiene por cierto se han multiplicado mucho esos españoles y están emparentados con los naturales de la tierra».



 

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Esta expedición, que, como debe suponerse, no dio resultado alguno, fue denunciada al Rey por el oidor don Cristóbal de la Cerda en carta de 14 de abril de 1620 como una violación de las leyes que prohibían hacer nuevos descubrimientos y conquistas sin autorización especial del soberano.



 

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Conservo en mis colecciones de documentos inéditos uno original y con la firma autógrafa de Juan García Tao, que tiene este título: «Ésta es la relación y viaje que hizo Juan García Tao hacia el estrecho de Magallanes en busca de la gente española que se decía estaba poblada hacia allá». Consta de tres grandes páginas de letra apretada; pero, aunque cuenta las aventuras y riesgos de la expedición, carece casi por completo de interés geográfico. Por lo demás, García Tao se manifiesta profundamente convencido de la existencia de las ciudades españolas, acerca de las cuales recogió, según refiere, algunas noticias de los indios. El capitán don Diego Flores de León, en la carta al Rey antes citada, le da cuenta de este viaje y manifiesta la misma convicción. El gobernador don Pedro i Osores de Ulloa, dirigiéndose al soberano en una carta de 20 de abril de 1622, que ha sido publicada por don Miguel Luis Amunátegui en las pp. 416-419 del tomo II de La cuestión de límites, dice que según los informes que acababa de recoger, García Tao había navegado ochenta leguas hasta estar «en la salida de los estrechos y canales a esta parte», pero que no halló más que salvajes. Sin embargo, agrega que se proponía enviarlo otra vez «con algún marinero de razón, que entienda de altura, con los instrumentos necesarios para tomarla, y que pueda marcar la tierra y saber dónde se halla». Osores de Ulloa no alcanzó a realizar este proyecto.

El padre Rosales, que escribía cerca de medio siglo después su Historia jeneral, conoció, sin duda, una antigua relación de este viaje, y la ha contado en el libro I, capítulo 17, p. 103 y ss., incurriendo, sin embargo, en algunas equivocaciones, como la de suponer que tuvo lugar en 1619.



 

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Esta epidemia de viruela, que según el cronista Jerónimo de Quiroga, hizo cincuenta mil víctimas, lo que debe estimarse como una antojadiza exageración, comenzó en el otoño de 1619. A petición del cabildo secular, se hicieron solemnes rogativas religiosas a fines de abril de ese año, que según las ideas de ese tiempo eran el mejor medio de atajar el mal. La epidemia, sin embargo, siguió su curso natural y tomó, luego, proporciones mucho mayores. Hiciéronse nuevas rogativas a fines de julio, en los momentos en que la viruela comenzaba a decaer, coincidencia que debió ser explicada como el resultado de aquella fiesta religiosa. Sin embargo, la epidemia hizo su reaparición en el otoño siguiente, según refiere el documento que copiamos en el texto.



 

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Carta del oidor don Cristóbal de la Cerda al Rey, Santiago, diciembre 4 de 1620.



 

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El padre Rosales que ha contado extensamente la muerte de don Lope de Ulloa, se limita a decir, por única indicación acerca de su enfermedad, que sufrió muchos dolores y martirios, y se dilata en referir los actos de devoción de sus últimos días y los votos que hizo para el caso de sobrevivir a aquella dolencia, agregando que un año después de la muerte su cadáver estaba incorrupto y sin mal olor.

Es sensible que no nos hayan quedado noticias de otro orden para poder apreciar las causas de su enfermedad y de su muerte, y juzgar así del fundamento o inconsistencia de los rumores que circularon entonces, atribuyéndose el fin del Gobernador a la acción de un veneno. Aunque más tarde tendremos que hablar del proceso a que esos rumores dieron lugar, debemos dejar aquí constancia de dos circunstancias que dejan ver que la salud de Ulloa y Lemos estaba en muy mal estado desde algunos meses atrás. En abril de 1620 el doctor Merlo de la Fuente escribía al Rey desde Lima, que el gobernador de Chile «está ahora con poca salud y muy impedido para el buen uso de aquella guerra». En esos mismos días el maestre de campo don Íñigo de Ayala, que acababa de llegar de Chile, anunciaba en Lima que don Lope de Ulloa no podía vivir mucho tiempo más.

En una carta escrita al Rey, a 28 de febrero de 1621, el capitán don Diego Flores de León, le da cuenta de la muerte del Gobernador, y agrega: «Quiso dejarme a mí gobernando en su lugar, fiado de mi mucha plática y experiencia, valiéndose de una cédula real de Vuestra Majestad despachada para Alonso García Ramón, y porque no se acabó de determinar si sus sucesos lo pueden hacer, no lo hizo. Y porque el oidor don Cristóbal de la Cerda le escribió su derecho, alegando su antigüedad y consecuencia de los gobernadores García Ramón y Alonso de Ribera, que nombraron los oidores más antiguos, y por excusar pleitos y diferencias, le nombró Gobernador y Capitán General». Flores de León pide enseguida al Rey que dé una resolución definitiva sobre la materia.



 

188

Ovalle, Histórica relacion, libro VII, capítulo 7, p. 297.



 

189

Véase el capítulo 16, § 5 de la tercera parte de esta historia.



 
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