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330

El seminario del santo Ángel de la Guarda ocupó en Santiago la manzana comprendida entre las actuales calles Catedral, San Martín, Compañía y Peumo. El padre Ovalle, que publicaba en Roma en 1646 el plano de Santiago que acompaña a su Histórica relacion, ha fijado allí el local que ocupaba el Seminario, pero ni siquiera menciona este establecimiento en el capítulo 5 del libro V en que da noticia «de los estudios generales de la ciudad de Santiago» al paso que habla de las escuelas dirigidas por los dominicanos y los jesuitas. Esta omisión deja ver la poca importancia que durante esos años debía tener el Seminario. El padre Miguel de Olivares en el libro y capítulos antes citados, dice que el obispo Salcedo puso este establecimiento bajo la dirección de los jesuitas reuniéndolo al colegio que éstos tenían, y que este estado de cosas se mantuvo hasta 1635.



 

331

Carta anua de la provincia de Chile correspondiente al año de 1610, y dirigida por el padre provincial Diego de Torres al padre general Claudio Aquaviva. El padre Torres agrega lleno de júbilo que después de poco más de un año de instalado ese colegio, diez y seis de sus alumnos se incorporaron en la Compañía.



 

332

Informe citado del oidor Celada.



 

333

Acuerdo del cabildo de Santiago, de 10 de marzo de 1621.



 

334

El obispo Salcedo, en carta dirigida al Rey en 10 de febrero de 1632, decía que Santiago tenía menos de trescientos vecinos o familias; pero debe tenerse presente que se empeñaba en demostrar la despoblación de Chile y que seguramente la exageraba en sus cálculos. Por el contrario, don Lorenzo de Arbieto, secretario del gobernador Lazo de la Vega, escribía en Concepción en marzo de 1634 un extenso memorial o relación de los sucesos de su tiempo, y allí en el §36 da a Santiago quinientos vecinos. La verdad debe hallarse, según nos parece, entre esta apreciación y la del obispo Salcedo. El memorial de Arbieto está publicado en el tomo II de Documentos de Gay, pp. 353-409, pero contiene muchos errores de copia o de impresión, y el nombre mismo del autor está equivocado, sin duda, por no haberse entendido el original. Se le llama Lorenzo de Alnen.



 

335

Carta del obispo Salcedo al Rey, de 15 de febrero de 1633.



 

336

Carta del mismo, de 16 de agosto de 1633. El padre Alonso de Ovalle, que escribía diez años más tarde su Histórica relacion del reino de Chile, describe en los términos siguientes el lujo de la ciudad de Santiago: «Hay muy pocas ciudades en las Indias que la igualen en las galas y lustre de sus habitadores, particularmente a las mujeres (pluguiese a Dios no fuese tanto, que otro gallo les cantara, porque como todo esto va de Europa, vale allá carísimo, y así causa esto grandes empeños). Quien viere la plaza de Santiago y viere la de Madrid, no hará diferencia en cuanto a esto de la una a la otra, porque no salen más de corte los ciudadanos, mercaderes y caballeros a ésta que a aquélla, y si hablamos del aseo y riqueza de las mujeres en sus adornos y vestidos aun es mucho más y más universal, porque como las españolas no sirven allá de ordinario, todas quieren ser señoras y parecerlo según su posible, y la competencia de unas con otras sobre aventajarse en galas, joyas, perlas y preseas para su adorno y libreas de sus criados (que suelen ser muchos los que llevan detrás de sí) es tal que por ricos que sean los maridos, han menester todo lo que tienen, particularmente si es gente noble, para poder satisfacer a la obligación y decencia de su estado, según está ya recibido». Libro V, capítulo 5.

Este lujo desordenado llamó la atención de las autoridades, que se propusieron corregirlo. El cabildo de Santiago, después de los acuerdos de 17 y 23 de octubre de 1631, formó una ordenanza de catorce artículos que reglamentaba bajo penas el uso de los trajes; pero esta ordenanza, como ha sucedido casi siempre con las leyes suntuarias, quedó sin aplicación en la práctica.



 

337

González de Nájera, Desengaño i reparo de la guerra de Chile, p. 54.



 

338

Rosales, Historia jeneral, libro VII, capítulo 1.



 

339

Don Gonzalo de Céspedes y Meneses, en su Historia de Felipe IV Barcelona, 1634, libro VI, capítulo 11, escribe lo siguiente: «También en Chile (en el presente) la guerra que estaba amortiguada, tomó como antes ofensiva. Habíase estado como en tregua catorce años, entendiendo que con el ocio templaríamos mejor la furia de los bárbaros; mas sucediendo esto al revés, pues multiplicados en la paz crecían de fuerzas y soberbia, y no menguaban de rencor, Su Majestad mandó avivarla y que don Luis de Córdoba (nombrado por su Gobernador) fuese de Lima, como lo hizo para Arauco en ahuyentando a los rebeldes, etc., etc.». Sin duda el Rey dio a Fernández de Córdoba órdenes de activar la guerra ofensiva, pero no es exacto que lo nombrara gobernador de Chile. Ese capitán gobernó en Chile sólo interinamente por nombramiento de su tío, el marqués de Guadalcázar, virrey del Perú, como hemos contado.



 
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