Arte i gramática jeneral de la lengua que corre en todo el reino de Chile, con un vocabulario en la lengua de Chile, Lima, impreso por Francisco del Canto, 1606, un volumen en 8.º, con la doctrina cristiana y las oraciones traducidas dos veces en lengua chilena, una según el dialecto del obispado de Santiago y otra en el de la Imperial, y con un confesonario o manual de confesores de los indios en lengua castellana y chilena.
Carta del marqués de Montes Claros a Felipe III, fechada en el Callao el 30 de marzo de 1609. Esta carta ha sido insertada íntegra por el cronista Tribaldos de Toledo en las pp. 48-50 de su obra citada.
Cuando Lorenzo del Salto llegó a Madrid en octubre de 1609, don Alonso de Sotomayor se hallaba fuera de la Corte desempeñando una importante comisión militar. El Rey le había encargado la expulsión de los moriscos de la provincia de Toledo. Sin embargo, a principios de 1610 estaba de vuelta en Madrid y pudo dar su parecer acerca de los negocios de Chile.
Véase el tomo III, p. 370.
En el Archivo de indias, en el legajo de documentos relativos a este asunto, existe un pliego con la fecha de Madrid a 21 de febrero de 1610, que por hallarse roto en muchas partes, y sobre todo en su encabezamiento, no se puede leer bien. Parece ser un acta de las deliberaciones de la junta de guerra, en que se han anotado las razones en pro y en contra de la continuación de las operaciones en la forma que entonces tenían. A juzgar por este documento, la junta no se había formado hasta entonces ninguna opinión fija sobre la materia y, aun, parece que se inclinaba por el sistema que defendía don Alonso de Sotomayor, cuya experiencia y cuyo celo se reconocen.
Cabrera de Córdoba, Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España, p. 405. En 1611 se publicó en Lima un opúsculo titulado Compendio de algunas de las muchas i graves razones en que se funda la prudente resolución que se ha tomado de cortar la guerra de Chile i señalándole raya, etc. Este escrito, autorizado por el Virrey, marqués de Montes Claros, parece ser la obra del padre Valdivia. Allí se da como razón fundamental de esta medida la unanimidad de pareceres que a este respecto hubo en los consejos del rey de España, agregando que, aunque al principio la contradijo don Alonso de Sotomayor, luego cambió de opinión, vencido por las razones que se daban en contrario, y que al fin le prestó su apoyo. Nada nos autoriza a tomar por verdadera esta versión y, aun, tenemos sobrados motivos para creerla falsa. Don Alonso de Sotomayor, como decimos en el texto, falleció antes de que se tomara resolución sobre la materia. Aunque en los documentos de la época se habla de un informe suyo que a fines de 1610 se acordó remitir al virrey del Perú para que lo tuviese presente, ese informe que hemos visto, y que se dice escrito por Sotomayor poco antes de morir, se refiere a dar consejos e instrucciones militares sobre la manera de dirigir la guerra contra los indios.
El cronista Tribaldos de Toledo, en las pp. 105-111 del libro citado, y el padre Rosales en los capítulos 3 y 4 del libro VI de su Historia jeneral, han reproducido más o menos textualmente el opúsculo de Lima a que nos referimos, repitiendo ambos la misma noticia acerca de don Alonso de Sotomayor, que nosotros consideramos inexacta por más que más tarde fuera repetida en otros documentos igualmente emanados de los jesuitas. En estos documentos hemos hallado otras veces aseveraciones de este mismo género, en que se atribuyen a ciertos individuos opiniones diversas a las que habían sostenido.
Las Relaciones antes citadas del cronista Cabrera de Córdoba, son a este respecto un arsenal preciosísimo de noticias para conocer el estado moral a que el fanatismo religioso había llevado a la España. Recorriendo esas notas, el lector queda maravillado de la rápida decadencia del antiguo espíritu español y, sobre todo, del abatimiento del criterio para aceptar las patrañas más absurdas y ridículas que se contaban cada día como milagros ocurridos en tal o cual convento.
El célebre doctor Benito Arias Montano, uno de los más famosos padres en el concilio de Trento, y revisor de la Biblia políglota impresa en Amberes por orden de Felipe II, había indicado a este soberano en su Instrucción de príncipes el peligro que envolvía la influencia creciente de la Compañía de Jesús. Felipe II, sin serle precisamente hostil y, aun, fomentándola en sus dominios, no le daba gran cabida en los consejos de gobierno. El escrito de Arias Montano que acabamos de citar es notable por más de un motivo.
El Archivo de Indias depositado en Sevilla, guarda todos los documentos relativos a estas negociaciones, inclusos los borradores de los acuerdos. En nuestra narración nos hemos limitado a extractar esos documentos; pero hemos debido hacerlo con mucha prolijidad, y entrando en pormenores y accidentes que quizá parecerán innecesarios. Hemos querido así rectificar los numerosos errores de detalle que se hallan en las antiguas crónicas de la Compañía y que han repetido algunos historiadores modernos. Así, por ejemplo, el padre Lozano (obra citada, libro VII, capítulo 6, tomo 2.º, p. 460) dice que Felipe III ofreció al padre Valdivia el obispado de la Imperial, y que esta proposición «horrorizó la humildad» del padre, que la rechazó perentoriamente, todo lo cual ha sido contado más tarde por otros historiadores que tomaron por guía la obra de Lozano, muy apreciable bajo otros aspectos. Los documentos que vamos extractando, revelan que las cosas pasaron de muy distinta manera, y que fue el Rey quien se negó resueltamente a hacer Obispo al padre Valdivia. Según creo, fue el padre Ovalle, Histórica relación, p. 268, el primero que contó este pretendido ofrecimiento del Rey al padre Valdivia.
Fueron éstos los padres: Juan de Fuenzalida, Juan Bautista de Prada, Mateo Montes, Rodrigo Vázquez, Gaspar Sobrino, Agustín de Villaza, Vicente Modolell y Pedro Torrellas, y los hermanos Esteban de la Madrid y Blas Hernández.