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La relación escrita por el padre Ovalle se publicó anónima con el título siguiente: «Relación verdadera de las paces que capituló con el araucano rebelado el marqués de Baides, conde de Pedroso i capitán jeneral del reino de Chile i presidente de la Real Audiencia. Sacada de sus informes i cartas de los padres de la Compañía de Jesús que acompañaron al real ejército en la jornada que hizo con este efecto el año pasado de 1641. Contiene raros prodigios que precedieron a estas paces. Un volcán que reventando, con las encendidas cenizas y peñascos que arrojaba, calentó las aguas i coció el pescado de los ríos. Una monstruosa bestia que corría por uno de ellos en seguimiento de un crecido i empinado árbol que iba sobre las aguas. Dos ejércitos que se vieron en el aire i que peleando el uno con el otro, vencía siempre el de nuestra banda, i le gobernaba un famoso capitán en un caballo blanco i espada ancha en la mano. Trátase de la libertad de los cautivos españoles i de las solemnidades i ceremonias con que los enemigos capitularon las paces i otras cosas de gusto i provecho». Este opúsculo, impreso en Madrid en 1642 en 12 páginas en folio, con la aprobación y licencia del Consejo de Indias, ha llegado a hacerse excesivamente raro; pero, como dijimos, el mismo padre Ovalle lo reprodujo íntegro en su Histórica relacion del reino de Chile.

En esta obra publica, además, el padre Ovalle numerosos fragmentos de las cartas que acerca de estos sucesos le dirigían los jesuitas de Chile y el mismo marqués de Baides. Esas cartas revelan, junto con la mancomunidad de propósitos entre el Gobernador y los jesuitas, el interés que tenían en hacer aceptables las paces de Quillín.



 

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En los años 1861-1865 publicó don Pascual de Gayangos en los tomos XIII-XIX del Memorial histórico español una preciosa «Colección de cartas de algunos Padres de la Compañía de Jesús sobre los sucesos de la monarquía entre los años de 1634 y 1648». Estos siete gruesos volúmenes forman un arsenal valiosísimo de noticias del más alto interés para conocer los sucesos de Europa, la rebelión de Cataluña, la revolución e independencia del Portugal, las guerras de Flandes y de Alemania, y sobre todo las ocurrencias de la Corte y la decadencia y postración de España en un período acerca del cual no existen relaciones ordenadas y completas, y, aun, son bastante escasos los documentos. Se hallan en esas cartas algunas referencias a los sucesos de América que más de una vez nos han sido útiles, pero no hemos hallado nada acerca de las llamadas paces de Quillín.

En una carta escrita en Madrid el 20 de enero de 1637 por el padre Sebastián González al padre Rafael Pereira, hallamos la siguiente noticia que se refiere a uno de los más célebres obispos de Santiago: «Hicieron arzobispo de Chile estos días al padre Villarroel: estaba dias há pretendiendo; i el dia de los Reyes le cupo esta suerte» (tomo XIV, p. 19).



 

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Real cédula de 29 de abril de 1643. Las paces de Quillín merecieron un honor que no han alcanzado los otros pactos análogos celebrados con los indios de Chile. Fueron incluidas en la gran Gran coleccion de tratados de paz, alianza, neutralidad, garantías, etc. etc. hechos por los pueblos, reyes i príncipes de España con los pueblos, reyes i príncipes de Europa i otras partes del mundo (1598-1700), por don José A. Abreu y Bertodano, marqués de la Regalía, Madrid, 1740-1752. Véase el tomo III, p. 116.



 

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Según el libro del Cabildo, el marqués de Baides presidía el acuerdo de esta corporación, de 9 de octubre de 1641.



 

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Las conferencias celebradas con este motivo en la casa del Gobernador, dieron lugar a una de las competencias tan frecuentes en la colonia, entre la Real Audiencia y el Obispo, por cuanto éste se había sentado al lado izquierdo del Gobernador, presidiendo con él la asamblea. Llevado el negocio ante el Rey, éste por cédula de 30 de octubre de 1644 resolvió la competencia en favor del Obispo, fijando, además, las reglas de etiquetas que en casos semejantes debían observarse en esa clase de asambleas. El obispo Villarroel, que en su Gobierno eclesiástico pacífico cuenta con la más candorosa vanidad todo lo que se refiere a su persona, ha referido lo ocurrido en aquella ocasión, el valioso donativo que hizo al Rey y la competencia suscitada por los oidores y resuelta por el soberano, en la parte II, cuestión 16, art. 4, núm. 3 y 4. El marqués de Baides confirma la exposición del Obispo en lo que se refiere a su donativo.



 

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Acuerdo del cabildo de Santiago de 27 de abril de 1642, a fojas 269 del libro 12.



 

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El Gobernador escribió en esta ocasión una carta al cabildo de Santiago, que éste recibió el 3 de marzo. Como en ella se presentaba la última campaña bajo sus aspectos más favorables, el Cabildo recibió la noticia con gran contento, y acordó dar albricias al ayudante Juan Díaz, conductor de la carta del Gobernador. En el propio sentido estaban concebidas las numerosas cartas que en esos mismos días escribieron a España los padres jesuitas para demostrar los beneficios alcanzados por las paces de Quillín. El padre Ovalle, que a la sazón se hallaba en Madrid, ha publicado muchos fragmentos de estas cartas en los capítulos 10 y 11 del libro VII de su Histórica relacion. Esos fragmentos, sin embargo, revelan, contra lo que aseguran sus autores, cuán poco había que esperar de la estabilidad de la paz.



 

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Carta del marqués de Baides al virrey del Perú, escrita en Concepción el 20 de marzo de 1643. Esta carta, que forma contraste con las que entonces escribían los consejeros del Gobernador, deja ver que a pesar del empeño que se ponía en infundir confianza dentro y fuera del reino en la consistencia de la paz celebrada con los indios, los gobernantes no desconocían en esos momentos el verdadero estado de las cosas.

Todos los sucesos relacionados con la celebración de las paces de Quillín y los esfuerzos hechos para darles consistencia y prestigio, han sido referidos con la mayor prolijidad por el padre Diego de Rosales en los capítulos 1 a 13 del libro VIII de su Historia jeneral. Consejero íntimo del marqués de Baides, a quien acompañó en las tres entradas que en esos años hicieron los españoles al territorio enemigo, el padre Rosales estaba en la mejor situación para conocer esos sucesos en sus más minuciosos incidentes, y a primera vista podría creerse que su historia, como conjunto de noticias, no dejaría nada que desear en esta parte. Sin embargo, aquellos capítulos son del más escaso mérito. La abundancia de pormenores absolutamente innecesarios, y el poco orden en que están dispuestos, hacen de tal manera fatigosa y confusa su relación, que, aun, venciendo el cansancio que impone su lectura, es sumamente difícil el comprender bien el encadenamiento de los sucesos. Por otra parte, en el conjunto y en los detalles se descubre el propósito de defender el sistema a que obedecía el marqués de Baides; y para servir a este propósito, el autor no ha omitido exageración alguna, dando sobre esos hechos una luz completamente falsa. Si el historiador no puede eximirse de conocer y de estudiar la relación del padre Rosales, no debe darle más que un crédito relativo, y sobre todo está en la necesidad de compararla a cada paso con los documentos contemporáneos para llegar a descubrir la verdad y para recoger noticias sobre otra clase de hechos que aquél ha omitido por completo.



 

428

Véase lo que hemos contado en la nota 29 del capítulo 8.



 

429

R. Southey, History of BraziI, chap. 19.



 
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