En 1614, el padre Gaspar Sobrino, como apoderado del padre Valdivia en Madrid, presentaba al Rey dos extensos memoriales en defensa de éste. Entonces estas negociaciones habían dado ya el resultado que veremos más adelante, y era urgente descargar al padre visitador de una parte al menos de la responsabilidad que le cabía en estos sucesos. Entre otras aseveraciones inexactas del padre Sobrino, se halla una respecto a la despoblación del fuerte de Paicaví. Dice allí que el padre Valdivia quiso demorarla hasta no conocer el desenlace de estos tratados; pero de todos los documentos aparece diametralmente lo contrario.
Carta de Ribera al virrey del Perú, de 28 de abril de 1613.
El padre Martín Aranda era chileno de nacimiento. Había nacido en Osorno, y en esa época contaba 53 años de edad. Fue su padre el capitán Pedro de Aranda Valdivia, sobrino de la mujer de Pedro de Valdivia, con la cual llegó a Chile en 1554. Por esta relación, el padre Aranda se trataba de pariente con el padre Valdivia, que también se decía emparentado con el conquistador de Chile. Martín Aranda, siendo muy joven, pasó al Perú, y los servicios militares de su padre le atrajeron la protección del virrey conde del Villar, que lo hizo corregidor de Riobamba. En 1592 abandonó el servicio, entró en la Compañía de Jesús como hermano coadjutor, y luego profesó. La circunstancia de hablar desde su niñez la lengua de los indios de Chile, fue causa de que se le hiciera volver a este país y de que se le destinara a la predicación en los fuertes de la frontera de guerra.
El padre Horacio Vechi era natural de la ciudad de Siena, en Toscana, y tenía 34 años de edad. Muy joven entró a la Compañía de Jesús, y en 1602 pasó al Perú, donde terminó sus estudios teológicos, y de donde vino a Chile cuatro años después en compañía del padre Diego de Torres, ocupándose también en los fuertes de la frontera, lo que le permitió aprender el idioma de los indios. Era hombre de mala salud; pero sus hermanos de religión alaban mucho su humildad, su celo por la conversión de los fieles y sus virtudes privadas. Algunas cartas suyas que han llegado hasta nosotros, revelan el más ferviente misticismo.
El hermano Diego de Montalván era un soldado oscuro, mexicano según unos, quiteño según otros, que había llegado a Chile en uno de los refuerzos de tropas que venían en auxilio del ejército español. En octubre de 1612 el padre Valdivia le permitió abandonar el servicio militar para que entrase a la Compañía como hermano coadjutor.
El padre Diego de Torres, en la carta anua que hemos citado, da algunas noticias bibliográficas acerca de estos tres padres, pero los cronistas posteriores de la Compañía las han ampliado considerablemente con algunos otros datos, con gran redundancia de los elogios más o menos vulgares de que están recargadas esas obras y con no pocos milagros. El padre Vechi, además, pariente según se dice del papa Alejandro VII, fue objeto de un poema latino publicado en París en 1656 con el título de Imago vechiana por el padre Gabriel Conart, erudito francés y miembro de la misma Compañía. El lector puede hallar refundidas esas noticias, con todos los elogios y milagros, en los capítulos 12 y 13 del libro VII de la obra citada del padre Lozano. El padre Juan de Velasco, en su Historia del reino de Quito, tomo III, pp. 91-92, cuenta también un incidente ocurrido en Riobamba mientras fue corregidor Martín Aranda. Ese incidente es relativo a un protestante que en la iglesia destrozó una hostia consagrada. Los circunstantes, y el corregidor Aranda entre ellos, se precipitaron sobre el protestante y le dieron muerte en la misma iglesia; verificándose el milagro de que su sangre no manchase el suelo. Al referir este suceso, que también cuenta el padre Lozano con diversidad de detalles, Velasco lo supone ocurrió en 1620, en vez de 1592, que era cuando Aranda desempeñó el cargo de corregidor.
El gobernador García Ramón, en carta al Rey de 28 de octubre de 1609, ensalza la castidad de los padres Aranda y Vechi, refiriendo al efecto el hecho siguiente. Cuando éstos daban misiones en la frontera, los indios les llevaron dos muchachas indígenas bien parecidas a pretexto de que les sirvieran en sus menesteres domésticos. Los padres comprendieron el lazo que se les tendía, y se negaron a admitirlas en sus casas.
Carta citada de Ribera al virrey del Perú. El padre Valdivia y los otros jesuitas se empeñaron más tarde en sostener que aquellos padres entraron al territorio enemigo con la aprobación del Gobernador, y los cronistas de la Compañía han escrito lo mismo con la más particular insistencia para eximir a aquél en parte siquiera de la responsabilidad enorme que pesaba sobre él por este enorme desacierto. Alonso de Ribera, por su parte, negó siempre con la más resuelta franqueza y con una energía incontrastable, el haber aprobado tal medida. Según él, la combatió cuanto le fue dable, pero por las razones que da al Virrey, no debió impedir con la fuerza la entrada de los padres. Así, pues, se limitó sólo a no poner obstáculos materiales a la ejecución de un desacierto que conocía, pero que no podía resistir por falta de atribuciones para ello.
Más tarde, algunos cronistas de la Compañía de Jesús fueron mucho más lejos todavía para justificar al padre Valdivia. Desentendiéndose de lo que este mismo escribe en sus carlas y relaciones, y de lo que dice el padre Torres en su citada carta anua, el padre Felipe Alegambe dice que el padre Valdivia, sospechando la perfidia de los indios, no quería consentir en la entrada de aquellos religiosos al territorio enemigo, pero que le fue forzoso someterse al dictamen del gobernador de Chile y del padre provincial, y que con gran sentimiento suyo tuvo que acceder contra su opinión a las órdenes superiores. Véase Ph. Alegambre, Montes Ilustres et gesta eorum de Societate Jesu qui in odium fidei, pietatis & confecti sunt, Roma, 1657, parte II, pp. 270-271.
Este incidente está contado por Alonso de Ribera en su carta al Rey de 17 de abril de 1613, pero se halla consignado en muchos otros documentos, y sobre todo en las declaraciones prestadas más tarde por los tres intérpretes del ejército, los capitanes: Luis de Góngora, Juan B. Pinto y Francisco Frío.
Relación de lo que sucedió en la jornada que hicimos a concluir las paces, etc., publicada en Lima en 1613, y reimpresa, como hemos dicho, por don Claudio Gay sobre el ejemplar que existe en el Archivo de Indias. Ribera, según contamos, rectificó y desmintió en muchas ocasiones diversos pasajes de las relaciones del padre Valdivia, y la presente por cuanto allí se dice que la entrada de los padres se hizo con su aprobación.
Esta coincidencia en la elección de los padres que debían entrar al territorio enemigo, era el hecho más sencillo y natural. Los padres Aranda y Vechi se hallaban entonces en los fuertes del sur, conocían mucho las costumbres de los indios, se les suponía muy queridos por éstos, y hablaban la lengua chilena, sobre todo el primero, que había nacido y criádose en Osorno. Seguramente no había entonces en Chile otros jesuitas en quienes se reuniesen las mismas condiciones.
Carta anua del padre Torres, de 12 de febrero 1613.
Acta de la junta de guerra celebrada en Pacaví el 10 de diciembre de 1612.
Esta relación es la misma que fue publicada en Lima en 1613. Fue concluida y firmada el día 15 de diciembre, el mismo día en que a pocas leguas de distancia ocurría la catástrofe que vino a desprestigiar todos los planes del padre Valdivia.