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1

Diez años más tarde, don Benjamín Vicuña Mackenna hizo sacar copia de un gran número de documentos del mismo Archivo de Indias, y formó una colección tan valiosa como abundante, que conserva cuidadosamente distribuida y empastada. Naturalmente, nuestras colecciones, la suya y la mía, tienen muchos documentos comunes, pero hay también en cada una de ellas piezas que faltan en la otra, de tal suerte que ambas se completan. Así, en la colección del señor Vicuña he hallado copias íntegras de ciertos documentos, informaciones y expedientes, de que sólo poseía extractos en la mía. Felizmente para mí, cuando he emprendido el trabajo de redacción, he podido disponer a la vez de ambas colecciones, gracias a la ilustrada generosidad de este antiguo amigo que sin reserva alguna ha puesto a mi disposición su extenso y precioso archivo de manuscritos para la historia nacional.

 

2

«Las ciencias históricas, dice M. E. Renán, pequeñas ciencias conjeturales que se deshacen sin cesar después de haber sido hechas, y que se descuidarán dentro de cien años. En efecto, se ve aparecer una época en que el hombre no prestará mucho interés a su pasado. Me temo mucho que nuestros escritos de precisión de la Academia de Bellas Letras e inscripciones, destinados a dar alguna exactitud a la historia, se pudran antes de haber sido leídos. La química por una parte, la astronomía por otra, y la fisiología sobre todo, nos darán verdaderamente el secreto del ser y del mundo. El pesar de mi vida es el haber escogido para mis estudios un género de investigaciones que no se impondrá nunca, y que quedará siempre en el estado de interesantes discusiones sobre una realidad desaparecida para siempre». E. Renán, «Souvenirs d'enfance et de jeuneusse», en la Revue des deux mondes, del 15 de diciembre de 1881.

 

3

Lord Macaulay, «On history», artículo de la Edimbourgh Review de mayo de 1828. Señalando las dificultades con que tiene que luchar el historiador, Macaulay dice magistralmente lo que sigue: «Escribir la historia convenientemente, es decir, hacer sumarios de los despachos y extractos de los discursos, repartir la dosis requerida de epítetos encomiásticos o indignados, dibujar por medio de antítesis los retratos de los grandes hombres hasta poner en relieve cuantas virtudes y vicios contradictorios se combinaban en ellos, son todas cosas muy fáciles. Pero ser realmente un verdadero historiador es quizá la más rara de las distinciones intelectuales. Hay muchas obras científicas que son absolutamente perfectas en su género. Hay poemas que nos inclinan a declararlos sin defectos, o marcados sólo por algunas manchas que desaparecen bajo el brillo general de su belleza. Hay discursos, muchos discursos de Demóstenes particularmente, en que sería imposible cambiar una sola palabra sin imperfeccionarlos. Pero no conocemos un solo libro de historia que se acerque a la historia tal como concebimos que debería ser, y que no se desvíe grandemente ya a la derecha ya a la izquierda de la línea exacta que debía ser su verdadero camino».

Estos conceptos que el autor desarrolla con tanta erudición como criterio en algunas páginas llenas de brillo, son desalentadores para los que aspiran a producir obras históricas de aparato literario y filosófico; pero no deben desalentar a los que con propósitos mucho más modestos, pretenden sólo contar con método y claridad los sucesos que han estudiado prolijamente.

 

4

Edmond Scherer, Etudes critiques sur la littérature contemporaine, Paris, 1863, p. 189.

 

5

En las citaciones de documentos, he omitido casi siempre la indicación de que son inéditos, para evitar repeticiones. Cuando cito alguna pieza que ha sido publicada con anterioridad, tengo ordinariamente cuidado de advertirlo así, señalando el libro en que se encuentra. Debe entenderse que cuando falta esta indicación, es porque el documento de que se trata permanece manuscrito.

 

6

No es por cierto el menor de los trabajos que impone el estudio de los viejos documentos históricos, la interpretación de escrituras muchas veces casi ininteligibles. Aunque la constancia y el hábito vencen en parte esta dificultad y habilitan al investigador para leer casi corrientemente manuscritos que a primera vista parecen indescifrables, he tenido siempre a la mano algunos tratados especiales que me han sido de gran utilidad. Debo recordar como el mejor quizá de todos ellos, y el que más me ha servido, la Escuela de leer letras cursivas antiguas y modernas del P. Andrés Merino, que forma un hermoso volumen en folio, impreso en Madrid en 1780 con todo el lujo de la edad de oro de la tipografía española.

La lectura de esos viejos documentos me ha confirmado la verdad de una observación que ha hecho el padre Merino al final del prólogo de su obra. «No deja de ser verdad, dice, que la mayor parte de las letras del siglo decimosexto (y pudo haber agregado de la primera mitad del siglo siguiente) parecen caracteres nigrománticos, en especial por lo tocante a cartas; y se debe notar una cosa bastante singular, y es que a excepción de los escribanos, y los que tenían oficio de escribir cartas, los demás escribían bien claro e igual, y con una letra peladita y limpia». En efecto, al paso que los escribanos y los copistas de oficio, por engalanar la escritura o por cualquier otro motivo, la recargaban de rasgos y de adornos que la convertían a veces en una especie de jeroglíficos casi indescifrables, cuando no verdaderamente indescifrables, las personas de alguna cultura que escribían por sí mismas, usaban de ordinario una letra bastante clara, y que se asemeja mucho a la del siglo pasado. Así, al paso que los libros del Cabildo de Santiago, escritos por escribanos de oficio, tienen páginas cuya interpretación impone el más fatigoso trabajo, y deja siempre lugar a dudas en algunos pasajes, sobre todo por ciertas abreviaciones casi inexplicables, el manuscrito original de la crónica de Góngora Marmolejo, conservado en la biblioteca de la Academia de la Historia de Madrid, escrito por los años de 1575 con dos letras diferentes, se lee casi corrientemente.

La letra usada en esa época en las escrituras y en los documentos públicos, era confusa y oscura para los mismos contemporáneos, y se acarreó no pocas veces las burlas. Cuenta Cervantes que cuando don Quijote encargaba a Sancho que hiciera copiar por un maestro de escuela o por un sacristán la carta que había escrito para Dulcinea (Don Quijote, parte I, cap. 25), tuvo cuidado de hacerle esta recomendación: «Y no se la des a trasladar a ningún escribano, que hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás». El historiador, sin embargo, está forzado por la necesidad de la investigación, a interpretar manuscritos que según la burlesca aserción de Cervantes, no habría entendido el mismo Satanás.

 

7

M. de Quatrefages, Rapport sur les progrès de l'antropologie, Paris, 1867, p. 176. «Será seguramente una de las glorias de nuestra época, la más grande quizá, el haber hecho recular los recuerdos de la humanidad, y el haber añadido un gran número de siglos a la historia», dice M. Gastón Boissier, «Le musée de Saint Germain», en la Reveue des deux mondes, del 15 de agosto de 1881.

 

8

La memoria en que el doctor Lund dio cuenta de estos descubrimientos, que han sido el punto de partida serio de los estudios prehistóricos en América, tiene la fecha de 21 de abril de 1844. Leída en el Instituto Histórico del Brasil, fue insertada en la Revista que publica esta corporación, tomo VI, pp. 334-343, y ha sido después traducida a varios idiomas y muchas veces reimpresa. El lector puede hallarla en francés en el tomo III de la 3ª serie (1845) del Bulletin de la societé de géographie de Paris, pp. 250-260.

 

9

Nardaillac, Les premiers hommes, París, 1881, tomo II, p. 13.

 

10

H. H. Bancroft, Native races of the Pacific states of North America, New York, 1875-76, tomo IV, p. 697.