11
Sir Charles Lyell, L'ancienneté de l'homme prouvée par la géologie, trad. Chaper, París, 1864, chap. III, p. 45.
12
Florentino Ameghino, La antigüedad del hombre en el Plata, París y Buenos Aires, 1880-1881, tomo II, cap. XVII. En la imposibilidad de reunir todos los hechos que comprueban la remota antigüedad del hombre americano, lo que nos haría llenar algunas decenas de páginas, indicaremos aquí que el lector puede hallarlos en los libros citados en las notas anteriores, y en algunas obras de fácil consulta en que están consignados los resultados generales. Entre éstos es digno de recomendarse el cap. VII de L'homme avant l'histoire por sir John Lubbock, trad. Barbier, Paris, 1867. Si bien de entonces acá se han multiplicado de tal manera los descubrimientos que sería preciso agrupar muchos otros hechos más concluyentes y decisivos todavía. El cap. VIII de la obra citada del marqués de Nardaillac (Les premiers hommes) es infinitamente más completo.
Estos hechos numerosos estudiados y reunidos por millares de sabios en los últimos treinta años, impugnados porfiadamente con argumentos de todo orden, han convertido por fin a los más obstinados adversarios, de tal suerte que en nuestros días no es posible negar la remota antigüedad del hombre en Europa y en América. «Largo tiempo se ha creído que esta cuestión debía resolverse negativamente, dice el doctor H. Burmeister, y nosotros lo habíamos hecho así en las ediciones anteriores de este libro. Pero durante los últimos diez años otros hechos nuevos han venido a combatir con tal poder esta manera de ver, defendida antes por los sabios más considerables y los más autorizados, que querer sostenerla todavía no es más que un capricho por no abandonar ideas que han llegado a ser insostenibles. Nosotros admitimos la existencia de huesos humanos fósiles, y reconocemos no sólo que el hombre es contemporáneo de los grandes mamíferos extinguidos, sino que consideramos como muy probable su existencia durante los últimos tiempos de la época terciaria, esperando que el porvenir dé una solución definitiva sobre este importante asunto». Histoire de la création. Exposé scientifique des phases de developpement du globe terrestre et de ses habitants, trad. Maupas, sobre la 8ª edición alemana, París, 1869, chap. XVIII, p. 637.
13
M. N. Joly, L'homme avant les metaux, París, 1879, part. I, chap. VII. Es éste un libro excelente de arqueología prehistórica en que están expuestos con una elegante claridad todos los hechos conocidos hasta entonces, para popularizar estas nociones.
14
Hace algunos años, esta noción, en pugna con las ideas y preocupaciones reinantes, no podía emitirse sino como una simple hipótesis y con mucha desconfianza. En 1796 publicaba Laplace su famosa Exposition du système du monde. En el cap. III del libro V consagraba algunas líneas a los conocimientos astronómicos de los pueblos americanos, y su profundo espíritu de observación le impedía aceptar las ideas corrientes en esa época acerca del origen asiático de esos conocimientos; pero sin atreverse a pronunciar una opinión definitiva, terminaba ese pasaje con estas palabras: «Estas son cuestiones que parece imposible resolver». Pero la arqueología moderna, después de adelantar considerablemente el examen de la mayor parte de los restos que quedan de aquella remota civilización, no vacila en dar una opinión más franca y resuelta.
En la sesión celebrada en Nancy por el Congreso de Americanistas el 19 de julio de 1875, un hábil lingüista, bastante conocedor de América, M. Lucien Adam, sostenía el origen exclusivamente americano de la civilización de este continente, y dos días después resumía su doctrina en estas palabras: «He sostenido que la civilización de México, de la América Central y del Perú se ha elaborado en el suelo americano, sin tomar nada a los chinos, ni a los japoneses, ni a los isleños de la Oceanía, ni a los israelitas, ni a los fenicios, ni a los celtas, ni a los germanos, ni a los escandinavos, y para poner más en relieve esta verdad, yo he propuesto que se introduzca, a título de regla fundamental, la máxima política de que la América pertenece a los americanos». Congrès des américanistes, Sesión de Nancy, París, 1875, tom. II, p. 6.
«Mientras más estudiamos las ruinas de los monumentos americanos, dice otro escritor muy versado en estas materias, más nos convencemos de que es necesario creer que la civilización que ellos representan, tuvo su origen en América, y probablemente en la misma región en que se hallan. Esa civilización no provino del Viejo Mundo: fue la obra de alguna rama particularmente inteligente de la raza que hallaron en 1492 los conquistadores europeos en la parte sur del continente. Sus orígenes pueden ser tan antiguos como los del Egipto, y aun pueden ser anteriores a los principios del Egipto. ¿Quién puede fijar su edad con certidumbre? Pero sea anterior o posterior, el hecho es que esa civilización fue original». J. D. Baldwin, Ancient America, in notes on American Archeology, New York, 1878, chap. VII, p. 184.
—19→«Que la civilización de los antiguos peruanos fue indígena, es un hecho que no admite duda razonable», dice uno de los más prolijos y competentes exploradores de los monumentos que nos quedan de aquella civilización. E. George Squier, Incidents of travel and exploration in the land of the Incas, New York, 1877, chap. XXVII, p. 561.
Los monumentos de aquella remota civilización, imperfectamente conocidos y descritos por los conquistadores europeos del siglo XVI, han sido en nuestra época, y son todavía, el objeto de numerosas exploraciones científicas y de muchos libros de gran mérito contraídos al estudio parcial de localidades determinadas. Como obra de conjunto, puede consultarse el libro de Mr. John D. Baldwin que hemos citado más arriba, publicado en Londres en 1872 y reimpreso en Nueva York en 1878. Posteriormente se han continuado los estudios y las exploraciones, trayendo cada día un nuevo contingente de luz que, sin embargo, no permite aún llegar a conclusiones absolutas sobre muchos puntos de arqueología americana.
15
«Todo lo que en México ha merecido el nombre de ciencia, proviene de los antiguos pueblos que habitaron ese país. Las ruinas de los numerosos edificios de la Nueva España que les son atribuidos, demuestran que en arquitectura, eran muy superiores a los pueblos que los han reemplazado en el valle de Anahuac». Prescott, Conquest of Mexico, book I, chap. III, p. 28.
«Los aztecas eran manifiestamente diferentes de los salvajes mexicanos. Al mismo tiempo, eran menos avanzados en muchas cosas que sus predecesores. Su gusto en arquitectura y en la ornamentación arquitectural no los habría hecho aptos para construir ciudades como Mitla y Palenque, y su escritura por pinturas es una forma mucho más ruda de arte gráfico que el sistema fonético de los mayas y quichés... Si ese país no hubiera estado sometido a la influencia de una cultura más alta que la de los aztecas, no habría ahora, ni habría podido haber ciudades arruinadas como Mitla, Copán y Palenque». J. D. Baldwin, obra citada, p. 221.
«Ahora es aceptado que las antigüedades (peruanas) representan dos distintos períodos en la antigua historia del país, y que uno es mucho más viejo que el otro. Mr. Prescott acepta y repite la opinión de que «existió en ese país una raza avanzada en civilización antes de los incas», y que las ruinas de las orillas del lago de Titicaca son anteriores al reinado del primer inca. En la obra de Rivero y Tschudi se establece que un examen crítico de los monumentos «indica dos épocas muy diferentes en el arte peruano en lo que concierne a la arquitectura, una anterior y otra posterior al arribo del primer inca». Entre las ruinas que pertenecen a la civilización más antigua, se cuentan las del lago de Titicaca, Huanuco viejo, Tiahuanaco y Gran Chimu, y probablemente los caminos y acueductos». Baldwin, p. 226.
«Los monumentos americanos que señalan un mayor adelanto en las artes y un grado más elevado de cultura intelectual o moral, no son los más modernos: son precisamente los más antiguos». Don Bartolomé Mitre, Las ruinas de Tiahuanaco, recuerdos de viaje, Buenos Aires, 1879, p. 57.
16
Véase Cartas i relaciones de Hernán Cortes al emperador Carlos V, colegidas e ilustradas por don Pascual de Gayangos (la edición más correcta y completa de esas cartas), París, 1866, p. 86.
17
Mr. Francis A. Allen (de Londres), La très ancienne Amérique, memoria presentada al Congreso de Americanistas de Nancy, en 1875, publicada en la p. 198 y ss. del II tomo de los trabajos de aquella asamblea.
La historia de estas grandes invasiones que destruyeron la antigua civilización americana, y sobre cuyas ruinas se fundaron los imperios que encontraron en pie los conquistadores europeos del siglo XVI, no es ni puede ser bien conocida en sus detalles, pero no es posible poner en duda su conjunto. Esas invasiones habían dejado huella indeleble en las tradiciones de varios pueblos americanos, y explican en cierto modo la existencia de ciudades y palacios abandonados y desiertos, de construcciones extensas en lugares despoblados, y de las numerosas ruinas que hallaron los europeos, y acerca de las cuales no pudieron recoger más que noticias oscuras e inciertas.
¿Se hizo sentir la influencia de estas invasiones en otras regiones de América? ¿Había en este continente otras sociedades civilizadas o semicivilizadas que sufrieron las consecuencias de esas guerras destructoras? Un célebre viajero inglés, el capitán Richard F. Burton, en su obra Explorations of the highlands of Brazil, Londres, 1868, 2 v.; se cree en situación de establecer que los indios salvajes del Brasil pertenecen a una raza anteriormente civilizada. Pero si los estudios de arqueología prehistórica, apenas iniciados en una gran porción de América, no bastan para fijar estos hechos con mediana certidumbre, no cabe duda de que las invasiones destruyeron en el espacioso valle del Mississipi la civilización de un pueblo agricultor y bastante adelantado, que ha dejado monumentos que la investigación moderna ha podido estudiar perfectamente. Las obras citadas de Baldwin, de Lubbock y de Nardaillac presentan con satisfactoria claridad el cuadro sumario de los importantes descubrimientos que en esa región han hecho centenares de arqueólogos estadounidenses.
Un escritor inglés, que vivió veinte años en la India oriental, y que conocía bastante ese país, John Ranking, impuesto de las noticias que acerca de esos hechos se encuentran en los antiguos historiadores de América, se formó una teoría según la cual aquellas invasiones serían la obra de los mogoles; y al efecto publicó un libro que lleva por título Historical researches on the conquest of Peru, Mexico, Bogota, Natchez in the XIII century, by the Mongols, Londres, 1827, completado con un suplemento en 1832. La teoría de Ranking no pasa de ser una paradoja insostenible e inconciliable con las tradiciones americanas y con la lingüística. La conquista de una gran porción de América por los asiáticos en el siglo XIII habría dejado huellas en el recuerdo y en la lengua de los pueblos americanos, que los conquistadores europeos habrían reconocido fácilmente tres siglos más tarde y que los estudios gramaticales habrían hecho evidentes. Aquellas invasiones son, a no dudarlo, la obra de naciones del mismo continente. La teoría de Ranking no ha merecido parar la atención de la ciencia moderna.
18
Nardaillac, obra citada, chap. VIII. Son tan incompletas las noticias que se tienen sobre la cifra de la población americana a la época de la Conquista, que los cálculos que se hacen para apreciar el número de sus habitantes varían entre 30 y 100 millones.
19
Sería un libro curioso e instructivo para la historia del desenvolvimiento de la razón y de la crítica, aquél que expusiese clara y ordenadamente y en un orden cronológico, las diversas hipótesis a que ha dado motivo la cuestión de investigar el origen de los primeros habitantes de América, y aún más que las mismas hipótesis, los argumentos y doctrinas que se han alegado en favor de cada una de ellas.
Apenas descubierto el Nuevo Mundo en 1492, los europeos creyeron que los indígenas que Colón había hallado en las regiones que acababa de explorar, eran asiáticos, indios, chinos y japoneses, porque estaban persuadidos de que había llegado sólo a los confines orientales del Asia. Pero cuando se conoció que los países recién descubiertos formaban parte de un continente desconocido, se quiso saber el origen de sus habitantes, y se buscó afanosamente en los escritores de la Antigüedad alguna noticia que sirviese para explicarse este misterio.
Se halló, en efecto, en dos diálogos de Platón y en un pasaje de Plutarco, la noticia de una gran isla llamada Atlántida, más grande que el Asia y el África reunidas, que en otro tiempo se había alzado a poca distancia del estrecho de Gibraltar y al occidente de la cual se levantaban otras islas menores. Platón decía que aquella gran isla, muy poblada en otro tiempo, había desaparecido bajo las ondas del océano. Muchas gentes ilustradas aceptaron como verdad incuestionable la existencia de esa isla, y creyeron que de allí habían pasado a América los primeros pobladores. El cronista López de Gómara, que en 1552 publicaba en Zaragoza su Historia de las Indias, destinaba uno de los últimos capítulos al estudio de este punto, y se pronunciaba abiertamente por esta opinión. Más explícito fue todavía Agustín de Zárate en una disertación preliminar de su Historia del descubrimiento i conquista del Perú, publicada en Amberes en 1555, en donde, aceptando la relación de Platón, declara satisfecha la duda a que podía dar lugar esta cuestión. En 1590, sin embargo, el padre José de Acosta, en el capítulo XXII lib. I, de su Historia natural i moral de las Indias, combatía resueltamente aquella opinión sosteniendo que la existencia de la isla Atlántida, y todo lo que a ello se refería. era una pura novela inventada o transmitida por Platón.
Antes de pasar adelante y de exponer otra de las hipótesis a que dio lugar la cuestión de descubrir el origen de los indios americanos, debemos decir que la que se funda en la existencia de la isla Atlántida descrita por Platón, acogida como verdad incontestable por muchos sabios de los tres siglos subsiguientes al descubrimiento de América (el lector puede encontrar la exposición de estas diversas opiniones en los dos primeros capítulos del Etude —23→ sur les rapports de l'Amérique et de l'ancien continent avant C. Colomb, por M. Paul Gaffarel, París, 1869, en 8°), ha encontrado ardientes sostenedores en nuestra época. Sin insistir en las opiniones del abate Brasseur de Bourbourg, tan fecundo para escribir historias como para construir sistemas etnográficos, y cuya autoridad no puede ser tomada seriamente en cuenta a pesar de su aparente erudición, ni la opinión de otros escritores que han dado a esta hipótesis el carácter de discutible, nos bastará recordar un grueso volumen en 8° publicado en París en 1874 por M. Roisel con el título de Etudes antehistoriques. Les Atlantes, en que el autor se muestra profundamente convencido por la geología y por la tradición de la existencia de este continente desaparecido, pero da a la primitiva población americana una remotísima antigüedad, según la ciencia moderna, que no se aviene con los sistemas cronológicos de los escritores del siglo XVI.
Otra opinión que tuvo gran crédito en esa misma época y que le disputó su popularidad, fue fundada en la Biblia. Se habla aquí de un país misterioso llamado Ofir, poblado por los descendientes de un personaje de este mismo nombre, que se dice fue bisnieto de Sem. El país de Ofir, situado en el Oriente, abundaba en oro y piedras preciosas, y de allí habría sacado Salomón las riquezas para construir y adornar el templo de Jerusalén. Los sabios de esos siglos se afanaban por descubrir la situación de esa rica y maravillosa región; y cuando ocurrió el descubrimiento de América y se habló de los tesoros que encerraban sus templos y su suelo, se creyó que este continente, y en particular el Perú, era el Ofir de Salomón. A1 efecto, se inventaron etimologías hebraicas, y se escribieron largas disertaciones sobre el particular. Tres grandes sabios del siglo XVI, el español Arias Montano, y los franceses Guillermo Portel y Gilberto Genebrard, dieron prestigio a esta hipótesis extravagante, de que hizo una juiciosa crítica el padre Acosta en el capítulo XIV, libro I, de su historia antes citada.
En la Biblia se fundó otra hipótesis no menos caprichosa. En el IV libro de Esdras (que no es libro canónico) se dice que diez tribus judías llevadas al cautiverio por Salmanazar, rey de Asiria, se internaron en Asia, y después de un largo viaje, fueron a establecerse en una región apartada que no había habitado el género humano. Algunos comentadores de la Biblia, y entre otros Gilberto Genebrard, creyeron que esos judíos se habían establecido en América 700 años antes de Jesucristo, pasando por un estrecho que debía separar este continente del Asia. Aunque esta opinión fue combatida por los padres Acosta, Torquemada, Monarquía indiana, libro I, capítulo IX y Pedro Simón, Noticias historiales de Tierra Firme, Cuenca, 1626, parte I, capítulo XII, siguió corriendo con gran aceptación en muchos libros. Así, el padre Simón de Vasconcellos que en 1663 publicaba en Lisboa su Chronica da companhia de Jesus do Brasil, aceptaba (libro I, núm. 92) esta hipótesis como muy probable, vista «la semejanza que hay de costumbres entre estos indios y aquellos antiguos judíos». El doctor don Diego Andrés Rocha, que en 1680 publicó en Lima su Tratado único i singular del oríjen de los indios occidentales del Pirú, etc., uno de los libros más raros que se conozcan sobre las cosas de América, despliega la más fatigosa y prolija erudición para robustecer esta hipótesis. La demostración del origen judío de los indios de América es también objeto de la obra monumental de Lord Kinsborough, preciosa colección de documentos sobre la historia antigua de México.
El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, que habitó América inmediatamente después del descubrimiento, escribía seriamente en el capítulo III del libro II de su importante Historia jeneral i natural de Indias, que 171 años antes que Troya fuese edificada, bajo el reinado de Hespero, duodécimo monarca de España, los españoles habían descubierto y poblado las Indias. Aducía para ello citas históricas que le parecían concluyentes. Muchos escritores posteriores, y entre ellos el doctor Rocha, ya citado, dieron consistencia a esta hipótesis. Algunos de ellos llegaron a sostener que la conquista de América en nombre de los reyes de España, era una simple reivindicación, porque este continente había sido poblado primitivamente por españoles.
En la imposibilidad de seguir exponiendo en esta nota todas las hipótesis a que ha dado lugar esta cuestión y de examinar, aunque sea de paso, los libros en que esas opiniones han sido sostenidas ordinariamente con una asombrosa erudición, y casi siempre con una absoluta carencia de crítica histórica, debemos, sin embargo, recordar dos libros escritos fuera de España, en que domina un criterio mucho más seguro, sin llegar tampoco a conclusiones convincentes.
Un célebre publicista y erudito holandés, Hugo van Groot, más conocido con el nombre latinizado de Grotius, de donde se ha formado Grocio en castellano, publicó en Amsterdam en 1642 un pequeño tratado titulado De origine gentium americanarum dissertatio, completado el año siguiente con una segunda disertación. Sostenía en ellas que América había sido poblada por los noruegos, como si hubiera presentido los descubrimientos que poco más tarde debía hacer la historia de la geografía desentrañando noticias de los viajes de los normandos a las regiones septentrionales de nuestro continente.
—24→El libro de Grocio dio lugar a una refutación de su teoría por el célebre geógrafo Juan de Laet. Pero un distinguido historiador alemán, Jorge Horn (en latín Hornius), publicó en La Haya, en 1652 un libro de 282 páginas en 12°, con el título de De originibus americanis libri IV, en que con una gran erudición, refuta el sistema de Grocio, y expone el suyo que consiste en sostener que América había sido poblada sucesivamente por los fenicios, los cántabros y otros pueblos de Occidente, y más tarde por los chinos, los hunos y otros pueblos de Oriente. Aunque estos escritos adolecen de la falta de crítica segura que sólo se ha alcanzado en los tiempos posteriores, y están basados en el respeto ciego por las doctrinas históricas más insostenibles, dejan ver cierto espíritu de observación filosófica que en vano se buscaría en los escritores españoles de esa época.
Quien desee estudiar esta cuestión, no por cierto para llegar al descubrimiento de la verdad sobre el origen de los americanos, sino para conocer las singulares teorías a que su estudio ha dado origen, debe consultar ante todo el Origen de los indios del Nuevo Mundo del padre dominicano fray Gregorio García, publicado en Valencia en 1607, y reimpreso en Madrid en 1729 con notables agregaciones de don Andrés González de Barcia. El padre García expone ordenadamente todas las hipótesis emitidas hasta su tiempo, las discute prolijamente dando las razones en pro y en contra, reforzándolas con argumentos suyos, y concluye sosteniendo que según él, América fue poblada en tiempos diferentes, por diversas naciones o tribus, llegadas unas por el oriente y otras por el occidente. Pero, lo que el libro del padre García ofrece de más interesante no es precisamente la conclusión a que arriba, sino las doctrinas históricas y científicas que en su siglo servían para discutir estas materias, por ejemplo, las explicaciones que los sabios se daban acerca de la existencia en América de animales diferentes a los de Europa, y por tanto, diversos a los que se habrían salvado del diluvio universal en el arca de Noé. Punto era éste que no podían explicarse sino interpretando un pasaje de San Agustín según el cual habría habido una segunda creación de especies animales después del diluvio; así como para explicarse la presencia en América de animales semejantes a los de Europa, y que no habría podido transportar el hombre, servía otro pasaje de San Agustín, De civitate Dei, lib. XVI, cap. 7, en que se dice que después del diluvio universal, los animales fueron distribuidos en la superficie de la tierra por un poder sobrenatural y por ministerio de los ángeles. No son menos curiosas las discusiones sobre la ciencia de Adán, el más sabio de los hombres de todos los tiempos y lugares, dice el padre García apoyándose en Santo Tomás, y sobre la ciencia de Noé que, aunque inferior a la de Adán, le sirvió para usar instrumentos tan seguros como la brújula, y para enseñar a sus hijos la teología, la cosmografía y otras ciencias humanas (lib. I, cap. II), y para escribir en una piedra la historia del diluvio (lib. III, cap. V).
Mr. John D. Baldwin, en Ancient America, destina todo el capítulo VII a refutar sumaria, pero razonadamente, algunas de las hipótesis emitidas para explicar el origen de la población americana, la de las tribus perdidas de Israel, la de la Atlántida, y las que suponen que los americanos son descendientes de los indios malayos o de los fenicios. Sus observaciones son generalmente decisivas. M. Nardaillac consagra también la mayor parte del capítulo IX de su libro, Les premiers hommes, a exponer compendiosa, pero razonadamente las principales de estas antiguas hipótesis.
20
«Yo he tratado de probar, dice sir John Lubbock, que ciertas ideas que a primera vista parecen arbitrarias e inexplicables, se presentan naturalmente en pueblos muy distintos cuando llegan a un mismo estado de desarrollo. Es, pues, necesario mantenerse en gran reserva si se quiere tratar de establecer, por medio de estas costumbres o de estas ideas, un lazo especial entre diferentes razas de hombres». Les origines de la civilisation, trad. Barbier, París, 1873, apénd. I, p. 489. Todo este importante y erudito libro ofrece, apoyándose en numerosos ejemplos, la demostración concluyente de ese principio.
«No hay mejor medio de estudiar las leyes del pensamiento y de la actividad humana que buscar, tanto como se puede hacerlo, el grado de cultura de los diversos grupos de la humanidad. Entonces, no se tarda en reconocer en el desarrollo de la civilización una uniformidad casi constante que puede ser mirada como el efecto uniforme de causas uniformes». Edward B. Tylor, Primitive culture, Londres, 1873, chap. I.
El autor de un buen libro de mitología comparada, después de haber descrito largamente las creencias religiosas de los pueblos más civilizados de América, llega a la misma conclusión, que expresa en estos términos: «Los capítulos precedentes demuestran que la humanidad, en todas partes donde se ha encontrado en condiciones favorables de progreso, ha seguido el mismo itinerario hacia un desarrollo más completo. En un mundo absolutamente separado de lo que se ha convenido en llamar el Mundo Antiguo, la evolución religiosa se ha operado absolutamente de la misma manera que en el terreno en que se ha preparado la civilización de este último». Girard de Rialle, La mythologie comparée, París, 1878, tom. I, chap. XX, p. 362.