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Véase la enumeración casi completa de todos estos trabajos gramaticales en The literature of american aboriginal languages, by Hermann E. Ludewig, London, 1858. Después de esa época se ha aumentado todavía notablemente el número de gramáticas y vocabularios de las lenguas americanas.

 

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Fr. Muller, eminente lingüista de nuestros días, después de observar que América era la parte del mundo menos poblada, reconoce que tenía, sin embargo, un número más considerable de lenguas y de grupos distintos de lenguas. Así, pues, agrupando convenientemente los dialectos derivados de cada una de ellas, y buscando sólo las lenguas matrices, cree llegar a enumerar en las dos Américas veintiséis razas lingüísticas del todo diferentes. Allgemeine ethnographie, Viena, 1873, p. 550.

 

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El distinguido arqueólogo estadounidense E.G. Squier, utilizando las investigaciones de la lingüística moderna, y sin hacer caso de las etimologías caprichosas que en un tiempo gozaron de gran favor, pero que no pueden resistir al menor examen crítico, se cree autorizado para decir que en los 400 dialectos americanos sólo hay 187 palabras comunes con las lenguas extranjeras. 104 se encuentran en las lenguas asiáticas o australianas, 43 en las lenguas de Europa y 40 en las del África. Aunque estas cifras se deben tomar como simplemente aproximativas, se comprende que ése sería un cimiento muy débil para construir sobre él teorías de unidad y de parentescos de razas.

 

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Mr. William D. Whitney, célebre lingüista estadounidense, lo declara expresamente en la p. 222 de su notable libro La vie du langage, París, 1875. «La incompetencia, dice, de la ciencia lingüística para decidir de la unidad o de la diversidad de las razas humanas, parece estar completa e irrevocablemente demostrada... Lenguas completamente diferentes son habladas por pueblos que el etnologista no separa; y lenguas de la misma familia son habladas por pueblos completamente extraños los unos a los otros». Hablando en otra parte (p. 216) especialmente de las lenguas americanas, dice: «Parece absolutamente improbable que, aun suponiendo que las lenguas de la América hayan podido salir del Viejo Continente, sea posible establecer jamás su filiación».

 

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«Cualesquiera que puedan ser las hipótesis futuras de la ciencia sobre las cuestiones de origen, se puede plantear esta proposición como un axioma incontestable: el lenguaje no tiene un origen único: se ha producido paralelamente en muchos puntos a la vez. Estos puntos han podido ser muy inmediatos: las apariciones han podido ser casi simultáneas; pero seguramente han sido distintas, y el principio de la antigua escuela: «Todas las lenguas son dialectos de una sola», debe ser abandonado para siempre». E. Renán, De l'origine du langage, París, 1859, p. 203. En el capítulo III, al hablar del lenguaje de los antiguos habitantes de Chile, tendremos que insistir sobre estas ideas y dar más desarrollo a su demostración.

 

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Tomo casi textualmente esta explicación de la teoría poligenista de un notable artículo titulado «L'origine de l'homme», del Dr. Ch. Letourneau, publicado en La pensée nouvelle, revista francesa de 1867.

Esta teoría no es, como podría creerse, de origen reciente. Un literato francés llamado Isaac La Peyrère, la sostuvo en 1656 en un libro latino titulado Praeadamitae, buscando un apoyo en la misma Biblia para demostrar que antes de Adán había habido hombres. La Peyrère establece dos creaciones efectuadas con intervalos muy grandes. De la primera, que fue la creación general, salió el mundo físico, poblado en todas sus comarcas de animales, de hombres y de mujeres. La segunda, que según él, es la única que está referida en el Génesis, no es más que la fundación de un pueblo particular, de que Adán habría sido el fundador. Esta teoría, que suscitó violentas polémicas en su tiempo, no preocupa a los poligenistas de nuestros días, que buscan el apoyo de su sistema en fundamentos de otro orden.

El doctor Samuel G. Morton, célebre antropologista de Filadelfia, puede ser considerado el primero y el más resuelto sostenedor de la existencia de una raza americana diferente de las otras razas humanas. En 1839 publicaba en su ciudad natal su espléndida obra Crania americana, y allí asentaba «que la raza americana difiere esencialmente de todas las otras, sin exceptuar la mogólica». Cinco años más tarde, en otro tratado impreso en Filadelfia con el título de An inquiry into the distinctive character of the original race of America, decía en la p. 35 las palabras que siguen: «La raza americana es esencialmente diferente y separada de todas las otras; y si se les considera bajo sus aspectos físicos, morales o intelectuales, nosotros no podemos ver ninguna relación entre los   —28→   pueblos del antiguo y del nuevo continente. Si aun se llegase a probar más tarde que las artes, las religiones, las ciencias de la América remontan a fuentes exóticas, yo mantendría siempre que los caracteres orgánicos de nuestro pueblo, siempre persistentes al través de sus ramificaciones sin fin de tribus y de naciones, prueban que todas pertenecen a una misma raza y que esta raza es completamente distinta de todas las otras». Dos años más tarde, en 1846, en otro tratado impreso en New Haven con el título de Some observations on the ethnography and archaeology of the american aborigines, se ratificaba en la p. 9 en sus antiguas ideas, con estas palabras: «Declaro que dieciséis años de trabajos incesantes no han hecho más que confirmar las conclusiones que yo planteaba en los Crania americana, que todas las naciones de la América, con la sola excepción de los esquimales, pertenecen a la misma raza, y que esta raza es completamente distinta de todas las otras».

Otro naturalista de gran nombre, Louis Agassiz, ha completado esta teoría con una hipótesis más concreta todavía. En una memoria titulada «Sketch of the natura provinces of the world», publicada en la célebre obra Types of mankind, Filadelfia, 1854 de Nott y Gliddon, el profesor Agassiz expuso su sistema que ha desarrollado en otros escritos. Las razas humanas, según él, difieren tanto como ciertas familias, ciertos géneros o ciertas especies. Ellas han nacido de una manera independiente, en ocho puntos diferentes del globo, o centros de creación, que se distinguen entre sí tanto por su fauna como por su flora propia.

Pero contra esta teoría existen adversarios de diferentes escuelas que proclaman la unidad del género humano. Son unos los monogenistas clásicos que sostienen el origen del hombre de una sola pareja, propagada en el curso de los siglos y extendida al fin en toda la Tierra, en donde el largo transcurso del tiempo y las diversas condiciones del mundo exterior, han introducido las diferentes modificaciones que hoy nos hacen distinguir la variedad de razas. El más eminente defensor de esta doctrina es en nuestros días el profesor francés Quatrefages, que en el libro Unité de l'espéce humaine, Paris, 1861 y en otras publicaciones subsiguientes, sostiene que el hombre americano, a pesar de las diferencias observadas, tiene el mismo origen que el hombre de los otros continentes.

El segundo grupo de monogenistas, es formado por muchos de los transformistas que no ven en las especies actuales, tanto en la flora como en la fauna, sino el resultado de transformaciones y subdivisiones de especies anteriores. El hombre mismo no sería más que el resultado de esta transformación, habría llegado a sus formas actuales en un solo centro, y de allí se habría extendido lenta y gradualmente por todo el globo, modificándose por las diversas condiciones de su existencia hasta formar las razas actuales. Uno de los más resueltos campeones del transformismo, el profesor alemán Ernesto Haeckel, va hasta fijar el lugar que podría llamarse la cuna del género humano, en un continente que habría existido al sur del Asia, y del cual serían vestigios los numerosos archipiélagos que allí se hallan. E. Haeckel, Histoire de la création des êtres organisés d'aprés les lois naturelles, trad. Letourneau, París, 1874, leçon XXII, p. 613.

Conviene advertir que entre los mismos transformistas no todos aceptan sin restricción la unidad primitiva del hombre, o a lo menos no la sostienen con igual confianza. Así, uno de los más caracterizados entre todos ellos, dice que, en apariencia a lo menos, «los mejores argumentos están de parte de los que sostienen la diversidad primitiva del hombre». Alfredo Russell Wallace, Anthropological Review (Sobre el origen de las razas humanas), mayo de 1864.

 

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Esta hipótesis, sostenida por M. de Quatrefages, en el capítulo XXII, p. 406 de su libro Unité de l'espéce humaine, ha sido ampliamente desarrollada en el capítulo XVIII del libro V de L'espéce humaine, París, 1877, del mismo autor. En el texto exponemos el resumen de esta misma teoría según sus últimas explicaciones.

 

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Rudolph Virchow, Über die Antropologie von Amerika (Acerca de la antropología de América, Berlín, 1877). El sabio profesor señala en esta disertación un hecho particular a la craneología americana. Los más hermosos tipos son braquiocéfalos, es decir, de cabeza ancha y corta, mientras que en Europa son dolicocéfalos, es decir, de cabeza larga y angosta.

 

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Bancroft, Native races, tomo V, p. 132. Al leer esta desconsoladora conclusión, conviene recordar que ella es aplicable a los estudios que se hacen para investigar el origen primero de la población humana en los otros continentes. La oscuridad es exactamente la misma. Hasta hace un cuarto de siglo, el campo de investigación se limitaba a un período de seis a siete mil años, y había llegado a trazarse la historia más o menos completa del hombre. Pero desde que se ha comprobado que la humanidad tenía detrás de sí un pasado tan lejano de nosotros que la palabra «prehistórico» con que se le designa, apenas nos da una idea vaga de su extensión, y acerca del cual no existen recuerdos tradicionales, la investigación ha tenido que abrazar un número indefinido de millares de años; y a pesar de los admirables progresos alcanzados, no ha podido resolver nada de positivo sobre la cuestión de orígenes.

 

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«Se puede considerar como demostrado que las grandes civilizaciones antiguas han tenido todas por lugar de origen, comarcas favorecidas, de lujosa vegetación y bien abrigadas, en que el hombre encontró sin mucho trabajo y sin competencia temible, un alimento suficiente, y particularmente especies vegetales benéficas, que compensaban un pequeño cultivo con una abundante cosecha. Citemos la India y el arroz, el Egipto con el dátil y el loto comestible, en fin, México y el Perú con su maíz y su mandioca». Dr. Ch. Letourneau, art. «Civilisation» en el Dictionnaire encyclopédique des sciences médicales, París, 1875, tomo XVII, p. 637. El lector encontrará más extensamente desarrollada esta teoría de las leyes naturales que han precedido al nacimiento de las sociedades civilizadas, y desarrollada con gran sagacidad y con un acopio notable de hechos y de ciencia, en dos obras importantes de la literatura contemporánea de Inglaterra. Son éstas los Principes de sociologie, de Herbert Spencer, trad. E. Cazelles, París, 1880 en que el cap. III del libro I discute bajo el título de «factores originales externos», las condiciones naturales que facilitan o retardan los primeros pasos de la civilización; y la History of the civilisation in England, Londres, 1861, de H. J. Buckle, cuyo cap. II examina «las influencias ejercidas por las leyes físicas sobre la organización de la sociedad y sobre el carácter de los individuos».

Mucho tiempo antes, el barón de Humboldt había señalado la fácil y prodigiosa producción de artículos alimenticios en la altiplanicie mexicana, que fue sin duda uno de los primeros centros civilizados en este continente. «La fecundidad del tlaolli, o maíz mexicano, dice, es superior a todo lo que se puede imaginar. La planta favorecida por fuertes calores y por mucha humedad, adquiere una altura de dos a tres metros. En las hermosas llanuras que se extienden de San Juan del Río a Querétaro, una fanega de maíz produce algunas veces ochocientas. Otros terrenos fértiles dan un año con otro de 300 a 400 por una». Essai politique sur la Nouvelle Espagne. París, 1811, lib. IV, chap. IX.