401
En 1556, el cabildo de Santiago, obedeciendo al sistema de fijar aranceles para la venta de todos los artículos, mandaba «que ninguna persona venda la fanega de trigo en esta ciudad a más precio de dos pesos, y la fanega de cebada a peso y medio».
402
Cabildo de 8 de julio de 1549.
403
Cabildo de 27 de febrero de 1551.
404
Esta epidemia, conocida con el nombre peruano de carache, se propagó extraordinariamente en 1549. El Cabildo, en acuerdo de 25 de septiembre de ese año, acordó que se mataran todos los animales enfermos porque no había medio de curarlos, y para evitar el contagio. El 26 de enero de 1551 el procurador de ciudad pedía «que todas las ovejas que han quedado del carache las maten, porque si entra ganado, se restaure la tierra».
405
No puede atribuirse sino a un error del jesuita Escobar, que rehízo la crónica de Mariño de Lobera, el contar en el lib. II, cap. 8, que los españoles asaltados por los indios en la quebrada de Purén o de Cayucupil, a principios de 1558, llevaban consigo más de dos mil vacas, número que habría sido imposible reunir en esa época en todo Chile. El ganado que en realidad arreaban los españoles en esas circunstancias, consistía en una considerable cantidad de cerdos.
406
A este hecho se hace referencia en el Cabildo de 2 de enero de 1552. La primera carnicería estable se abrió en Santiago en 1567; y, aun, entonces sólo tenía carne fresca dos veces por semana. Sin embargo, en sesión de 22 de febrero de 1548 ya el Cabildo se había empeñado en vano en que se estableciesen carnicerías en la ciudad.
407
Cabildos de 22 y 29 de agosto de 1548, id. de 9 de noviembre de 1552 y de 19 de septiembre de 1553. El primero de éstos estuvo establecido en la falda sur del cerro de Santa Lucía, y subsistió hasta nuestros días.
408
Ni en los antiguos documentos ni en los cronistas primitivos se encuentran noticias detenidas sobre la introducción de las plantas útiles en el territorio chileno. Consta sí que a fines del siglo XVI se cultivaban casi todas las hortalizas y árboles frutales de España, con excepción del guindo y del cerezo, cuyas semillas no se había logrado todavía hacer germinar. El maestre de campo Alonso González de Nájera, que escribía en los primeros años del siglo XVII, dice lo que sigue: «Todas las frutas, legumbres y hortalizas que se ha podido llevar de estas partes (España), como son de lo que toca a frutas, uvas, melones, higos, melocotones, granadas, membrillos, peras, manzanas, naranjas, limones, aceitunas, produce aquella tierra en gran cantidad, de que cargan los árboles en tanta abundancia que se llevan por mar al Perú, todas de la bondad que las de España». Desengaño de la guerra de Chile, p. 54. —269→ El inca Garcilaso de la Vega ha referido la introducción del olivo en un capítulo muy divertido de una de sus obras. Un español llamado Antonio de Rivera, que había sido enviado a España en una comisión del servicio, trajo de Sevilla en 1560 unos cien pies de olivo, de los cuales sólo tres llegaron en buen estado. Los plantó en un huerto que tenía en los alrededores de Lima. A pesar del cuidado con que los vigilaba, le robaron uno. Recurrió a todos los arbitrios imaginables para descubrir el robo. Hizo excomulgar al ladrón, pero no pudo descubrir nada. La planta había sido traída a Chile, donde se propagó felizmente y fue el origen de los numerosos olivares que medio siglo más tarde había en nuestro país. Garcilaso, Primera parte de los comentarios reales del Perú, lib. IX, cap. 27.
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Con estas palabras se designaban dos ramas de las más crecidas del árbol.
410
Cabildos de 26 de julio y de 2 de agosto de 1549. Existe en los libros de Cabildo la lista ordenada de estos permisos.