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Según el informe del sargento mayor Miguel de Olaverría, debía haber entonces muchos indios del sur de Chile que habían hecho la guerra contra los ejércitos peruanos. Valdivia mismo nos ha dejado en su carta de octubre de 1550 la curiosa noticia de que los indios que llamamos araucanos, tomaron a los españoles por soldados del inca. Este hecho está confirmado filológicamente. Esos indios siguieron llamando a los castellanos huinca y huiracocha, es decir, viracocha, nombre de uno de los más prestigiosos soberanos del Perú. Véase Febres, Diccionario hispano-chileno.
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Algunos cronistas refieren que en esta ocasión ya traían los indios un toqui o general superior al cual estaban todos sometidos. Lo llaman comúnmente Aillavilu (nueve culebras). Don Alonso de Ercilla, que lo nombra Ainavillo, dice que cayó prisionero de los españoles en una batalla que tuvo lugar cerca de Penco. Sin embargo, en los documentos primitivos no se habla de tal general en jefe. Es probable que fuera sólo uno de los capitanes o caudillos de los indios, a quien los españoles revistieron de ese título, suponiendo a los bárbaros una cohesión y una organización que no tenían.
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En su carta a Carlos V, Valdivia dice que los indios mutilados fueron doscientos. En las Instrucciones citadas dice trescientos o cuatrocientos, pero expresa que sólo se les cortó la mano derecha, y no las dos manos, como se lee en aquella carta.
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Instrucciones dadas por Valdivia, p. 238. En su carta a Carlos V cuenta más extensamente todavía estos prodigios, asentando terminantemente que esa batalla fue ganada con «el ayuda de Dios, y de Nuestra Señora e del apóstol Santiago».
El cronista don Pedro de Córdoba Figueroa, que escribía a principios del siglo XVIII, fue alcalde de la antigua ciudad de Concepción, y como lo dice él mismo, tuvo a la vista los libros de su Cabildo, perdidos más tarde. Contando estos milagros, de los cuales dice que «no hay la menor duda», da la prueba de su autenticidad según una acta de ese Cabildo de 17 de diciembre de 1554. Los cabildantes de Concepción comprobaron ante el visitador eclesiástico y vicario general de estas provincias, Fernando Ortiz de Zúñiga, la efectividad de la aparición del apóstol Santiago peleando contra los indios en la batalla de Penco. El Vicario General dio licencia para construir una ermita en el sitio en que se había batido el apóstol. Córdoba Figueroa, Historia de Chile, lib. II, cap. I. El padre Miguel de Olivares ha reproducido casi textualmente esta noticia de la comprobación del milagro en su Historia civil, lib. II, cap. 10.
El cronista Góngora Marmolejo, que refiere el milagro y que no parece dudar de su efectividad, cap. II, da también una explicación más lógica y racional de la victoria de los españoles. Refiere que el primer cuerpo de indios que entró en batalla, era compuesto de los restos salvados de la derrota de Andalién, y que destrozado este cuerpo por la carga de los jinetes castellanos, las otras divisiones que nunca habían visto caballos ni caballeros armados, se sintieron sobrecogidas de pavor y tuvieron que tomar la fuga.
El padre Diego de Rosales, que atribuye la principal intervención en la batalla a la Virgen María, en su Historia jeneral, lib. III, cap. 2, cuenta que la reina del cielo lanzaba a los ojos de los indios puñados de polvo que los obligaba a retroceder. Refiere con este motivo que la ermita se edificó en el sitio en que apareció la Virgen, que allí se levantó una cruz con una tabla en que estaba escrito el milagro, y que los obispos de Concepción concedieron indulgencias a los que iban a orar a aquel sitio.
Los milagros de la batalla de Penco han sido referidos en las historias y crónicas casi hasta nuestros días.
El abate don Juan Ignacio Molina, mucho más ilustrado que todos los cronistas que lo precedieron, se atrevió a negar este milagro a fines del siglo pasado. «Todo el ejército, dice, de común acuerdo hizo voto de fabricar una capilla en el lugar de la batalla, la cual efectivamente se dedicó algunos años después; pero este pretendido milagro, que a fuerza de ser copiado se ha hecho más increíble, no provino sino del carácter del circunspecto Lincoya» (nombre que se da al supuesto jefe de los indios). Molina, Compendio de la historia civil, lib. III, cap. I. A principios de nuestro siglo, don José Pérez García, en su Historia de Chile, todavía inédita (part. I, lib. IX, cap. 2) se manifestaba enfadado contra Molina por haber dudado de la efectividad de estos prodigios.
Los milagros de la batalla de Penco, aunque sinceramente creídos por los conquistadores y por sus descendientes durante más de dos siglos, no tienen siquiera el mérito de la originalidad en la invención. Son simplemente la reproducción de otros milagros iguales que se creían ocurridos en México y en el Perú, y que recuerdan en sus libros Gómara, Torquemada, Garcilaso y muchos otros cronistas.
Aunque los progresos de la ilustración y del criterio hayan desterrado para siempre los milagros de la historia, no puede dejar de recordarlos el que aspira a dar a conocer el carácter y las ideas de los tiempos pasados. Esas creencias pintan con su verdadero colorido los sentimientos religiosos de los conquistadores, sentimientos, por otra parte, que no ponían freno a su insaciable codicia y a su bárbara crueldad.
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Mariño de Lobera, Crónica, etc. cap. 32.
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Este primer repartimiento de los indios y de las tierras de las inmediaciones de Concepción, fue provisorio.
En abril de 1551, estando Valdivia de vuelta de una expedición a las márgenes del Cautín, reformó las encomiendas —303→ y donaciones de chacras con más cabal conocimiento de esta parte del territorio y del número de sus habitantes indígenas. Concepción tuvo entonces cuarenta vecinos encomenderos.
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Carta del cabildo de Concepción al príncipe don Felipe de Austria, después Felipe II, escrita en Concepción el 15 de octubre de 1550, y publicada en la p. 247 del Proceso de Valdivia.
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Valdivia había escrito al Rey las cartas siguientes: 1ª carta escrita en La Serena en 4 de septiembre de 1545, varias veces publicada. 2ª duplicado de esta carta con agregación de los sucesos ocurridos en Chile hasta agosto de 1546, llevada al Perú por Juan Dávalos Jufré y probablemente perdida, porque no se halla en los Archivos de Indias. 3ª carta escrita en Andaguailas el 12 de marzo de 1548, en que refería que había pasado al Perú a servir la causa del Rey contra la rebelión de Gonzalo Pizarro. Parece igualmente perdida. 4ª carta escrita en Lima el 15 de junio de 1548 en que comunica que ha sido nombrado gobernador de Chile. Ha sido varias veces publicada y 5ª carta escrita en Santiago el 9 de julio de 1549 en que avisa su regreso a Chile. Fue llevada al Perú por Francisco de Villagrán y de allí remitida a España. Se halla publicada en el Proceso de Valdivia, p. 214.
La primera noticia que se tuvo en España de las conquistas de Valdivia fue comunicada al Rey desde el Perú por Alonso de Monroy en septiembre de 1542. Junto con esa carta llegó a Valladolid una carta o petición de Jerónimo de Alderete en que solicitaba del Rey que se le confirmase en el cargo de tesorero real en Chile, que le había conferido el capitán Pedro de Valdivia. Con fecha de 27 de octubre de 1544 el príncipe don Felipe recomendaba al virrey Blasco Núñez Vela que diera ese cargo a Alderete si no tenía nota alguna contra él. En esa carta se ve que se conocía ya en la Corte la empresa de Valdivia, pero el Rey no proveyó nada en su favor hasta seis años después.
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En 1860 descubrí estas instrucciones en el Archivo de Indias depositado en Sevilla, guardadas en un grueso legajo rotulado Informes de méritos i servicios de descubridores, conquistadores i pobladores del reino del Perú. Por las frecuentes citaciones que hemos hecho de este importante documento, se habrá reconocido su alto valor histórico. El lector lo hallará publicado íntegro en el Proceso de Valdivia, pp. 217-245.
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En todas estas peticiones había un espíritu de lucro que no se percibe a primera vista. Valdivia, como los otros caudillos, sus contemporáneos, solicitaba la facultad de nombrar tres regidores perpetuos en cada cabildo, y todos los escribanos, porque estos cargos se vendían públicamente tanto en América como en España. Del mismo modo, los alguaciles mayores vendían los puestos de alguaciles de las ciudades.
La cantidad de ciento dieciocho mil pesos de oro que Valdivia confiesa deber a la Corona, y cuya condonación solicitó sin alcanzarla del Rey, se descompone de la manera siguiente: 50.000 pesos que tomó de las cajas reales para ir al Perú a servir contra Gonzalo Pizarro; 30.000 pesos importe de los dos buques y de los víveres que compró en el Perú a los oficiales reales, es decir, a los tesoreros del Rey, para volver a Chile con las tropas auxiliares. El resto era debido a aquel Calderón de la Barca de que hemos hablado en otra parte (capítulo 6, p. 208) que trajo a Chile un cargamento de mercaderías en 1544 para vender en este país. Los capitales empeñados en esta negociación eran seguramente del licenciado Cristóbal Vaca de Castro; pero embargados los bienes de éste por orden real, Valdivia pasó a ser deudor de la Corona por esa suma.