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Ni las crónicas ni los documentos fijan la techa de estas nuevas fundaciones. El encadenamiento natural de los sucesos deja ver que debieron tener lugar en la primavera de 1553.
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Don Alonso de Ercilla, cuyo poema, como tendremos ocasión de verlo más adelante, es ordinariamente un documento de incontestable valor histórico, refiere en el canto II de La Araucana que los indios prepararon su levantamiento celebrando una asamblea a que concurrieron casi todos los señores o caciques de la tierra. El poeta describe esa asamblea con animado colorido, hace intervenir a un cacique anciano llamado Colocolo, el Néstor de su poema, en cuya boca pone un discurso digno de Hornero. Colocolo decide a los indios a que reconozcan por jefe al más esforzado de todos ellos, al que tuviese más tiempo sobre sus hombros un pesado madero, que según su —325→ descripción, no habría podido levantar hombre ninguno. El vencedor en esta prueba fue, según el poeta, un cacique joven, de arrogante figura, aunque privado de un ojo, y dotado de las más raras cualidades de valor y de prudencia. Este cacique, llamado Caupolicán en el poema, fue proclamado general en jefe.
No se necesita mucha perspicacia para desechar el todo o la mayor parte de este pasaje como una hermosa invención poética. Así, pues, los historiadores no han aceptado el cuento del madero, y no han tenido mucha confianza en la existencia de Colocolo, acerca del cual no se halla referencia alguna en otra relación antigua. Aun adoptando como verdadera la noticia de que tuvo lugar aquella asamblea de los indios, la crítica tiene que apartar como puras invenciones todos aquellos rasgos poéticos con que Ercilla ha dado cierto colorido caballeresco al levantamiento de esos bárbaros. Su poema, fuente histórica de primer orden cuando se le sabe aprovechar, ha contribuido más que cualquier otro escrito a propagar las ideas más falsas sobre los indios de Arauco, presentándonoslos como movidos por esos altos sentimientos que no se hallan jamás en las civilizaciones inferiores, sujetos a planes vastos y complicados, y ligados todos entre sí por los vínculos de una estrecha nacionalidad. La historia, que tiene que admirar sin reserva el heroísmo casi sobrehumano que los indios desplegaron para combatir a sus opresores y para reconquistar la independencia de la vida salvaje, no puede revestirlos de cualidades y de sentimientos que nunca se han hallado y que no pueden hallarse en las sociedades que no han alcanzado un mediano desenvolvimiento moral e intelectual.
Por nuestra parte, nosotros no creemos que tuvo lugar la asamblea general de los indios de que habla Ercilla, a lo menos en el momento en que la coloca el poeta. La formidable insurrección de fines de 1553 comenzó por el levantamiento aislado de una tribu que quería deshacerse de los invasores que oprimían la comarca de Tucapel. El primer triunfo de esa tribu alentó a las otras, cundió en pocos días el sentimiento de la rebelión y de la venganza, y la resistencia tomó al fin el carácter de general.
Tampoco aceptamos que antes del principio del levantamiento, los indios hubiesen elegido un jefe superior a todos ellos, y que ese jefe fuera Caupolicán. Es cierto que otro cronista muy autorizado, Góngora Marmolejo, habla de un Queupulicán, señor o cacique de Pilmaiquén, que hizo cruda guerra a los españoles y que fue ejecutado por éstos. Pero la aparición de Caupolicán o Queupulicán, es muy posterior a los primeros sucesos del levantamiento, de tal suerte que su nombre no se halla en ningún documento o relación que se refiera a esos sucesos, al paso que se habla de Lautaro como del verdadero promotor de la insurrección. Parece que Ercilla, con el propósito de dar interés a su poema mediante la unidad de héroe, ha puesto en escena a Caupolicán desde los primeros días de la lucha, y por lo mismo mucho antes que figurase realmente. Este procedimiento no debe parecer raro en la epopeya. En el siglo de Ercilla, la historia misma no estaba libre de estas adulteraciones a que los contemporáneos no daban importancia.
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Mariño de Lobera, cap. 42, cuenta que la insurrección de los indios comenzó por la muerte de los tres españoles de que hemos hablado en el texto. Este hecho está confirmado por la carta del cabildo de Santiago a la Real Audiencia de Lima de 26 de febrero de 1554, y por la carta de los tesoreros u oficiales reales al Rey, de 10 de septiembre de 1555, ambas publicadas primeramente por Gay, Documentos, tomo I, pp. 160 y 170.
—326→Los documentos y las crónicas son muy deficientes sobre estas sucesos, y se encuentran entre ellos algunas graves contradicciones. Así, algunos cronistas dicen que el primer fuerte atacado fue el de Purén, pero nosotros seguimos en este punto a Ercilla, a Góngora Marmolejo y a Diego Fernández, que si no estuvo en Chile, escribió sobre las primeras noticias que llegaron al Perú.
El nombre del capitán que mandaba en Tucapel y el número de sus tropas son también materia de dudas. Sobre el primer punto seguimos a Góngora Marmolejo y a Mariño de Lobera sobre Antonio de Herrera (dec. VIII, lib. V, cap. 5), que lo llama Martín de Erizar. Ariza es un apellido muy común en Vizcaya. No creemos, sin embargo, como Góngora Marmolejo, que la guarnición de ese fuerte fuera compuesta de sólo seis hombres, sin creer tampoco que se elevaba a cuarenta, como han escrito otros. Probablemente no bajaría de doce individuos.
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Este combate ha sido admirablemente referido por Ercilla al final del n canto de La Araucana, y por Góngora Marmolejo, cap. 14, sin grandes discrepancias en los detalles. Conviene advertir que cuando el segundo escribió su historia, ya se había publicado la primera parte de aquel poema, y la tuvo a la vista. Ercilla dice que los indios que penetraron en el fuerte eran ochenta, y Góngora los eleva a ciento, contra sólo seis españoles que estaban con Ariza. Ninguno de ellos dice que los castellanos sufrieron pérdidas de vidas; pero Diego Fernández, cronista contemporáneo de aquellos sucesos, que estaba bien impuesto de las ocurrencias de Chile por las noticias que llegaban a Lima, y que escribió antes que Ercilla y que Góngora Marmolejo (si bien su libro se publicó sólo en 1571), dice que los indios «acometieron a los españoles que allí había (en el fuerte de Tucapel) con gran astucia, y mataron muchos de ellos y a otros hirieron». Historia del Perú, part. II, lib. II, cap. 37. Probablemente sólo seis de ellos llegaron vivos a Purén, lo que quizá extravió a Góngora Marmolejo haciéndole decir que la guarnición de Tucapel era compuesta sólo de seis hombres.
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«Cinco o seis días antes de Navidad», dice la carta anónima de 1554, que hemos citado anteriormente. El cronista Mariño de Lobera formaba parte del séquito del Gobernador, pero fue dejado en los lavaderos de oro y no tomó parte en la campaña. Su manuscrito, que no conocemos en su forma original, contenía quizá sobre estos sucesos algunos otros detalles que desaparecieron al dársele una nueva redacción.
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¿Dónde estaban situados estos lavaderos de oro en que Valdivia se demoró varios días? Según parece desprenderse de algunas relaciones, se hallaban en el camino de Concepción al fuerte de Arauco, más o menos en las cercanías de Coronel y Lota. De la declaración prestada por Gaspar Orense ante el cabildo de Santiago el 12 de —328→ enero de 1554, aparece que éste vio construir el fuerte de que se habla, y vio también a la tropa de Valdivia pasar el río (seguramente el Biobío) para penetrar en la tierra de guerra. Según esto, los lavaderos en que se demoró el Gobernador estaban situados al norte de este río. Probablemente eran los del estero de Quilacoya, que el reformador de la crónica de Mariño de Lobera ha llamado Andacollo, confundiéndolos con los famosos lavaderos de Coquimbo.
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Entre otros, Ercilla en las octavas 92 y 93 del II canto de La Araucana.
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Éste es el número que dan las cartas citadas del cabildo de Santiago y de los oficiales reales. Herrera, lugar citado, dice cincuenta y tres; Ercilla, canto III, oct. 57, y Mariño de Lobera, cap. 43, lo elevan a sesenta; mientras que Góngora Marmolejo, cap. 14, lo rebaja a treinta y seis.
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Los indios chilenos no tenían propiamente nombre. Tomaban el del lugar de su residencia, o uno que expresaba las cualidades que se atribuían al individuo, o el animal u objeto a que creía parecerse. Desgraciadamente, la manera como los pronunciaban los españoles, y más aún como los escribían, hacen de ordinario imposible el descubrir su etimología. Sin embargo, en uno de mis apuntes hallo anotada una etimología del nombre de Lautaro que, sin duda, he hallado en alguna antigua relación que olvidé de señalar. Según ese apunte, el nombre verdadero de ese célebre caudillo sería Leutaru o Leuteru, que los españoles convirtieron en Lautaro, voz de pronunciación más llena. Ese nombre tendría su origen en el verbo leutun, acometer, embestir y perseguir al enemigo, o en el adjetivo leuten, diligente, audaz, emprendedor. Doy esta etimología sin tener en ella una confianza ilimitada.
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Don Ignacio Domeyko, que visitó esos lugares en los primeros meses de 1845, ha destinado a su descripción unas pocas líneas de buen colorido y de la más absoluta claridad. Véase Araucanía y sus habitantes, Santiago, 1845, p. 28. Esa descripción, aunque muy sumaria, confirma la que se encuentra en Góngora Marmolejo, cap. 14. Si el señor Domeyko hubiera conocido esta crónica, inédita entonces, sin duda que habría dado mayor desarrollo a las noticias que consigna sobre aquellos sitios, testigos de los memorables sucesos que narramos.