541
Existe la mayor discordancia sobre el número de indios que formaban el ejército de Lautaro, no faltando alguien, Mariño de Lobera, que lo haga subir a 150.000 hombres. Probablemente no pasaba de cinco o seis mil guerreros.
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Para comprender la marcha de Valdivia en esta memorable campaña, conviene recordar que, aunque desde su salida de Arauco marchaba con dirección al sur, e inclinándose muy ligeramente hacia el oriente (entre las longitudes respectivas de Arauco y de Tucapel hay sólo la diferencia de 10 minutos), se alejaba considerablemente de la costa. En esta parte de nuestro territorio, como es fácil verlo en cualquier mapa, el continente se avanza hacia el océano, formando entre el mar y la cordillera de la Costa una larga faja de terreno que tiene seis u ocho leguas de —331→ ancho. La distancia que Valdivia tuvo que recorrer para llegar de Arauco a Tucapel es de más de dieciséis de nuestras leguas, por camino más o menos accidentado y en gran parte cubierto de bosques. La conducción de sus bagajes llevados a hombros por los yanaconas, y la marcha a pie de los indios auxiliares, no le permitía recorrer esa distancia en menos de dos días y medio.
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El cronista Góngora Marmolejo, que ha consignado este pormenor, da el nombre de celada borgoñona al casco que llevaba Valdivia. Era la borgoñota de algunos escritores españoles, o burguignotte de los franceses, casco ligero, desprovisto de visera, y que por esto mismo dejaba el rostro completamente al descubierto, si bien tenía una parte saliente destinada a proteger los ojos. La borgoñota, sobre todo la que usaban los soldados de caballería, estaba provista de carrilleras movibles que servían a la vez para resguardar una parte de la cara contra los golpes del enemigo, y para atar el casco por debajo de la barba. Algunas de estas borgoñotas eran obras exquisitas de arte por los relieves y cincelados, como se ven en la Real Armería de Madrid, en las piezas que pertenecieron a Carlos V, a Antonio de Leiva y a otros personajes célebres. La borgoñota de Valdivia, que cayó en manos de los indios, debía ser mucho más modesta.
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Carta citada del cabildo de Santiago ala real audiencia de Lima. La derrota y muerte de Valdivia, acerca de las cuales se encuentran muy escasas noticias en los documentos antiguos, han sido contadas, con mayor amplitud de pormenores, por los antiguos cronistas, y particularmente por Góngora Marmolejo y por Ercilla, cuyo poema tiene en esta parte el valor de una historia. Esas relaciones, sin embargo, se diferencian totalmente en accidentes capitales, y nosotros preferimos en estos casos la del primero, que nos parece la más probable, o más propiamente la única posible.
Ercilla supone que los guerreros araucanos estaban mandados por Caupolicán: Góngora Marmolejo no lo nombra siquiera en esta parte de su crónica. En las relaciones o documentos contemporáneos se guarda el mismo silencio, si bien se habla de Lautaro como jefe de los indios. El nombre de Caupolicán no aparece sino bajo el gobierno de don García Hurtado de Mendoza.
La batalla de Tucapel ha sido contada por Ercilla de una manera diferente. Supone que los indios, derrotados en la pelea, se entregaban a la dispersión y a la fuga cuando Lautaro, que marchaba en el séquito de Valdivia, se pasó al enemigo, pronunció un hermosísimo discurso, uno de los mejores del poema, e indujo a los vencidos a volver al combate hasta alcanzar la victoria. Esta narración, de buen efecto en la epopeya, es insostenible ante la razón y ante la lógica y no puede ser admitida en la historia seria. Basta imaginarse lo que es una derrota, y, sobre todo, una derrota de indios sin disciplina militar, para comprender que es imposible que las cosas puedan haber —335→ pasado como lo supone el poeta. Como era difícil explicarse de qué manera los españoles vencedores en la primera batalla dejaron que los indios fugitivos y desordenados se reorganizaran. Ercilla va hasta contar que Lautaro, armado de una lanza primero y enseguida de una maza, contiene él solo a toda la caballería española, durante cierto tiempo. Esta proeza, digna de las novelas de caballerías de la Edad Media, desautoriza por completo aquella versión. Sin embargo, la vemos invariablemente seguida por casi todos los cronistas posteriores, comenzando por el jesuita Escobar en la nueva redacción que dio a la crónica de Mariño de Lobera.
La relación de Góngora Marmolejo, que hemos seguido fielmente, es mucho más natural y mucho más aceptable. En ella no hay nada de increíble o de inverosímil, y hace comprender perfectamente las causas verdaderas de la derrota de los castellanos. El honrado cronista, que no asistió a la batalla y que tampoco pudo hablar con ninguno de los españoles que en ella tomaron parte, puesto que todos ellos murieron en la refriega, dice que él recogió sus informes de un indio auxiliar que fue testigo de todo. El inca Garcilaso de la Vega, que en su juventud conoció a algunos soldados y capitanes de la conquista de Chile, ha referido en sus Comentarios reales, part. I, lib. VII, cap. 24, el desastre de Tucapel de una manera semejante a la de Góngora Marmolejo. Casi es innecesario decir que la crónica de éste, inédita hasta 1850, no fue conocida por Garcilaso, y que, por tanto, su versión ha sido recogida en otros informes. Esta misma circunstancia da más valor a esta narración de la batalla.
En la narración de la muerte de Valdivia, Ercilla se aparta también de Góngora Marmolejo; pero sigue otra versión que circuló con gran crédito, y que se halla consignada en la carta anónima que hemos citado anteriormente. Según ésta, algunos indios principales estaban inclinados a perdonar la vida a Valdivia; pero un cacique le descargó un golpe de maza que lo mató en el acto. Mariño de Lobera ha aceptado también esta versión. Nosotros seguimos la de Góngora Marmolejo, que es la misma que da la carta del cabildo de Santiago antes citada.
El padre Escobar, en su nueva redacción de la crónica de Mariño de Lobera, es el primero que ha consignado como cosa que «se dice comúnmente», la especie de que a Valdivia se le dio muerte haciéndole tragar oro derretido, especie consignada después en muchos libros, y que, sin embargo, ni siguiera vale la pena refutar.
¿En qué día tuvo lugar la batalla de Tucapel? Hay sobre este punto tanta discordancia entre los cronistas, que esta fecha se prestaría a largas discusiones.
Don Pedro de Córdoba y Figueroa, que escribía su Historia de Chile casi a mediados del siglo XVIII, apoyándose en una crónica de Ugarte de la Hermosa, que no ha llegado hasta nosotros, la coloca, lib. II, cap. 9, en el 3 de diciembre de 1553, fecha verdaderamente insostenible en vista de los pocos documentos que nos quedan sobre estos sucesos, y según los cuales Valdivia salió de Concepción cinco o seis días antes del 25 de diciembre. Sin embargo, esta fecha ha sido adoptada por historiadores posteriores, y entre ellos por Olivares y Molina.
Don José Basilio de Rojas y Fuentes en unos Apuntes de lo acaecido en la conquista de Chile, escritos a mediados del siglo XVII, y publicados en el tomo XI de la Coleccion de historiadores, dice 26 de diciembre de 1553.
Mariño de Lobera, o su reformador Escobar, señala en el cap. 43, el día 27 de diciembre del mismo año.
Mientras tanto, la carta de los tesoreros de Santiago, escrita en septiembre de 1555, dice expresamente que tuvo lugar el I de enero de 1554. Esta fecha, que es la que nosotros adoptamos, se conforma bien con el orden de los sucesos y con la fecha de la partida de Valdivia, fijada en el documento que hemos citado, y en cierta manera está corroborada en una relación contemporánea que vimos en el Archivo de Indias, pero que no tiene ningún hecho nuevo. Se dice allí que el día antes de la batalla fue domingo, y que ese día, después de oír misa, despachó Valdivia los batidores que fueron descuartizados por los indios. Como la letra dominical del año de 1554 fue G., el 1 de enero fue lunes, accidente que se combina con lo que dice ese documento.
Como dato bibliográfico indicaremos aquí que la derrota y muerte de Valdivia ha dado origen a un poema inglés que no carece de mérito poético, pero que no tiene el menor valor histórico. William Liste Bowles, poeta de crédito en Inglaterra a principios de nuestro siglo (n. 1772 - m. 1850) publicó en 1822 un poemita en ocho cantos con el título de The missionary of the Andes, cuyos héroes principales son Valdivia, Lautaro y un padre Anselmo, misionero. La pintura de la naturaleza, las costumbres descritas, todo es obra de pura imaginación. Por lo que toca a la historia, el autor no ha tenido más guía que lo que halló en una traducción inglesa del compendio histórico del abate Molina.
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Góngora Marmolejo, cap. XVI. El retrato de Valdivia hecho por este cronista, contraído sólo a recordar algunas cualidades de su carácter que podemos llamar subalternas, no parece ser inspirado por ningún sentimiento desfavorable al célebre conquistador. Sin embargo, todo hace creer que por un motivo o por otro, Valdivia no dejó recuerdos simpáticos en la mayoría de sus contemporáneos. Ercilla, que llegó a Chile pocos años después, sin desconocer las grandes dotes de Valdivia, no se formó una idea lisonjera de su carácter moral, como puede verse en los primeros cantos de La Araucana. Así, en la estrofa 68 del canto i se leen estos cuatro versos:
La ley, derecho, el fuero y la justicia
Era lo que Valdivia había por bueno,
Remiso en graves culpas y piadoso,
Y en los casos livianos riguroso.
En la lectura de los documentos contemporáneos se percibe una circunstancia de poca importancia al parecer, pero que revela un sentimiento de resistencia a los deseos del Gobernador. Desde su vuelta del Perú en 1549, Valdivia se hacía dar el título de don en todos los documentos públicos. En los bandos del gobierno, en los nombramientos que hacía, en las actas del Cabildo, no se le nombraba sino don Pedro de Valdivia. Después de su muerte se le suprimió este tratamiento, o sólo se le daba una que otra vez, y esto por aquellas personas que conservaban gratitud por su memoria.
El nombramiento expedido por el Rey en 1552, de que hemos hablado al principio de este capítulo, no daba a Valdivia el tratamiento de don.
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En uno de los apéndices del Proceso de Valdivia (pp. 326-333) hemos dado cuenta minuciosa de todas las gestiones hechas por doña Marina Ortiz de Gaete para obtener las mercedes y concesiones a que se creía acreedora por los méritos de su marido. Allí se encontrarán también noticias sobre algunos parientes suyos que la acompañaron a Chile. Casi todos los cronistas posteriores a la Conquista y, aun, algunos historiadores de nuestros días, han asentado equivocadamente que la esposa de Valdivia llegó a Chile en vida de éste, el año de 1552. El pasaporte que se le dio para salir de España, fue firmado por el príncipe regente, después Felipe II, en Valladolid, el 19 de enero de 1554. Los documentos publicados en el libro que acabamos de citar, restablecen la verdad de los hechos en todo cuanto concierne a la viuda del conquistador, y son una prueba más de que sin el auxilio de los antiguos documentos no se puede escribir una sola página de la historia de Chile, pues las crónicas están plagadas de errores de toda naturaleza.
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Hasta hace cuarenta años sabíamos bien poco de sólido y fundamental sobre la historia de la conquista de Chile bajo el gobierno de Pedro de Valdivia. El famoso poema de Ercilla pasa muy a la ligera sobre esos sucesos, y los ha engalanado, además, con accidentes poéticos que no pueden tener cabida en una historia seria. La célebre obra de Herrera (Historia jeneral de los hechos de los castellanos), aunque escrita en vista de los documentos y relaciones primitivas que de ordinario copia casi sin modificar ni siquiera la redacción, contiene en general pocas noticias sobre esos sucesos por creerlos, sin duda, subalternos en el vasto cuadro que se había trazado de la historia completa de la conquista de América. Los libros, así impresos como manuscritos, que corrían con el nombre de historia de Chile, eran un conjunto de noticias basadas sobre hechos ciertos, pero enturbiadas por las perturbaciones de la tradición, y más todavía por la imaginación poco escrupulosa de los cronistas, que con muy poco criterio adornaban la historia con accidentes de su invención. Sólo unos pocos de éstos consultaron algunos documentos, y de ellos tomaron unas cuantas noticias que no bastaban para rehacer la historia nacional en una de sus partes más esenciales.
Por real cédula de 17 de julio de 1779, Carlos III dio a don Juan Bautista Muñoz y Ferrandis el encargo de escribir una historia general de América con que se quería eclipsar la que acababa de publicar en inglés el insigne historiador Robertson, que la Corte y los literatos de Madrid creían desfavorable a la gloria y a los intereses políticos y coloniales de España. Ampliamente autorizado para registrar bibliotecas y archivos, Muñoz acometió los estudios preparatorios con un celo que pocas veces se habrá puesto en estudios de esta naturaleza. En cinco años del más tesonero trabajo, estudió los archivos de España y de Portugal, las bibliotecas públicas, conventuales y particulares donde había libros y papeles impresos o inéditos sobre la historia de América, y formó una colección —338→ de más de ciento treinta volúmenes en folio, de copias o de extractos de crónicas, expedientes o documentos. Esos volúmenes son la más elocuente demostración de la seriedad de sus estudios. Muñoz copiaba textualmente las relaciones y documentos más importantes, y extractaba con una rara escrupulosidad, que hemos podido comprobar por nosotros mismos, los legajos o expedientes de menos valor. Este célebre erudito, debilitado por el exceso de trabajo, falleció el 19 de julio de 1799, a la edad de cincuenta y cuatro años, dejando impreso el primer tomo de su Historia del nuevo mundo, e inédita una parte considerable del segundo. Apenas había llegado a los últimos años de la carrera de descubrimientos de Cristóbal Colón.
Pero Muñoz dejaba también su preciosa colección de manuscritos en que habían de hallar un inmenso arsenal de noticias y documentos los historiadores posteriores, y entre ellos Navarrete, Irving, Prescott y Quintana. En esa colección, Muñoz había reunido los mejores fundamentos de la historia de la conquista de Chile, y entre ellos, cinco cartas de Valdivia a Carlos V que, sin duda, había recorrido el cronista Herrera a principios del siglo XVII, pero que ni él ni ningún historiador posterior había utilizado convenientemente. Sin el conocimiento de esas piezas era imposible escribir con mediano acierto las primeras páginas de la historia de Chile.
Cuando en 1843 emprendió don Claudio Gay la redacción de la parte política de la obra que le ha dado celebridad, pudo disfrutar de los libros y papeles que sobre la historia americana había reunido el célebre bibliógrafo Henri Ternaux Compans, y en ella halló numerosas copias de los documentos copiados por Muñoz. Entre ellos estaban las cartas de Valdivia a Carlos V, que Gay utilizó y que enseguida publicó en su colección de documentos. Don Claudio Gay pudo, de esta manera, dar a esa parte de su obra el mérito de la originalidad en la investigación y de la verdad en la narración. La parte que ha destinado a Valdivia en su Historia de Chile forma diez capítulos que son quizá los mejores de la sección política de su obra. Fueron escritos por el mismo Gay antes que confiara a manos subalternas la redacción de los volúmenes que se refieren a la historia colonial. Los hechos están expuestos con claridad y buen método, aunque sin relieve y con poco colorido, y vinieron a dar una luz enteramente nueva sobre todo lo que se había creído historia de la conquista de Chile. Pero Gay, que en vista de los documentos que tenía en sus manos, debió conocer cuán inexactas eran las crónicas impresas y manuscritas en que estaban contados esos mismos sucesos, cometió el error de seguirlas en muchas ocasiones, y esa complacencia lo hizo caer en numerosas equivocaciones y le impidió apreciar más clara y más exactamente los hombres y los sucesos.
En sus investigaciones históricas, don Juan Bautista Muñoz descubrió en la biblioteca del monasterio de Monserrate de Madrid, un volumen en 4º con el título de Historia de Chile. Era el manuscrito original y firmado de la crónica del capitán Alonso de Góngora Marmolejo. Muñoz lo hizo copiar con el mayor esmero, conociendo desde el primer momento la importancia fundamental que tenía para la historia de la conquista de este país. La copia de Muñoz se conserva todavía en la biblioteca particular del Rey: el manuscrito original pasó a la biblioteca de la Academia de la Historia después de la supresión de los conventos en España. El capitán Góngora Marmolejo, soldado de claro entendimiento, escribió sin pretensiones ni aparato los sucesos de su tiempo, contando con llaneza y sencillez y juzgando con honradez. Habiendo llegado a Chile en los últimos años del gobierno de Valdivia, su crónica no toma extensión sino desde 1549, pero narra también los hechos anteriores por las noticias que pudo recoger entre sus contemporáneos. En el curso de nuestro libro tendremos ocasión de utilizarla con mucha frecuencia para referir la historia de los sucesos subsiguientes hasta 1575, en que termina esa crónica. Por ahora nos limitamos a decir que ella ha dado mucha luz sobre el gobierno de Valdivia. Publicada por primera vez en Madrid en 1850 en el IV tomo del Memorial histórico español bajo el cuidado del célebre erudito don Pascual de Gayangos, ha sido reimpresa en el u tomo de la Coleccion de historiadores de Chile, y constituye uno de los más preciosos documentos para estudiar y escribir la historia de la Conquista.
De estos antecedentes, así como de los primeros libros del cabildo de Santiago, se aprovechó don Miguel Luis Amunátegui para escribir los seis magistrales capítulos que ha destinado a Valdivia en su Descubrimiento i conquista de Chile, Santiago, 1862. Estudio cabal y completo de los documentos conocidos hasta entonces, gran arte en la exposición y en la narración, buen colorido en el estilo y notable sagacidad en los juicios, son las dotes que dominan en esa obra, cuya lectura recomendamos ardientemente a los que quieran estudiar bien esta parte de nuestra historia. El señor Amunátegui, dejando de mano a los cronistas posteriores a Valdivia, ha buscado la verdad en otras fuentes más seguras, y ha dado a los hechos y a los hombres su verdadera fisonomía. Haciendo el retrato del conquistador de Chile, se ha apartado por completo de los elogios banales esparcidos en las crónicas, elogios vulgares que ni siguiera revelan sus buenas cualidades, y que no sirven en manera alguna para caracterizarlo. El estudio sólido de los hechos, le ha permitido bosquejar la fisonomía moral del Valdivia verdadero, con sus virtudes y sus defectos, pero mucho más real y mucho más grande también que el de los cronistas.
Pero la investigación sobre esta parte de nuestra historia no estaba terminada. Después de muchos meses de rebusca en las bibliotecas y archivos de España durante los años de 1859 y 1860, pudimos recoger una gran —339→ cantidad de documentos que venían a explicar muchos sucesos imperfectamente conocidos, y a descubrir otros desconocidos. La mayor y la mejor parte de esos documentos fue publicada en 1874 en el volumen titulado Proceso de Pedro de Valdivia, que hemos citado tantas veces en los capítulos anteriores. La publicación anticipada de esos documentos quita, sin duda, mucho de la novedad que habría tenido esta parte de nuestro libro; pero pone a la disposición de los hombres estudiosos un buen caudal de noticias que es fácil utilizar. De todas maneras, nos lisonjeamos con la idea de que los capítulos concernientes a Valdivia que contiene nuestro libro, encierran el más copioso caudal de datos fidedignos que sea posible recoger en el estado actual de la investigación. Pero no creemos imposible que nuevos investigadores lleguen a descubrir otros antecedentes para completar la historia definitiva de esa era.
En esta revista de las relaciones y documentos que deben considerarse fundamentales para estudiar la historia de Valdivia, debiéramos quizá incluir la crónica de Mariño de Lobera, que hemos citado muchas veces. Desgraciadamente, no ha llegado hasta nosotros la obra original de ese capitán, sino una refundición de mejor forma literaria quizá, pero reformada con innovaciones que le hacen perder su carácter de relación primitiva, y que ha introducido hechos y noticias recogidos en otras fuentes y que carecen de autenticidad y de verdad. El jesuita Bartolomé de Escobar, autor de esta refundición, declara terminantemente en varios pasajes del libro (véase entre otros la p. 260), que su obra es formada sobre cl manuscrito de Mariño de Lobera con informes escritos y orales de otras personas. Más tarde, cuando tengamos que utilizar la parte más fidedigna de este libro, daremos más amplias noticias acerca de él y de su autor. Entonces también examinaremos más detenidamente las otras fuentes primitivas de los primeros años de nuestra historia, la crónica de Góngora Marmolejo y el poema de don Alonso de Ercilla.