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321

Véase el Proceso de Valdivia, pp. 327 y 328. Los agravios inferidos por don García a doña Marina Ortiz de Gaete están consignados, además, en varios pasajes del proceso de residencia tantas veces citado, particularmente en los núms. 126 y 128.

 

322

Carta de don García, de 30 de agosto de 1559.

 

323

La crónica de Mariño de Lobera, lib. II, cap. 13; Suárez de Figueroa en sus Hechos de don García, lib. III y Garcilaso de la Vega, en la II parte de los Comentarios reales del Perú, lib. VIII, cap. 15, dicen que Hurtado de Mendoza supo en Chile la muerte de su padre, y que esta noticia lo determinó a apresurar su viaje al Perú, pero ninguno de ellos fija expresamente la época de la muerte del Virrey. Mientras tanto, la generalidad de las cronologías de los virreyes del Perú, la que insertaron don Jorge Juan y don Antonio de Ulloa, al fin de su célebre Relación histórica del viaje, etc., la de don Cosme Bueno al frente de su Descripción del arzobispado de Lima; y todas las que se han publicado posteriormente en ese país, dicen que el marqués de Cañete murió en 1561. El ilustrado escritor peruano don Manuel de Mendiburu ha determinado más precisamente esta fecha diciendo en su Diccionario histórico biográfico del Perú, tomo IV, p. 298, que el Virrey falleció en Lima el 30 de marzo de 1561.

Si esto fuera cierto, don García habría partido de Chile antes de que hubiese ocurrido la muerte de su padre, lo que agravaría más aún su desobediencia a las órdenes de Felipe II, que le mandaba esperar en Chile a su sucesor. Pero es lo cierto que los tres historiadores que hemos citado al principio de esta nota, están en la verdad, esto es, que don García supo en Santiago la muerte del Virrey y que esta noticia lo determinó a acelerar su viaje al Perú.

En el Archivo de Indias de Sevilla, encontré un codicilo otorgado en Lima por don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y virrey del Perú, el «sábado a las dos horas poco más o menos antes del alba, 14 de septiembre de 1560». En este codicilo nombra sus ejecutores testamentarios, el primero de los cuales es el conde de Nieva, que aún no había llegado a Lima. Creo que el Virrey, que desde principios del mes estaba gravemente enfermo, murió ese mismo día o muy poco después. El 14 de noviembre de ese mismo año, los albaceas del Virrey daban un poder a ciertos procuradores para seguir las gestiones judiciales, y allí no se le nombra sin agregar la cláusula «ya difunto». La noticia de su fallecimiento debió llegar a Chile en diciembre de 1560 o en enero de 1561.

El Nobiliario jenealójico de los reyes i títulos de España, por Alonso López de Haro, Madrid, 1622, contiene en el segundo tomo una extensa reseña de la casa de los marqueses de Cañete formada sobre los papeles de familia. Allí dice (p. 354) que don Andrés Hurtado de Mendoza falleció en Lima en 1560; y ésta es la verdad.

 

324

La partida precipitada de don García fue motivo de las más graves acusaciones en el proceso de residencia, y el juez de la causa le puso «culpa gravísima» por esta falta. He aquí uno de los cargos: «133. Ítem. Se le hace cargo al dicho don García que para irse de este reino tomó por fuerza a Pascual de los Ríos, vecino de esta ciudad de Santiago, un barco que tenía en La Ligua, donde tiene sus indios, y se fue con él. Y valiendo dos mil pesos, no le quiso pagar sino ochocientos pesos, los cuales le mandó pagar en ropas en la tienda de Pedro Navarro, do tiene e tuvo su contratación. Y mandó a Bautista Ventura, su mayordomo, que tomase en sí el dicho barco y lo pagase, en lo cual de más del daño particular, fue gran perjuicio para este reino tomar el dicho barco, porque se proveían la mayor parte dél con el dicho barco». El juez de la causa resolvió que seis días después de notificada la sentencia, pagase don García otros mil doscientos pesos de oro a Pascual de los Ríos.

 

325

Este importante memorial se conserva original en el Archivo de Indias, de donde saqué la copia que he utilizado. Don Miguel L. Amunátegui, sirviéndose de otra copia que hizo tomar en dicho archivo don Benjamín Vicuña Mackenna, lo ha publicado íntegro en las pp. 357-361, del tomo I de La cuestión de límites entre Chile i la República Arjentina.

 

326

La información de los servicios de don García Hurtado de Mendoza, levantada en agosto de 1561 por la audiencia de Lima, debía ser un documento histórico de verdadero interés que, sin duda, habría explicado muchos sucesos de su administración. Desgraciadamente parece perdido o, al menos, no pude descubrirlo en los archivos de Indias. Existe sí el informe de la Real Audiencia con que fue acompañado aquel expediente. Fue publicado por Suárez de Figueroa en el lib. III de sus Hechos de don García, y se registra, además, en el tomo I de los Documentos de Gay, que lo creía inédito, como ya dijimos en otra nota.

 

327

Este memorial de don García ha sido publicado por don Miguel L. Amunátegui en las p. 355-357 del tomo I de La cuestión de límites.

 

328

Martínez Marina, Ensayo histórico-crítico sobre la legislación de Castilla, lib. V, § 10.

 

329

En los capítulos anteriores hemos aprovechado toda la luz que el proceso de residencia arroja sobre la historia de la administración de don García. No hemos conocido las declaraciones originales ni tampoco la información secreta, documentos quizá perdidos; pero sí hemos tenido a la vista la copia de los cargos tales como los resumió el licenciado Herrera, y la sentencia de éste. Esos cargos, tanto los graves como los más fútiles y, aun, aquellos que evidentemente eran inspirados por pasiones injustas, son antecedentes útiles y curiosos para conocer y apreciar esta época de nuestra historia. En las notas hemos cuidado de consignar los más importantes. Un gran número de ellos, los que se refieren a los gastos de su administración, no son más que la repetición de un mismo hecho, esto es, que por su sola voluntad mandaba pagar en las cajas reales sumas más o menos considerables, cada una de las cuales da lugar a un cargo, sistema que los hace elevarse a la suma de 215.

 

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En el curso de esta historia tendremos que hablar de don García Hurtado de Mendoza como virrey del Perú. Aquí, por vía de nota, daremos algunas noticias acerca de su teniente gobernador, el licenciado Santillán, autor de las ordenanzas que llevan su nombre, relativas al servicio personal de los indios.

Hernando de Santillán y Figueroa, natural de Sevilla, había servido en España como relator en las audiencias de Valladolid y de Granada. Pasó al Perú por los años de 1550, y desempeñó el cargo de oidor de la audiencia de Lima, en circunstancias bien difíciles, cuando por muerte del virrey don Antonio de Mendoza, ese tribunal tuvo que tomar el mando supremo. Estalló entonces la rebelión de Hernández Jirón, que la Audiencia tuvo que combatir. Los historiadores Fernández, Herrera y Garcilaso, que han contado esa rebelión, han referido la campana militar que conjuntamente con el arzobispo de Lima, dirigió el licenciado Santillán, y los sinsabores y peligros que le acarreó esa campaña.

Después de haber residido en Chile los cuatro años que duró el gobierno de Hurtado de Mendoza, el licenciado Santillán volvió al Perú, pero no permaneció mucho tiempo en Lima. Fue promovido por Felipe II al puesto de presidente de la real audiencia de Quito. Dejando poco más tarde este cargo, abrazó la carrera sacerdotal, y mereció que el Rey lo eligiese arzobispo de Charcas. El licenciado Santillán falleció en Lima en 1572, cuando estaba de viaje para entrar en posesión de ese puesto.

Así como otros letrados españoles, el licenciado Santillán tuvo el encargo, bajo el gobierno del virrey don Antonio de Mendoza, de estudiar las antiguas instituciones del Perú para descubrir los tributos que los indios pagaban a sus soberanos, y regularizar los que debían pagar al rey de España o a sus encomenderos. Escribió sobre esta materia un informe que había permanecido inédito hasta ahora, a pesar de su interés histórico. En 1879 ha sido publicado por el Ministerio de Fomento de Madrid, en un volumen que tiene por título: Tres relaciones de antigüedades peruanas: relación por Fernando de Santillán, por Juan de Santacruz Pachacuti y relación anónima, Madrid, 1879, 1 vol. en 8º mayor, de 328 páginas, y 44 de introducción con noticias bastante curiosas por el revisor de la edición, don Marcos Jiménez de la Espada.