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También hemos señalado muchas fechas
indicadas por Ercilla de esta manera, y sus indicaciones nos han sido muy
útiles para fijar la verdadera cronología. Para ello basta
recordar la correspondencia de los nombres de los signos del Zodíaco con
los meses del calendario. Don Andrés Bello ha traducido muy bien un
conocido dístico latino aplicándolo a nuestro hemisferio en la
forma que reproducimos enseguida como un auxiliar útil para entender la
cronología de Ercilla.
Bello,
Cosmografía o descripción
del universo, p. 38. «Libra, Escorpión,
Sagitario nos dan el tiempo florido; Capricornio, Acuario, Peces, el abrasador estío; Aries, Tauro y los Gemelos, el otoño en frutas rico; Cáncer, León y la Virgen la estación de lluvia y frío».
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Véanse entre otros pasajes la estrofa 22 del canto II y la estrofa 68 del canto XXXII.
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dice Lautaro, canto XII, estrofa 38, para explicar que andaba en campaña desde noviembre hasta febrero.
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La Araucana, canto XXXII, estrofa 22.
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De todos los juicios críticos sobre Ercilla, que hemos leído, ninguno nos parece más equivocado que uno que le atribuye una admiración ciega por la conquista hasta hacerle cantar las crueldades de sus compatriotas. Y ese juicio es, sin embargo, de uno de los más ilustres filósofos y críticos modernos, del célebre escritor alemán J. G. Herder. Dice así: «Las conquistas de México y del Perú, dirigidas por la codicia y por el fanatismo religioso más crueles, han encontrado también poetas para cantarlas. Cortés, Pizarro, Valdivia, el Diablo mismo, se convirtieron en héroes de la epopeya cristiana. ¿A qué sentimiento obedecías tú, bravo y buen Ercilla, cuando te propusiste cantar las crueldades de tus compatriotas contra los araucanos, tú que habías sido testigo ocular y que no podías desconocer el buen derecho, las virtudes y el valor de los enemigos? El orgullo nacional, una falsa noción de lo que se debe a la patria, a la religión y a la gloria de la Europa, te cegaban, mientras que el sentimiento de la humanidad despertaba algunas veces tu compasión y tu simpatía. ¡Cuán borradas debían estar las reglas del derecho y de la justicia para que actos de esta naturaleza pudiesen convertirse en epopeyas de la especie humana! Este frenesí duró medio siglo, y en una gran parte de la tierra se celebran aún estos productos, epopeyas en que no se respira más que codicia feroz y fanatismo arrogante». Herder, Werke, tom. XVIII, p. 52, ed. de Stuttgart, 1830. Estas observaciones expresadas con tanta precisión y con tanta elegancia por el insigne crítico, son perfectamente exactas respecto de la conquista de América y del mayor número de sus antiguos historiadores y poetas que creían ver en los triunfos de los conquistadores españoles, la protección visible de Dios contra los poderes del infierno; pero, por una excepción digna de ser tomada en cuenta, no son aplicables a Ercilla, o no pueden aplicársele sin atenuarlas mucho. La parte moral de La Araucana es casi irreprochable, por más que el poeta participa de todas las preocupaciones religiosas y políticas de su siglo, por más que vea en la conquista una misión religiosa, en el poder absoluto de los reyes una manifestación de la autoridad divina. Pero su alma honrada condena enérgicamente las crueldades de los conquistadores, y sus sentimientos poéticos lo llevan a creer en esas fantásticas ilusiones de la edad de oro, llena de las más sencillas virtudes que él se figura descubrir entre los bárbaros.
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Humboldt, Cosmos, trad. fr. de Ch. Galusky, tomo II, p. 68.
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Don Antonio Ferrer del Río, que es el que mejor ha contado la vida de Ercilla durante sus últimos años, demuestra de una manera evidente, en su biografía citada, la falsedad de la leyenda de que el poeta vivió en Madrid pobre y oscuro, olvidado del Rey y hasta desconsiderado como escritor. Muy al contrario de eso. Ercilla gozó de las consideraciones de sus contemporáneos.
Las reseñas bibliográficas que existen de las diversas ediciones de La Araucana, no dan una idea verdadera de la popularidad de este poema. La más copiosa de todas, publicada en la p. 2 del tomo XVII de la Biblioteca de autores españoles de Rivadeneira, es inexacta y muy incompleta.
Por vía de nota, daremos aquí una noticia sumaria de las traducciones que conocemos de este poema:
1º Historiale beschrijvinghe der goudtrijcke landen in Chili ende Arauco, & Descripción histórica de las tierras de oro en Chile y Arauco, y las guerras de los naturales con los españoles, traducción abreviada de Ercilla al holandés en 60 pp. 4º, hecha por J. J. Byl, y publicada en Roterdam en 1619.
2º Essay on epic poetry, Ensayo sobre la poesía épica por William Hayley, Londres, 1782, contiene la traducción en verso inglés de extensos fragmentos de La Araucana. Esos fragmentos fueron reimpresos y añadidos con otros traducidos por el poeta estadounidense H. Boyd, en la traducción inglesa de la Historia de Chile del abate Molina, publicada en Middletown en 1808 (por R. Alsop).
3º Die Araucana des Alonso de Ercilla, Nüremberg, 1831, 1 vol. 8º. Traducción en octavas alemanas, elegante y fiel, a juicio de personas inteligentes, pero en que el traductor Winterling ha suprimido algunos pasajes del original.
4º L'Araucana, poëme héroïque de don Ercilla, traduit pour la première fois et abrégé du texte espagnol, par Gilibert de Merlhiac, París, 1824, 1 vol. 8º. Traducción libre y muy abreviada.
5º M. Hyacinthe Vinson, escritor francés contemporáneo, ha hecho una traducción completa de La Araucana, de que, sin embargo, no ha publicada más que los ocho primeros cantos, en Burdeos, 1846, 1 vol. 12º, y el 1º con el 37º en Pondichery, en 1851, 1 vol. 8º.
6º L'Araucana, poëme épique espagnol traduit complétement pour la première fois en français par Alexandre Nicolas, París, 1860, 2 vol. 12º. Traducción completa y cuidada, acompañada de notas y de introducciones literarias no siempre oportunas, pero que revelan una instrucción variada y la práctica del profesorado.
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Lope de Vega que en su Laurel de Apolo recuerda cerca de 260 escritores de su tiempo, muchos de ellos del más escaso mérito, no hace la menor mención de Santisteban Osorio que, sin embargo, compuso otros poemas además de la continuación de La Araucana. El Epítome de la biblioteca oriental i occidental, p. 85, del licenciado Antonio de León Pinelo, Madrid, 1629, catalogó este poema entre las obras históricas sobre Chile; y este falso concepto dio lugar a que se la reimprimiera el siglo siguiente.
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Véase Ticknor, Historia de la literatura española, trad. de Gayangos y Vedia, época II, cap. 28, p. 144.
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Hemos dicho que casi todo el cap. 8 del lib. III Compendio de la historia civil de Molina es el resultado de esta confusión. La historia manuscrita de Pérez García, que supone un largo trabajo de investigación, ha incurrido en el mismo error, que se reproduce con modificaciones y, aun, con agravaciones en la Historia política de Chile que lleva el nombre de don Claudio Gay. En justificación de este laborioso sabio, conviene decir que casi no es responsable de esos errores. Don Claudio Gay, después de narrar los sucesos del gobierno de Pedro de Valdivia con todo el acopio de luces que arrojaban los documentos y libros conocidos hasta entonces, confió a manos de colaboradores subalternos la redacción de su obra, y estos colaboradores, que fueron don Pedro Martínez López y don Francisco de Paula Noriega, escribieron, aquél los sucesos ocurridos en Chile desde 1557 hasta 1600, y el segundo desde 1600 hasta 1808. Estos escritores tuvieron por guía casi única e invariable las historias de Pérez García y de Carvallo, y su relación adolece de casi todos los errores que registran estas crónicas. Véase sobre este particular lo que hemos dicho en Don Claudio Gay, su vida i sus obras, Santiago, 1876, cap. 4, pp. 162-168. Don Miguel Luis Amunátegui, que en 1862 publicaba su notable Historia del descubrimiento i conquista de Chile, reconoció perfectamente el ningún valor histórico del poema de Santisteban Osorio, y pudo rectificar muchos de los errores en que incurrieron algunos de sus predecesores.