381
Góngora Marmolejo, cap. 34, dice por descuido pascua de Navidad de 1563, en lugar de 1561.
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Los documentos y relaciones de la época del gobierno de Villagrán son generalmente deficientes y casi no fijan fechas. Góngora Marmolejo, dice que hallándose el Gobernador enfermo en la Imperial, llegó de Santiago el capitán Juan Bautista Pastene a pedirle en nombre de esta ciudad que «enviase por su teniente a Pedro de Villagrán, su hijo, por respeto de no llevarse bien con el capitán Juan Jufré, a quien había dejado por su justicia mayor». Esta indicación no es cierta más que en parte. El 22 de mayo de 1562, Villagrán firmaba en la Imperial el nombramiento de su hijo para teniente gobernador de Santiago, por cuanto Juan Jufré se hallaba ausente. Hemos contado ya que Jufré había partido para el otro lado de los Andes a fines de 1561, y que en el año siguiente trasladaba a otro sitio la ciudad de Mendoza, y fundaba la de San Juan. El nombramiento de Pedro de Villagrán y las actas de las fundaciones en la provincia de Cuyo, nos sirven para restablecer la cronología de este período histórico, tan confusa y estropeada en los cronistas.
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El lector encontrará noticias prolijas sobre el uso de la zarzaparrilla en el siglo XVI, en un libro muy curioso del doctor Nicolás Monardes, de Sevilla, que hemos citado en otra parte, la Historia medicinal de las cosas que traen de nuestras Indias occidentales que sirven en la medicina, Sevilla, 1574, fols. 18-23. «Es tanto, dice, el uso del agua de la zarzaparrilla el día de hoy que a cualquiera enfermedad se aplica, y ha venido a tanto que en cualquier achaque de reumas y corrimientos, ventosedades, mal de mujeres de la madre, o otro cualquier achaque que sea, como no sean fiebres o enfermedades agudas, luego toman agua simple de zarzaparrilla; y esto está el día de hoy tan puesto en el uso que así hallará agua cocida de zarzaparrilla simple en muchas casas como agua en las tinajas, y cierto hace grandes efectos y remedia largas y importunas enfermedades». Puede consultarse igualmente el Libro que trata de la enfermedad de bubas, por el doctor Pedro de Torres, Madrid, 1600, cap. 32, donde se ensalzan en términos análogos las cualidades medicinales de esta planta.
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Habiendo pasado muy poco después a Lima el licenciado Juan de Herrera a dar cuenta del estado de la guerra de Chile y a pedir socorros, presentó dos cortos memoriales, uno en que apuntaba las medidas que podían tomarse para la pacificación de este país, y otro en que refiere sumariamente la historia de este proceso para justificar su conducta y para que no se pusieran inconvenientes ni cargos en la confesión ni a él ni a los capitanes y soldados que tomaban parte en la guerra. Ambos memoriales existían inéditos en la Biblioteca Nacional de Madrid, pero fueron publicados por don Pascual de Gayangos como apéndice a la historia de Góngora Marmolejo, y reimpresos con ésta en el tomo II de la Colección de historiadores de Chile. Existe, además, en la misma biblioteca una relación inédita de don Gaspar de Salazar de las cosas que vio mientras estuvo sirviendo en la guerra de Chile, esto es, de 1561 hasta los primeros días del gobierno de Bravo de Saravia, y en ella hace alusión a estas cuestiones, sin referirlas expresamente. A falta de otros documentos, estamos obligados a no dar más pormenores acerca de este proceso que los que consigna el licenciado Herrera y a no poder fijar la fecha precisa de la sentencia.
Ha dado éste un detalle característico de esos tiempos al terminar su memorial. «Cuando me vine a confesar en esta ciudad, dice Herrera, por saber que había ido a la dicha guerra y dado aviamiento y socorros para ella, no querían confesarme hasta que vieron lo susodicho letrados teólogos los más principales de esta ciudad, y así me absolvieron». De manera que el procedimiento del licenciado Herrera que hoy nos parece tan extraño, fue ampliamente aprobado como conforme a las leyes civiles y canónicas por los teólogos más ilustrados que había en Lima.
Por lo demás, no es difícil hallar en la historia de esos tiempos procesos análogos seguidos no ya contra los indios sino contra los animales. El padre jesuita Bartolomé de Escobar, revisor y casi puede decirse autor de la Crónica que lleva el nombre de Mariño de Lobera, cuenta en el capítulo 51 de la primera parte, que el año de 1556 apareció una plaga de ranas que duró quince días. «Y en cesando esta plaga, añade, vino también multitud de ratones que hervían por las casas y calles, de suerte que les pusieron pleito, dándoles defensor que alegase por su derecho, y habiéndoles convencido en juicio, los excomulgaron, y al instante murieron todos sin parecer alguno vivo en muchos días». Ya veremos que el proceso seguido contra los indios por el licenciado Herrera, no dio resultados tan maravillosos.
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La relación de estos hechos que hace Góngora Marmolejo, cap. 35, es contradictoria respecto de este viaje a Chiloé. Al paso que refiere que Villagrán encomendó al piloto que navegase a donde el tiempo lo quisiera llevar, cuenta que salió de Valdivia con el propósito de reconocer las costas del sur. Más natural me parece la versión de la Crónica de Mariño de Lobera en el cap. 16, del II lib. El viaje a Chiloé no tenía objeto alguno en esas circunstancias y, sin duda, el Gobernador lo hizo contra sus deseos. Esta versión está conforme con lo que refiere el capitán Francisco de Ulloa en una carta dirigida a Felipe II en 11 de agosto de 1563.
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Pedro de Villagrán, nombrado por su padre teniente gobernador de Santiago en mayo anterior, por ausencia de Juan Jufré, estaba de vuelta en Concepción en diciembre de 1562.
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Fija la fecha de esta jornada la Crónica de Mariño de Lobera, lib. II, capítulo 17. Aunque según Góngora Marmolejo, el gobernador Villagrán de regreso de Chiloé, se hallaba en esta época en el fuerte de Arauco, he visto un despacho firmado por él en Concepción el 22 de diciembre de 1562.
No es fácil fijar, con los documentos y relaciones que poseemos, el sitio en que estaban atrincherados los indios y en que tuvo lugar este combate. Los cronistas primitivos no lo indican con precisión; la relación manuscrita antes citada de don Gaspar de Salazar, dice la quebrada de Lincoyán, y algunos cronistas posteriores señalan a Millapoa. De las diversas relaciones deduzco que debió efectuarse a poca distancia de la ribera izquierda del Biobío, cerca de donde este río ha engrosado su caudal con las aguas del Laja o Nivequetén.
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Esta batalla ha sido contada más o menos sumariamente en algunas relaciones contemporáneas; pero existen dos descripciones más extensas y completas, que sólo se diferencian entre sí por pequeños accidentes: la de Mariño de Lobera, lib. II, cap. 15 y la de Góngora Marmolejo, cap. 36, que es la mejor.
No nos ha sido posible fijar con toda precisión ni el día ni el sitio de esta batalla por la deficiencia de los documentos. Sobre el primer punto, creo que la derrota de los españoles tuvo lugar a fines de enero o a principios de febrero de 1563. Acerca del sitio del combate, los antiguos cronistas dicen que fue en el lebu de Mareguano, lo que ha hecho creer a algunos historiadores posteriores que se trata de la cuesta de Marigueñu en que fue derrotado Francisco de Villagrán en 1554. Sin embargo, el Mareguano de que hablan las crónicas no parece ser un sitio determinado, sino toda o la mayor parte de la región formada por la cordillera de la Costa desde Arauco hasta el Biobío. Las faldas orientales de esta parte de la cordillera, que se extendían hasta las orillas del río Vergara, formaban el lebu de Catirai, y en un punto de éste, que antiguos documentos denominan quebrada de Lincoyán, estaba construido el fuerte en que fueron derrotados los españoles, como se comprueba por una referencia que a esta jornada hace el cronista Góngora Marmolejo en el capítulo 53. Así se comprende que los fugitivos de esta derrota fueran a buscar su salvación en Angol, o en las orillas del Biobío para llegar a Concepción, por la dificultad de volver a pasar la cordillera de la Costa para refugiarse en el fuerte de Arauco.
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Góngora Marmolejo, cap. 37.
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En carta de 27 de agosto de 1563, los capitulares de Cañete, establecidos en Concepción, daban cuenta al Rey de la despoblación de aquella ciudad, ejecutada, decían, contra su voluntad, cuando se creían en situación de resistir a los indios, y previendo que esta medida, que califican de errada e imprudente, iba a producir males irreparables. Esa carta, que es una acusación violenta a Villagrán, que acababa de morir, y una petición para que se enviara de nuevo a Chile a don García Hurtado de Mendoza, no señala las fechas de la derrota de Mareguano ni de la despoblación de Cañete.