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511

Instrucciones del virrey Toledo a la Audiencia de Chile, dadas en la ciudad de Charcas en marzo de 1575.

 

512

Góngora Marmolejo, cap. 87.

 

513

Carta inédita de Bravo de Saravia a Felipe II de 15 de octubre de 1571.

 

514

Fray Cristóbal Núñez, religioso dominicano, lo dice así expresamente en un memorial que presentó al virrey del Perú por los años de 1581 o 1582. Más adelante tendremos que citar otras veces este curioso memorial, que permanece inédito todavía.

 

515

El cardenal Aguirre en su Collectio maxima conciliorum omnium Hispaniæ et novi orbis, 2ª edición, Roma 1755, dice en el tomo VI, p. 27, hablando del concilio limense de 1567: «Illiud acta invenire non potuimus»; lo que nos hace creer que jamás se han publicado los acuerdos de esa asamblea.

 

516

Don Crescente Errázuriz ha publicado estas dos reales cédulas en las pp. 532 y 534 de sus Oríjenes de la iglesia chilena.

 

517

Desde el gobierno de Pedro de Valdivia hasta el año 1575, nos ha acompañado y servido muchas veces de guía la Historia del reino de Chile capitán Alonso de Góngora Marmolejo. Suspende éste su relación contando la recepción de Rodrigo de Quiroga, o más propiamente con los sucesos de ese año, terminándola con estas palabras: «Acabose en la ciudad de Santiago del reino de Chile en 16 días del mes de diciembre de 1575». En los documentos de ese tiempo que he tenido que consultar, he descubierto que el cronista falleció un mes después de terminada su obra. Favorecido por Quiroga, de quien se muestra partidario leal en toda su relación, Góngora Marmolejo, que no había obtenido de los otros gobernadores el premio a que se creía merecedor, fue nombrado juez pesquisador de hechiceros indígenas, esto es, perseguidor de los pretendidos brujos, con encargo de recorrer todo el país en desempeño de esa comisión. En 23 de enero de 1576, Rodrigo de Quiroga expidió nuevo nombramiento en favor del capitán Pedro de Lisperguer, alemán de Worms, «por cuanto, dice, el capitán Alonso de Góngora, que nombré por capitán y juez de comisión para el castigo de los hechiceros de los indios, es fallecido de esta presente vida, y conviene proveer otra persona que vaya a hacer dicho castigo».

Antes de ahora, hemos hablado largamente del libro del capitán Góngora Marmolejo, y de su valor histórico como fuente de informaciones hasta 1560. Los quince años restantes que comprende esa crónica están tratados con la misma o mayor prolijidad; y como los hechos que allí se refieren son los más inmediatos al tiempo en que escribía el autor, y como éste se ha limitado casi exclusivamente a consignar sus recuerdos personales, esta parte de su libro es la más minuciosa; y presta al historiador un servicio tanto más útil cuanto que en algunos puntos los documentos son escasos y deficientes. En estos casos hemos aceptado con confianza las aseveraciones del cronista, no sólo porque revisten todo el carácter de verdad sino porque hemos podido deducir su exactitud de la conformidad general que hay entre su relación y las cartas e informes de los gobernadores y los otros documentos.

Sin embargo, la crónica de Góngora Marmolejo, además de los defectos de composición, de su poco arte para presentar los hechos en un orden perfectamente claro y para dar relieve a los sucesos más notables descartándolos de incidentes de escasa importancia, dejaría mucho que desear al historiador si éste no pudiera auxiliarse en su investigación con los documentos que hemos tenido a la vista. Su cronología es muy deficiente y, además, imperfecta: fija pocas fechas, y eso de memoria; y como habrá podido observarse por algunas de nuestras notas, suele confundir los años. Por otra parte, como sólo refiere los hechos de que tenía conocimiento personal, su crónica se contrae casi exclusivamente a los sucesos militares, da pocas noticias sobre los acontecimientos de otro orden, o apenas hace referencia a ellos, de tal suerte que el historiador está siempre obligado a recurrir a otras fuentes de información para comprobar y para completar el caudal de datos que contiene aquel libro.

Además de la verdad en la relación de los hechos, la crónica de Góngora Marmolejo posee, en esta parte sobre todo, otras cualidades que realzan su mérito. Cualesquiera que sean sus simpatías y sus antipatías, ellas no lo arrastran a prodigar alabanzas ni censuras apasionadas, ni a salir del tono templado que domina en toda su crónica. Se ve por ella que el autor era, por ejemplo, desafecto al gobernador Bravo de Saravia, que había desatendido sus pretensiones cuando solicitó el empleo de protector de indios. Con todo, juzgando a este gobernador, cuya desastrosa administración le habría dado materia para las más acres censuras, Góngora Marmolejo es más moderado que los capitanes y que los oidores de la Audiencia que lo condenaban despiadadamente haciéndolo responsable de todas las desgracias del reino.

Presta igualmente un útil servicio para la relación de estos sucesos, la crónica de Mariño de Lobera, que se extiende hasta el último decenio del siglo XVI. Este libro muy defectuoso en la relación de los acontecimientos del tiempo de Valdivia y de sus inmediatos sucesores, probablemente por las modificaciones que en él introdujo el que lo rehízo, es, como hemos dicho, la mejor fuente de informaciones sobre el gobierno de Hurtado de Mendoza. Terminado ese gobierno, la crónica sigue contando los sucesos subsiguientes con bastante acopio de noticias, y en general, con satisfactoria exactitud. Se percibe que la mano del corrector se ha introducido menos en esta parte, porque escasean las cansadas referencias a la historia sagrada y profana, y porque la redacción guarda más la forma de las sencillas crónicas primitivas. Su relación está casi siempre acorde con la de Góngora Marmolejo, de tal suerte que ambas se completan, y ayudan a la más perfecta inteligencia de los documentos. La crónica de Mariño de Lobera nos servirá todavía para referir los sucesos de los quince años subsiguientes. Entonces daremos algunas otras noticias acerca de ella.

En una carta inédita de Rodrigo de Quiroga a Felipe II, escrita en Santiago en 12 de enero de 1579, se hace referencia a una relación o descripción de Chile, que si realmente se hubiera escrito, habría sido muy útil para conocer los sucesos de este tiempo. Por cédula de 5 de agosto de 1577 el Rey había pedido que se formase una descripción de Chile, por exigencia, sin duda, de Juan López de Velasco, cosmógrafo de Su Majestad y cronista de Indias. En contestación a esa real cédula, Quiroga dice en la carta citada lo que sigue: «En cuanto a la descripción de este reino, yo la he mandado hacer: en estando hecha la enviaré». Ignoro quién fue el encargado de este trabajo ni si se llevó a cabo. Todas mis diligencias para descubrir esa descripción han sido completamente ineficaces. Más adelante, en el capítulo 12, § 19, daremos más amplias noticias sobre este particular.

 

518

Carta inédita de Quiroga a Felipe II, escrita en Santiago el 15 de febrero de 1575.

 

519

Carta de Quiroga a Felipe II de 2 de febrero de 1576, publicada por Gay en el tomo II de Documentos, pp. 106-112.

 

520

Carta citada de 2 de febrero de 1576.