Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
 

81

Cabildos de 1 y de 9 de abril de 1555. Aunque todos estos hechos han sido contados otras veces con extensión y con bastante exactitud, he creído que debía referirlos prolijamente para dar a conocer algunos pormenores desconocidos antes de ahora, o para rectificar pequeños accidentes.

 

82

Mariño de Lobera, cap. 51, supone que Pedro de Villagrán tenía bajo sus órdenes 252 soldados españoles, lo que casi no puede atribuirse más que a un error de copia. Los defensores de la Imperial, después de haber sacado algunos soldados Francisco de Villagrán en enero de 1554, no podían pasar de 80 a 100 hombres.

 

83

Don Alonso de Ercilla, aunque poco inclinado a creer en prodigios sobrenaturales, ha contado este suceso como un milagro del cielo en favor de los españoles, fijando expresamente el día en que tuvo lugar, en la estrofa 18 del canto IX de La Araucana. El lector encontrará allí la descripción completa del pretendido milagro que han repetido los cronistas posteriores.

 

84

Góngora Marmolejo, cap. 20.

 

85

Cabildo del 14 de agosto de 1554. El emisario de La Imperial fue Pascual de Ibaceta, que luego tomó carta de vecindad en Santiago, y en octubre de 1556 fue nombrado escribano de su Cabildo.

 

86


   «Tal madre hubo que al hijo muy querido
al vientre le volvió do había salido».



dice Ercilla, en la estrofa 21, canto IX de La Araucana.

Ercilla y Góngora Marmolejo, cap. 20, que han dado cuenta de estos hechos, parecen creer que el canibalismo de esos indios era accidental, y que fue originado por el hambre y la miseria de esos días. Góngora Marmolejo añade que esta alimentación les producía una gran palidez en el rostro por la cual se reconocía a los que habían comido carne humana. La verdad es que los indios eran antropófagos, que se comían a los enemigos prisioneros en las batallas; y que fuera de este canibalismo guerrero, se devoraban unos a los otros cuando les faltaban otros alimentos. Este hecho, comprobado por sagaces observadores, parece menos sorprendente en nuestro tiempo, después de los prolijos estudios que la ciencia social ha hecho de cuarenta años a esta parte. El canibalismo ha sido en todos los lugares una costumbre inherente a cierto estado de barbarie de las sociedades salvajes, y sus huellas han podido descubrirse con bastante seguridad.

La crónica de Mariño de Lobera, cap. 51, ha contado estos mismos horrores del hambre de 1554, con rasgos que demuestran la ignorancia de los españoles de ese siglo, aun de los que tenían alguna ilustración, en lo que se refiere a la estructura y a la fisiología del cuerpo humano. «Hubo indio, dice esa crónica, que se ataba los muslos por dos partes, y cortaba pedazos de ellos comiéndolos a bocados con gran gusto».

Esta ignorancia no era, como podía creerse, el patrimonio de los soldados que se hacían cronistas. Nicolás Monardes, célebre médico de Sevilla, escribió por esos años una Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en la medicina, Sevilla, 1574, primera edición completa, que tuvo mucha boga en su siglo, y que en nuestro tiempo se consulta con interés por más de un motivo. En la segunda parte de esta obra, fol. 73 y ss., inserta una carta escrita al autor desde Lima por un Pedro de Osma y de Jara y Zejo, destinada a darle a conocer algunas producciones americanas de que no hablaba Monardes en las primeras ediciones de su obra. En esa carta hallamos el pasaje siguiente: «El año de 1558 en Chile se cortaron ciertos indios presos las pantorrillas para comérselas, y las asaron para ello, y lo que es más de admiración, que se pusieron en lo cortado unas hojas de ciertas hierbas, y no les salió gota de sangre teniéndolas puestas; y lo vieron esto muchos entonces, en la ciudad de Santiago, presente el señor don García de Mendoza, que fue cosa que admiró a muchos». El doctor Monardes cree perfectamente en ésta y en las otras noticias que contiene esa carta, y la recomienda encarecidamente a sus lectores.

 

87

Góngora Marmolejo, cap. 20. No es posible con las escasas noticias que nos ha dejado este cronista, caracterizar razonadamente esta epidemia. La palabra chilena chavalongo o chavalonco, que Góngora Marmolejo traduce exactamente por dolor de cabeza, significa, según el vocabulario del padre Valdivia, modorra, esto es, el estado de postración y de fiebre que acompaña a muchas dolencias. No era propiamente una enfermedad determinada, sino un síntoma común a muchas enfermedades. Los españoles, que tomaron esta palabra de los indios, la emplearon para designar las grandes fiebres, y aun en nuestro tiempo hemos visto usada la palabra chavalongo como sinónimo de fiebre tifoidea.

Algunos cronistas han querido ver en esta epidemia la primera aparición de la viruela, enfermedad desconocida en América, y que hizo más tarde los más horribles estragos entre los indígenas de Chile. Aunque esta opinión ha sido seguida por algunos historiadores modernos, nosotros la creemos infundada. La viruela era perfectamente conocida de los españoles, y sin duda alguna que Góngora Marmolejo habría dado este nombre a la enfermedad. La primera epidemia de viruela en Chile se hizo sentir a fines de 1561 y principios de 1562.

Por lo que toca a los estragos de la epidemia mal conocida de 1554, nosotros creemos que las relaciones que nos quedan han llegado al último exceso de la exageración. Góngora Marmolejo dice en el lugar citado que donde había un millón de indios no quedaron seis mil. Estamos persuadidos de que toda la población indígena de Chile en la época de la conquista no alcanzaba a medio millón. El cronista Córdoba y Figueroa, lib. II, cap. 13, que conoció los antiguos archivos de la Imperial, cita dos documentos del siglo XVI, en los cuales dos encomenderos de esa ciudad señalaban los daños que les causó la epidemia. Uno de ellos, Pedro Olmos de Aguilera, dice que de doce mil indios que tenía en repartimiento no le quedaron más de cien. Otro, Hernando de San Martín, asegura que de ochocientos indios que le estaban encomendados, sólo se salvaron ochenta. Basta observar la desproporción que hay entre una y otra aseveración, para tenerlas por sospechosas. Por lo demás, una y otra son tan exageradas, que no hay criterio que pueda aceptar tales cifras. Una mortandad de esa clase, aun aceptando el cómputo de Hernando de San Martín, que es el menos exagerado, habría costado a los indios la pérdida de nueve décimos de su población, y los habría reducido a la más absoluta impotencia para continuar la guerra.

En la población española no se hizo sentir esta epidemia; al menos no hay vestigios de ello en los antiguos documentos.

 

88

El cronista Antonio de Herrera, que escribía medio siglo después su famosa Historia jeneral, teniendo a la vista las relaciones originales, que de ordinario sigue fielmente, pero que a veces confunde, dice, dec. VIII, lib. VII, cap. 7, que en esta campaña Villagrán sostuvo numerosos combates con los indios, los cuales usaban «como si fueran propias», las armas quitadas a los castellanos, incluso los arcabuces. En ninguna otra parte encuentro esta noticia, que parece desmentida por las otras relaciones, y que seguramente es un error.

 

89

El licenciado Altamirano había sido antes justicia mayor de Valdivia por nombramiento del Gobemador de este nombre. Por causas que desconocemos, se había trasladado a La Serena en 1553, y de allí fue llamado en enero de 1554 por el cabildo de Santiago para pedirle su consejo. Hemos referido en el capítulo anterior su intervención en las competencias entre Aguirre y Villagrán. Por último, en octubre de 1554 salía con éste a campaña, y luego era despachado nuevamente como justicia mayor de Valdivia, y encargado de dirigir su defensa.

 

90

Cabildo de 9 de abril de 1555.