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El doctor don Manuel Mariano Echeverría era quiteño, hijo legítimo de don Francisco de Echeverría y de doña Tomasa Díaz: fue cura de Toacaso y de Saquisilí, hombre de muy buenas costumbres, instruido y sumamente hábil en la lengua quichua. Contaba treinta y tres años de cura cuando fue nombrado, en noviembre de 1767, como superior de las misiones de Mainas; salió de Quito con 22 compañeros clérigos, el 2 de enero de 1768; siete se enfermaron luego a consecuencia del mal clima. El doctor Echeverría se estableció en el pueblo de la Laguna, y ahí estaba cuando recibió el nombramiento de Medio racionero de la Catedral de Quito; murió en Quito, el 12 de enero de 1785 ya muy anciano.

En 1767 había 24 misioneros jesuitas en el Napo y el Marañón: era procurador de las misiones de Mainas el padre Pedro Troyano. El 19 de enero de 1767, se pagaron de la Tesorería Real de Quito 5009 pesos por las pensiones de un año -de 19 de enero de 1766 a 19 de enero de 1767- a razón de 200 pesos anuales por cada misionero; la data debía ser solamente de 4800 pesos, pero se añadieron 81 pesos 21 maravedises por el padre Luis Visoqui, desde 19 de enero de 1766 hasta 16 de junio de 1766; y 106 pesos, 2 reales, 14 maravedises por el padre Antonio Yenzque, desde 19 de enero hasta 1.º de agosto de 1766. En la cuenta de los Oficiales Reales había, pues, un error de 21 pesos, 7 reales y 28 maravedises. (Cuentas de la Real Hacienda. Inéditos en el Real Archivo de Indias en Sevilla).

 

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Don Francisco Requena emitió tres Informes sobre las misiones de Mainas: el primero el 29 de marzo de 1799. Este informe fue resumido por el Consejo el 28 de marzo de 1801; tiene tres puntos: primero, que todo el territorio de Mainas se separe del Virreinato de Santa Fe y se incorpore en el Virreinato de Lima; segundo, que las misiones se entreguen a los franciscanos del convento de Ocopa; tercero, que se erija un obispado sin cabildo, segregando de los obispados de Popayán, Quito, Trujillo, Lima y Guamanga el territorio oriental respectivo. Según Requena, las misiones estaban en la más completa decadencia, y la pintura que de ellas hace es lamentable.

El segundo informe es del 15 de abril de 1807: el tercero de 28 de abril de 1817.

Los dos fiscales, el de Méjico y el del Perú, acogieron y apoyaron el informe primero de Requena, y el Consejo se adhirió a él, el 28 de abril de 1801. El 10 de mayo de ese mismo año se publicó la resolución del Rey, adoptada el 3, relativa a que el Consejo se ocupara en el examen de los tres puntos propuestos por Requena, y a que se oyera también sobre lo mismo a la Contaduría Real. El 7 de diciembre de 1801, emitió su dictamen el Consejo, en un todo conforme con lo propuesto por Requena. La Cédula Real se expidió el 15 de julio de 1802. Los límites del nuevo obispado, gobernación y comandancia militar de Mainas los trazó el mismo Requena.

Fue elegido para Obispo de Mainas don Juan Antonio Montilla, el cual no aceptó, alegando que sufría de mal de piedra. (Erección, ejecutoriales, presentaciones eclesiásticas, misiones y expedientes sobre el territorio de Mainas. Años de 1771 a 1825. Audiencia de Lima. Inéditos en el Real Archivo de Indias en Sevilla). Exposición del presbítero don José María Padilla. Madrid: 1823. También inédita en el mismo Archivo de Indias en Sevilla. Este Padilla era secretario del Obispo de Mainas.

García y García, Relaciones de los Virreyes del Nuevo Reino de Granada, Nueva York, 1869. Véase sobre la ejecución de la Cédula Real del 15 de julio de 1802 la Relación del virrey Mendinueta. En nuestras controversias con la República del Perú sobre la tan debatida cuestión de límites, se ha alegado que la Cédula fue obedecida, pero no cumplida: ésa es una equivocación contraria a la verdad de los hechos, tal como aparece del estudio sereno e imparcial de documentos auténticos.

Documentos encontrados últimamente en el archivo de la Subprefectura de Moyobamba. Un folleto publicado en Lima el año de 1860. Contiene documentos de innegable autenticidad. La Cédula de 15 de julio de 1802 fue recibida y ejecutada por Carondelet, el 20 de febrero de 1803.

Pastoral religioso- político-geográfica, Lugo, 1827. Un volumen. (Es obra del obispo de Mainas, don fray Hipólito Rangel, y está dedicada al rey Fernando séptimo, quien, según dice el Obispo, le preguntó a éste dónde estaba Mainas; y para responder a semejante pregunta, escribió el Obispo su Pastoral; partes en prosa y algo también en verso; pero, como documento meramente histórico, conviene tenerla presente).

En la parte descriptiva o geográfica de los informes de don Francisco Requena, acaso, se pudieran notar algunas faltas de exactitud y ciertas contradicciones, que se advierten estudiando detenidamente esos documentos; pero, respecto de la manera de proveer al mejoramiento de las misiones y a la conveniente organización de la provincia de Mainas, es claro que Requena tenía desde un principio el convencimiento íntimo de que todos esos territorios no habían de estar bien gobernados mientras continuaran formando parte del Virreinato de Santa Fe: de ahí su afán de que se los anexara al Virreinato de Lima. ¿Influirían también en ese convencimiento las noticias, que de los planes de emancipación política de España que acariciaban los quiteños, habían llegado a oídos de Requena?...

 

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El primer eclesiástico designado por el Consejo para primer obispo de Mainas fue, como ya lo dijimos, don Juan Antonio Montilla, español, capellán de San Felipe Neri en Valladolid, el cual no quiso aceptar. El señor Sánchez Rangel estuvo primero en Cuba, desempeñando un cargo de importancia sobre los religiosos de su orden: se consagró en Quito, en la iglesia de San Francisco; el 20 de diciembre de 1807, sin las Bulas, porque éstas no le habían llegado, a causa de los trastornos políticos sucedidos en España; a principios de 1808 entró a su Obispado; fue preconizado en el Consistorio del 26 de junio de 1805.

 

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Sobre la misión de los padres mercenarios del convento del Tejar de Quito en el Putumayo existen documentos en el Real Archivo de Indias en Sevilla; nosotros, en nuestro archivo privado, guardamos algunos papeles auténticos, como son: la Instrucción dada por Requena a los misioneros, Ega, 28 de septiembre de 1784. Derrotero de las jornadas y días de camino desde la ciudad de Pasto hasta el río del Marañón, Pasto, 10 de julio de 1785; el autor de este derrotero es don Ramón de la Barrera, quien lo remitió a Requena. Copia de la resolución y elección que hizo la junta para misioneros del Putumayo, en 15 de enero de 1798; la junta fue de todos los padres graves del convento máximo de la Merced de Quito, y la copia legalizada se pasó al ilustrísimo señor Álvarez Cortés. Por este último documento consta que ya en aquel año no había misionero ninguno de la Merced en el Putumayo. El convento del Tejar fue erigido en Colegio de Misiones a solicitud del padre fray Mariano Ontaneda: la patente fue expedida por el padre general, el 7 de julio de 1789. Los primeros colegios de Misiones se fundaron en la Orden de la Merced en tiempo del padre fray José Mezquía, el año de 1740, y los estatutos de ellos fueron aprobados por Benedicto decimocuarto, por su bula Explicare verbis, dada en Roma el año de 1741.

 

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La historia de las misiones de los padres de Santo Domingo en Canelos merece una aclaración concienzuda, y la vamos a hacer en este lugar. La solicitud de los padres fray Jerónimo de Cevallos y fray Ignacio Quesada en el Real Consejo de Indias, para que se les adjudicara a los dominicanos la misión llamada de Canelos, fue ocasión de un litigio dilatado y odioso, que en la Audiencia de Quito siguieron los jesuitas contra los dominicanos. Poseemos todos los autos originales de ese litigio; y, de la lectura de ellos, hemos deducido lo siguiente. Unos cuantos indios cristianos de las actuales provincias de Tunguragua y del Chimborazo, huyendo de las exacciones de los cobradores de tributos, se retiraron a las montañas de Canelos, donde se establecieron, deseando vivir tranquilos: supo la existencia de esos indios un padre dominicano, cura o doctrinero de Pelileo, entró a verlos y edificó una capilla, en la cual puso un cuadro pequeño de Santa Rosa de Lima; formose con esto uno como pueblo compuesto de cuatro casas grandes, donde vivían unas pocas familias de indios. Tal fue el origen del pueblo llamado Santa Rosa de Penday. Como ocho años después, volvió a entrar otro religioso dominicano; pero hasta 1684 no hubo misión ninguna permanente.

En 1775, en tiempo del presidente Diguja, salieron al pueblo de canelos unos cien indios de las Jibarías de Macas y con ese motivo se puso mayor empeño en atender a esa misión. El 27 de abril de 1798, el padre fray Lorenzo Ramírez, a instancias del ilustrísimo señor Álvarez Cortés, emitiendo informe acerca del estado de las misiones de Canelos, decía: «Es constante que en más de medio siglo no dio un paso la conquista, contentándose el uno o dos misioneros con trabajar en mantener en la fe recibida a los de la capital de dicha misión llamada Canelos, experimentando las alternativas de más o menos gente, según las circunstancias que las retiraban al monte o consentían su pacífica existencia, hallándose varias veces precisados los misioneros a salir por no perecer por la total deserción que hacían del pueblo por huir del tributo, que varias veces se les ha pretendido imponer». En ese año la misión de Canelos había progresado, y se componía de tres pueblecillos: Nuestra Señora del Rosario o la Palma, con 173 habitantes; San Jacinto, con 37, y San Carlos de los Achuales, con 36; todo debido a los esfuerzos del padre fray Santiago Riofrío. Para estas misiones las Cajas Reales contribuían con cien pesos anuales. (Antes formados de todos los documentos recogidos por el ilustrísimo señor Cortés, obispo de Quito, para informar al Rey acerca del estado de la misión de Canelos. Inéditos en nuestro archivo privado; también los expedientes del pleito seguido entre los jesuitas y los dominicanos sobre las mismas misiones y, además, las piezas relativas a la reorganización de la misión en 1775, todos en nuestro archivo privado). El padre Ramírez, autor del informe citado, era procurador de las misiones. Una circunstancia debe no olvidarse, y es el abuso cometido por los recaudadores de tributos, quienes exigían que el mismo misionero cobrara el tributo a los indios de Canelos, cosa odiosa y contra la cual reclamaron los dominicanos, aunque no siempre con buen éxito.

 

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Por Cédula de 25 de julio de 1771, los pueblos de Mainas debían ser gobernados, según el mismo sistema adoptado para los de los guaraníes, chiquitos y moxos. En Cédula de 12 de julio de 1790 se dispuso que volvieran los franciscanos a hacerse cargo de las misiones de Mainas.

Sobre el estado de las misiones de los franciscanos en el Marañón tenemos un documento muy autorizado, se titula Estado de las Misiones de Mainas sujetas al obispado de Quito y encargadas a los padres de San Francisco; es un informe, trabajado de orden del obispo Cortés, por el padre fray Mariano Aguilera, superior de las misiones, y está firmado el primero de noviembre de 1798, en Santiago de la Laguna. Según este informe, no había más que 4455 adultos en toda la misión. (Este documento autógrafo es de nuestro archivo privado).

En 1798 fueron enviados de Quito diez clérigos sacerdotes a las misiones de Mocoa y Sucumbíos, pero ninguno de ellos permaneció en el pueblo que le fue señalado: faltó de parte de algunos la obediencia y sujeción al Superior; otro se enfermó, y uno murió. En el camino supieron la noticia de la muerte del ilustrísimo Cortés, y de ahí algunos de ellos se tornaron a Pasto. (Poseemos acerca de este suceso una documentación completa en nuestro archivo privado).

En cuanto a las misiones de los mercenarios en el Putumayo, nos bastará citar el testimonio del Provincial de la Merced: en un informe, que, el mismo año de 1797, dio al obispo Cortés se expresó así:

Aun cuando mi antecesor el Rdo. Padre Maestro Fray Pedro Garcés de Aguilar expidió una patente circular el año de noventa y tres, a fin de que leída en cada uno de los conventos de esta Provincia e inteligenciados todos los religiosos del motivo de ella viesen si se animaban a seguir con la misión de Putumayo, aunque hizo los últimos esfuerzos no halló religiosos voluntarios que quisiesen adelantar las conquistas de aquella misión: el mismo año compelió a los Padres de la Recolección del Tejar y conminó con la última amenaza se dispusiesen para elegir de ellos los necesarios para, dicha misión, y respondió el Comendador de la Casa, con fecha de once de Marzo de 93, no tener obligación alguna para permanecer ni seguir con la misión etc.



Este provincial era el padre fray Toribio Calderón; Mayo 2 de 1797, en Quito. (Documento autógrafo de nuestro archivo privado, en el cual poseemos otros relativos a este mismo asunto). Los padres mercenarios que se emplearon en las misiones del Putumayo no fueron más que seis, incluso dos legos: el padre fray Ignacio Soto permaneció diez años, y los hermanos legos Jacinto Márquez y José Molineros murieron ambos en la misión.

De los que actualmente existen en esta Casa (decía el Comendador del Tejar en 1797) no encuentro un solo religioso que pueda emprender semejantes misiones; pues habiendo de ser idóneos los que se nominasen, como así me lo ordena prudentísimamente V. P. M. R., no hay uno solo que tenga tan indispensable y necesaria cualidad.



Carta del padre fray Mariano Ontaneda al Provincial de la Merced; el Tejar, 2 de agosto de 1797. (Autógrafo de nuestro archivo privado)..

Documentos relativos a las misiones de Mocoa y Sucumbíos. (Archivo de la Curia Metropolitana de Quito). El año de 1797 se le mandó al Obispo de Quito que diera un informe circunstanciado acerca del estado de las misiones; y, para emitir ese informe a la corte, pidió datos el Obispo a los prelados regulares de Santo Domingo, de San Francisco y de la Merced.

Haremos aquí una comparación entre los datos más seguros que poseemos acerca de las misiones de Mainas, en tres épocas sucesivas, para que se conozca la progresiva decadencia de ellas.

El año de 1746 había: Pueblos 24; catecúmenos 2939; 27 bautizados, 9970; total 12909. Según el informe del doctor Riofrío y Peralta.

El año de 1786 había: Pueblos 22; habitantes, 9111. Según la Descripción de Requena.

El año de 1798 había: Pueblos 22; habitantes, 4455. Según el informe del padre Aguilera. La decadencia era manifiesta.

En la llamada gobernación de Quijos y Macas, según el informe del mismo Doctor Riofrío y Peralta se numeraban las siguientes poblaciones:

Papallacta, con 123 habitantes.

Maspa, con 44; Baeza con 20; Ávila, 270; Concepción, 208; Loreto, 162; San Salvador, 126; Mote, 46; Cotapino, 40; Santa Rosa, 65.

Archidona, 565; Misagualli, 76; Tena, 67; Napo, 432; Siecoya estaba desierto; Necoya, 30; San Pedro de Aguarico, 78; San Estanislao, 108; San Luis Gonzaga, 68; Santa Cruz, 80; Nombre de Jesús, 125; San José, 184; el Nombre de María, 64; San Javier, 144; San Juan Bautista, 45; la Reina de los Ángeles, 61; San Ignacio, 113.

En 1754 a media legua de la aldeíta del Napo estaba el Real de Mainas con 53 negros; era propiedad de tres vecinos de Quito a saber: don Juan Ventura Tejada, don Lorenzo Nates y don Juan de la Hacha. (Informe de don José Basabe, gobernador de Macas: 1.º de mayo de 1754. Inédito en el Archivo de Indias en Sevilla).

 

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Entre los documentos de nuestro archivo privado poseemos una copia del Diario del padre fray José Prieto a las montañas de Gualaquiza, en busca de las ruinas de la antigua ciudad de Logroño, acerca, de la cual se empezaron a divulgar en Cuenca noticias fabulosas, que enardecieron no pocas cabezas. Según se deduce de la relación del padre Prieto, los jíbaros, por una tradición constante trasmitida de padres a hijos, sabían dónde había estado la ciudad; y, en un sitio poblado de naranjos entre los ríos Bomboiza y Jambibiza, le decían al Padre: «aquí están sepultados los blancos, tus antepasados». (En el Real Archivo de Indias en Sevilla existen documentos inéditos sobre los trabajos, que algunos vecinos de Cuenca emprendieron para descubrir las ruinas de la antigua ciudad de Logroño).

Este padre Prieto, fundador de Gualaquiza, es el mismo que fue cura de Baños: salió de allí y se fue a Lima a consecuencia de sus disgustos con el Obispo de Mainas, y de Lima vino a Cuenca para buscar las ruinas de Logroño. En cuanto a la destrucción de esta ciudad, no es exacto que en ella haya habido monjas, pues no se fundó convento ninguno ni de frailes ni de monjas. (Poseemos muchos documentos fidedignos sobre este asunto). La riqueza de los lavaderos de oro es indudable.

 

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En nuestro Estudio histórico sobre los cañaris, antiguos pobladores de la provincia del Azuay, describimos el carácter y las costumbres de los jíbaros, y no creemos necesario repetir lo que en esa obra consignamos: fue publicada en Quito, el año de 1878. No obstante, como fuentes de nuestra narración, además de los autores citados en los capítulos que preceden, enumeraremos aquí los siguientes:

Orbigny, Alcides, El hombre americano (El tratado sobre la raza brasilio-guaraní: segundo volumen de la edición de 1839). En francés.

Santa Anna Nery, El país del Amazonas (El capítulo séptimo de la segunda parte). Ésta es, a nuestro juicio, una de las obras mejor escritas sobre el Brasil. París, 1885. El autor es nativo del Brasil, pero su obra fue escrita en francés.

Walter Bates, El naturalista en el río de las Amazonas (Londres, 1864). En inglés: muy digna de ser leída para formar concepto del escenario, dirémoslo así, en que sucedieron los hechos narrados en este libro de nuestra Historia.

Bertillon, Las razas salvajes (Estudio de Etnografía moderna; en francés). En una de sus láminas presenta la figura de una cabeza achicada por los jíbaros de Gualaquiza; pero nos parece que escribe mal el nombre de ese curioso objeto, el cual no se llama chancha, sino zansza en jíbaro.

Memorias de los virreyes del Perú (En la edición de Lima, tomo sexto, 1859. La relación del virrey don Francisco Gil de Taboada y Lemos).

En el diario, que escribió el padre Prieto, de su viaje en busca de las ruinas de Logroño, hay acerca de la tribu de los jíbaros de Gualaquiza una corta pero interesante descripción, la cual fue publicada por el padre Compte en el Tomo segundo de sus Varones ilustres de la Orden Seráfica en el Ecuador.

 

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Sobre la costumbre, que de comer tierra tenían algunas de las tribus salvajes de la región amazónica existen documentos muy fidedignos; nosotros presentaremos aquí uno, inédito, de un testigo de vista; el caso sucedió a fines del siglo antepasado con los jíbaros moradores de la comarca de Zamora. En el Diario de la expedición, que por orden del Presidente de Quito hizo a las jibarías de Zamora don Manuel Vallano y Cuesta, corregidor de Loja, en el mes de agosto de 1785, se lee lo siguiente: «Celebrando el Comandante Corregidor una de sus ollas (ollas de los jíbaros, porque la escena fue en la casa de éstos), se le fue al suelo, quedándose con el pedazo en las manos, y recibió por ello grande pesar, según la delicadeza y amor con que los trataba. Los infieles festejaron mucho el caso, y en el momento se repartieron los cascos de la olla quebrada entre cuatro que se hallaban presentes, y se los comieron con mucha frescura y risadas, dejándonos espantados del paradero que vino a tener la vasija». (Expediente para averiguar la salida de algunos indios infieles a la doctrina de Zamora. Inédito, en nuestro archivo privado: tiene un mapa del sitio de Zamora, al oriente de Loja).

 

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Hervás, Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas (Volumen primero, Lenguas y naciones americanas, Tratado primero, Capítulo quinto). Diez y seis lenguas matrices enumera Hervás en sólo el gobierno de Mainas y la misión del Napo: los datos los tomó de los jesuitas españoles y americanos, que, después de la expulsión, estaban residiendo en Italia.

Castelneau, Expedición a las partes centrales de la América del Sur (Historia del viaje, Tomo sexto. En francés). Contiene vocabularios de los idiomas de varias tribus salvajes del Amazonas.

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