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Parece que las principales lenguas que se hablaban en el territorio de las misiones de Mainas eran la omagua, la icaguata, la yamea, la iquita y la quichua o del inca, según se deduce de los catecismos, que de la doctrina cristiana en esas lenguas habían compuesto los misioneros y guardaban manuscritos para el desempeño del sagrado ministerio. Poseemos un ejemplar de cada uno de esos catecismos: el manuscrito perteneció al padre De Franciscis, siciliano, el cual, cuando la expulsión, era misionero en Mainas.
El padre Guillermo D'Etre refiere que él tradujo el catecismo a diez y ocho lenguas, y pondera cuán difícil era administrar a los indios el sacramento de la Penitencia, pues algunas parcialidades eran tan salvajes, que en su rudimentaria aritmética apenas sabían contar hasta cinco o, cuando más, hasta diez, valiéndose de los dedos de las manos; y, para sumar veinte, se sentaban en el suelo y se servían de los dedos de los pies.
Con el fin de ilustrar lo que acabamos de decir en el texto respecto de la lengua del inca y del modo cómo la solían hablar, en las misiones del Marañón, pondremos aquí el padre nuestro, tal como lo enseñaban los jesuitas al tiempo de su expulsión.
Compárese este padre nuestro no sólo con el del dialecto cuzqueño, sino con el del dialecto quiteño, y se notará la diferencia del uno respecto de los otros; y hay que advertir, que en las misiones del Marañón había parcialidades, para quienes en la misma lengua del Inca tenían los jesuitas otro catecismo con sus variantes.
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Los indios del Napo lo único que encuentran apetecible en Quito es el aguardiente, mizchqui trago, el aguardiente sabroso, como ellos dicen, con una concordancia híbrida en quichua y castellano.
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En una nota del Tomo quinto de esta misma Historia general de la República del Ecuador, citamos las terminantes disposiciones del Gobierno Español para que, como medio de civilización, se introdujera la lengua castellana entre los indígenas, procurando que, abolidos poco a poco los idiomas americanos, llegaran los indígenas a tener la lengua castellana como lengua materna suya; y de tan sabias disposiciones no fueron exceptuados, ni podían serlo, los indígenas de Mainas y del Napo. Gran honra es para los Reyes de España el haber dado unas disposiciones tan atinadas, y recuérdese con cuánto empeño mandaban que se abriesen escuelas para los indios, y cómo recomendaban que se les enseñara a leer y a escribir en castellano; mas, por desgracia, disposiciones tan ilustradas quedaron sin cumplimiento, y las tribus indígenas del Marañón se hundieron de nuevo en el salvajismo.
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La severa imparcialidad con que escribimos la historia, exige que hagamos aquí una observación muy oportuna. Ni en los tiempos de mayor auge y predominio de los jesuitas les fue del todo favorable la opinión pública, en cuanto a su sistema de misiones; antes, consta evidentemente que en la colonia hubo división de pareceres; y el aislamiento de los indios y la exclusión de los blancos dieron ocasión a interpretaciones muy adversas a los padres de la Compañía de Jesús. En el pleito de los jesuitas con los dominicanos en 1684, el padre fray Pedro de la Barrera, procurador de los dominicanos, denunció ante la Audiencia dos puntos, los cuales dijo que eran de pública voz y fama; esos puntos eran el aislamiento de las misiones y la extracción sigilosa de oro de aquellas comarcas. En los autos está la vindicación presentada por el procurador de los jesuitas, y de ese mismo documento se deduce que en Quito había diversidad de pareceres respecto al sistema de misiones planteado y sostenido por los jesuitas.
La opinión de los más altos magistrados del tiempo de la colonia, asimismo consta por documentos auténticos, que era adversa al sistema de misiones, cuya esterilidad estaba demostrando una experiencia secular. Merecen leerse y estudiarse las Memorias de los Virreyes del Nuevo Reino de Granada y, principalmente, la del virrey Ezpeleta.
Estas memorias están publicadas por la imprenta, y las hemos citado ya antes en otra nota de este mismo capítulo.
Conocida es también la opinión del célebre Barón de Humboldt sobre el sistema de misiones seguido por los capuchinos del Orinoco, y ese sistema no era sino el mismo de los jesuitas, sin algunas de las notables prendas personales que siempre adornaban a éstos.
Humboldt, Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente (Libros primero y segundo).
Amat, Véase la Memoria de este Virrey del Perú, en el Tomo cuarto de la Colección de las memorias de los Virreyes del Perú. Edición de Lima, 1864.
Moreno y Escandón, Estado del Virreinato de Santa Fe del Nuevo Reino de Granada (Esta relación se publicó el año de 1886 en Madrid, en el Tomo 85.º de la Colección de Documentos inéditos para la historia de España, y es la misma que, como anónima, se hallaba ya impresa en la colección del señor García y García, dada a luz en Nueva York en 1869, como lo hemos indicado en una nota anterior. Las variantes son insignificantes y dependen de los códices según los cuales se hizo la impresión. La fecha de este documento es la de 1772 y no la de 1782; la relación o memoria se hizo en nombre del virrey Mesía de La Cerda).
Para mayor abundamiento citaremos las palabras textuales del Virrey del Perú y de los dos Virreyes del Nuevo Reino de Granada.
El virrey Ezpeleta se hace cargo del juicio que, en cuanto al sistema de misiones practicado por los jesuitas y otros religiosos, formó el eminente señor Caballero y Góngora, Arzobispo y Virrey de Bogotá, y luego se expresa así:
Apoyado en este dictamen, cuyo autor no puede ni debe parecer sospechoso en la materia, me atrevo a afirmar que, mientras no se varíe de método, si es que una pura rutina demasiado desacreditada por la experiencia merece este nombre, se gastará en vano el tiempo, el caudal, las providencias, y cuanto no sea dirigido a establecer una entera reforma, que bien podía lograrse por medio de instrucciones dispuestas con los conocimientos que ya hay, y los demás que debían adquirirse para formarlas.
Transcribimos en seguida las palabras del virrey Mesía de la Cerda; dicen así:
El juicio del virrey Amat es más franco y más decisivo. Helo aquí:
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Las continuas invasiones de los portugueses les obligaron a los jesuitas a solicitar del Real Consejo de Indias algunas medidas para defensa de las misiones; estas medidas fueron tres: pronto y definitivo arreglo de límites con Portugal; un buen camino a las misiones y fuerza armada para defender los pueblos ya formados. Unos cien hombres provistos de armas de fuego: estos cien hombres debían ser los mismos indios, con cabos españoles o mestizos, y las armas debían enviarse de España. El Consejo no concedió esto.
En cuanto al camino, se aprobó el proyecto de abrirlo por Baños y Canelos, y, en efecto, lo abrieron los jesuitas por fortuna, tenemos un itinerario de él, descrito por el padre Sequeira, franciscano de Quito, que por esa vía bajó al Marañón, en su viaje a Roma, para asistir al Capítulo General que celebraban los franciscanos en 1751. (Documentos existentes en nuestro archivo privado, en el cual poseemos el original del Viaje del padre Sequeira).
El día 10 de junio de 1743 acordó el Consejo de Indias que se oyera el dictamen de los procuradores de la América Meridional sobre dos puntos: la introducción de los portugueses del Brasil en tierras del dominio de Castilla, y la parte por donde convendría abrir un camino para entrar a las misiones del Marañón. Concurrieron los padres Pedro Ignacio Altamirano, procurador general y encargado de representar a Bolivia y al Perú (Charcas y Lima); Juan José Rico, procurador del Paraguay; y Tomás Nieto Polo del Águila, procurador de Quito; asistió también el padre Pedro Fresneda, de la misma compañía, el cual desempeñaba el cargo de Cosmógrafo mayor de Indias. Presidió en la Junta don José de la Quintana. Las conferencias duraron hasta fines de julio, y el 7 de agosto emitió su dictamen el Presidente de la Junta. En cuanto al camino, se acogió el proyecto del padre Nieto Polo, y se resolvió que se abriera por Baños y Canelos.
El camino por Jaén de Bracamoros era muy dilatado, y el temido paso del Pongo de Manseriche lo había hecho casi impracticable: el camino de Archidona era lleno de vueltas y rodeos y, además, peligroso, porque los omaguas, (que eran los piratas del Marañón), infestaban el Napo, cuya navegación con ese motivo se había hecho muy arriesgada; la entrada por Latacunga, faldeando el Cotopaxi, se había abandonado, pues era molesta sobre toda ponderación, a causa del descenso brusco de la cordillera, de los muchos pantanos y lo desierto de esa vía. La salida era todavía más peligrosa, pues los indios morían pasando casi repentinamente del calor sofocante del arcabuco, al viento helado del pajonal; por Baños se iba gradualmente cambiando de temperatura. Esta vía fue la que se prefirió, y así el año de 1732 se comenzó el trabajo de la apertura y composición del camino; de Ambato a Patate, de Patate a Baños, de Baños a Canelos; se gastaban ocho días y se podía caminar a bestia; el embarcadero estaba en el Topo. Este camino tenía un obstáculo, que lo hacía temible, y era una cuesta de quince leguas sobre el Pastaza, muy peligrosa, pero se la podía evitar trazando el camino por otra dirección. (Documentos sobre exoneración de tributos a veinte indios de Canelos, por diez años, para que cuiden de la conservación del camino desde Canelos al Topo; inéditos en nuestro archivo privado). Según se deduce de estos documentos, la apertura del camino de Baños a Canelos comenzó diez años antes de que el Consejo resolviera autoritativamente, que la entrada a las misiones del Marañón se hiciera siempre por ese camino; la cédula de expulsión les sorprendió a los jesuitas ocupados en la apertura del camino, cuya necesidad era imposible no reconocer.
Tres caminos había para entrar de la meseta interandina en la región montañosa de la banda oriental: el primero por Santiago de las Montañas, para atravesar la temida canal del Pongo de Manseriche; el segundo, por el gobierno de Quijos, para embarcarse en el Napo, y el tercero por Baños y Canelos, siguiendo con dirección al oriente, por la base del Tunguragua; todos tres caminos tenían dificultades y peligros, pero el menos dificultoso y peligroso les pareció el tercero, y por sólo ese comenzaron a trajinar últimamente y aun emprendieron en la obra de componerlo y mejorarlo a su costa. La expulsión los sorprendió luchando todavía con las graves dificultades de la entrada a la montaña y al territorio de sus amadas misiones.
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No era solamente la diversidad de las lenguas lo que conservaba divididas a las tribus indígenas salvajes; era también el carácter moral de ellas lo que las dividía y envolvía en una guerra perpetua. La vida miserable, retirada en el fondo de montañas seculares, donde la exuberancia de una vegetación vigorosa condenaba a los indígenas al más completo aislamiento, contribuía poderosamente a desenvolver los instintos egoístas, en que es tan fecundo el corazón humano, y de ahí el odio de unas tribus contra otras: aun convertidas al cristianismo se conservaban en secreto rivales entre ellas. En las cualidades mismas naturales de los salvajes había gran diversidad: unos eran alegres, comunicativos y sociables; otros melancólicos, taciturnos y acedos. ¿Cuánta diferencia, no había, por ejemplo, entre los omaguas, de índole suave, y los cocamas, de carácter duro, envidioso y reservado? Algunos años antes de la expulsión ya los mismos jesuitas estaban convencidos de que las misiones no podían ni adelantar ni conservarse; sino mediante un buen camino y la introducción y manejo de armas de fuego; aunque esta convicción era solamente un tardío resultado de la dolorosa experiencia de la esterilidad de sus esfuerzos para defender las reducciones de las invasiones armadas de los portugueses, y no de los vacíos de que adolecía su sistema de misiones, por el cual los salvajes estaban condenados necesariamente al estancamiento en la vida social.
Por no carecer de algún interés, consignaremos aquí la noticia siguiente. El año de 1631, un tal Gaspar Chillan, de nación irlandés, solicitó del Gobierno español el permiso para pasar a América y establecer en el Marañón una colonia de ingleses e irlandeses católicos; elevó, con ese objeto, al Real Consejo de Indias tres extensos memoriales en tres distintas ocasiones; pero en todas tres la licencia solicitada le fue negada en absoluto, a pesar de que Chillan ofrecía poner en Madrid veinticuatro mil pesos en hipoteca y un hermano suyo en rehenes, para asegurar su fidelidad al Gobierno de Su Majestad Católica. (Documentos inéditos en el Real Archivo de Indias en Sevilla). La desconfianza de todo extranjero es uno de los más notables rasgos del Gobierno colonial: de tiempo en tiempo, el Rey hacía expulsar de sus dominios de Indias a todo eclesiástico y religioso extranjero, de cuya medida hay numerosos documentos. Véanse las Leyes de Indias.
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Hemos concluido la narración de todo cuanto en la historia de la región oriental ecuatoriana juzgábamos que debía ser narrado; y, con toda sinceridad y llaneza, hemos expuesto las causas, que, según nuestro juicio, contribuyeron a hacer estéril la obra evangélica de las misiones de los jesuitas en aquella región. Las misiones de los jesuitas del colegio de Quito en las comarcas montañosas de los valles trasandinos bañados por el Amazonas y sus caudalosos afluentes de la banda septentrional, son hasta ahora generalmente muy poco conocidas, a pesar de constituir una de las más imperecederas glorias de la antigua Compañía de Jesús; y así, casi nada han dicho acerca de ellas ni Henrion, ni Marshall, ni Baluffi, en cuyas obras se echa de menos el recuerdo, que con elogio debe tributar la Historia a una labor tan penosa, emprendida con gran celo y continuada con abnegación admirable, durante más de un siglo.
Marshall, Las misiones cristianas (El autor fue inglés; nos referimos a la traducción francesa, anotada por monsieur Waziers, París, 1865).
Henrion, Historia general de las misiones desde el siglo duodécimo hasta nuestros días (Edición castellana Barcelona, 1863).
Baluffi, La América un tiempo española, considerada desde el punto de vista religioso (En italiano. Ancona, 1844). Citamos ya esta obra en el tomo quinto de esta misma Historia.
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Como las noticias geográficas acerca de los territorios orientales ecuatorianos son tan escasas y tan poco conocidas, opinamos que no es inoportuno hacer aquí mención del mapa, que de esos territorios levantó en 1847 el viajero italiano Osculati. En ese mapa se encuentra una delineación prolija del curso del Napo, del Curaray y del Aguarico, y se marcan las divisiones de Macas y de Canelos; se señala además el sitio de residencia de algunas tribus salvajes.
Osculati, Exploración de las regiones ecuatoriales a lo largo del Napo y del Amazonas (Segunda edición. Milán, 1854). En italiano. Pudiera compararse el mapa de Osculati con la descripción, que de Macas, Canelos y Quijos hace Alcedo en su Diccionario geográfico de América.