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La vida del padre Luis de Aranda Valdivia la escribió el célebre padre Luis de Valdivia, que era pariente del padre Martín. De los datos suministrados por esta primera biografía, han tomado después los demás autores cuanto dicen del padre Aranda Valdivia.

NIEREMBERG, Varones ilustres de la Compañía de Jesús, (Tomo cuarto en la nueva edición, Bilbao, 1889).

OLIVARES, Historia de la Compañía de Jesús en Chile, (Capítulo primero § XV. Capítulo cuarto, párrafos IV, V y VI).

OVALLE, Histórica relación del Reino de Chile, (Libro séptimo, Capítulos 4.º, 5.º, 6.º y 7.º). Citamos la edición de Roma, en la que hay dos capítulos quintos, y dos capítulos sextos, sin duda por yerro de impresión.

ROSALES, Historia general del Reino de Chile. (Tomo segundo, Libro sexto, Capítulo XIV).- Entre los documentos que cita el historiador Rosales, y también Ovalle, hay una carta del padre Diego de Torres, superior de los jesuitas en Chile, acerca de la muerte del padre Martín de Aranda Valdivia: añade Rosales, que, consultado el insigne teólogo Suárez sobre esta muerte, opinó que había sido un verdadero martirio.

El señor don Diego Barros Arana dice que el padre Aranda nació en Osorno; pero tanto el padre Ovalle como el padre Nieremberg le dan por patria y lugar de nacimiento a Villarrica; según el mismo autorizado historiador, Aranda tenia cuando murió 53 años de edad y estaba emparentado con don Pedro de Valdivia, el célebre conquistador de Chile.- El padre de Martín de Aranda fue el capitán Pedro de Aranda Valdivia, sobrino de la mujer del conquistador, y llegó a Chile en 1553.

BARROS ARANA, Historia general de Chile, (Tomo cuarto, Parte cuarta, Cap. 2.º).- El padre Lozano en su Historia de los jesuitas en el Paraguay habla del padre Aranda y del caso del luterano sucedido en Riobamba, incurriendo en graves equivocaciones.

El hermano Montalván, que fue asesinado juntamente con los padres Aranda y Vechi, según algunos escritores era español; según otros, quiteño: parece que fue enviado desde esta ciudad con la gente que se solía mandar a Chile. Lo cierto es que era soldado y joven, que pidió ser admitido en la Compañía de Jesús y que el padre Valdivia lo recibió en el noviciado, le dio la sotana y lo adjuntó a los dos misioneros, para que los acompañara y sirviera.

 

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En el archivo del monasterio de la Concepción de la moderna ciudad de Riobamba existe, una copia antigua de las informaciones, que se recibieron acerca de este hecho. Una de las personas que declaran es la misma doña Inés Toscano, en cuyas palabras se trasluce una sencillez candorosa y la mayor sinceridad: los declarantes son ocho, todos testigos de vista incluso el mismo sacerdote que celebraba la misa. Las informaciones se recibieron en la misma ciudad de Sevilla del Oro, en diciembre de 1594. La copia es de 1612. En la Descripción de la Provincia de los Quijos, hecha por el Conde de Lemus, (Relaciones geográficas de Indias, Tomo primero. En la introducción), se habla también de la imagen de Nuestra Señora de Macas, pero la relación de la transformación de la estampa difiere sustancialmente de la que hemos hecho, apoyándonos en las declaraciones de los testigos oculares del suceso: nos atenemos a estas declaraciones.

Cuando a fines del siglo pasado se destruyó la antigua Riobamba, se arruinaron también el convento y la iglesia de la Concepción, pero la imagen de Nuestra Señora de Macas fue sacada de entre los escombros y llevada a la población, que se formó de nuevo: allí se colocó en la iglesia del convento de las monjas edificado en la ciudad nueva; donde permaneció hasta el año de 1830, en el cual los habitantes del pueblo de Macas reclamaron su imagen, y la autoridad eclesiástica mandó devolvérsela.

El hecho de la renovación de la imagen no tiene nada de imposible, reconociendo la intervención sobrenatural de la Providencia; sin embargo, nosotros nos abstenemos de calificar el hecho sucedido con la estampa de Macas, porque no nos es lícito pronunciar nuestro juicio acerca de él. ¿Sería un milagro? ¿El efecto sería producido por causas meramente naturales? No somos nosotros quienes debemos decidirlo: la iglesia católica sería la única que podría pronunciar un juicio definitivo sobre este punto.

 

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Respecto de la imagen de Nuestra Señora del Quinche, pueden consultarse la Relación anónima de la fundación de Quito y serie de los Obispos de esta ciudad, en el tomo cuarto de la Colección de Documentos literarios del Perú de Odriozola, y lo que refieren Rodríguez de Ocampo en su Descripción histórica del obispado de Quito, Azcaray en su Serie cronológica de los obispos de Quito, y finalmente la Historia de la imagen y del santuario del Quinche, publicada en esta ciudad, por un sacerdote el año de 1883, (Un volumen, en 16.º imprenta del Clero).

De Nuestra Señora del Cisne, nos dan noticias el anónimo adicionador de los Anales de Montecinos, y el padre Lucero franciscano, cuya relación copia textualmente el padre Córdoba y Salinas en su Crónica de los franciscanos en el Perú (Libro sexto, Capítulo undécimo). Aunque a primera vista hay contradicción entre las dos relaciones; no obstante, se pueden concordar muy bien. La imagen fue llevada de Quito, con la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe; el oidor Diego de Zorrilla dispuso que los indios del Cisne pasaran a Chucumbamba, y para obligarlos a obedecer, hizo que les quemaran las casas: los indios entonces cogieron la imagen y se trasladaron al punto que se les había señalado, pero con cuánta pena dejaban sus hogares fácil es calcular: llegar los huéspedes, y desencadenarse vientos impetuosos y huracanes en Chucumbamba todo fue al mismo tiempo; esto sucedió en más de una ocasión, pues, aunque los indios del Cisne regresaban a su antiguo lugar, las autoridades les obligaban a trasladarse a Chucumbamba; hasta que los habitantes de este último pueblo no los quisieron recibir, temiendo que otra vez hubiera vientos y tempestades. Tal es la leyenda tradicional relativa a esta sagrada imagen. Las tempestades de viento eran tan fuertes, se dice que tronchaban los árboles y arrebataban las cubiertas de las casas, dejándolas descobijadas.

 

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La iglesia de Santa Prisca estaba a la salida de la ciudad por el Norte, en el lugar en que ahora está el Seminario menor: ocupaba parte del área, donde se halla actualmente el bosque del colegio.- (Cedulario de la Corte Suprema, Tomo primero.- Cédula real: Madrid, 17 de noviembre de 1590).- Entre los cadáveres sepultados en ese lugar, recordemos que estaba también el de un hermano de Santa Teresa de Jesús, que pereció en la batalla de Añaquito.

 

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MONTECINOS, Anales del Perú, (Año de 1603, entre las adiciones, con que, en lo relativo a Quito, ha sido enriquecido el manuscrito, que se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid, del cual poseemos nosotros una copia. Las adiciones son de autor desconocido, y, por eso, nosotros en otros lugares de esta Historia las hemos citado indicando, que son noticias del Adicionador anónimo de los Anales de Mortecinos).

 

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Descripción de la provincia y ciudad de Guayaquil. (Documentos sobre América, Tomo nono, en la Colección de Torres Mendoza).- En Guayaquil había también una casa de piedra y adobe: era la de don Diego de Navarrete, español, el cual vino al Ecuador en 1550, y desempeñó por muchos años el cargo de escribano del Cabildo y notario del registro y despacho de navíos.

 

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Hubo negros en Quito desde que se fundó la ciudad: en el acta de la fundación se cuentan dos negros entre los primeros pobladores de la ciudad.- Cuando la batalla de Añaquito, Gonzalo Pizarro tuvo entre la gente de su bando muchos negros, los cuales fueron los que cometieron tantas crueldades con los heridos de la tropa del Virrey.- Don Pedro de Alvarado trajo un número crecido de negros en su ejército expedicionario; varios murieron en el paso de la cordillera, y otros se quedaron en estas provincias con sus amos. De las informaciones presentadas por los conquistadores y primeros pobladores de Quito consta, que algunos de ellos, como el capitán don Diego de Sandoval, por ejemplo, vinieron con sus armas, su caballo y sus esclavos y esclavas para el servicio de su persona.

 

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Las disposiciones reglamentarias acerca de los negros eran las siguientes.

Les era prohibido llevar o tener armas; usar de seda en su vestido; tener joyas de oro, de plata, y perlas o piedras preciosas.

No podían andar libremente por la noche. No se les permitía vivir entre los indios, ni menos tener por sirvientes indios o indias.- Sin comentarios ningunos, copiaremos aquí, textualmente, con toda su crudeza, una disposición municipal del cabildo de Quito, relativa a los negros. Dice así: «Los dichos señores dijeron que mandaban y mandaron que se apregone públicamente en esta villa, que cualquier negro que se fuere de poder de su amo y estuviere huido seis días haya e incurra en pena que le sea cortado su miembro con sus compañones, e por la segunda vez que se fuere e estuviere este dicho tiempo huido incurra en pena de muerte corporal». Libro verde o primero de actas del Ayuntamiento de Quito, martes, 6 de marzo de 1538.

Mas no se crea que semejantes disposiciones hayan sido expedidas arbitrariamente por el cabildo de Quito, pues estaban fundadas en las cédulas reales, que se habían promulgado sobre esclavos en las colonias americanas. Véase a SACO, Historia de la esclavitud de la raza africana en el Nuevo Mundo y especialmente en los países hispanoamericanos. Es el tomo cuarto de la obra del autor sobre la esclavitud.

 

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Cedulario de la Municipalidad de Quito, (Volumen primero, 1567-1680, El Pardo, 10 de diciembre de 1578).

 

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Colección de actas originales del Cabildo de Quito, (Archivo de la Municipalidad de Quito, Libro tercero, años de 1593 a 1597).