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CALANCHA, Crónica moralizada del Orden de San Agustín en el Perú, (Libro tercero, Capítulos 31, 32, 33 y 34).

PORTILLO, Crónica espiritual agustiniana, (Tomo segundo. Mes de junio, día 24). El propio apellido del señor Coruña era Gormaz; tomó el de Coruña, por ser nativo de la villa de Coruña del Conde en el obispado de Osma en Castilla la vieja.

El P. Grijalva en su Crónica de los religiosos agustinos en Nueva España, habla largamente del P. Coruña, refiriendo los hechos de la vida del Obispo, correspondientes a los años que vivió en Méjico, lo cual no hace a nuestro propósito. En cuanto al año y a la fecha y lugar de su muerte, nos apoyamos en documentos oficiales, que la fijan terminantemente en el día, año y lugar expresados por nosotros en el texto de nuestra narración. Queda, pues, así rectificado lo que escribimos antes en el Tomo primero de nuestra Historia eclesiástica del Ecuador.

 

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Alguna variedad ha habido en punto al verdadero lugar del nacimiento del señor San Miguel, pues unos lo han hecho nativo de Vergara y otros de Salamanca; no obstante, la siguiente carta del mismo Obispo al Rey no deja duda a este respecto, dice así: «Yo tomé el hábito en San Francisco de Salamanca, de donde soy natural: mi padre se llamaba Antonio de Avendaño, y mi madre era de Ledesma, llamábase Joana de Paz» (Carta al Rey, escrita de Lima, el 20 de diciembre de 1563, Archivo de Indias en Sevilla).

 

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Esta fecha consta de las actas originales de la toma de posesión, las cuales se encuentran en el Libro segundo de actas del Cabildo eclesiástico de Quito, a que ya nos hemos referido antes.

 

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Así lo describe el cronista Lovera, que conoció personalmente a nuestro Obispo.

MARIÑO DE LOVERA, Crónica del Reino de Chile, (Libro segundo, Parte tercera, Capítulo 30), Colección de Historiadores de Chile, Tomo sexto.

 

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La biografía de este Obispo pertenece rigurosamente a la historia de la iglesia de Chile y, en efecto, ha sido escrita por los que han tratado de las cosas eclesiásticas de Chile. Entre los modernos, los historiadores Gay, Eyzaguirre y últimamente el Señor Errázuris han consagrado varias páginas de sus obras respectivas a este venerable Prelado.

CÓRDOVA Y SALINAS, Crónica franciscana de las provincias del Perú, (Libro segundo, Capítulo 4.º).

ERRÁZURIS, Los orígenes de la iglesia de Chile, Capítulo 16.º.

En cuanto a la fecha de su muerte, aunque podemos decir con precisión el año, no podemos determinar de la misma manera el día, pues consta que el 26 de octubre de 1590 no había llegado todavía a Guayaquil; y el 17 de diciembre, habiéndose congregado en Capítulo los canónigos, eligieron Provisor, por estar vacante el obispado y haberse celebrado ya las exequias del difunto Obispo, de donde se deduce necesariamente que debió haber muerto en el mes de noviembre. Alguno preguntará, tal vez, por qué el Ilmo. señor San Miguel tardó tantos días en llegar a Riobamba, no siendo muy considerable la distancia desde los pueblos de la costa a esta última ciudad. El infatigable Obispo se propuso venir practicando la visita en los pueblos del tránsito, es decir, que ejerció el ministerio pastoral en su nueva diócesis desde el instante en que puso sus pies en ella.

El padre Córdova en su Crónica, dice que el Obispo murió el 7 de noviembre de 1589: la data del año está errada. Nuestras fechas son las del segundo libro de actas del Cabildo eclesiástico, y para las demás noticias relativas a los funerales del Obispo nos apoyamos en el manuscrito del deán Solmirón.

También en la nueva elección de Vicario Capitular el Cabildo reservó a su autoridad la jurisdicción sobre ocho casos o puntos especiales.

 

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Es muy digna de llamar la atención la circunstancia siguiente, a saber, que los canónigos vuelvan a elegir de Provisor al mismo arcediano Galavís, a quien ellos mismos, en otra ocasión, habían depuesto de aquel cargo; todavía es más sorprendente una expresión, que leemos en el acta capitular del nombramiento: el acta dice que el licenciado Galavís fue elegido por los canónigos unánimes, nemine discrepante, en consideración a que antes había ejercido el tal cargo de Provisor con aprobación del Cabildo, del Clero y de la República. Confesamos que un historiador no puede menos de quedar confundido ante semejantes contradicciones, sin acertar entre ellas a discernir la verdad con la debida exactitud.

 

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Parece que en aquel tiempo solían, algunas veces, los canónigos someter a examen de ceremonias sagradas a los clérigos presentados por el Rey para las prebendas, pues a un cierto Zamora, antes de darle la institución canónica de una Ración, para la cual había sido presentado, le obligaron primero a celebrar la Misa mayor y los divinos oficios en presencia del Cabildo, y, como conociesen que era instruido en rúbricas, le dieron la institución canónica.

 

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CALANCHA, Crónica moralizada de la Orden de San Agustín en el Perú, (Libro tercero, Capítulos 26.º, 27.º y 28.º).

 

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Cuando se verificó la fundación de este monasterio, se hallaba ausente de Quito el Obispo, por lo cual los canónigos, reunidos en Capítulo, reclamaron contra la proyectada fundación, haciendo notar que no podía fundarse monasterio alguno, sin licencia previa del Ordinario, requisito canónico, que no se había cumplido todavía para la nueva fundación.

Hubo también nuevos disgustos con el obispo Peña, porque el Prelado reprobó que se hubiese mandado que los indios trabajaran, hasta los días de fiesta, en sacar oro de las minas, a fin de que los vecinos tuviesen con qué hacer más gruesas limosnas al recién fundado monasterio.

 

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No damos a este hecho mayor importancia que la que merece un acontecimiento histórico, de cuya verdad consta por los documentos contemporáneos, que actualmente tenemos a la vista. En la información seguida por orden de la autoridad competente, encontramos testimonios de personas respetables, así eclesiásticas como seculares: todos se limitan en sus declaraciones a testificar la verdad del hecho, sin pasar a la calificación de la naturaleza de él; respecto de la naturaleza del hecho, la autoridad eclesiástica guardó silencio. Sin embargo, no impidió que las religiosas, por su parte, todos los años en conmemoración de este suceso mandasen celebrar una misa solemne a la imagen de la Virgen con la que tuvo lugar este acontecimiento. La imagen se conserva todavía en el monasterio y la misa se solía celebrar todos los años hasta hace muy poco tiempo. El expediente original se guarda en el archivo del convento, y consta de las declaraciones juramentadas que se recibieron de las monjas y de otros testigos, examinados al efecto. El anónimo ecuatoriano adicionados a los Anales del Perú del licenciado Montesinos, refiere que en este mismo convento de la Concepción de Quito, sucedía una cosa singular, y era cierta señal, con cuyo medio conocían las monjas que alguna de ellas debía morir en breve: esta señal o anuncio consistía en unos cuantos golpecitos, dados a deshora por manos invisibles a las puertas de las celdas y principalmente en las rejas de los confesonarios. El anotador de Montesinos vivía en Quito el año de 1643.

La fundación del convento se verificó en tiempo del presidente García de Valverde.