«Había que tener también en cuenta el clima. Pueblo sureño, entre estribaciones de la cordillera, apegado a su flanco, los bosques empezaban casi en sus lindes, tan solo con la sierpe de los caminos abriéndose trabajosamente por ellos a golpe de hacha. El verano era apenas una súbita y apresurada tibieza, un despuntar de flores con tímido asombro, en breve y apretado canto de pájaros, impacientes para hacer que cupieran todos sus trinos en tan pocas mañanas, un instante para dejar que el sol pusiera rojo en las manzanas y en las mejillas juveniles, rubor que instaba a los dientes a buscar la pulpa de una fruta o de un beso. Lo demás era tiempo de humo, tiempo de neblina, tiempo de porfiada lluvia.
Humo de roces que ardían en la montaña, manera bárbara de conseguir campos de cultivo, hoguera próxima o lejana que anunciaba el desordenado revuelo de los pájaros, huyendo en imprecisas bandadas lastimeras. Luego aparecía el humo mismo, parado en el cielo fosco, lleno de cárdenos resplandores. La atmósfera se recalentaba entonces haciéndose irrespirable, hasta que llegaba el viento señor de los destinos. Tan aparentemente dueño de sí mismo el fuego, alimentado en su propia entraña elemental, y era tan sólo un siervo del viento que lo manejaba a su capricho, llevándolo hasta la ribera de los ríos a templar sus ardientes metales en las aguas, apagando en los anchos cauces sus fulgores de astro, que lo empujaba hacia la fatalidad dejando a su siga el tizón, las cenizas, esqueletos carbonizados de árboles y animales, que lo arrebataba contradictoriamente, rizando curvas en las que el azar danzaba frenético, aislándolo en regiones alucinantes de troncos ardidos que vociferaban sus estertores de resinas martirizadas, muriendo doblado sobre su propio corazón en ascuas, entre piedras y aguas, inmisericordes ante su desvelado rencor». |