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Humo hacia el sur [Fragmentos]

Marta Brunet





«María Soledad alzó los ojos del tejido y los fijó en doña Batilde, sorprendida por su largo silencio. La vio tiesa en el sillón, juntos los muslos, juntas las piernas, los pies unidos por los talones, volteadas las puntas de los botines de cuero basto. Sobre la exigua cintura, afinada y estéril, alzábase el busto con dureza de metales, anchos los hombros, apenas insinuada la leve comba del pecho, fuerte el cuello y la cabeza erguida de tan puro perfil que evocaba un camafeo, neta la nariz, hendiendo el aire la barbilla con firme curva. El pelo castaño, con ígneos matices de cobre, se peinaba simplemente sobre la coronilla, formando un moño del que mechitas rebeldes escapadas a su disciplina, desdibujaban pequeños ricillos sobre las sienes y la nuca. La piel era de tersa saludable elasticidad. Allí estaba rígida e inmóvil, adivinándose bajo esa actitud una fuerza flexible, un dinamismo renovado».



«María Soledad sentía una latente molestia al oírle repetir los mismos sórdidos consejos, los mismos reproches tan ciertos como gratuitos, mientras la veía, siempre tiesa en su silla, con el mismo traje color café, por ser el más sufrido, con los absurdos botines de cuero epicenos, con elástico a los costados y una huincha atrás y otra adelante para tirar de ellos y poder metérseles, hechos desde hacía treinta años por el mismo zapatero. Y persistiendo en su actitud de juzgadora inapelable del mundo, con los brazos cruzados sobre el pecho enjuto y las manos extrañamente hermosas, calcada toda ella sobre una especie de molde. Igual a como la había conocido ocho años antes, con su perfil para colocarlo sobre un ónice, sobre un azabache, sobre un esmalte. Era cansadora en su perfección, en su raciocinio inapelable, con su minuciosa exactitud de cronómetro insensible a toda angustia, a toda esperanza».



«Había que tener también en cuenta el clima. Pueblo sureño, entre estribaciones de la cordillera, apegado a su flanco, los bosques empezaban casi en sus lindes, tan solo con la sierpe de los caminos abriéndose trabajosamente por ellos a golpe de hacha. El verano era apenas una súbita y apresurada tibieza, un despuntar de flores con tímido asombro, en breve y apretado canto de pájaros, impacientes para hacer que cupieran todos sus trinos en tan pocas mañanas, un instante para dejar que el sol pusiera rojo en las manzanas y en las mejillas juveniles, rubor que instaba a los dientes a buscar la pulpa de una fruta o de un beso. Lo demás era tiempo de humo, tiempo de neblina, tiempo de porfiada lluvia. Humo de roces que ardían en la montaña, manera bárbara de conseguir campos de cultivo, hoguera próxima o lejana que anunciaba el desordenado revuelo de los pájaros, huyendo en imprecisas bandadas lastimeras. Luego aparecía el humo mismo, parado en el cielo fosco, lleno de cárdenos resplandores. La atmósfera se recalentaba entonces haciéndose irrespirable, hasta que llegaba el viento señor de los destinos. Tan aparentemente dueño de sí mismo el fuego, alimentado en su propia entraña elemental, y era tan sólo un siervo del viento que lo manejaba a su capricho, llevándolo hasta la ribera de los ríos a templar sus ardientes metales en las aguas, apagando en los anchos cauces sus fulgores de astro, que lo empujaba hacia la fatalidad dejando a su siga el tizón, las cenizas, esqueletos carbonizados de árboles y animales, que lo arrebataba contradictoriamente, rizando curvas en las que el azar danzaba frenético, aislándolo en regiones alucinantes de troncos ardidos que vociferaban sus estertores de resinas martirizadas, muriendo doblado sobre su propio corazón en ascuas, entre piedras y aguas, inmisericordes ante su desvelado rencor».







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