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31

Sin hablar mas que de terrenos incultos, se puede asegurar que pocas naciones los tendrán en mayor número que España, y las pruebas de esta triste verdad hormiguean en el expediente de Ley Agraria. Además de las 15.527 fanegas de tierra que se vendieron en el siglo pasado á Doña Ana Bustillo y Quincoces en el término de Jerez, y que dieron ocasion á pleitos tan reñidos y dispendiosos como contrarios al interés y á la fe pública, consta de ellos mismos que aun quedaban en aquel término inmensos baldíos. En el de Utrera, después de repartida por Don Luis Curiel á los principios de este siglo gran cantidad de los suyos, quedaron todavia mas de 21.000 fanegas de tierra baldia. En el de Ciudad-Rodrigo se cuentan 110 despoblados con 30.000 fanegas de tierra inculta. No es menor el de los del término de Salamanca, á pesar de los esfuerzos de su junta de repoblacion. ¿Y cuántos no serán los de Extremadura? Véase lo que dice Zavala de todos sus partidos: solo en el de Badajoz supone 26 leguas sobre 12 de ancho de terreno inculto, aunque bueno y cultivable, sin contar el monte bajo, que ocupa la tercera parte de la provincia. Pero, ¿qué mas? ¿No contiene Cataluña, la industriosa y rica Cataluña, 288 despoblados? Éstos sí que son bien claros testimonios del funesto influjo de nuestras leyes y nuestras opiniones. ¿Quién mirará sin horror y sin lágrimas tan vergonzoso abandono en medio de la pobreza y despoblacion de tan pingües territorios?

 

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Nam sine ludicris artibus, atque etiam sine causidicis, olim satis felices fuere, futuraeque sunt urbes; at sine agri cultoribus nec consistere mortales, nec ali posse manifestum est (Columela, in Prae.).

 

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Véase la ley 1.ª, título 31 de la partida II.

 

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De esta obra, trabajada de órden del señor Felipe II, habla Ambrosio de Morales en su Discurso de las antigüedades de España, y á él debemos la noticia no solo de que Pedro Esquivel se sirvió para las medidas del método de los triángulos, inventado por Juan de Reggio Montano, sino que fijó también el verdadero valor del pie español, y su relacion con el romano, por los mijeros de las antiguas vias militares, y que ademas inventó nuevos instrumentos para asegurar el resultado de sus operaciones. Pero cuál fuese éste lo prueba mejor el testimonio del célebre anticuario y matemático Don Felipe de Guevara, que es por cierto bien digno de copiarse. Hablando con el mismo monarca, y acordando la descripcion del orbe trabajada por Marco Agripa, y colocada en el pórtico de Octavia en Roma por su suegro Augusto, le dice así: «A imitacion de éste podria Vuestra Majestad, en el lugar que mas contento le diere, mandar pintar la descripcion de España que con órden y costa de Vuestra Majestad el maestro Esquivel, matemático insigne, trae ya al cabo. Porque es cierto que, aunque haya muchas cosas de que Vuestra Majestad pueda gloriarse, y con ellas perpetuar su nombre y fama, que no habria ninguna de las humanas que á este cuidado y magnificencia se le ponga delante si Vuestra Majestad fuese servido dar á los venideros impresa la razón, cuenta y diligencia con que esta provincia tan señalada se ha descrito con los auspicios de Vuestra Majestad. Vuestra Majestad tiene echado este cuidado aparte, el que otros príncipes podrian tener para no publicar tales cosas. Júntase á esto que sin encarecimiento se puede afirmar que después que el mundo es criado no ha habido provincia en él descrita con mas cuidado, diligencia y verdad, porque todas las demás que hasta ahora por Ptolomeo ó por otros están descritas, es muy cierto ser la mayor parte por relaciones de provinciales, ó tomándolas descritas unos de otros en la forma que las vemos. Por el contrario, la descripcion que Vuestra Majestad ha mandado hacer consta cierto no haber palmo de tierra en toda ella que no sea por el autor vista, andada ú hollada, asegurándose de la verdad de todo (en cuanto los instrumentos matemáticos dan lugar) por sus propias manos y ojos.» Véanse el citado discurso de Morales y los comentarios de la pintura de Don Felipe Guevara. Esta obra insigne á la muerte de Esquivel se entregó al señor Felipe II, pero ya no existe ó no se sabe de ella, y es por cierto bien difícil de decidir si será mas glorioso para nosotros haberla logrado y poseído que vergonzoso haberla perdido ú olvidado.

 

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Aunque la Agricultura de Herrera sea mas bien una compilacion que una obra original, debemos, no obstante, reconocer en ella tres circunstancias que la realzan y la recomiendan sobre cuantas produjo su edad. Primera, la inmensa lectura del autor, la cual no solo se prueba por las frecuentes citas que hace de todos los geopónicos conocidos en su tiempo, á saber: de los griegos Hesiodo, Teofrasto, Aristóteles, Dioscórides y Galeno; de los latinos Caton, Varron, Columela, Paladio, Plinio, Virgilio y Macrobio; de los árabes Averroes, Avicena y Abencenef, y de los modernos Crescencio, Bartolomé de Inglaterra, el Vicentino, etcétera, sino también por los largos pasajes que traduce ó extracta de ellos y que alguna vez impugna, y sobre todo por la seguridad con que los cita y supone haber leído, como prueba entre otros el siguiente lugar: «Yo bien pienso (dice al capítulo XXXIX del libro IV, hablando de las berengenas) que los moros las trajeron de allende, pues que en cuanto yo me acuerdo no he hallado palabra ni memoria de ellas en ninguno de los autores antiguos así griegos como latinos, ni aun en los modernos ni en los médicos, salvo en los moros, y esto hace, según yo pienso, no criarse ellas en tierras frias ni septentrionales.» Segunda, que hizo largos viajes, y acaso de propósito, en que observó los usos rústicos de otras naciones que propone como ejemplos, deponiendo muchas veces de haberlos visto, y señaladamente en el Delfinado y otras provincias de Francia, en la Lombardia y campaña de Roma, en el Piamonte y aun en Alemania. Tercera, que aunque sus conocimientos prácticos son mas señaladamente circunscritos al territorio de Talavera, donde tuvo su principal residencia, vió y observó también las costumbres rústicas del resto de España y aun las de los árabes granadinos, de cuyo floreciente cultivo habla siempre que la ocasion lo pide. Baste esto, que hemos querido decir en honor del primero de nuestros geopónicos, para recomendar el trabajo y el mérito de su excelente obra.

 

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Ya manifestó este mismo deseo el célebre Linneo (De fundamento scientiae oeconomicaet et physicae, et scientia naturali petendo) por estas palabras: Qui ecclesiis praeficiuntur, si scientiarum istarum lumine ipsi gauderent, brevi completam patriae nostrae cognitionem, immo summum perfectionis fastigium sperandum haberemus. Sobre este punto importantísimo debemos esperar muy abundante doctrina de una disertacion escrita por un sábio y celoso eclesiástico, y premiada por la Sociedad Vascongada, que va á salir al público.

 

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Véanse la ley 1ª, título XI, y las leyes VI y VII, título XX de la partida II, que son admirables y dignas de mejor siglo.

 

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Fué por estos tiempos muy plausible el celo de Juan Bautista Antoneli, que en una carta dirigida á Felipe II desde Tomar, en Portugal, en 22 de mayo de 1585, se ofreció á franquear la navegacion interior de toda España. No era ciertamente aquella sazon la que pudo prometer al reino tan señalado beneficio; pero prescindiendo de que la buena economia dictaba que se empezasen estas mejoras por la abertura de sus caminos, ¡cuán otros serian de lo que son su agricultura, su industria y su comercio si el gobierno, fijando las máximas de aquel célebre ingeniero, se hubiese armado de la constancia necesaria para ejecutarlas! Véase la carta de Antoneli en las obras de don Benito Bails, cuya doctrina anuncia á la nacion una mas segura esperanza de lograr algun dia la navegacion de sus rios y la apertura de sus canales (Elementos de Matemáticas, tomo IX, parte II).

 

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Seria increible, á no manifestarlo la experiencia, que los trigos de Beanzé y el Orleanois, distantes mas de 100 leguas del mar, llegan á Cádiz mas pronto y con una economia de 100 por 100 en el transporte, cotejados con los de Palencia, que solo distará 40 leguas de Santander. Véase la XXIII entre las excelentes notas del Elogio del conde Gausa, publicado por la Sociedad.

 

40

La historia de la navegacion del Tajo se podrá ver en las cartas del erudito jesuita Andrés Burriel, publicadas por don Antonio Valladares, en una escrita al señor Don Cárlos de Simon Pontero en 13 de septiembre de 1785, pág. 180.