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Vicio que reprueba Horacio, cuando dice:
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No se sujetaban a leer los historiadores y oradores, de donde podían tomar buenos y exquisitos modelos para escribir, sino que querían mejor seguir e imitar los ejemplares que yo había compuesto para su imitación. [Según noticia de] Rollin.
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Habla, como dice Rollin, de la costumbre que sin duda había en tiempo de Quintiliano de algunos maestros que iban enseñando la retórica de casa en casa, como nuestros leccionistas; los cuales en el método de enseñar se acomodaban al gusto de los discípulos o de sus padres. ¿Qué progresos harían estos tales?
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A este modo entre nosotros no se perdería el tiempo en una escuela de retórica leyendo a los discípulos uno de los muchos razonamientos que andan impresos en nuestra lengua: cuyos defectos (de que habrá bastante cosecha), bien notados, les darían una no mala idea de la elocuencia de que deben huir.
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Porque ya dijo poco antes que debía leerse alguna oración defectuosa, para que los discípulos se adiestren corrigiéndola.
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Yo no sé por qué no se practica este precepto de Quintiliano con nuestros niños desde que comienzan a leer. Si en lugar de Los Doce pares de Francia, Devoto peregrino, Cueva de San Patricio y otros libros en que se ejercitan para soltarse en la lectura, no menos noveleros que corrompidos en el lenguaje, manejasen la Guía de pecadores o la Oración y Meditación de Granada, las Cartas del Pulgar, los Diálogos de Pero Mejía, el Gracián, el Mendoza en su Guerra de Granada y otros, insensiblemente irían bebiendo la pureza del lenguaje castellano, y se fecundaría su memoria, que es el único ingenio que tienen entonces, de innumerables términos y voces que les servirían de no poca utilidad para el pleno conocimiento de la lengua: se proveerían de no pocas sentencias, de que podrían valerse con fruto en lo sucesivo.
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Cuatro eran los juegos sagrados entre los griegos, en que competían en honra de los dioses: nemeos, olímpicos, isthmios y pithioa, en los que había varias suertes de contienda, que fueron asunto de las odas de Píndaro.
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Con este Nicóstrato que, como dice Pausanias, era igualmente diestro e invencible en la lucha y en el pugilato, compara muy bien Quintiliano al que pretende ser orador consumado: pues como los oficios de éste son diversos, así como lo eran los ejercicios de la palestra, debe desempeñarlos todos con igual habilidad, si quiere triunfar de los corazones de los jueces y auditorio.
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[«rozamiento» en el original (N. del E.)]
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Apuestas entre los litigantes: pues como dice Caper, éstos se obligaban a pagar cierta cantidad, si no probaban su acusación o demanda. Esto estipulado, el que quedaba vencido en este juicio o acción, que Quintiliano llama sponsio, pagaba la multa.