1
Esta novela, publicada en 1929, tiene una segunda parte intitulada Los lanzallamas de 1931, a la cual nos referimos también en este trabajo. Las citas de los 7L. (abreviatura usada) son de la edición Losada, 1973. Para los Lzll., consultamos la edición de la Compañía Fabril Editora, 1972.
2
«... en su vida había una realidad ostensible, única, absoluta. Él y los otros. Entre él y los otros se interponía una distancia, era quizá la incomprensión de los demás, o quizá su locura»
(7L., 106).
3
En numerosos pasajes de la novela, se puede leer de manera clara el conflicto esquizoide en el que vive sumido el personaje: «Erdosain se sentía apiadado, entristecido hacia su doble físico, del que era casi un extraño»
(7L., 97) y también: «No podía reconocerse... dudaba que él fuera Augusto Remo Erdosain. Se apretaba la frente entre la yema de los dedos, y la carne de su mano le parecía extraña y no reconocía la carne de su frente, como si estuviera fabricado su cuerpo de dos sustancias distintas»
(7L., 58). (El subrayado es nuestro.)
4
Hemos recurrido varias veces a Laing que, por su enfoque «fenomenológico existencial de algunas personas esquizoides y esquizofrénicas», nos ha resultado muy cercano para entender el problema de Erdosain. Dice lo siguiente del esquizoide: «La palabra esquizoide designa a un individuo en el que la totalidad de su experiencia está dividida de dos maneras principales: en primer lugar, hay una brecha en su relación con su mundo y, en segundo lugar, hay una rotura en su relación consigo mismo. Tal persona no es capaz de experimentarse a sí misma 'junto con' otras o 'como en su casa' en el mundo, sino que, por el contrario, se experimenta a sí misma en una desesperante soledad y completo aislamiento». Laing R., El yo dividido. F. C. E., México, 1974, 13.
5
Levi-Strauss, C., Anthropologie structurale. Plon, París, 201.
6
«Esta zona de angustia era la consecuencia del sufrimiento de los hombres. Y como una nube de gas venenoso se trasladaba pesadamente de un punto a otro, penetrando murallas y atravesando los edificios, sin perder su forma plana y horizontal; angustia de dos dimensiones que guillotinando las gargantas dejaba en éstas un regusto de sollozo» (7L., 9).
7
Durand, G., La imaginación simbólica. Amorrortu, Buenos Aires, 1971, 12-13.
8
«¿De dónde sacaba ese hombre energías para soportar su espectáculo tanto tiempo? No hacía otra cosa que examinarse, que analizar lo que en él ocurría, como si la suma de detalles pudiera darle la certidumbre de que vivía. Insisto. Un muerto que tuviera el poder de conversar no hablaría más que él, para cerciorarse de que en apariencia no estaba muerto» (7L., 68-69). Laing señala que no hay que confundir esta tendencia a «percatarse de sí mismo» -propia del esquizoide- con una forma de narcisismo; añade que el «auto-escrutarse» a que se somete el individuo esquizoide le permite sustentar «una precaria seguridad ontológica» (op. cit., 108).
9
En ese mismo orden de ideas, el psicoanálisis ayuda a comprender el problema planteado por la imagen; la esquizofrénica tratada por la Dra. Séchehaye sólo puede explicar las imágenes -imágenes que cuando las vivía eran su única realidad- o traducirlas a otro lenguaje, una vez curada. Lo único que queremos enfatizar con el caso anterior, consiste en la necesidad de plantear las imágenes como pertenecientes a otro nivel de la narración más codificado y que por lo tanto corresponde a una zona inconsciente del núcleo afectivo. (Séchehaye, M. A., La realización simbólica. F. C. E., México, 1973, 141.
10
Durand, op. cit., 59-60.