121
Es muy sensible no poder hacer mención particular en este canto de los valientes generales y jefes, oficiales y cuerpos que se han distinguido en esa campaña memorable. Cada uno merecía un canto separado.
122
Alusión a los terribles ruidos que alternadamente, como grandes tiros de cañón, se oyeron por la noche en el mes de enero en los próximos días de la batalla.
123
Alusión a la notable circunstancia de haberse caído la santa imagen del Quinche en la solemne procesión que hizo el Gobierno revolucionario de Quito para obtener el triunfo.
En un manuscrito del archivo de la familia Pino Icaza se encuentran unos renglones de puño y letra de Olmedo que parecen un primer atisbo de las ideas del gran exordio de esta Oda:
| Osé inexperto | |||
| probé una vez el vuelo | |||
| remontar hasta el cielo. | |||
| Y fuese que impelido del viento | |||
| o por el enajenamiento de la embriaguez | |||
| que causa el júbilo de ver la patria libre | |||
| subí tan alto que no conocí la región en que me hallaba. | |||
| Vuelvo la vista atrás y me horrorizo | |||
| del espacio corrido, y del espanto | |||
| caí otra vez al suelo de do había subido | |||
| o fuese que el genio de la patria | |||
| o el de la libertad me arrebatase adonde no sabía... |
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Borrador hológrafo, escrito al reverso de una carta inconclusa de 8 de abril de 1802. (Archivo del señor Luis Noboa Icaza).
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Borrador en prosa de una composición poética, que debe de ser del año 1816, por varios indicios convergentes.
La alusión al viaje a tierras lejanas obedeciendo «la voz de la Patria moribunda»,
no puede referirse sino a la ida a las Cortes de Cádiz. El ángel que le destinara Dios para guiarle sobre la tierra, es su madre fallecida a mediados de 1816. La amiga a quien van destinadas aquellas líneas debe ser doña María Rosa de Icaza y Silva, su futura esposa, con quien casó a su vuelta de España, el 24 de marzo de 1817.
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Muy satisfecho estoy con mi situación aquí. La soledad en este paraíso terrenal es un remedio para mi mente. El deleite de la primavera conmueve mi corazón y da nuevo vigor a mi alma. Cada árbol, cada mata están llenos de flores, y un perfume delicioso llena el aire. Mi mente está tranquila y serena como las primeras mañanas hermosas de la primavera. La soledad y tranquilidad en paraje tan acomodado a un temple como el mío, me hacen gozar de la vida. ¡Oh, que pudiese yo expresar, que pudiese describir estos grandes conceptos con aquel calor, con aquella energía con que están impresos en mi alma!, pero su sublimidad me tiene admirado y sobrecogido. Una oscuridad se tiende ante mis ojos; cielo y tierra parecen vivir en mi alma, y absorben todas sus potencias, como la idea de una mujer amada.
127
Nota de la Redacción:
Aquí termina la interesante relación del señor Olmedo. La serenidad que manifestaba el ilustre poeta en sus últimos días, la energía moral que animaba aquel cuerpo tan débil, la fuerza de carácter admirable con que disimulaba los dolores más agudos, engañaron la amistad, y no nos apresuramos a pedir la —371→ continuación de los datos relativos a la existencia del general Lamar.
Llamaremos la atención de nuestros lectores sobre la última frase de aquellos apuntes, porque ella sola encierra a la vez un homenaje a la amistad, y un noble sentimiento de dignidad personal. Nada, en efecto, podía vindicar mejor a Lamar que las palabras de su amigo Olmedo.
No era ciertamente la intención del señor Olmedo publicar aquella noticia biográfica, que nos había dado con el objeto de ayudarnos en nuestro proyecto de pagar también nuestro tributo de patriotismo y de veneración a la memoria del general Lamar; pero hemos creído hacer bien en comunicar al público este precioso documento, sin alterarlo en la menor palabra, persuadidos de que éste será nuestro mejor título al interés y a la atención de los ecuatorianos.
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Cuanto más corrompida la república, más leyes.
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A las minas.
130
A lo que merecidamente se padece, debe sufrirse con resignación.