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Después de Huayna-Capac reinaron algunos Incas; pero él fue el último que poseyó íntegro el imperio. Los demás reinaron en un reino dividido, agitados siempre de guerras civiles o encadenados por los españoles. Estos por farsa solían coronar a los legítimos sucesores para llevar al cadalso una víctima que lisonjease más su orgullo y su ferocidad.
72
El Inca Atahualpa, hijo de Huayna-Capac, murió en un cadalso por orden de Pizarro y consejo del padre Valverde, que después fue obispo de la misma Corte en que habían reinado sus víctimas.
El nombre de Atahualpa está desfigurado con el de Ataliba en varios poemas europeos. ¡Y ojalá que sólo se desfigurasen los nombres!... Algunos dramas, por apartarse de la historia, ¡cuánto pierden de interés, y cuántas lágrimas perdonan!
73
El Inca Huáscar, hijo predilecto de Huayna-Capac, no fue asesinado por los españoles; pero ellos dieron la causa de su muerte, pues si no hubiesen osado intervenir en los negocios de los hermanos reyes, las diferencias de éstos habrían terminado de otro modo.
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El nombre de Las-Casas no puede recordarse sin enternecimiento por ningún americano, a pesar del último extravío de su celo. ¡Cuándo no se extraviaron las grandes pasiones! El nombre de Las-Casas es muy venerado en América. España le trata de fanático y de impostor!
75
La peana del Inca era un edificio en que solía descansar cuando atravesaba el gran camino de la Cordillera. Sus ruinas, o más bien los vestigios de sus ruinas, están muy cerca del campo de Junín.
76
El jefe del ejército real, después de su derrota en Junín, marchó precipitadamente al Cuzco para preparar una segunda acción, cortando los puentes del Apurímac. Esta operación detuvo al ejército libertador en la orilla izquierda del río. El general Bolívar entonces, dejando las disposiciones convenientes, volvió a Lima con el fin de levantar nuevas tropas para reabrir la campaña, pasada que fuese la rigorosa estación del invierno. En este intervalo los españoles, reuniendo con presteza admirable cuantas fuerzas tenían en el Cuzco y demás provincias, y arrebatando cuantos elementos de guerra útiles o inútiles había en el país, repasaron inesperadamente el Apurímac y se presentaron en Ayacucho con cerca de diez mil hombres, cuando nuestro ejército apenas excedía de cinco mil.
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En el campo de Ayacucho fue la célebre victoria que predice el Inca y que fijó los destinos de la América. En el mismo lugar, al principio de la conquista, se disputaron los Almagros y Pizarros el dominio del Perú con tal encarnizamiento, que por la mortandad de unos y otros se llamó el campo de Aya-cucho, que se interpreta Rincón de muertos. Habiendo recaído la suma del imperio en uno solo, se aceleró la conquista de todo el país.
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Sucre fue nombrado por el Libertador general en jefe del ejército unido y mandó la acción de Ayacucho. En los años de 1821 y 1822 ganó dos acciones contra los españoles, una a orillas del Yaguachi, tributario del Guayas, y otra en las faldas del Pichincha.
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No es posible hacer mención de todos los Cuerpos que se batieron y triunfaron en Ayacucho... Bogotá, Voltijeros, Pichincha, Rifles y Caracas; los batallones 1.º, 2.º y 3.º del Perú, la Legión Peruana, los Granaderos, los Húsares de Colombia y los de Junín, todos se distinguieron sobre manera.
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El general La-Mar es natural de Guayaquil; mandó bizarramente el ala izquierda del ejército, que fue la que sufrió el más terrible choque de la fuerza enemiga y decidió la victoria. Desde muy joven fue enviado a la Península por su familia a seguir la carrera militar, y se distinguió después en la guerra que España sostuvo tan gloriosamente contra los franceses de Napoleón. Volvió a América nombrado Inspector general del Perú; y los jefes españoles le dejaron en el mando de la plaza del Callao cuando por primera vez abandonaron a Lima al acercarse el valiente y astuto general San Martín. Esta fue la situación más difícil para un hombre como La-Mar, que de muy antiguo abrigaba sentimientos americanos, y que se veía entonces obligado a sofocar por cumplir severamente las leyes del honor. Pero en esta misma época fue cuando los patriotas presos en el castillo conocieron el corazón de este virtuoso americano.
Disueltos al fin honradamente los lazos que tenía con España, llegó a tal punto la opinión pública a su favor, que pocos meses después de la capitulación del Callao, fue elegido unánimemente por el primer Congreso del Perú, Presidente del Gobierno. Entonces fue cuando los enemigos de La-Mar, es decir, los enemigos del orden y del bien público, conspiraron contra él y divulgaron que tenía comunicaciones con los jefes del ejército real. Pero el campo de Ayacucho ha hecho ver cuáles eran las comunicaciones que La-Mar quería tener con los enemigos de su patria. Y el tiempo, descorriendo el velo a todos los sucesos, ha descubierto también quiénes eran los falsos patriotas; quiénes, los que, si desearon un tiempo que su patria fuese libre, fue con el voto condicional de mandarla ellos: quiénes, los que usurparon un poder que los moderados renunciaban; quiénes, en fin, los que mandando su patria, la tiranizaron, y después de tiranizada la vendieron. Goza de este triunfo, superior a la gloria militar de que te has cubierto, ¡oh tierno amigo mío,
| oh magnae spes altera Romae! |