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Juanillo y el tío Toribio

José Joaquín Fernández de Lizardi





TORIBIO.-  Hijo, ¡qué milagro!, cuánto ha que no te vemos. ¿Dónde has ido estas noches que no has aparecido por acá?

JUANILLO.-  Al Coliseo, tío.

TORIBIO.-  Te habrás divertido mucho.

JUANILLO.-  Y también me he incomodado bastante.

TORIBIO.-  Pero, ¿por qué, hijo?

JUANILLO.-  Como ¿por qué? ¿Pues qué no sobran en el Coliseo motivos justos de incomodidad, capaces de desabrir al espectador más jovial?

TORIBIO.-  Yo, como tantos años hace que no visito ese corral, ignoro cuáles sean esos motivos de que te quejas.

JUANILLO.-  Pues yo, tío, por mis pecados he tomado un asiento en la luneta, y por no gastar mi dinero en balde, tengo que sufrir las majaderías de dentro y fuera del telón todas las noches.

TORIBIO.-  ¿Pues tan infeliz es el estado de nuestro singular Coliseo?

JUANILLO.-  Sí, tío, necesita de mucha reforma nuestro teatro por activa y por pasiva.

TORIBIO.-  Explícate.

JUANILLO.-  Pues oiga usted. Un carácter mal sostenido, una falta de propiedad en la acción, un afecto mal expresado, una voz ronca o lánguida, etcétera, son defectos propios de este o aquel actor, y de esta o la otra cómica. Pero es constante que entre ellos y ellas tenemos algunos que se esfuerzan cuanto pueden por agradarnos y es también innegable que lo consiguen muchas noches; y así a cambio de la gracia del señor Luciano, de la expresión del señor Amador, de la dulce voz de la señora Montenegro, podemos perdonar las faltas naturales y de enseñanza que suelen disgustarnos en otros; mas yo jamás perdonaré la mala disposición de los que dirigen el teatro, porque no encuentro disculpa para perdonar aquella insípida elección que tienen para darnos las piezas más mohosas y ruines y que no tienen ya lugar sino en el Coliseo de México, habiendo tantas modernas, exquisitas y sujetas a las reglas del arte, por ejemplo, nos presentan La fuente de la judía, El anillo de Giges, El diablo predicador, El diluvio y otras que son propias para divertir muchachos e ignorantes, y se olvidan de tantas piezas cómicas y trágicas que hay modernas, en los que resplandece la elegancia del estilo, la dulzura del verso, la naturalidad de la fábula y la delicadeza de la sátira moral...

TORIBIO.-  Espérate. Yo creo que tú no lo entiendes, porque he oído celebrar mucho el parto del caballo en la de Giges, el vuelo de la hechicera en La Genoveva, las gracias de fray Antolín en la del Diablo Misionero y sobre todo, sobre todo la admirable pieza del Diluvio. Ya digo, yo no las he visto, pero muchos que las han visto, se hacen lenguas en sus elogios.

JUANILLO.-  ¡Tales serán esos muchos! Yo sí he tenido la desgracia de asistir a semejantes títeres y por eso hablo tan mal de ellas. La tal comedia del Diluvio me dejó hostigado hasta el copete. No he visto porquería igual; lo único bueno que tuvo fue que desempeñó muy bien el título desde que comenzó hasta que acabó, porque toda ella fue un diluvio de mentiras, impropiedades y tonterías; a más de un diluvio de reatas que nos presentaron dizque para figurar el aguacero. Yo, cuando vi descolgarse tantos mecates, creí que era llegada la hora de los cómicos y que iban a morir ahorcados en pago de sus despropósitos, y movido de mi piadoso natural iba a gritar: No, por Dios, dejen a esos pobres y no les den tan semejante muerte, que está prohibida en nuestro código; fuera de que estos señores no tienen la más ligera culpa en el particular. Ellos, según su contrata, han de representar la comedia que les mandan, sin meterse a inquirir si es buena o si es mala. Así iba a prorrumpir, cuando uno de los que estaban a mi lado, me dijo: serénese usted que esos lazos no pronostican muertes ni garrotillos, sino que los cuelgan y mueven para representar el aguacero y para lo mismo se suenan esos cueros de toro que usted oye y ese ayacaxtle o teponaxtle que quiere remedar el ruido del agua. ¡Válgame Dios! -exclamé- y ¿por qué nos dan estos sustos a los espectadores? ¿No fuera mejor que al lado del teatro hubiera un comentador que nos estuviera diciendo: esos mixtos de pólvora y alquitrán son los rayos, ese ayacaxtle es el ruido del agua; esos lazos son el agua misma, etcétera? Y no que como la apariencia representa cosa tan distinta con el objeto que se quiere figurar nos exponemos los espectadores no sólo a las dudas, sino a otros temores más funestos. Finalmente, yo pasé el rato lleno de incomodidad, y me prometí no volver a tal pieza, así cayera en efecto otro diluvio y no hubiera más arca en qué salvarme que la del Coliseo.

TORIBIO.-  Pero, hijo, los directores del teatro son disculpables de estas faltas en razón de su interés. ¿En qué comedias se llena más el Coliseo de gente que en éstas?

JUANILLO.-  Pero ¿de qué gente, tío?, de mujeres y plebeyos vulgarísimos e ignorantes; pero de gentes de una mediana instrucción, poca concurre a semejantes zambras.

TORIBIO.-  Es verdad, pero al asentista ¿qué cuidado se le da de esos dengues? A él lo que le importa es la plata, dela quien la dé y venga como viniere.

JUANILLO.-  Eso es ver más bien por su particular interés que por la ilustración de la patria.

Por tanto, yo soy de opinión que siendo los teatros las escuelas de las costumbres y los gimnasios de la ilustración popular, y careciendo tanto de semejantes academias nuestro México, a nadie tocaba tomar el asiento del Coliseo sino al nombrado Ayuntamiento, por dos razones: la primera, porque le resultaba el beneficio de hallar en su fondo aquella utilidad que percibe un asentista mercenario, la que pudiera servir para el socorro de algunas necesidades públicas, y la segunda, porque ya que disfrutan los capitulares de la confianza del pueblo que los colocó en esas honoríficas plazas, correspondieran a ella procurando su ilustración, su diversión y su enseñanza por medio del teatro, desterrando de él esas paparruchadas que repugnan los sabios, murmuran los extranjeros, y ayudan a idiotizar más y más a la plebe, porque le enseñan mentiras y necedades que creen a la par de los artículos de la fe, y más cuando saben que lo que se representa en el Coliseo pasa por la censura de uno que suponen es sabio, e ignoran que a éste no tanto le toca dar su parecer sobre el buen gusto, cuanto sobre lo tocante al dogma, costumbres y a las regalías de la nación.

TORIBIO.-  Todo lo que dices es verdad; pero no es mentira que los cómicos, por la mayor parte, es gente vulgar e ignorante, y así nunca se podrán librar de la justa censura que debe recaer sobre ellos por sus faltas particulares, y así era menester que estas plazas las ocuparan personas instruidas y de una regular educación; ¿pero cuál de éstas (si no muy rara) querrá sujetarse a un ejercicio tan vilipendiado?

JUANILLO.-  Usted mismo puso la dificultad y dio la solución. Este vilipendio con que se ve a los pobres cómicos es la causa de la decadencia de los teatros; pero yo (salvando el respeto debido a las leyes de la materia) creo que este desprecio es una preocupación apadrinada solamente por la antigüedad y lo he de probar con algunas razones.




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