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Juventud y un mundo nuevo

Sergio Ramírez





En la discusión que siguió a la presentación de la película de Charles Godard Masculino-Femenino el sábado pasado al inaugurarse el cine-club de la Universidad de Costa Rica, se planteó al público, en su mayoría compuesto por jóvenes, una interrogante: ¿hasta dónde los problemas de la sociedad urbana de consumo tocan a la juventud centroamericana? Hubo diversas respuestas, la mayoría de las cuales demostraron nada más que un acercamiento o una solidaridad de tipo intelectual con el hombre de mass-media, ese homo sapiens anónimo clasificado y encasillado, con un muro de contención frente a sus esperanzas, hijo de Marx y de la Coca-Cola, como el mismo Godard dice en uno de los rótulos tipo Bertol Brecht de la película.

La verdad frente a una pregunta de este tipo, es que no somos ni por sombra una sociedad de consumo (en un sentido integral de sociedad, ya que una cierta clase sí se asimila fácilmente a los hábitos importados del consumo) y nuestras actitudes de interrelación corresponde enteramente a los de una sociedad productora de materia prima; de allí que la necesidad de ajuste no provenga de una imposibilidad de comunicación por saturación, sino de una deformación en la comunicación; no nos comunicamos auténticamente porque no queremos, mientras que la juventud New York-París-Praga (para hablar también en términos de eje) no se comunica porque no puede, porque cada hombre está encerrado en su cápsula de fiberglass desde la cual puede asombrarse ante el mundo y sus horrores, sus maravillas tecnológicas y sus detritus de guerra, napalm y Cía. Ltda., hasta que la burbuja estalla, el hombre exige algo más que un salario, un aparato de TV a plazos y una vejez remunerada, y sale a la calle a reclamar un cambio de la sociedad con letras mayúsculas, cambio con incendios y pedradas, con grupos de autogestión en las fábricas, a reclamar un nuevo tipo de educación fuera del molde individualista, a proclamar la solidaridad social, a destruir a los ortodoxos ídolos de piedra, llámense partidos tradicionales de gobierno o partidos comunistas tradicionales, cuya esclerosis detiene la circulación de nuevas ideas, de nuevas actitudes.

Ésta fue la respuesta de la juventud francesa en mayo y junio de 1968 a su sociedad industrial, a su sociedad estereotipada, a los cánones de la cultura occidental que son también recetas de boticario; muchos de estos fueron los motivos de la juventud checoslovaca cuando salió a la calle a pelear con piedras contra los tanques rusos, que cumplían en Europa Oriental la misma operación de los marines tres años antes contra la República Dominicana; ¿no son esos tanques, esos soldados perfectamente entrenados en matar sin asco, los productos más conspicuos de la sociedad de consumo? ¿No es el fósforo blanco el barniz más esplendoroso de esa sociedad?

Las actitudes de rebeldía de esos jóvenes han sido antes que nada: auténticas, llenas de un vigor que refleja años de frustración, de convencerse de que lo predicado por los respetables mayores no es más que una farsa y que no ajusta la prédica con la práctica: (y éste es uno de los más claros puntos de contacto entre aquella juventud y ésta, pues aquí no solo las prédicas son falsas, sino que se han institucionalizado: toda la legislación heredada de nuestros patricios, las garantías políticas, las garantías sociales, la teorización sobre asuntos socioeconómicos, no corresponde de ninguna manera a la realidad y ese es precisamente el ajuste requerido: que la realidad llegue a ser tan hermosa y deslumbrante que deje ciega a esa falsa prédica.

Pero también en nuestra sociedad tan poco uniforme, tan compleja y tan ahistórica (aquí conviven la época del pastoreo, la baja edad media y se inicia apenas la masificación-maquinización de comienzos del siglo XIX, mientras políticamente aún se predica un liberalismo volteriano para unos y manchesteriano para los más interesados o más lagartos, como se quiera) los elementos de rebeldía irán a desembocar contra esa misma falsedad e irán a estrellarse contra las verdades establecidas, aún cuando los presupuestos sean distintos: allá el hombre-cosa, el hombre-hora, el hombre-prestación y un pic-nic los domingos; aquí el hombre emergido de una ruralidad dominante -nuestra esencia es rural, no hay que olvidarlo- hacia una civilización de reflejo, hacia una mini cultura y mini ciudad en el sentido más abyecto, no hijos de la Coca Cola: parientes pobres de la Coca-Cola.

Los jóvenes de la periferia o del tercer mundo -en la nueva teología hay tantos mundos como cielos proponía Aristóteles- deberán así encarar la salvación de la sociedad precisamente por el camino que ofrece las posibilidades: la autenticidad, la imaginación, la novedad; lo más cliché de la diestra o de la siniestra, no más profetas cuya mano izquierda sabe bien lo que hace la derecha; los partidos políticos verdaderos y dominantes tendrán que ser pronto los de los jóvenes en todo el mundo, una internacional juvenil que predique a los adultos la verdad y al mismo tiempo lo ponga en práctica; jóvenes que rompan esa ley agónica de que el ciclo de todo hombre es luchar temporalmente por lo que cree y después cuando adulto, luchar contra todo lo que creyó, rompimiento que no se producirá sino creando valores permanentes de lucha, motivos profundos que no provoquen un escozor en la piel sino una herida en la carne. Y que las ideologías todas queden expuestas a la crítica, a la revisión, al desollamiento por los jóvenes, para que las verdades establecidas como absolutas dejen de ser míticas, y paralizantes por míticas y por míticas perjudiciales.

Éste será entonces el tercer frente, como el del tercer día de la resurrección, el de los hombres nuevos.

San José, Costa Rica, junio de 1969.





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