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La bordadora de Granada

José Joaquín de Mora

Pilar Vega Rodríguez (ed. lit.)

«¿Es posible que te abraces

a las cortezas de un roble,

y dejes el árbol tuyo

Desnudo de fruta y flores?

[...]

Alá permita, enemiga,

que te aborrezca y lo adores».


(PÉREZ DE HITA)



Advertencia

Cuando yo estaba en Granada arrastrando bayetas, la buena mujer que me cuidaba la ropa, me contaba que la reina Isabel era muy aficionada a buñuelos. Hallándose poniendo el cerco a Granada, en la ciudad de Santa Fe1, fundada con este designio, supo que en una plazuela de Granada, llamada el Pilar del Toro2, ponía su ambulante manufactura, una buñolera mora, que tenía unas manos divinas. Antójesele a la Reina Católica comer los productos de su industria, noticioso de lo cual Gonzalo de Córdoba, entró en medio del día por la puerta y calle de Elvira, vestido de moro y a caballo; llegó al Pilar del Toro: agarró a la buñolera por un brazo, la puso a las ancas, y partió a correr. Como el buñuelo no es un objeto muy a propósito para los adornos poéticos, he transformado a la buñolera en bordadora, y le he dado un granito de amor, que es ingrediente tan necesario en las aventuras de aquel siglo y de aquella escena.

—25—

I

LA FUGA

I

Sobre la puerta de Elvira,

Está un moro de atalaya,

Que más que acechar, suspira

Clamando al cielo: «Mal haya

Rostro que tal pena inspira;

Que apena el bigote raya

Sobre mi labio, y ya el seno

Guarda de amor el veneno».

II

«Mal haya el hora en que pudo

Domar mi suelto albedrío,

Plegando el vigor sañudo

Que animaba el pecho mío.

Pues ya ni hierro ni escudo

Sé empuñar con noble brío,

Cual antes, ni en la batalla

Mi valor ardiente estalla».

III

«Quien tiene la culpa, gima

Cual yo de amor no pagado;

Deshecha la propia estima,

Y el corazón destrozado».

Causaba este mal Celima,

Mora diestra en el bordado,

Que al vivo imita en labores

Bellas, pájaros y flores. —26—

IV

Junto a la puerta de Elvira

Vive Celima, y el Moro

Las miradas no retira,

De donde está su tesoro.

«En esos muros respira»

Dice, «la beldad que adoro».

Y en ellos fija abatido,

Las miradas y el sentido.

V

Dan en la torre de Vela3,

Con golpes lentos las doce.

Tal vapor la noche vela,

Que ni un bulto se conoce.

Un jinete con cautela

Por el Triunfo4 va veloce,

Y a la puerta de Celima

Detiene el paso, y se arrima.

VI

De celos entonce herido,

La atalaya el Moro deja;

Baja airado y confundido,

Y agudo puñal maneja.

Llegando al umbral querido,

Ve un potro, atado a la reja,

Y furibundo promete

Quitar la vida al jinete. —27—

VII

Todo es silencio y reposo.

Grato perfume el ambiente

Despide, y el cielo umbroso

Ni un leve rayo consiente

De estrella alguna. Medroso

Ya cual gamo, o ya valiente

Cual tigre herido, el amante

Se detiene vacilante.

VIII

Entre abierto ve el postigo

De la que adora, y sospecha

Que algún venturoso amigo

En blandos lazos la estrecha.

Pone al cielo por testigo

De su injuria, y ya deshecha

El alma en furor y enojo,

No halla obstáculo su arrojo.

IX

La puerta empuja y la huella

Dentro pone, cuando ufano

Sale con Celima bella,

Guerrero altivo. En su mano,

Luce la pura centella

De un estoque toledano.

Un alquicel5 verde y plata,

Su rostro y pecho recata,

X

Y al verlo, su mente embarga

Ciego furor. Le arremete,

Y atroz golpe le descarga

Con el puñal de Albacete.

Pero tanto el cuerpo alarga,

Y tanto el odio somete

Su razón, que el mal seguro

Golpe descarga en el muro.

XI

El ofendido guerrero,

Rápido se precipita

Con el esgrimido acero,

Sobre el audaz que medita

Su muerte. De un tajo fiero

Aliento y amor le quita.

Monta veloz, y la grupa

Trémula Celima ocupa. —28—

XII

Con los brazos se afianza,

Ciñendo el cuerpo al valiente,

Que ya encierra su esperanza.

¡Mísera! que al inocente

Niega su amor, y se lanza,

Tan linda como imprudente,

Al que la roba y engaña;

Y es un adalid de España.

XIII

El gran Capitán Gonzalo,

Que hace días se desvela

Por llevar este regalo

A la inmortal Isabela.

Terror del Moro y del Galo

Su nombre fue: pero anhela,

Más que belicosa fama,

Servir a una ilustre dama.

XIV

De la diestra bordadora,

Noticia Isabel tenía.

Quiso que fuese la Mora,

Dama de su compañía.

El Gran Capitán no ignora

Tal deseo. Su osadía,

Que ningún rival empaña,

Lo induce a tentar la hazaña,

XV

Un esclavo cauteloso,

Lleva a Celima un billete,

En que su afecto ardoroso,

Oculto amante promete.

Con el mensaje engañoso,

Va también un brazalete,

Y un collar de oro bruñido,

De ricas perlas guarnido. —29—

XVI

Por el don, la dama infiere,

(Que un don los montes allana)

Que el amante que la quiere,

No es de clase humilde y llana.

Y ya el corazón le hiere

No amor, si soberbia vana,

Que con potente atractivo,

Dobla su rigor esquivo.

XVII

Responde al billete, y jura

Fe que con bronce compita.

Y así a Gonzalo asegura

La proeza que medita.

De nuevo escribe, y procura

De noche amorosa cita,

Con tan ardiente eficacia,

Que al punto obtuvo la gracia.

XVIII

Y en esta cita, la Mora

Mudó de asilo y de suerte,

Y el infeliz que la adora,

Recibe temprana muerte.

Ciega ambición, quien ignora

Tus dones, pueda acogerte,

Para hallar en tu servicio,

Negro y hondo precipicio. —30—


II

LA CORTE

I

En un eminente estrado,

Que en nácar y en oro brilla

Sobre un cojín de brocado,

Está Isabel de Castilla.

El Rey en pie está a su lado,

Y en frente, vasta cuadrilla

De adalides e infanzones,

Que defienden sus pendones.

II

Hernán Cortés, extremeño,

Gallardo joven de brío,

Que ya en militar empeño

Derramó de sangre un río.

Manrique, de Lara dueño,

Que en el sazonado estío

De la edad, luce en la tierra,

Sabio en paz, temible en guerra.

III

Los Silvas y los Farfanes,

Los Méndez, y los Tendillas,

A cuyos duros afanes,

Deben su prez6 las Castillas;

Con otros muchos galanes,

Que en amores y en rencillas,

En lides y galanteos,

Ganaron muchos trofeos. —31—

IV

A un lado del aposento,

Está un genovés piloto,

Que con osado ardimiento,

Ofrece imperio remoto.

Las furias del elemento,

No pueden servir de coto.

A su meditar profundo;

Mas ofrece: un Nuevo Mundo.

V

En este grupo de gente,

Noble, ardorosa, esforzada,

Fija el mundo atentamente,

De Norte a Sur la mirada.

Que la raza de Occidente,

Largo tiempo esclavizada

Por Musulmana bandera,

De allí su salud espera,

VI

Santa-Fe encierra en sus muros

Germen de sucesos grandes;

De hoy más no estarán seguros

Cerdeña, Milán, ni Flandes.

Allí están los hombres duros

Que alcanzarán de los Andes

Las cimas, fijando en ellas,

De hispano poder las huellas,

VII

Allí, los que la rudeza

De tosca y áspera gente,

Tornarán en gentileza,

Con habla dulce, elocuente.

Y la gótica aspereza,

Desarrugada la frente,

Se humillará a la dulzura

Del saber y la cultura. —32—

VIII

Una dama es quien fomenta

Con su voz y su mirada,

Tal porvenir; quien sustenta

La contienda ensangrentada,

Ultimo golpe a la afrenta

De Iberia; quien adorada

Por invencibles guerreros,

Da el impulso a sus aceros.

IX

Ella en Madrigal empieza

Aún niña, sin enseñanza,

A recorrer con grandeza,

Vida llena de esperanza.

Ciñe audaz en su cabeza,

Rica diadema, que lanza

Fulgores resplandecientes,

A tres naciones potentes,

X

De Gibraltar al Pirene,

Del Guadiana a Valencia,

Con fuerte mano sostiene

Segura la vasta herencia.

Mas, cual valladar, detiene

Su gloriosa prepotencia,

La morada peregrina,

Donde el rey Zagal7 domina.

XI

Solo a domeñar aspira

Aquel albergue postrero

Del Musulmán, que en él mira

Nublado el puro lucero

De su fama. No respira

Ya sino furor guerrero.

Su divisa es: o ser nada,

O ser Reina de Granada. —33—

XII

«Nobles infanzones», clama,

Con eco grave y benigno,

«Si bravo aliento os inflama,

De sangre española digno,

Tiempo es ya de que la fama,

Borre ese baldón indigno,

Que el nombre español afea;

Libre al cabo España sea».

XIII

«En las fieras Alpujarras,

Tremolan ya sin mancilla,

Las aragonesas barras,

Con el León de Castilla.

Tiempo es ya que de las garras

De musulmana gavilla,

Granada y su muro fuerte

Vuestro heroico ardor liberte».

XIV

«Gonzalo Fernández diga

Su parecer, ya que muestra

Tanto en bélica fatiga,

Seso firme y mano diestra».

Callan en la turba amiga

Todos; mirada siniestra

Despide que la ira exalta;

«¡Qué!», dice, «-¿Gonzalo falta?».

XV

«No falta», dice un guerrero,

Que entra de pronto en la sala;

«No falta quien con su acero,

Su fidelidad señala.

La mano que al Moro fiero

Tropas y campiñas tala,

Conduce a la Bordadora,

Que vos quisisteis, Señora». —34—

XVI

Isabel torna risueña

Los ojos al que esforzado,

En tal peligro se empeña;

Tal empresa ha consumado.

Compasiva y alhagüeña,

Depone su gesto airado,

Dando la mano a Celima,

Que ya el temor desanima.

XVII

Ella, infeliz, reconoce,

Tarde la impía acechanza,

Mientra al corazón, veloce

Cruda flecha el amor lanza.

En vez del mentido goce,

Que le ofreció la esperanza,

Se ve, por mano proterva8,

Vendida, engañada, sierva.

XVIII

Despecho y amor unidos,

Abrenle profunda llaga

Que encadena sus sentidos,

Y apresura muerte aciaga.

Por los bosques escondidos,

Sola y afligida vaga,

Cual corza a quien parte el seno,

Dardo teñido en veneno.

XIX

Si con Gonzalo se encuentra,

Baja confusa los ojos,

Y su dolor reconcentra,

Y reprime sus enojos.

La voz se le añuda, y mientras

Se cubre de visos rojos

Su faz, la infelice Mora,

Baldón y afrenta devora. —35—

XX

Como en el limbo oloroso

De tierna flor, el gusano

Labra el nido, silencioso,

Y el jugo puro y liviano,

Consume voraz y ansioso,

Hasta que el color lozano

Se borra, y el tallo erguido

Queda flojo y abatido:

XXI

Tal la pasión comprimida,

Labra en Celima dolencia,

Que de la temprana vida,

Devora la grata esencia.

Y al cabo, desfallecida,

Víctima de la violencia

De amor, a la tumba baja,

Sin saberlo quien la ultraja.

XXII

Que él, de combates sediento,

Ciego al peligro se arroja,

Y audace, del alto asiento,

La raza alarbe9 despoja.

Mas tarde, rayo violento,

Verterá corriente roja

Su victoriosa cuchilla,

Donde Parténope10 brilla.

XXIII

Hasta que un duro mandato,

Vengando el mal de Celima

Con enemigo conato,

Del guerrero el pecho oprima.

No faltará quien ingrato,

Mal rey, falso amigo, imprima,

Pagando servicios fieles,

Torpe mancha en sus laureles.


FUENTE

Mora, José Joaquín de, «La bordadora de Granada», Leyendas españolas, C. y H. Senior, 1840, pp. 24-35.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.