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La campana de Huesca

Crónica del siglo XII


Antonio Cánovas del Castillo





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Prólogo

Cortado al uso y ajustado por mano amiga al cuerpo de la obra


C’est mieux que de l’Histoire, dijo el más encumbrado de los críticos y literatos de Francia, al leer una de las más agradables ficciones que escribió el famoso novelador escocés Walter Scott, en la que se trataba y describía la época interesante, aunque turbulenta, de María Estuardo. Nosotros no iremos tan allá como monsieur de Villemain en nuestros encomios, ni respecto del género, ni respecto de los escritores que lo cultivan. Pero sin rebozo o vacilación alguna podremos asegurar que si la novela histórica alcanza ciertos quilates de bondad y perfección, quedando siempre la fábula muy por bajo de los fueros de la verdad, adquiere esta mayor realce y mayor ascendiente en el ánimo de los lectores por los atractivos y adornos que ha de saber prestarle el autor, y por los estudios e investigaciones que por fuerza ha de hacer sobre el período o punto histórico que quiere recorrer, supuesto que haya de dar a su obra novedad en los caracteres, fidelidad en la pintura de los países y de las costumbres, proporcionándose medios naturales, aunque maravillosos, para cebar y entretener el ánimo del lector, sin romper por ello ni para ello, ni con la verdad de los sucesos, ni con el hilo de la tradición y de las historias. No es esto solicitar o hacer valer un título de prioridad o de primogenitura en favor de la histórica que posponga y perjudique las aspiraciones y derechos de los otros géneros de la novela. Para medrar en cualquiera de ellos, es forzoso señorear el idioma, estar ciertos de sus misterios y poseer todos sus tesoros y recursos. Las situaciones en que el autor ha de poner a los personajes, si han de inspirar interés, los pensamientos que les ha de sugerir de diversa laya y aun de encontrada condición,   -10-   pero siempre con felicidad en la expresión y con frase genuina y castiza; y, en una palabra, el hacer que obren y hablen tan lejos de la trivialidad cuanto de la exageración, guardando el difícil medio de lo propio, natural y adecuado, colocando cada cosa en su lugar y término, obliga indudablemente al autor de esta clase de ficciones a ser maestro en el idioma que maneja, a conocer todos sus registros y secretos, familiarizándose de tal modo con ellos, que pueda recorrerlos, sacarlos, recogerlos, combinarlos de cien maneras diversas con gradaciones y entonación más alta o más baja; y que todo se ajuste convenientemente a la manifestación de los diversos afectos del alma, a los sentimientos variados del corazón, desde lo más tierno a lo más terrible, y a las concepciones múltiples de la inteligencia, desde el desenfado del chiste y de la sátira, hasta las abstracciones del filósofo, los razonamientos del estadista y las pláticas variadas y diálogos diversos de todos los estados y edades de la vida, de todas las clases y condiciones de la sociedad. Pero si la novela filosófica, la picaresca, la de sentimiento lastimoso o la pastoral, y aun también todo el inmenso séquito de cuentos, leyendas y aventuras deben vencer tamañas dificultades, todavía la novela histórica ha de luchar con un imposible casi, que no dificultad, cual lo es, en asunto y tarea de amenidad y de florida recreación, habérselas con los libros en folio, con los rancios mamotretos y con los pergaminos mohosos y carcomidos. En esta lucha corren riesgo la laboriosidad y las vigilias del novelista de adquirir los arcanos de la Historia, perdiendo el ardor vivo de la primera inspiración, la flor de los primeros pensamientos y la variada ternura de los afectos, marchitándose y enmoheciéndose todo con las indigestas rapsodias de los comentarios, con la descarnada esterilidad de las crónicas o con la insulsez de los protocolos. Si por rehuir tamaño mal descuida el beneficio de tan indispensables mineros, entonces, condenando acaso algo de la primera gentileza y bizarría, sin duda alguna deja de adquirir las prendas y, cualidades que más han de realzar su obra y el propósito de sus tareas, porque por fértil y creador que sea en imaginación, no ha de encontrar recursos para dar originalidad a sus personajes, no hallará colores ni cambiantes para dar toques que distingan y aparten los términos de su cuadro; echará sólo mano de esas generalidades de caracteres   -11-   y sentimientos que son la muerte afrentosa de las obras de imaginación. Y si en su despacho pugna y quiere salir de tales vulgaridades, sin dudar en ello que ha de caer en lo inverosímil y exagerado, que es el peor de todos los ridículos. Para la creación del Zadig o del Micromega, para los cuadros risueños de la Galatea y de la Estela, suponiendo los primores de la dicción y la magia del estilo, podrá bastar una inspiración feliz, el aspecto y contemplación de una escena o cuadro campestre, así como una intriga bien urdida y llevada a feliz desenlace, o las maravillas de un viaje fantástico, o los aforismos de la educación y de la moral, engalanados con los atavíos de la ficción. Pero esto no es bastante para crear composiciones que entretengan, que arrebaten, que despierten los nobles sentimientos del patriotismo, del amor, de la raza; que conviden a rendir un culto ardiente y noble a la virtud, a la lealtad; que evoquen las sombras de los héroes, que resuciten de nuevo las escenas gloriosas de la historia patria, y que con la memoria de las pasadas estimulen la ejecución de otras acciones nobles, esforzadas, manteniendo viva siempre la llama del entusiasmo; ni para aficionar a los lectores a todas las inspiraciones de lo sublime y de lo bello, como sucede con leerse las páginas del Monasterio, del Ivanhoe, del Vaverley y de otras producciones del novelista escocés. Para ello es forzoso (sin necesidad de volver a encarecer su importancia) el estudio, no somero, sino profundo e investigador, de la Historia. Y si los ensayos y tentativas en nuestra literatura, singularmente en las composiciones de amenidad, han sido infelices y de ruin éxito en los últimos tiempos, no había razón para esperar mejor fortuna en aquellos ramos en que son mayores las dificultades, como sucede en la novela histórica. Las muestras que en este género dio la imprenta de Valencia años ha, los esfuerzos que en el mismo camino hizo por el propio tiempo la imprenta de Barcelona y otras tentativas hechas en la misma corte, han probado, o que las dificultades son insuperables o que el ingenio español, a lo menos en los tiempos que alcanzamos, es insuficiente para semejantes empeños literarios. Pero como ambas suposiciones, si por una parte son exageradas, por otra rebajarían en mucho las prendas de inventiva y de imaginación que todo el mundo reconoce en los españoles, es necesario achacar semejante   -12-   esterilidad no a otra causa que al criminal olvido en que se encuentra la lectura de nuestros anales y de nuestras crónicas. En cuanto el ingenio español, dando de mano a su idolatría por la literatura francesa, y como por curiosidad o desahogo excepcional ha fijado sus estudios en alguna época de nuestra Historia y ha dejado correr la pluma, han asomado frutos sazonados que por su buen sabor pudieran dar esperanzas de más exquisitas cualidades, si el cultivo hubiera coadyuvado a la índole y buena naturaleza de la planta. El doncel de don Enrique el Doliente, El conde de Candespina, El golpe en vago1, Doña Blanca de Navarra, sin excluir esta o la otra de merecidos quilates, y que no sabemos recordar ahora, son una prueba de tal verdad. Y es que mientras los ingenios españoles no se resuelvan a romper el yugo de la literatura extraña, no cesando en esta noble porfía hasta que recobre la propia y nacional su antigua independencia y originalidad, quedaremos indefinidamente en esta humilde inferioridad que literaria y políticamente ejerce mayor influencia de lo que se cree, así en nuestra condición presente como en la futura. El autor de La campana de Huesca es, sin duda, uno de los que con bríos en el corazón, con altas miras y de trascendencia en literatura, y con muchos estudios históricos en su memoria, ha querido alistarse en esta bandera de verdaderos ingenios españoles. Aparte de otras buenas circunstancias que asisten a Cánovas del Castillo para este empeño literario, es necesario darle el parabién por el feliz acierto que ha logrado en la elección de su asunto. No hay región, ciudad, comarca o rincón alguno en nuestra Península, por apartado o desconocido que parezca, que no ofrezca en sus tradiciones, crónicas o anales esos sucesos interesantes, esas hazañas maravillosas, esas anécdotas curiosas, que son como el saborete apetitoso de la Historia, propio y adecuado todo para dar pie y urdimbre a narraciones, agradables, ofreciendo ancho campo a la novela histórica; pero el período en que en nuestras crónicas aparecen los reyes héroes de Aragón, con el séquito de sus barones y ricoshombres, de aquellos gigantes de esfuerzo llamados almogávares, es sin igual sobre todo encarecimiento, no sólo para la novela, sino para la misma epopeya. Hablando en verdad   -13-   y sin que nos ciegue el amor propio de españoles, pues en ella están de acuerdo todos los hombres entendidos de Europa, los hechos de los almogávares y personajes como el infante don Fernando, Berenguer de Entenza, Rocafort, Garcerán y otros ciento, pudieran merecer los mismos honores que los argonautas, los héroes de Troya y los compañeros de Godofredo de Bouillón. Cánovas del Castillo, si ha hecho un gran servicio a la Historia, resucitando y poniendo de bulto ante los ojos de los lectores un período de aquella historia y algunas de las fisonomías terribles de los almogávares, todavía debe alcanzar mayor merecimiento de los aficionados al drama, al poema, a la novela y a la leyenda, señalándoles con su propio ejemplo los tesoros, las regiones riquísimas, el Dorado verdadero de donde el ingenio español y la invención creadora de nuestra juventud estudiosa pueden sacar larga copia de asuntos, de caracteres, de pormenores inestimables y de accesorios abundantísimos de poesía, para enriquecer a un tiempo nuestra literatura en muchos ramos y ganar fama con originalidad y dotes propias.

Tres han sido, según nuestro entender, los intentos que ha llevado el novel novelista en la ejecución de su trabajo: el ofrecer un cuadro verídico de la historia de Aragón en el siglo XII, poniendo en contraste las diversas clases que formaban entonces el cuerpo de la nación; el bosquejar la condición singular y en oposición siempre consigo mismo del rey monje, y el tejer una narración por estilo tal, que ajustándose muchas veces a la razón histórica, consienta, sin embargo, la diversidad de entonaciones que trae consigo la variedad de situaciones y personajes que exigen las condiciones de la novela.

En el desempeño del primer intento fija mucho la atención del lector la descripción y aquilatamiento que hace del hombre almogávar, personificado en Aznar Garcés, no sólo leal servidor y escudero de don Ramiro, sino su velador incesante, y en todos los peligros el ángel de su guarda. Esta laya de hombres, llamada de los almogávares, fue por mucho tiempo en España, y singularmente en Aragón, la parte más terrible de los ejércitos de nuestros reyes contra propios y extraños. No viviendo más que del botín, de poca costa eran para el Erario del rey; y como obedeciendo por natural inclinación y respeto sus mandatos, aunque siempre por la   -14-   feroz independencia de su condición, era la gente más a propósito con los gremios y burgueses de las ciudades para poner a raya en un principio, combatir después y contrarrestar al fin las demasías e insolencias de los barones y ricoshombres, árbitros de la soberanía real y tiranos de las comarcas y provincias. Y llegado este punto, no parece fuera del caso apuntar algo sobre la etimología y significación de esta palabra almogávar, bosquejando al propio tiempo su traza, armadura y modo de combatir, y recordando últimamente alguna de sus expediciones y hazañas.

No entra en nuestro propósito apuntar una por una todas las opiniones que sobre el origen de los almogávares se han asentado por antiguos y modernos escritores. De todos ellos, lo que se deduce es que los almogávares no formaban un cuerpo de nación distinto de los españoles, como Paquimerio y Moncada, que en este punto le siguió inadvertidamente, lo sintieron, haciéndolos venir de los abaros, uno de los pueblos que tomaron parte en la destrucción del Imperio romano. A ser los almogávares un cuerpo de nación diversa, era regular que tuviesen su asiento en pueblos, comarcas o distritos determinados, y que sus nombres y apellidos guardasen consonancia con la lengua de sus antepasados. Ninguna de estas señales convienen con los llamados almogávares. En los copiosos nombres que de estas gentes nos conservan Muntaner, Desclot y otros autores, y en los apuntes interesantes que de la naturaleza, vida y hechos de muchos de ellos nos han comunicado por sus escritos, aparece todo lo contrario. El capitán almogávar, que en la sorpresa que dieron a los de Alensón, en Calabria, no pudo recobrarse en nuestras galeras para morir exánime después de haber rematado a cuatro caballeros franceses, era de Tárrega; y además de otros muchos hechos que pudieran aducirse, Muntaner cita a cierto propósito veinte almogávares que eran de Segorbe, y otros autores a cien más, todos con nombres españoles y de diverso solar y patria. Es más que creíble, sin embargo, que en aquella milicia se alistasen muchos mozárabes y otros hombres de frontera que fuesen hijos de las comarcas lindantes a los enemigos, de revuelto linaje, y que, si en fe se preciaban de cristianos, pudieran confundirse con los moros en costumbres y trajes.

Sabido es que don Alonso el Batallador, en la expedición   -15-   que llevó a los últimos confines del reino de Granada, se trajo a su regreso más de doce mil cristianos mozárabes, que hasta allí habían vivido bajo el yugo sarraceno y que abandonaron el suelo natal por vivir libremente en la religión de sus antepasados, huyendo al paso del castigo que temían por parte de los moros por haber dado ayuda a la invasión. También se sabe que esas gentes las derramó el monarca aragonés por varias ciudades, como en Calatayud, Borja y otras, y en diversos puertos de la frontera, para que pudiesen vivir; y que como prácticos en la guerra con moros, les fueran más dañosos enemigos. De estas gentes y sus hijos, y de los demás soldados que vivían en la frontera, como ya se ha señalado arriba, se formó en gran parte aquella famosa milicia, reclutándose también con los aventureros y voluntarios de las grandes ciudades que querían tomar tal género de vida dura, libre, llena de peligros y privaciones, pero próxima acaso a ganar mucho botín y riqueza. Algunos árabes, por origen o por nacimiento, pudieron, pues, andar juntos en empresas militares con los cristianos de la época, que el vivir en un mismo suelo los dos pueblos daba sobrada ocasión para semejantes alianzas y conciertos; pero sería llevar las cosas a una exageración absurda y no comprobada con la Historia el atribuirles, como nación en cuerpo, participación en estos sucesos. Los almogávares eran tropas de frontera, compuestos por la mayor parte de gente endurecida, feroz y desalmada, siendo, no abaros ni árabes, sino más bien cristianos, y aun hidalgos, que por sus malas andanzas o por afición a la vida de los campos se daban a aquel ejercicio. Puede considerárselos como unas tropas ligeras con todas las condiciones del legionario o falangista más firme; tropas, en fin, no inferiores a las antiguas legiones, y de una superioridad indisputable, si se los compara con los soldados de tiempos más modernos. La palabra almogávar quedó después por apellido ilustre de familia, y nuestro famoso Boscán lo llevaba como apellido materno. Ni se crea tampoco que las provincias y ciudades del reino de Castilla fuesen ajenas al reclutamiento de esta milicia. En las partes de Asturias, en las montañas de Galicia, se reclutaban compañías de estas gentes, que iban a tener frontera, en los puertos del Muradal, que era como entonces se apellidaba la Sierra Morena. Los llamaban Golfines, y   -16-   según Desclot eran por la mayor parte hidalgos, que por no tener bastante hacienda para vivir según su estado, o por haberla jugado o gastado, o bien por algún delito que los ausentaba de sus tierras, tomaban las armas, y por no saber otro modo de vivir, allí se iban a tener frontera con los moros de Andalucía. Por lo tocante a la etimología de la palabra almogávar, diremos que no es más que el participio de cierta forma de un verbo árabe2, que significa entrar impetuosamente talando y haciendo correrías en país enemigo; y como para hacer frontera, ya defendiendo las propias, ya invadiendo las enemigas, era necesario tener hombres armados que se dedicasen a tal menester, de aquí el que así los aragoneses y castellanos, como los mismos árabes, diesen igual denominación a tales tropas.

El título XXII de la II partida, que en su epígrafe se propuso hablar de los almogávares, aunque después en el cuerpo de él no vuelve a nombrarlos, define cumplidamente así la traza de sus personas como su natural feroz y calidades. Por la lectura de estas leyes, de cuyo tenor se desprende que en Castilla se trocaba a veces la voz peón con la de almogávar, como se confunde con frecuencia el género con la especie si se habla sin gran distinción en otras materias, y los recuerdos que se encuentran en Muntaner, Desclot, Bagaz, Zurita y otros historiadores, se representa a la imaginación el tipo de aquellos soldados terribles. De estatura aventajada, alcanzando grandes fuerzas, bien conformado de miembros, sin más carnes que las convenientes para trabar y dar juego a aquella máquina colosal, y por lo mismo ágil y ligero por extremo, curtido a todo trabajo y fatiga, rápido en la marcha, firme en la pelea, despreciador de la vida propia, y así señor despiadado de las ajenas, confiado en su esfuerzo personal y en su valor, y por lo mismo queriendo combatir al enemigo de cerca y brazo a brazo para satisfacer más fácilmente su venganza, complaciéndose en herir y matar, el soldado almogávar ofrece a la mente un tipo de ferocidad guerrera que hace olvidar la idea del falangista griego y del legionario romano. Su gesto feroz parecía más horrible con el cabello copioso y revuelto que oscurecía   -17-   sus sienes; los músculos desiguales y túrgidos se enroscaban por aquellos brazos y pechos como si las sierpes de Laocoonte hubieran querido venir a dar más poder y ferocidad a aquellos atletas despiadados. Su traje era la horrible mezcla de la rusticidad goda y de la dureza de los siglos medios; abarcas envolvían sus pies, y pieles de las fieras matadas en el bosque le servían de antiparas en las piernas; una red de hierro, cubriéndole la cabeza y bajándole en forma de sayo, como las antiguas capellinas, le prestaba la defensa que a la demás tropa ofrecían el casco, la coraza y las grevas; el escudo y la adarga jamás la usaron, como si en su ímpetu sangriento buscasen más la herida y muerte del enemigo que la defensa propia: no llevaban más armas que la espada, que, o bajaba del hombro de una rústica correa, o se ajustaba al talle con un ancho talabarte y un chuzo pequeño a manera del que después usaron los alféreces de nuestra infantería en los tercios del siglo XVI: la mayor parte llevaba en la mano dos o tres dardos arrojadizos a azconas, que por la descripción que de ellos se hace, se recuerda al punto el terrible pillum de los romanos; ni los desembrazaban y arrojaban con menos acierto ni menos pujanza; bardas, escudos y armaduras, todo lo traspasaban hasta salir la punta por la parte opuesta. En el zurrón o esquero que llevaban a la espalda ponían el pan, único menester que llevaban en sus expediciones, pues el campo les prestaba hierbas y agua si no llegaban al término de ellas, o en las ciudades y reales enemigos encontraban después largamente todo género de manjares. La crónica manuscrita de Corbera, ocupándose del soldado almogávar, dice, entre otras cosas, que su vestido en invierno y verano era de una camisa corta, una ropilla de pieles y unas calzas y antiparas de cuero, abarcas en los pies y un zurrón, en que llevaban algún pan para su sustento cuando entraban por tierra de enemigos, que moraban más en las soledades y desiertos que en lo poblado; que comían hierbas del campo, dormían en el suelo, padecían grandes incomodidades y miserias; estaban curtidos de los trabajos; tenían increíble ligereza y gallardía; hacían continua guerra a los moros; se enriquecían con los robos y cautivos, y tal era su profesión y sus servicios. Todavía puede añadirse que para tales soldados nada era imposible o dificultoso. El río más caudaloso lo pasaban a nado; ni   -18-   el rigor de la escarcha o el hielo, ni el ardor del sol más riguroso, hacían mella en sus cuerpos endurecidos; la jornada más dilatada y áspera era obra de pocas horas para ellos, y destrísimos en la lid, cautos cuando convenía, silenciosos a veces para ser más horribles en su alarido, llegado el caso, excesivos en sus saltos, muy ágiles en sus movimientos, y, por consiguiente, certísimos en los saltos e interpresas, al grito de ¡Hierro, hierro, despiértate!, azotando el hierro contra el hierro, o contra el suelo, toda misericordia estaba ya por demás. Tal fue la milicia de los almogávares, y tales los soldados que apareciendo en Italia para defender los derechos de la casa de Aragón a la corona de las Dos Sicilias, llenaron primero de extrañeza y luego de espanto a todas aquellas comarcas y a los capitanes y tropas que allí combatían. Si estas singulares prendas militares; si estas esforzadas prendas del cuerpo y ánimo de los almogávares, se representan tan viva y verazmente en la persona de Aznar Garcés, todavía el que busque mayor alimento para su curiosidad y mayor satisfacción a su altivez nacional en la ejecución de hazañas inauditas, no tiene más que consultar los escritos y crónicas antiguas citadas, y entre los modernos las obras de Amori, de Buchoz y de otros, refiriendo todos los hechos casi increíbles de los almogávares en Cataluña, en Sicilia, en Italia y en Oriente.

Los barones y ricoshombres son figuras de grande efecto en el cuadro, y la sobrada soberbia con que aparecen frente a frente con su rey y señor natural tienen cierta explicación, si no disculpa, porque después de la catástrofe del rey batallador, la noble altivez de ellos había salvado la integridad y la independencia de la Corona de Aragón. Sabido es que el rey don Alonso por su testamento había llamado a la herencia de sus señoríos, territorios y dominios a las cuatro órdenes del Sepulcro, del Hospital, del Temple y de San Juan de Jerusalén. Los barones y ricoshombres, sin embargo del entusiasmo con que idolatraban al rey héroe, estimaron como nula e írrita aquella disposición, y como excesiva del poder real, y considerando que la cogulla y mitra que cobijaba las sienes de don Ramiro no le invalidaba para la Corona en trance de tanto apuro, le sacaron del claustro, haciéndole subir desde el pavés al trono. No es extraño, pues, que por tal servicio, y como forzosa consecuencia de un acto casi omnímodo   -19-   de soberanía, se creyesen aquellos próceres y magnates exentos de los miramientos debidos a la potestad real, teniendo más en cuenta lo excesivo de su autoridad y facultades, que la majestad del mismo rey. Puesto que Cánovas del Castillo ha escogido para asunto de su novela la tradición de la catástrofe de Huesca, fuerza era que recogiese, no sólo con sus pormenores, más o menos fabulosos, sino que apuntase con naturalidad, y como por incidentes nacidos de la propia narración, los sucesos y particularidades que pueden explicar aquella insolente arrogancia de los quince ricoshombres. Por otra parte, el carácter vacilante de don Ramiro, en continuo combate, en réplicas consigo mismo entre el deber ficticio y la obligación de estado; el hombre de iglesia luchando con el soldado, con el caballero y con el rey, el monje con el esposo, el padre con el asceta cubierto de cilicio; y la lucha, en fin, del que se considera precito y condenado con el amante que se siente lleno de voluptuosas inspiraciones al lado de la hermosa doña Inés, era situación ni la más propia para inspirar aquel respeto que derramaban en pos de si el valor heroico de don Alonso el Batallador, de don Pedro el primero, de don Sancho Ramírez y de los otros héroes coronados, fundadores de la Monarquía de Sobrarbe. Aquellos ricoshombres y próceres necesitaban en verdad un soberano que los excediese en muchos codos de altura, en virilidad, fortaleza y altas prendas de gobierno para que le rindiesen en sus ánimos el feudo de autoridad que por vana fórmula le tributaban, acaso con desdén, en las coronaciones y otros públicos ceremoniales. Y no por ello en el carácter de don Ramiro deja de encontrarse la elevación y la nobleza propias de un rey. El triunfo de Cánovas del Castillo en la pintura de la condición del rey nos parece completo, y que puede servir de dechado a los que en el drama o la novela tengan que retratar a esos personajes indefinibles que tan comunes son en la Historia, y que, consecuentes con la pasión o el principio que los hace obrar, pasan, sin embargo, de un instante a otro a las resoluciones más opuestas, a las ejecuciones y actos más contrarios. Queremos, al llegar aquí, apuntar un toque delicado del autor, que no puede deslizarse oculto para el lector que, en su afición por lo bello y lo sublime, sepa apreciar estas calidades del sentimiento aunque no se haga alarde de ello en la narración. Hay también delicadeza   -20-   en dejar tales descubrimientos a la sagacidad de sentimientos del lector antes que a las razones preventivas del escritor novelista. Aludimos en esto a la maestría con que resaltan y asoman en las acciones del rey monje, casi llenas de delirio y de insania, los alientos y bríos de su alcurnia y de su raza. Cánovas del Castillo ha querido indicar así que «Al noble su sangre avisa», y que antes que tal sentimiento sirviese de título de comedia para Calderón, servía de oculto estímulo y de poderoso resorte en aquel rey desgraciado, para resucitar de cuando en cuando en medio de sus demencias, las altas cualidades de su linaje. El amor propio nacional y la dignidad de hombre encuentran una satisfacción cumplida al ver que por el medio y al través del remordimiento pueril y de las nimiedades y escrúpulos del fraile, se hacen lugar, aparecen y crecen en altura los nobles pensamientos del rey y los sentimientos encumbrados de la casa de Aragón. Repetimos que en este punto ha conseguido un triunfo cumplido nuestro novelador; y la Historia está de acuerdo en reconocer tales intercadencias de grandeza en el ánimo del rey monje. La mansedumbre del claustro no le quitó los bríos para hacer reconocer su superioridad en Navarra, y para hacer soltar al rey de Castilla la posesión de Zaragoza, de Daroca, de Calatayud y de otras ciudades de Aragón, de que se había apoderado a título de emperador de España; de modo que tales circunstancias vienen a dar todo el valor que en sí tiene el asunto casi principal de la novela que es el afianzamiento de la corona de Aragón en las sienes de doña Petronila y su unión con el conde de Barcelona.

La intervención en el nudo de la novela de doña Inés de Poitiers o doña Matilde de Aquitania, según otros la llaman, como esposa de don Ramiro, es otra creación no menos interesante de nuestro novelista. Si bien la Historia sospecha que esta señora murió antes del suceso de la campana de Huesca, haciéndose así más fácil la segunda entrada de don Ramiro en el claustro y la cesión de sus reinos en doña Petronila, su hija, no puede negarse que el seguirse otra opinión contraria en la acción de esta novela es un medio dramático de darle mayor movimiento y un recurso de ingenio para encontrar situaciones más apuradas, derramando por todas partes las amargas dulzuras del sentimiento. Y sin sentimiento no puede haber drama, novela, no   -21-   puede existir obra alguna de imaginación y de ingenio.

Si por no aguar el placer de la sorpresa a nuestros lectores sólo hemos apuntado, sin entrar en citas ni ejemplos, los aciertos que ha alcanzado Cánovas del Castillo en esta linda muestra de su ingenio como novelador, con mayor motivo hemos de excusarnos el hablar por el menor de las cualidades de su estilo y de las prendas de su dicción. En entrambos primores del difícil arte de escribir raya muy alto nuestro novelista, sin que baje de punto en la viveza del diálogo, en el artificio de las réplicas de los interlocutores y en la destreza con que se lleva la curiosidad del lector en estas conversaciones y pláticas; de modo que, como por la mano, le conduce a conocer el propósito y los intentos de los personajes, siempre con recreación y entretenimiento. Aquí se demuestra la aplicación de lo que dijimos en el principio de este discurso, a saber: que en esta clase de escritos y narraciones es necesario entrar muy familiarizados con todos los recursos que ofrece idioma tan rico y variado cuanto lo es el nuestro, por la diversidad de sus orígenes y la abundancia de sus términos, giros e idiotismos, para recorrer hábil y diestramente por todos, sus registros, combinándolos, recogiéndolos y desplegándolos al hábil discernimiento del artista, ni más ni menos que como el famoso Liszt recorre con los dedos el variado teclado de un armónico y copioso piano. En este punto no podrán menos de ser tenidos en mucho los servicios que a la lengua ha prestado Cánovas del Castillo, y que puestos al lado de los que de algunos años a esta parte han prestado también otros laboriosos hablistas, han traído al acervo común de nuestro riquísimo insondable idioma las creces de palabras, frases y términos, casi olvidados, o ya por la incuria y pereza de los escritores, o ya por la mala lección de traducciones incorrectas, o ya, en fin, por la mala dirección que dan nuestros planes de estudios al cultivo de las humanidades, de la lengua patria y de todo género de elocuencia. Cánovas del Castillo, por la lección y estudio que ha hecho de su idioma nativo, será indudablemente leído y aun estudiado sabrosamente por cuantos sean amantes de las galas del castellano; este es el solo, pero el más subido premio que de sus vigilias puede esperar un hablista.

No creemos que este juicio, dictado con el propósito más firme de imparcialidad y de justicia, vaya mucho   -22-   más allá de los términos de una sana crítica hasta tropezar con los términos de la inconsiderada alabanza. Si alguien se subleva ahora contra él, sin duda que al concluir la lectura de La campana de Huesca, o ha de estar en cabal acuerdo con nosotros o no ha de hallarse muy distante de los nuestros en sus apreciaciones y juicios. Pero aun en este último caso, le podríamos dar por excusa que cuando es llegado el trance de las manipulaciones y tratamientos, sin excluir la misma escuela fustigadora de Cristo, nadie trata mal adrede a sus propias carnes.

El Solitario





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Capítulo I

En que se habla, a manera de prólogo, con el lector



   El mentir de las estrellas
es muy seguro mentir,
porque ninguno ha de ir
a preguntárselo a ellas.


(Quevedo)                


A orillas de la Isuela hallé esta crónica: en una de aquellas huertas de suelo verde, y pobladas de árboles frutales, cuyas bardas y setos se sustentaban en las piedras robadas a los muros de Huesca.

Y en verdad que es triste crónica para hallada en lugar tan apacible. Mas si de él quitamos los ojos y los ponemos en la ciudad, harto se ve que allí debieron de vivir doña Inés y don Ramiro: el rey monje, y la reina ni esposa, ni viuda, ni doncella.

Aún quedan en pie algunas de sus noventa y nueve torres, oscuras unas y fatídicas risueñas otras y esbeltas, con el disfraz de miradores o azoteas cuidadosamente blanqueadas, a lo largo del Coso. La puerta Desircata está allí arrimada a un gótico convento de monjas. Allí está también el torreón ochavado, cuya ancha bóveda sostuvo ha siete siglos la famosa campana de Huesca. Menos alto está que entonces, pero no menos firme y oscuro. Las bizantinas columnas de San Pedro, viejas ya en el siglo XI, dan sombra aún al peregrino y piadoso recogimiento al penitente. Y amenazan el llano todavía las lejanas torres de Mont-Aragón, no menores en fortaleza que las vecinas montañas, donde fue el Salto de Roldán. Ciudad lóbrega y triste para quien sólo busque el placer de los ojos: agradable para los que prefieren la meditación y el silencio; para los que gustan de ver las tumbas de los héroes y de visitar los lugares donde acontecieron las altas hazañas; para los que se apacientan en la memoria, y sienten el amor de lo antiguo.

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Sin duda esta crónica se compuso dentro de la melancólica Huesca, y mano descuidada la dejó perdida en las alamedas de la Isuela. Y, a no dudarlo, fue hombre de verdad quien la compuso: porque, si bien se registran otras historias viejas, y los romanceros, y los pergaminos de los archivos, y los discursos de los doctos, sobre personas y cosas oscuras, no se hallará hecho o dicho muy opuesto a lo que aquí sucede, o a lo que dice aquí y hace el rey monje.

Ni está menos ajustado que el de este a las crónicas y otros papeles antiguos el carácter del conde de Barcelona don Ramón Berenguer IV, que tan notable parte tuvo en los sucesos que relata el presente libro.

Sólo de doña Inés y Castana dan los documentos escasa noticia; mas, tales como ellas, se hallan todavía mujeres en Huesca, de modo que es también de creer cuanto de ellas dice este cronista. Muchas pasean aún los días festivos por el campo glorioso del Alcoraz, lánguidas y sensibles como doña Inés, alegres y bulliciosas como Castana.

Aznar fue, con efecto, muy servidor de aquellos reyes; y a andar entre almogávares, como cuenta la crónica, bien pudo ser como en ella parece: que nadie tendrá por sobrados sus hechos, si ha registrado las páginas de Muntaner, Desclot o Moncada.

Y recorriendo asimismo de uno en uno cuantos monumentos derruidos cubren las silenciosas calles y la verde campiña de Huesca y cuantos sucesos ha hecho famosos la historia de aquella época turbulenta, el ánimo se inclina a dar bastante crédito al cronista porque ni se halla en su relación mentira que parezca dicha a sabiendas, ni en nombre o cosa se advierte error craso o digno de fundar en él desconfianza. Lejos de eso, no se habla aquí de nombre o, cosa cuyo ser no justifiquen papeles antiguos.

No quiere esto decir ciertamente que de todo cuanto al fin cuenta bajo fe ajena pueda afirmar o defender la verdad, como hombre honrado, el autor o más bien compendiador y editor de este libro. Más relata quizá que cree, como otros historiadores de mucha fama, que han vivido antes que él; y que gozan crédito y nombre de verídicos y graves. Así son de suyo estas historias y crónicas antiguas; y hay que creerlas o dar con ellas al traste, privándose de saber muchas cosas verdaderas y buenas, por temor de conservar en la memoria,   -25-   algunas de dudosa o flaca certidumbre. Porque, en suma, la memoria de los hombres es grande y capaz de contener más números de sucesos singulares y extraños que los que han acontecido de veras desde el principio del mundo, por lo cual no parece que sea muy censurable el dedicar alguna parte de aquella facultad preciosa de la mente humana a recoger también y conservar otras cosas, que, al no sucedieron tales como se dicen, no hay duda que pudieron suceder, y lo mismo deleitan y enseñan, o poco menos, que las que se tienen por más indubitables y claras.

Lo que bien puede creerse es que tan falaces o más que la presente son todas las crónicas o cronicones antiguos, que tratan de los reinos pirenaicos, principalmente de Aragón y Cataluña, y que si en esta aparece bastante confusión de años, sucesos y lugares, trocándose unos por otros con frecuencia, eso mismo cabalmente sucede en todas cuantas pueden consultarse con fruto para poner en claro la historia patria. Ni se tengan fácilmente tampoco por fabulosas muchas de las aventuras de reyes, condes, señores, sacerdotes o gente común que aquí se relatan; que expuestas están, y aun defendidas lo propio que en este en los más estimados libros de Historia de los siglos que tenemos por ingenuos, verídicos, eruditos y doctos. Hartos sucesos menos probados, y aun probables, que los que aquí ofendan la crítica, creemos, o tenemos que hacer como que creemos, muchos de los que gustamos de saber las cosas pasadas. Y ni el propio fray Gauberto Fabricio de Vagad, ni Pero Antón Beuter, ni Briz Martínez, ni Diago, ni Ainsa mismo, ni otros ciento que sería fácil nombrar, de los historiadores de Aragón y Castilla, con ser bastante más modernos y sabios, mostraron ser mucho más severos en su crítica que el pobre mozárabe que originalmente compuso esta crónica parece serlo. Pero él hablaba ya de oídas, como todos hablamos de tantas cosas pasadas; ¿qué tiene de extraño, pues, que de buena fe errara en no pocas ocasiones? Y si él era hombre, por lo que se ve, sencillo y honrado, ¿cómo no había de creer, sin meterse en más honduras, la mayor parte de las cosas que sus vecinos y conocidos, o sus mismos venerables padres le contaron?

¡Filósofos, y sabios, y repúblicos son o parecen muchos que no se enteran con más profundidad ni exactitud de los propios sucesos actuales!

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Justo y oportuno era, pues, el conservar y dar a luz este libro, supuesto que otros y otros semejantes se han dado a la estampa ya, y algunos no muy diversos se dan y se darán aún a luz cada día, sin omitir en él nada de lo que, verdadero o no, ha merecido crédito de tal en los tiempos antiguos.

Por lo mismo la tarea del copista se ha limitado a descifrar y poner en claro los confusos pergaminos donde por tantos siglos ha estado desconocida esta crónica, y a descargar el estilo de voces y frases ha mucho ausentes de los labios de los españoles. No era fácil lo primero, porque los pergaminos son de los que hoy llamamos palimpsestos, y no deja de notarse todavía en ellos el viso y señal de las letras primeras, como que acaso tengan en sí embebidos algunos de aquellos libros que tanto echamos de menos en Tácito, Salustio, Livio y otros que parece que fueron sabios, aunque idólatras; y no fue otra la causa de que saliese incompleta y oscura la primitiva copia, y de que haya sido forzoso publicar otras más extensas y claras, y ajustadas al verdadero texto. Ni lo segundo era hacedero, como acaso muchos imaginan, que no suelen acomodarse hechos tan viejos a los novísimos giros y palabras, y las opiniones y discursos de tales cronistas como el que nos ocupa, se resisten a entrar hartas veces en la pobre y afrancesada lengua que hoy habla España. Mucho son de antigüedad ha perdido en la copia el estilo; pero alguno queda y había de quedar, so pena de desnaturalizar y corromper totalmente la índole de la obra.

Quizá no fuera ocioso dar alguna cuenta del autor de ella, apuntando principalmente su origen, patria y nombre, y el motivo que tuvo para escribirla. Pero sólo se sabe que fue de los muzárabes o mozárabes, porque en diversos capítulos y lugares se da por cristiano y residente en Huesca, antes de la reconquista, cuando sólo en San Pedro el Viejo oraban y eran enterrados los hijos de los cristianos vencidos, y el obispo de la diócesis andaba quizá fugitivo por los húmedos riscos que forman el verde valle de Tena, y las selvosas vertientes de la peña de Oroel, la cual se alza con el propio perfil y apariencia que tendría un león inconmensurable, recostado por detrás, y como en guarda de las viejas y rotas almenas de Jaca. Y con ser mozárabe podía venir de padres españoles como de padres romanos, y   -27-   proceder de algún duumviro o magistrado de municipio, lo mismo que de aquel Filimer, que, al decir de Jornandes, gobernaba a los godos cuando salieron de la Escancia. Que es como decir que nada consta acerca de su persona.

Algo más sabemos ciertamente de la época en que vivió y sucesos a que se refiere en su libro; por lo cual no sería perdida para muchos la ocasión que aquí se ofrece de ostentarse filósofo y político alargando este primer capítulo, puesto que es de los añadidos por el impresor moderno, con noticias y reflexiones extensas acerca de aquella nación, fundada con las salvajes tribus del Pirineo, por unos cuantos monjes y guerreros fugitivos, al pie del monte Pano, que aún hoy coronan melancólicas las reliquias de los sepulcros y celdas de San Juan de la Peña.

Tal vez no pareciera inútil recordar en estas páginas, con algún mayor detenimiento que en las del mozárabe, cómo creciendo y dilatándose de día en día, con estos o los otros caudillos, primero por los riscos y montañas, luego por los valles y llanuras, había llegado a ser reina y señora aquella gente del anchuroso Ebro, cuando poco antes se contentaba con dominar el cauce del humilde río Francés o Gallicum en la lengua de entonces y Gállego ahora, que ofreció a sus rebaños macilentos una fuentecilla escondida en las entrañas del Pirineo; y cómo recibió al fin, con orgullo del Aragón, menos río siempre que torrente, un nombre eterno. Ni estaría de más decir cómo los fundadores del nuevo reino, recelosos de los principios, por aquel quizá que tan mala cuenta dio de sí en Guadalete, trocaron a la postre en un género de república su gobierno, donde poco más de nada era el rey, algo el pueblo, todo los seniores, o grandes, o ricoshombres. Ni se tendría por importuna mayor memoria de las dichas y desdichas a que dieron ocasión tales recelos en los vasallos, y el deseo natural en los príncipes de vivir y obrar a su voluntad y albedrío. Pero de esto, y de las cosas de Cataluña, que también se mezclan en el relato, dirán lo indispensable las pláticas y sucesos que el mozárabe narra, y si por más anhelase alguno, gruesos volúmenes in folio han de instruirle, que no tan diminuta crónica como la que hoy sale al público.

Baste, pues, con decir que ella comienza, a lo que se deduce de los pergaminos del mozárabe, en el año 1134   -28-   de Cristo, cuarenta y tantos de la era de Mont-Aragón, pues lo último no puede claramente deletrearse: primero del glorioso reinado del buen don Ramiro I y de la honestísima reina doña Inés de Poitiers. Y habla ya de por sí, como es razón, desde el capítulo que sigue, el autor verdadero de esta cierta y curiosa historia que es lo que debe apetecer el lector en adelante.



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Capítulo II

Que largamente trata ya de una famosa fiesta y ceremonia que tuvo lugar en la grande ciudad de Huesca


... Et que se levante Rey en sedieylla de Roma o de Arzobispo o de Obispo; et que sea areido la noche en su vigilia: et oya su missa en la eglesia... etc.


(Fuero que dicen de Sobrarbe)                


De no mentir desde las primeras letras el dicho mozárabe, el día era de los mejores de diciembre, y grande, grandísimo el júbilo con que los honrados burgueses de Huesca inundaban calles y plazas, a la hora en que él cortó su pluma y comenzó a escribir esta crónica.

Quemaba el sol como en lo riguroso de estío, dejando entender que no andaban lejos las nubes; y en tanto, su luz vivísima embellecía el más maravilloso de los espectáculos.

Que fuera toda júbilo Huesca aquel día, cosa es que bien pudo equivocarse el mozárabe que lo afirma, porque no siempre dan de ello señales ciertas las galas en la persona y la algazara en los labios; el correr de los unos y el gritar de los otros; los rumores y ecos de una muchedumbre que anda y siente y clama a su albedrío.

Más veces son estas muestras de curiosidad que no de júbilo; que lo propio se nota el día de la coronación de un rey que aquel en que se ejecuta una sentencia de muerte, si es famoso el reo por la enormidad de su crimen.

Pero en cuanto a lo maravilloso del espectáculo, no es posible que errara el cronista, como que cuenta lo que vio, aunque viejo, por sus propios ojos, y tocó con sus trémulas manos.

No hay duda, por lo mismo, que aquel día todas las casas de Huesca estaban engalanadas con cortinas de colores varios y ramas de ciprés recién cortadas; y alfombradas las calles con juncias y siemprevivas, y con   -30-   arcos a mucha altura levantados, y compuestos con hojas de álamos y castaños, arrancadas en los sotos de la Isuela.

Los villanos (rustici) de la famosa hoya de Huesca acudían a las puertas de la muralla de tierra, que a la sazón cercaba los arrabales; y, reuniéndose en ella con los cultos oscenses, que al propio tiempo desocupaban sus casas, agolpábanse todos en tumulto a los robustos arcos, flanqueados por altas y fortísimas torres redondas que a lo interior de la ciudad daban entrada.

Oíanse allí palabras y frases de muy distinto origen y sonido. Quiénes hablaban entre sí a solas la extraña y solitaria lengua éuscara que conserva aún en alguna de sus vertientes el Pirineo; quiénes, y no eran los menos, se comunicaban con unos y otros en el latín corrupto de los hispanorromanos; quiénes parecía que pusieran particular cuidado en pronunciar ciertas voces germánicas, como para dar a entender origen godo; quiénes ostentaban su carácter de francos o extranjeros con su frecuente afirmación en oc, o su marcado acento bearnés. A algunos se les escapaba de cuando en cuando tal o cual exclamación en pura lengua árabe; otros se solían lamentar, entre dientes, de los percances ordinarios del bullicio, en el habla misma con que Isalas y Jeremías de mayores desdichas se lamentaron; muchos de la plebe corrían de acá para allá, procurando que todos entendiesen por igual una especie de jerga o jerigonza que algo sonaba ya al moderno romance castellano; no pocos, por último, de los hombres buenos y bien portados, que en sus maneras y trajes claramente parecían aragoneses, con cierta afectación de superioridad y buen gusto deletreaban un dialecto que tenía el propio dejo del lemosín, que todavía usan gentes españolas.

Poco menos que la del idioma era la diversidad de los trajes, que por aquí y por allá distinguía la curiosidad, sin duda insaciable, del cronista mozárabe.

Ocupaban las pequeñas y mal repartidas ventanas de las casas las damas principales; todo el señorío, podía decirse, de Huesca y de las vegas del Gállego, del Aragón y del Ebro. Y sería muy de ver seguramente aquella multitud de mujeres alegres con sus mantos de bruneta, que era tela de fina lana, y sus manteletas forradas de piel de conejo, con sus vestidos de cendat, donde ya campeaba la rica seda, y de escarlata; con sus ojos y   -31-   sus rostros que acaso produciría no menos lindos que ahora el arte inagotable de la Naturaleza.

Mas el gentío y variedad mayor estaban, como era natural, en las estrechas plazas y calles. Allí revueltos y confundidos en aquella multitud, se miraban los caballeros (milites) con sus garnachas o balandranes, y sus capirones o gorras rematadas por la parte inferior en esclavinas que caían sobre los hombros. Allí los ciudadanos y gente común (burgueses) con sombreros y capas guarnecidas con pieles de cordero. Allí los moros mudéjares, todavía recién conquistados, con sus resplandecientes albornoces y turbantes. Allí el almogávar, que por primera vez bajaba acaso de la montaña, o vascón, o godo, o hispanorromano, que no era fácil, por cierto, averiguar el origen de ninguno de ellos; pero siempre y por igual cubierto con el ancho capuchón de malla que le caía de la cabeza hasta las rodillas, y la piel de toro o de lobo amarrada con una soga a la cintura; desnudo el pecho y los brazos y piernas; armado con su corta y ancha espada, sujeta entre la piel y la soga; provisto, además, de dos dardos, enganchados en esta, de menos que mediana labor, pues consistían en palos de encina o roble sin descortezar, y puntas de hierro de cuatro lados, agudísimas y limpias, como si sus dueños se ejercitasen continuamente en afilarlas contra las piedras. Gente esta última de mal ver y de poco cristiana catadura, que andaba con singular desembarazo, mirando, con más desprecio que asombro, las pintadas telas y el limpio metal que ostentaban otros del concurso.

-¿Adónde vamos, Fortuñón?

Así dijo uno de tales almogávares a otro, de harta más edad, con quien venía.

-A la Misleida -respondió este.

-¡Misleida! No he oído nunca mentar eso, Fortuñón.

-Ni es de extrañar, hijo Aznar, que tanto ignores. Tú no debías de ser nacido cuanto tu padre y yo peleamos uno contra veinte en aquella llanura que al frente miras, la llanura del Alcoraz. Pues sábete que de resultas de tal jornada, la más sangrienta que hayan visto los pecadores, se rindió esta ciudad, tan fuerte como la ves, con sus noventa y nueve torres, que son casi tan altas como los cerros que cierran el llano de Jaca.

-Pero, ¿y la Misleida, Fortuñón? -repuso el otro almogávar, que no debía de ser hombre de espera.

  -32-  

-Paso, hijo mío, paso -contestó Fortuñón-. A vosotros, los que sois mozos, debe de daros envidia que los viejos sepamos de tales hazañas. La Misleida era la iglesia principal de aquellos perros infieles que ocupaban esta ciudad hermosa. Mírala, Aznar, mira esta ciudad y considera cuánto dolor no sería que estuviese aún en poder de aquel perro de Ebn-Hud y de sus malditos vasallos.

-Eres prolijo, Fortuñón. Dime, si te place, por qué hemos de ir a esa condenada mezquita de moros, y no a la iglesia de los cristianos donde hoy se celebra la jura y coronación del buen rey don Ramiro; que eso y no otra cosa pregunto.

-¿Qué sabes tú de buenos reyes? -dijo Fortuñón con acento un tanto dolorido-. ¡Buenos reyes! Desde que una mala flecha quitó la vida a nuestro invicto rey y señor Sancho Ramírez, temiéndome he estado yo que no los viésemos tan buenos. Y aunque don Pedro y don Alfonso lo fueron y...

-Pero, ¿qué tiene que ver eso con la Misleida? Por la espada de San Miguel y la lanza de San Jorge, que, a no ser quien eres, no pudiera ya refrenar la cólera que me causan tus digresiones. Responde a lo que te pregunto o no respondas; pero no me atormentes con cosas que sé tan bien como tú a fuerza de oírlas a todas horas.

-Paso, paso te digo, Aznar -repuso con calma su compañero-. No envidies mi pericia y conocimiento en esto de buenos reyes. Cabalmente vamos allá, a la Misleida, a ver la jura y coronación de don Ramiro, porque has de saber que el rey don Pedro (aquel sí que era buen rey, Aznar) convirtió la mezquita de los moros en santa catedral de cristianos.

Y a tiempo dijo esto Fortuñón, que llegaban entrambos a la estrecha plaza en donde se levantaba la rica Misleida, templo querido y venerado de los moros a la par de las grandes mezquitas de Córdoba y de la Meca, y, a la sazón, tenido de los cristianos por uno de los mejores donde se adorase al Dios verdadero.

En la plaza era innumerable el gentío, y las puertas del templo estaban ocupadas de tal suerte, que no parecía posible hallar entrada.

Fortuñón y Aznar lograron, sin embargo, abrirse camino por en medio de todos hasta las numerosas columnas, de capiteles varios, del templo, que no parecía   -33-   con ellas sino que era un bosque de mármol simétricamente plantado. Lo extraño de su continente y lo espantoso de sus armas y apostura, al propio tiempo que la fama de ásperos y violentos que alcanzaban los almogávares, eran parte a que los pacíficos burgueses abriesen a aquellos ancha calle, no bien intentaban el paso. De esta suerte lograron cosa que, a tales horas, no era fácil que otros lograsen.

La ceremonia andaba ya bien comenzada. El nuevo rey don Ramiro, después de haber velado las armas toda la noche, según ordenaba la ley del Fuero, había oído misa y comulgado, ofreciendo luego ante el altar púrpura y oro en monedas, las primeras batidas en su reinado.

En el momento de entrar los almogávares, la comitiva, compuesta de muchos prelados y caballeros, estaba plantada delante del altar mayor.

Ocho ricoshombres de los mejores del reino alzaron sobre un largo pavés a don Ramiro, gritando al propio tiempo muy esforzadamente:

-Real, Real, Real.

Y los circunstantes repitieron todas tres veces el grito. Entonces el rey, desde lo alto del pavés, arrojó a la muchedumbre copia de monedas nuevas, que podrían valer hasta cien sueldos de Jaca.

Luego pusieron el pavés en tierra los ricoshombres. Y acercándose el rey al altar, tomó de allí primero la corona, toda resplandeciente de piedras verdes y rojas, que debían de ser muy preciosas, sin duda, y la espada hecha a semblante de cruz, según el cronista; ciñéndose por sí mismo una y otra como en señal de que ningún otro rey terrenal tenía poder sobre él, ni a nadie en el mundo era en deber de su autoridad y soberanía.

Y aquí advierte el mozárabe que don Ramiro anduvo un tanto torpe en el ceñir de la espada, como si no estuviese acostumbrado a ello; verdad es que, a darle crédito, en toda la ceremonia se mostró el rey embarazado y con menos majestad que convenía.

Pero, bien o mal, ello es que se puso la espada y corona, y luego se encaminó a un tablado, dispuesto a la mano derecha del altar, y ricamente forrado de tela de seda, con las primitivas armas de Aragón aquí y allá bordadas. Encima del tablado había una silla de ébano, con primorosas labores de nácar y marfil, y una tal   -34-   cual de plata, en la que el rey se sentó, aguardando que llegase el reino a tomarle juramento.

Subió primero el arzobispo de Zaragoza, acompañado de otros dos prelados, y, poniéndole delante la cruz y los Santos Evangelios, dijo:

-¿Juráis ser fiel a la Santa Iglesia Católica, y obediente a sus príncipes y prelados?

-Sí, juro -respondió el rey.

-¿Juráis respetar las decisiones de la Iglesia en sus Concilios, y las sentencias de los Santos Padres en todo lo que atañe al dogma y a la interna y externa disciplina?

-Sí, juro -volvió a responder el rey.

-Pues si tal hacéis -concluyó el prelado-, Dios os lo premie, y si no os lo demande, que si os lo demandaría, así en esta vida como en la otra.

Bajó el arzobispo del tablado, y subieron tres ricoshombres, que fueron Roldán, Gil de Atrosillo y García de Vidaura; y el primero de ellos, presentándole también la cruz y los Santos Evangelios, habló al rey de esta suerte:

-¿Juráis respetar los fueros y privilegios que nosotros los señores y ricoshombres del reino disfrutamos ab initio, por la gracia de Dios, es a saber, desde que en las montañas empezaron a repartirse los bienes a los más esforzados?

-Sí, juro -respondió el rey.

-¿Juráis devolver a todos y cada uno de los ricoshombres del reino los castillos y lugares de que injustamente los han desposeído vuestros predecesores?

-Sí, juro -dijo de nuevo el rey.

-Pues si todo ello lo cumplís -repuso Roldán-, conservaréis el reino hasta la muerte, y si no lo perderéis en justo castigo del perjurio y agravio.

Cuenta el cronista que, al sonar estas últimas palabras, se sintió gran rumor entre el pueblo, que, por lo confuso, no descubría claramente si era de aprobación o de extrañeza, aunque más indicaba esta que no aquella, pareciendo como si tal fórmula de juramento no se hubiese oído nunca bien que él de por sí no pudiera esto asentarlo de seguro, porque, como mozárabe que era, no andaba muy ducho en los fueros y usanzas de los conquistadores aragoneses.

No bien acabó el juramento del rey a los vasallos, comenzó el de los vasallos al rey, que fue de esta manera:   -35-   subiendo al tablado unos tras otros todos los arzobispos, y obispos, y abades, y todos los barones y ricoshombres, y algunos luego del estado llano, y allí jurando de guardarle el cuerpo y de ayudarle a mantener la tierra, el pueblo y los fueros. Y jurándolo, iban besando todos su mano en señal de obediencia y vasallaje.

Pero es hora de cortar ya la relación difusa y compleja del cronista.

Sépase, en suma, que fielmente constan en el manuscrito que vamos siguiendo los nombres de todos los prelados, caballeros y diputados que allí se hallaron; las riquezas y pompa que cada uno traía; los colores y divisas, armas y jaeces de estos y aquellos, todo rico, todo relumbrante en oro y plata con otras tales menudencias que ni son para libro tan corto como este, ni mucho podrían importar a los lectores.

No es de olvidar, sin embargo, que en el punto de jurar los brazos del reino, cayó del techo una lluvia de dineros alialeros o de cobre y plata; y aun hubo quien asegurase que cierto judío disfrazado entre la muchedumbre supo divisar por el aire y recoger para sí una hermosa moneda de plata pura, y de bonísima ley, si nacional o extranjera nada se sabe, porque bien podía ser lo uno como lo otro entonces. Costumbre esta de echar y regalar buenas monedas al honrado público que suele tomar parte en las fiestas, no tan observada como sería de desear en nuestros días.



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Capítulo III

Comienza a aguarse la fiesta



    Por lo que no le respetan,
por lo que le desacatan.


(Romancero)                


Así como acabó la coronación y jura, el rey y su comitiva, dejando el tablado y el altar, se encaminaron a la puerta principal del templo.

Allí fue cosa de ver los empujones, amenazas y carreras que hubo, y los gemidos y maldiciones en que los piadosos burgueses de Huesca prorrumpieron al sentirse magullados estos, pisoteados aquellos, traídos todos de acá para allá en las oleadas de su propia muchedumbre, anhelosa por ver a la luz del día al nuevo rey.

Pero, ¿a qué reparar en ello? En verdad que los bullicios y tumultos no son de este ni de aquel tiempo; y si el buen mozárabe resucitara, había de verlos tales en nuestros días, que olvidase aquellos antiquísimos en que él se encontró y puso pies y manos como cualquiera.

Lo que no ha de olvidarse es que aquellos dos almogávares, Fortuñón el uno, Aznar el otro, así como lograron entrar en la catedral y ponerse en buen lugar para verlo todo, cuando ya estaba la iglesia llena de gente, no bien echó a andar ahora la comitiva real, salieron y se colocaron, muy a su sabor, en sitio donde podían estar presentes a cuanto aconteciera.

En el atrio de la catedral, plantado de álamos blancos muy altos, paró la procesión; montaron a caballo el rey y sus caballeros, y luego tomaron todos juntos el camino del alcázar.

Iban primero diversos bailes y danzas de los oficios de la ciudad.

Detrás fueron pasando los bordonadores, y tablajeros, y justadores que habían de tomar parte en las fiestas de por la tarde, montados en soberbios caballos, con paramentos de oro y sedería.

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A estos seguía el pendón real, que traía en las manos don Miguel de Azlor, señor de Monzón, de los principales del reino, y en pos de él asistían muchos caballeros y gentileshombres de su casa.

Luego venía un gran castillo de madera con cinco cirios ardiendo, el uno, mayor que todos, en medio, y los otros cuatro en las esquinas.

Seguíanse doce gentileshombres a pie, con sendos blandones de cera encendidos, en los cuales se miraban pintadas las armas reales.

Traía la espada del rey el almirante de Aragón, don Sancho de Fontova, a quien acompañaban, este a un lado, aquel al otro, dos ricoshombres de los mejores, como en custodia de su persona.

Y por fin, llegó el propio don Ramiro, vestido con la dalmática de seda y oro y el chapele real, montado en un fogosísimo caballo blanco, que bien podía ser, por la estampa, de Córdoba, con paramentos de oro y escarlata.

Cerraban la comitiva muchedumbre de barones y nobles, caballeros y escuderos, los síndicos y jurados de las ciudades, y otra más gente principal e hidalga, acompañando a los arzobispos, obispos, y abades del reino.

Y cuenta la minuciosa crónica que seguimos, que así como vio llegar la procesión Aznar el almogávar, comenzó a hablar con su compañero Fortuñón, el cual conocía como buen viejo a todos los señores de la Corte, demandándole el nombre, condición y empleo de cada uno de ellos.

-¿Quién es aquel viejo que va junto al que lleva la espada del rey?

Tal fue una de las preguntas.

-Aquel es -respondió Fortuñón- el buen Férriz de Lizana. ¡Qué decaído está! ¡Oh, si tú le hubieras conocido en sus buenos tiempos, allá cuando peleamos uno contra ciento en la llanura aquella que ahora está a nuestra espalda, en la llanura del Alcoraz!

-Más es su cara de mal vasallo que de buen soldado, Fortuñón. Lleva más soberbia que el rey. Mira con qué gesto clava sus ojos en los leales burgueses que se agolpan al paso: no puede reprimir la ira cuando oye las aclamaciones de la muchedumbre: parece como que quisiera que esas aclamaciones fueran para él.

-Siempre ha sido así Férriz de Lizana; siempre se   -38-   las ha disputado con los reyes. Es mucha arrogancia la de don Férriz.

-Quitársela yo si rey fuera -dijo Aznar con mal ceño.

-Tente, Aznar, hijo mío, tente -repuso Fortuñón-. Eres ligero de cabeza, y eso ha de traerte alguna malaventura en esta vida.

-¡Malaventura! -replicó Aznar-. En tanto que yo tenga tales dardos en el cinto, y tal espada ande en mis manos, y haya montañas por donde correr, y hierbas con qué comer, y arroyos donde refrescar las fauces, daráseme una higa de todos los Lizanas y ricoshombres de la tierra.

Y al decir esto, el almogávar dio una patada en el suelo. Chocaron sus armas unas con otras, y dejaron oír un son siniestro, el cual espantó a los pacíficos ciudadanos que cerca estaban, de suerte que muchos se apartaron buen trecho.

-¡Menguados! -dijo Aznar sonriéndose.

Fortuñón, fijos los ojos en la espléndida comitiva, no reparó en esto, y hubo algunos momentos de silencio. Al cabo de ellos tornó a preguntar Aznar:

-¿Y cómo llaman a aquel otro infanzón que con tan poca reverencia viene al lado del rey hablando y riendo con los que le acompañan? Tiene el rostro mofador e insolente.

-¿No le conoces, Aznar? -respondió Fortuñón-. Pues no le hay más conocido en todo Aragón. Tú mismo le acabas de ver y oír en la catedral; que él fue quien tomó juramento al rey en nombre de los ricoshombres. Ese no es otro que Roldán, ricamente heredado en la sierra de Guara, hijo de un noble y gentil caballero que murió peleando valientemente al lado del buen rey don Ramiro, en la jornada de Graus: descendiente de aquel otro Roldán tan famoso, de quien hay cantares en la montaña, por ser de los grandes capitanes y soldados de un rey que dicen que se llamó Carlomagno. Témese que sea el último de los de su casa, pues no tiene sucesión hasta ahora.

-En buena hora lo sea, que también parece soberbio y mal vasallo; y, por último, pudiera contársele ya, si yo fuera el rey, o el rey se guiara de mis consejos, que en verdad fue insolente el juramento que le tomó, y mejor que prestarlo me pareciera a mí que hiciera volar su cabeza y las de todos sus iguales.

  -39-  

-No quieras mal a los nobles, Aznar, que ellos son la flor y amparo del reino, y los amigos del rey.

-¿Ellos dices? ¡Voto va! No hay otros amigos para el rey de Aragón sino sus fieles almogávares. Los ricoshombres no pelean sino para ganar oro y estados y vivir en soberbios castillos y alimentarse con buen venado y jabalí, mientras que nosotros damos de balde nuestra sangre y dormimos a la intemperie sobre las peñas, en la frontera de moros; y no tenemos qué comer sino alguna pieza escapada de sus nuevos cotos, y las insípidas hierbas que arrancamos de debajo de la escarcha o la nieve. Y aun ellos son los que asesinan a nuestros hermanos indefensos con sus malditos perros y escuderos. Mas, ¡vive Dios!, que en llegando a averiguar quién fue así el matador del mío, no ha de valerle ni...

Iba a proseguir Aznar en sus amenazas e improperios contra los ricoshombres, cuando se sintió una gritería inmensa, y gran movimiento en la muchedumbre.

-¿Qué será, qué no será?

Así se preguntaban unos a otros los circunstantes, y sin aguardar la respuesta, corrían estos por acá, por allá aquellos, y todo era confusión y algazara.

-¡Que se mata, que se mata! -gritaban unos con dolorido acento.

-¡El Cogulla, el Cogulla! -decían otros con risa.

Y a cada instante se acrecentaba el tumulto.

Fortuñón y Aznar miraban con más curiosidad que susto aquella escena, que no acertaban a explicarse. Al llegar cerca de ellos las oleadas de la muchedumbre, Aznar, como de menor aguante que su camarada, las repelía violentamente con sus robustos brazos, al paso que este le exhortaba un tanto a la paciencia. Pero en el ínterin la procesión parecía desbandada. Caballeros y prelados abandonaban sus puestos y corrían de acá para allá, antes aumentando que no calmando la ansiedad y el tumulto.

El rey no estaba en su lugar, ni podía atinarse al lejos qué había sido de su persona.

Y el eco de aquel extraordinario suceso, pasando de calle en calle y de lugar en lugar, haciéndose mayor y más temeroso al paso que se alejaba del punto de su partida, traía ya puesta a toda Huesca en asombro y miedo.

Un clamor más intenso y pavoroso que cuantos hubieran   -40-   sonado hasta entonces se oyó de repente en la plaza del Alcázar.

Aznar y Fortuñón, movidos de curiosidad, habían llegado hasta allí, sin saber dónde iban, vagando al azar por entre el gentío, preguntando a todos, Fortuñón cortésmente, con razones ásperas Aznar, la ocasión del estrépito. Mas ni de uno ni de otro modo alcanzaban respuesta.

Al oír aquel último clamor, repetido por todas partes, alzaron entrambos los ojos y vieron que un soberbio caballo blanco corría desbocado hacia el muro, que por aquel lado caía encima del cauce de la Isuela, angosto y profundo siempre, crecidísimo ahora con las primeras lluvias del invierno. Pálido, descompuesto los cabellos, caído el chapelete, abierta y flotando al viento la dalmática real, apretaba en sus brazos don Ramiro el cuello del bruto indócil, que corría y corría, regando el suelo con la blanca espuma de sus quijadas.

A cada instante crecía, con el ardor de la carrera, la furia del caballo, y ora se levantaba sobre las manos, ora se ponía sobre los pies; ya se paraba temeroso, ya recobrado seguía de nuevo adelante. Y el rey, tendido en tanto sobre la silla, pegado al cuello del caballo, pedía angustiosamente socorro, aunque no parecía que pudiera venirle sino del cielo.

Ya el animal, ciego de rabia, distaba pocos pasos del borde del muro. A todo escape venían detrás varios caballeros; pero lejos de darle alcance, le estimulaban más a la carrera. Apartábanse los villanos a uno y otro lado sin osar detenerlo, y no faltaba sino un instante para que se despeñase con su jinete en las turbias aguas del río.

-Fortuñón -dijo en esto Aznar-, ¿no ves qué cobardes o qué torpes son todos estos ricoshombres?

-¡Dios le ampare! -exclamó Fortuñón santiguándose.

-No mereces ser de los almogávares -repuso Aznar con mayor aplomo que hasta entonces.

Y descolgando rápidamente de su cintura uno de los dardos de punta cuadrangular que traía, lo disparó contra el animal con tal acierto y fuerza tan poderosa, que, atravesado el vientre de parte a parte, cayó en el suelo, al borde mismo del muro, derramando a borbotones la sangre.

  -41-  

Y así como esto hizo el almogávar, cruzose tranquilamente de brazos.

Al ver a don Ramiro tendido cuan largo era sobre el agonizante caballo y abrazado aún a su cuello, el temor y la sorpresa de muchos y el escarnio de los demás, se reunieron en uno, estallando a la par en carcajadas e insultos. Los propios cortesanos, al ayudarle a levantar, dejaban escapar de sus labios la risa, y aun tan cual de ellos se atrevió a dirigir al asendereado monarca preguntas burlonas, o irónicas excusas de su desdicha.

-¡Que este hombre nos traigan por rey! -dijo en esto el buen caballero García de Vidaura a Roldán.

-¿Y por qué no, Vidaura amigo? -repuso Roldán-. ¿Porque es mal jinete? Destrísimos que lo fueron don Pedro y don Alonso, sus hermanos y aun por serlo, nos quitaron cuanto habíamos ganado con nuestra buena maña, y se gobernaron solos el reino, sin ayuda ni consejo de nadie.

-Ahora digo yo, buen Roldán, que lo acertáis, y tened por no hablado ni pensado lo que oísteis. Mas ¿no me dejaréis reír a mi sabor de la caída del desventurado jinete? ¿Quién, puso tan soberbio potro a su cuenta? ¡No sabe tener la brida en las manos!

-Reíos cuanto bien os plazca, Vidaura; que en eso no hacéis más que contentar el ánimo, y en nada estorbáis que vayan las cosas como es razón, sirviéndonos de estas y otras tales ignorancias del rey para lograr nuestros propósitos.

Y a la par que así discurrían los ricoshombres, no faltaban pecheros y villanos que aquí, allá y acullá exclamasen en coro:

-¡Es un cogulla! ¡Es un carnicol! No, pues atended y veréis cómo él defiende la frontera de moros y nos libra de las usurpaciones de navarros y castellanos. Bien se está Zaragoza en feudo de Castilla, que nadie irá a libertarla.

Poco a poco, como era natural, se fue calmando el tumulto y fijándose la atención de nuevo en lo que sucedía.

Ya el rey estaba en pie y rodeado de todos sus ricoshombres; mas no corto rato estuvo sin decir palabra, persignándose y rezando para sí sus oraciones.

-¿A quién debo la vida? -preguntó al cabo.

Y el cronista asegura, aunque no sabemos cómo cosas   -42-   tan íntimas pudo averiguarlas, que muchos del concurso, dejada la burla aparte, sintieron en el alma no poder señalarse por tales. No respondiendo nadie a la primera pregunta, volvió a preguntar el rey:

-¿Quién, digo, disparó ese dardo tan en mi servicio?

-El dardo es de un almogávar -contestó al fin uno de los presentes-. Conócesele a la legua por lo rudamente labrado que está: un tronco y un hierro afilado.

Entonces todos los ojos se fijaron en dos almogávares que a poco trecho se mostraban descollando entre la gente de alrededor por lo alto y membrudo de sus personas.

Don Ramiro mandó que los trajesen a su presencia. Y los almogávares se acercaron a paso lento, bajos los ojos Fortuñón, Aznar sereno y frío, como si aquello le fuese indiferente.

-Almogávares -dijo el rey-, ¿cuál de vosotros dos me ha salvado la vida? ¿Tan poco estimáis mi gratitud, que no la reclamáis, mereciéndola?

-Ha sido mi camarada, señor, este mancebo que está conmigo -dijo Fortuñón, viendo que Aznar no respondía.

-¿Y cómo te llamas? -repuso el rey, dirigiéndose al joven almogávar.

-Se llama Aznar Garcés -volvió a decir Fortuñón-, y es hijo de García Aznar, que fue gran servidor del padre y hermanos de vuestra alteza, el cual se halló entre los que trajeron a cuestas los peñascos para labrar esa fortaleza de Mont-Aragón, y entre los que ganaron esta gran ciudad de Huesca; y estuvo también en la infausta jornada de Fraga, que Dios maldiga, y allí murió no lejos del glorioso don Alonso. Fue García Aznar de los mejores almogávares que hubo en la montaña, y ya no nos queda de él sino este hijo, que no le es desigual en prendas, al cual yo y otros almogávares vamos endoctrinando y adiestrando en el ejercicio de las armas.

-Paréceme -dijo el rey- que más necesita de tu buen hablar que no de tus lecciones en armas; y que él es tal, que pudiera darlas al más arriscado campeón de estos reinos. ¿Qué dices a esto, Aznar Garcés?

-Digo, señor, que no he hecho por vos sino lo que hiciera por cualquier otro jinete, puesto en peligro tamaño.

  -43-  

-¡Cómo! -replicó el rey sorprendido-. ¡Menosprecias, con efecto, mi gratitud! ¿No quieres que tenga en nada el servicio que me has hecho?

-No quiero -repuso el almogávar - sino que en adelante me ponga vuestra alteza en mayores ocasiones.

-Leal pareces -dijo don Ramiro-, y ojalá -añadió suspirando- que tuvieses en Aragón muchos iguales.

Un pensamiento confuso cruzó entonces por sus ojos y su frente; aparecieron a un tiempo mismo en su rostro recelo, amargura y acaso remordimiento. Pero recobrado antes de mucho continuó:

-Mira, Aznar, acude al alcázar cuando bien te plazca: di tu nombre, y no te faltarán santas reliquias, sueldos y aun armas, si las quieres; porque en verdad te digo que has hecho por mí lo que yo no esperaba de nadie.

-Con perdón vuestro, señor -dijo el almogávar-, iré cuando pueda serviros, no antes, que no gusto de pecar en importuno.

Y haciendo una reverencia, se apartó con su camarada largo trecho.

-Siempre pecarás en ello, miserable -murmuró Lizana-. No parece sino que este menguado de rey gusta de conversaciones con los villanos. He mandado ahorcar más de ciento como ese, y juro a Dios que...

No pudo acabar. El rey, seguido de toda su corte, entró luego en el alcázar que allí frontero levantaba sus macizos torreones redondos y ochavados, con altas almenas y matacanes, que a veces escondían entre sus peñascos verdinegros los lindos ajimeces y las caladas claraboyas de los moros. Y Lizana fue de los primeros que le siguieron.

El gentío se fue luego disipando, hasta que la gran plaza del Alcázar quedó completamente desocupada, y toda Huesca tranquila.

Y debe de ser cierto, como afirma el mozárabe, que el suceso del rey y la hazaña del almogávar sirvieron de tema por todo aquel día y no pocos de los siguientes a las conversaciones de los cultos oscenses y de los villanos de la comarca, sin que pudieran poner aquellos en olvido los lances del torneo y justas con que se ocupó luego la tarde.



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Capítulo IV

Que por ser todo esperanzas y temores entretiene y no satisface al curioso lector



    Calandrias y ruiseñores
que cantáis a la alborada,
llevad nueva a mis amores
como espero aquí sentada:
La medianoche es pasada
      y no viene,
sabedme si otra amada
      lo detiene.


(La Celestina)                


En una de las torres del alcázar había un salón como partido en dos mitades por un amplio cortinaje de seda suspendido del techo y recogido de ordinario de entrambos lados. Cada una de las dos partes del salón suntuoso tenía una decoración diferente; pero ambas de estilo románico o bizantino. Graciosas galerías de arquitos, formadas con delgadas columnas de mármol, interrumpían, lo mismo en una que en otra parte, la desnudez de los altos muros. Dos grandes ventanas, a la sazón cerradas, se abrían en los extremos del salón, que iluminaban sólo entonces tres grandes lámparas de plata. Allí se hallaban, en la noche del día que se acaba de historiar, departiendo dos mujeres, de muy diferente calidad, según mostraba el que la una, en pie, servía a la otra sobre un cojín oriental sentada.

-Asegúrote, Castana -decía la de más calidad-, que aún no he vuelto del grande asombro y pena que me causó el suceso del rey.

-Loado sea Dios, señora mía, que sano y salvo le sacó de tal peligro -respondió la otra, al tiempo que le clavaba en el cabello, para sujetárselo, uno de varios alfileres de oro con piedras rojas que tenía en la mano.

La dama, que entre tanto colocaba en uno de sus blanquísimos dedos una sortija también de oro, con un hermoso zafiro, dijo de nuevo:

-¿Hallástete presente, Castana?

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-Hallábame a la sazón en la torre del Oriente, y desde allí alcancé a ver muy bien lo que acontecía.

-Dicen que fue un buen caballero quien salió al paso al caballo y supo detenerlo: así Dios le ayude a él y a todos los de su casa.

-Pues os engañaron, señora -replicó con notable calor Castana-; no fue sino un rústico, un villano, uno de esos que nombran almogávares.

-Gente fiera es, Castana; mas dígote por mi ánima que cuanto horror hube de ellos hasta ahora, he de convertirlo en amor para en adelante.

-¡Si a este hubierais visto, señora! Mozo es que no ha de contar, por mi cuenta, los veinticinco años; alto, membrudo y ágil a maravilla, ojizarzo, pelinegro, trigueño en la color, mas en labios y mejillas matizada con purísimos carmines. ¡Si le hubierais visto, señora! Él, con su tosco traje, oscurecía a los más apuestos galanes de la corte; y cierto que, a calzar espuela de oro, no se la hubiera aventajado uno sólo de los justadores que esta tarde han entrado en la liza.

-Muy bien le miraste, Castana; que hartas señas das para visto de paso.

Castana se sonrojó al oír estas palabras, y por breve rato guardó silencio; cosa fácil entonces que atendía a ajustar al cabello de su señora un aro de oro con primorosas labores bizantinas y algunas piedras incrustadas de diversos colores. Corona de reina, sin duda, probablemente conservada desde el tiempo de los godos en la montaña; al ponérsela ahora la dama de quien tratamos, bien a las claras mostraba cuál fuese su clase y categoría. Luego, variando de intento de conservación, habló de esta manera Castana:

-¿Pondreisos ahora el collar de piedras blancas y azules bendecido por el Padre Santo, que os dio en arras mi señor el rey el día de las bodas? Grande es el broche y todo de oro. ¿Es cierto, señora, que hay dentro de él madera de aquella en que clavaron a Nuestro Señor Jesucristo?

-Sin duda alguna, Castana; y perlas y zafiros finos con las piedras; mas tráele pronto sin más discursos, que el tiempo pasa y es hora de acudir al sarao.

-Aquí está, señora. Tomad también este luengo manto de hilos de seda y oro con figuras de pájaros y flores, que dicen que es de tierra de moros. ¿Llevaréis allá hoy también la manteleta de armiño?

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-Qué pregunta, Castana; quizá a presentarme en el sarao sin ellos no me conocerían por quien soy -respondió sonriendo la reina.

-¡Qué hermosa estáis!

Así exclamó, por último, Castana al ver en pie a su señora; la cual, puesto ya el manto, se miró un momento con indiferencia en un pequeño espejo de plata, quizá romano, que mal y pálidamente podía contener y reflejar su rostro sólo. Luego, poniéndole en manos de Castana, echó a andar hacia la puerta de la sala.

Pero antes de traspasar su umbral volvió la cabeza un punto la hermosa, y teniendo un tanto el paso, le dijo a la doncella:

-Por tu vida, Castana, respóndeme sin lisonja alguna a lo que quiero preguntarte. ¿Cómo me hallas esta noche? ¿No se me reconoce el susto pasado en el rostro? ¿Me va bien el tocado que me has hecho?

Tiempos amargos para las mujeres aquellos pobres y desnudos, en que vivían sin el moderno confidente de sus deseos, el cómplice de sus flaquezas, el íntimo amigo de sus encantos, el grande y verídico espejo de estirpe veneciana de nuestros días; mal reemplazado allí por uno metálico, de escaso brillo y redondo, que no bastaba a copiar de cuerpo entero a mujer alguna. Por no tener suficiente espejo, aquella mujer tan ansiosa por brillar y agradar, como francesa que era, pero tan ilustre por su nacimiento, puesto que venía de la ya antiquísima casa de los condes de Poitiers; tan orgullosa con ser reina, y nada menos que reina de Aragón, aquella doña Inés, en fin, de todos admirada y servida de todos, se prestaba a pedir así una frase halagüeña a una de las pobres doncellas de su servidumbre.

¡Oh! ¿Qué sería hoy de la más modesta de nuestras damas si no tuviera un espejo, un verdadero espejo, y hubiera de ignorar los íntimos secretos de su belleza, y no pudiera medir y contrastar el poder misterioso de sus atractivos? Dolor da de pensarlo. Porque cuanto hay por el mundo cambiar suele, menos el deseo de parecer bien en las mujeres. Todo en tal punto era en ella, hace siete siglos, como es hoy, ni más ni menos. No hay más sino perdonarle su flaqueza a doña Inés, por tanto. Juntamente salió ella al fin de la cámara regia con Castana; pero no entró con ella, sino con otras muchas que ya la esperaban para eso en el soberbio   -47-   salón donde tenía lugar el sarao a que, en final honra y solemnidad del día, asistía la corte.

Castana, en tanto, no bien fio el cuidado y compañía de doña Inés a aquellas otras altivas damas y cortesanas, harto menos fieles que ella, corrió a su aposento, situado no lejos de la regia cámara. Allí la aguardaba ya un pajecillo vivo y alegre y retozón como sus años, que apenas le dejaban llegar a la adolescencia.

-Buenas noches, señora Castana -dijo al verla-, buenas noches. A fe que me habéis hecho correr más que un ciervo de los que levantan los lebreles del rey en la sierra de Guara. ¿Ni qué ciervo o lebrel pudiera compararse con ese endiablado de almogávar? No le perdone Dios lo que me ha hecho andar tras él todo el día vagando de acá para allá y sin descansar en ninguna parte. Él no come ni bebe, a lo que parece, ni a mí me ha dado tiempo para hacerlo. Y a Dios gracias que he tropezado con unos barquillos y algunas suplicaciones y confites en vuestras alacenas escondidos; y que mosén Blas, el sacristán de San Pedro, me ofreció al pasar por su puerta un buen trago de agua, que de otro modo hasta me habría faltado saliva en la lengua para daros noticia de mi encargo. ¡Oh perro, y bergante, y bárbaro de almogávar!...

Llevaba trazas de ir adelante, cuando Castana, tomándole la diestra oreja en una mano, comenzó a hacerle unas a modo de caricias, que a él no debieron de parecerle tales, según el grito que se escapó de sus labios, impidiéndole acabar la oración. Mientras se llevaba las manos a la oreja maltratada, poniéndosela a guisa de escudo, dio tiempo a Castana para decirle:

-Silencio, Ruderico, no hables mal de los que sirven al rey como tú no sabrás servirle en la vida. Si corriste tanto tras él, culpa fue tuya; que para decirle que una doncella de la reina quería hablarle, y dónde y cómo, maldito el tiempo que se necesitaba. ¿Por qué no le paraste de buenas a primeras y le dijiste mi encargo, sin más andanzas ni requilorios?

-¡Qué es decir! -exclamó el pajecillo sin apartar las manos de la dolorida oreja, pero con el mismo buen humor y soltura que al principio...- ¡qué es decir! El bárbaro..., digo, señora Castana, ese honrado de almogávar, no es para tomado de buenas a primeras, ni para hablado de burlas, como pretendéis. He ido todo el día detrás de él a ver si se sonreía, para embestirle   -48-   y ¡zas!, echarle encima todo vuestro recado, y no he podido lograrlo hasta poco ha, entre dos luces. Cogí la ocasión por los cabellos, y adelantándome a él valerosamente, sin reparar en su feo gesto y apostura..., le dije...

Un nuevo grito del rapaz, y el ver que rápidamente se tapaba con la mano izquierda la oreja sana, puso, tan claro como la luz que acababa de recibir ella caricias, no menos amargas que las que había disfrutado poco antes su compañera.

-Cuenta, cuenta -exclamó ya entre veras y burlas-; cuenta con impacientarme, que nada tengo de cobarde, y tal como me veis, sé medirme con cualquiera de mi edad y más grande. Queden en dos los tirones, que no soy perro para andar desorejado, ni son para tanto las golosinas y los sueldos con que acudís a contentarme. Y en verdad, que si ahora me dieseis diez sueldos, no vendrían de más para la carrera que he tomado y el miedo que he vencido, y estos tirones recibidos, que más que de mano de doncella, pudieran ser de mano de... almogávar.

-Eso te perdono yo, Ruderico, de buen grado -replicó Castana-. Y los sueldos no serán diez, sino quince, con tal que del almogávar no hables mal, que ha servido muy bien al rey.

-Al rey, al rey -dijo el muchacho-. No soy tonto, señora Castana, y apostaría los quince sueldos que me debéis a que no es el servicio del rey lo que os mueve a darle una cita...

-¡Rapaz! -exclamó Castana poniéndose como un ascua-. Di la respuesta y calla, y serán cinco más los sueldos prometidos.

-Que me place -dijo Ruderico alegremente-. Antes os ha de cansar a vos el dar, que a mí el tomar, que todo lo necesito para mi honrado apetito y comodidades. Pues la respuesta fue como suya; no vi hombre tan extraño en la vida, con ser tan extraños los de su laya, y andar poblado de ellos medio reino.

-Acaba, acaba -dijo confusa la doncella.

-Acabaré -continuó el pajecillo- diciéndoos que con mal talante y peor sonido de voz, me respondió, no sin vacilar por un momento:

-Dile a esa doncella de que me hablas que no conozco a ninguna de las de su linaje y alcurnia, ni me fío de ellas, ni de ellas quiero saber cosa alguna. Pero que si   -49-   para algo necesita de mi brazo, bien sé yo lo que se debe a las mujeres, y que no es de valerosos ánimos desatender sus ruegos; de modo que no faltaré, aunque me pese, al sitio y hora que dices.

Castana, entre avergonzada y alegre, no acertó a responder palabra. Sacó del pecho algunas monedas de puro cobre, y dijo:

-Toma, rapaz, toma los sueldos ofrecidos y vete, que aún he de andar cerca de mi señora hasta la hora de la cita.

Y diciendo esto se alejó presurosamente.

Lleno estaba en tanto el anchuroso salón del sarao de cuantas damas de alta alcurnia y grandes caballeros había en Aragón y en los vecinos condados de Francia.

Hablábase aquí y allá de los juegos y justas en que los caballeros habían empleado la tarde, y celebrábase tal golpe, tal suerte, tal hecho de destreza, loando a los unos por rebajar a los otros, que es lo menos que dicta la humana malignidad en semejantes ocasiones. Ni faltaba quien, olvidando los respetos del lugar, hablase y riese del suceso del rey, aunque sólo en puridad y voz baja. Pero cuando entró la reina en el salón, ya no se pensó en otra cosa que en la danza.

Y es de ver cómo el cronista mozárabe, puesto que viejo y devoto, habla de las hermosas damas que allí se hallaron, y lo vistoso de sus tocados y prendidos, lo rico de sus trajes, lo amable de sus conversaciones, lo ardiente y provocativo de sus ademanes, ora al hablar, ora al danzar, ya cuando inclinaban la cabeza hacia los labios de algún doncel por traer mejor al oído los dulces requiebros, ya cuando ceñían con sus blancos y flexibles brazos de leche y sangre (que el cronista, aunque tan anterior a Góngora, como era de tierra española, sabía bien usar tales conceptos); cuando ceñían, digo, la cintura del galán amante, dejándose ir en pos de las fantasías que forjan los sentidos, al son de los músicos instrumentos, al reflejo de las antorchas, al contacto de un pecho palpitante, al aliento de una boca enamorada.

Mas el interés de esta historia verídica llama nuestra atención a otro objeto, y es fuerza que descarguemos aquí de tales incidentes el puntual relato del cronista, por más que nuestro corazón, no tan viejo como el suyo, se deleite con tales descripciones.

Ello es que había, entre tantos corazones como allí gozaban, uno que en silencio gemía; uno, el que por más   -50-   feliz contaban todos sin duda, el de la reina doña Inés. Y ¿qué tiene de extraño que tal se hallase la reina? Era mujer y sensible, y estaba recién casada, y amaba mucho a su esposo. Y no le vio al entrar en el sarao, y pasaban horas y horas, y no venía, y por más que le buscaban por el alcázar y por toda Huesca, nadie daba razón de su persona, con ser tan conocida de todos. Y los fieles servidores, aquí y allá enviados, iban volviendo, uno por uno y diciendo a la par a su señora:

-¡No está! ¡No está el rey! ¡No se sabe qué ha sido de él!

Largas horas transcurrieron sin que la corte notase aquel extraño caso; los unos explicaban tal ausencia por lo extravagante del carácter de don Ramiro; los otros ni siquiera reparaban en ella, que tan poca cuenta tenían con su persona. Y aun por eso la falta del rey no disminuyó en lo más pequeño el general regocijo.

Mientras dentro del alcázar toda era música y danza y galanteo, tañían a vuelo todas sus campanas, así la nobilísima iglesia de San Pedro el Viejo (que a fuer de mozárabe y de los antiguos que en tiempo de moros allí asistían a misa, no acertó el cronista a contarla en otro lugar que el primero), como la catedral y los demás templos y ermitas que en el recinto de la ciudad y en las vecinas campiñas habían levantado, en los breves años transcurridos desde la conquista, los piadosos aragoneses.

Y si de día los mal disfrazados ajimeces o las nuevas rejas de los cristianos se miraron adornadas con telas y flores, de noche resplandecían con millares de luces puestas en vasos de muy diversos colores, que, ora formaban anillos de enroscadas serpientes, ora semejaban frondosos árboles de fuego y mágicas flores, ora encantados castillos, como aquellos que el vulgo de la época fabricaba en su fantasía, poblándolos de afligidas damas y de alados dragones y vestiglos. Regocijo con que los honrados oscenses gustosísimamente se prestaron a celebrar la coronación y jura de don Ramiro, no bien oyeron el bando de los jurados de la ciudad, donde eran amenazados con graves penas los que se mostrasen tristes en ocasión tan para risa y contento.

Pero unas tras otras las horas de aquella noche alegre fueron pasando, aun más de prisa que pasan ordinariamente; que eso quiere Dios para que no haya aquí abajo completos placeres. Comenzaron, a apagarse las   -51-   luminarias, quedaron desiertas las calles, y dentro del alcázar la concurrencia fue disminuyendo insensiblemente, y callando la música, y muriendo las danzas.

En aquel punto fue cuando cundió la inopinada ausencia de don Ramiro y comenzaron a formarse sobre ella extraños comentarios, abriéndose fácil camino las más absurdas versiones.

Importunada de todos, unos porque le preguntaban y otros porque no, trémula y casi llorosa, retirose del salón doña Inés, marchitas ya sus galas, demudado el dulce color de sus mejillas.

Y la concurrencia, no sin vagar algún tiempo todavía por los anchos corredores y salas del alcázar, hablando y murmurando, desapareció para entregarse tranquilamente al sueño.

No fue antes, sin embargo, que el viejo Férriz de Lizana y el valeroso Roldán pudieran consultar uno con otro sus pensamientos.

Encaminábanse a paso corto a la puerta principal del salón, medio vacío ya de gente y lleno de calor, de aromas, de flores perdidas en la agitación de las danzas. Lizana venía por un lado, Roldán por otro; y al punto de cruzar la puerta, los dos se miraron, y reconociéndose, a un tiempo llegaron a hablarse. Roldán fue quien comenzó el diálogo, diciendo en voz baja:

-Loado sea Dios, mi docto amigo, que hallo quien pueda explicarme este suceso. ¿Dónde está? ¿A qué ha ido? ¿Qué pretende hacer el buen Cogulla? No calléis nada de cuanto se os alcance, que hombre tenéis en mí de quien se puede fiar cualquier secreto.

-El caso es que nada se me alcanza en eso - contestó gravemente Lizana.

-Pues juro a Dios, Lizana, que si vos no sabéis de ello, dudo ya que algo sepa el mismo rey don Ramiro.

-Dígoos que yo no sé nada; y él..., él sabe demasiado, a lo que pienso.

-Por las barbas de mi padre, y las de los doce pares, y las de Carlomagno mismo, y todas las barbas de este mundo y el otro, ¿nos habremos dejado sorprender de un fraile mentecato? ¿Sabéis que, según lo que os oigo de oscuro y siniestro, estoy por creer que es hora de poner a salvo nuestras cabezas, antes que de pensar en el gobierno del reino que teníamos en las manos? Voto al santo del Alcoraz, Lizana, que...

-No hay juramentos que valgan, Roldán amigo. Sospecho   -52-   de enemigos harto más temibles que el rey, y aun más que todos los buenos caballeros por quien juráis, sin exceptuar el mismo Carlomagno. La clerecía y gente de iglesia comienza a ponérsenos de malas, y los hay en ella más agudos que vuestra buena lanza, más invulnerables que la armadura misma de vuestro abuelo, más diestros que los flecheros de Fez y los honderos mallorquines, que tantas veces os han abollado en vano el almete.

-Estaba en que teníamos de nuestra parte al buen abad de Mont-Aragón y al de...

-Pues no hay que precipitar los juicios, Roldán. También creíamos tener con nosotros a aquel condenado abad de San Pons, ya difunto, y aun por eso vos y yo, y otros caballeros, hicimos cuantiosos dones a su iglesia. Mas no le estorbaron nuestros dones para que procurase nuestra perdición muy santamente.

-¿Eso hizo, Lizana?

-Eso, y no hay más sino que yo he visto con mis propios ojos el documento que lo reza.

-Pero ¿qué tenía que ver con nosotros el vicio cogulla de Tomeras? Ni esta era su tierra, ni nosotros éramos sus feligreses, ni él desde Francia y nosotros desde Aragón podíamos hacer más que querernos o aborrecernos sin fruto; ni malo ni bueno, ni sabroso ni amargo.

-Os engañáis, Roldán. Cuando aconsejé a los ricoshombres del reino que procurasen tener contento al abad, dando de por mí el ejemplo de regalarle una hermosa lámpara de bronce...

-De plata era la mía -dijo a esto Roldán.

-Siempre fuisteis pródigo -repuso Lizana-, y tengo predicho que habéis de morir sin hacienda.

Iba a replicar Roldán, cuando Lizana, sin dejarle pronunciar palabra, continuó de este modo:

-Poco importa eso, valeroso amigo mío, y ojalá que mayores cosas no hubieran de ocuparnos. El caso es, digo, que cuando yo quería ganar con dádivas y sumisiones al abad de San Pons, sabía bien que desde Tomeras y todo podía hacernos alguna mala partida.

-Decís que habéis visto documentos.

-He visto un pergamino que, muy bien sellado, envió pocos días antes de su muerte al rey. Así como supe que había llegado un lego con él, me apresuré a derramar en las palmas de las manos de cierto pajecillo hábil   -53-   suficiente número de monedas de plata, para que no tuviera inconveniente en robárselo a su señor por un momento y traerlo a que lo viese y estudiase sus letras.

-Bienaventurado vos, Lizana, que sabéis leer, y doblemente bienaventurados nosotros que tenemos en vos tal y tan sagaz adalid. Ya veo que no es posible que el Cogulla nos haya sorprendido.

-Amén -respondió Lizana, no sin menear la cabeza y los labios, como hombre que tiene más confianza en sí propio que en los sucesos.

-Bien recordaréis lo que decía el pergamino.

-Decía que era preciso cortar nuestras cabezas, como los tallos viciosos del huerto se cortan para que no impidan la fecundidad y lozanía de las plantas.

-¡Diablo! -exclamó Roldán-. ¿Cómo pudisteis leer todo eso con paciencia? A ser yo, habría deshecho con mi daga el pergamino y el consejo.

-Pues yo, que no gusto de obras inútiles, leí y callé; mas desde entonces, a pesar de la oportuna muerte del abad, no he perdido al rey de vista un momento. Y he aquí por qué hoy temo; temo, Roldán amigo, alguna cosa grave, por más que no acierte a dar con ella.

-Ahora veo yo que es más arduo el caso de lo que pensaba. Pero, en verdad, ¿creéis que el rey encuentre algún apoyo para ejecutar el consejo del difunto? ¿Pensáis que él ya lo recuerde siquiera? ¿Habrá en Aragón alguna lanza que ose medirse con la vuestra, Lizana? ¿Osaría el rey averiguarlo, si por acaso la hubiese?

-No discurráis así, Roldán; pensemos antes que en fieros, en el modo de vencer a nuestros enemigos, porque no hay que dudar que los tenemos. Es preciso poner de nuestra parte a los clérigos; atraernos, cueste lo que cueste, al abad de Mont-Aragón, que, por más cercano, es hoy el que más y más funesto influjo pudiera ejercer en el rey.

Y acabando de decir estas palabras, salieron ambos caballeros del alcázar, no sin haber cruzado los pasadizos y bajado las escaleras tan lentamente como se necesitaba para que llegasen hasta allí con este diálogo.



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Capítulo V

Llegan las lástimas



   Qui de mal fet es adolorit
es senyal cert, qu’en l’acte’s ignorant


(Ausiàs March: Obres de Amors)                



   De Francia vine a Castilla,
nunca dejara yo Francia...
Caseme en un día aciago,
martes fue, por la mañana,
y al miércoles enviudaron
el tálamo y la esperanza.


(Romancero general)                


La reina acompañada en tanto de damas y servidumbre, se retiró a sus aposentos. No tardó en despedir a todos, deseando hallarse a solas con su fiel doncella Castana, a fin de compartir con ella sus temores y sus lágrimas; que tanto era el amor de aquella muchacha humilde a su poderosa señora. Pero aunque doña Inés la llamó dos tres veces, Castana no dio de sí alguna muestra; parecía cosa de encantamiento.

Ya había notado doña Inés la ausencia de Castana en las últimas horas del baile; pero ocupada en la de su esposo, no era posible que esta le infundiese extrañeza. No tardó ahora en juntarlas y relacionarlas dentro de su espíritu. Pensamientos de horrible absurdo, multiformes contradictorios, ardientes, cruzaron por su fantasía. La superstición de la época era harto a propósito para ello.

No sabiendo apenas qué hacía, echose a andar por un corredor angosto y oscuro, cuyo extremo daba a cierta torrecilla, donde solía habitar Castana. Su pie breve no levantaba ruido en el pavimento y así pudo llegar hasta la puerta de la torrecilla sin ser sentida de dos personas que claramente hablaban dentro, con poco recato a la verdad una de ellas, la cual debía de ser de robustos órganos, según lo que retumbaba su acento en las toscas piedras del muro.

La reina se detuvo primero asustada. Luego, oyendo   -55-   la voz de Castana, se tranquilizó un poco, pero puso atención a lo que hablaban. Tal vez la movió a ello la esperanza de que tratasen de sus desdichas y de averiguar por tan extraña manera lo que no acertaban a explicar su razón ni sus recuerdos. Tal vez la curiosidad, pero..., ¡oh pecado que perdiste a Eva y has afligido a casi todas sus descendientes! ¿Será posible que quepas en corazones reales y que aun en aquellos momentos de duelo te albergues en el de doña Inés?

No por cierto. Pero el cronista, como viejo y marrullero, no dejó de sospecharlo, diciendo que la curiosidad es el alma de las mujeres y que, en próspera o adversa fortuna, impera en ellas del mismo modo, prefiriendo sus satisfacciones a todas las de la tierra.

Y el caso es que doña Inés se puso de manera que oyó claramente estas palabras:

-¿No te irás, Aznar? No puedo más estar aquí sin que la reina note mi ausencia; y en verdad que si supiera lo que he hecho contigo, quitaría de mí su cariño, y yo me moriría de dolor.

-Castana -respondió su interlocutor-, cabalmente lo que has hecho es lo que más ya me enamora de ti. Yo no podría querer a esas remilgadas doncellas que luchan de mentirillas para rendirse de verdad cada día. Por eso no he querido a ninguna mujer hasta ahora. A mí me place la franqueza, y que quien quiera a uno se lo diga, lo mismo que quien a uno le aborrece. Así soy yo, Castana, así me crio mi padre en la montaña.

-Y así te imaginaba yo, Aznar, y por eso te he tomado amor tan súbito y tan grande.

-El que yo te tengo ya es tal, que por nada lo cambiaría en este mundo si no es por el cumplimiento de la venganza que tengo jurada a los matadores de mi hermano.

-¿De verdad me quieres, Aznar?

-No sabía de ti, ni había visto tus negros ojuelos, y los ojos alegrísimos de tu cara; y, sin embargo, al oír al pajecillo ruin que me enviaste, me dio en el corazón que algo bueno iba a sucederme. Y eso que nada bueno esperaba de las mujeres, y más de vosotras las cortesanas, a quienes tenía muy aborrecidas en mi ánimo.

-De todas suertes, he hecho por ti una cosa que no debía, Aznar. Por acá soléis ser vosotros los que habláis primero de amor.

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-Vive Dios, ¿qué importa, Castana? Quien llega primero a tiro de dardo del moro, ese comienza la pelea; el que espera a que el enemigo le ataque bellaco es y cobarde a luz y a sombra: yo no sé más que esto, que es lo único de que hablamos en la montaña. Por los huesos de mi padre, que, en cuanto encuentre al matador de mi hermano, y le mate yo en justa venganza, he de casarme contigo.

-Me asustan tus propósitos, Aznar... Pero vete, vete ahora, que tu dilación puede traerme alguna pena.

-No ha de ser, hermosa Castana, sin que sellemos este amor con un beso de tus labios.

-¡Oh! Nunca, nunca -exclamó Castana, poniéndose como una grana de encendida.

-¿Nunca? Voto va muchacha que...

-Si no es Dios servido que nos casemos -añadió dulcemente Castana.

-Como soy Aznar Garcés -repuso el desairado amante-, que no entiendo de ningunos escrúpulos. Me quieres, te quiero; ¿qué más esperas, ni qué más necesitamos para besarnos a nuestro sabor como buenos muchachos?

-No, no, Aznar. No puedo darte gusto sin cometer un pecado, y más quisiera morir que cometerlo a sabiendas.

-Dame el beso o reñimos -exclamó con poco amable acento el impetuoso almogávar que por tal le habrán ya conocido nuestros lectores-. Dámele, o no volverás a verme en tu vida.

A estas palabras, los ojos de Castana debieron de inundarse en lágrimas, porque Aznar añadió al punto:

-¡Qué diablos! ¿Ya lloras? No eres tú para los de mi laya y linaje, Castana. Mi madre no lloró en cuarenta años que estuvo casada con mi padre; y eso que el viejo la traía de acá para allá como cabra montés, y no la respetaba más en su cólera que a cualquier moro o judío.

-Lloro -respondió Castana- porque quieres un imposible, y has de reñir conmigo si no lo hago. Si ahora te besara, Aznar, ¿cómo entraría mañana en la misa de San Pedro a pedirle a Dios por mi salud y la tuya? Dios no me oiría. Ni ¿cómo podría confesar este sábado que viene con mosén Blas, que pone tan mala cara al menor de mis pecados, llevando sobre mí uno tan grande? Y luego -añadió llorando-, que vendrán   -57-   a verme las doncellas de mi edad y me dará mucha envidia de ellas, porque yo era de las más buenas de todas, y ahora serán todas ellas más buenas que yo.

-¿Qué es esto? -murmuró Aznar, de modo que bien pudo oírse-. Las cosas de esta muchacha me enternecen. No lo habría sospechado... Vaya, Castana, queda con Dios, y no te aflijas; ya mudarás de opinión con el tiempo.

-No mudaré, Aznar. ¿Qué diría si tal supiera mi Señora?...

Estas palabras sacaron a doña Inés de un género de letargo en que estaba su espíritu, oyendo, como si no oyese, y tal vez comparando confusamente lo que oía con lo que sentía, aquellas palabras de amor, con los dolorosos latidos de su pecho.

-¡Pobres muchachos! -dijo sólo.

Y a paso lento se encaminó a su estancia.

Acercábanse ya las altas horas de la noche; esas horas terribles para las mujeres y para los niños, y para todas las fantasías, o vírgenes o acaloradas.

La reina se encaminó maquinalmente a su alcoba.

Había en ella una gran cama de madera de roble con figuras de animales fantásticos; dos anchas plumazas o colchones de pluma levantaban el lecho muy alto, y lo cubrían una gran colcha de seda y dos pieles magníficas de zorro.

Incierta, temerosa, despechada, sin saber siquiera qué esperar ni qué temer de funesto, se reclinó la reina en el lecho vestida; hallábase en uno de aquellos instantes en que el espíritu apenas se siente dentro del cuerpo, y los ojos, preñados de llanto, no lloran, y el corazón, lleno de suspiros, recoge apenas el aliento necesario para la vida.

¡Pobre reina, tan infeliz entonces como el más infeliz de sus vasallos! ¡Pobre esposa, que comenzaba a hallar desierto el tálamo donde juzgó hallar siempre eterna ventura! ¡Pobre mujer!

Y en verdad que nunca había estado más bella. Su crencha destocada dejaba ondular mil y mil hebras de oro, que, esparcidas de una en una, se confundían por lo leves con el ambiente, y juntas casi casi parecían un rayo de sol.

¡Qué blanca era la tez! ¡Qué palidez tan dulce había en ella! Pudiera decirse que era la propia palidez del alba, que deja entrever apenas la púrpura del día;   -58-   pero más propiamente podía compararse aún a la de una rosa blanca puesta por largas horas en un vaso sin agua.

De los ojos da lástima hablar; porque, turbios como el dolor los tenía, había en ellos, con todo, una cierta expresión tan tierna y orgullosa que a la par infundían compasión, amor y respeto.

Era, en fin, hermosa, muy hermosa, de alta estatura, delgada sin ser cenceña, alta y flexible; y lo bien concertado del talle, el contorno aéreo de las manos, y lo menudo del pie, acababan el conjunto perfectísimo de su persona.

¡Raro hechizo! ¡Atractivo incomparable el de aquella reina dolorida!, exclama al llegar aquí el cronista mozárabe, que, aunque viejo, no debía de ser de roca, según el calor que acude a su mente y enciende su pluma, siempre que trata de la hermosura.

Pasada sería ya la primera hora de la segunda medianoche, hora adelantadísima para aquellos tiempos en que era costumbre destinar al descanso las sombras, y al placer y trabajo la claridad del día, cuando se sintió crujir una portezuela escondida en la pared de la alcoba.

Cedió el resorte, abriose de par en par, y apareció al umbral don Ramiro. Un ¡ay! de placer y de sorpresa se escapó de los labios de doña Inés al verle. Levantose precipitada, y al ponerse en pie tendiéronse los cabellos en su espalda, repusiéronse los descompuestos pliegues de su gola y vestidos, y así como instintivamente sus galas se ordenaron y apareció con ellas, no sólo más hermosa, sino en más esplendor que nunca.

Pero si la pluma del cronista emplea algunos instantes en describir tales efectos, la reina doña Inés no tardó uno solo en ver a don Ramiro y alzarse, y venir a él y estrecharlo en sus brazos.

-¿Cómo tan tarde, bien mío? ¿Dónde habéis estado, mi señor, que en tanta inquietud pusisteis a vuestra esposa y sierva? ¿No me habláis? ¿No me amáis ya como el día de nuestras bodas?

Todo esto dijo doña Inés en un punto; pero don Ramiro no le contestó, sino que desasiéndose de sus brazos fue a sentarse con faz torva y cogitabunda en uno de los cojines orientales que prestaban voluptuosa comodidad a aquella estancia. Doña Inés, más sorprendida que nunca, se mantuvo inmóvil por algún espacio, de   -59-   hito en hito, contemplando la extraña expresión que en el semblante del esposo se advertía.

-¡Estáis quejoso de mí! ¿Os he ofendido sin querer en algo? -dijo, al fin, con tierno acento.

Levantó la cabeza, que tenía inclinada sobre el pecho don Ramiro, y murmuró entre dientes:

-¡Desventurada!

No habló tan por lo bajo que no lo oyese la reina, y acercándose más al esposo, le dijo:

-¡Desventurada yo, don Ramiro! ¡Desventurada yo cuando soy vuestra esposa!

-¿Mi esposa?... No, no sois mi esposa -exclamó el rey; y levantándose al propio tiempo, asió fuertemente con una de sus manos el brazo derecho de doña Inés-. No sois mi esposa..., ¿lo oís?... Nuestro matrimonio es nulo, nulo ante Dios y ante los hombres; y vos y yo hace diez meses, los mismos de nuestro matrimonio, que estamos poseídos del infierno.

Temblaba ya doña Inés a punto que tenerse en pie no podía; saltaban a raudales las lágrimas de sus ojos sin acertar a decir palabra, y don Ramiro, arrastrado por una especie de preocupación inconcebible, repetía:

-¡Oh, no! ¡No digáis ya más que sois mi esposa! ¡No lo sois! ¡Y pluguiera al cielo que nunca tal os apellidaran los hombres!

Doña Inés pensó por un instante que estaba loca; don Ramiro continuó:

-Mirad: desde este día no podemos más vivir juntos; mañana mismo pienso divorciarme de vos y renunciar el cetro en don García de Navarra, en don Alonso de Castilla, en cualquiera de mis competidores. Yo no he debido empuñar nunca el cetro, ni jamás he debido ser casado; ahora sé ya de cierto que la cólera de Dios está sobre mí, sobre vos, sobre toda nuestra casa.

-¿Habláis de veras, don Ramiro? -dijo, al fin, doña Inés-. ¡Apartaros de mí, que os amo tanto! ¡Privar, privar del trono a nuestro hijo! ¿Qué decís, esposo mío?

-¡Mi hijo! ¿Qué habláis de hijo? ¿Quién es mi hijo? ¿Qué decís vos ahora, doña Inés? -preguntó el rey, asombrado.

-Digo que hace tres meses que llevo el fruto de nuestro amor en mis entrañas. Esta noche misma tenía determinado decíroslo para que el júbilo del día fuera completo, y no pensé, en verdad, que tanto os   -60-   entristeciera el saberlo. Pero ¿estáis en vos, don Ramiro? ¿Qué propósitos son esos tan extraños? ¿Qué palabras son esas que ahora escucho, y que ni fueron oídas ni fueron jamás esperadas de mí?

La sorpresa de don Ramiro no hay cómo encarecerla: confuso, aturdido, dio tres o cuatro vueltas alrededor de la sala, lanzose a la puerta y salió precipitadamente gritando:

-¿Eso más, Dios mío? ¿Eso más envías sobre vuestro descarriado siervo?

Justo será, puesto que el rey se fue, que aquí cerremos el capítulo y volvamos atrás un tanto por ver si hallamos las causas del extraño propósito y de las incomprensibles palabras de don Ramiro.

A bien que adónde fuera este cuando salió de la alcoba de doña Inés, ni se sabe ahora ni parece que importa saberlo; y cómo quedaría doña Inés después de la singular entrevista que tuvo con su marido, cada cual puede por sí adivinarlo.

Que puesto que el cronista mozárabe se pare aquí más tiempo, refiriendo por menor las exclamaciones y llantos de doña Inés, copiarlo también en esto sería ofender la gran penetración que por lo común alcanzan los lectores de tales crónicas como la presente.

Sólo es de añadir, pues, que al punto mismo en que salió el rey de la estancia, Castana se asomó en ella tímidamente, como quien sabe que ha llegado tarde y desea que algún casual incidente haya encubierto su tardanza.



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Capítulo VI

Donde se da cuenta de cierta expedición que hizo un monje benito a un monasterio para acallar escrúpulos de conciencia



   Cae; los campos gimen
con los rotos escombros y, entre tanto,
es escarnio y baldón de la comarca
lo que era ya su escándalo y su espanto.


(Oda no antigua)                


¡Qué otro estás, Mont-Aragón, de como fuiste un tiempo!

¿Quién conociera en ti aquel recinto que fue asiento de prelados, y ciudadela de guerreros, y Corte de magníficos reyes? ¿Quién diría al verte que en ti anduvo cifrada la esperanza y la fortuna de una gente heroica que salió de allí a plantar sus cruces por toda la tierra de España hasta más allá de las orillas del Guadalaviar, y conquistó luego a Sicilia y Atenas, dando pavor con sus armas, a los más altos príncipes de la tierra?

Hubo en ti abad que contase ciento cuatro iglesias debajo de su jurisdicción espiritual, y veintiocho villas y aldeas debajo de su jurisdicción temporal, y mero y mixto imperio. No te igualaba cabeza alguna de obispado, puesto que, con el territorio que tú sola regías, hubo para formar dos de ellos los años adelante. Ni se hallaba Corte de rey más rica y poderosa que tú; cuando tú propia armabas hueste, y ganabas pueblos de moros, y alzabas por tu cuenta fortalezas. Reyes y príncipes envidiaron la mitra de tus prelados, y la pusieron por honra en sus sienes. Poseíste ríos donde sólo a tus señores era permitido pescar y montañas donde sólo de ellos era el perseguir y matar las fieras. Contose en el mundo por Era el año de tu fundación.

¡Ah, muy otro estás, Mont-Aragón, de como te vieron esos siglos pasados!

Que no hay ya en ti ni corte, ni templo, ni fortaleza. Tus diez torres, no menos que ciento y sesenta   -62-   palmos levantadas sobre la alta montaña, hoy en ruinas, y rebajadas, o rotas, o carcomidas, no son sino pregoneros de tu mengua. En tus muros, de doce palmos de espesor con ciento veinte de altura, ni quedan almenas ni matacanes, ni se ven ya más que portillos y escombros. Del adarve donde Sancho Ramírez plantó sus pendones por reto y afrenta del Ebn-Hud de Huesca, cuelga sólo viciosa y lozana la Higuera del Diablo. Y las enormes piedras que en hombros subieron los cristianos a lo alto, rodando de la cima, sirven para acrecentar únicamente la fragosidad de la montaña.

Tan sólo abrigan tus bóvedas altares deshechos y tumbas abiertas, y cenizas mezcladas con el polvo de las ruinas: cenizas tal vez de conquistadores y de santos. Y quien busque en ti a don Alonso el Batallador, no hallará más que el hundido pavimento donde acaso yació por largos siglos, y viles fragmentos de la urna donde diz que guardaron sus restos nuestros padres.

Santos y héroes, tumbas y altares, todo te lo ha arrancado la ciudad vecina. Porque hubo un día en que se dijo: «Es preciso destruir aquel nido»3, que nido eras de fe y de recuerdos de gloria, y la codiciosa mano del mercader cayó sobre ti. Y se vendieron a precio vil tus maderas cortadas ocho siglos antes en el Pirineo, y conducidas en hombros de mártires.

Verdad es que cuando el despojo infame estaba reunido y la mezquina ganancia más halagaba el corazón de los especuladores, cayó ignorada llama, fuego quizá del cielo, que todo lo redujo a pavesas. Y fue noche de horror para Huesca aquella en que miró coronada tu frente majestuosa de rojos cabellos, hogueras inmensas del incendio; tanto, que acaso no lo sintiera igual desde el día en que por primera vez vio alzada la cruz sobre la más alta de sus torres, anunciando la perdición de su gente mora. Pero tú, en tanto, quedaste en ruina, y no volverás a ser lo que fuiste.

¡Ay, al recordarte, los ojos que te han visto se llenan de llanto, y el corazón, que ha respirado el aire misterioso de tus ruinas, se avergüenza de esta edad tan celebrada y tan triste en que vivimos! ¡Quién retrocediera   -63-   a los tiempos en que tú eras rey de los Pirineos y de la llanura! ¡Quién peleara cual tú peleaste por aquella raza de monarcas que habían costumbre de morir en lides contra moros y en defensa y prez de sus vasallos! ¡Quién, como tú, los conociera y oyera sus altas voces de fe y de valor y de gloria!

Los que vivimos en esta edad de cristiana indiferencia, teníamos mucho que aprender en aquellas piedras, levantadas por hombres que sabían hacer guerras de ocho siglos y edificar catedrales y descubrir mundos.

Ahora que apenas queda piedra sobre piedra, ¿quién traerá la resignación a los menesterosos y la fe a los desvalidos? ¿Quién enseñará la lealtad antigua? ¿Quién resucitará el antiguo amor de la patria? Eso lo aprendían nuestros padres en las piedras que heredaron de lo pasado; y todos los discursos humanos no lograrán lo que lograba una sola de las tradiciones, uno solo de los monumentos, uno solo de los nidos que hemos arrancado de la montaña.

Tales exclamaciones se me vinieron, sin querer, a las mientes, y de las mientes a los labios, viendo que en el viejo manuscrito, cuyo relato seguimos, y al margen de uno de los capítulos, se ostentaba en primorosas letras de colores, con figuras y ringorrangos, el nombre de Mont-Aragón. Mas siguiendo adelante, se notaba que al cronista no le satisfacía de todo punto la grandeza que ahora se echa de menos en el monasterio. Lejos de eso, al principio del capítulo muy amargamente lamentaba que para entrar en aquella casa fuese preciso emplear tantas formalidades como solían emplearse al visitar las más almenadas fortalezas; y que los abades se diesen trato de príncipes y decoro de reyes, entendiendo más que convenía en las cosas temporales, y mostrándose más entre soldados que entre monjes, y más en cortes y campamentos que no en coros y altares.

Grandemente llamó mi atención el comienzo, y sin pararme a contemplar cuán diversamente juzgan las cosas aquellos que las ven y las tocan, de los que las aprenden o examinan al trasluz de los siglos, pasé adelante con el relato del buen mozárabe, seguro de encontrar en él cosas de provecho para el conocimiento de esta historia verdadera.

Ello fue, decía el cronista, que al caer una tarde de diciembre, que podría ser la misma de la jura y coro, nación del rey don Ramiro, se presentó delante de la   -64-   barbacana, de más de trescientos pasos de circuito, que cerraba la entrada del Real Monasterio de Mont-Aragón, uno de los que se llamaban entonces monjes negros, es decir, un humilde fraile benito, con la vellosa cogulla negra de mangas largas y grandes, que traían los de España, y sayas debajo leonadas de buriel, calzas y zapatos; todo al modo que se llevaba en Sahagún y San Zoíl de Carrión por los propios tiempos. Aquel monje iba en demanda del santo abad de la casa.

Éralo a la sazón Fortuño, hombre de calidad en el mundo, y que dentro de la regla, si no santo, era de los prelados más reputados que tuviese Aragón, tanto por su ciencia como por sus virtudes. Y bien debía de serlo, cuando de toda la tierra de Aragón y Navarra, y aun de la parte de Castilla y de la parte de Francia, solían acudir a consultar con él los monjes y legos, guiándose por sus consejos y pidiéndole absolución de sus culpas.

Así fue que la aparición de aquel fraile benito en tal ocasión no pareció a nadie extraña, ni otros obstáculos se pusieron a su entrada que aquellos que eran de costumbre y regla general, y a que no se faltaba en caso alguno.

Dos hombres de armas que salieron al divisar el monje por el postigo de la ancha barbacana, cuidadosamente le reconocieron. Cerciorados de que venía solo y no traía armas consigo, le condujeron por dentro de la barbacana hasta la espaciosa plaza que había delante de la puerta mayor del convento o castillo; y desde allí, cruzando una bóveda que podría tener hasta seis pies de altura, cerrada por dobles puertas, de grandes cadenas y cerraduras provistas, entraron todos tres en la fortaleza. Pasado el zaguán, sintió ya el monje que el frío, de la primera hora de la noche le azotaba el rostro, y se halló en un gran patio con claustro y sobreclaustro, en el cual estaban las puertas del palacio abacial. Dejáronle allí solo los dos hombres de armas contemplando a la luz de dos lamparillas que acababan de encenderse a cierta devota imagen de Jesús Nazareno, colocada en un nicho del mismo, la boca del grande aljibe que ocupaba el centro del patio. Pocos instantes después se oyó el paso lento de un portero tonsurado que, a decir verdad, antes parecía tener semejanza con Nemrod que con padre alguno de la Iglesia; hombre de mediana catadura y membruda persona,   -65-   más propia para empleada en armas y aventuras, que no para consumida allí en vigilias y penitencias.

-¿Quién sois? -preguntó el portero al monje con acento duro y desdeñoso.

-Soy, señor, ya lo veis, un hermano benito del..., del..., del convento de San Pons de Tomeras. Sí -añadió luego el monje para su coleto-, que de lo de Sahagún tampoco estoy satisfecha en mi conciencia. Por de Tomeras podéis anunciarme a mí señor, vuestro prelado -continuó en voz alta.

-¿San Pons de Tomeras? -respondió el portero-; mal viento viene de allá, hermano. ¿Sabéis que os pudiera traer desdicha por acá el venir de tales partes?

-Soy un monje, no más que un triste monje, señor, y no entiendo un punto de estas cosas que habláis.

-Abriéraos yo los sentidos, si en mí estuviera, buen fraile; ¿qué es decir que no sabéis del viento que viene de Tomeras?

-De allí no ha venido, que yo sepa, sino el rey don Ramiro, a quien Dios ayude -dijo a esto el monje suspirando.

-¿Rogáis por él, hermano? Hacéis bien, que lobo sois de la misma camada. Mas entended que mala la ha de haber antes de mucho como no se remedie. ¿No sabéis que tiene ofrecidos a esta santa casa más de tres molinos y más de seis iglesias, y más de veinte yuntas con otras muchas riquezas, y que ahora nos viene dilatando el pago? Mala la ha de haber el de Tomeras, hermano, si es avaro de bienes con la casa de Dios.

-Razón tenéis, hermano; y don Ramiro pagará según yo creo, o de no, deberá ser castigado. Mas os advierto que traigo un caso de conciencia que consultar con el abad. ¿Podré verle ahora mismo?

-Difícil sería si yo le dijese que erais de Tomeras; porque con los malos hechos de ese monje rey, y el decirse que fueron aconsejados por vuestro prelado, no quiere oír hablar siquiera de tal monasterio. Repítoos, triste monje, que son muchas las cosas que nos tiene ofrecidas el don Ramiro y hasta ahora no nos ha dado más que una sola viña y un mal molino, y aun eso con obligación de encender una lámpara a su hermano don Alonso y de mantener a un pobre, que ya se llevan en aceite la lámpara y en comida el pobre más que producen viña y molino.

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-Vuelvo a decir que tenéis razón que os sobra -replicó el monje-; ¿pero no podré ver ahora mismo al abad de esta casa? No le digáis, si os parece, que soy de Tomeras; mas despachaos, por amor de Dios, hermano. Mirad que esto de verle no poco me urge.

-Este monje trae irregularidades consigo, y ¿quién sabe aún si andará concuso en anatemas? -dijo entre dientes el portero.

-Conque vamos, hermano -tornó a decir el fraile benito.

-¿Con prisas andáis? No, pues contad que no vais a entrar en vísperas, sino que vais a comparecer ante el santo abad, que es implacable con los pecadores.

Y al decir esto, el portero echó a andar delante del monje.

-¿Es muy severo el abad? -dijo este al montar la última grada de la escalera que subía al palacio abacial.

-Eslo tanto, que más de cuatro que entraron a hablarle muy erguidos y valerosos, salieron de su presencia temblando.

-Dios le dé piedad para mí -murmuró el monje.

Mas sin dejarle tiempo para pensar mucho, alzó el portero una espesa cortina, y empujándole con bien poco miramiento, le dijo:

-Entrad en ese aposento, que no tardará en salir el reverendo abad.

Obedeció el monje, y entrando se halló en un salón, ni bien largo, ni bien corto, ricamente decorado, con muebles de pino y de roble y con telas de lana. En la cabecera del salón se miraba una mesa de ancho tablero con labores incrustadas de hueso y de ébano, y encima alzábase un gran crucifijo de plata, al cual daban luz y compañía dos velas de cera amarilla. Detrás de la mesa se mostraba un sillón de ancho buque, como si el artífice hubiera sospechado que todos los abades fueran de obesa persona; y al lado del sillón se levantaba un atril, que mantenía abierto un libro, muy primorosamente pintado.

Nuestro fraile benito reparó poco en estas galas, o por serle harto familiares, o porque tales fuesen de grandes sus pensamientos que no pudiera apartarse de ellos.

Pasado un largo cuarto de hora, crujió cierta puerta   -67-   escondida en el muro, y, por ella, el reverendo abad Fortuño salió a la estancia.

Tendría este a la sazón como unos sesenta años; los ojos fríos, rugosa la frente, ralo el cabello, antes sobrada que escasa la estatura, y era más bien severo que benigno su semblante.

Entró con grave paso, sentose silenciosamente en el sillón, e hizo seña al monje de que se acercase.

Pero contra nuestro intento se ha dilatado tanto este capítulo, que es fuerza dejar para otro la conversación de los dos personajes, abad y monje, que tenemos ya frente por frente. Culpas son tales dilaciones del cronista mozárabe, el cual intercala tantos pormenores y minuciosidades en el texto, que la pluma no basta a borrarlos, ni es parte nuestro buen deseo a excusarlos en todas ocasiones.



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Capítulo VII

Que no hace más sino proseguir la materia del anterior



   Tú viniste a derramar,
ángel puro, en el altar
las lágrimas del pecado.


(El Rey Monje, drama nuevo.)                


-Hablad, hermano -dijo el abad, después de contemplar por breve espacio al monje-. Hablad, y decidme en qué puedo favoreceros o ayudaros; no hayáis temor, que delante estáis de quien es pecador como vos.

-¡Padre mío! -dijo con voz contrita el monje-. Yo siento sobre mí la ira de Dios.

-Pecador: Dios es misericordioso, como tremendo en su ira.

-Es que su ira comienza a cumplirse en mí.

-Haced penitencia, cuanta baste a desarmarla.

-Sí haré, sí haré -continuó el monje-. Sabré cumplir cuanta penitencia me impongáis, y no habrá una que me espante, ni dar la boca al polvo, ni exponer los miembros al cilicio y al fuego. Mas, absolvedme, padre mío, absolvedme y que no vea yo tan sobre mí a la celeste cólera.

-Decid, hermano, decid qué habéis hecho, antes de todo, y yo os diré lo que importe -replicó el abad, con la pausa y la indiferencia de quien se ve forzado a repetir una misma fórmula muchas veces al día.

-Yo profesé, como veis, en la regla de San Benito.

-Santa regla, formada en el propio espíritu de los sagrados cánones; no hay otra que más que esta recomiende la Iglesia -dijo el abad.

-Santa regla, padre mío, santa regla. Mas yo soy dentro de ella la oveja perdida de que hablaba el glorioso San Benito. ¿No es cierto que puede contagiar a las otras, y que por eso debe ser echada del redil? ¿No es cierto que Dios, para arrojarla de él, la aniquila?

  -69-  

-Dios es misericordioso, os digo.

-¿Aun con pecados tan grandes como los míos?

-Con todos, hermano; mas decid, decid los vuestros.

-Mis padres, reverendo abad, me ofrecieron de niño a Dios en la oblación de la misa, y cierto que no contaron con mi voluntad; mas harto sé que los ofrecimientos de los padres valen como si uno propio los hiciera. ¿No es verdad que eso no pudo nunca excusarme de cumplir la regla?

-Así es, como decís, pecador; esa doctrina, aunque dudosa en la Iglesia, quedó claramente resuelta por el canon cuarenta y ocho o cuarenta y nueve del cuarto Concilio de Toledo. No me acuerdo bien del número del canon, pero estoy cierto de que bien lo declara.

-Pues según eso, padre, hice los votos de mi regla: primero, de obediencia; después, de pobreza, y de castidad luego.

-Votos perfectísimos todos ellos, y agradabilísimos a Dios y al glorioso San Benito que los instituyó. Mas despachemos, que aún he de hacer mis oraciones. ¿A cuál de ellos faltasteis?

-A todos, padre mío, a todos.

-¿A todos? Largo pecar fue.

-Falté -prosiguió el monje- al de obediencia, dejando el claustro por el mundo, y tomando sobre mis hombres grave autoridad temporal; falté al de pobreza, con adquirir riquezas sin número y vasallos sin cuento; y por último, falté al de castidad, contrayendo...

-¿Qué decís, hermano monje? -exclamó el abad, sorprendido.

-Digo, padre, aunque horror me cueste el decirlo, que contraje matrimonio.

-¡Cuántos pecados juntos! -exclamó el abad-. No oveja perdida, sino muerta, debierais llamaros, a no ser tanta la misericordia de Dios.

El monje, que involuntariamente se había ido acercando más a la mesa, conforme declaraba sus pecados, se arrodilló ya en aquel punto; y penitenciario y penitente guardaron silencio por algunos instantes.

El abad fue el primero que lo rompió, y dirigiéndose al monje, le habló de esta suerte:

-Ya te he dicho, pecador, que la misericordia de Dios es infinita. ¿No dices que estás muy arrepentido de todo lo hecho?

  -70-  

-Mucho lo estoy, padre.

-Habraste preparado sin duda para la penitencia que yo te imponga.

-No, padre; aún no me he preparado como debiera; aún subsiste en mí la materia del pecado.

-¿Conque, es decir, que no has abandonado aún esos bienes terrenos que recibiste en tanto menosprecio de tus votos y daño de tu alma?

-No los he dejado, padre.

-¿Ni te has separado del lecho nupcial, donde entraste con tanta ofensa de Dios y del glorioso San Benito?

-Tampoco.

-¿En qué piensas, pues? -prorrumpió el abad con voz de trueno-. ¿En qué piensas que, sintiendo la carga del pecado, no la arrojas de ti; que, reconociendo el yerro, no comienzas por enmendarlo? ¿Cómo has de volver de esa suerte a la obediencia de tus votos y a la gracia de Dios?

El abad se había puesto en pie; sus ojos ardían en indignación y celo cristiano; con las manos golpeaba fuertemente el tablero de la mesa por dar más expresión a sus palabras.

El monje parecía aterrado.

-Yo haré, padre, cuanto me ordenéis -dijo, al fin, con acento compungido.

-Haberlo hecho fuera mejor; que entre tanto, no has de hallar en mí ni absolución ni gracia alguna.

Y al decir esto, hizo seña al monje de que se retirara.

-No es por excusar mi culpa, reverendo abad -exclamó este-; mas dignaos oírme aún algunas palabras. Yo dejé el claustro y tomé bienes, y contraje nupcias, porque era el último de mi raza, y sin eso se perdía.

-Perdiérase tu raza cien veces con tal que se evitara un solo pecado.

-Hubo también prelados que me lo aconsejaron, y aun en nombre de Dios me lo ordenasen.

-Malos prelados fueron ellos, monje; en verdad os digo que no hay poder en la tierra que pueda desatar los lazos que con Dios tenéis vos contraídos. Mas abreviemos aún, que el tiempo pasa en vano y no deja de ser ofensa de Dios el desperdiciarlo. Dígoos que no volváis más a mi presencia sin haber dejado mujer y bienes, y vuelto a la obediencia de vuestros votos.

  -71-  

-Así lo haré, padre, así lo haré -replicó el monje sollozando; y dio algunos pasos como para marcharse; pero antes de llegar a la puerta, volviose de pronto y dijo:

-¿Sabéis, padre, que temo que, mientras me absolvéis o no, venga sobre mí el castigo del cielo?

-Dios es justo y sabe lo que merecen sus hijos inobedientes.

-Es, padre -continuó el monje temblando-, que yo he visto claras señales de mi muerte y de mi castigo, y temo que muriendo ahora sea condenado al infierno.

-Rogad a Dios que se apiade de vuestras culpas.

-¡Oh! ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Yo estoy arrepentido de mis culpas; yo quiero hacer penitencia! Mas decidme, ¿qué podría yo hacer desde ahora mismo para librarme de la cólera del Eterno?

-Dejar a esa mujer con quien tan malamente os unisteis, y renunciar a esos bienes que adquiristeis con tan gran pecado. Cada instante que aquí pasáis lo perdéis en vuestra salvación: si el rayo del cielo os hiriese en este instante, no la habría para vos.

Y diciendo esto el abad, señaló imperiosamente ya al monje con el dedo la puerta de la estancia.

-Los dejaré, los dejaré -respondió el monje, y en seguida salió precipitadamente, bajó las escaleras de un salto, como quien se juzgaba perseguido por la celeste cólera, y entró en el claustro, donde a la venida le habían dejado solo los hombres de armas.

Allí oyó de lejos el precipitado andar de dos personas, alguna de las cuales debía de ser un guerrero, según el son de armas que se sentía.

Y, al revolver de una de las esquinas del estrecho y abovedado pasadizo que conducía a la puerta, se halló frente por frente con el bueno del portero, a quien ya conocen nuestros lectores, que venía acompañando a cierto caballero vestido de todas armas, la visera calada y con pomposo penacho en la cimera.

El monje hizo un movimiento para taparse más el rostro, como recelando de ser conocido; pero el desalmado del portero no le dio tiempo; antes, lanzándose a él, le quitó la capucha de un tirón y le plantó un despiadado pescozón en la coronilla, que resonó en largo especie.

Al ver al monje con la cabeza descubierta, notose   -72-   en el caballero una exclamación mal reprimida. El monje, por su parte, no pudo contener un grito de dolor y rabia.

-Villano -le dijo al portero-, ¿quién te manda tratar de tal suerte a los huéspedes de la casa de Dios? ¿Es así, mal portero y follón impío, cómo respetas mis sagrados hábitos?

El portero prorrumpió en recias carcajadas al oír estos improperios.

-Dé gracias, don monjecillo -le dijo- que de aquí se va sin los azotes que suelen darse a los malos huéspedes; y mire la palma que para hombre como él, y aun mejores, tenemos colgada en esa pared, que bien conocerá al mirarla cuánta haya sido su fortuna en no trabar conocimiento con ella.

El monje ahogó dificultosamente en su pecho algunas palabras; pero no replicó más; y precipitando el paso, volvió a salir del muro del monasterio con no menos dificultades que había entrado.

Subían entre tanto las escaleras del palacio abacial el caballero de que hemos hablado y el portero, y aquel dijo a este con mal disimulado acento de sorpresa:

-Sin duda no has conocido a ese monje.

-No, buen señor, que, puesto que para eso le haya descubierto la cabeza, no lo he logrado, y bien sé que no le he visto en mi vida si no es ahora.

-¿Pues cómo te atreviste a tanto?

-Es, señor, que viene del monasterio de Tomeras, del cual ha recibido tantos daños todo el reino y más esta santa casa. Y así Dios me ayude, que no juzgué que nuestro abad le soltara sin una mano de azotes, dados por estas mías que se pintan solas para mullir carne de pícaros.

-¿Le conocerías si otra vez le vieses?

-Precisamente para eso le descubrí también la cabeza; porque si otra vez le encuentro fuera del convento, no ha de írseme sin mayor ración de cordelazos y puñadas.

El caballero se sonrió.

-Mira, Gaufrido -le dijo al portero-, no pienses tal; antes olvida, si puedes, que le has visto en tu vida.

-¿Y por qué eso, señor?

El caballero no le contestó, sino que alzándose la visera,   -73-   entró derechamente en el aposento donde dejamos al abad.

-¡Roldán! -exclamó el abad al verle-: ¿Qué os trae por acá a estas horas? ¿Por ventura viene con vos la escritura de cesión de las haciendas que debe el rey a esta santa casa? ¿Ha tocado al fin el cielo el corazón del señor rey para que nos haga justicia? ¿Qué nuevas traéis de la Corte?

-Esas iba yo a pediros ahora -respondió Roldán-. ¿Quién más enterado que vos de lo que piensa el rey?

-¡Yo! -exclamó el abad-. ¡Pues si no he asistido a la coronación siquiera, por causa de mis achaques, ni he visto al rey, sino de paso cuando desde Monzón, donde le aclamasteis por tal, vino a Huesca en vuestra compañía!

-¡Que eso digáis, abad! ¿No fuisteis vos por vuestras letras de los que opinaron que se eligiese a don Ramiro, en lugar de elegir a don Pedro de Atares, a don Alonso o don García? ¿Y no obrasteis de tal suerte con el propio intento que nosotros, a saber: que hubiese rey que no nos oprimiera ni cercenara nuestros privilegios, antes bien nos devolviera los castillos y lugares que ganamos por nuestras personas o por nuestras gentes, malamente guardados para sí por los otros reyes?

-Sí opiné y sí obré, Roldán; mas ¿qué tiene que ver nada de lo que decís con lo que yo pregunto?

-¿Que nada tiene que ver? Pues ¿cómo me venís ahora con fingimientos, negándome que en este propio aposento habéis estado platicando con don Ramiro no ha un instante?

-¿Qué decís, Roldán? ¿Yo hablar con don Ramiro?

-¿Pensáis que no le haya yo conocido debajo de sus viejos hábitos de fraile benito?

-¿Conque era ese el rey? -prorrumpió el abad, espantado-. ¿Conque ha sido el rey a quien he tenido a mis pies en penitencia?

-Comienzo a creer que no le habéis conocido, abad.

-Podéis creerlo, Roldán, y ¡oh, si supierais lo que ha pasado entre nosotros!

-¿Qué?

-Básteos saber que le he mandado, en nombre de Dios, que deje el reino, que olvide a su mujer y vuelva al claustro.

-¿Y creéis que lo haga?

  -74-  

-Lo hará de seguro. No podéis figuraros lo contrito que está; daba consuelo de oír sus últimas palabras.

-¡Consuelo! ¡Consuelo! ¿Estáis loco? ¿Cuándo ha de poner en práctica vuestros disparatados consejos?

-Al momento; no le he concedido dilación alguna.

Roldán no pudo contener su ira; dio una patada en el suelo y exclamó:

-Habéis perdido el fruto de nuestros afanes y peligros; nos habéis hecho un daño inmenso, abad.

-Lo he hecho, sí; pero al fin he salvado su alma, y no me arrepiento de lo que he hecho -dijo entonces el abad gravemente.

-¿Eso más? -prorrumpió ciego de cólera Roldán-. ¡Oh, y con cuánta razón desconfiaba de vos el viejo Lizana! Toma tus armas, me dijo; toma tus armas y corre la hoya en busca del rey, mientras yo hago dentro de la ciudad mis averiguaciones; y no te olvides de llegar a Mont-Aragón, porque desconfío de que el abad esté ya con nosotros. ¡Oh, y cuánta razón tenía el viejo Lizana!

-Roldán -dijo el abad-, ¿osaríais acusarme de traición?

-No lo permita Dios, padre; pero cuando yo venía a consultar con vos los medios de conservar nuestra obra y me encuentro con que de vos ha sido destruida toda ella, ¿haréis gala aún de tal hecho? Si ese hombre amara la corona como nosotros pensamos que la amara, y como debiera amarla, podrían con él nuestras amenazas, valdría con él la intimidación para que nos entregara cuantas tierras y castillos le pidiéramos, y aun para que nos concediera cuantos privilegios nos estuvieran bien. Pero si vos habéis hecho nacer en su alma el remordimiento; si desprecia el poder, la corona; si renuncia a uno y a otra, ¿con qué le haremos fuerza en adelante? Más cuenta nos traería que hubiera pretendido poner en ejecución el consejo del abad de Tomeras, que no el vuestro. Aquello no habría podido llevarlo a término y esto sí; porque como no dé con él el sabio Lizana, no sé yo que haya modo de evitarlo. Ni tengo más esperanzas si no es que se le olviden vuestras amonestaciones. ¡Es tan seductora al cabo la corona! Si eso pudiéramos esperar...

-Inútil esperanza, Roldán: está resuelto a dejarla y la dejará; yo defenderé en cuanto pueda los derechos   -75-   temporales de mi casa, y haré cuanto sea lícito en vuestro bien; mas no he de faltar por eso a las obligaciones de mi espiritual ministerio. Si otra vez acude a mí, le diré hasta qué punto las circunstancias pueden excusar el hecho; pero no le negaré que hay pecados y grandes en su conducta. Recordad que no aprobé yo lo del matrimonio.

-Mal hayan vuestros escrúpulos, padre; que yo sé que, a conocer quién era, no le hablarais con el santo celo con que sin duda le habéis hablado. Mas no hay tiempo que perder; si a vos os place, salíos de la liga, y abandonad vuestras pretensiones. De mí sé decir que ahora mismo parto para Huesca a concertarme con mis nobles amigos, y a remediar en algo el mal que habéis hecho: que si este se obstina en ser monje, será preciso elegir otro rey que bien nos cumpla, en lugar suyo.

Y de como esto dijo Roldán, calose de nuevo la visera y salió de la sala.

-No hagáis de modo que se pierda su alma; mirad que es gran pecador; mirad que, bien mirado, es justa y forzosa su penitencia -le gritó el abad.

Pero el caballero ya no le oía.

Bajó rápidamente, cruzó el claustro y los pasadizos, montó a caballo en la barbacana, y en compañía de dos escuderos que allí le estaban aguardando, tomó a toda rienda el camino de Huesca, salvando primero la empinada y revuelta senda que bajaba del monasterio a la llanura, y luego los vados de la Isuela, que con sus aguas cerraban el camino.



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