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| (Muntaner: Chrónica. Es llibre molt antich) | ||
El cronista de esta verídica historia debía de ser grande enemigo de los almogávares, porque al comenzar el presente capítulo desata contra ellos su mala lengua y los maldice sin caridad ni medida.
-¡Oh gente cruel -exclama-, que no perdonasteis nunca al de espuela de oro ni al de humilde cayado, que así herís en las carnes ternísimas del infante como en el acerado peto del soldado, y lo propio os cebáis que en sangre de hombres en sangre de hermosas mujeres! Todavía recuerda Huesca con espanto el día en que traspasasteis sus puertas, porque todo lo disteis al saco y violencia. Ni sirvió a mis hermanos mozárabes su fidelidad a la santa fe de nuestro Dios, ni les aprovechó el recibiros como libertadores. Vosotros nos motejasteis de cobardes, porque permanecimos en la ciudad, en lugar de escapar a los montes altos y vivir en vuestra mala compañía, dentro de cavernas y peñascales; y a la par nos tratasteis que a los mismos moros. Y aun osabais decir, al ultrajarnos, que menos criminales eran ellos en defender su ley con las almas que no nosotros en practicarla entre fieles, fiando a la oración y no a las manos la redención de nuestra esclavitud.
Mas ¿qué mucho que así obréis, almogávares, si sola en la persona horribles, en el vestir fieras, en el nacer de raza varia y diversa prosapia, de suerte que apenas hay en vosotros quien sepa de su ascendencia o pueda decir algo de sus hijos? ¿No se alistan todo género -137- de malhechores en vuestras bandas? ¿No vivís perpetuamente en la montaña sin bajar nunca al llano, sino para traer el robo y la matanza? ¿No habláis todos en ciertos géneros de algarabías o jergas, una de las cuales llaman algunos romance; y es gran pena por cierto, el que por vuestra culpa, y la de los villanos de la villa, vaya extendiéndose en el reino, y comunicándose a los de mejor y más vieja alcurnia?
¡Oh! ¡Bien fuera que nadie entendiese vuestros gritos y voces salvajes! ¡Bien es que os alimentéis con carne de fieras y hierbas del campo, y que más moréis en soledades y desiertos que en los pueblos! ¡Bien es que durmáis en el suelo y padezcáis tan grandes miserias, puesto que sois tan semejantes a los salvajes brutos en crueldad, y en dureza a los osos, o más bien quizá a las rocas de la montaña! ¡Ay, mal haya de vosotros, almogávares, mal haya de vosotros, y así os depare el Cielo, como tenéis negros y espantosos los rostros, espantoso y negro castigo en la otra vida!
Y por este estilo prosigue el bueno del cronista en sus imprecaciones.
Mas si, prescindiendo de estas sentencias dictadas por boca enemiga, llegamos a examinar los hechos de aquella gente, parece que no faltaban en ella buenas partes que oscurecían las malas, con serlo tanto y ser tantas como asegura el cronista.
Sin ir más lejos, este Aznar Garcés, a quien de escudero hemos traído en pos del rey don Ramiro hasta las sierras que corren entre Aragón y Cataluña, si era hombre cruel, no parecía horrible por su persona, a no mentir la honrada Castana. Y mostrábase, a la par que valiente y astuto y gallardo, fidelísimo, que es prenda, no de malvados, sino de las más escasas entre los honrados hombres.
Buena prueba de ello fue el encuentro con el escuadrón de Roldán que comenzamos a relatar en el capítulo antecedente.
Aparte ociosas palabras, sin otra voz que el grito de «¡San Jorge y a ellos!», Aznar desnudó la espada corta que llevaba al cinto, y se adelantó hacia el escuadrón de los caballos.
-Para, para, hijo mío -le gritó el rey-. Pídele antes a Dios mentalmente que te perdone la sangre tuya y ajena que vas a derramar en defensa de tu rey. No he de consentir sin eso que peleemos.
-138--Que me place -dijo el almogávar.
Y la oración no sabemos si la hizo; pero claramente se vio que no apartaba ojo de los contrarios, como si observase sus movimientos y estudiase el modo de contrarrestarlos.
El camino iba cortando por allí la falda de una montaña frontera de otra no menos alta que ella, y si de una parte apenas los ojos acertaban a descubrir las contrapuestas cimas, de otra podía causar vahídos de cabeza lo profundo del abismo que se abría entre ellas. Todo lo ancho del camino no parecía de tres varas, formando vueltas y revueltas en esa figura que ahora llamamos de zigzag, y como ya, por entonces faltaban buenos caminos y ni siquiera había escuelas especiales que enseñaran a construirlos, notábase en este la singular circunstancia de que, en los puntos donde revolvía, se estrechase más y más, de manera que apenas podían pasar dos caballos de frente.
En una de estas revueltas, se apostó Aznar con la espada desnuda, y el rey a caballo, y desnuda también la suya, cogidas las riendas con la boca y cubierto con el escudo, se colocó detrás, haciendo como una segunda línea de combate.
Roldán, no bien que los vio, puesto que dudase que dos hombres solos osaran contraponerse a su escuadrón, donde bien se contarían cincuenta jinetes, envió a dos caballeros que los reconociesen y alejasen del puesto. Pero lejos de ceder don Ramiro y su escudero, lanzaron a la par, el grito de «¡Mueran los traidores!», y con denuestos e injurias provocaron al combate a los caballeros que venían de descubierta. Maravilloles a estos la determinación, y más viendo la apostura burlesca del jinete, y las pocas armas y defensas que el peón traía consigo, y creyendo fácil castigar aquello que imaginaban locura, pasaron adelante a la carrera ambos, al decir del romance:
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Pero Aznar no pareció intimidarse por eso; antes aguardó inmóvil, y al verlos a diez pasos, calculó el espacio que entre sí dejarían los dos caballos, y se plantó en él antes que los caballeros, apercibiéndose, pudiesen variar la dirección de sus lanzas, que ya habían puesto, para herirle, en ristre. Luego, al emparejar -139- los caballeros con él, hundió la espada en el pecho del caballo que venía de la parte del abismo; vaciló este por un instante y cayó rodando de peña en peña con su jinete desventurado. El otro caballero erró el golpe de lanza a la carrera, porque como el camino se ensanchaba de la parte en que se hallaba el rey, no pudo venir contra él rectamente, y pasó sin herirle por su lado. Entonces don Ramiro se lanzó a él, espada en mano, como quien en sí propio ignora el efecto de las armas, y ha llegado a perderles por acaso el miedo, que es decir con furia ciega.
Recibiole también su contrario con la espada, y en un momento se cubrieron de sendos golpes, abollándose bien las cotas de malla, sin que a don Ramiro le empeciera el tener asidas las riendas con la boca, ni al otro le contuviese un punto el pelear con su rey, dado que ni aun podía conocerle en tal traza. Mas pronto puso Aznar término a la contienda, derribando malherido al caballo de una tremenda estocada en el vientre, y rematando al caballero de una cuchillada terrible, con que le partió en dos trozos el bacinete o casco y la cabeza.
Y en esto acudió a rienda suelta al lugar del combate el buen caballero Roldán, seguido ya de todo su valeroso escuadrón.
Aznar cogió de las bridas al caballo muerto y en un santiamén lo arrastró hasta el sitio en que el camino se angostaba. Allí lo acabó de un solo golpe en la cabeza, y colocándolo delante, para que sirviese su cuerpo de muro, aguardó vecino del rey a los contrarios.
Caballero y escudero no se dirigieron hasta allí en el combate sino una sola vez la palabra.
-Bravamente peleáis, señor -dijo Aznar.
-Tú sí, que no hay oso o lobo de estos montes que te iguale -respondiole el rey, maravillado de la serenidad con que tales hazañas ejecutaba.
Al llegar luego los primeros caballos del escuadrón al lugar en que la batalla se hacía, retrocedieron espantados: veían allí patas arriba el cuerpo de su compañero, y por más que aguijoneaban los jinetes, no era posible hacerlos pasar adelante. Roldán fue el único que de un salto logró ponerse al punto de la otra parte, y con tamaña rapidez, que no pudo el almogávar estorbárselo. Acometiole entonces don Ramiro. Roldán, que vio sin lanza a su contrario, tiró al precipicio la -140- suya, y desnudando la espada, le recibió con el mayor esfuerzo.
Largo rato estuvieron acuchillándose sin consecuencia. Roldán era mucho más diestro, don Ramiro tenía más coraje, más resolución entonces de morir o vencer.
Aznar, en tanto, ardía en deseos de socorrer a su señor, pero no se atrevía a desamparar el puesto, por temor de que los del escuadrón quitasen de en medio el cuerpo del caballo, que era el único estorbo que los detenía, y pasando adelante, hiciesen imposible la resistencia.
Sonaban redoblados los golpes entre Roldán y don Ramiro; impacientábanse los caballeros de su escuadrón, viendo que pasar adonde él estaba no les era posible, y pensaban en poner pie a tierra para lograrlo; rugía de cólera el almogávar y miraba a la cima del monte como si algo esperase que no venía.
-¿Quién eres -le dijo Roldán a don Ramiro-, que de tan extraño modo coges la rienda y tan rabiosamente peleas?
-Soy uno a quien debes largos agravios y que hoy piensa vengarlos por sí mismo, ya que pudiendo vengarlos por otros medios ha dejado escapar las ocasiones.
-Pues esfuérzate -replicó Roldán-, porque no te las has con hombre que deja hacer en sí venganzas.
Las últimas palabras de Roldán apenas ya pudo oírlas el rey, porque en aquel momento se oyó un son espantable en lo alto de la montaña: eran alaridos salvajes, choque rudo del hierro contra las peñas, y confusamente entre el gran ruido, se escuchaban estas voces muchas veces repetidas:
-¡Desperta, ferres! ¡Desperta, ferres!4
Aznar lanzó un grito de júbilo, y cogiendo la espada con entrambas manos, comenzó a golpear con toda su fuerza en las peñas del suelo, gritando también al propio tiempo:
-¡Desperta ferres! ¡Desperta ferres!
Don Ramiro y Roldán hicieron retroceder a sus caballos, cada uno por su lado, y suspendieron a un tiempo el combate, y alzando la vista hacia la cima donde se oían aquellas voces, la vieron coronada por hasta dos docenas de hombres, cuya feroz apostura podía poner espanto en el más fuerte ánimo.
-141-A don Ramiro le pareció que, comparado con aquella gente, podía pasar Aznar por culto y gentil caballero; así venían de rotos y mal vestidos, negra la tez, sangrientos los ojos; si unos con capellinas de malla, otros sin ellas; si este con pieles de lobo o de toro, aquel con pieles de oso o gato montés, atadas a la cintura, todos ellos con calzas y antiparas de cuero viejo y rudas abarcas de monte.
Traían chuzos en las manos, espada corta como la de Aznar, y los propios dardos de afiladísimas puntas cuadrangulares que solía traer este consigo, sin más diferencia sino que las de algunos de ellos, por falta de hierros, sin duda, parecían de agudos pedernales.
-Son los almogávares, señor -gritó Aznar-; ahora verán estos soberbios y traidores de ricoshombres con quién se las han.
Y a toda prisa bajaban, en el ínterin, los recién venidos por la pendiente escarpadísima de la montaña, tan fácilmente cual pudieran por el llano.
Tres o cuatro de ellos se plantaron de un salto al lado de Aznar, y repartidos los otros por diversas partes de la pendiente, comenzaron a arrojar dardos y piedras contra los caballeros.
Apenas hubo lugar a la defensa. Ni uno sólo de estos dardos de los almogávares se perdió en hombre o caballo, y los peñascos enormes que, cuando no tiraban con hondas, echaban a rodar de lo alto, pronto pusieron maltrechos a los que en la primera acometida quedaron sanos.
Aznar, viendo en tanta rota el escuadrón, partió como un rayo a ayudar a su señor contra Roldán, el cual, a decir verdad, le traía apurado en demasía.
-¡Detente! -exclamó don Ramiro-, que este hombre ha de ser mi prisionero: date, date, Roldán, y te otorgaré la vida.
-¿Dónde oísteis -preguntó Roldán- que así se diesen los que llevan mi nombre y son de mi casa y solar? Aun he de mostraros quién soy.
-Permitid, señor, que le baje esa altivez, y ponga en lo que razón es la reputación de su casa y nombre -dijo Aznar.
-Roldán -repuso el rey-. Yo te mando que te des, que es hora ya de que te rindas por las armas al que escarneciste sin ellas. ¿Te acuerdas de aquel juramento desacostumbrado e injurioso que me tomaste en -142- Huesca? ¿Te acuerdas de la vanagloria que mostrabas el día en que prendiste a tu rey, acompañado de muchos otros traidores vasallos? Venías sin duda ahora a prenderme de nuevo o quitarme la vida; vas he aquí que te hago yo cautivo cuando lo pensabas menos.
Y diciendo esto se arrancó el tosco bacinete de hierro que llevaba, no pudiendo sin eso quitarse la visera que a la sazón se usaba.
-¡El rey en armas! -exclamó todo asombrado Roldán-. ¿Qué diablo anda aquí? Cosa es ella que veo y no creo: paréceme obra de encantamiento.
Miró al par en derredor y ya halló tomados por almogávares el frente y las espaldas; tendió la vista hacia donde había dejado a sus compañeros, y se encontró con poquísimos de ellos.
-¡Aragón, Aragón! ¡San Jorge, San Jorge! -gritaban al herir los raros caballeros que se mantenían firmes.
-¡Vía sus, vía sus! ¡Despierta hierro! -respondían por su parte los almogávares.
Todavía, a la verdad, estábanse defendiendo muy bien, aunque desmontados, de parte de los caballeros, tal cual veterano de los más diestros y esforzados, y este o el otro joven, que, habiendo entonces salido a su primera campaña, querían sacar a todo trance airosas las divisas y empresas de sus damas.
Tremendos, sin duda, eran los botes de lanza o los mandobles que a sus casi desnudos contrarios enderezaban, y grande la defensa que les prestaban a ellos los bruñidos anillos de hierro de sus cotas, y sus anchos escudos triangulares, todo lo cual habrá ocasión de describir más despacio.
Pero poco les aprovecharon tales ventajas.
Los almogávares alcanzaban con el combate el poderoso empuje del toro, la ligereza y cautela del tigre, la bravura del león y el rencor de la hiena.
Tan pronto avanzando cuando cejando, esquivando el golpe ajeno, y no dando sino sobre seguro el propio, rendían primero a los adalides adversos y luego sin piedad los mataban.
Así fueron cayendo uno tras otro aquellos valientes, los unos gloria ya, grande esperanza los otros del reino de Aragón.
Y a tiempo fijó Roldán en ellos sus ojos, que vio caer a su ayo Per Villanova, anciano orgulloso y valiente, a quien debía mucha parte de sus altos intentos -143- y condición dura, y morir luego a su propio deudo Galcerán de Foch, joven que hacía sus primeras armas y en quien tenía él muy gran cariño puesto.
,Conmovido apartó la vista de allí, mas no halló donde fiar esperanza alguna, porque hacia todos lados se miraba igual espectáculo.
La pendiente que desde el camino o más bien trocha bajaba al abismo abierto entre las dos montañas fronteras, mirábase salpicada, de hombres y caballos muertos o moribundos ya aquí, ya allá tendidos en las matas, o recogidos por las salientes peñas.
En un momento había acontecido todo aquel estrago, y la confusión y desbarate de los caballeros, al sentir el inesperado ataque de los almogávares y sus piedras y dardos, debió de ser grande, porque no había dos cadáveres juntos y muy pocos hierros de lanza aparecían ensangrentados.
Aumentaba el espanto del suceso el ver rodar de cuando en cuando los cadáveres, por algún instante detenidos en la mitad de la pendiente, hasta lo profundo del abismo.
Roldán no se acobardó; antes bramaba de rabia como una fiera acorralada en el ojeo, que ve llegar ya los perros de la traílla y siente el trote de los caballos de los cazadores.
Veíase sin medios de escapar por uno y por lado del camino, y ni esperaba que el rey le perdonase la vida, ni quería debérsela tampoco, según era de soberbia su condición.
«Muramos, Roldán -dijo para sí-; muramos con la honra ilesa y sin caer en manos de estos perros».
Y luego, dirigiéndose al rey con arrogante voz le habló de esta manera:
-Rey don Ramiro; no creas que has de vengarte en mi persona de la enemiga que me tienes, ni pienses que he de pedirte perdón de mis hechos porque te vea poderoso y yo me sienta flaco y solo entre tu gente. Valor hay en mí para morir cien veces antes que soportar afrenta alguna que empañe la gloria de mi casa. El último soy de los Roldanes, y si ahora mismo aquí sucumbo, quiero hacer de suerte que no parezca menor en las historias el último que el primero.
-Prendedle -gritó Aznar a los almogávares que estaban puestos a espaldas del caballero, y al propio tiempo dio él algunos pasos adelante.
-144--No le hagáis daño -dijo el rey, notando que algunos de los almogávares le apuntaban sus dardos.
Pero Roldán cortó la disputa como nadie imaginara, que fue apretando los ijares de su caballo, y dirigiéndose de tal suerte que lo obligó a saltar al abismo.
Todos los presentes creyeron por un momento que se había despeñado; pero al cabo le vieron con su generoso trotón trepar por los fronteros riscos, aunque dificultosamente, y luego correr a toda brida por la cima de la opuesta montaña, y transponer al fin en breve por entre los matorrales que la vestían.
El rey, Aznar y los almogávares lanzaron todos a un tiempo una exclamación de asombro.
De la cima de una montaña a la cima de la otra había muy buen espacio, y por en medio corría un arroyo profundo y copioso, de trecho en trecho interrumpido por estrepitosas caídas de agua; que tal era el abismo dónde habían ido a parar los hombres de armas de Roldán. De suerte que nunca jinete del mundo dio tan arriesgado salto, ni antes ni después, como este.
Por eso, desde entonces es conocido aquel sitio con el nombre de Salto de Roldán; y, al través de tantos siglos se ha perpetuado así hasta nosotros el hecho memorable.
Hoy, que el tiempo ha carcomido sin saberse cómo la una y la otra montaña, hasta poner entre ellas más de doscientos pasos de distancia haciendo también desaparecer la antigua senda que fue teatro del combate, el suceso puede bien darse por increíble.
Vuelto de aquel primer asombro del rey, dijo a su escudero:
-¿Cómo podré yo pagar, mi buen Aznar, los favores que debo a esos tus compañeros?
-Pagadlos con saber y reconocer que son leales. Y ahora encaminémonos a donde bien os plazca.
-A las tierras de Poniente o de Levante, donde halle en propios o extraños soldados que me ayuden a rescatar mi trono.
-Bastáraos con los propios, si bien quisiereis -repuso Aznar.
Y cogiendo de las riendas el caballo de don Ramiro, porque no tropezase más en aquel riscoso camino, echó a andar hacia adelante, seguido de los otros almogávares.
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Oigo el son bronco de tus cien campanas. |
| (J. de Iza) | ||
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| (El condenado por desconfiado) | ||
El día era de los últimos de primavera. El combate fue tan breve, que con haber comenzado a la luz clara del alba, cuando acabó no había bajado el sol todavía de los picachos de la sierra. Saltaba de los valles un viento húmedo y blando que recogía con ansia el pecho; levantábanse de cuando en cuando algunas liebres tendidas en el césped de los barrancos, y corrían a ocultarse por estrechos agujeros, debajo de las grandes peñas; y al sentar el pie los caminantes, doblábase para siempre la hierba cargada de rocío. Y todavía las tórtolas no habían vuelto a sus nidos, y sus huevos abandonados blanqueaban en los verdes chaparrales; todavía las palomas torcaces no habían apagado la sed de la noche en los arroyos, y a bandadas volaban hacia ellos.
Al amor de los arroyos solían hallarse alegres, aunque pobres lugarcillos: todos con su iglesia a medio hacer y sus torres de piedra: los unos, desparramados por las agrias cuestas, y los otros asentados en los valles, con sus rústicas puertas de madera de encina, sus tapias y casillas de barro y piedra, y sus huertas cargadas de árboles frutales donde silbaba lúgubre la oropéndola.
-146-Pasados estos lugares y alguno que otro chaparral, la sierra no ofrecía más que montes despojados por el hacha de los conquistadores; cuevas profundas, asilo ordinario de los vencidos, majestuosos precipicios por donde se despeñaban algunos de los arroyos formando sonoras cascadas. Y por en medio de los precipicios y los montes se abría perezosamente la senda que cruzaban el buen caballero don Ramiro y sus valerosos almogávares, poco atentos, por cierto, a los espectáculos bellos o sublimes que la Naturaleza ofrecía.
Aznar, que iba de guía, desde el sitio del combate torció a la derecha, encaminándose por las montañas que rodean, de la parte de Oriente, la hoya de Huesca. Caminaban de prisa y con recelo aún; porque no era difícil que los alcanzasen todavía con mayores fuerzas, dado que ellos tenían que recorrer una circunferencia muy ancha, a la cual se podía tocar desde Huesca, por cualquier punto, con un corto radio.
Durante muchas horas alcanzaron a ver a lo lejos los muros y blancas casas de la ciudad, y los alminares morunos heridos del sol espléndido de la primavera. Por más tiempo todavía tuvieron delante de los ojos las oscuras y altísimas torres de Mont-Aragón, y los corpulentos álamos que señalaban la confluencia del Flumen y de la Isuela; no lejos del lugar adonde la Virgen de la Huerta, morena y de cabos negros, se vino luego a hacer compañía a la Virgen de Salas, que es blanca y rubia, con el milagroso fin, sin duda, de que se honrase en un mismo santuario, bajo los dos tipos principales de la humana belleza, a la madre de Dios. Muchas veces el viento trajo a los oídos de los caminantes revuelto son de campanas, que tocaban al parecer a rebato, porque el viento soplaba de la parte de la ciudad. Una oyeron claramente el tañido de la campana principal de Mont-Aragón; pero no era sino que llamaba a los fieles a la oración de mediodía.
Y era mediodía en verdad.
Y el sol hería ya los rostros, haciendo brotar copioso sudor en ellos; y habría sido penoso el caminar a tales horas para otros que los almogávares. Pero estos, sueltos y ágiles, echaban siempre por lo más áspero a modo de cabras monteses; disparaban sus dardos a los árboles que crecían en lo hondo de los precipicios, sin más objeto que bajar a recogerlos, con manifiesto peligro; cruzaban cien veces que no una, el camino, ora llevados -147- de la curiosidad, ora de la sola impaciencia del ánimo. No era don Ramiro tan ágil y robusto, y, con ir a caballo y todo, hubiera dado alguna muestra de cansancio a no ser por la exaltación en que el peligro y la ira habían puesto su pacífica naturaleza.
Las lejanas vistas de Huesca y de su alcázar moruno, las más vecinas torres de Mont-Aragón, el sonido de las campanas de la ciudad y del monasterio mantenían viva su exaltación agolpando a su frente las ideas y los sentimientos antiguos, al propio tiempo que los nuevos. Parecíanle ya sueños el combate, la victoria, la fuga misma, el andar por donde andaba y con quien andaba, todo lo que era realidad, en fin, y tomaba acaso por realidad los sueños y preocupaciones de su espíritu. Pero poco a poco fue la exaltación cediendo al tiempo y al cansancio, y cuando desaparecieron de su vista la ciudad y el llano de Huesca y dejaron de oírse las campanas, se halló ya a punto don Ramiro de no poder comprender del todo la situación en que estaba.
Oyó detrás de sí precisamente una voz áspera y un sí es o no vinosa, que decía:
-Aznar, Aznarote, no niegues tus pecados, que con pecadores te las has y no de los menores. Cuando tú haces tantas ausencias de la sierra y te estás en la ciudad meses enteros, buen vino bebes allá y buenas mozas te recrean. Ni pienses que he echado en saco roto el que hayas traído la cabeza vuelta al llano durante todo el camino. No parece sino que has dejado algún pellejo tuyo en compañía de cuatro buenos bebedores, y temes que mientras andas por estos cerros no te dejen gota de él con que echar luego un mal trago. No nos hemos criado así, Aznar, ni yo ni tu padre. Treinta años tenía yo y no sabía aún lo que era el buen vino, ni lo que era una buena moza; verdad es que ahora no estoy cierto de saberlo bien tampoco.
Don Ramiro, recordando entonces a aquel a quien tanto debía, volvió el rostro diciendo:
-Aznar, Aznar, adelántate, que quiero departir contigo algún rato.
Aznar se adelantó con efecto.
-No me has dicho, por fin -añadió el rey- hacia qué parte me llevas.
-Vamos hacia Barbastro, que de allí no está muy lejana la frontera de Cataluña, y será fácil reunir un -148- golpe de almogávares de acá y de allá que espante a los más osados rebeldes.
Don Ramiro calló, y tornó a preguntar después de un largo rato:
-¿Y está muy lejos esa ciudad de Barbastro adonde me llevas?
-No os quiero llevar precisamente a Barbastro, sino a un buen lugar de los contornos, que tiempo tenemos de alargarnos a la ciudad. Y en cuanto a la distancia, no es ya mucha, y yo sé que llegaréis sano y salvo.
Hubo otro rato de silencio, y al cabo de él volvió a decir don Ramiro:
-Aznar, Aznar, ¿sabes que advierto que esta tu gente y, camaradas, si son valerosos en el pelear, no son muy escrupulosos en la fe? Enséñales, enséñales, hijo mío, cuánto les conviene ajustar sus obras a los mandatos de Dios. Muéstrales cuán tristes cosas sean el pecado y la condenación eterna. Aquí me tienes a mí que estoy condenado y...
-¿Condenado? -exclamó el almogávar, interrumpiéndole a pesar suyo-. ¿Condenado?... -y con ser quien era sintió cierto estremecimiento en el cuerpo.
-Sí, condenado, hijo mío. ¿No te lo había dicho todavía? Habránmelo impedido mis pesares y ocupaciones. Condenado estoy, hijo mío, tanto como hombre haya podido estarlo en esta vida.
-Más bajo, señor, más bajo. Mirad que si os oyen, no habrá muchos de estos valientes que os sigan, porque da la casualidad de que todos son cristianos viejos, y almogávares tan temerosos de Dios como cualquiera. Y aun yo mismo me precio de buen cristiano, que, puesto que yerre mucho en esta vida, todavía espero que arrepintiéndome a la última hora, Dios me perdone, porque siempre he oído decir que es misericordioso.
-Hablas como un lego de convento bien endoctrinado -dijo el rey-. Así es, como tú dices; y en arrepintiéndote a la última hora de todo corazón, no tengas miedo de que el diablo emplee en ti sus uñas.
-¿Pues, y cómo no os arrepentís vos para salvaros? Verdad es que no ha llegado vuestra última hora, y que, según decís, estáis ya condenado; pero a fe mía, que no he oído decir hasta ahora que nadie se condene en vida.
-Es que mía pecados son más grandes que ningunos, y hay quien no me deja hacer penitencia. ¿No te -149- tengo declarado que fue aviso y permisión del Cielo aquel peligro tan grande que corrí a la orilla de la Isuela? ¡Oh si me dejaran hacer penitencia! ¡Oh si no me impidieran que la hiciese!
-¿Quién os lo impide, señor? Por ventura, ¿se entremeten también en eso los ricoshombres? -dijo sencillamente el almogávar.
-Sí, se entremeten, Aznar.
-¿Conque no os dejan siquiera hacer penitencia? ¿Pues qué tienen que ver ellos con vuestros pecados?
-Es que yo peco siendo rey, cuando no debía de serlo, y ellos quieren a la fuerza que lo sea.
-No os entiendo -dijo Aznar-. En Huesca corrían no sé qué murmullos ayer tarde; pero no pude comprender nada cierto, según eran de contradictorias las voces. Al veros preso y fugitivo y oír que queríais rescatar vuestro trono, pensé que los ricoshombres trataban de quitároslo y quitaros, a la par, vuestra hija. Juzgad de mí sorpresa, ahora que me decís ser vos quien quiere dejarlo y ellos quienes lo impiden y estorban. Y aun no entiendo tampoco cómo pueda haber pecado en ser rey, cuando he oído decir que hay en el cielo algún santo que fue rey en este mundo, y de los más poderosos y esforzados.
-Bien veo que eres discreto, Aznar; pero no es posible que se te alcancen estas cosas tan hondas. Otra cosa sería si hubieses cursado como yo letras sagradas, siquiera fuesen pocas, como son las mías.
-Así es la verdad, que no lo entiendo ni sé por qué os prendieron los ricoshombres, ni por qué se apoderaron de vuestra hija, ni siquiera para qué ha de ser esto de reunir armas y gente y levantar pendón de guerra.
-¡Cómo ha de ser! -dijo don Ramiro-. Tu oficio es pelear y no te está bien el mezclarte en tales intrigas y sucesos de cortes y de reyes. Tu buen discurso no basta para ello.
Calló don Ramiro y calló Aznar, entregándose uno y otro a largas meditaciones; las de aquel no hay que decir a qué se referían; las de este es de notar que siendo tan rudo como era, se referían a los más graves asuntos de la política de su época, sin que le empeciesen para ello las últimas palabras de don Ramiro.
Y andando, andando, el rey monje y el político escudero pasaron horas tras horas, y el sol comenzó a -150- declinar, y antes de mucho no iluminó más que las cimas de los montes, y poco después se hundió de golpe detrás del pico más alto de la sierra. La luz del crepúsculo cayó misteriosa y lúgubre sobre las cuestas y los valles, al cabo.
Era ya aquello, a no dudarlo, lo más inculto y deshabitado de la sierra; ni un castillo roquero, ni una ermita milagrosa, ni siquiera un chozo humilde de pastores, nada se hallaba al paso que indicase labor humana.
De trecho en trecho manaban de las rocas copiosos hilos de agua, que, después de encharcar el camino, iban a perderse en lo hondo de los barrancos o a bañar estériles malezas. Con ser los fines de la primavera, apenas matizaba alguna violeta silvestre la parda sombra de los montes; o si la había, era tan espinosa la hierba entre la cual crecía, que se desgarraba la mano infeliz que osaba tocarla. Sólo algunas encinas olvidadas señoreaban aún las altas rocas o extendían sus raíces por los barrancos, inclinando las hojosas copas a lo hondo. Las había tan mal sujetas a la tierra o tan quebrantadas por los aguaceros y huracanes, que al menor soplo de viento se agitaban, parecía que hubiera podido moverlas el aliento de un hombre.
Los innumerables rumores del crepúsculo bajaban ya rodando por las cuestas, o subían en ecos de los hondos valles; hijos del agua, del viento, de los reptiles, quizá de espíritus encerrados en las piedras y en las hojas, que soberbio niega el hombre, porque no han tenido a bien visitar sus ojos todavía. No podía decirse que fuera de noche, pero no era ya de día. Todos los contornos se iban borrando, todos los colores desapareciendo, y al cabo de algunos instantes sólo se distinguían el color del cielo y los contornos de las estrellas.
En este punto don Ramiro interrumpió sus meditaciones, gritando:
-Aznar, Aznar, ¿sabes que no puedo sostenerme en el caballo? Mis pensamientos me han sostenido hasta aquí; pero ya me faltan enteramente las fuerzas. Tengo aturdida la cabeza, la vista se me va, los brazos se me doblan al peso de las bridas; muero, muero si no hallamos por aquí descanso y alimento.
Y tenía razón el monje, porque más de veinticuatro horas eran pasadas sin que probase bocado ni bebida -151- alguna, y poco menos de veinte hacía que no dejaba la silla del caballo. Cualquiera habría hecho alto, cual don Ramiro lo hizo en este punto, denotando en gestos y acciones que le era imposible pasar adelante; cuanto y más un hombre, criado en el método y reposo de abadías y palacios, como él era. Aun no podría explicarse su extraordinaria fortaleza sin el calenturiento afán que embarazaba su ánimo.
Verdad es que los almogávares no se notaban así el ayuno, ni la sed, ni la fatiga; pero ¿qué había en ellos que pudiesen igualar los demás hombres? Ellos sabían pegar los labios a las húmedas rocas, y recoger el agua pura que allí manaba o buscar hierbas con que entretener el paladar y los dientes; y caminar con hambre, y reír cuando la sed devoraba sus labios. Así es que nadie hubiera dicho que tan larga jornada trajesen hecha, sufriendo tamañas penalidades. El crepúsculo de la tarde los hallaba dispuestos a pelear, ni más ni menos que los halló la primera luz de la mañana.
Ninguno de estos almogávares excedía a nuestro Aznar en fortaleza; él ni aun había probado la hierba, o el agua de las peñas, como algunos de sus camaradas. Y, fuerza es decir, no sintiendo en sí necesidad alguna, se había olvidado de las del rey. Pero como le tenía tan conocido, al oírle decir que no podía pasar ya adelante, se encendieron sus ojos en ira; aquel era un nuevo obstáculo, y no el menor que hubiera ofrecido hasta entonces la fuga.
-El caso es, señor -dijo con el acento más blando que supo-, que estamos a tres horas de Barbastro todavía, y estos montes no pecan de solitarios y tranquilos a la medianoche, ni andan muy sobrados de comodidades. Volviendo atrás o yendo adelante podremos hallar sitios y lugares harto más cómodos y seguros que este. Pero aquí precisamente no es posible que hagamos alto. Desde aquellos picachos cercanos podríais distinguir la frontera de los moros, y aunque hubieran de acudir algunos más almogávares en nuestra ayuda llegado el trance, si se les ocurriese a los perros hacer esta noche una algarada, tendríamos mucho en que entender con ellos.
-¿Moros dices? -respondió el rey turbado-. Ya veo, ya veo que Dios me trae a poder de infieles para que sea más cruel mi muerte y mi castigo; he aquí evidente su Providencia, Aznar; he aquí lo que logra -152- el hombre con querer sustraerse a la cólera de Dios.
Y comenzó a persignarse de seguida.
-Aznar -dijo en esto uno de los almogávares de más edad-, o me falta el conocimiento, o gente ha llegado aquí, y no ha pasado adelante, de modo que debe de andar escondida por estos matorrales. Ha rato que vengo siguiendo las huellas de los caballos. Ahora acabo de perderlas, y no quedan más que las de los hombres que aquí sin duda se desmontaron. El número no podré decírtelo, pero...
-Cuatro son, no más, buen Carmesón -dijo, interrumpiéndole, otro de los almogávares-; y cierto que la edad te va quitando el conocimiento, cuando no has sabido contarlos. Yo sé y veo bien hacia dónde se encaminaron hombres y caballos.
El rey, que escuchaba afanosamente aquellas conversaciones, metió entonces espuelas a su corcel; pero vacilaba ya en la silla, y claramente se veía que le era imposible acabar la jornada.
Aznar, que había visto hasta entonces sin temor aquellas huellas, comenzó a desesperar de la salvación del rey. «Estos caballos -decía para sí- deben de ser de moros que nos han descubierto, y han venido a dar noticia de nuestra llegada a otros moros, que nos esperan, sin duda, emboscados. Por aquí suelen andar almogávares, y llamándolos con mi silbo harto sería que, entre unos y otros, no pudiéramos asegurarle al rey la fuga, aunque fuera dejando nuestros cuerpos por despojo a esos perros maldecidos. Pero si son muchos y nos matan, y el rey no puede tenerse a caballo y no sabe huir, ¿qué va a ser de su persona? ¡Pobre rey! Debe de ser cierto que está condenado en vida, como dice, según se le cierran los caminos para salvarse».
Intenciones tuvo de santiguarse el almogávar; pero venciendo en él lo áspero de la condición a las debilidades de la conciencia, acabó por jurar y decir una blasfemia.
En esto hirió sus oídos el sonido de un laúd, y al punto mismo, una voz más agria que dulce, entonó en toscas melodías un romance, cuyo significado no se podía comprender bien, porque no dejaban que llegaran siempre las palabras, y todo entero se oyese, las ráfagas del viento. Sólo sonaron claramente de cuando en cuando trozos de versos que muchos almogávares repetían, como si los supiesen de coro:
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Esto fue lo primero que escucharon, y en otros momentos posteriores trajo el viento estos otros trozos del romance:
-Amigo es él -dijo Aznar en este punto-, y de los buenos por cierto, que con cantarme ese romance, seguiríale yo al cabo del mundo. Oye, Carmesón, en trance estás de reparar tu falta de conocimiento en lo de los caballos; corre y averigua quiénes son los que tan sabrosamente entretienen la noche en la maleza. Apuesto a que ellos nos proporcionan cuando necesitamos, que es hogar seguro y cena ajustada a la calidad de este caballero con quien venimos.
No fue menester que el Carmesón se adelantase mucho, porque los del laúd y el cantar, no menos sagaces que los almogávares, ya habían notado que cerca de ellos andaba gente, por lo cual guardaron repentinamente silencio; y antes de que llegase al sitio de donde salían los sonidos para observarlos, se encontró ya el almogávar con un hombre que al parecer lo observaba a él cautelosamente.
-154-El desconocido fue quien al cabo rompió primero el silencio, diciendo:
-Vuelve esos tus dardos al cinto, almogávar, que entre tú y yo no puede haber sino paz y buena compañía. ¿Qué gente es esa que viene contigo? ¿Sois todos almogávares?
-Todos menos uno -respondió Carmesón-. Pero, ¿y tú quién eres, que te metes a hacer preguntas a los que vienen a hacértelas a ti mismo?
-Torpe andas, Carmesón. Torpe te tienen los años.
-Lo sé, porque no es la primera vez que lo oigo esta noche. Pero torpe y todo, ten por cierto que no he de errar el tiro en tu cuerpo si no me dices pronto quién eres.
-¿Qué es eso? ¿Qué tardas y qué hablas? -gritó Aznar, que ya se acercaba impacientemente.
El desconocido se puso a silbar en voz baja del modo mismo que Aznar había silbado para llamar a los almogávares.
-Nuestro silbido es -dijo Carmesón-, no hay duda. Pero... ¡mal haya de mí que no le he conocido antes! Razón tenéis para llamarme torpe, torpísimo. Sosiégate, Aznar, no es otro que Maniferro, el buen Maniferro que ha meses echábamos de menos por estas sierras. Maldita oscuridad la de la noche, y malditos años los míos que me van tapando los ojos.
Al oír el nombre de Maniferro todos los almogávares prorrumpieron en estrepitosos vivas. Y aun algunos de ellos, desnudando los hierros, comenzaron a golpearlos contra las piedras, pronunciando, como en señal de alegría, aquel terrible grito de guerra:
¡Desperta, ferres!
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... Como sátiros desnudos y hambrientos saltando de peña en peña... |
| (Felíu de la Peña y Fariel: Anales) | ||
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| (Poema de Don Alonso el Onceno) | ||
Al oír tal grito y tales vivas el llamado Maniferro o Mano de Hierro, acabó de salir de unas matas, con que hasta entonces ocultaba parte de su persona, diciendo:
-Fivallé, Yussuf, Assaleh, seguidme, que estamos entre camaradas y gente buena; seguidme pronto, porque he de azotar al último que suba con la brida de mi caballo. Arriba, arriba, y dejad el matorral a esos honrados osos de la montaña, sus naturales señores, que gente hay aquí de la cual no tenemos por qué ocultarnos.
-Mal modo de estar ocultos es el cantar romances y pulsar laúdes en tales desiertos. Aunque los perros muslines de Lérida fueran todos tan torpes como nuestro buen Carmesón...
-¿Va de burlas? -dijo a esto Carmesón, un poco amostazado.
-No por cierto -respondió Aznar, que era quien a la sazón hablaba-. Quiero decir que, aunque todos -156- los de Lérida tuviesen tus años y tu cortísima vista, a haberles venido en mientes el pasear estas breñas, no habrían tardado mucho en dar con el señor Maniferro.
-¿De cuándo acá eres prudente, Aznar? -dijo el desconocido jovialmente-. Por la Virgen de la Gleba que el pelear yo solo con veinte de esos perros lo hubiera tenido por bien, a trueco de verte aquí esta noche; porque a ti especialmente ha muchos meses que no te veo, y no quiero que se me olvide tu manera de pelear, y la buena gracia con que sabes sembrar las hazas de turbantes. Pero a decir verdad, no era fácil que ahora se me ofreciese tan extremada ocasión y trance; que no soy temerario como sospechas y aun me tengo por más prudente que tú, sin vanidad alguna. Sábete que tengo bastante gente apostada a las orillas del Segre, para que no pueda salir una cimitarra de Lérida esta noche. Y lo que es de moros me tengo aquí por tan seguro como en las torres de Barcelona. Si me ocultaba, no era sino por miedo de los curiosos, que nunca falta caballero andante o monje mendicante que recorra los caminos; y aunque este es asperísimo, no es de los menos frecuentados, con estar algo cerca de la noble ciudad de Barbastro. Ni ignoras que gusto poco de ser conocido, y que sólo delante de vosotros suelo levantarme con placer la visera del yelmo.
Don Ramiro no echó en saco roto estas nuevas, y se alegró harto de oírlas, porque ya que no fiase de Maniferro, al menos parecía cristiano, y no era para él tan temible como los infieles, en los cuales estaba todavía pensando.
Aznar también se alegró por don Ramiro.
Y entre tanto, algunos de los almogávares no cesaban de vitorear a Maniferro, y otros repetían desesperadamente su antes temeroso y ahora alegre grito de guerra, sin dejar de azotar los hierros contra las peñas.
-Tened, tened, camaradas -dijo Maniferro-. No es hora aún de que despierten las espadas; dejadlas dormir, que harto breve será su sueño, viniendo en mi compañía. Cabalmente esas orillas del Segre y del Cinea están pidiendo a gritos un buen San Martín, porque los marranos, ni hoja ni grano dejan a salvo. Pero ya os he dicho que tengo hueste hacia Lérida. Ofrézcoos para mañana o pasado muy buena danza de espadas.
-157--Los pícaros -dijo Carmesón- no os han visto nunca sino al punto de batallar, y es ya usanza suya esto de saludaros desde lejos con el grito de guerra, a fin de que encontréis al llegar viva la sangre y ardiente ya el hierro. No quieren perder tiempo ninguno cuando se hallan con una buena ocasión de pelear; y vos mismo habéis celebrado esta prisa otras veces.
-Razón tienes -dijo Maniferro-; pero advierte que hoy no os he llamado yo, ni he venido a buscaros, sino que vosotros me habéis sorprendido, como quien dice, en mi hogar. Hasta mañana por la mañana, lo más pronto, no tenía dispuesta la danza.
-Sea mañana -respondieron los almogávares, envainando perezosamente las espadas.
-Pero advertid -dijo Aznar- que vuestro deber no es sólo pelear contra los moros, sino servir como buenos vasallos a nuestro rey y señor don Ramiro, si a servirle os llama.
-¿Y quién te ha dicho -repuso Maniferro- que don Ramiro pretenda semejante cosa? Vosotros no sabéis servir sino con el hierro, y él es poco amigo de este metal.
-Vos, señor caballero -dijo Aznar-, no sois aragonés, sino catalán, y vasallo del conde de Barcelona. Y por lo mismo no estáis obligado a acudir al servicio del rey de Aragón, como nosotros lo estamos.
-Poco importaría eso, con tal que quisiera él servirse de gente honrada.
-Pues de que lo quiera no dudéis, y aquí está un buen caballero que podrá confirmarlo.
Dijo esto señalando a don Ramiro, que no había perdido una sílaba de aquel diálogo extraño.
-Que me place -respondió Maniferro, reparando entonces en don Ramiro-. Ofrézcome a dar de cenar a este buen caballero, que harto molido y hambriento se conoce que viene, si como merecen sus prendas, no mejor que de vosotros y de estas soledades pudiera esperar sin duda. Al olor de las viandas y al retintín del jarro, él contará lo que sabe, y yo os diré lo que convenga. Hola, Yussuf, Assaleh -añadió gritando- perros infieles, ¿no tenéis tendidos los manteles todavía? Al suelo, camaradas, y partamos nuestro pan y nuestro vino, según ordena la ley de Cristo que, aunque pecadores, seguimos.
-Aznar, Aznar -dijo en esto el rey-, lo de la -158- cena lo acepto, porque dicho te tengo que no puedo resistir más la abstinencia, y eso que he practicado tan largos ayunos en la regla. Pero, ¿no te parece que será imprudencia fiar el secreto de mi nombre y calidad a ese extranjero?
-Sí que lo sería -dijo Aznar-. Aunque estamos ya seguros de infieles, a lo que parece, no lo estaremos de traiciones hasta mañana, que vendrán, a juntársenos cuantos almogávares anden por estas sierras, según tengo avisado ya con dos de los nuestros. A fin de que vengan pronto, les he encargado decir por todas partes que vos sois un mensajero del rey, un caballero de su casa. No hay más que continuar aquí también con el engaño.
-¿Engaño? No en mis días -dijo el rey-. Primero querré que me maten, Aznar. ¡Engaño! ¡Pecado! ¿Te parece que no son bastantes los que traigo conmigo?
-Pues diremos que sois rey.
-No, no, tampoco. Tú no conoces a ese extranjero, Aznar; no sabes si es o no capaz de alevosía.
-Sólo sé -dijo Aznar- que es esforzado, porque meses ha se apareció en estas montañas con otros almogávares de tierra de Cataluña, y yo y otros fuimos con él y ellos a dar en los moros de Lérida; y a fe que mejores tajos y mandobles que repartió el buen caballero no los he visto descargar en mi vida. Desde entonces le apellidamos por acá Maniferro.
-Bien pudiera ser verdaderamente de hierro todo su cuerpo, y ser traidor, sin embargo.
-Es muy cierto; pero, ¿cómo hacer si vos no queréis pasar por otro que sois?
-Un remedio se me ocurre, Aznar; pero no sin algunos escrúpulos, aunque lo he visto practicado, en ocasiones, por muy devotos monjes de mi monasterio de Tomeras, y de aquel otro bendito de San Zoíl, sobre el Carrión, en que hay nada menos que tres cuerpos de mártires.
-Decid, que yo haré cuanto queráis.
-Has de saber, Aznar -dijo el rey-, que una cosa es mentir, y otra muy diferente es ocultar la verdad: lo primero no es lícito nunca; lo segundo puede serlo algunas veces; al menos ya te he dicho que así lo hacían ciertos monjes de Tomeras, uno de los cuales andaba en olor de santidad.
-159--No comprendo -dijo Aznar cándidamente-. Si este buen caballero Maniferro os pregunta el nombre, ¿tenéis más que decirle quién sois, o no, decirle que sos otro cualquiera? No hallo medio en esto.
-Fuerza es hallarlo -dijo el rey-, porque en ese medio está el remedio: no lo habría de otro modo.
-Perdonad, señor -dijo Aznar-, si no se me alcanzan mucho en estas cosas. Para eso me crio tan soldado mi padre, para que no tuviera necesidad de saber tales delgadeces y sutilezas. Decidme claro que le contestaréis si él os pregunta quién sois.
-No le diré nada: haré como si no hubiese entendido la pregunta.
-Malo es Maniferro para eso. Cien veces seguidas repetirá la pregunta, y acabará por fiarla a la espada, que dicho os tengo que es buena, como yo no sé de ninguna otra de caballero. Y en tal caso, tendríais que descubriros o resignaros a que peleásemos vos y yo solos contra él y los suyos. Porque de seguro los almogávares no osarían ponerle un dedo encima de la armadura, tan grande amor le tienen, a no oír vuestro nombre.
-Y sabiendo ellos mi nombre...
-Sabríalo él, por fuerza; y si es traidor y rebelde, como los caballeros y ricoshombres de Huesca, podría muy bien tendernos una celada antes que fuese de día y apoderarse por armas de vuestra persona y la mía, aunque quisiesen pelear estos almogávares contra su hueste. Que no es seguro, pues si tengo por difícil que peleen contra ese buen caballero Maniferro, a no sonar vuestro nombre, sonando y todo tengo por punto menos que imposible que se las hayan brazo a brazo con la hueste que él dice que tiene en las no muy lejanas huertas de Lérida, la cual se compondrá, sin duda, de almogávares catalanes, que son unos mismos con estos aragoneses: hermanos en el nacimiento, en la fatiga, en la gloria, y no pocos de ellos ignorantes de que en estos montes unas piedras se llamen Aragón y otras se llamen Cataluña.
Don Ramiro, aturdido con tales observaciones, no contestó palabra. Y en aquel instante se oyó la voz de Maniferro que gritaba:
-¡Ah del buen caballero! La cena está pronta; las hogueras arden, de modo que no echaremos de ver la oscuridad de la noche; hay asientos en la hierba que pudieran ser tronos de reyes, y sobra humo en el aire -160- para templarnos la humedad de la noche. Junto a Dios que no se ha visto en alcázar alguno más alegre banquete que el que yo os ofrezco ahora al raso. Yussuf, Assaleh, si advierto la menor falta en la cena, de cena habéis de servir vosotros a mis lebreles. Y tú, Fivallé, menea ese laúd: diablo de escudero, ¿qué tardas en tocar alguna cosa? Disponte a decir de nuevo el romance del caballero del Dragón, que tengo para mí que no ha de desagradar a nuestro huésped.
Todo esto lo decía el caballero con acento tan jovial, que no cólera o susto, sino risa y gozo infundían sus amenazas.
Don Ramiro fue el único que las tomó al pie de la letra.
-Parece que tiene mal corazón este hombre -le dijo a su escudero-. Oye, Aznar amigo, ¿será posible que no me defiendan estos villanos, si por ventura quiere asesinarme? Por Dios, hijo mío, no se te escape decirle quién soy.
Aznar no respondió, pero diole a entender con una seña que guardaría el secreto. Y caballero y escudero se fijaron luego enteramente en el espectáculo extraño que a sus ojos se ofrecía.
Habían desembocado de un angosto paso labrado por las aguas de invierno entre dos montes, y se hallaban a la sazón en una llanura más larga que ancha, abierta en uno de sus lados por un profundo barranco. Las aguas, al salir de entre los montes, se precipitaban sin duda por aquel barranco, haciendo en la asperísima cuesta quebraduras que podían servir de sendas para llegar a lo hondo. El barranco y la cuesta se distinguían muy bien a la luz de tres grandes hogueras encendidas al borde mismo del precipicio donde se consumían luciendo y chisporroteando altas piras de enebro recién cortado. Descubríanse también en la cuesta ciertas cuevas formadas por los salientes peñascos, en alguna de las cuales debían de estar recogidos Maniferro y sus compañeros cuando llegó la comitiva, porque aunque él no se supo de dónde vino, a estos claramente se los vio subir por una raja de la pendiente al llano, donde hizo alto la comitiva.
Hacer alto, tirar al suelo los chuzos, arrojarse por el barranco unos, trepar otros por los montes vecinos, cortar troncos y ramas, acarrearlas y con ellas encender las tres hogueras, había sido para los almogávares -161- obra de un instante, como solían ser todas las de aquella gente agilísima y resuelta. Luego sacaron de los zurrones sendas cebollas y castañas, y sin otra preparación las pusieron a la lumbre. Algunos, más afortunadas, descolgaron de los cintos y arrimaron al fuego hasta tres liebres, un cabrito montés y unas pocas palomas, muertas al acaso por el camino. Y mientras se aderezaba la escasa y rústica cena, juraban y reían los almogávares al amor de las hogueras, tan contentos como pudieran estarlo en hogar propio.
No tardaron mucho más en ser cumplidos los mandatos que dio Maniferro a sus compañeros.
Eran estos tres hombres de singular aspecto y catadura. Frisaba el uno de ellos en la madurez de su edad; tenía el rostro ancho y lleno, la mirada fría, y su limpio traje y atavíos, si no ya por hombre principal, dábanlo, al menos, por persona de honroso empleo y ejercicio. Traía este ligera rota y espada ceñida. Una gorra cubierta de malla le defendía la cabeza, dejando ondear sobre ella dos plumas de cisne, y pendía de su espada un laúd, indicio de ser él quien antes hubiese cantado.
Los otros dos parecían mucho más mozos, aunque no pudiera afirmarse que lo fuesen. Porque no era la noche más oscura que su tez, así come el marfil no era más blanco que sus dientes, que relucían como estrellas entre las sombras de los rostros; y los menudos y ásperos rizos de los cabellos, y la expresión extraña de las facciones, dábanlos, sin más dudar, por etíopes y esclavos. Vestían los dos un traje, mitad morisco, mitad cristiano. Cubríanles la cabeza sendos gorros de lana color de púrpura, defendidos por gruesas barras de hierro, que partiendo de una de ellas que ceñía la frente, subían a encontrarse a cosa de una cuarta del pelo, como en punta de lanza. Abrigábanlos jubones de malla y toneletes, con escamas de hierro, y de las espaldas traían colgados redondos escudos de piel de león con aros de hierro. Un ancho alfanje, un puñal y un arco y flechas eran sus armas ofensivas.
El del laúd se sentó en una piedra, no lejos de cierta encina corroída y vieja, en cuyas ramas comenzaban a prender fuego las chispas escapadas de una de las hogueras, suavemente azotada del vientecillo de la noche. Allí se estuvo algún tiempo tranquilo y silencioso, templando las cuerdas de su instrumento y preludiando -162- algunas melodías de frases lentas y melancólicas que parecían principios de la jota a veces, y a veces notas de la caña, o la malagueña de nuestros días.
Los dos moros negros ponían atento oído a lo mejor a aquellos sones como si no les fuesen desconocidos o viniesen de tierra que hubiesen por largo tiempo habitado. Entre tanto desembanastaron unos blanquísimos manteles y los tendieron sobre la hierba, al pie de la encina que ardía, la cual de esta manera vino a ser lámpara y chimenea del banquete. Luego pusieron sobre ellos hasta media docena de platos de oloroso cedro, guarnecidos de plata, cosa de gran lujo y riqueza para aquellos tiempos: tenedores, ni los traían ni eran conocidos entonces; de cuchillos no había que hablar allí, trayéndolo cada hombre bien afilado y largo consigo; pero entre tanto se echaban también de menos. Lo que no faltaba allí era qué comer y beber; pues había carnero, gallinas y hasta una gran cabeza de jabalí; congrio en salsa, bien guardado del aire en una mediana vasija de barro cocido; vino del Priorato, abrigado como a su calidad correspondía en jarro de plata; otro que debía de ser más plebeyo en dos cántaras de arcilla que parecían ánforas romanas; pan, en fin, amasado con los mejores candeales de Suera o de Urgel. Poderosos incentivos todos ellos para despertar el apetito de cualquier hombre de pro y aun señor de vasallos, cuanto y más el de aquel pobre aventurero don Ramiro, que tras de llevar largas horas de abstinencia, había sido abad y rey sobrado tiempo, para que, penitente y todo como era, pareciese insensible al amor de los buenos bocados.
No de otra suerte podría haber sucedido que, al distinguir los manteles blanquísimos y sus sabrosos huéspedes, huyesen todos los pensamientos tristes y siniestros de la imaginación de don Ramiro, y que, sin esperar otra invitación, fuera a ponerse delante de uno de aquellos olorosos platos de cedro, donde no tardó en depositar una generosa tajada el jovial y comilón de Maniferro. Cualidad por cierto, esta última, harto censurada por el cronista mozárabe, que tomaba muy a pechos las sublimidades del espíritu, creyendo erradamente que no se ajustan con ellas los más sabrosos apetitos de la carne y de la materia; inocente y naturalísima en hombre tal como parecía Maniferro a nuestros ojos.
En el banquete no se oyó palabra por un buen espacio -163- de tiempo. Traslucíase que uno y otro de los dos principales y más altos comensales aplazaban la plática para cuando estuviesen ociosos los dientes, y a sus solas imperase el jarro en los manteles, aprovechando las treguas para contemplarse a su sabor, y calcular cada cual con qué género de hombre se las había.
Ni uno, a la verdad, ni otro quedaron muy pagados del fruto de sus observaciones.
Los ojos de don Ramiro, ya tibios y mortecinos, ya vívidos y fulminantes; su tez morena y pálida, sus cabellos lacios y descompuestos, sus armas menos ricas que convenía a un caballero, y la mala gracia con que las llevaba, todo esto llenaba de confusiones al desconocido. Y como de las confusiones nace el error casi siempre, túvole por viejo, cuando era hombre don Ramiro que no había pasado de la edad madura; túvole por de baja prosapia, cuando no la había más ilustre que la suya; túvole por socarrón y malicioso, cuando era el propio candor y la benevolencia misma. Tan distinto de la verdad fue su juicio.
Más acertado anduvo don Ramiro; pero no porque fuese sagaz, sino porque la fisonomía de Maniferro denotaba con harta claridad la condición de su dueño. Era mozo de menos de treinta años, alto, fornido, de oscuro y rizado cabello, de ojos negros, firmes y penetrantes, rápido en el hablar, imperioso en los gestos, brusco en los ademanes, como quien no está acostumbrado a tolerar contradicciones. Hombre como él, no podía menos de haber expuesto muchas veces su persona y de haber llevado a cabo arduas empresas; leíase en su rostro aquella aspiración a lo grande, a lo imposible, que es patrimonio de los que llaman héroes en la tierra. Si parecía jovial obra era, sin duda, de sus pocos años y de su natural franqueza; porque allá en los pliegues de su frente se escondían negros nublados de ira, que no dejaban asomar amenazadores tan luego como alguna cosa, por pequeña que fuese, le disgustaba. Y en verdad que tales observaciones no eran a propósito para disipar del espíritu de don Ramiro recelos o temores, no obstante que el apetito le tuviese cerradas, por de pronto, las puertas y ventanas del sentimiento.
Pero ni el falso juicio de Maniferro, ni el verdadero y cierto de don Ramiro perturbaron las prudentes treguas que, por tácito consentimiento, se habían ajustado -164- entre ellos. Y en el ínterin Fivallé preludiaba en su laúd melancólicas armonías; y ya subiendo, ya bajando, ora imitando la caída estrepitosa de los manantiales, ora el tardo paso de los arroyos; bien mintiendo gorjeos de ruiseñores, bien murmullo de fuentes; tal vez remedando a los céfiros que mansamente agitan las hojas; tal vez a las tórtolas que se anidan en los troncos de las arboledas, daba muestra de larga práctica y extremada ejecución en su oficio. Al amor de tales y tan diversos sonidos parecían más sabrosos los manjares todavía que en sí eran y más acertadas a cada comensal sus recíprocas observaciones.
Maniferro rompió, al fin, el silencio, diciendo:
-Muy puesto en razón sería, señor caballero, que ya que hemos de beber en un mismo jarro y hemos de pasar juntos una noche al raso, vos me dijerais vuestro nombre y yo os dijera el mío, y aun quizá no sería perdido este conocimiento para entendernos en cualquier trance y plática que ocurriese. Pero bien mirado, no puedo yo exigir que me deis vuestro nombre, ni siquiera desearle, supuesto que el mío tengo hecho propósito de mantenerlo secreto por ahora.
A este punto respiró con poderoso esfuerzo don Ramiro, como si por algunos momentos hubiese tenido el pecho oprimido.
-Sea como vos queráis, buen caballero -le contestó-. Y de mí sé decir que os tengo por tan noble y famoso desde ahora, que no me ha de hacer falta jamás oír ni saber vuestro nombre.
Pues a mí no me sucede lo mismo -repuso el desconocido-; antes tendría singular placer en saber el vuestro, diciéndoos el mío, por más que vuestro buen talante acredite la antigua nobleza que hay, sin duda alguna, en vuestra persona.
Pronunció esto Maniferro con tal acento de voz, que oídos sagaces lo habrían denunciado al punto por de hombre socarrón y dado a burlas; pero don Ramiro no se dio un punto por ofendido.
-Hablasteis -dijo luego- de un propósito o acaso de un voto: dignaos decirme si él os trae por mucho o por poco tiempo acá, y os impide por mucho o poco tiempo también contentar la curiosidad de los que la tengan en conoceros.
-No puedo decir quién soy en otra parte que allí -165- donde tremola su pendón el conde de Barcelona; y es propósito firme que tengo hecho, aunque voto formal no sea.
-Singular misterio es -dijo don Ramiro-, y gran fortuna la vuestra que tal secreto os permite guardar, cuando traéis con vos tantos testigos.
-No los traigo sin su cuenta y razón, señor caballero. ¿Creéis que a saber mi secreto más de uno solo podría conservarse por largo tiempo? Los buenos de los almogávares no saben de mí otra cosa que lo que yo les digo, ni, a decir verdad, se muestran ellos deseosos de saber más que esto. Y tocante a mis servidores, dos de ellos, Assaleh y Yussuf, vinieron ya a mi poder harto discretos, supuesto que en su tierra de África les cortaron las lenguas para que no divulgasen los secretos de sus malditos y paganos señores. El otro, que es ese Fivallé, así sabe tañer y cantar como entender en cualquier trama de guerra o de política; pero también sabe que él es el único depositario de mi secreto, y que, divulgándose, no tardaría más en rodar su cabeza que en llegar la noticia a mis oídos... Pero, ahora que recuerdo, Fivallé..., diablo de Fivallé..., canta, canta tú otro romance, que ya yo entonaré quizá uno mío, y es de hombres bien nacidos contentar y servir largamente a sus huéspedes.
Fivallé entonces cantó, acompañándose con su laúd, el siguiente
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-Nuevo es, y nunca oído este -dijo Aznar, no bien acabado el romance.
-Breve y bueno -dijo otro luego.
Parecía como nacido, en fin, por el aplauso que obtuvo aquella pobre y dura letra, para tal ocasión y hora. No faltó quien repitiese por allí luego algunos de los versos, como si se propusiese aprenderlos, y no ya los almogávares sólo, sino el mismo don Ramiro mostró que le había oído con placer grande en estas palabras:
-Devoto cantar es, sin duda; podría sin reparo decirse en el coro de un monasterio.
-Monje al fin será acaso ese conde -dijo Maniferro-; pero de los valerosos monjes templarios que no tanto se entretienen en cilicios y en oraciones, cuanto en pelear desde el Jordán hasta el Ebro con los infieles enemigos del nombre de Dios. Monje de los buenos.
Don Ramiro buscó con los ojos a Aznar, y se alegró de verle a pocos pasos, recostado como los demás almogávares al amor de la lumbre.
-Sí -continuó el caballero-; monje podrá ser el conde de Barcelona; pero no penséis que, por serlo, deje que los extranjeros le roben sus ciudades y castillos, o que los propios escarnezcan su autoridad y nombre, como hace ese rey don Ramiro, que tan pobre cuenta está dando de su corona. Brindo, señor caballero, por la buena fortuna del conde don Ramón Berenguer IV, el que mató al dragón que azotaba estos condados y venció en campo abierto a los indignos caballeros que osaron infamar de adúltera a la emperatriz de Alemania. Y porque Aragón tenga pronto un príncipe semejante, -167- en lugar del que hoy deshonra sus blasones.
Empinó el jarro al decir esto, y bebió un razonable trago de vino. Luego se lo puso en las manos a don Ramiro para que respondiese al brindis; pero este, mirando de nuevo a Aznar, soltó el jarro sin arrimárselo a los labios.
-¿Qué es esto, señor caballero? -dijo Maniferro-. ¿Rehusáis el brindis que os he propuesto? ¿Es esa vuestra cortesía? Por Nuestra Señora de Monserrat y el bendito San Martín, cuya fue esta mi espada...
-No os enojéis -respondió don Ramiro, turbado, y no sin volver a Aznar la vista-. Después de lo que habéis dicho de mí, quiero decir, del rey don Ramiro, yo... yo no puedo aceptar el brindis que me proponéis.
-Razón tiene -dijo a esto Aznar brevemente y en voz ronca.
Negrísimas nubes de ira pasaron rápidamente por la frente de Maniferro; y como lo notase Aznar, llevó ya como sin querer la mano al pomo de la espada. Pero fue inútil, por fortuna. Aquellas nubes, aunque no sin hacer él sobre sí un grande esfuerzo, volvieron a recogerse en los pliegues que surcaban la frente de Maniferro, y recobrando luego al punto su jovial franqueza, contestó:
-Leales sois por mi vida, y júroos que no me queda rencor alguno de la buena lección que me habéis dado. Rey es, y como rey, antes hemos de callar que no de descubrir aquí sus faltas. Demás que, si mal no recuerdo, me habéis dicho que don Ramiro requiere ahora vuestros servicios. ¿Es esto cierto, señor caballero? Por ventura, ¿quiere sacar a Zaragoza del feudo castellano, y echar a los navarros a sus fronteras? Él nació bajo el escudo de su padre, y harto triste sería que no quisiera también morir bajo su propio escudo, como nacen y mueren los hombres de honor. Y a ser lo que imagino, no hay más sino que he de tomar su demanda y de pelear a pie y a caballo con todos los castellanos y navarros que calcen, como yo, espuelas de oro, en defensa y pro de su buen derecho.
-Amén -dijo Aznar.
-Amén, amén -repitieron los más cercanos de los almogávares.
-Gracias, gracias, señor caballero -repuso humildemente don Ramiro. Y alentado con aquellos ofrecimientos, -168- que hacían más de estimar el noble continente del caballero y la generosidad y franqueza que dejaban entender sus palabras, añadió con voz ya entera: -No es ahora contra navarros y castellanos la ayuda que quiere el rey de Aragón, es contra sus propios vasallos.
-¿Contra sus vasallos decís? ¿Y cómo puede un príncipe necesitar de ayuda alguna contra sus vasallos? Aquel buen religioso del Temple, don Ramón Berenguer III y su hijo don Ramón Berenguer IV, que hoy es, por merced divina, conde y señor de Barcelona, no han necesitado jamás de otros brazos que los suyos para tener en razón o traer a ella a sus vasallos.
-No serían de osados como estos de Aragón, señor caballero.
-Éranlo mucho, y si os place, hablad y referidme lo que le ha sucedido a don Ramiro con sus vasallos, que yo os diré lo que hubieran hecho en cada uno de tales trances los condes que digo de Barcelona.
En esto, el banquete podía darse por terminado. Maniferro y don Ramiro parecían haber saciado completamente su apetito; los almogávares habían devorado ya sus escasas provisiones, y aun el vino plebeyo de las banastas abiertas. Era más de medianoche y el viento de la sierra venía ya bastante frío, para que no pareciese cada vez más dulce el amor de la lumbre. Sentados, pues, junto a ella dan Ramiro y Maniferro, y tendidos alrededor los almogávares, se entabló la siguiente plática, no indigna de ser conservada, para dar luz a los sucesos que quedan por referir en esta crónica.
-169-
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| (Romancero del Cid) | ||
-Figuraos -comenzó por decir don Ramiro-, figuraos, señor caballero, que no bien fue proclamado el rey de Aragón, y cuando apenas había calentado la desdichada corona en la cabeza, se halló con que los ricoshombres de su reino querían disponer de todo, menospreciándole, por ser él nuevo y ellos viejos en armas y gobierno.
-¿Y qué hizo el rey de Aragón al advertir tales injurias?
-Nada hizo, sino empezar a arrepentirse de haber puesto semejante corona en su cabeza.
-Pues tócame ahora a mí -dijo Maniferro- referiros puntualmente lo que hizo el conde de Barcelona en semejante caso a ese. No tenía bien cumplidos dieciocho años cuando murió su santo, padre en el hospital de Santa Eulalia, y le dejó por heredero de este buen condado de Barcelona, que ahora tiene. Viéndole tan mozo, imaginaron los barones y señores que podrían disponer de sus estados, menospreciando su valor; todo como vos decís de don Ramiro. Pues hubo uno que tal imaginación la quiso poner en obra, el cual se llamaba Berenguer de Castellet, y era ferocísimo soldado y veguer a la sazón de Barcelona. Si le hubieran disputado cosa suya al conde, quizá habría cedido en la demanda; pero no era cosa suya, sino de su pueblo, que lo que pretendía el Castellet era imponer en provecho suyo cierto tributo sobre el pan y otras exacciones no debidas. ¿Y sabéis lo que hizo el conde?
-Sin duda defendió a su pueblo, mandando que al mal caballero le cortasen la cabeza -dijo luego Aznar.
-170--No fue tanto de menester -continuó Maniferro-. El Castellet traía bien fraguadas sus mentiras, y mostraba pergaminos y escrituras, muy primorosamente contrahechos, donde claro se leía que tales exacciones le tocaban, por merced de los condes antiguos.
-Maldito arte el de la escritura -dijo Aznar-. Paréceme a mí que más veces ha de venir en apoyo de la mentira, que no en sostenimiento y defensa de lo que pasa de verdad en este mundo.
-De uno y otro sirve -repuso Maniferro-. Aquellos pergaminos eran privilegios de verdad, con la firma y sello de los condes de Barcelona; pero el menguado de Castellet había sabido quitar las cosas que ellos rezaban, poniendo otras favorables para sí, que jamás habían estado ni podían estar, so pena de destruir a los pobres vasallos.
-Mala ventura al embustero y falsario -dijeron, al parecer, dos o tres de los almogávares; pero de cierto lo dijo Aznar, porque se oyó su voz claramente.
Maniferro prosiguió:
-De poco le sirvió ahora serlo, porque no era hombre el conde que se dejase vencer ni de astucias ni de fieros. Viendo que no podía vencer de sus falsedades al mal vasallo, y que este osaba hablar de sus hazañas, así como para intimidarle, acudió a la prueba del juramento, y para probar la eficacia de este juramento prestose a sostener por su persona el combate y juicio de Dios.
-Otro tanto habría yo hecho en su caso -dijo Aznar.
-¡Viva ese conde de Barcelona! -gritaron entusiasmados los almogávares.
-Loado sea Nuestro Señor, que sin duda dio la victoria al conde -dijo devotamente don Ramiro, no sin persignarse al propio tiempo.
-Tampoco fue de menester -respondió Maniferro-. El viejo adalid no osó al cabo entrar en liza con el mozo. Acaso su sinrazón le quitó el esfuerzo, o quizá le tocó Dios en el corazón para que le conociese; mas de uno u otro modo, ello es que sin riesgo ni fatiga quedó el conde con la victoria y libres del tributo los vasallos.
-Que fue muy justo por cierto -dijo don Ramiro-. Mas advertid que entre los ricoshombres de Aragón hay algunos bien ancianos, aunque malos, a -171- quienes su rey quiere bien desde la infancia, por haber sido continuos y amigos de su victorioso padre don Sancho y de sus hermanos don Alonso y don Pedro; y tales y tan rebeldes como son, los quiere todavía; de modo, que no osaría levantar la espada contra ellos sino en el último extremo y desdicha. ¿Cuán duro no parecería que retase don Ramiro a hombre tal como Férriz de Lizana, por ejemplo? Y eso dando que en su ánimo hubiera esfuerzo para medirse con él.
-De esfuerzo no se diga, porque claro está que sin él no se puede ni se debe llevar corona en la cabeza. Pero en lo del querer bien, ahora he de deciros cómo entiende esto el conde de Barcelona: que es por modo tal, que no ceda en mancilla de su honor o detrimento de sus vasallos. Direlo, si no os parece que peque ya en inoportuno.
-Antes lo tendré por favor singular -replicó cortésmente don Ramiro.
-Pues atended -contestó Maniferro-: ¿habéis oído hablar del valeroso caballero don Guillén Ramón Dapifer?
-¿Y cómo si he oído hablar? -dijo don Ramiro.
Le he visto y le he hablado yo mismo hartas veces en la Corte y gran ciudad de Huesca; y cierto que es muy noble y valeroso caballero.
-Y yo le vi pelear en Fraga -dijo el viejo Carmesón al que tenía más cerca-, y nunca hallé jabalí que con tal furia se metiera entre las armas. No sé cómo escapó de allí con vida.
-Pues ese buen caballero fue a modo de padre y maestro del conde de Barcelona, dado que él le endoctrinó y ejercitó en el oficio de las armas. Como Dapifer no era viejo y era valiente, y gentil, y discreto, fue grande el amor que le cobró el conde. Pero él no tardo en abusar de tal amor oprimiendo a los vasallos del conde, y aun llegó a cortar las aguas del río Besós de los molinos de Barcelona, a fin de avasallar a los ciudadanos. Entonces el conde, prefiriendo a este amor el de sus vasallos, desterró de Cataluña al don Guillén y le confiscó además sus estados; de suerte, que ahí por Aragón anda mísero y pobre, y así se estará mientras no dé señaladas muestras de arrepentimiento.
-Pero ese Castellet y ese Dapifer -dijo don Ramiro- no tendrían fuertes castillos ni numerosos vasallos con que defenderse del conde.
-172--Los tenía, y toda la más tenía el conde de Tolosa, que osó negar el debido feudo al de Barcelona. Pero al solo amago del castigo cedió también el de Tolosa; que cuando los príncipes son esforzados y resueltos, suelen no necesitar la ayuda de nadie, ni mover su propio brazo siquiera para aterrar a los rebeldes. Por eso ya dije que no acierto a comprender el menosprecio con que los de vuestra tierra tratan ahora a don Ramiro.
-Pintando estáis un héroe en don Berenguer -dijo don Ramiro-, y no todos los príncipes pueden serlo.
-Héroe, no -repuso Maniferro-; es demasiado mozo para haber ejecutado hazañas que basten a ganarle tal nombre. Pero, a lo que se ve, no quiere ser indigno de sus padres.
Don Ramiro se ruborizó al oír estas palabras, y más oyendo en derredor suyo este diálogo, que no pudo impedir, por estar algo apartado, Aznar.
-Por Dios -decía uno- que le sobra razón al señor Maniferro, y que yo daría toda mi sangre por ser vasallo de ese buen conde de Barcelona.
-Mi sangre y la de mi mujer -dijo otro.
-Más de estimar es aquella que no esta -añadió un tercero-, que tú no eres de los mejores casados. Pero no hay duda en lo que decís; un rey como ese buen conde vale más mil veces que el honrado fraile que ahora tenemos en el trono. No va a quedar un palmo de Aragón, si vive mucho tiempo.
-¿Y qué te se da a ti de ello? -dijo a esto Carmesón-. De mí sé decir que no tengo por Aragón sino las montañas donde hemos nacido y por las cuales corren verdaderamente los dos ríos que se llaman Aragón, en cuyas aguas hemos apagado de niños la sed y nos hemos bañado de mayores. Mal hayan las tierras llanas, donde los caballos y los jinetes nos atropellaron a su sabor en la pelea y no nos dejan en la retirada descanso. Mira de qué nos sirvió llegar con el buen rey don Alonso a la orilla del Cinca y ver las vegas floridas de Fraga.
-Ni en monte ni en llano hay caballo ni jinete que resista mis dardos, Carmesón. Tú eres viejo y el miedo se va apoderando de tu persona. Lo que te afirmo es que mucho nos convendría cambiar al rey que tenemos por ese conde de Barcelona.
-Callad -dijo, enterado ya en esto, Aznar, a quien -173- don Ramiro no cesaba de dirigir miradas tristes y suplicantes-. Callad, que no nos dejáis oír la gustosa conversación que suelen traer estos nobles caballeros.
-No será -dijo Carmesón, levantándose- sin que mate antes a este perillán, que ha osado decir que en mí haya miedo.
-Sí será -repuso Aznar-, sin más que yo te lo diga.
Y asiendo de un brazo a Carmesón, tiró de él tan fuertemente, que el viejo vino nuevamente a tierra, no sin magullarse contra los peñascos el cuerpo.
Causó el golpe gran risa entre aquella gente ruda, y Carmesón no tuvo por prudente exponerse a otro semejante, y calló: callaron, como él, todos los almogávares y prestaron de nuevo atención a la conversación de los caballeros.
Fue esto a tiempo que don Ramiro, que había vuelto a reanudar la conversación con su huésped, le decía con voz turbada:
-Ya os he dicho en breves términos lo que pasa: juzgad ahora si son a estos iguales los sucesos que habéis contado. Al rey no le permite Dios que continúe más en el trono, y los ricoshombres no quieren que lo deje: desea, como es justo, que lo herede su hija, y tampoco lo consienten los ricoshombres.
-Extraño es eso -dijo Maniferro.
-Tan extraño, que no sé yo que pueda haber semejanza de este con otros casos, ni remedio conocido. Y aún os falta saber una cosa, que es que los ricoshombres osaron poner preso al rey, y han osado apoderarse de la persona de su hija.
-Por Jesucristo vivo, que mayor desacato no oí en mis días, ni se oyó en los días de mi padre; y que no he de comer pan a manteles, mientras no queden en libertad como yo mismo don Ramiro y su hija. Malos lobos me coman, si no cumplo este buen propósito.
-Bien veo que sois esforzado y generoso, y que de buena voluntad querréis cumplirlo; pero ¿cómo habéis de ejecutarlo? No es fácil, no es fácil, señor caballero.
-Nada hallan difícil las armas -respondió con firme voz Maniferro-: es preciso ir a buscar a los ricoshombres en sus castillos y colgarlos de las almenas; apellidar guerra por Aragón y alzar pendones por el rey.
-Eso digo yo -exclamó Aznar con júbilo.
-174--Es verdad, eso habrá que hacer -dijo tristemente don Ramiro.
-Y para eso sí -añadió Maniferro- que el rey necesita de ayuda. Yo no habría dejado que me prendiesen, pero una vez preso, osaría llamar en mi ayuda al mismo rey de Fez, si no bastasen los míos, que sí bastaremos nosotros, a lo que pienso... No lejos de aquí tengo una hueste de almogávares catalanes, que son no menos valerosos que estos aragoneses. Con tal gente y algunas de las lanzas de campo, que en Cataluña apellidamos jinetes de perage, y los jinetes y caballeros de Aragón que quieran reunírsenos, harto será que no demos cuenta de los ricoshombres y sus mesnadas. Vos, señor caballero, nos guiaréis a donde está prisionero don Ramiro.
-Es que no está prisionero.
-¿Pues no decís?...
-Logró escaparse de la prisión -contestó don Ramiro, turbado.
-¿Sabéis dónde está?
-Yo no dije... -y no acertaba a añadir nada don Ramiro.
-Basta -repuso por fortuna el caballero, vuelto ya de su arrebato de ira-. Sois prudente, y no queréis decirlo en alto o confiarlo a un desconocido; no importa. No por eso nos guiaréis menos a donde esté, y lo haremos vencedor de los ricoshombres, con el favor de Nuestra Señora de Monserrat y el buen temple de esta espada de San Martín, que por merced de Dios llevo al cinto.
-Pero ¿y qué adelantará con ser vencedor el rey? -dijo don Ramiro-. El caso es que la princesa quedará a merced de los ricoshombres.
-Ya pondremos a su padre en ocasión de libertarla.
-Pero ¿y cuando su padre se vuelva al claustro, quién tomará su demanda?
-¿Quién? Yo -dijo sin detenerse Maniferro.
-¿Vos?... Vos no bastáis para eso, por mucho que sea vuestro esfuerzo y por grande que vuestra voluntad sea.
-Por Dios, que así es la verdad como la estáis diciendo. No es caso este como aquel de la emperatriz de Alemania, en que tanto pudo hacer cualquier lanza como la del propio conde de Barcelona. Y amén de lanza, aquí hace falta también alguna razón o título como -175- creo que dicen los legistas de Barcelona. Un padre... y un hermano..., un tío por lo menos..., un marido...
-Sin duda que un marido sería bastante -dijo entonces don Ramiro-, y ojalá que fuera posible casarla con algún príncipe que tomara a su cargo el reprimir a los ricoshombres, que entonces no padecería el rey de Aragón las amarguras que al presente.
-¿Pues hay más que casarla con el conde de Barcelona? No le hay más a propósito para reñir con barones o hidalgos, con reyes o escuderos, cuando a su mujer le haga falta.
-¿Y cómo ha de casarse con el de Barcelona ni con nadie, si no ha pasado aún de los dos años de edad?
-Tenéis razón; me había olvidado de ese otro obstáculo. Ya veo que no hay más sino que renuncie el padre a volver a su monasterio y se quede a cuidar de su hija en el mundo.
-No, no; eso es menos posible que el matrimonio todavía.
-Pues entonces, abandonemos hija y padre a su suerte -repuso ya impaciente, pero con alegre risa, Maniferro.
-¡Abandonarla a ella!... ¿Sabéis lo que es abandonar un padre a su hija?
-Lo que sé es que habría de volverme loco, señor caballero, si os siguiese más en esos revueltos pensamientos y contradictorias proposiciones. Decidme de una vez: ¿Puede su padre continuar en el trono hasta que ella llegue a mayor edad, amparándola y defendiéndola?
-No puede.
-¿Puede ella casarse en edad tan tierna?
-Claro es que no...; pero...
-¿Qué pero es ese, señor caballero? Por la Virgen de Mongari que no os entiendo. ¿Puede dudarse de que no sea posible tal casamiento? ¿No decís que no cuenta la infanta sino dos años de edad?
-Tened, tened... -contestó de súbito don Ramiro-. Dios comienza a iluminarme... He aquí que van a valerme las pocas letras que aprendí en el convento. ¡Quién lo diría! Pero mal haya de mi memoria... Aquí, aquí está en la punta de la lengua toda una regla que podría servirnos para salir del apuro en que nos vemos... Ya, ya recuerdo... Mucho, muchísimo trabajo me costó aprenderlo; pero no hay como esto -176- de los latines para guarecerse en la memoria. Veinte años ha que los que digo los aprendí con otros novicios en la comunidad, y no se me han olvidado como ahora veréis, no; antes bien, los recuerdo perfectísimamente.
Maniferro, Aznar y todos los almogávares, parecían ya un tanto aturdidos. Y don Ramiro estaba en esto en pie, dando vueltas de uno a otro lado, pegándose golpes con la mano en la frente, y murmurando palabras latinas que ninguno comprendía.
-Sponsalia -decía-, sponsalia..., sunt mentio et repromissio..., repromissio..., nuptiarum futurarum... Oh futurarum!... No hay duda: pueden contraer esponsales.
Y vuelta a repetir los latines, y a darse golpes en la frente, y a pasearse de uno en otro lado.
Al fin Maniferro le puso la mano en el hombro, diciéndole:
-¿Acabaréis? ¿Qué endiablada cosa es esa que os ha ocurrido?
-No cosa de diablos, señor caballero, sino cosa muy admitida y sancionada por la Santa Madre Iglesia. Verdad es que no sé dónde ni cuándo, y esto es lo que...
-No os importe eso, y decid de una vez lo que sea.
-Es -dijo entonces don Ramiro inclinando los labios al oído de Maniferro-, es que hay esponsales de futuro, unos esponsales que se pueden contraer muy bien en edad como la de la princesa. ¡Si hubiera quien quisiera contraer con la princesa esponsales de futuro!
-¡Que si hubiera! ¡Pues no ha de haber! Ahí está, os repito, el conde de Barcelona, que no dejará de aceptar el partido.
-¿Estáis seguro de ello?
-Y tanto como lo estoy. El conde de Barcelona ha pensado más de una vez que estas montañas eran unas mismas, y unos mismos los almogávares de estas montañas: y que el Ebro y el Llobregat y el Aragón y el Cinca, deben correr debajo de una mano propia de rey.
-¡Es verdad! ¡Es verdad! -gritaban algunos almogávares que oyeron las últimas palabras.
Y señaladamente Aznar, que como más cercano, había oído la conversación casi entera, no cabía en sí de júbilo.
-Ya lo veis, señor caballero -añadió entonces Maniferro-. Ya veis cómo los valerosos almogávares de -177- Aragón celebran su unión y hermandad con los de Cataluña; yo, en nombre de Cataluña, acepto también y aplaudo tal hermandad y unión, y juro que he de procurarla y defenderla hasta verter la última gota de mi sangre si fuese necesario.
-Pero ¿quién sois vos, a todo esto? -dijo don Ramiro-. ¿Quién sois vos para aceptar tal unión y para afirmar que el conde de Barcelona quiera contraer esponsales con la princesa?
-Soy quien puede y sabe hacer cuanto dice -contestó Maniferro-; en mí tenéis la voluntad y el pensamiento mismo del conde de Barcelona. ¿Podré saber si a vos os asisten iguales títulos? ¿Podré ya saber yo por mi parte quién sois?
-Yo..., yo soy lo mismo -dijo titubeando don Ramiro.
-Es decir, ¿que vos conocéis los pensamientos e intenciones del rey de Aragón?
-Sí conozco.
-¿Que sois su continuo amigo?
-Sí soy...
-¿Que él, quedando en lugar seguro, os ha enviado por acá en busca de armas y soldados? ¿Que sois, por consecuencia, un embajador disfrazado del rey de Aragón, y aun acaso su condestable?
-Sí... Sí soy...
-Pues siendo dos, como sois, no haréis en tal caso en esto más que uno solo, de suerte que lo que vos hagáis el otro lo dará, y quedará sin duda por hecho.
-¡Dos, dos!... -dijo don Ramiro- No; sin duda soy yo todo lo que decís. Pero atended...
Estas últimas palabras las dijo de modo que por todos pudieran ya oírse.
Maniferro decía alegremente entre tanto:
-Ajustaremos, ajustaremos el pacto. La princesa será esposa del conde de Barcelona, y Aragón llegará hasta el mar, y Cataluña irá a buscar las fuentes del Ebro.
Carmesón fue el único de los almogávares que no aplaudió estas palabras, diciendo para su coleto:
-Maldiga Dios al mar, y al Ebro y sus fuentes, y toda la tierra llana del mundo. Yo dicho tengo que no quiero salir de mis montañas, y para aguas, bástanme las de las fuentes de Aragón, que en invierno son templadas, como que son aguas de lluvia, y en verano fresquísimas -178- como agua de nieve. Si me matan no he de salir de estas peñas.
Los demás almogávares clamaban en tanto a grito herido:
-¡Viva la unión de Aragón y Cataluña! ¡Viva el rey de Aragón! ¡Viva el conde de Barcelona! ¡Viva la princesa! ¡Hierro, hierro, despiértate; hierro, hierro, despiértate!
Y de concierto con estos gritos, hacían sobre manera extraño y solemne aquel espectáculo el chispear de aceros al caer en las piedras, y los diversos sonidos que el choque del acero y piedra producía, y el rojizo resplandor de los montes de brasas en que habían venido a parar las hogueras, y la tibia luz de las estrellas y de la luna embozada, y los ruidos misteriosos de la noche, y el viento de la sierra, y el agua de los manantiales, y las sombras de los picachos, y la oscuridad profundísima del horizonte.
Por su parte, don Ramiro, con los ojos alzados al cielo, parecía como que en él buscaba el germen de la grande idea que tan laboriosamente acababa de dar a luz su entendimiento, mientras que Maniferro, con el brazo izquierdo tendido hacia los vecinos montes de Cataluña, y el derecho aplicado al pomo de la espada, representaba allí la imagen de la resolución y de la fuerza que para ponerla por obra se necesitaba.
¡Dichoso espectáculo! ¡Dichosos latines! ¡Dichosa memoria la de don Ramiro!
-179-
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| (El trovador) | ||
Largo tiempo duraron los gritos y el entusiasmo, sin que volvieran a decir cosa que merezca repetirse letra a letra Maniferro ni don Ramiro.
Maniferro, que al parecer quería tomarse tiempo para meditar sobre el pacto gravísimo de que trataban, principalmente habló del castigo de los ricoshombres aragoneses; y afirmó que al día siguiente sabría ya lo que decía de la buena alianza que se le preparaba el buen conde de Barcelona. A don Ramiro le contentaron mucho estas noticias, y aseguró también, a medias palabras, que el rey de Aragón sabría y aceptaría, antes de mucho, el medio que se le ofrecía de dejar bien amparada a su hija cuando él se retirase al monasterio.
Luego el sueño, esa divinidad inexorable que así apaga los gustos como los dolores del alma, comenzó a cerrar todos los ojos, y al abrigo de las calientes brasas todas las frentes se inclinaron, todos los cuerpos entraron momentáneamente en la inmovilidad ordinaria de la materia.
Sin embargo, no dejaba de oírse por dondequiera ese rumor vago que al parecer señala la lucha del espíritu vivo con la materia amortecida; ruido lento, desagradable las más veces, rápido y doliente algunas. Y a medida que avanzaron las horas, fueron cesando con el triunfo completo de la materia los sonidos desagradables; pero, cosa extraña, se aumentaron sobre manera los suspiros, los ayes de dolor; que ayes y suspiros eran, con efecto, lo que se oía.
-180-Muy solo debía de estar en sus sentimientos quien así suspiraba y gemía cuando al paso de su dolor iba en aumento, aumentábase a la par en los otros el reposo del sueño. Y ni una voz respondía a su voz, ni un suspiro a sus suspiros, ni un ay a sus ayes.
Aquella gente era, a la verdad, muy torpe, o estaba muy segura de sí misma, de su prontitud en el despertar, y de su instinto, porque ello es que no había dejado guardia ni atalaya mientras dormía, como suele decirse, a pierna suelta.
Y, sin embargo, una hora antes de amanecer, cuando más cerrada parecía la noche, se vio surgir, del lado de donde habían salido hasta allí los suspiros, un bulto negro, negrísimo; no quizá porque él lo fuese, sino porque así lo parecía con las tinieblas. Andaba perezosamente como quien teme hacer ruido; y poco a poco vino a colocarse al borde del barranco, pareciendo como que se sentaba, según lo que disminuyó de pronto su estatura.
¿Quién sería el que ya a tales horas dejaba el sueño para entregarse a la vigilia o la meditación?
Enemigo no era, porque solo, ¿cómo había de emprender cosa alguna contra aquel tropel de hombres feroces?
Trajinante no era tampoco, porque los escasos que había por entonces, ni solían caminar a tales horas, ni meterse en tan escabrosos y apartados lugares como aquel era.
¿Quién sería, pues? No hay que dudarlo: era el rey don Ramiro. Ni Maniferro, ni Aznar, ni los demás almogávares parecían hombres de cambiar el sueño por la vigilia o el amor de las brasas, por la fría y escueta orilla de aquel barranco. Era, como decimos, y no podía ser otro, el rey don Ramiro.
Y como desde entonces los ayes y suspiros se oyeron constantemente a la orilla del barranco, no hay que dudar tampoco en que él fuese antes quien suspiraba y gemía.
Ya habrán sospechado esto, sin duda alguna, nuestros discretos lectores.
Sentado unas veces, otras acaso arrodillado, ora alzando los ojos y los brazos al cielo, ora inclinándolos al precipicio, se estuvo allí por algún espacio de tiempo, hasta que, levantándose de nuevo, se llegó a uno -181- de los almogávares dormidos, y tocándole suavemente en la cabeza, le dijo:
-Aznar, Aznar, despierta y vente aquí conmigo, que tengo necesidad de tu compañía. Despierta, despierta.
El almogávar se alzó como un relámpago, y siguió a don Ramiro al lugar mismo donde estaba antes.
-Siéntate, hijo mío -le dijo al llegar allí don Ramiro.
Y el almogávar obedeció también sin decir palabra.
-¡Qué poco amor me tienes, hijo Aznar! -continuó don Ramiro-. Ves que me condeno, que me ardo vivo, y me dejas, y me empujas en el camino de la perdición. ¿No te está pesando en el alma lo que yo ha hecho esta noche? ¿Tan mal me quieres que te echas a dormir tranquilo, después de haber presenciado mi grandísimo yerro? ¡Ay, yo no he podido pegar los ojos en toda la noche!
-Pero, señor -dijo Aznar-, ¿yerro llamáis lo que habéis hecho? ¿Yerro esta hermosa unión de Aragón y Cataluña? A mí me ha costado trabajo dormirme por la primera vez de mi vida; pero no ha sido sino con el pensar que seremos todos unos en adelante los hijos de la montaña. Hemos nacido, lo mismo unos que otros, en los agujeros de las peñas; comemos y bebemos de lo que las peñas dan; morimos, tarde o temprano, sobre las peñas, al golpe del hierro enemigo. ¿Por qué ha de haber quien nos separe y quien nos dé distintos nombres, de catalanes a los unos, a los otros de aragoneses? ¿Por qué estos riscos han de ser enemigos unos de otros, flotando una bandera en aquellos y otra en estos? ¿No hay bastante tierra llana que tener por enemiga, y mares por donde ir a buscar más contrarios cuando se acaben estos que ahora tenemos enfrente?
-Loco estás, hijo mío -dijo el rey-. ¿Quién habla aquí de tal unión o alianza, o como se llame; ni cómo podría ocupar su ánimo en eso un pobre pecador como yo, a quien no le deja un momento tranquilo Satanás, ni le permite con sus tentaciones que haga pura y salva su alma?
A decir verdad, el almogávar era quien sospechaba de su señor que estuviese loco, y eso que no había visto locos jamás, ni sabia de ellos sino de oídas, porque no es la de la mente enfermedad que padecer suelan los hijos de la montaña y de la guerra. Pero era tan extraño -182- lo que decía don Ramiro, que Aznar, aunque ignorantísimo, no rudo, comprendió que una perturbación profunda, que un doloroso desarreglo afligía aquel cerebro, combatido por las más vivas y tenaces de las pasiones, la del amor y la de la religión; amor a su mujer, a su hija; espíritu religioso, que era ya escrúpulo, cavilación, insania.
No obstante, como no era la primera vez que le hablase de este extraño modo, Aznar ya sabía bien que para calmarle no había más que llevarle hasta cierto punto la corriente, y eso hizo ahora.
-Señor -le dijo-, ¿qué nueva pena es esta que os aqueja; qué nueva desdicha es esta que Dios ha enviado sobre vos?
-¡Que no hayas caído en ello! -respondió don Ramiro-. ¿No oíste cómo poco a poco se fue deslizando la lengua de ese atrevido caballero, hasta ponerme en trance de tener que decir quién yo era, o tener que declarar que era otro que soy? Largo tiempo estuve entre dos aguas, hablando de las desdichas de don Ramiro y del rey de Aragón; y cierto que hasta entonces no mentía, porque las desdichas verdaderas son, y no preguntándome nadie quién yo era, no tenía por qué decirlo, ni menos descubrir que era yo el mismo rey de quien hablaba. Pero ¡ay!, que al fin de la conversación no fue ya posible mantener mi buena traza, y el atrevido caballero me obligó a decir que éramos dos: uno el rey de quien hablaba, otro yo, que hablaba cosas, como sabes, de manifiesta mentira. Y lo más malo es que aquí no cabe error de mi parte, ni del que llaman vencible, ni del que apellidan invencible, porque harto bien sé yo que somos uno..., uno, y no más, yo y don Ramiro.
-Señor, cuando otra vez, según creo, de esto me hablasteis, ya os dije que no se me alcanzaban tales delgadeces como las que me proponíais; yo por mentira tenía y hubiera tenido lo uno y lo otro, y tanto me pareció que mentíais al principio como al fin de la plática.
-Pues te engañaste, Aznar; no permita Dios que yo mienta por tanto espacio de tiempo jamás; ha sido una sola mentira, una sola, y aun esa no le puedo más llevar sobre mí.
-No os aflijáis, señor -dijo Aznar-; pecado es la mentira que perdona el confesor fácilmente. Yo he -183- echado más de ciento, y todas me las han perdonado los beneficiados de Jaca; y eso que son tan feos como cualesquiera otros, y no los habrá quizá que tengan más temerosa la cara.
-Cualquier confesor -contestó don Ramiro- tiene ya hartas cosas que perdonarme, y no osaría yo llegar a él con este nuevo pecado encima. ¿Quién sabe si se arrepentiría de haberme ofrecido la absolución?
-Pero en suma, señor, ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo habéis de remediar ahora este nuevo pecado?
Los lazos del respeto sujetaban apenas la impaciencia natural del almogávar; no podía ya contenerse.
-Eres más discreto de lo que ofrecen tus años y condición, hijo mío. Ya veo que aciertas en mi propósito; que sabes que quiero remediar el pecado ahora mismo -continuó el rey.
-Pero ¿y el cómo? Esto es lo que a mí no se me ocurre -dijo Aznar.
-Facilísimo es, hijo; vete y despierta a ese buen caballero, y traetelo por acá, donde yo le declare que le he tenido malamente engañado, y que yo no soy otro que el desdichado don Ramiro, rey por fuerza de Aragón, y tan a costa suya y de su alma.
-Y ¿no teméis ya poner en manos de un extranjero, para vos y para mí propio desconocido aún, la vida vuestra?
-Sí, cierto, lo temo.
-Y ¿cómo temiéndolo no aguardáis a que nos hallemos en tanto número vuestros vasallos, que podáis desafiar cualquier alevosía? Dentro de pocas horas será tiempo; porque no bien nos alumbre el día, comenzarán a bajar almogávares de la montaña.
-Es que ni una hora más puedo yo aguardar con este nuevo pecado.
-¿Queréis, pues, arriesgar vuestra vida?
-No, no quiero arriesgarla; pero no quiero tampoco permanecer con el peso de la mentira; no sé qué hacerme; me vuelves loco, Aznar... Mira, corre y avísale a ese caballero, que aquí espero; suceda lo que suceda, he de decirle quién soy.
El almogávar obedeció, contra su costumbre, perezosamente.
Y entre tanto, a más andar, se venía la alborada. Las celebradas nubes de rosicler, y los mil y mil veces cantados, que no cantadores pajarillos del monte, comenzaron -184- a saltar de peña en peña. Los almogávares, dejando ya el suelo, se dieron a sus ordinarias ocupaciones. Algunos de ellos, que traían arcos y flechas, se entretenían en tirar a las liebres y a las palomas que acertaban a cruzar por aquellos barrancos; otros muchos buscaban hierbas gustosas o caracoles entre las rocas; este afilaba sus armas, aquel repasaba un tanto el destrozo de sus vestidos; ninguno estaba ocioso en la paz. Y al modo que Aznar había previsto, veíanse ya llegar, ora por este, ora por el otro lado, turbas de almogávares no menos desharrapados que los que allí había, trayendo algunos sus mujeres, y estas sus pequeñuelos consigo. Mujeres haraposas y tostadas por el sol y la lluvia, que apenas habían dejado en ellas belleza alguna; hijos que, en la robustez y dureza de sus formas, ya indicaban estar criados para el mismo ejercicio de sus padres.
Y a la verdad, gavilla de forajidos, aduar de gitanos, tropel de mendigos, todo parecía aquella gente menos ejército o corte del poderoso rey de Aragón. Y, sin embargo, Dios cifraba en tal corte mayores y más gloriosos destinos que en la espléndida de Huesca. En aquellos desnudos campeones ya descansaban, como sabemos, una grande idea y una gran causa.
Echábase de menos una cosa, y era que la idea comenzase a ser probable, que viniese a ser cuando menos un hecho verosímil. Porque, a la verdad, ¿quién era Maniferro para ofrecer a la princesa de Aragón la mano y la espada del conde de Barcelona? ¿Qué esperanzas podía haber aún de verdadero pacto cuando ninguno de los contratantes había mostrado autoridad o poder para ajustarlos, y hasta allí no tenía otra consistencia sino la palabra de dos caballeros particulares, por más que fuesen ellos resueltos y valerosos a maravilla? ¿No se ha dicho en todos los siglos que hay siempre menor distancia del comienzo al fin de una obra que del propósito al principio?
Muchos eran los almogávares viejos que tal decían o pensaban, siendo cierto que la edad suple siempre a la malicia, ya que la malicia no supla a la edad siempre. Y corriendo la desconsolada voz de unos en otros, dudaban ya los más que hubiese nada de verdad en lo acordado la noche anterior, cuando don Ramiro, que en breve rato había que estaba departiendo con Maniferro y Aznar, dijo en voz alta:
-185--¿Recordáis todo eso? Pues sabed que no soy lo que pensáis, que os he engañado y he engañado a todos estos fieles almogávares contra lo que ordena la ley de Cristo. Bien podéis perdonarme, porque yo no soy un caballero particular, como he dicho, sino que soy don Ramiro, don Ramiro II, rey de Aragón.
-Y yo don Berenguer IV, conde y señor de Barcelona -contestó al punto Maniferro con jovial acento y continente-. No nos debemos nada, supuesto que los dos nos estábamos engañando. Ahora falta sólo que juremos nuestro pacto sobre la cruz de esta espada, que es nada menos que la misma con que el bendito San Martín partió su capa -y ambos hicieron a la par, y muy devotamente, el juramento.
Al oír y ver esto, los almogávares prorrumpieron en inauditos vivas, señalándose principalmente Aznar y el buen escudero Pedro de Fivallé, que, puesto a un lado del laúd. gritaba, saltaba y ofrecía en toda su persona grandísimas muestras de entusiasmo. En todos era igual la esperanza. Ninguno dudaba que fuese verdadero pacto el de la noche anterior, y que hiciesen una sola nación en adelante los poderosos estados de Aragón y Cataluña.
Y ya en esto un rayo de sol vino a posarse en el pico más alto de la sierra. Era completamente de día.
Fivallé, Yussuf y Assaleh, enjaezaban el caballo de don Berenguer y los suyos propios, que habían pasado la noche sueltos, a su placer, por el monte. Aznar enjaezó en un momento el de don Ramiro. Todo indicaba que fuesen a partir juntos en aquel instante. Y era tiempo, en verdad, si no había de rendir al más paciente de los lectores la larga y varia relación de los últimos capítulos.
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| (Romance de San Fernando) | ||
Natural era, dice ahora aquí el mozárabe, que fuere ocasión de grandísimo alboroto y ruido, en el alcázar de los reyes de Aragón, la falta del prisionero don Ramiro, y más viendo cadáveres a los guardas y forzadas las puertas, sin hallar rastro alguno ni indicio que denotase cómo y cuándo había podido ejecutarse tan arriesgada fuga. Al punto ardieron antorchas, relumbraron espadas, sonaron clarines, alzáronse pendones, y cundió la alarma por toda la ciudad y los lugares comarcanos.
No hubo ricohombre de cuenta que no saliese con un numeroso escuadrón al campo, en demanda de los fugitivos; quien por un camino, quien por otro, por acá y por acullá, con el aguijón cada cual de hacer suya la presa, y todos con el deseo de que no se fuera el rey a tierra extranjera, porque notorio era que de ello podía seguírseles gran daño.
Vano empeño. Pasaron horas y horas, y fueron volviendo los ricoshombres, cansados de caminar noche y día, sin hallar, a sol ni a sombra, a don Ramiro. Todos decían y relataban lo mismo: que habían corrido la hoya y las montañas vecinas sin tropezar siquiera con sus huellas; que no era difícil que se hubiera despeñado por los montes, o que hubiera sido comido de lobos. Sólo a Roldán se echaba de menos; Roldán, el más activo y determinado de los ricoshombres, andaba aún por no se sabía dónde, cuando ya estaban de vuelta en Huesca todos los otros.
-187-Viendo que alcanzar al rey no parecía posible, los ricoshombres comenzaron a proveer y determinar, acudiendo a las turbulencias que amanecían en el reino, y a gobernar las cosas, no sin atender al seguro de doña Petronila, a la cual guardaban, separada de su madre, en casa del buen almirante Miguel de Azlor.
Y no descuidaron los ricoshombres, ni era cosa de descuidar, el fortalecer la ciudad, y buscar armas, y levantar soldados, y prepararse para la guerra, si llegaba a ser necesaria; antes bien, en el propio día que faltó el rey de Huesca, comenzaron a ocuparse en ello sin tregua.
Oyó el pueblo con asombro la desaparición del rey, sabiendo unos la prisión después de la fuga, ignorando otros aquella, y no dándose de esta cuenta por consiguiente. Y los ricoshombres, sin curarse de lo que pensaran los ciudadanos, quitaban y ponían, hacían y deshacían, y ejercitaban todos los atributos de la Corona. Comenzaron a murmurar los jurados de la ciudad, celosos de sus privilegios; quejáronse luego en altas voces los hidalgos y menestrales ricos que había en ella, con los cuales no se contaba; y, antes de mucho, el justo orgullo de los unos, y la injusta envidia de los otros proporcionaron a los ricoshombres numerosos enemigos, convirtiéndose en otro campo de Agramante la noble y sosegadísima ciudad de Huesca. A punto llegaron las cosas que casi nadie se acordaba ya del rey ni de su fuga: todo era ya en estos afanarse por retener el mando; en aquellos, desvivirse porque estos no recogieran de él a menor parte. Parece, según eran ya las cosas, que no pasa tiempo por el mundo.
No faltó, sin embargo, quien, en tanta confusión y hervidero de pasiones, se acordase de una persona, a quien hemos dejado, capítulos antes, muy dolorida; no faltó, no, quien averiguase sus pasos y tomase parte en sus duelos. El cronista mozárabe, que a este, y no a otro nos referimos, se portó en esta ocasión como bueno y leal; que cierto, a no ser así, habría aquí que interrumpir el hilo de esta historia por falta de verídicas noticias.
Difícil era recogerlas, sin embargo, porque la reina doña Inés, retraída en su aposento, sin más compañía que la de Castana, apenas se dejaba ver ni oír de nadie. El resto de la noche en que se escapó don Ramiro del alcázar la emplearon ambas en rezar o gemir: la -188- esposa no podía olvidar al esposo; Castana no sabía apartar de su memoria la perdida cita, y el buen parecer, y el amor del almogávar.
No bien rayó el día, doña Inés dijo a Castana:
-Es preciso que busquemos a mi hija.
-¿Creéis que los ricoshombres os la darán? -contestó Castana.
-Dénmela o no, iré a buscarla ahora mismo, porque yo no sé vivir sin ella. Es un trasunto de su padre, Castana; ¿no has reparado eso? Vamos a buscar a mi hija.
Las observaciones justas de Castana lograron contenerla: era evidente que iba a exponerse a un desaire, que iba a comprometer su dignidad sin fruto alguno. Aguardó por aquel día, pero al siguiente se levantó del lecho diciendo de nuevo:
-Castana, vamos a buscar a mi hija.
No se atrevió ya Castana a replicarle, y salió doña Inés como una simple dueña del lugar, seguida de su fiel doncella. En cuanto se mostró en público, a pesar de que cuidadosamente se cubría el rostro y talle con su largo manto y capa de preset bermejo, o de escarlata, forrada y guarnecida con pieles de buitre, las gentes se alborotaron y comenzaron a murmurar entre sí, no tan bajo que no llegase a sus oídos:
-Es la reina doña Inés. ¡Qué afligida va! ¡Pobre madre! ¡Le han quitado a su hija! -decían los más indiferentes.
Otros, si no más leales, más descontentos, exclamaban:
-¿No es vergüenza que la reina de Aragón vaya de esta manera, sin escuderos que la sirvan, sin alabardas que la defiendan? ¿No sería mejor que nos pusiéramos de su parte que no de parte de esos codiciosos y altivos ricoshombres?
Pero todo quedó en estas murmuraciones; y aquel día andaba Huesca tan llena de soldados y caballeros, que, aunque muchos hubieran compadecido a la reina, ninguno habría osado darle ayuda ni ponerse verdaderamente de su parte.
Al fin, paso a paso, llegó la reina en casa de Férriz de Lizana.
-Este es el más viejo y el más autorizado de los ricoshombres. Sin duda sabrá de mi hija, y aun acaso recuerde, al verme, su lealtad antigua y me la devuelva -decía la reina.
-189--¡Que no conozcáis aún a estos señores! -respondió Castana-. Habed por seguro que no os la devolverán.
Hallábase a la sazón la plazoleta donde se levantaba la casa de Lizana obstruida de gente que hablaba entre sí acaloradamente, como si se tratase de una cosa extraordinaria, y a duras penas pudieron llegar al zaguán doña Inés y Castana.
El gentío se agrupaba principalmente en derredor de un hermoso caballo, ricamente enjaezado, que se miraba muerto delante de la puerta.
-¡Pobre animal! -decían unos.
-Así debió de ser de larga la carrera -añadían otros.
La reina, sin parar mientes en aquella compasión popular, que así se empleaba en su persona como en el muerto caballo, rogó a un escudero de la casa que avisase a su señor de cómo había allí una dueña que le buscaba.
Un instante después Férriz de Lizana, galante, al cabo, como todos los caballeros de su tiempo, salía a recibir a doña Inés, y dejando fuera a Castana, la introducía a ella en una estancia que por lo suntuosa podía competir con las mejores del regio alcázar.
Allí estaba el valeroso Roldán, cubierto de polvo, bañado en sudor, pálido el semblante, denotando, en todo su exterior, hondo cansancio.
Tal parecía, que al verle, al propio Férriz de Lizana, tan grave y todo como era, se le vinieron a las mientes aquellos versos que el primero de los Roldanes dijo un día al fugitivo Reynaldos:
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-¿Queréis, señora, que hablemos en puridad vos y yo solos? -dijo ahora Lizana, sin conocer todavía a la reina.
-Y si es así, ¿me permitís, noble señora, que me retire a otro aposento? -añadió Roldán, con una profunda reverencia.
-No, no os retiréis, Roldán, A los dos vengo a hablaros, -190- y los dos habéis de poner remedio a mi culta -respondió la reina apartando de repente el manto de su rostro.
-¡Ah! sois vos, alta y venerada señora -exclamó al reconocerla Férriz de Lizana, no poco embarazado.
Roldán hizo también un movimiento de sorpresa y una cortesía mucho más profunda que antes.
-Vengo, Lizana -dijo doña Inés-, a que me deis la hija mía. ¿Dónde estará mejor guardada que en mis manos? ¿Quién es más digna de tenerla que yo?
-Nadie, señora; pero de nosotros y no de vos es el cuidar de la seguridad del reino. Esa niña augusta pertenece, más que a vos, a sus vasallos. Los ricoshombres del reino la custodian, ¿qué podéis temer?
-Temo no poder vivir sin ella, Lizana; es un retrato de su padre; es lo único que me queda ya en el mundo.
-Su padre -replicó entonces con ronca voz Lizana- anda mal aconsejado de algunos días a esta parte. ¿Sabéis, señora, que ha levantado pendones contra Aragón? ¿Sabéis que ha empuñado las armas en la montaña, como si fuera un salteador? Aquí tenéis al buen caballero Roldán, que os dará larga noticia de lo que ha hecho su padre. Cincuenta hombres de armas escogidos; cincuenta valientes de aquellos que conmigo pelearon contra moros; cincuenta guerreros, la flor de Aragón, han sido hechos pedazos por hueste de bandoleros. El mismo Roldán no debe la vida sino a un milagro. Mirad el buen caballero cómo vuelve solo, sin bandera ni escuderos, abolladas las armas, después de haber errado sólo un día entero por los precipicios de la sierra, con singular peligro de su vida, gloriosamente empleada hasta aquí en defensa del reino. ¿No os parece que no es digno de muchos respetos don Ramiro?
-¡Conque es vencedor! ¿Conque él está a salvo y sus enemigos son los fugitivos? -dijo la reina, sin poder ocultar el júbilo.
-Vencedor es, señora -respondió fríamente Lizana-; pero con gente se las ha que no se deja vencer dos veces. El rey sabrá pronto cómo está sobre él el reino.
Y al decir esto, comenzó a dar paseos por la sala, con una agilidad que hacia olvidar sus años.
-Lizana -repuso doña Inés-, a mí no me toca -191- hablar en esas cosas, ni sé más sino que amo a mi esposo con toda mi alma, y que no puedo vivir sin mi hija, Pero ¿no os parece que si el rey ha levantado pendón contra vosotros, aún es más criminal que vosotros lo levantéis contra él, siendo sus vasallos, y sobre todo que osarais ponerle preso?
Férriz de Lizana apenas pudo ya reprimir una exclamación de cólera; las palabras no acertaban a modularse dentro de sus labios; su ceñudo gesto denotaba que hervía su sangre en ira como en los tiempos de su juventud.
-Bien decís, señora -respondió al cabo-, que no pueden tratarse con vos estas cosas; y aun por eso, os ruego que las dejemos aparte y que me perdonéis si no os devuelvo a vuestra hija; hoy, con más razón que nunca, deben custodiarla los ricoshombres del reino.
-¿No habrá piedad para una madre, Lizana? Mirad que es mucho rogaros una reina.
-No puede haberla en esto, señora; disponed de mi sangre, mas no me mandéis que deje de atender al bien del reino.
-Está bien, Lizana -dijo la reina-. Preferid a la lealtad el interés, que eso es lo que ahora nombráis bien del reino; preferidlo en buen hora, que Dios ayudará más por eso a don Ramiro, para que castigue a los rebeldes, y a mí me acrecentará más en fuerzas para aguardar el rescate de mi hija.
Y sin decir más, salió de la estancia; en la antesala la aguardaba Castana, y juntas tomaron de nuevo el camino del alcázar.
Roldán, al verla salir, se quedó un tanto pensativo; la compasión le hizo olvidar por un momento los graves cuidados que traía en la mente.
-Pobre mujer -dijo al cabo de un rato-. Las lágrimas la inundaban a pesar suyo; y, flaquezas será; pero, en verdad os digo, que no puedo ver llorar a las mujeres. Sus lágrimas me desarman, me confunden; de ser yo vos, le habría devuelto quizá a su hija.
-¿Estáis en vos? -dijo Lizana-. ¡Devolverle su hija! Hay hartos descontentos en el reino para que no acudiese en derredor suyo gente dispuesta a sostener sus derechos al trono. El rey solo podrá verse abandonado, aunque todavía temo que nos dé qué hacer su temeridad; pero con la infanta, y la esperanza de una minoridad larga y provechosa, sería temible enemigo. -192- ¿No oísteis al buen arzobispo de Zaragoza? Aun siendo tan nuestro, opinaba por que reconociésemos a la infanta como reina, con escándalo del mundo, que tal nación vería gobernada por manos femeniles; con notorio menoscabo y perjuicio de los fueros y costumbres venerables que, a la par de la lanza y el caballo de batalla, nos dejaran por herencia nuestros padres. No falta quien opine de la misma manera, sin ser tan nuestro ni tan dócil como el arzobispo. Vos mismo acabáis de ser buen testigo.
-Por Dios, Lizana -dijo Roldán-, que es mengua de vuestro grande valor y copiosa doctrina exagerar así las cosas. Yo no soy testigo, sino de que unos cuantos forajidos, de esos que se llaman almogávares, se han puesto de su parte, y por San Jorge y Santiago y todos los buenos caballeros que han ido al cielo hasta ahora, que a venir a campo raso, en sitio donde hubiera podido manejar bien mi caballo, media docena de tales malsines fueran pocos para encontrarse solos conmigo.
-Valor tenéis -dijo Lizana- y sobran los fieros en cosa que tan bien acreditada está sin eso. Pero en cuanto al menosprecio que os inspiran los almogávares, júroos, a fe de viejo, que es gran yerro. Si yo aborrezco a esa gente miserable, tanto es por lo audaz como por lo desalmada; cualquiera de ellos es capaz de medirse, de solo a solo, con un caballero, y tan en vano esperaríais que el temor ocupase sus pechos como que refrenase el respeto de sus lenguas. De vos para mí, Roldán, esos almogávares son temible gente, aunque digna de aborrecimiento, y cuando Dios quiera que echemos a los agarenos de esta tierra, tendremos que emprenderla con ellos, y no dejar el hierro hasta no exterminarlos. Yo no podré alcanzar tales tiempos; pero aquí donde me veis, le tengo enviados, a buena cuenta, más de ciento a Satanás, el cual, sobre hacerles prestado su misma aparición y figura, debe de andar emparentado con ellos, según son de semejantes en gustos y en obras. Y a vos, que sois mozo, os aconsejo, para que se lo enseñéis a vuestros hijos, si los tenéis, que, en pudiendo, no den paz ni tregua a estos tales almogávares...
Dijo esto Lizana con voz tan solemne, que Roldán, que era dócil de suyo, y respetaba sobre manera, como todos los caballeros de su edad, los juicios de aquel experto -193- anciano, no pudo menos de prestar atención profunda a sus palabras. Lizana, estimulado por ella, y por el calor mismo de la improvisación, continuó diciendo:
-Tengo en vos ciega confianza, porque sois discreto, aunque mozo, y no quiero ocultaros nada. Dos peligros corre y correrá en adelante el legítimo influjo que nosotros los bien nacidos ejercemos en el gobierno del reino; dos peligros corre, os digo, nuestra autoridad, que hoy está sobre la del trono, según determinaron nuestros padres que estuviese, entre las nieves del monte Pano. Uno es que los clérigos se junten con el rey para quitarnos esta autoridad; otro es, no lo olvidéis, que los villanos se junten para el mismo propósito con el rey. En cuanto a los clérigos, no es imposible mantenerlos a nuestra devoción, haciendo suyos nuestros intereses, por más que alguna vez nos falten, como nos han faltado el de Tomeras y ese de Mont-Aragón, que Dios perdone. Pero con los villanos, sí lo es, porque nunca puede haber entre nosotros y ellos algunos intereses comunes, sino, por el contrario, muy opuestos intereses.
-¿Opuestos? -dijo Roldán-. ¿Qué ventaja les habría de traer el que nosotros fuésemos esclavos, como vienen ellos a serlo?
-Mal conocéis a los humanos cuando eso decís, Roldán amigo. Pero la gravedad de las cosas es tal, que no puedo detenerme mucho en estos consejos y lecciones; saber sólo que son hijos de setenta años de vida, que no hay libro ni misal que pueda enseñar tanto como enseñan ellos. Ahora es fuerza que nos reunamos en Cortes de cualquier modo con los ricoshombres y prelados que puedan acudir a Huesca; no hay tiempo que perder, ni en ocasiones como esta pueden llenarse todos los requisitos, ni satisfacerse todos los escrúpulos. Idos a descansar hoy, que harto necesitáis de reposo, y contad con mi prudencia, como yo cuento con vuestro valor a todo trance.
Calló luego Lizana, y permaneció un rato inmóvil, como hombre que lleva sobre sí alguna idea que oprime su entendimiento. Roldán no se apartó, en tanto, de su lado.
-¿No os vais? -dijo al fin Lizana.
-No me iré -respondió Roldán- sin que vuestra sabiduría acabe de iluminar mi ignorancia. He comenzado -194- a comprender algo de lo que decís, y no es razón que hoy me dejéis en este crepúsculo la verdad.
-Los viejos -dijo Lizana-, antevén algunos males; pero no es sino a costa de predecir mil males por uno, y de llorar mil fantásticas desdichas por una verdadera. ¡Quizá me engañe!
-Que ahora me digáis, os ruego, lo que estáis previendo, haya o no de confirmarse en lo futuro.
-Preveo que puedan adelantarse los tiempos y las cosas de que antes hablamos, y que, una vez unido el rey con los villanos, nos hayan de dar que entender sobrado desde ahora. En cosas como esta, todo es empezar, Roldán amigo.
-Pero si no se ha unido más que con los de la montaña, con esos desalmados almogávares...
-Dicho os tengo que esos son los temibles; y ahora he de añadir que no lo son tanto por sí solos como por el mal ejemplo de desobediencia y desacato que de ellos venir puede. A estos menestrales de Huesca que hablan y murmuran por calles y plazas, no los estimo ahora en un ardite; pero sí a aquellos salvajes almogávares, que no hablan sino con las puntas de sus dardos, les enseñan el ejercicio y profesión de la desobediencia, todos serán unos, y con aquellos y con estos tendremos que habérnoslas a un tiempo. A Dios pido que no sea en mis días semejante desgracia, ni antes que con el exterminio de los almogávares quede desterrada tan mala cizaña del reino; pero como Dios no ajusta su Providencia a los deseos humanos, bien pudiera suceder que el combate de donde habéis escapado tan milagrosamente fuese el principio, el principio, que, repito, es todo en estas cosas, de largos y sangrientos sucesos, fatales, quizá, para nosotros. Y esto que en duda os digo, tuviéralo por seguro desde ahora, si oyendo los consejos de vuestra compasión inconsiderada; entregásemos la infanta niña a la reina, al rey que es lo mismo, dando a nuestros enemigos, no sólo bandera más simpática que les da con su persona y derechos el imbécil don Ramiro, sino también ayuda y favor en muchos que no son almogávares y villanos, y opinan como el buen arzobispo Luesia. En muchos, eclesiásticos unos, legos otros, que gustarían de tener una reina niña, a cuyo nombre regir el reino, aunque les costase destruir nuestros fueros y costumbres; y más gustarían aún de ocupar el influjo que nosotros -195- tenemos, por ser de mejor cuna y de más merecimientos que ellos.
Si Roldán hubiese alcanzado a oír todas las conversaciones que a la sazón corrían por Huesca, si hubiera sabido todo lo que acababa de suceder la pasada noche en la montaña, habría concedido a Lizana cierto don de profecía. Y en verdad que aquel hombre encanecido en la política, hecho campeón de una clase, de un partido, al cual si unas leyes históricas conservaban y sostenían aún, otras leyes históricas socavaban ya y combatían, hallaba en su experiencia bastante sagacidad para antever todos los sucesos posibles. Sólo que entre diversos de ellos no sabía acertar con el que había de ser inmediato y verdadero; viéndose de ordinario que, por mucho que acierte en punto a la sustancia de las cosas la previsión humana, poco o nada acierta en punto al modo, a la ocasión, a todo lo que es tiempo y forma. Y sólo además, que, con el conocimiento del mal, no juntaba aquel viejo estadista siempre la práctica de los remedios: cosa también ordinaria, sobre todo en las cosas políticas, porque las pasiones y las preocupaciones impiden unas veces hallar, otras probar los verdaderos.
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| (Romance viejo) | ||
La crónica no dice, al fin, cómo ni cuándo se acabó esta plática de Roldán con Férriz de Lizana. Pero es natural que se acabase pronto, porque la fatiga de Roldán era grande, de modo que apenas podía tener sobre sí el peso de la armadura; y es también natural que no se separasen los dos sin quedar satisfechos y agradecido el mozo con las sabias lecciones del viejo, por más que a él le costase algún trabajo participar de sus recelos y temores.
Como era galán, aunque viejo y compasivo, aunque hijo de edad muy sangrienta, conócese que el cronista estaba impaciente por seguir a doña Inés, que quedaba en tan justo y amargo duelo; y aun por eso hizo en este punto una cosa que no suele, que es dejar interrumpida la conversación de los personajes que ponen voz y mano en los sucesos, obligándonos a presumir o dar por probable lo que debiéramos saber de seguro. Donde vuelve a su ordinaria minuciosidad es al referir lo que hizo doña Inés cuando de vuelta de ver a Lizana entró en su alcázar.
No pudo traer alivio a su espíritu en todo el día. Pronunciaba de continuo un nombre, que era, por lo común, el de su hija Petronila; pero, sin ser maliciosa Castana, le parecía oír de cuando en cuando sílabas, que más que a Petronila, sonaban a Ramiro. Y vagaba de acá para allá, sin decir ni pensar ella misma adónde -197- iba: ya asomándose al patio del alcázar, donde sonaba continuo rumor de hombres y caballos, ya a los ajimeces, desde donde se descubrían los árboles de la hoya y las crestas, nevadas aún, de la vecina sierra.
A la noche, en tanto, la honrada doncella, que dormía a pocos pasos de su señora, se desveló un tanto, recordando aquellas horas alegres que solía pasar con Aznar, y saboreando de antemano las que había de disfrutar en lo futuro. Imaginábaselo ya a su lado, rico y glorioso, y en amante consorcio con ella, y la pobre muchacha temblaba de placer y contento. Todo lo tenía discurrido: los vestidos con que ella había de engalanarse los días de labor y los días festivos para enamorar a su Aznar; las horas que había de consagrar a verle y acariciarle; la cuna en que había de mecer al primer fruto de sus amores. Sólo dudaba y vacilaba en el ejercicio a que había de dedicarse su esposo futuro, dado que los reyes se lo diesen a elegir, como, por estar tan deseosos de hacerla merced, parecía.
«¿Caballero? -decía-. No, por cierto. No le quisiera yo tan galán y tan llano como es ahora, metido en esos tabiques de hierro que llevan los caballeros, y tan tieso y tan falso, como ellos son de ordinario. ¿Paje? No en mis días; que no son para hombres como mi Aznar, robusto y bizarro, las ropillas de colores, salpicadas de orillo y seda, que llevan los de esta profesión. Y aun paje de lanza le estaría mal, que más propio es él para blandir la propia que no para llevar la ajena. ¿Escudero? No lo consiente su altivez. ¿Qué será, que no será Aznar? ¿Qué es lo que más podrá ajustarse con sus ímpetus valerosos, y darme orgullo y felicidad a mí que seré su mujer y su amante?».
Fatigada de ver que no acertaba con lo que debía ser él en lo futuro, venía a parar en su estado presente, inclinándose a creer que lo mejor de todo sería dejarle de almogávar, como era y como fueron sus padres.
«¡Oh! Los almogávares -decía entonces- son lo más noble y lo más bizarro del mundo. ¿Qué caballeros tienen su valor? ¿Qué galanes su galanura? ¿Qué leales su lealtad?».
De tales meditaciones arrancola, al fin, la voz de su señora, que ora dejaba oír profundísimos suspiros, ora aquel nombre confuso que sonaba a Ramiro y Petronila. Y aun hubo momentos en que sorprendió Castana claras palabras, como las que siguen:
-198-«¿No? ¿No estáis ahí, don Ramiro? ¡Ay de mí, que no os siento respirar como otras veces! ¡Y estoy sola! ¡Y no puedo ya tocar vuestra frente acalorada con mi mano! ¡Ah! ¿Dónde sois ido, señor y dueño mío? ¡Tengo miedo ahora! Si he de morir ya, ¿por qué hasta el último momento no he de sentir, al menos, que vos vivís y estáis aquí a mi lado?».
Y otras veces, estas, más inconexas:
«¿Vence?... ¿Cae?... ¡Dios de las batallas!... Ya triunfa, triunfa... ¡Ay! ¡Ay de mí!... ¿Por qué habré nacido tan desdichada?».
Entonces Castana, afligida, solía llamarla, para que aquellos sueños agitados no destruyesen su salud; y hablando doña Inés de don Ramiro, o de Petronila y por su parte del almogávar Castana, vieron ambas entrar los primeros rayos de luz por las rendijas de los ajimeces moriscos del aposento, y sintieron los primeros gorjeos de las aves que bajaban de la montaña a apagar la sed en la corriente de la Isuela, y a regocijarse entre las hojas de sus álamos.
La del alba sería ya la hora que iba corriendo, cuando Castana oyó que la llamaban en voz baja de la parte afuera del aposento. Pronto conoció la voz de Ruderico, el pajecillo de la reina, con quien trabamos conocimiento muy en los principios de esta crónica. Castana, harto escarmentada de las impertinencias del rapaz, no se apresuró por eso a levantarse, ni salió del aposento hasta ordenar sus trenzas y entretejer en ellas algunas hojas verdes de encina, que eran su ordinario tocado.
-Buenos días, señora Castana -dijo al verla el muchacho.
-Buenos días te dé Dios, mal paje -respondió Catana-. ¿Qué picardigüela te trae por aquí a estas horas? ¿Te viene persiguiendo el mayordomo del rey por hurtos en la despensa o en la cocina? ¿Has robado la fruta de algún huerto de monjas? Vamos, tú quieres que la reina te tome bajo su protección; y acaso te la otorgará por mediación mía, aunque, cierto, no la mereces.
-No vengo, señora Castana -respondió pausadamente Ruderico-, sino a que me deis cuarenta sueldos en buena moneda jaquesa que me estáis debiendo de mis mandados.
-199--¿Cuarenta sueldos? ¿Piensas tú, rapaz, que tengo ya para ti mi salario entero?
-¿Y piensa la señora Castana que yo dé de balde las buenas noticias que cazo?
-¿Tienes buenas noticias, Ruderico? -dijo entonces Castana, un tanto turbada-. Por el alma de tu madre que no me engañes: dime si las tienes y si son buenas. ¿Se dice algo por Huesca de la vuelta del rey? Oye, óyeme -añadió acercándose a su oído-, ¿se cuenta alguna hazaña de aquel... aquel almogávar a quien diste un recado de mi parte?
-No diré palabra, por vida mía, antes de sentir en las palmas de mis manos los dichos cuarenta sueldos.
-Cincuenta te daré yo con tal que respondas a mis preguntas.
-Pues si es así, palabras y nuevas no han de faltaros: hay más de lo que pensáis.
-Habla.
-Vengan, vengan antes los cincuenta sueldos, que nadie ha perdido nada por cobrar adelantado, hasta ahora.
Castana, desesperada, sacó un puñado de monedas de cobre y se las tiré al rostro al muchacho.
-Bien, bien -dijo este-; aquí hay más de los cincuenta, no me pico porque me los tiréis a la cara; lo mismo me han de servir en mercado, que si me los hubieseis dado en mano propia.
-Ruderico -exclamó Castana-, ¿hablas o te quito los sueldos y hago que el mayordomo te encierre en una mazmorra, que pecados tienes ya para ello?
-Todos los tenemos, señora Castana -repuso descaradamente el pajecillo-, y no hay que andarse con amenazas, que yo soy hombre de palabra, y sin ellas sabré cumplir lo ofrecido. Dígoos, para no hacer rodeos, puesto que los sueldos son colmados y no vale la pena de contarlos, dígoos que el mismo almogávar está aquí en cuerpo y alma, y que hace dos horas que le he visto rondar esas ventanas que dan al río.
Castana, que al oír las primeras palabras del paje se había puesto en extremo colorada, se fue ahora tornando pálida como la cera. La sorpresa y el regocijo la habían trastornado.
-Conque Aznar... Aznar... ¿estás seguro de ello? ¿Dónde le has visto? ¿Junto al río, dices? Mira. Esta moneda -200- plateada es tuya si le conduces aquí al instante. Y diciendo esto Castana, abrió de par en par una ventana, y dirigió anhelosamente la vista hacia los álamos plantados al pie, los cuales se extendían en una especie de bosquecillo hasta la corriente del agua. No tardó en distinguir a Aznar, que, apoyado en uno de los árboles, no quitaba ojo de las ventanas. Aznar la vio antes aún, de suerte que cuando se encontraron con él los ojos de ella, ya él tenía puesto un dedo en la boca en señal de silencio. Luego, sacó del pecho un pergamino, y clavándolo por la margen en uno de sus dardos, sin advertirle que se apartase a Castana, lo lanzó con su ordinario empuje y desembarazo. El dardo cortó silbando el aire, y fue a clavarse en la puerta de la ventana, oscilando algunos, momentos la punta al peso del astil, pero sin caer al suelo.
Castana, que no había adivinado el propósito del almogávar, dio un grito de espanto al sentir el golpe del dardo a pocas pulgadas de su rostro; pero Aznar no tuvo tiempo ya de notarlo. Ruderico, al olor de la moneda de plata volaba, que no corría, y fue obra de un momento recibir el recado, bajar las escaleras, cruzar el patio y la puerta, salir al campo, llegarse al almogávar y traerle; algunos segundos de tiempo que se hubiese anticipado habrían excusado a Castana un buen susto.
La pobre muchacha no estaba, sin embargo, para recordarlo mucho tiempo. Al ver que Aznar se venía detrás de Ruderico, corrió a la galería del palacio desalada, y sin dar a sus sentimientos espera alguna, le gritó de lejos:
-Aznar, Aznar, ¿eres tú? ¡Cuántos deseos tenía de verte!
-No serían mayores -dijo Aznar- que los que yo tenía de ver tus ojuelos, que hieren como mis dardos, y son de sabrosos como la miel de las abejas; pero no es tiempo de pensar en nosotros, Castana. ¿Te has dejado el dardo en la ventana clavado? Ve y tráemelo al punto, que el dardo falta me hace, pero más falta le hace aún a tu señora aquel pergamino que en él vino...
-¡Ay qué espanto me diste, Aznar!...
-¡Espanto! Por la Virgen de la Huerta, Castana, que temo que no has de servir para mi esposa. ¿Espanto dices? ¿No tienes confianza en mi brazo? Jamás ha marrado el tiro a la luz del día.
-201-Castana calló, y no sin mirarle antes dulcemente, fue y trajo el dardo. No hubo tiempo para más porque al nombre y la voz de Aznar, la reina, que se había levantado sobresaltada, apareció ya a la puerta de su aposento.
El almogávar, inclinando una rodilla, le entregó con respetuoso desembarazo el pergamino.
Desdoblolo doña Inés, y leyó para sí las siguientes palabras:
«A la muy poderosa y honrada dueña doña Inés, hija de los condes de Poitiers y...».
Aquí había cerca de un renglón muy prolijamente tachado, donde con alguna dificultad se leía: «reina y señora de Aragón». Luego, continuaba el pergamino de esta manera:
«Dios ha tenido piedad de nosotros, doña Inés. El conde de Barcelona y yo estamos ya con hueste bastante para poner en el trono a nuestra hija, la cual quedará con el dicho conde desposada. Y dentro de poco hemos de regocijarnos los dos: yo con estar en el convento, de donde no debí salir, según sabéis, y vos con estar libre de pecado mortal, porque a fuerza de meditarlo, he venido a afirmarme en que también lo estáis desde que se consumó nuestro matrimonio. Y en verdad os digo que el habérseme confirmado esta sospecha que siempre tuve, me aflige mucho, por lo sobradamente que os amo, así Dios me lo perdone. Y nunca he padecido tanto como ahora, ni hallaré algún alivio hasta que os proporcione el bien que debo, que será huir para siempre de vuestra presencia, de modo que más no me veáis ni oigáis en toda vuestra vida. Sírvaos esta promesa mía de consuelo; y ella os ayude a llevar con paciencia el tiempo que hemos de estar juntos, que, aunque breve, yo sé que os parecerá largo, según es de piadoso vuestro ánimo. A mí también me lo parecerá, no menos por vos que por mí, como ya os tengo dicho. Pero no hallo medio de impedir todavía estas vistas que vos y yo hemos de celebrar todavía en Huesca, para dar fin solemne a mi maldito reinado, aunque bien lo pienso. Y lo más que puedo hacer es abreviarlas y cuanto antes dejaros, y rezar también por vos en el convento, aunque sin nombraros, porque no hay para qué me acuerde yo más de vuestro nombre, ni vos del -202- mío en adelante, y bastará con que diga por la pecadora a quien he ayudado a pecar, como vos deberéis decir por el pecador cuyo cómplice he sido en el pecado, si también se os ocurre dedicarme algunos rezos, que bien los necesitaría mi alma, harto más pecadora siempre que la vuestra. Y Dios nos ayude, amén.
»De la hueste en buena salud y no más que mediana conciencia. - Fray Ramiro, malamente llamado rey antes de ahora».
Luego, debía venir el día, mes y año, pero no se leía bien, merced al agujero que abriera el dardo en el pergamino.
Si Castana y Aznar no hubieran estado mirándose muy tiernamente y diciéndose con los ojos todo lo que callaban por fuerza los labios, habrían sido testigos de una extraña cosa, y es, que así como doña Inés acabó de leer esta carta placentera, donde tan buenas nuevas le enviaba su marido, se llenaron sus ojos de lágrimas. Y no eran lágrimas de sorpresa y alegría, que esas ya hubieran venido bien en ocasión como aquella, sino lágrimas amargas, gruesas y lentas, que resbalaban por el rostro de la reina, vuelto pálido de repente, sin que las manos se levantasen a secarlas o recogerlas. El propio amor impidió a los dos fieles servidores sorprender aquel extraño, pero solemne dolor de la reina. Y esta tuvo tiempo de volver en sí, al cabo de algunos instantes, y de decir a Aznar con voz entera:
-¿Sabes, fiel Aznar, que Férriz de Lizana y los ricoshombres no han querido devolverme a mi hija, y que todos los días vienen a insultarme en este alcázar, donde asisten a manera de reyes?
-¡Lizana, Lizana!, dondequiera tropiezo con este hombre -dijo Aznar entre dientes. Luego, dirigiéndose a la reina, dijo en voz alta-: Ya os devolverán a vuestra hija, o por mejor decir, ya se la quitaremos con harta mengua suya; y lo que es de las salas de este alcázar, por cierto que han de salir no tan soberbios como entraron.
-Dios lo quiera, Aznar; pero son poderosos los rebeldes.
-¿Y qué importa que lo sean, señora? Como liebres huirán de la hueste del rey, que, entre aragoneses y catalanes, es numerosa y fuerte a maravilla, o de no, caerán como haces de mies al filo de nuestros hierros. -203- Y harto siento yo que el rey haya determinado conceder perdón a sus delitos, con tal que no hagan resistencia; resistiéranse ellos en buen hora, y acabara de una vez en Aragón tan mala semilla.
-¿Traes tú el perdón?
-No, sino el honrado Pedro de Fivallé, que es como escudero del de Barcelona, al cual llaman rey de armas.
-¿Y crees tú que lo admitirán los ricoshombres?
-Tengo por cierto que no lo admitirán. ¿Y qué hacer en tal caso?
-¿Qué hacer? El rey y el conde llegarán de todas suertes a la ciudad, y si hallan abiertas las puertas, entrarán pacíficamente, y si no, las quebrantarán con los vaivenes que están preparando, o harán portillos en el adarve. Y si al avistarlos desde los muros, tañemos cierta campana Fivallé y yo, será señal de que han solicitado el perdón los rebeldes, y no se dejará pasar a los montañeses adelante, porque son traviesa gente, y una vez dentro, no habría modo de quitarles las manos ni las cabezas ni las bolsas de los ricoshombres. Si la campana no suena, entonces las armas harán su oficio, y San Jorge nos ayudará, y sus casas serán tratadas a sangre y fuego, sus cuerpos hechos pedazos, en pena de encubrir tan traidores ánimos.
-¡Qué horror! Aznar; ¿ha mandado eso don Ramiro?
-No; mas halo por él dispuesto el conde de Barcelona, que es hombre de singular esfuerzo y dignísimo de llevar corona en la cabeza; de nuestro buen rey don Ramiro fue solamente el mandar que primero se les brindara con el perdón.
En este momento sonó una trompeta en el patio del alcázar.
-¿Qué es eso? -preguntó la reina.
-Es que Pedro de Fivallé ha terminado su encargo, y tengo que ir a juntarme con él. Mañana, señora, tendréis aquí ya al rey vuestro esposo y hallaréis en vuestros brazos a la tierna princesa.
-¡Mi esposo, mi hija! -repitió la reina con honda melancolía.
El almogávar hizo una reverencia sencilla pero respetuosa, y salió. En la galería se halló de nuevo con Castana.
-¿Tan pronto te vas? -le dijo esta.
-Tan pronto -respondió él-; y a fe que lo siento -204- en el alma, porque has de saber, hechicera muchacha, que lo que hasta que te vi no me había sucedido, ahora más que nunca me sucede, y el desear tu habla de jilguero, y tus ojos de endrina, y tú andar de venado, y tu talle flexible como el mimbre, y ese tu pie, tan breve, que no parece tuyo, sino de una niña recién nacida. Y en Dios y en mi ánima, que, a no ofenderte, quisiera departir contigo alguna noche como las pasadas; que bien puedes fiar en mí, pues sabes que soy, aunque rudo montañés, fidelísimo en guardar promesas, y porque conmigo estés o hables, no ha de pararte mal alguno.
-Eso creo yo muy bien, Aznar -dijo Castana-; y si quieres, ven a la medianoche al pie de la torre donde están estos aposentos, que por la puerta no será ya posible que entres, y yo te arrojaré escala por donde subas; pues has de saber que como esta torre cae dentro del muro, y está tan alta, y no hay aún ruido de enemigos, suele quedar sin atalayas.
-No sé si podré venir, Castana; mas haré por no faltar esta noche misma; y queda con Dios, que abajo me esperan.
-Pero, ¿te vas así, Aznar? Ahora veo que me quieres, por más que digas, menos que antes.
-Ah, perdona, Castana, perdona. Que aunque no me olvido de tu amor, con estos condenados sucesos, me olvidaba ya de mostrártelo como lo siento.
Y al decir esto, Aznar, con su ordinaria franqueza y desembarazo, depositó un beso en los encarnados labios de la muchacha.
Castana los adelantó ya esta vez para hallar más prontamente los de su amante. Sin duda no era ya el primero, bien que se haya olvidado de contar el cronista en qué ocasión y con qué nuevos argumentos logró vencer el almogávar la repugnancia que en ello, al parecer, mostraba al principio su enamorada. ¿Y a qué contarlo, en verdad, tampoco? Sobrado sabido es que no suelen ser inflexibles o eternos, al cabo, los noes y repulsas primeras de las mujeres de veras enamoradas.
Pero lo que no se olvidó ahora de decir el cronista, es que en el punto mismo de sonar el ligero estrépito del beso, se oyó súbitamente la primera campanada del convento de monjas, que llamaba a coro a las vírgenes -205- consagradas a Dios. Castana, como si la vibración del bronce hubiera llegado hasta su corazón, se estremeció de repente; y así como maquinalmente se llevó la diestra mano a la frente y se persignó con devoción suma. Aznar se sonrió entonces con malicia mayor que prometía su rudeza.
Mas no pudo decir palabra, porque para mayor tribulación de la amable doncella se sintieron pasos cercanos que la movieron a partir en seguida. Era la reina, que, no hallándose sin Castana, se acercó a la puerta del aposento y alcanzó a ver la amorosa caricia de los dos jóvenes. Entonces recordó aquella otra escena que había sorprendido entre los dos, en la cual se negó heroicamente Castana a imprimir sus labios en los de Aznar.
-Castana -le dijo al entrar con ella en su estancia-, veo que adelantan mucho tus amistades con el almogávar. No siempre le has querido tanto.
Castana, que era fácil de color, según sabemos, se puso como unas brasas.
-Es verdad, señora, que cada día le tengo en más; al principio me daba vergüenza de él, pero ya no, y todo lo olvido cuando estoy a su lado.
-Todo, hasta las riñas del confesor. ¿Es verdad, Castana?
-Perdón, perdón, señora; no lo he podido remediar; le amo ya tanto...
Y la vergüenza ahogaba en su garganta los sonidos de la voz.
-Sosiégate, Castana -dijo suspirando doña Inés-. Dios ha de ser benévolo con las muchachas que padecen de amor... Es preciso tener más firmeza en el corazón que tú tienes para desoír sus voces. Sé demasiado lo que cuesta sacrificar el amor al deber, para que me ofenda esa tu flaqueza inocente. No haré más, eso sí, que apresurar vuestro matrimonio.
Tras esto desdobló de nuevo el pergamino la reina, y volvió a leerlo. Entonces fue cuando advirtió aquello del desposorio de su hija, en que no había podido hacer alto a la primera lectura: tanta era la turbación de su ánimo. Y aun ahora tampoco se fijó mucho en ello, pensando sólo en que había de tener pronto en sus brazos a su hija, y cerca de sus brazos a su marido; hablando y hasta alguna vez riendo tristemente con la enamorada Castana.
-206-
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| (Guillelmus Anelier de Tolosa) | ||
Aun cuando nada se hubiera sabido por Aznar, fácil habría sido entender que algo extraordinario y solemne sucedía en el alcázar de Huesca, al tiempo mismo que tenían lugar las largas pláticas y sucesos que contiene el capítulo antecedente.
En la propia estancia y lugar donde los ricoshombres dejaron preso a su señor y rey don Ramiro, se hallaban ahora recostados en los blandos cojines, o paseándose en bulliciosos grupos, catorce de ellos, que es decir todos menos uno, de cuantos tomaron parte en aquella determinación peligrosa. El que faltaba de ellos, bien claro se veía que era Férriz de Lizana, porque no era posible confundir con otras, ni por breve instante, su venerable faz y altiva apostura. Los demás, hablando y riendo, como la vez primera que allá los vimos, pudieran hacer creer a cualquiera que todo estaba como entonces; que nada había sucedido de singular o siniestro.
No obstante, los ojos ejercitados de un político habrían quizá adivinado que no todos los ánimos estaban tranquilos, que no era tan pura la alegría, tan verdadera la satisfacción, tan espontánea y sincera la risa, como ellos, de propósito, aparentaban. La zozobra, durante los peligros, es tan natural en los humanos, que no puede alejarse sin un artificio de la voluntad, y el artificio no es posible confundirlo, si bien se mira, con la naturaleza; la flor de trapo no se equivoca, por hábiles manos que la labren, con la hija lozana de los huertos.
-207-Estaban los ricoshombres oprimidos, sin duda; sentían sobre sí la pesadumbre de un gran cuidado, acaso de un peligro notorio, y aunque todos eran valientes ocultamente luchaba en sus ánimos la ira con el honor, la ambición con el miedo; y aunque eran todos resueltos, dudaban y vacilaban por fuerza, en cuanto a sus propósitos y determinaciones.
Corrían de uno en otro grupo, los más curiosos, sedientos de palabras, de razones; revolvíanse, bullían, no paraban un punto en ninguna parte los noticieros, poco desemejantes, en verdad, a los noticieros de nuestros días; gente de lengua larga y cortísima conciencia, que hace de las sílabas palabras enteras, de las palabras, discursos; de los discursos, sucesos; de los sucesos, más que Dios podría, que es hacer que nazcan antilógicos imposibles.
De pronto, un silencio profundo interrumpió todas las conversaciones. Los ricoshombres tomaron asiento a uno y otro lado del salón. Férriz de Lizana, que acababa de entrar, se sentó en cierto sillón colocado en un testero, delante del dosel, donde en las ceremonias solían asistir los monarcas aragoneses. En un momento aquella reunión tumultuosa cobró el aspecto de un tribunal, de un senado, de una corporación venerable.
-Nobles y valerosos caballeros -dijo Lizana-: ¿persistís todos en el buen propósito que tenéis hecho de defender los fueros del reino?
-Sí, persistimos -dijeron todos los ricoshombres a un tiempo.
Y a la par oyose un sonido espantable de armas; era que los ricoshombres habían dejado caer sobre el pavimento las pesadas vainas de hierro que ocultaban los filos de sus espadas, señal de asentimiento, no por primera vez notada por el autor en su crónica.
-¿Y persistís -continuó Lizana- en no admitir ni jurar, de conformidad con lo que disponen nuestros fueros, por rey y señor de Aragón a una mujer, sea la infanta doña Petronila, por quien ahora se pretende, sea otra cualquiera?
-Sí, persistimos -volvieron a decir los ricoshombres, sonando de nuevo las espadas; y cierto, que al arzobispo le vino bien no usarla, porque de esa suerte no tuvo que mostrar, más claro que lo mostró en la expresión del rostro, cuánto se apartaba su dictamen del de los demás presentes.
-208--Pues siendo así -dijo Lizana - preparaos a contestar a un mensaje del rey, y sea tal la respuesta como merezca el mensaje, teniendo en cuenta lo que ordenan nuestros fueros y lo que habéis prometido y jurado antes y ahora.
Dicho esto, llamó a dos escuderos, que se hallaban apostados a uno y otro lado de la puerta, y les dijo:
-Id por los mensajeros, cuya venida me habéis anunciado, y no olvidéis de recordarles cuánto debe de ser su respeto y moderación hablando con los ricoshombres de Aragón, que, en representación del rey y del reino, están aquí presentes.
Algunos de los noticieros que habían, hasta allí, acertado, pasearon sus ojos triunfantes por el concurso; otros, no tan felices, los clavaron en el suelo. Pocos momentos después del mandato de Lizana, los dos escuderos volvieron, guiando al buen Fivallé, que, como había Aznar anunciado, era quien traía el mensaje; y a los dos hombres, que por toda comitiva le acompañaban, los cuales no eran otros sino Yussuf y Assaleh, aquellos dos esclavos mudos en cuya discreción el conde don Berenguer, no sin motivo, confiaba tanto.
El traje de Fivallé había cambiado completamente; ya no colgaba de su espalda el laúd; ya no vestía las modestas ropas que en la montaña. Su corta túnica, con angostos galones de plata, su capa de escarlata guarnecida de plumas de halcones, su gorra de piel de conejo, con broches también de plata, y un anillo de oro que traía en la mano diestra, con vivísimos rubíes, aunque no muy grande por cierto, le deban, no ya sólo por persona principal, sino por verdadero rey de armas, como Aznar había dicho que era. Los dos esclavos no habían variado de traje más que de condición, y se ofrecían a los ojos tal como siempre, con su siniestro y sencillo atavío.
Que don Berenguer hubiese elegido para tal mensaje a su rey de armas, que era al propio tiempo su compañero de aventuras, nada tiene de extraño; pero el haberle dado a este por compañeros dos mudos, no parece que debiera tener otro objeto sino evitar que el dinero de los ricoshombres aragoneses pudiera penetrar sus secretos propósitos; siendo notorio que no hay mayor sagacidad que la del bolso para enterarse de las cosas más ocultas y poner a luz del día los más profundos misterios. Y recordando que Lizana sabía -209- muy bien emplear todas las gracias y habilidades del dinero, no parece descaminada esta previsión de don Berenguer, si verdaderamente la tuvo, y no fue mera casualidad el que asistiesen con Fivallé los dos africanos.
Fivallé se adelantó con paso firme hacia el centro del salón, y allí, haciendo una profunda reverencia, aguardó a que Lizana, como persona que hacía cabeza en el concurso, le diese licencia de hablar.
Lizana, a fuer de viejo y prudente, le miró muy bien primero, para ver con qué género de hombre se las había. Luego, con la ordinaria autoridad de sus palabras, le dijo:
-Mensajero, hanme referido que te has presentado a las puertas de esta ciudad con caballo, lanza y escuderos, solicitando ver y hablar al que fuese alcaide de sus fortalezas, o señor de sus armas, o guardador de sus haciendas, o dispensador de su justicia. No ignoro que tal es la fórmula con que suelen acercarse los heraldos de los príncipes y reyes enemigos a las plazas que amenazan con sus armas; pero como Aragón no tiene enemigos a la presente hora, si no son los perros mahometanos, y de estos no solemos ni queremos merecer cortesías, mándote que digas, antes de todo, cuál es tu nombre y el de tu señor, y de qué hueste o reino vienes, que por tu voz quiera declararnos la guerra.
-Vengo -contestó Fivallé con firme acento, como quien ejercita un oficio o deber ordinario, y no recela que el cumplirlo puede traerle daño alguno-, vengo de parte del muy poderoso don Ramiro, por la divina merced de Nuestro Señor Jesucristo, y la intercesión de su Santa Madre, rey de Aragón, a ordenaros a vos, don Férriz de Lizana, y a todos los ricoshombres, prelados y caballeros aquí presentes, si sois en verdad los que señoreáis estas fortalezas, y gobernáis estas armas, y guardáis estas haciendas, y dispensáis aquí la justicia, que le entreguéis las fortalezas, que no os pertenecen, y rindáis las armas ante vuestro señor natural, y a él dejéis el encargo de guardar las dichas haciendas, y dispensar la dicha justicia, por ser todos derechos y deberes suyos, no vuestros, supuesto que él es el rey, y vosotros sois no más que sus vasallos.
-Deslenguado malsín, vil escudero -dijo, levantándose, Lizana-. ¿Cómo te atreves a hablar en tales -210- términos a los ricoshombres del reino? ¿Quién eres tú para deslindar los derechos del rey y los nuestros? ¿Piensas, por ventura, que haya de ampararte o valerte el hábito que vistes? Por San Jorge que he de enseñarte cuánto va de un verdadero rey de armas que viene de poder a poder, con el seguro que le dan las leyes de caballería, a un villano que osa insultar en su propio alcázar al trono y la nación aragonesa en nosotros representados. ¡Hola, escuderos! No hay más que oír; llevaos a este villano y echadlo al río desde una torre.
-Ahora conozco al valeroso Lizana -dijo Roldán por lo bajo-. Parecíame a mí que la edad iba enfriando su sangre y que tenía ya más de sabio que de ardido y determinado; pero he aquí que echa tanto fuego por los ojos como pudo el día del Alcoraz.
-Ya verás -le contestó García de Vidaura- cómo sabe hermanar la ferocidad del león con la prudencia del raposo; yo, como le conozco de más tiempo, entiendo sus cosas mejor que tú.
En esto, Fivallé, confundido por el inopinado arranque del caballero, no acertaba a decir palabra. Pero al ver que los escuderos iban a apoderarse de su persona para cumplir la orden de Lizana, en alta, aunque no ya segura voz, dijo estas palabras:
-Yo sé tan bien como quien más las leyes de las naciones y de la caballería, señores caballeros, y sé por lo mismo que no osaréis cumplir tal amenaza. Queréis intimidarme, pero no lo lograréis; y aunque hubiese de morir verdaderamente, no sería antes de cumplir con mi obligación del todo. Dígoos que el rey don Ramiro os ordena dejar esta ciudad con todas sus fuerzas y gobierno, retirándoos al punto a vuestros castillos, y de lo contrario, os declara por mi voz aleves y traidores, y reos de lesa majestad en lo divino y humano, condenándoos...
-¡Infames escuderos! -gritó ya fuera de sí Lizana-. ¿Qué hacéis que aquí mismo no le arrancáis la lengua al desalmado? Por Cristo, que he de mandar que a vosotros también os desuellen vivos.
Todos los caballeros participaban de su indignación, y estaban puestos en pie, acariciando cada cual la empuñadura de su daga. Roldán la puso ya fuera de la vaina, y sólo le detuvo el considerar que aquel hombre podía ser muy bien un villano, indigno de morir allí -211- a tan nobles manos como las suyas. El buen arzobispo de Zaragoza, como sabemos, presente, pensó interceder por él; pero no tuvo valor para tanto, después que bien miró y advirtió la cólera en que hervían sus compañeros. Fivallé según la palidez de rostro y el temblor le sus rodillas: no daba ya por su vida un ardite; pero la voz del deber le mantenía firme la voluntad y todavía tuvo aliento para añadir:
-No me defenderé, los escuderos; podéis matarme a mansalva; pero de este crimen que va a cometerse, no sólo responderán vuestros señores, sino que vosotros también responderéis con la cabeza a vuestro rey don Ramiro y a mi señor natural, el muy valeroso y muy excelso don Ramón Berenguer, conde de Barcelona.
-¿Por qué mientas al conde de Barcelona? -dijo al oír esto Lizana-. Habla, villano, y veamos con qué pretendes engañarnos y librarte del merecido castigo. ¿Eres de verdad, como dices, vasallo del conde de Barcelona?
-Vasallo soy suyo -contestó el mensajero, más recobrado.
-Tu nombre.
-Pedro de Fivallé.
-Tu profesión.
-Rey de armas del conde de Barcelona.
-¿Tienes algún documento o testimonio que lo acredite?
-Sí tengo -contestó Fivallé-: bien podéis ver cómo los rubíes de este anillo trazan sobre el oro las barras de sus armas: no han llevado tal anillo y barras nunca sino sus mensajeros, según es sabido en todo el mundo.
-Cierto es -dijo Lizana-; pero trae acá el anillo, que no te las has con quien no sepa descifrar cualquier engaño.
El anillo corrió de mano en mano, y todos convinieron en que era y debía de ser su dueño el conde de Barcelona y no otro. La sorpresa de todos fue tan grande ahora, como había sido antes la ira
-Ahora bien: Pedro de Fivaje -dijo Lizana bien puedes hablar cuanto te plazca; pero no más que en nombre del conde de Barcelona.
-El conde de Barcelona, mi señor -continuó entonces Fivallé-, no tiene más que deciros, sino lo -212- propio que de parte del rey don Ramiro tengo dicho, supuesto que los dichos rey y conde son, de hoy más, no sólo aliados, sino deudos estrechos, con los esponsales y matrimonio concertados, entre el conde don Berenguer, de una parte, y de otra la infanta doña Petronila, hija de don Ramiro, y legítima heredera de este reino. A la cual mi señora y reina os exijo y ordeno también que dejéis libre en el instante.
En este punto llegó al último extremo el asombro de los concurrentes. Sólo el viejo Lizana, a gran maravilla de todos, conservó, en su apostura y acento de voz, serenidad completa. Paseó los ojos alrededor, examinando qué efecto hubiesen hecho tales nuevas en sus compañeros, y luego dijo:
-¿Has acabado?
-Acabado he, poderoso señor -contestó Fivallé.
-Pues ve y dile a tu amo el conde de Barcelona, que aceptamos el reto y desafío que nos hace, y que de hoy más Aragón le tendrá por enemigo, y nuestros guerreros buscarán a los suyos para pelear cuantas veces quiera él ponerlos en campo. Y añádele que, aunque es injusta la guerra que nos declara y odioso además que entre sí se destrocen las armas cristianas, de eso él, que no nosotros, habrá de dar a Dios cuenta en el otro mundo. Por lo que toca al rey don Ramiro y su hija, nosotros nos entenderemos con ellos como ordenan los fueros del reino, y como mejor nos cumpla y parezca, declarando traidores y rebeldes, desde ahora, a cuantos coadyuven a abanderizar el reino, con el fin de privarlo de sus antiquísimas y bien adquiridas libertades. ¿Oíste bien lo que dije?
-Sí, oí -respondió Fivallé-; y en nombre de mi señor, el conde, dejo aquí este guante en señal del reto y desafío.
Y dijo esto quitándose uno de los de delgadas escamas de acero que llevaba.
-Tomadlo, y dadle el vuestro, valeroso Roldán -repuso Lizana-. Y tú, Fivallé, sábete que si a título de rey de armas del conde de Barcelona te he perdonado tus insolencias, como el día de mañana te encuentre en Huesca, o nombres en su recinto al rey don Ramiro, te he de colgar, a título de rebelde, de una almena. Hoy vence en ti lo de mensajero del conde a lo de emisario de la rebeldía; mañana será al contrario, y repítote, por el santo del Alcoraz que si no me crees he -213- de dar un buen día tu cabeza a los cuervos del contorno. Vete al punto.
Fivallé no se hizo segundar la intimación, y tomando el guante de Roldán se salió de la estancia seguido de sus negros compañeros, que aunque no habían comprendido bien las palabras, habían interpretado harto bien los hechos para dejar de requerir sus armas a medida que veían que las suyas acariciaban los ricoshombres.
Cuando Lizana se vio a solas con los suyos, tomó la palabra, y dijo:
-Los tiempos que yo temía están aquí, Roldán amigo: no daréis ahora por sobrados mis temores. Extraña es esa alianza, extraños son esos esponsales, extraño es todo lo que está pasando; pero no importa, lo esencial es que conozcamos el riesgo que nos amenaza. Quizá a estas horas tienen junta, entre el rey y el conde, bastante hueste para que no podamos mantener el campo; quizá osen sitiarnos dentro de estos muros, por más que, según son ellos de fuertes, sea empresa de muchos años rendirlos; quizá los salvajes montañeses acudan ya de todas las partes del reino en ayuda del rey con el intento de humillar nuestro justo orgullo y despoblar nuestros cotos, y hacer leña de nuestros bosques, y anidarse en nuestros castillos; quizá el hierro de los almogávares esté ya despierto: hora es de que despertemos también nosotros y nos preparemos a lidiar y vencer, a vencer o morir en esta demanda.
-Sea así -dijeron levantándose los caballeros.
-Pero esto de los esponsales -añadió Roldán- no cesa de admirarme. ¿Cómo puede habérsele ocurrido a ese buen conde de Barcelona contraerlos con una niña de dos años?
-Legítima cosa es -contestó suspirando el arzobispo, que aun no había movido siquiera los labios para responder a la arenga pasada-; legítima, según los sagrados cánones.
-Antes habéis de decir que pérfida y malvada -repuso Lizana-. ¿Por ventura, no adivináis cuál es el objeto? Pues no es otro sino sujetarnos a la potencia de los extranjeros. Cuando nosotros buscamos a don Ramiro en el monasterio y quisimos ser suyos y le defendimos con tantos afanes, fue por no reconocer sino a rey muy natural. ¿Y ahora toleraríamos que nos viniese a gobernar un extranjero? ¿Qué sería del honor del -214- reino? ¿Qué de nuestros nombres? ¿Qué de nuestros fueros? Bien sabéis que nuestros padres ordenaron para eso sólo que no sucediesen hembras en el reino; bien sabéis que por eso sólo nos negamos a jurar por reina a la princesa, cuando lo pretendió el rey.
-Fuerza, es que reunamos en Cortes el reino, y les propongamos negocio tan arduo -dijo uno de los caballeros.
-Ese es mi propósito -dijo Lizana-; y aun despachada está la convocatoria a las ciudades que tienen voto en Cortes, y a los nobles y prelados ausentes para que se junten con los que ya estamos y deliberamos en Huesca. Ni penséis que desisto de esto para en adelante; porque si bien no podremos llenar todas las formalidades y requisitos, los tiempos nos excusan de ellas, y harto será que no reunamos bastantes votos en los diversos brazos para sacar triunfante nuestra causa, puesto que en suma es la causa del reino, y todo él está interesado como nosotros mismos en el triunfo. Mas no hay que pensar en tal por lo pronto. Los sucesos se han adelantado mucho con esta desdichada alianza del rey y el conde de Barcelona. Mañana mismo podemos tenerlos delante de estos muros, y es preciso, ante todo, acudir a la defensa.
-¿Pero creéis -dijo Roldán- que todos los reyes y condes y villanos del mundo deban darnos temor detrás de estos muros fortísimos, a nosotros con nuestras fieles mesnadas?
-Siempre -contestó Lizana- es ciego vuestro valor, Roldán amigo. Recordad que no me he equivocado hasta ahora en ninguna de mis sospechas más de lo que humanamente es inevitable. Desde aquella ausencia que hizo don Ramiro en una noche de festejos, véngoos diciendo de antemano cuanto ha sucedido. Y ya habéis visto hasta qué punto, con voluntad o sin ella, pueden perjudicarnos los clérigos; ya habéis visto que el rey, tan manso como parecía, sabe derramar sangre, y es capaz de disponer de la nuestra como de las sobras de unas vinajeras, y separar de los cuerpos nuestras cabezas como él ha mudado de hábito. También advertiréis cómo no le faltan aliados y defensores a don Ramiro contra vuestra lanza y la mía, a pesar de ser tan recia la vuestra y haber ganado alguna prez la mía en el Alcoraz y en otras mil ocasiones; y no dejaréis de reconocer asimismo cuál locura habría sido dejar libre -215- a la princesa en poder de su madre, de donde habría pasado a manos del conde de Barcelona, realizándose esos esponsales, que, en idea sólo con razón os espantan ahora. Deos todo esto prudencia y confianza en mí para atender y seguir en adelante mis consejos.
-Tenéis razón -dijo Roldán, convencido-. Hablad, sabio Lizana, hablad, que ni estos caballeros ni yo haremos más que lo que vos ordenéis. Hablad y decidnos lo que receláis ahora.
-Ahora recelo del pueblo, de los ciudadanos, de estos menestrales que vosotros despreciáis mientras yo los vigilo y sé, a precio de oro, sus más íntimas conversaciones. Cuando advirtieron la prisión del rey, manifestaron sólo incredulidad o extrañeza, porque veían que todo lo podíamos; mas no bien se nos escapó el rey, adelantáronse ya a compadecerle y a murmurar muchos de que no compartiésemos con ellos el Gobierno. Si ahora ven que no podemos sostenernos, sino dentro de estos muros, y que nos asedian turbas de villanos almogávares, son capaces de fraguar alguna traición por dentro que cara y muy cara nos cueste.
-¿Eso más? -dijo Roldán.
-Eso más -contestó Lizana-; el cuándo ni el cómo, no sabré deciroslo; pero cualquier cosa debemos temer cuando la hueste enemiga se presente delante de estos muros.
-Vos sois nuestro natural caudillo, Lizana. Decidnos qué hemos de hacer, pues, para precavernos y para defendernos y ofender a nuestros enemigos.
-Decidlo, decidlo -repitieron los demás caballeros puestos ya en pie alrededor del sillón donde estaba sentado Lizana.
-Oíd -dijo el viejo-. Es preciso que por ahora tratemos moderadamente a los villanos, aun a esos perros de almogávares, si por ventura quedan algunos en Huesca. Hacer porque entiendan, si es tiempo todavía, la justicia de nuestra causa. Y al propio tiempo es preciso tener muy bien guardadas por nuestros mesnaderos las puertas y torres de la ciudad, y poner atalayas que nos anuncien la vecindad del enemigo. En cuanto a nosotros, ya lo sabéis; hoy, mañana, todos los días nos reuniremos para deliberar, en este alcázar, como hasta aquí, y ya iremos determinando conforme nazcan las ocasiones.