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Virginia Gil Amate, Daniel Moyano: la búsqueda de una explicación, Oviedo, Departamento de Filología Española, 1993. Moyano ha reiterado este concepto, véase también, por ejemplo, Rita Gnutzmann, «Entrevista a Daniel Moyano», Hispamérica, XVI, n.º 46-47, 1987, p. 114.
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Además de Una luz muy lejana (1966) y hasta la última que comentamos, Moyano escribió las obras siguientes: El fuego interrumpido, 1967; El oscuro, 1968 (las tres primeras en Buenos Aires, Editorial Sudamericana); El trino del diablo, primera edición en 1974 (Sudamericana), 1987 (La Habana, Casa de las Américas); El vuelo del tigre, 1981 (Madrid, Editorial Legasa), 1985 (Barcelona, Plaza & Janes); Libro de navíos y borrascas, 1983 (Buenos aires, Legasa), 1984 (Gijón, Noega); El trino del diablo y otras modulaciones, 1988, edición definitiva de la novela y cinco cuentos (Barcelona, Ediciones B, con prólogo de Augusto Roa Bastos); Tres golpes de timbal, 1989 (Madrid, Alfaguara). Dejó asimismo un puñado de colecciones de cuentos: Artistas de variedades, 1960 (Córdoba, Assandri); La lombriz, 1964 (Nueve 64, con prólogo de Roa Bastos); El fuego interrumpido, 1967 (Buenos Aires, Sudamericana); Mi música es para esta gente, 1970 (Caracas, Monte Ávila); El monstruo y otros cuentos, 1967 y 1972 (Buenos aires, Centro Editor de América Latina); El estuche del cocodrilo, 1974 (Buenos Aires, Ediciones del Sol); La espera y otros cuentos, 1982 (Centro Editor de América Latina). Y dos cuentos inéditos «Un sudaca en la Corte» en el que narra sus problemas por no tener ropa adecuada y haber recibido una invitación para asistir en el Palacio Real a la ceremonia del Día del Libro y el Premio Cervantes, que contó oralmente en la Universidad Complutense en su última comparecencia y «Dónde estás con tus ojos celestes», en el que parece que quiso rendir un tributo a su madre (citados por Reina Roffé, en Karl Kohut (ed.), Literaturas del Río de la Plata hoy, Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert, 1996).
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Los viejos son los únicos que pueden atrasar el reloj para poder revivir en sueños tiempos felices, pero también en ellos el pasado se contamina de presente (52).
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Daniel Moyano, «El milenio se despide», El Mundo, Suplemento Cultural La esfera, Madrid, 19 de marzo de 1991.
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Aunque no pueda ignorar la parte de la Historia. Por ejemplo, los episodios del Sietemesino, del Oidor, o el del político que celebra la llegada de la electricidad a la ciudad de Santa Gema con un convite (que significativamente la inocente tropilla de Eme Calderón confunden con la celebración de una boda). También en este episodio hay otro indicio que subrayar: con la iluminación se veían más las miserias del lugar. Es decir, los adelantos de la técnica, de la modernidad, no solucionan por sí solos las verdaderas o más auténticas necesidades. Además, obsérvese que no le interesa el contenido de la memoria del pasado (sólo sabemos la existencia de una matanza, el hecho determinante del exilio) no sólo porque no quiere introducir la Historia, sino porque la considera mentirosa, como se evidencia en la manipulación a la que fueron sometidas las diferentes copias de esa memoria.
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Felicidad de la que también disfrutó el autor durante el proceso de la escritura. Recuerdo que por aquellos tiempos en que escribía ésta que habría de ser su última novela, Moyano había alquilado un altillo en un viejo inmueble de la calle San Bernardo de Madrid, dónde decía sentirse feliz con la sola compañía de las palabras. Recuerdo también que me comentaba divertido algo así como que llevaba escritos doscientos folios y apenas había «contado» nada, lo que era indicio de la importancia que daba al lenguaje, a los sonidos armónicos que lograba crear, en definitiva, a la belleza de la lengua. Que su prosa «sonara» bien era para él primordial (en el texto se dice que los sonidos, por pertenecer al mundo natural, encierran más verdad que las palabras, que pueden ser manipuladas). Sin embargo, ese interés por conseguir una «prosa musical» no fue bien comprendido: Carmen Balcells (otro motivo de felicidad: ¡por fin le llevaba su obra!) le devolvía los manuscritos exigiendo que «pasaran más cosas», que hubiera más anécdota. Una vez concluida la novela, la dolorosa despedida del altillo puede leerse en el capítulo «El defectuoso adiós del minalteño» (236-240), en el que dice entre otras cosas: «A mí me abandonaban las palabras... y no sabíamos como decirnos adiós»
.
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Carente de vanidad, Moyano hace extensible este poder creador a todos los seres vivientes. Según escribe, somos (los humanos) «el momento más elevado pero el más frágil de la materia a la que pertenecemos. Ella se piensa con nosotros... Cada porción de la sustancia cósmica puede tener muchos pensamientos, de ahí la diversidad de la vida...»
. «Pero además, ese poder creador de la materia, de la naturaleza, es siempre bello: la vida es hermosa porque los elementos que componen el mundo lo son, y por serlo sólo intenta generar buenos pensamientos, en orden y belleza, que son los principios donde se asienta lo existente»
(144). La naturaleza es pues orden y belleza y los pensamientos y acciones de los hombres, que a ella pertenecen, deben ser presididos también por los mismos principios. Los asesinos, los que matan «se organizan bajo las diferentes formas de poder, creyendo que copian fielmente la mecánica del universo, y que con ello alcanzarán la estabilidad o inmortalidad que ella posee»
(ibid.). Pero son la perturbación de la naturaleza. Los asesinos borran la memoria de los vivos (57) y con ello contribuyen a convertir el cosmos en caos porque la memoria es garantía de continuidad y sobrevivencia de lo bueno y de lo malo.