Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajoCapítulo XIII

Mansión de don José Miguel Carrera en Montevideo.- Carrera se pone en relación con el gobernador de Entre Ríos don Francisco Ramírez.- Situación de la República Argentina en 1819.- Rompimiento de las hostilidades entre los federales y el gobierno de Buenos Aires.- Triunfo de los federales, y su influencia en Buenos Aires.- Protección que el gobierno argentino dispensa a Carrera para que haga una expedición a Chile.- Actitud que toma con este motivo don Miguel Zañartu.- Persecución que sufre.- Mansión de Carrera en el rincón de Gorondona.- Protección que dispensa a Alvear para que sea gobernador.- Sitio de Buenos Aires.- Sorpresa de San Nicolás.- Acción del arroyo de Pavón.- Acción del Gamonal.- Retirada de Carrera a la pampa.- Su mansión entre los indios.- Su marcha para Chile.- Maquinaciones diplomáticas de Zañartu para destruir a Carrera.- Contramarcha de don José Miguel a la provincia de Córdoba.- Acción de la Cruz Alta.- Carrera intenta de nuevo pasar a Chile.- Acción de la Punta del Médano.- Motín de los soldados de Carrera contra su jefe.- Prisión de don José Miguel en Mendoza.- Su ejecución.- Apreciación de Carrera hecha por un enemigo.- Suerte que corren algunos de los compañeros de este general.



- I -

La tenacidad y audacia de ciertos hombres son verdaderamente asombrosas. La persecución no los contiene, sino que los irrita; el poder de sus enemigos no los acobarda, sino que acrecienta sus bríos. Si la desgracia y el encono de sus adversarios llegan a expulsarlos de su patria, continúan en el extranjero la misma lucha que habían promovido en su país natal. Para ellos, no hay tregua, ni reposo hasta que triunfan o perecen.

Don José Miguel Carrera tenía un temple de alma semejante. Le hemos dejado, en un capítulo anterior, asilado en Montevideo, que era para él, puede decirse, el destierro en el destierro. Se encontraba en aquella ciudad, que pisaba entonces por la primera vez, como el náufrago arrojado por la tormenta en una playa desconocida, sin un techo bajo que guarecerse, sin recursos de que echar mano, sin amigos de quienes valerse. Cuanto poseía lo había perdido en la crisis pasada. No sólo se le había quitado su fortuna, sino que también se había intentado arrebatarle su honor. El espíritu de partido había llegado hasta negar los servicios que había prestado en favor de la independencia, y a poner en duda su honradez y patriotismo.

La suerte le había tratado sin piedad, y desbaratado todos sus planes; pero no había logrado abatirle, y mucho menos fatigarle. Carrera era de esos hombres que viven para combatir, y que combaten hasta que mueren. El cansancio no le era conocido.

En las circunstancias en que se hallaba, su primer pensamiento fue refutar por escrito las calumnias esparcidas contra su persona. La prensa era el único terreno en que no necesitaba otro abogado que la justicia para vencer a sus poderosos adversarios. El cuidado de su propia fama le imponía la obligación de vindicar su conducta anterior como general, como magistrado, como ciudadano.

No sólo su gloria, sino su venganza se interesaban en que hiciera esa manifestación. La justificación de todos sus actos era la acusación más terrible que podía lanzar a sus rivales. Las vejaciones que había sufrido no admitían excusa alguna desde el instante en que probara su inocencia. La vindicación del perseguido es el oprobio del perseguidor.

Concebida esta idea, la puso en planta sin tardanza. Nada le fue más fácil que hacer una relación documentada de los sucesos de que había sido actor, de las tropelías de que había sido víctima. Las dificultades no empezaron para él, sino cuando trató de publicarla. El gobierno brasilero, que, en aquella época, imperaba en Montevideo, íntimamente relacionado con el gobierno argentino, no quiso permitir la salida de una obra en que se censuraba acremente la conducta de su aliado. La paz con una república vecina le importaba más que el buen nombre de un proscrito.

El general chileno no se desalentó por esta arbitrariedad, que le privaba de un derecho que se concede aún a los criminales más atroces, el derecho de defenderse. Ansioso como estaba por dirigirse al pueblo, ese gran jurado encargado de sentenciar en definitiva las causas políticas, no se acordó de la prohibición, sino para pensar en el modo de eludirla.

No pudiendo servirse como todos de la imprenta pública, arregló improvisadamente una privada para su uso particular. Una mala prensa suministrada por un amigo suyo, y dos o tres cajones de tipos que había salvado de la confiscación decretada en Buenos Aires contra los utensilios que había traído de los Estados Unidos para fundar en Chile un establecimiento tipográfico, le proporcionaron los elementos estrictamente indispensables para romper la mudez a que se había querido condenarle.

Cuando estuvo corriente la pequeña imprenta que formó con estos restos, pudo, al fin, dar a luz un manifiesto, en cuya impresión trabajo materialmente con sus propias manos. La necesidad de sincerarse había transformado al militar en escritor; la penuria transformó al escritor en cajista.

A esta publicación, se siguieron otras varias cuyo objeto era criticar los actos administrativos de O’Higgins y Pueirredón, a quienes atacaba con la pluma, aguardando la ocasión de atacarlos con la espada. Un chileno, don Diego Benavente, y dos argentinos, don Nicolás Herrera y don Santiago Vásquez, le ayudaron en la redacción.

El estilo caluroso de estos escritos y el sentimiento de libertad que respiraban, estaban para entusiasmar. Carrera procuraba enseguida derramarlos en Chile y la república del Plata, a donde llevaban el descrédito a sus enemigos y la esperanza a sus partidarios. La escasa y diminuta imprenta que poseía, se convirtió de esta manera en una especie de máquina bélica, por cuyo medio disparaba balas rojas y cohetes incendiarios sobre estos dos países.

La conflagración producida por sus folletos y proclamas fue tal, que el director de Buenos Aires, alarmado, se apresuró a oficiar a don Manuel García, su agente diplomático en el Janeiro, para que solicitase de esta corte que impidiera la impresión de aquellos papeles subversivos, y arrojara a don José Miguel de Montevideo. El gobierno del Brasil accedió a lo primero, y prometió lo segundo.

El general Lecor, gobernador de la plaza, recibió en consecuencia órdenes terminantes para cerrar la imprenta de Carrera, las que se vio forzado a ejecutar a pesar de la benevolencia que profesaba al dueño.

Este nuevo golpe acabó de exasperar a Carrera, y llevó al colmo su furor. Larga era la lista de las injurias que tenía que vengar: la muerte de sus hermanos, la orfandad de su esposa e hijos, la prisión que sufría en Buenos Aires su hermana querida doña Javiera, la mísera suerte de su padre, la persecución de sus parciales, la confiscación que a sus bienes había impuesto O’Higgins en Chile, la pérdida de su felicidad pasada, su desgracia presente. El vaso estaba lleno; aquella última gota lo hizo desbordar.

La inseguridad de su asilo y el temor de ser entregado a sus enemigos, pues, por conductos fidedignos, sabía las gestiones hechas para su extrañamiento, le impelieron a tomar una resolución suprema. Estaba dispuesto a morir peleando antes que arrastrar de ciudad en ciudad una vida llena de privaciones y afanes. Sus contrarios se lo habían quitado todo, menos su inteligencia fértil en recursos, su audacia capaz de tentar lo imposible.




- II -

Un día, guardó don José Miguel todo su equipaje, el equipaje de un proscrito, en una pequeña maleta, la amarró él mismo a la grupa de su caballo, saltó enseguida sobre la silla, y se encaminó ocultamente a Entre Ríos; en tanto que los numerosos espías que el director de Buenos Aires mantenía apostados en Montevideo, desorientados por tan brusca desaparición, noticiaban a su amo que Carrera se había embarcado en la goleta Congreso, buque francés armado en corso que acababa de salir del puerto, y le comunicaban que, según sus presunciones, este temido adversario se dirigía, sin duda, al sur de Chile.

Mientras se le suponía navegando en alta mar, el fugitivo se presentaba en la tienda del general don Francisco Ramírez, que mandaba la provincia de Entre Ríos bajo las órdenes de Artigas, donde se le recibió con bastante frialdad. Artigas desconfiaba de Carrera por creerle emisario de los brasileros, con los cuales estaba en guerra, y el subalterno participaba de las prevenciones del superior.

Don José Miguel no se desalentó por aquella terca acogida, y se puso a trabajar por convertir en instrumento suyo a aquel militarote grosero. En menos de tres días, no sólo había desvanecido las sospechas, sino que se había captado la voluntad del mismo que poco antes había pensado en negarle hasta la hospitalidad.

Algunas semanas después, Carrera, no sólo era su amigo, sino también su consejero, y le impulsaba a separarse de Artigas, que enviaba, para prender al proscrito chileno, una requisitoria que su teniente desobedecía, como probablemente no lo había hecho jamás con ninguna de las órdenes bajadas de tal alto.

Un poco más tarde, las huestes de Ramírez, siempre impulsado por Carrera, entraban vencedoras en Buenos Aires. ¡Tan irresistible era la seducción que acompañaba a las palabras de aquel incansable revolucionario, tan grande el ascendiente de su genio!




- III -

Por aquel entonces, comenzaban a desenvolverse en la República Argentina los gérmenes de desorganización que ella contenía. Las provincias miraban de reojo a la capital, y soportaban con impaciencia el yugo que les tenía impuesto. El atraso y la pobreza las prevenían contra su civilización y poderío.

Las ciudades, fundadas a distancia inmensa unas de otras, y sin comunicaciones expeditas entre sí, se asemejaban a las islas desparramadas de un vasto océano, más bien que a las partes constitutivas de un mismo Estado. La posición geográfica las condenaba al aislamiento, y el aislamiento hacía imposible la plantación de un régimen común y unitario.

Los caudillos que, en cada una de estas secciones, comenzaban a elevarse, proclamaban la federación como el único sistema de gobierno conveniente, tanto por odio instintivo a la metrópoli, cuanto porque ese sistema favorecía sus aspiraciones privadas, permitiéndoles convertirse en régulos de sus respectivos departamentos. Las opiniones de los caudillos encontraban eco en las masas naturalmente más dispuestas a seguir a los gobernantes con los cuales estaban en un contacto diario, que a la autoridad central, cuya existencia sabían sólo de oídas.

La dislocación del Estado era completa; la anarquía, espantosa; la guerra civil, inminente.

No se necesitaba ser profeta para conocer que un trastorno general estaba próximo. Bastaba para predecirlo, observar el odio profundo de las provincias contra Buenos Aires, como basta ver la atmósfera cargada de negros y espesos nubarrones para anunciar la tempestad.

Don José Miguel Carrera supo utilizar con habilidad las circunstancias, y hacerlas servir a sus propósitos. La parte que tomó en los acontecimientos de la otra banda, fue considerable. Dos eran los objetos que llevaba en vista, al mezclarse en tan sangriento drama. El primero, la caída del gobierno existente en la capital, que se proponía suplantar por otro que le fuera favorable; y el segundo, la organización de una expedición con que escalar los Andes para precipitarse sobre Chile. Necesitaba aniquilar la República Argentina, trastornar el régimen establecido en ella, cambiar por otros los hombres que gobernaban, para que le fuese permitido levantar tropas, proporcionarse auxilios, y limpiar de estorbos el camino que debía conducirle a su patria.

El proyecto no podía ser más gigantesco; pero, a trueque de conseguir su objeto, estaba dispuesto a intentarlo todo.

A fin de realizar el plan mencionado, se ligó con los federales; pero es preciso tener presente que adoptó esta resolución, no sólo por necesidad, sino también por convicción. Acababa de regresar de los Estados Unidos, cuyo pasmoso engrandecimiento había contemplado de cerca, y venía enamorado de aquella constitución. Natural era que se plegara a los hombres que trabajaban, o fingían trabajar por la adopción, en la América del Sur, de tales instituciones, mucho más cuando todos sus contrarios se hallaban alistados en el opuesto bando. La justicia y la conveniencia le trazaban así el camino que debía seguir.




- IV -

Don José Miguel, con su carácter impetuoso, no podía permanecer mucho tiempo en la inacción. Escritor al propio tiempo que militar, abrió la campaña con la publicación de una gaceta en la que predicó la federación, y reveló los secretos manejos de Pueirredón con los brasileros para entregar el país a algún príncipe de la familia de Borbón: intriga que había descubierto durante su permanencia en Montevideo. Este periódico activó la revolución, propagando los principios en que se apoyaba, y desprestigiando al gobierno existente.

Cuando la opinión estuvo bien preparada, se valió de la influencia que había adquirido sobre Ramírez para excitarle a sublevarse. El jefe de Entre Ríos, que necesitaba del freno más bien que de la espuela, no vaciló un momento en adoptar el consejo de su huésped. En consecuencia, la guerra quedó declarada, y las hostilidades comenzaron.

Mientras se formaba la tempestad revolucionaria en las provincias, tenía lugar en Buenos Aires un cambio de gobernantes. El despotismo y las ideas monárquicas de don Juan Martín Pueirredón le habían hecho altamente impopular. Una numerosa facción de ciudadanos atribuía a su falsa política el descontento y los amagos de trastornos que se notaban en los pueblos del interior.

Las muchas dificultades que le suscitaba esta disposición desfavorable a su persona, le obligaron a renunciar el elevado empleo que desempeñaba.

El 10 de julio de 1819, le sucedió en la silla presidencial el brigadier don José Rondeau. Éste recibió de su antecesor por herencia la guerra civil. Hizo cuanto pudo para sofocarla en su principio; pero todos sus esfuerzos fueron impotentes. En vano, opuso a los insurrectos sus mejores tropas; los federales las arrollaron por donde quiera, y se abrieron paso por entre todas ellas. Se recurrió, entonces, al ejército del Alto Perú, que militaba a las órdenes del general Belgrano, y se componía de militares aguerridos y perfectamente disciplinados.

La lucha con semejantes tropas habría sido aventurada para las milicias de las provincias, por no decir imposible; pero la deserción permitió obtener lo que el hierro no habría logrado. Se hicieron propuestas al segundo en el mando, don Juan Bautista Bustos, quien, a trueque de que se le concediera la gobernación de Córdoba, consintió en pasarse a los federales. El odio contra la capital estaba tan infundido en las masas, que la mayor parte de aquella tropa abandonó sus banderas por no pelear en favor de ella.

El director Rondeau, sin dejarse abatir por el revés mencionado, reunió apresuradamente un ejército, y marchó a su frente para contener el progreso de los invasores; pero sólo fue a hacerse derrotar vergonzosamente en la cañada de Cepeda.




- V -

Después de este desastre, Buenos Aires hizo todavía algunas tentativas de resistencia; pero todos sus esfuerzos sólo sirvieron para impedir que los vencedores entraran en la ciudad al galope de sus caballos y sable en mano.

Un tratado la eximió de esta afrenta. Los principales artículos del convenio, fueron el establecimiento de un gobierno federal, la reunión de un próximo congreso encargado de fijar sus bases, la retirada del ejército invasor por pequeñas divisiones, y el nombramiento de don Manuel Sarratea para gobernador de Buenos Aires.

Las estipulaciones comenzaban a llevarse a efecto, y hacía diez días que Sarratea había tomado tranquilamente posesión de su destino, cuando el general don Marcos Balcarce, que había salvado la infantería del descalabro de Cepeda, se presentó de improviso en la capital, y echó por tierra la nueva administración, haciéndose proclamar capitán general de la provincia.

Don José Miguel Carrera, que a la sazón se hallaba en Buenos Aires, fue nombrado por Balcarce para que le sirviera de mediador con los federales. So pretexto de desempeñar esta comisión, pudo dirigirse con la celeridad del rayo al campamento de Ramírez, que estaba a alguna distancia de la capital. Unas cuantas palabras les bastaron para entenderse. No se tolera en el poder a un enemigo, cuando se tienen en la mano los medios de derribarle.

Con un cuerpo de doscientos hombres marcharon ambos jefes apresuradamente sobre la ciudad; y en vez de encontrar en ella resistencia, hallaron abiertas las puertas, y vieron venir a incorporarse en sus filas a los mismos que la defendían. Balcarce, abandonado por los ciudadanos, y por sus propios soldados, no tuvo otro recurso, que huir, dejando el puesto a Sarratea.

Buenos Aires reconocía la ley del más fuerte, y Carrera había logrado sus designios; el nuevo gobierno no podía menos de serle adicto, porque le debía gran parte de su elevación. En toda la campaña, el nombre del jefe chileno había sonado poco en los documentos oficiales, pero mucho en el consejo y las conferencias privadas. Los dos caudillos de la cruzada contra la metrópoli, el gobernador de Entre Ríos, Ramírez, y el de Santa Fe, don Estanislao López, eran hombres groseros e ignorantes, que habían obrado bajo la inspiración de Carrera. En las convulsiones políticas, figuran muchas veces en primera línea los que menos lo debieran, como, en los períodos de fiebre, suelen aparecer los malos humores en la superficie del cuerpo humano.

Los dos generales ya nombrados, eran intrépidos y valientes; pero habían recibido de otra cabeza el impulso y la dirección. El agente diplomático de Chile, en las provincias argentinas, don Miguel Zañartu, que tenía motivos para saberlo, lo creía también así. En una carta reservada escrita a O’Higgins por ese tiempo, le dice que Carrera «es el alma de todos estos movimientos», y que los soldados federales le llaman «paño fino», expresión que pinta el grande ascendiente que este caudillo ejercía sobre un ejército, cuyo uniforme era el chiripá.




- VI -

Con la variación del gobierno, cambió completamente la condición de Carrera. A las persecuciones anteriores, sucedieron las adulaciones; a las negativas, aún para las peticiones más razonables, las facilidades, aún para la violación de las leyes más obvias del derecho internacional. Cuando habló de llevar una expedición contra O’Higgins, no sólo se le permitió reclutar gente y disciplinarla, sino que, además, se le franquearon soldados.

Como le repugnaba presentarse en su patria, cual otro Coriolano, al frente de extranjeros, Sarratea le concedió que sacara de la guarnición de Buenos Aires todos los compatriotas que en ella se encontraban. Los cuerpos de granaderos y artilleros, compuestos en su mayor parte de chilenos, quedaron por esta causa en esqueleto: el de Húsares de la Patria se le incorporó en masa por la misma razón.

Don José Miguel nombró comandante general de la división a don José María Benavente, y jefes parciales a los oficiales chilenos que, por serle adictos, habían quedado en la capital del Plata. De este modo alcanzó a reunir un cuerpo de tropa que ascendía a seiscientas plazas.

La fortuna comenzaba a sonreírle. Se encontraba fuerte con su genio, que nunca le había abandonado, con la protección de un gobierno que nada se atrevía a negarle, con las bayonetas de centenares de bravos que le amaban como a la personificación de la patria ausente.

En tales circunstancias, y cuando menos era de esperarse, hubo, sin embargo, un hombre que fue bastante osado para desafiar su poder, y contrariar sus designios.

El representante de la república de Chile, don Miguel Zañartu, había seguido todos los pasos de Carrera con la mayor ansiedad. De un carácter tan arrojado como el de este último, no era persona que se asustaba por las amenazas de un gobierno, ni por los tumultos de un pueblo.

Viendo la protección decidida que Sarratea prestaba a los expedicionarios, resolvió protestar oficialmente contra ella, no porque pensara que un oficio suyo obligaría al director a suspender las providencias que había dictado, sino a fin de crearle obstáculos y embarazos.

En consecuencia, le remitió el oficio siguiente, que copio íntegro, porque me parece que en él está pintada la audacia de su autor:

«Buenos Aires, marzo 16 de 1820.

Mientras el heroico pueblo de Chile y su digno gobierno sostiene el crédito de la revolución del sur, evita la ruina total de estas provincias, y se prepara sus últimos laureles, dando un golpe decisivo sobre el Perú, Buenos Aires, en contradicción con sus intereses, y la más beneficiada en aquellos sacrificios, dispone en su mismo seno una expedición que lleve el exterminio y la desolación a este estado virtuoso.

Me hallo muy distante de creer que este sea el sentimiento universal del pueblo. Él lamenta en secreto los males que le amenazan, y espera el remedio de su gobierno. Yo, sin temer el suceso, he guardado igualmente silencio hasta ahora, animado de la misma esperanza. Pero ya no puedo ser por más tiempo indiferente a la voz pública que, con los preparativos de esta expedición, ha divulgado también la protección que Usía le dispensa al extremo de franquear a don José Miguel Carrera, autor de ella, todos los soldados chilenos que paga este país, y que, bajo el nombre de desertores, existen en la ciudad y en la comprensión de la provincia.

Si es verdadero este permiso, o más bien esta cooperación, ella expresa una declaración abierta de guerra contra el Estado y gobierno que represento, y me impone el deber de pedir a Usía, con los motivos de esta resolución, el pasaporte correspondiente para retirarme a mi estado.

Dios guarde a Usía muchos años.

Miguel Zañartu.

Señor Gobernador de la Provincia de Buenos Aires».



Como Sarratea retardara la contestación, Zañartu le remitió el 19 del mismo mes un duplicado de su nota, agregándole que, en vista de la publicidad de los preparativos que se hacían contra Chile, la única contestación que exigía era su pasaporte, pues ya no quería permanecer por más tiempo en un país que tan enemigo del suyo se mostraba.

El gobernador de Buenos Aires se negó a entrar en relaciones con el agente diplomático chileno, so pretexto de que sólo se hallaba acreditado cerca de la administración anterior, y no cerca de la que existía; por lo cual, limitó sus explicaciones al envío del pasaporte que aquél solicitaba.

Zañartu, no dio, sin embargo, la cuestión por terminada. Queriendo examinar cuál era la opinión pública sobre estos sucesos, dio a luz sus comunicaciones al director en pos de una relación de lo que había ocurrido en la toma de Valdivia por Cochrane, noticia que acababa de llegar. Como insinuaba diestramente que la expedición de Carrera tenía el inconveniente de hacer fracasar la que se proyectaba en Chile contra el Perú, logró por este medio que el pueblo se declarara por su causa, y que el 26 se expresara de un modo tan manifiesto contra don José Miguel, que le forzara a huir con sus prosélitos.

Irritado Sarratea por la audacia de este proceder, hizo que se intimara a Zañartu la orden siguiente que, sin necesidad de ningún comentario, manifiesta el furor de que estaba poseído:

«Buenos Aires, marzo 29 de 1820.

Habiéndole expedido este gobierno su pasaporte para Chile, a su pedimento, como lo ha publicado ya Usted mismo, el honor del gobierno y la tranquilidad pública se interesan en que, haciendo uso de él, salga Usted para aquel reino de que depende, por mar o por tierra, dentro de cuatro horas de recibida ésta; en inteligencia que de no hacerlo, el gobierno no responde de cualesquiera resultas que puedan sobrevenir contra su persona, por la indignación con que el pueblo mira sus notorias relaciones con los individuos de la anterior administración, y por la conducta que se le ha notado en la última ocurrencia, de que se reserva instruir extensamente al gobierno a que corresponde.

Y de orden superior lo comunico a Usted para su puntual cumplimiento.

Dios guarde a Usted.

Manuel Luis de Olidén.

Señor don Miguel Zañartu».



Hacía algunos días que Zañartu había recibido su pasaporte y estaba resuelto a partir; pero esta orden imperiosa, en vez de estimularle a apresurar su viaje, le inspiró el deseo de diferirlo. Se determinó a permanecer por algún tiempo más en Buenos Aires a fin de destruir las telas de araña de Sarratea, como llama en una de sus cartas a O’Higgins, los manejos de aquél para auxiliar a Carrera.

Apenas se le notificó el mandato supremo de que he hecho mención, ocurrió al cabildo protestando contra la violencia que se le hacía:

«Buenos Aires, marzo 29 de 1820.

Excelentísimo Señor:

Tengo el honor de dirigirme a Vuestra Excelencia por la primera vez, acompañando en copia el oficio que recibo en estos momentos del secretario de gobierno. Yo suplico a Vuestra Excelencia reprima los efectos de la justa indignación que debe producirle su lectura.

El ministro público de un Estado aliado, el depositario de las confianzas de un pueblo que se sacrifica por la prosperidad del que Vuestra Excelencia dignamente preside, el enviado de aquel gobierno amigo, es a quien se dirige esa orden política y grosera, comunicada en una noche tempestuosa, con cuatro horas de término, cuando el río está inaccesible, cuando los caminos de tierra están cortados. ¿Y por qué delito? Por lo único, aunque glorioso, de haber cooperado a trastornar los planes inicuos y sangrientos que tiraba Carrera sobre las ruinas de estas repúblicas. Sí, señor, tales eran las consecuencias necesarias de la protección que se dispensaba a ese hombre ambicioso.

Yo, despreciando mis personales peligros, llenando los deberes de mi empleo, conduciéndome por los sentimientos de mi corazón, presenté al público sus aspiraciones. La ilustración de este pueblo vio en aquel cuadro, aunque mal trazado, todo un fondo de malicia y de perversidad. Formada la opinión, se preparó a impedir los progresos del proyecto, y esta alarma de los ciudadanos influyó en las glorias del 26, en el triunfo de la libertad, en el triunfo de Vuestra Excelencia. ¡Feliz yo, aunque fuese víctima, si puedo congratularme de haber corrido parte del tenebroso velo que esconde designios horrorosos!

Tal es la conducta que me ha notado el señor gobernador en la última ocurrencia. Las notorias relaciones -añade- con los individuos de la anterior administración, tienen indignado al pueblo. ¿Con que al pueblo, señor gobernador?, podría yo decirle. A ese juez apelo: Relevantes pruebas ha dado en estos días de su imparcialidad y penetración... Nada extraño sería que mi empleo me hubiese proporcionado relaciones estrechas con unas personas que se hallan en rango. Para mayor confusión del gobernador, ese mismo pueblo, cuyo nombre toma, sabe demasiado que no tengo intimidad con un solo individuo de aquéllos con quienes quiere unirme maliciosamente.

Excelentísimo Señor: Yo suplico a Vuestra Excelencia dispense la elasticidad de mi pluma; ella es arrebatada por la exaltación de mi espíritu, y por la intensidad del agravio. Conozco lo que ordena la política en este caso crítico del pueblo. Por esto, he pedido a Vuestra Excelencia, en mis primeras líneas, sofoque su indignación. Por esto, cederá también al imperio de las circunstancias, y me retiraré a Montevideo, luego que el tiempo lo permita. Pero entre tanto, tengo derecho, sí, para esperar que Vuestra Excelencia impida toda tropelía contra mi persona, evitando que mi gobierno, insultado en ella, exija por su honor una satisfacción sensible a la armonía que felizmente parece ya establecida.

Dios, etc.

Miguel Zañartu.

Excelentísimo Cabildo de Buenos Aires».



La influencia del agente chileno en el cabildo, debía ser extremada, cuando esta corporación no se atrevió a desatender su solicitud, y lo que es más, cuando ella consiguió del gobernador de la provincia, a quien se trataba con tanta acrimonia, que concediera a su propio ofensor el tiempo necesario para el arreglo de su partida.

Excusado parece decir que Zañartu no empleó esta prórroga en los preparativos del viaje. De pasiones violentas y de un arrojo que rayaba en la temeridad cuando le animaba el espíritu de partido, su única ocupación durante los días que permaneció en la capital, fue hacer una oposición declarada a todos los actos del gobierno. La rabia de Sarratea llegó al colmo con aquella tenacidad, y le precipitó a extender el mandato siguiente:

«El ayudante mayor de plaza, don José Conti, intimará a N. Zañartu, diputado del gobierno de Chile cerca del directorio, que, en el término de seis horas, se embarque para afuera de la provincia; y de quedar así cumplida esta orden, dará cuenta, en inteligencia que no deberá separarse de su persona hasta dejarle embarcado.

Buenos Aires, abril 10 de 1820.

Sarratea».



Esta orden perentoria no admitía réplica. Mal de su grado, Zañartu tuvo que cumplirla. Se retiró a la Colonia, de donde se dirigió enseguida a Montevideo.




- VII -

Con la partida de Zañartu, Carrera se vio libre de toda incomodidad, y se dedicó exclusivamente a la disciplina de sus seiscientos chilenos. Sin embargo, no gozó por largo tiempo de semejante sosiego. En medio de la espantosa anarquía que devoraba a la República Argentina, era difícil para un hombre como don José Miguel, conseguir que se le dejara en paz, haciendo sus aprestos para invadir a Chile. Había tomado una parte demasiado activa en la política, para que le fuera posible, por más que lo quisiera, abstraerse enteramente de los negocios públicos. La experiencia no tardó en hacérselo conocer.

Don Carlos María Alvear, uno de sus antiguos amigos, y su camarada en la guerra de España, acaudilló, sin resultado feliz, una revuelta en Buenos Aires. Para escapar de la venganza de sus adversarios victoriosos, buscó un refugio en el campamento de Carrera. El gobierno exigió la entrega de su enemigo. Don José Miguel respondió con firmeza que jamás negaría su protección al individuo desgraciado que se la había pedido. Esta incidencia enfrió sus relaciones con Sarratea.

Para aplacar sus disputas con las autoridades de la capital, y entregarse con toda quietud al arreglo de sus tropas, se retiró con ellas al Rincón de Gorondona, ángulo de terreno formado por la confluencia de los ríos Paraná y Carcaraña, donde abundaban los pastos para sus caballerías.

Hacía dos meses que se hallaba en ese punto instruyendo a sus soldados, cuando, con corta diferencia, le llegaron cuatro mensajeros enviados de cuatro lugares diferentes, en demanda de auxilios.

Era el primero un francés que llevaba cartas de Chile, en las cuales se anunciaba el malogro de la conspiración tramada a principios de 1820, y las persecuciones sufridas por los principales cómplices: los carrerinos de acá pedían socorros, y clamaban por la presencia de su caudillo.

El segundo era un enviado de don Mariano Mendizábal, recién nombrado gobernador de San Juan, donde acababa de insurreccionarse contra San Martín el batallón Número 1 de Cazadores de los Andes, aquel cuerpo que hemos visto en otra parte custodiando al infeliz Rodríguez: éstos invitaban a Carrera a que fuera a establecer sus cuarteles en San Juan, y le ofrecían cuanto necesitase para atravesar la cordillera.

El tercero era de Ramírez, el gobernador de Entre Ríos, el cual rogaba a su aliado el general chileno que volase con prontitud en su ayuda: el terrible Artigas le había declarado las hostilidades, y amenazaba invadir la provincia.

Por fin, el cuarto iba con pliegos del coronel don Manuel Dorrego, en los cuales describía el amparo de Carrera. Sarratea había sido derribado; y después de trastornos, que no tengo para que referir, se había apoderado del mando don Miguel Estanislao Soler: era la tiranía de éste último la que ponderaba Dorrego.

Don José Miguel examinó con detención todas estas noticias, y se puso a meditar sobre la determinación que tomaría. El invierno le impedía pasar desde luego a Chile. Su presencia en San Juan no era necesaria. La guerra entre Artigas y Ramírez debía ser larga, y siempre habría sobrado tiempo para entrometerse en ella. Lo que sí importaba arreglar pronto, era el gobierno de Buenos Aires.

Esta serie de reflexiones bastó a don José Miguel para resolverse por el último partido. Sin tardanza, ordenó a su gente que se alistara para la marcha, y persuadió al gobernador de Santa Fe, López, a que le acompañara con cuatrocientos jinetes.

Entre todos los expedicionarios, componían mil hombres. Soler mandaba un ejército de cerca de cinco mil. Pero eso no acobardaba a los montoneros de López y Carrera, quienes sabían por experiencia que la desproporción numérica no era en aquella multitud indisciplinada un obstáculo para la victoria.

El 28 de junio de 1820, los dos bandos opuestos se encontraron en la cañada de la Cruz, y los defensores de Buenos Aires sufrieron una completa y vergonzosa derrota, perdiendo setecientos ochenta individuos entre muertos y prisioneros, cinco piezas de artillería y dos banderas.

Un paso en falso, una torpeza política neutralizó para Carrera las ventajas de esta espléndida victoria. Se le antojó proclamar gobernador de Buenos Aires a su amigo don Carlos María Alvear. Era éste uno de los jefes más impopulares, más mal queridos de la República Argentina. No gozaba siquiera de las simpatías de los mismos carrerinos, de los que debían sostenerle. La elección de este gobernante causó la ruina del general chileno.

El desastre experimentado en la cañada de la Cruz había aterrado a los habitantes de la capital; no pensaban sino en obtener las buenas gracias del vencedor, y habían comisionado ya cerca de él diputados que ajustasen las condiciones de su rendición; pero cuando supieron que Alvear era el designado para gobernarlos, cuando tuvieron noticia de la soberbia insoportable que el solo título había infundido a aquel gobernante, todavía sin súbditos, sintieron reanimarse su valor, y resolvieron sepultarse bajo los escombros de la ciudad, antes que someterse a semejante dominación.

Carrera, para doblegar aquella rebeldía, rodeó con sus tropas a Buenos Aires. Por diecinueve días, la estrechó con un sitio riguroso; pero al cabo de ese tiempo, emprendió la retirada para Santa Fe, conociendo la imposibilidad de lograr su intento con la gente de que disponía, y en la estación en que se hallaba.




- VIII -

El coronel Dorrego, que había sucedido a Soler en el gobierno, se aprovechó de este descanso, para formar en unión de La Madrid y don Martín Rodríguez una división de tres mil hombres.

En estas campañas irregulares, los ejércitos se levantan en días, y se disipan en horas.

Los carrerinos supieron, durante la marcha, que el gobernador de Buenos Aires los seguía con sus tropas a la distancia respetuosa de treinta leguas. Se burlaron de tanta prudencia, y despreciaron hasta tal punto a los porteños, que se desdeñaron de poner en práctica las precauciones de uso.

Siguieron caminando como quien va de paseo, e indagando apenas lo que hacía ese enemigo que venía a retaguardia. Bien pronto tuvieron por que arrepentirse.

A fines de julio, una parte de los soldados chilenos estaba acampada en San Nicolás con sus jefes, Carrera y Benavente. López, con su división, se hallaba siete leguas más al norte de la provincia de Santa Fe. Otros cuerpos y destacamentos estaban situados en parajes diferentes.

El 31 de julio, al anochecer, el gobernador López tuvo noticias de que Dorrego pensaba sorprender a los chilenos en San Nicolás. Procuró informar al punto a don José Miguel de tan importante descubrimiento.

Alvear, que estaba presente, no quiso consentir que se despachara un mensajero con el aviso, y se encargó de llevarlo en persona.

Efectivamente, partió con todas las muestras de una extremada diligencia; pero durante el tránsito, se detuvo en una quinta, y pasó toda la noche entregado a las dulzuras del sueño.

Mientras esto sucedía en el campamento de López, llegaban al de Carrera enviados de Dorrego con proposiciones de paz. Era éste un ardid del general porteño para infundir mayor confianza a sus descuidados adversarios.

El 1.º de agosto, a la madrugada, don José Miguel salió con los parlamentarios para ir a convenir con López en las bases de las estipulaciones.

Apenas partidos, cayeron sobre los chilenos los tres mil soldados de Dorrego. La sorpresa fue completa, y, por consiguiente, la confusión cuál era de aguardarse.

Don José María Benavente, que, en la ausencia del general en jefe, había quedado con el mando, puede decirse que no contaba para resistir sino con doscientos cincuenta jinetes. Le bastó, sin embargo, ese puñado de hombres para sostener desde la salida del sol hasta el mediodía, un combate encarnizado contra un número tan superior de enemigos.

A esa hora, pudo ponerse en salvo con sólo ciento treinta de sus bravos compañeros; los demás habían perecido.

Los porteños se apoderaron de todos los bagajes y municiones, y obtuvieron un triunfo verdadero, aunque nada glorioso.

López, irritado con el revés sufrido, aseguró la persona de Alvear, cuyo proceder se prestaba a interpretaciones poco favorables; y pretendió fusilarle junto con los parlamentarios de Dorrego. Carrera le contuvo, proporcionó un bote a Alvear para que huyera a Montevideo, y se despidió de este su viejo amigo, asegurándole que no le creía un traidor, pero que jamás volvería a militar con él bajo las mismas banderas. Así se separó de un hombre que, en dos ocasiones, le había sido tan funesto.

El desastre de San Nicolás no vino solo.

A los doce días, los montoneros federales experimentaron una nueva derrota en el arroyo de Pavón. Dorrego, a la cabeza de dos mil seiscientos porteños, destrozó a trescientos enemigos, entre los cuales se comprendían los ciento treinta chilenos de Benavente.

Carrera y López se retiraron a la provincia de Santa Fe, allí reunieron los restos de su división, hicieron levas, llamaron en su socorro algunos indios; y en pocos días, levantaron un cuerpo como de mil hombres. Con estos elementos, volvieron a invadir la provincia de Buenos Aires.

Una escaramuza feliz en San Lorenzo, y la toma del pueblo de Pergamino, que guarnecían trescientos cincuenta enemigos, les hicieron pronosticar buenos resultados en la nueva campaña.

El 1.º de septiembre de 1820, se avistaron en el Gamonal con las fuerzas de Dorrego. En esta ocasión, el número era igual por ambas partes. La deserción había disminuido notablemente el ejército de Buenos Aires. Luego que vinieron a las manos, la victoria se declaró por los federales, y Dorrego escapó con dificultad, dejando en el campo muchos muertos y prisioneros.

Los habitantes de la capital le recibieron con un descontento manifiesto. La derrota que acababa de sufrir importaba el acto de su destitución. Así sucedió que, el 27 de septiembre, se nombró para que le reemplazase al brigadier don Martín Rodríguez.

Entre tanto, Carrera se esforzaba por persuadir a López que se aprovechase del triunfo marchando sobre Buenos Aires, y haciendo elegir en esta ciudad gobernantes que le fuesen adictos.

El gobernador de Santa Fe rehusaba con terquedad aceptar ninguna de las indicaciones que le hacía; estaba envidioso de la superioridad de don José Miguel, y había comenzado a prestar oídos a las propuestas que le dirigían los agentes de Rodríguez para que separase su causa de la del proscrito chileno. En aquel momento, no pensaba en abatir a la capital, sino en vender a su compañero.

La situación de Carrera llegaba a ser muy crítica. Sólo disponía de ciento cincuenta chilenos. La guerra impedía a su aliado Ramírez moverse de Entre Ríos, y le ponía en el caso de solicitar auxilio más bien que de darlo. Mientras López se preparaba a traicionar a su amigo. Bustos, el gobernador que Carrera había colocado en Córdoba, le traicionaba abiertamente, y se pasaba a los contrarios. Mendizábal y los Cazadores de Los Andes, eran deshechos en San Juan, al mismo tiempo que don Martín Rodríguez organizaba en Buenos Aires, con la mayor actividad y a toda prisa, un ejército respetable.

Parecía que Carrera no podía evitar su ruina.

En este apuro, encuentra repentinamente auxiliares donde menos lo esperaba. La fama de sus hazañas había llegado hasta los indios de la pampa. Un veterano chileno de Carrera, que, por inclinaciones salvajes, había abandonado la vida civilizada para irse a habitar con los bárbaros, y que se había conquistado grande influencia entre ellos, fomentó el entusiasmo que don José Miguel les inspiraba. De todo esto resultó, que los caciques enviasen al general chileno diputados para ofrecerle el apoyo de sus lanzas.

Carrera escuchó desde luego tal mensaje con asombro y desconfianza: ¿no sería aquello una red de sus adversarios? Pero después, instruido de lo que había de cierto, aceptó la oferta, y se fue con su diminuta división a buscar en la pampa un asilo contra el furor de sus enemigos. En aquellas circunstancias, según la expresión de un poeta, no le quedaba más recurso, que su espada y el desierto.




- IX -

Los indios vinieron a encontrarle para conducirle a sus tolderías; pero antes de alejarse de la frontera, sin que Carrera pudiera evitarlo a pesar de sus esfuerzos, asaltaron, en los últimos días de noviembre de 1820, la población del Salto; y según su costumbre, cometieron en ella atrocidades sin cuento. Saquearon las casas, robaron las mujeres, y no respetaron ni los templos.

Los adversarios de don José Miguel se aprovecharon de este suceso lamentable para atizar la odiosidad pública contra un caudillo a quien detestaban. Como no podía menos de suceder, lograron completamente sus deseos. La irritación que produjeron en Buenos Aires las horrorosas escenas ejecutadas por los bárbaros en el Salto, facilitó el equipo de un numeroso ejército, con el cual don Martín Rodríguez partió en Persecución de los montoneros. Sin embargo, no los siguió sino a larga distancia; y teniendo miedo de comprometerse muy adentro en la pampa, al fin abandonó el intento de alcanzarlos.

Carrera y los suyos continuaron su viaje en entera seguridad.

A los treinta y dos días, llegaron a las tolderías de los indios. Allí descansaron de sus fatigas, y vivieron algún tiempo.

Durante su permanencia en aquellos agrestes lugares, don José Miguel adquirió en breve sobre los salvajes ese predominio que, en otras épocas de su existencia, había alcanzado sobre la gente civilizada.

Había en ese hombre algo del Alcibíades griego. Poseía la flexibilidad de maneras de ese héroe ateniense que, en Esparta, ejemplarizaba con su sobriedad a los discípulos de Licurgo; que, en Jonia, era el más voluptuoso; que, en Tracia, pasaba por el mejor jinete y el mayor bebedor; y que, en Persia, asustaba con su lujo a los sátrapas del gran rey.

Carrera también había sido en España un oficial bravo y alegre; en Chile, un revolucionario hábil y audaz; en Estados Unidos, un proscrito circunspecto y emprendedor; en Montevideo, escritor y diarista; entre los montoneros de Entre Ríos y Santa Fe, incansable batallador; en la pampa, un gaucho eximio en el manejo del caballo y de la lanza.

Aprendió a hablar el idioma de los indios como el más elocuente cacique, y les imitó hasta la perfección sus costumbres, como si se hubiera educado entre ellos. Los indios no le ocultaban su admiración, y no le nombraba de otro modo que Fichi Rei o Reyecito.

Carrera no permaneció por largo tiempo aislado en las tolderías. La ociosidad desmoralizó su tropa, que (advertiré de paso) no recibía ninguna paga, y desarrollo entre los soldados tendencias sediciosas.

El general chileno estimó que aquel terrible mal no tenía más remedio, que volver otra vez a los combates, y determinó ir sin tardanza a tentar en Chile la fortuna. Se despidió de los caciques sus amigos, y se encaminó a la cordillera de los Andes con un cuerpo de ciento cuarenta chilenos y cuarenta indios que le servían de baqueanos.

A poco andar, se perdió en la inmensidad de la pampa. Ni los indios, ni mucho menos él, sabían absolutamente donde estaban.

Treinta y tres días, permanecieron en aquella cruel situación, alimentándose con carne de caballo, y bebiendo agua salobre, que ni aún así encontraban siempre.

Al cabo, fueron a salir a la frontera de Córdoba.

En este punto, supieron que las provincias limítrofes de la cordillera estaban preparadas para cerrarles el paso. O’Higgins había repartido entre ellas armas y dinero en abundancia, y les había hecho además magníficas promesas para que detuvieran a su temido y odiado rival. Si los carrerinos querían llegar hasta Chile, tenían, pues, que abrirse paso por entre varios ejércitos. Esta consideración no les acobardó, y continuaron su peligroso viaje.

En Chaján, encontraron una división de cordobeses, y la desbarataron. En el llano del Pulgar, márgenes del Río Quinto, vinieron a las manos con otra perteneciente a la provincia de San Luis; y después de una pelea sangrienta, la aniquilaron casi del todo.

Después de estas ventajas, todavía les quedaba que combatir para conquistarse el permiso de trepar por los Andes; pero el recuerdo de sus recientes triunfos y la esperanza de otros nuevos, debían animarlos. Sin embargo, desistieron de su primera resolución, y volvieron atrás.




- X -

Voy a explicar los motivos de esta variación, que quizá parecerá extraña.

Don Miguel Zañartu había vuelto a la capital del Plata, y trabajaba con tesón en la ruina de Carrera. El estudio de los hechos le había dado a conocer que una de las principales causa de la impunidad que conseguía don José Miguel, era la desunión de las provincias. En efecto, las fuerzas de cada una de ellas no le perseguían sino mientras él recorría sus respectivos territorios; pero una vez que se retiraba al de otra, abandonaban el cuidado de rechazarle a quien correspondiese. No había unión en el ataque, y era eso lo que salvaba al caudillo chileno.

Zañartu se empeñó en que los gobernadores ajustasen entre sí una especie de alianza ofensiva y defensiva para auxiliarse mutuamente contra las correrías de los montoneros; y cuando lo hubo obtenido a costa de mil dificultades, respiró, porque creyó segura la pérdida de Carrera.

Luego que hubo allanado este primer obstáculo, se puso a trabajar para que la destrucción de su enemigo fuera pronta. He aquí los medios que empleó para lograrlo. Persuadió a don Martín Rodríguez que lo que convenía para libertar de aquella guerra desastrosa a la República Argentina era obligar a don José Miguel a que no retardase su entrada a Chile. En este país, estaban tomadas todas las medidas necesarias para castigarle luego que se presentase. De esta manera, conseguía Zañartu que Rodríguez se esforzase en acosar a Carrera, y en perseguirle de cerca.

Al mismo tiempo, dirigía comunicaciones en igual sentido a los demás gobernadores con el objeto de que cayesen en manos de don José Miguel, y le retrajesen de atravesar la cordillera con la amenaza de los grandes preparativos que se habían hecho en Chile para recibirle. Presumía que esta noticia le haría volver atrás, y estrellarse con sus perseguidores. La destrucción de don José Miguel sería así pronta, y se verificaría en la República Argentina, y no en Chile, donde siempre ofrecería algunas dificultades.

Las previsiones de Zañartu se realizaron en gran parte. Los montoneros interceptaron uno de aquellos oficios; y habiéndose impuesto de su contenido, no estimaron suficientes para penetrar en su patria las fuerzas con que contaban; y pidieron a su jefe Carrera que tratara de engrosar su número, antes de continuar ellos la marcha.

Coincidió con este incidente el envío de un mensaje de Ramírez, por el cual anunciaba que iba a hacer una expedición contra Buenos Aires, y ofrecía a don José Miguel para después de la victoria un refuerzo considerable, caso que se volviese a auxiliarle con sus chilenos en la invasión proyectada.

Lo dicho explica la determinación de retroceder que tomaron los montoneros después de la acción del Pulgar.




- XI -

Cuando Carrera contramarchó hacía la provincia de Buenos Aires, la tropa de Ramírez no había pasado todavía el Paraná. Para aguardar a que llegase, don José Miguel se puso a recorrer el territorio de Córdoba.

Nadie le opuso resistencia. El gobernador Bustos se retiró con su gente a un punto fortificado en las inmediaciones del Río Tercero; y de allí, no se movió. Todas las poblaciones de la provincia se entregaron sucesivamente a Carrera a medida que se fue presentando en ellas. Sólo Córdoba le cerró sus puertas, y prefirió soportar un sitio antes que abrírselas.

En esta expedición, se unió al general chileno con ochocientos milicianos el coronel don Felipe Álvarez, hombre muy influente en la provincia, que en adelante no debía abandonarle nunca, que debía acompañarle hasta el cadalso.

Carrera esperaba que su aliado Ramírez viniera a reunírsele al frente de un ejército de cuatro mil soldados; pero de repente supo que aquel caudillo acababa de sufrir una espantosa derrota, y que de todas sus legiones apenas le restaban cuatrocientos hombres.

Las peripecias como éstas no eran asombrosas en aquellas montoneras más bien que campañas. Nadie se asustaba por esas alternativas de desgracia o felicidad; don José Miguel, menos que cualquiera otro; sabía que eran cosa corriente en aquella especie de guerra. Así, sin desanimarse lo menor por tal revés, incorporó sus fuerzas con las reliquias que quedaban al gobernador de Entre Ríos, y los dos se encaminaron contra Bustos.

Al aproximarse sus enemigos, abandonó éste la posición donde se había mantenido encerrado; y siendo perseguido de cerca por ellos, fue a parapetarse en la Cruz Alta, villa de la frontera, que estaba fortificada para rechazar los ataques de los indios.

En este paraje, una torpeza de Ramírez hizo soportar un gran descalabro a los carrerinos, que fueron rechazados con pérdida, y forzados a replegarse.

Por este motivo, Ramírez y Carrera se disgustaron; y aunque no quebraron del todo, sin embargo, convinieron en volver a separar sus fuerzas, y en obrar con entera independencia uno de otro. Marchando hacía lados diferentes, se proponían además dividir la atención de sus contrarios, y escapar más fácilmente de la persecución.

Ramírez se dirigió hacía el norte para Santiago del Estero; y Carrera, al occidente para San Luis; quería acercarse otra vez a los Andes, la única barrera que le apartaba de esta patria adonde tan ardientemente deseaba regresar.

En las inmediaciones de la villa de Concepción, vecina al Río Cuarto, encontró un cuerpo de tropas mendocinas; y aunque les era muy inferior en número, señaló con una nueva victoria todavía su peregrinación por la República Argentina.

Esta facilidad para triunfar, a pesar de la escasez de recursos, dio a Carrera, entre los campesinos, la fama de hechicero. Aquellas pobres gentes no podían explicarse tan constante y buena fortuna en la guerra, sino atribuyéndola a causas sobrenaturales. Referían mil patrañas a este respecto. Contaban, entre otras cosas, que había quien hubiera visto a Carrera, durante un combate, sacar del bolsillo un papel blanco, arrojarlo al viento, y hacer brotar de la tierra por la virtud de tal conjuro, legiones de soldados cuyo empuje nadie era capaz de resistir. Una reputación como ésta no dejaba de aprovecharle, y apartaba de su camino más de un enemigo.




- XII -

Don José Miguel, continuando su marcha, se apoderó sin resistencia de la ciudad de San Luis. Después de algunos días de mansión en este punto, determinó trasladarse a San Juan para organizar un ejército, y emprender el pasaje de la cordillera en el próximo verano.

Con este objeto, puso en movimiento su división el 21 de agosto de 1821.

Don José Miguel era poco conocedor de aquella comarca, y se vio obligado a confiarse de guías que no tuvieron ningún escrúpulo en traicionarle. Comenzaron a conducirle por sendas solitarias y fragosas, donde faltaba el alimento para los hombres, el pasto para los animales, el agua para unos y otros.

La tropa había salido de San Luis mal montada. Las correrías anteriores habían aniquilado los caballos, y no había habido oportunidad de reemplazarlos. La áspera marcha de San Luis a San Juan acabó de poner inservibles aquellas bestias extenuadas.

Muchos de los soldados abandonaban sus cabalgaduras, a las cuales el cansancio impedía andar, y preferían continuar la ruta a pie, y tirándolas de la rienda. Otros, se veían forzados a cambiarlas por mulas enflaquecidas, que habrían podido suplir para un viaje, pero no para un combate.

Esta escasez de elementos tan precisos desconsolaba a los soldados, arrebatándoles todas las ilusiones. Así, marchaban desanimados, sin confianza en el porvenir, sin esa conciencia de sus fuerzas, condición de la victoria.

Carrera participaba de la misma inquietud, sentía el mismo decaimiento. Nadie sabía mejor que él cuánto importaba la caballería en una guerra de esta especie, donde los encuentros eran por lo general embestidas de jinetes.

Su situación se empeoraba a cada jornada. La fragosidad del camino disminuía por días el poco vigor que restaba a los caballos fatigados por el duro servicio que se les imponía.

Sin embargo, no había más arbitrio que continuar adelante, y seguir superando con un trabajo indecible las dificultades del terreno. No podían retroceder de ningún modo. Poco después de la partida de los montoneros, los mendocinos habían recobrado a San Luis. Los secuaces de don José Miguel no tenían ya a su retaguardia ningún asilo; y aun cuando hubieran conservado esa ciudad, ¿de qué les habría servido? Habían estado ya en San Luis, y la extenuación de la provincia no les había absolutamente permitido proveerse de caballerías.

No les restaba otra esperanza, que la de proporcionarse en San Juan los caballos que necesitaban. Eso era lo único que podía salvarlos; mas para que así fuese, era preciso evitar hasta entonces el encuentro del enemigo. En la triste situación en que se hallaban, un combate era para ellos la derrota, la destrucción.

Convencido de esta verdad, don José Miguel ponía en juego todos los recursos de su ingenio para ocultar su dirección a sus contrarios, y diferir toda pelea; ignoraba que sus propios conductores servían de espías a los mendocinos, y los mantenían al corriente de cuantos pasos daba la división.




- XIII -

El 31 de agosto de 1821, se hallaba Carrera con sus compañeros en la Punta del Médano, lugar inmediato a la ciudad de San Juan. Pensaba con fundamento que aquel día adquiriría los caballos necesarios para montar a sus soldados; y con este fin, desde el alba, se había puesto en movimiento.

De repente divisó formado en batalla el ejército de Mendoza, que mandaba el coronel don José Albino Gutiérrez.

Esta fuerza alcanzaría como a ochocientos soldados. Don José Miguel apenas contaba con quinientos; y de esos, a lo sumo doscientos cabalgaban sobre caballos debilitados; los demás estaban a pie, o iban sobre mulas. Sin embargo, era indispensable venir a las manos, pues no había remedio: o combatían, o se entregaban. Era imposible aplazar la acción.

El general dio orden a Benavente de que se pusiera a la cabeza de los jinetes disponibles que tenían, y de que cargara con ellos.

El coronel Benavente obedeció.

El terreno era arenoso y movedizo; los caballos se enterraban en aquella tierra suelta, y experimentaban la mayor dificultad para moverse; un polvo sutil y delgado quitaba la vista a los soldados, que los dirigían al galope contra el enemigo. Estos embarazos acabaron de rendir a aquellos hombres y a aquellos animales agotados de hambre y de fatiga. No obstante, continuaron a fuerza de espuela su camino.

Los mendocinos habían abierto delante de su línea una profunda zanja; la naturaleza del suelo les había hecho aquella operación fácil y poco larga.

Los jinetes de Benavente se encontraron detenidos en su carga por este obstáculo, y se desordenaron. Los que intentaron hacer saltar a sus macilentas cabalgaduras por sobre la zanja, cayeron rodando dentro de ella, y perecieron. Los demás no soportaron el tiroteo sostenido de los contrarios, y volvieron caras.

Diversas ocasiones, se rehicieron, y tornaron al combate; más otras tantas, fueron de nuevo rechazados. Con esto, a despecho de las exhortaciones de sus jefes, los carrerinos quedaron completamente desalentados.

Estaban precisamente en ese momento de indecisión que precede a una derrota, cuando distinguieron a lo lejos una gran polvareda. No tardaron en averiguar que era levantada por las tropas de San Juan que venían en ayuda de las de Mendoza. Esta incidencia concluyó la función, y determinó la fuga de los montoneros.

Carrera, Benavente y el coronel cordobés don Felipe Álvarez emprendieron la retirada a la cabeza de ciento cincuenta soldados, último resto de la división. La caballería de Gutiérrez los persiguió por un largo trecho; pero al fin lograron tomar la delantera, y la dejaron atrás unas cuantas leguas.




- XIV -

Aquel grupo de fugitivos continuó la marcha con toda ligereza; pero la velocidad con que caminaban no impidió que se tramase entre ellos, y se ejecutase en pocas horas una negra traición. La desgracia es a veces una mala consejera para los hombres, y suele despertar las pasiones depravadas que se ocultan en las almas.

Los compañeros de don José Miguel, considerando desesperada la causa de su jefe, comenzaron a concebir el designio de comprar su propia impunidad a precio de la entrega de aquél a quien hasta entonces habían servido, a quien hasta entonces habían respetado.

Cuatro oficiales, cuyos nombres y apellidos eran don Rosauro Fuentes, don José María Moya, don José Manuel Arias, y un tal Inchaurte, fueron los promotores de esa infamia. Dijeron a los soldados que Carrera únicamente trataba de escaparse para algún país extranjero, con sus principales amigos; y que a ellos, los abandonaría a la venganza del gobierno. Era preciso prevenir ese golpe, asegurar las personas del general y de los oficiales, y rescatar su libertad a costa de la de estos.

Los planes de aquellos malvados fueron aceptados; y tanto ellos, como sus cómplices, resolvieron ponerlos en planta sin demora.

Toda esta maquinación se había fraguado trasmitiéndose las palabras por lo bajo de línea en línea, y sin que la columna hubiera hecho alto un solo momento.

La noche estaba oscura, y serían como las dos de la mañana.

Improvisadamente interrumpió el silencio la voz de: «¡Alto!»; pronunciada con violencia.

Los que no estaban en la trama, pensando que el enemigo los había cortado, iban a prepararse para la defensa, cuando se sintieron sujetados por los mismos que marchaban a su lado.

Este pensamiento fue también el que ocurrió a don José Miguel, y alcanzó a exclamar:

-¡A mí, mis chilenos!

A este grito, se vio rodeado por varios individuos, entre los cuales se distinguían Inchaurte y Moya, quienes respondieron a su petición de auxilio:

-Está usted preso, entregue las armas.

Carrera, forcejando, logró libertarse de aquéllos que pretendían asegurarle, y contestó con dos pistoletazos a sus intimaciones; pero habiendo errado la puntería de ambos, quedó desarmado a merced de los traidores.

El teniente irlandés Doolet, que trató de defender a su general, recibió una grave herida.

Todos los oficiales quedaron prisioneros de sus propios soldados, menos el coronel Benavente, que consiguió fugarse.

Sin tardanza, los jefes del movimiento despacharon dos mensajeros el uno a Mendoza, y el otro al campamento de don Albino Gutiérrez, para noticiar a uno y otro punto lo que había sucedido.

Luego que tomaron esa providencia, se pusieron en marcha para la ciudad. Conducían consigo a don José Miguel amarrado de pies y manos, como si fuera un facineroso. Le habían intimado so pena de la vida que no dirigiera una sola palabra a los soldados. Los jefes del motín temblaban de que recobrase sobre la tropa ese predominio que la reciente catástrofe no había hecho sino adormecer.

En el primer alto que hizo la columna, Moya se manifestó pesaroso de su conducta; y a fin de reparar en parte el mal a que había contribuido, obtuvo de sus cómplices permiso para escribir en nombre de los cuatro una carta a don Tomás Godoy Cruz, gobernador de Mendoza, intercediendo por la vida de los oficiales que conducían prisioneros.

Un jinete se adelantó para ser conductor de aquel escrito cuyo contenido misericordioso había sido inspirado por el remordimiento. Antes de que entrasen a la población, regresó el enviado con respuesta, en la cual Godoy prometía el perdón que se le había pedido.




- XV -

Los montoneros llegaron a Mendoza la noche del 1.º de septiembre. Los oficiales fueron encerrados en el cuartel de Santo Domingo; Carrera y el coronel Álvarez, en un calabozo de la cárcel.

Estos últimos encontraron en su triste alojamiento a su amigo don José María Benavente, a quien una pesada barra de grillos impedía moverse.

Los tres prisioneros principiaron por contarse sus aventuras desde que se habían separado. Sabemos ya lo que había ocurrido a Álvarez y Carrera. En cuanto a Benavente, poco después de su fuga, se le había cansado el caballo, y se había visto forzado a quedarse agotado de fatiga en medio del camino. Allí le había sorprendido un destacamento, y le había conducido a Mendoza. Había entrado de día a la ciudad; la plebe se había agolpado a su pasaje, y le había insultado; una mujer le había dado un bofetón en el rostro, un hombre le había arrebatado el sombrero, el capitán que le custodiaba le había quitado el reloj.

Aquellos tres valientes sospechaban demasiado bien la suerte que debía estarles reservada; sin embargo, pasaron una noche, que quizá era para ellos la última, conversando tranquilamente, como lo habían hecho en otras ocasiones alrededor de una fogata la víspera de una batalla.




- XVI -

Al día siguiente, hizo su entrada triunfante en la ciudad el vencedor de la Punta del Médano, don José Albino Gutiérrez. Acampó su tropa en la plaza principal; y con el tono de quien todo lo puede, exigió la muerte de Carrera, Álvarez y Benavente.

El 2 de septiembre, a las once de la noche, los prisioneros fueron sacados de su calabozo, y llevados a una pieza donde los esperaba el mayor Cavero, que desempeñaba las funciones de fiscal, el teniente Chenado y el mayor de plaza Corvalán. Cavero les notificó que nombrasen defensores.

Don José Miguel, tomando la palabra por sí y sus compañeros, contestó qué mal podían proceder a tal nombramiento cuando no sabían de que se les acusaba, cuando ignoraban los cargos a que deberían responder; que si el ánimo de los gobernantes era fusilarlos, debían dejarse de ceremonias inútiles, y condenarlos al suplicio por un simple decreto.

El fiscal, todo cortado, no supo que replicar, y se limitó a decir que era preciso cumplir la orden que se le había dado.

Los prisioneros convinieron al fin en designar por defensores a tres oficiales del país, que sus propios interrogantes les señalaron. Ninguno de los tres elegidos admitió la comisión.

Los reos volvieron a ser encerrados en el calabozo, donde permanecieron sin ninguna novedad, y sin que se les hiciera saber ninguna otra tramitación de su juicio, hasta las ocho de la noche del día 3.

A esa hora, los sacaron de nuevo, y les leyeron una especie de sentencia, concebida del modo siguiente:

«Vistos, conformándome con el parecer del consejo de guerra, serán pasados por las armas en el perentorio término de dieciséis horas el brigadier don José Miguel Carrera, el coronel don José María Benavente y el de igual clase don Felipe Álvarez.

Mendoza, etc.

Godoy Cruz».



Los tres escucharon sin inmutarse la lectura de esa pieza fatal. Desde que habían sido presos, aguardaban este resultado, y no les asombraba lo menor.

Don José Miguel pidió que le permitiesen hablar con el presbítero don José Peña, confesor de su suegra, y despedirse de esta misma señora, que a la sazón estaba confinada en Mendoza. El fiscal le contestó que vería.




- XVII -

Los tres condenados regresaron a su prisión, en la cual se les dejó solos e incomunicados hasta las seis y media de la mañana del día 4 de septiembre.

Entonces entró a visitarlos don Juan José Benavente, hermano de don José María, que ejercía el comercio en la ciudad de Mendoza. Venía a decirles que no conservasen la más remota esperanza de la vida.

Les contó que había ido en compañía de muchos ciudadanos respetables a pedir al gobernador intendente la gracia de su hermano el coronel. Godoy Cruz se había ablandado con sus súplicas; pero les había manifestado que no podía hacer nada sin la aprobación de don José Albino Gutiérrez. Los solicitantes, sin pérdida de tiempo, habían pasado con el mismo aparato a la presencia del jefe victorioso; más Gutiérrez, dándose aires de conquistador, había rechazado todos los ruegos, y permanecido inexorable. La sentencia iba a ejecutarse sin remedio.

Carrera volvió a instar porque se le permitiera una conferencia con su suegra y el presbítero Peña; tenía asuntos de familia que comunicarles. Le respondieron que las dos personas de que hablaba estaban enfermas, y no podían acudir a aquel llamado.

Don José Miguel hizo entonces que le trajeran papel y tinta, y se puso a escribir la siguiente carta a su esposa doña Mercedes Fontecilla:

«Sótano de Mendoza, septiembre 4 de 1821.

(9 de la mañana).

Mi adorada, pero muy desgraciada Mercedes:

Un accidente inesperado y un conjunto de desgraciadas circunstancias me han traído a esta situación triste. Ten resignación para escuchar que moriré hoy a las once. Sí, mi querida, moriré con el solo pesar de dejarte abandonada con nuestros tiernos cinco hijos, en país extraño, sin amigos, sin relaciones, sin recursos. ¡Más puede la Providencia, que los hombres!»



Llegaba a este punto de la última despedida que había de dirigir a su mujer, cuando se introdujo un oficial para anunciar a los reos que probablemente no serían ajusticiados; tenía datos para creer que iba a revocarse la orden de matarlos.

Don José Miguel, tan pronto como hubo escuchado la plausible nueva, como si se hubiera propuesto tener a su esposa al corriente de todas las impresiones que iba recibiendo, continuó así la carta interrumpida:

«No sé por qué causa se me parece como un ángel tutelar el oficial don... Olazábal con la noticia de que somos indultados, y vamos a salir en libertad con mi buen amigo Benavente y el viejito Álvarez que nos acompaña».



Entre tanto, Olazábal se retiró prometiendo tornar pronto con la confirmación de lo que les había asegurado.

Transcurrió enseguida como un cuarto de hora.

Los prisioneros estaban agitados por la ansiedad; no sabían si aquél sería o no su último día.

Al fin de ese tiempo, el carcelero se presentó en la puerta del calabozo, y llamó a Carrera en nombre del mayor de plaza.

Don José Miguel entendió lo que aquello significaba, y pidió que le concedieran unos cuantos minutos antes de partir. Tomando entonces un lápiz, escribió por los dos lados de una angosta tira de papel:

«Miro con indiferencia la muerte; sólo la idea de separarme para siempre de mi adorada Mercedes y tiernos hijos despedaza mi corazón. ¡Adiós, Adiós!»



Álvarez había salido poco antes con el objeto de prepararse para morir, por si no se realizaba la noticia de Olazábal.

Benavente fue dejado en el calabozo.




- XVIII -

A la puerta de la cárcel, encontró Carrera la escolta que debía custodiarle hasta el banco, a algunos sacerdotes que le ofrecieron sus servicios, y al coronel Álvarez, que debía acompañarle en el cadalso, como le había acompañado en la última campaña.

Los dos condenados estaban serenos, y desafiaban el odio de sus enemigos.

Un gentío inmenso había acudido a presenciar aquel sangriento espectáculo.

Don José Miguel contempló aquella multitud de espectadores con la mayor sangre fría; pero manifestó repugnancia de que hubieran venido mujeres a divertirse con un suplicio:

-¡Qué incivil es este pueblo! -dijo- Ya se ve, ¡educado por Luzurriaga! ¿En qué parte se ve que salgan las mujeres a presenciar este espectáculo?

Habiendo notado que un muchacho le estaba sacando la lengua, miró a aquel pilluelo maligno sonriéndose y con una alegría natural, que revelaba la mayor tranquilidad de espíritu.

Después se puso a examinar la guarnición que estaba formada y sobre las armas, e hizo al oficial que iba encargado de su custodia, varias observaciones relativas a la tropa.

En este momento, se le acercó uno de los sacerdotes diciéndole que se ocupase en Dios, y no se distrajese con las cosas que le rodeaban:

A Dios -le respondió Carrera- le llevo, no en los labios, sino en el corazón, que es lo que vale.

Cuando llegó al lugar del suplicio, el mismo donde habían perecido sus dos hermanos, se sentó en el banco sin ninguna apariencia de temor, pero sin afectación.

En ese instante, oyó pronunciar su nombre en alta voz; levantó la vista, y vio en un balcón unas señoras que parecían conocerle; se llevó la mano a la gorra, y las saludó con cortesía.

Uno de los religiosos que le cercaban le indicó que perdonase a los que le habían ofendido, y pidiese él mismo perdón por sus faltas:

-A mis enemigos -dijo don José Miguel- los perdono, si es que el olvido de sus agravios puede hacerles suspender la persecución contra mi familia. Por lo que a mí toca -continuó-, como creo haber obrado siempre con rectitud, no solicitaré el perdón de ninguno de mis contrarios, y menos de los mendocinos, a quienes considero los más bárbaros de todos.

Después de esto, rogó que se entregaran a su suegra su reloj y una manta de valor que llevaba, para que ella transmitiera estas prendas a sus hijos como un recuerdo del desgraciado a quien debían el ser.

El verdugo se aproximó para atarle los brazos. Al notar sus intenciones, don José Miguel, indignado, se puso de pie, y preguntó al oficial que mandaba la ejecución:

-¿Ha visto Usted alguna vez que un militar de honor se deje amarrar por un facineroso?

Tampoco permitió que le vendaran los ojos.

Volvió a sentarse con gran calma sobre el banco, y colocó su mano sobre el pecho. Entonces la voz de: «¡Fuego!»; se hizo oír, se siguió una descarga, y el jefe de los montoneros expiró en el acto. Dos balas le habían roto la frente, y otras dos, atravesándole la mano, le habían penetrado hasta el corazón.

El coronel Álvarez sucumbió poco más o menos al mismo tiempo.

Don José Miguel Carrera perdió la existencia el 4 de septiembre de 1821, a los diez años día por día de haber comenzado en Chile su vida pública. Aquél era precisamente el aniversario del primer movimiento que capitaneó contra el congreso de 1811. A las doce de la mañana de un día que llevaba la misma fecha, se había mostrado en la plaza de Santiago lujosamente vestido, victoreado por el pueblo y por la tropa, animado por la ambición, confiado en el porvenir, lleno de esperanzas. ¿Quién le habría dicho entonces que diez años más tarde había de perecer casi a la misma hora en un cadalso?

El verdugo cortó al cadáver de Carrera la cabeza y el brazo derecho, miembros que fueron clavados y expuestos a la contemplación de todos en lo alto de la casa que ocupaba el ayuntamiento. Algún tiempo después, fueron separados de aquel sitio, y enterrados en la misma tumba que guardaba los demás restos.




- XIX -

Por aquellos días, un cura de San Luis que había conocido a don José Miguel, pero que era su enemigo, hizo una apreciación notable de las sobresalientes prendas con que le había dotado la naturaleza, en una carta escrita para noticiar a otra persona la triste suerte que aquel había corrido. Voy a copiar algunas de las palabras de ese adversario que, por su origen mismo, dicen en elogio de Carrera más que el panegírico de un amigo:

«Aunque la muerte de Carrera -escribía el dicho cura- es una felicidad y su vida una calamidad para la patria, no he podido dejarle de sentir, porque mi razón y mi corazón tienen que luchar conmigo mismo, cuando recuerdo las aptitudes de este grande hombre, a quien traté algo de cerca.

Su personaje físico era el más interesante; sus ojos exprimían todas las pasiones de su alma; sus modales eran los más arreglados y finos; su lenguaje ganaba todos los espíritus y corazones. El error y la mentira tenían en su boca todo el aspecto de la verdad y la sinceridad. No había en él la menor pedantería; sus conversaciones las más criminales tenían toda la decencia de la virtud; sus vicios ya no parecían feos desde que él comenzaba a hacer su apología. En una palabra, amigo mío, Carrera ha sido un hombre tan grande por sus talentos cual lo habían menester las necesidades de la patria; ella no producirá en mucho tiempo un genio tan capaz como el suyo de hacer la felicidad o la desgracia pública. Creo firmemente que la Providencia se ha apiadado de nosotros, cuando le hizo perecer».






- XX -

Habiendo dado a conocer los hechos que produjeron el suplicio de Carrera, y las circunstancias que lo acompañaron, sólo me resta hablar del destino que tuvieron sus demás camaradas.

He dicho más arriba que don José Albino Gutiérrez había desatendido las súplicas de muchos vecinos notables de Mendoza que le pedían gracia en favor de Benavente. Tan dura repulsa no desanimó a los amigos de éste, los cuales determinaron tocar otros arbitrios para conseguir su objeto. Efectivamente, hicieron que volviera a dirigir en persona a Gutiérrez igual petición la mujer de don Juan José en unión de muchas señoras principales vestidas todas de luto. Esta vez el augusto vencedor se dejó enternecer, y concedió a las esposas e hijas lo que había negado a los maridos y padres. Merced a ese irresistible influjo, Benavente fue salvado.

Casi todos los demás oficiales de la montonera fueron remitidos a Chile; y de aquí, al Perú a disposición de San Martín.






ArribaAbajoCapítulo XIV

Reorganización de las bandas de Benavides en la frontera.- Ventajas que este caudillo obtiene sobre los patriotas.- Acción de Talcahuano.- Acción de la Alameda de Concepción.- Tercera insurrección de Benavides.- Acción de las vegas de Saldías.- Solicitud de Benavides para entregarse al gobierno.- Su tentativa para fugarse al Perú.- Su prisión en la costa de Topocalma.- Su ejecución.



- I -

Casi simultáneamente con la insurrección trasandina de Carrera, que acabo de referir, inquietaban al gobierno de Santiago los progresos del caudillo realista Benavides en el sur de la república. La derrota de Curalí no había agotado sus recursos, como lo habían esperado los patriotas. Después de una batalla que se había creído decisiva en la contienda, aquel jefe de bandidos se había levantado más amenazante, más formidable.

En el fondo de la Araucanía, había encontrado nuevos elementos de resistencia; y con indios y dispersos, había organizado nuevas bandas para renovar las hostilidades.

Los gobernadores realistas de Valdivia y de Chiloé le habían enviado auxilios de armas y de gente.

El virrey del Perú se los había también remitido; le había agraciado con los despachos de coronel, y le había hecho entregar un cierto número de diplomas en blanco para que premiase a aquéllos de sus subalternos que en su concepto lo mereciesen.

Este potentado, que veía con susto los preparativos que se hacían en Chile para invadir sus dominios, no hallaba otro arbitrio de estorbarlos, que atizar la guerra en nuestro suelo, y fomentar la insurrección de Benavides.

Sus cálculos le salieron erróneos; el director O’Higgins llevó adelante, como se ha visto, la expedición libertadora, no obstante las correrías cada vez más alarmantes de los españoles en el sur del territorio; pero fue aquel un arriesgón atrevido en que casi se jugó la estabilidad de la república. Con el levantamiento de aquel ejército y escuadra, el Estado quedó agotado; el erario se hallaba vacío; las tropas que restaban para guarnecer el país estaban aniquiladas.

Freire no tenía en el sur, sino el esqueleto de una división. Los rigores de una campaña tan cruda, como era la que se hacía en la frontera, habían diezmado sus batallones, y puesto fuera de servicio a un gran número de sus soldados. No encontraba en aquellas comarcas devastadas por una larga guerra los recursos que necesitaba para reorganizarse. Tampoco conseguía que le vinieran de Santiago, por más que lo solicitaba con instancia.

No era tal la situación de Benavides. Por las causas que he explicado más arriba, este se hallaba boyante. Tenía reunido un ejército de dos mil hombres bien armados, y contaba con embarcaciones que pirateaban en las costas vecinas. Así, un jefe de bandoleros estaba mejor equipado, que el general de las fuerzas chilenas.

Benavides reconoció las ventajas de su posición, y levantó el blanco de sus pretensiones. Ya no se contentó con hacer escaramuzas por las regiones fronterizas, sino que pensó en dar batallas. En su campamento, no se hablaba sino de la toma de Santiago. Benavides mismo escribía al virrey que le mandase cortar la cabeza, si no se apoderaba de la primera ciudad del país. Aquellos montoneros, vista la debilidad del enemigo que tenían al frente, se juzgaban bastante fuertes para abrirse camino hasta la capital de la república.




- II -

En septiembre de 1820, el resultado de las operaciones de Benavides comenzó a inspirar serios cuidados a los patriotas. En pocos días, las tropas realistas ganaron tres victorias, y casi se posesionaron de todo el sur.

El 20 de ese mes, don Juan Manuel Pico, segundo de Benavides, a la cabeza de mil quinientos hombres, derrota completamente en Yumbel un escuadrón de cazadores mandados por el teniente coronel Viel. La buena fortuna de este último y la ligereza de su caballo le salvan de caer en manos del vencedor, que daba la muerte a todo oficial prisionero.

A los tres días, el mismo Pico encuentra en el Pangal al coronel don Carlos M. O’Carrol; destroza su división; uno de los indios que siguen la montonera enlaza a este desdichado jefe mientras procura escaparse, y Pico le manda fusilar.

Tres días después, Benavides que se ha reunido con el cuerpo de su teniente, obliga en Tarpellanca al mariscal don Andrés Alcázar a que se rinda, prometiéndole que respetará su vida y la de sus oficiales; y enseguida, con desprecio de lo pactado, ordena asesinar sin misericordia al jefe y todos sus subalternos.

Después de estos descalabros, Freire desconfía de poder resistir en Concepción, y se retira con escasas tropas a Talcahuano.

El 2 de octubre de 1820, Benavides entra a la capital de la provincia, se establece en ella y encierra al intendente en el recinto del puerto.

Freire envía a pedir socorro con toda premura al director.

La noticia de los sucesos del sur inquieta a los santiaguinos. Nadie niega ya, en vista de lo que ha pasado, la posibilidad de que ese desertor que se ha levantado del banquillo para irse a insurreccionar, se aproxime con sus hordas hasta la ciudad donde el gobierno central ha fijado su asiento.

El director es el primero en reconocer la justicia de estos temores. Para conjurar ese riesgo inminente, da al coronel don Joaquín Prieto la comisión de trasladarse en el acto a los partidos que riega el Itata, a fin de que, reuniendo allí todas las milicias que pueda, contenga con ellas a Benavides, caso de que intente venirse sobre Santiago.

Junto con dictar esta providencia, remite por mar a Talcahuano un corto auxilio de tropas.

Freire resuelve entonces morir en el campo combatiendo y por las balas, antes que dentro de una ciudad y por el hambre.

El 25 de noviembre, saca de la plaza sus batallones, y carga a Benavides, que le sitia. La certidumbre de que no tienen otra alternativa que la victoria o la muerte, hace a sus soldados irresistibles. Los realistas son rechazados, y tienen que replegarse a Concepción.

Una copiosa lluvia impide a los patriotas completar inmediatamente su triunfo persiguiéndolos hasta allá; pero a los dos días, el 27 del mismo mes, avanzaban hasta la alameda de Concepción, donde Benavides ha concentrado sus fuerzas. Aquí unos y otros renuevan la pelea, y los de Chile obtienen una segunda victoria más decisiva, que la de Talcahuano. El valiente Freire, a fuerza de coraje, vuelve a las armas de la república el lustre que las anteriores derrotas les habían quitado.

Esta acción, como la de Curalí, parecía terminar la guerra.

Benavides fugó únicamente con veinticinco jinetes, llevándose consigo todas las prendas de valor que poseía, menos una que apreciaba más que la vida, su mujer, Teresa Ferrer. Ésta cayó en poder del vencedor, y quedó prisionera en Concepción.

Benavides no estaba tranquilo, mientras no la tenía a su lado. Su separación era para él el mayor de los males. Apenas estuvo en salvo, el recuerdo de su esposa no le dejó un momento de quietud. Teresa Ferrer era realmente para Benavides la mitad de su persona. A trueque de recuperarla, determinó arriesgarlo todo, aún la libertad, aún la existencia. Sin que le contuviera el temor de ser aprehendido, regresó de incógnito a Concepción para arrebatar a su querida Teresa, y tuvo la dicha de lograrlo sin que nadie le descubriese.




- III -

Luego que hubo puesto a cubierto de todo peligro el objeto de su amor, sólo pensó en vengar su derrota. Pico recibió orden de asolar la frontera. Nueve pueblos fueron incendiados. Todos los fundos y chacras vecinas sufrieron igual suerte. Parecía que aquellos bárbaros querían convertir la comarca en un desierto para dejar un eterno recuerdo de su pasaje.

Benavides estaba, entre tanto, casi enteramente destruido; para todos, y quizás para él mismo, su ruina era inevitable.

En esta apurada situación, la maldita captura de dos buques que cayeron en sus manos, el uno cargado de armas, vino a proporcionarle recursos para rehacerse. Mientras que él mismo reclutaba gente en la Araucanía, envió una de las naves apresadas a Chiloé en demanda de auxilios. Con los que le vinieron de la isla, y los que él se procuró en el continente, pudo formar, en la primavera de 1821, un ejército de tres mil hombres, el más numeroso y el más brillante de cuantos había acaudillado.

Estaba visto: Benavides se levantaba más terrible tras de cada derrota. Después de Curalí se había convertido de montonero en general de tropas regladas, y después de la derrota de Concepción, se hallaba a la cabeza de una división tan respetable, como nunca la había tenido.

El pensamiento que dominaba a todos los oficiales de aquel ejército, desde el jefe hasta el último, era la toma de Santiago. Las poblaciones del sur habían sido saqueadas demasiadas veces, y estaban en extremo empobrecidas para que su ocupación halagara a los realistas. La opulenta capital de la república era la única presa digna de su codicia.

Benavides estaba disgustado consigo mismo por haberse entretenido el año anterior sitiando a Freire en Talcahuano, en vez de haber marchado directamente sobre Santiago. En esta ocasión, estaba resuelto a corregir ese error. Se encontraba decidido a caminar adelante, sin fijarse en lo que dejaba atrás. ¿Qué mella podían hacer al futuro señor de Santiago las reliquias esparcidas que quedasen a su espalda?

En el mes de septiembre de 1821, atravesó con los suyos el Bío-Bío, para comenzar a poner en ejecución el plan que había concebido. Marchó derecho sobre Chillán.

El intendente de la provincia, en aquellas circunstancias, se hallaba en Santiago; pero don Joaquín Prieto guarnecía a Chillán con la división que, por orden del director, había en 1820 organizado en las regiones del Itata. Se recordará que este jefe tenía por instrucciones impedir a los realistas el pasaje para Santiago. Prieto no las había olvidado, y las cumplió al pie de la letra. Efectivamente, el 9 de octubre, salió al encuentro del enemigo, y le derrotó completamente en el sitio denominado vegas de Saldías.

Este descalabro detuvo a los conquistadores de Santiago muy lejos del término de su viaje.

Benavides y los que escaparon de la muerte o de la prisión volvieron caras, y corrieron a refugiarse en sus madrigueras de la Araucanía. El capitán don Manuel Bulnes, con un cuerpo de tropas, les siguió las huellas, y continuó hostigándolos hasta sus últimas guaridas.




- IV -

Esta vez sí que la fortuna parecía haber abandonado para siempre a los montoneros realistas. El enemigo que los perseguía sin descanso, no sólo era Bulnes, sino también la discordia.

Benavides tenía entre sus oficiales algunos peninsulares. Éstos habían experimentado siempre cierta repugnancia en reconocer por caudillo a un criollo. El prestigio y los triunfos de Benavides los habían, sin embargo, forzado a la obediencia. Pero su sumisión cesó junto con la prosperidad. La desgracia trajo, en vez de la unión que les era necesaria para defenderse, las rencillas y las competencias. Algunos de sus tenientes españoles echaron en rostro a Benavides como una traición el desastre de las vegas de Saldías, amotinaron sus bandas contra él, y comenzaron a obrar con entera independencia.

El proceder de sus subalternos exasperó a Benavides, y le puso fuera de sí. ¡Qué! ¿Había servido con tanto tesón a la metrópoli para recibir semejante pago, para obtener por único premio la ingratitud?

La rabia y el deseo de venganza le transformaron de súbito en insurgente acalorado. Si de él hubiera dependido, en aquel momento, hubiera hecho la guerra a España con tanto encarnizamiento, como había desplegado contra los revolucionarios.

Su posición era crítica; se veía perseguido por los destacamentos de Bulnes, y acosado por sus propios secuaces. En tal trance, dirigió a Prieto una carta y un oficio para proponerle a un mismo tiempo en ambos escritos una de dos cosas: o bien que la república admitiera sus servicios, que le serían muy provechosos para aquietar la Araucanía; o que se le permitiera retirarse tranquilamente con su familia y algunos amigos al punto que le acomodara. Al proponer este avenimiento, protestaba de su buena fe, y fundaba su resolución en la conducta díscola y desleal de sus subalternos españoles, y en el disgusto que le ocasionaba el que Fernando VII hubiera jurado una constitución. Benavides asentaba que se sentía dispuesto a sostener a un soberano absoluto, pero no a uno constitucional. Es casi seguro que él no entendía el significado de tales palabras; pero repetía probablemente lo que había oído a alguno de los frailes con quienes cultivaba relaciones.

El coronel Prieto dio parte al gobierno de la solicitud de Benavides para que determinara lo conveniente.

Con fecha 20 de septiembre, el director ordenó que se le admitiera la primera de sus ofertas. Creía que la influencia de un hombre como aquél ahorraría mucha plata y mucha sangre en la pacificación de las comarcas del sur.

Pero no hubo medio de notificarle que su propuesta había sido aceptada, y que estaba perdonado. Benavides se había ocultado, y eran muy pocos los que sabían su paradero. Esta circunstancia le impidió acogerse a la gracia que se le concedía, y le perdió.




- V -

Deseoso entre tanto Benavides de salir de tan falsa posición, trató de abandonar el país, y de irse al Perú.

Había buscado en Pilmaiquén, a orillas del río Lebu, un asilo contra la saña de los suyos y las persecuciones de los patriotas.

Un día del mes de enero de 1822, hizo venir a su presencia al genovés Mateo Maineri, marino de la escuadra nacional, al cual había hecho prisionero y obligado, según su costumbre, a tomar servicio entre los suyos; y señalándole una pequeña chalupa que tenía barada en la ribera del Lebu, le preguntó qué se necesitaría para llegar en aquella embarcación hasta el Perú.

Benavides sabía que el viaje era posible, aunque arriesgado. En otra ocasión, su segundo Pico había emprendido por su orden uno semejante en un esquife casi tan débil como aquél, para ir a solicitar socorros del virrey.

Maineri contempló la chalupa con ojo inteligente, y replicó a su interlocutor que, haciéndole ciertas composturas, poniéndole dos boyas, y metiendo dentro cuatro hombres de mar, él se animaba a conducirla al punto designado.

Benavides mandó al genovés que sin tardanza hiciera al bote las reparaciones necesarias, y él, por su parte, se encargó de alistar la tripulación.

En la Araucanía, no abundan los marineros. En su defecto, Benavides apalabró para que supliesen por ellos a un alférez y tres soldados.

Arreglados estos preparativos, el 21 de enero, se embarcaron en la chalupa los cuatro marineros improvisados, Maineri, que hacía de piloto, Benavides, su mujer Teresa Ferrer, su secretario don Nicolás Artigas y un niño. Los hombres iban armados, como si fueran a un combate.

El secretario Artigas había estado vacilando sobre si se comprometería o no en aquella excursión aventurada; pero Maineri le había sacado de dudas prometiéndole que Valparaíso, y no el Perú, sería el término del viaje. Los dos se habían convenido en entregar a las autoridades chilenas la persona de Benavides para comprar a tal precio la libertad y la vida. Así, en aquella pequeña barca, donde no iban sino ocho personas y un niño, se tramaba una traición, y los mismos que por fieles había escogido Benavides para compañeros de su infortunio, se ocupaban en maquinar la perdición de su jefe, mientras sus cuerpos se tocaban con el de éste en tan estrecho espacio.

La navegación duró diez días. Fue éste un tiempo suficiente para que las sospechas y las recriminaciones enemistaran al equipaje de la chalupa.

Notó Benavides que de noche desandaban en gran parte lo que de día habían recorrido. Esta observación le hizo cavilar, y la suspicacia que le era característica se alarmó con ella. Reconvino a Maineri, pero éste le dio respuestas satisfactorias. Benavides aparentó calmarse; mas en su interior, quedó siempre convencido de que le traicionaban, y tomó la resolución de volver a su proyecto primitivo de tratar con el gobierno.




- VI -

Entre tanto, se concluyó la provisión de agua. No podían continuar sin abastecerse de un artículo que es indispensable para vivir.

Estaban precisamente a la vista de las costas de Topocalma. Nada más sencillo, que desembarcar, y hacer aguada; pero la prudencia aconsejaba explorar el terreno antes de intentarlo.

Benavides ordenó a uno de los soldados que formara con dos odres vacíos una especie de balsa, y se dirigiera sobre ellos a la playa. Si alguien le preguntaba quién era, y qué gente ocupaba la chalupa, de dónde salía, debía responder que pertenecía a un comerciante inglés de vinos y de choros, y que él iba por agua, la cual faltaba a sus compañeros de viaje.

El soldado prometió cumplir con sus instrucciones, y partió para su destino en la extraña embarcación.

Este hombre, como Maineri y Artigas, tenía sus pecados que hacerse perdonar. Pocos de los que habían servido bajo las banderas de Benavides eran inocentes. Buscó, pues, cómo merecer su absolución; y en vez de referir la fábula del comerciante inglés que se le había acomodado para el caso de una interrogación, fue de motu propio, y sin que nadie le preguntara nada, a relatar cuanto sabía a tres hacendados de aquella vecindad.

Éstos, en el acto, tomaron sus medidas para prender al famoso montonero de la frontera e hicieron que el mensajero regresara a la chalupa, a fin de que asegurase a Benavides que no corría ningún riesgo en desembarcar.

Animado por este aviso, tomó Vicente tierra con sus demás compañeros el 2 de febrero de 1822. Estaba desasosegado; tenía como un presentimiento de lo que iba a sucederle. La primera persona que encontró en la playa fue un pescador. Benavides se le acercó y le suplicó que corriese a casa del juez más vecino para pedir un mozo y cabalgaduras que condujesen inmediatamente hasta Santiago a un coronel de la patria que traía consigo. Este coronel, según él, era portador de pliegos muy interesantes para el gobierno, relativos a los asuntos de Concepción.

Mientras el pescador desempeñaba su comisión, llegaron los tres hacendados de que he hablado.

Benavides les repitió el mismo pedido. Le replicaron que, hasta dentro de algunas horas, no podrían satisfacer sus deseos.

Tras de los tres hacendados, fueron acercándose sucesivamente los hombres que tenían preparados para el arresto. De repente, los fugitivos se encontraron rodeados por un número muy superior y Benavides conoció que estaba perdido. No le quedaba más recurso, que la resignación. Toda resistencia habría sido insensata.

Un poco de apresuramiento en su fuga, una casualidad, una nada le había impedido aprovecharse del perdón del director y terminar quizá sin más inquietud que sus remordimientos el resto de su vida. Pero había sucedido de otro modo, y la hora del castigo había sonado para él.

El 23 de febrero, era sacado de la cárcel de Santiago y arrastrado en un serón para ser ahorcado en la plaza principal. Después de la ejecución, se le cortaron los miembros para que se clavasen en los parajes del sur que habían sido teatro de sus principales crímenes. El tronco fue reducido a cenizas en el llano de Portales, hoy barrio de Yungay.

Después de estas precauciones, todos quedaron bien ciertos de que el terrible Benavides no resucitaría, como en 1818.






ArribaAbajoCapítulo XV

Exigencia general para que se organice legalmente la república.- Rivalidad de los ministros Zenteno y Rodríguez.- Trabajos del segundo en el ministerio.- Impopularidad que se había atraído.- Arresto de Blanco Encalada.- Triunfo de Rodríguez sobre Zenteno.- Desavenencia entre el general Freire y el ministro Rodríguez.- Venida de Freire a Santiago.



- I -

La toma de Lima por el ejército libertador a las órdenes del general San Martín, en los primeros días de julio de 1821, había abierto con un brillante triunfo la campaña del Perú, y reducido los realistas a un sistema puramente defensivo en su último atrincheramiento.

La ejecución en Mendoza de don José Miguel Carrera, el 4 de septiembre de 1821, había aniquilado la facción que acaudillaba, y puesto fin a los temores de una guerra civil.

El suplicio de Vicente Benavides, el 21 de febrero de 1822, había, si no extirpado las montoneras del sur, a lo menos quitádoles todo su carácter amenazante.

La independencia del país podía ya darse por cosa asegurada. El archipiélago de Chiloé era el único punto de nuestro territorio donde se sostenían todavía los partidarios de la España, defendidos por las tempestades australes, y los escollos de una mar alborotada. Los habitantes de Chile no divisaban, como antes, el humo del campamento enemigo desde sus principales ciudades, y el cañón no resonaba sino muy lejos, al otro lado del mar.

La victoria y la paz llevaban naturalmente los espíritus al examen de la política. Las peripecias de una lucha cuyos resultados eran dudosos no distraían, como poco había, su atención de los negocios públicos.

¿Qué se aguardaba para organizar el país? ¿Se pretendía acaso que una dictadura militar fuese su constitución permanente? Estas preguntas y otras análogas eran las que con enojo se dirigían, no sólo los ciudadanos de alta categoría, sino también la mayor parte de la gente que pensaba.

La tardanza del gobierno en corresponder a aquellos votos suscitaba críticas y murmullos. La exigencia por la reunión de un congreso era un clamor general. ¿Qué motivos con visos de razonables podían alegar el director y sus consejeros para aplazar su convocatoria?




- II -

Había contribuido no poco a fomentar la indicada excitación en la opinión la ninguna unidad que reinaba en el ministerio mismo de O’Higgins. Formaban parte de aquel gabinete dos miembros que, en lugar de apoyarse, se miraban de mal ojo, y eran, puede decirse, los jefes de otras tantas facciones. Sus rencillas trascendían del interior del palacio a la calle, atizaban el descontento, y daban pábulo y materia a las conversaciones sobre negocios de Estado.

Esos dos émulos eran don José Ignacio Zenteno, el ministro de la guerra, y don José Antonio Rodríguez, el ministro de hacienda.

El primero había sido el compañero de O’Higgins durante todo su gobierno, su confidente y su amigo, el hombre de todas las simpatías y de toda la confianza del general San Martín, el administrador laborioso y enérgico que, con escasísimos elementos, había mantenido un ejército y organizado una escuadra. Estas cualidades y estos méritos le habían dado una gran preponderancia en el gabinete y sobre el ánimo del director. Pero desde la entrada de Rodríguez, su influencia había comenzado a debilitarse. En breve, no fue un secreto para nadie, que Zenteno había dejado de ser el ministro favorito. Un nuevo astro que se levantaba sobre el horizonte eclipsaba el brillo de su estrella. Rodríguez era el que dominaba sobre O’Higgins, y el que mandaba en palacio.

He mencionado en otra página las precauciones que hubo necesidad de tomar para proteger la elevación de este caballero al ministerio. A los pocos meses, el hombre que había subido a ese alto empleo como a hurtadillas, bajo la protección del senado, y con el humilde título de interino, no encubría sus pretensiones de llegar a ser el ministro omnipotente, el verdadero director bajo el nombre de don Bernardo.

El 2 de noviembre de 1820, don Anselmo de la Cruz había sido separado definitivamente, y Rodríguez le había sucedido en propiedad. Esta determinación indicaba que se creía firme sobre su asiento, y que el antiguo realista desafiaba sin temor las antipatías de los revolucionarios exaltados.

Sin embargo, su posición era en extremo difícil. Aun sin tomar en cuenta los antecedentes políticos de su vida, que tanto le perjudicaban, la naturaleza sola del cargo que ejercía, habría asustado a cualquiera.

Rodríguez era ministro de hacienda en un estado sin tesoro y sin crédito. Los capitalistas rehusaban prestar al gobierno las cantidades más módicas, a no ser que les fuesen garantidas por las firmas y los bienes personales de los gobernantes. ¡Tan escuetas se hallaban las cajas del erario, y tan poca confianza inspiraba el porvenir de una república recién nacida de entre trastornos y revoluciones!

A pesar de esa falta de medios, so pena de perderse, había que sostener ejércitos y escuadra:

«Sin fondos efectivos, o sin crédito que los supla -decía Rodríguez en uno de sus documentos públicos-, no hay tropas ni marina; y sin éstas, no hay independencia ni gobierno».



La proposición era incontrovertible. Había que contener al enemigo en el interior; había que combatir contra él en el exterior; ni una ni otra cosa podía hacerse sin dinero. Pero, ¿de dónde sacar fondos?, ¿cómo crearse crédito?

El país estaba agotado con tantos años como llevaba de revolución. El pueblo se hallaba cansado de impuestos, y murmuraba. La sola contribución mensual ascendía a más de cuatrocientos mil pesos anuales, desde el Maule hasta Copiapó. A los empleados de la lista civil, se les rebajaba una porción de su sueldo, y la otra porción se les pagaba mal.

Rodríguez procuró aliviar la condición de los contribuyentes, y lo consiguió. Suprimió todas las contribuciones directas y extraordinarias. Hizo que a los empleados civiles, se les satisficiesen íntegra y exactamente todos sus haberes. Trabajó sin descanso y con tesón. Sus conocimientos habían sido forenses. Antes de entrar al ministerio, no sabía nada de economía política. Así estudiaba al mismo tiempo que administraba. De noche, leía a Say, Destut de Tracy o Galiani; y de día, formulaba las ideas que había bebido en las obras de estos autores, y que juzgaba realizables.

Antes de él, había habido pocos ministros más laboriosos. En algunos meses, dio una nueva planta a la contaduría mayor, a la tesorería, a la aduana de Valparaíso, a la aduana de Santiago, y dictó un gran número de ordenanzas o reglamentos fiscales.

Parece que esta actividad y este género de disposiciones deberían haber granjeado a Rodríguez una gran popularidad; y sin embargo, era todo lo contrario. Su presencia en el gabinete, lejos de proporcionar nuevos amigos a la administración de O’Higgins, no hizo más que separarle muchísimos de los antiguos.

Rodríguez era muy poco estimado. Nadie le negaba su distinguida capacidad; pero casi todos atacaban su conducta.

La razón de este hecho está en el sistema que había adoptado. Para improvisar recursos sin gravar al pueblo, había recurrido al fatal expediente de dispensar toda especie de consideraciones, a veces ilegítimas e indebidas, a ciertos comerciantes o capitalistas que en cambio prestaban al gobierno en los apuros del erario una parte de sus caudales. El pueblo veía con disgusto esas negociaciones escandalosas, y ese favoritismo inmoral que permitía a unos cuantos engrosar sus bolsillos a costa de la generalidad por medio de monopolios o especulaciones reprensibles.

Los adversarios de Rodríguez abultaban todavía más de lo que eran en sí estos abusos, que ante la justicia, son violaciones de la ley, y ante la política, torpezas, porque necesariamente habían de traer el descrédito de los que los toleraban o fomentaban.

Las hablillas del vulgo iban hasta suponer interesados en esas especulaciones clandestinas al ministro de hacienda, y a la hermana misma del director O’Higgins. No es menester desarrollar las consecuencias de esos rumores sobre el prestigio del gobierno. Se perciben con solo enunciarlos.




- III -

He dicho que el jefe de la oposición contra Rodríguez era uno de sus mismos colegas, Zenteno. Ambos luchaban por la supremacía: el uno por conquistarla, el otro por conservarla.

Si Rodríguez contaba con el apoyo de O’Higgins, con el cariño de la familia del director, Zenteno contaba con sus largos servicios, con el sostén de la opinión. Los contendores tenían poco más o menos fuerzas iguales. La lucha era dudosa en su resultado.

Un motivo de desavenencia, casi personal para el ministro de la guerra, vino a enconar la rivalidad.

Don Manuel Blanco Encalada tenía ciertas relaciones de parentesco con la esposa de Zenteno, y era además su amigo, su camarada de campamento, uno de esos marinos que la necesidad había improvisado bajo la dirección del ministro, y cuyos despachos habían sido confirmados por la victoria. El apresador de la María Isabel gozaba, como era justo, de gran consideración pública, y desempeñaba por aquella época el cargo importante de jefe interino del Estado mayor general, y comandante de armas de la capital.

Militar y emparentado con Zenteno, seguía la facción de su compañero de armas, y murmuraba contra Rodríguez. Éste, que lo sabía, atisbaba una ocasión para pagarle la deuda.

Blanco había promovido con aprobación suprema una sociedad de personas respetables, que se congregaba en su propia casa, a fin de discutir sobre asuntos de beneficencia, y otros de utilidad general. Ni el gobierno ni los mismos socios miraban la institución con el interés que habría deseado el entusiasmo de su fundador. Esto dio margen para que, una noche del mes de junio de 1821, en la cual se reunieron los miembros suficientes para formar sesión, Blanco se quejara de la apatía que observaba, tanto en los gobernantes, como en los ciudadanos, y dijera en medio del calor de su razonamiento que más quería vivir en Turquía, que en Chile, o cosa parecida.

En el acto, hubo quien denunciara la expresión; y lo que es más abominable, el gobierno ordenó al siguiente día que se arrestara al comandante de armas, y que se le formara causa. Hay hechos que pintan una época, y uno de ellos es la anécdota que acabo de referir.

Zenteno, como era natural, se declaró el protector decidido de su amigo; y Rodríguez, su perseguidor descubierto. La cuestión dio origen a que se agriara todavía más la enemistad de ambos ministros. Sus celos necesitaban únicamente de pretextos para atacarse, y el arresto de Blanco vino a proporcionarles uno excelente.

El resultado fue que el acusado salió absuelto, pero recibiendo orden de ir a continuar sus servicios, no en la comandancia de armas, sino en la marina.




- IV -

Aunque la solución que se dio al negocio de Blanco parece una especie de transacción entre los dos bandos ministeriales, lo cierto es que Zenteno y Rodríguez estaban ya tan exasperados con sus competencias, que era absolutamente imposible que continuasen en el mismo gabinete. El uno o el otro debían salir por precisión.

Por un momento, pudo creerse que el antiguo favorito triunfaba sobre el nuevo.

En el mes de septiembre de 1821, el director dio a Rodríguez los despachos de enviado extraordinario cerca del gobierno del Perú con retención de su ministerio. Esto se asemejaba mucho a una separación honorífica, pero efectiva.

Se nombró para que le subrogase interinamente en el gabinete a don Agustín Vial, viejo patriota, y uno de los hombres de su tiempo que más conocimientos poseían en materias económicas. Este señor se puso a trabajar con todo empeño, tal vez en el concepto de que su administración sería un poco más larga de lo que fue. Mas apenas había comenzado a realizar las reformas que tenía proyectadas en la hacienda pública, cuando una nueva e inesperada crisis ministerial vino a advertirle que su permanencia en el gabinete sería menos durable de lo que quizás había pensado.

Rodríguez, aunque con diploma de enviado extraordinario cerca del gobierno peruano, no se había movido de Santiago. Seguramente continuó desde su casa la lucha que en el ministerio había sostenido contra Zenteno, pues, el 8 de octubre, obtuvo este título de gobernador interino de Valparaíso, aunque también con retención del empleo que estaba ejerciendo.

Como se ve, las dos salidas tuvieron mucho de parecido; pero hubo entre ellas la diferencia muy esencial de que Zenteno no volvió nunca a tomar la cartera de la guerra, mientras que Rodríguez, a los dos meses de esa fecha, volvió a ocupar su asiento en el gabinete.

Zenteno no tuvo sucesor. Los dos ramos de su ministerio, es decir, la guerra y la marina se encomendaron accidentalmente, el primero al ministro de hacienda, y el segundo, al de Estado.

Con este arreglo, el triunfo de Rodríguez era completo. Puede decirse que quedaba de ministro universal, pues el carácter suave de Echeverría no podía oponerle ninguna resistencia. Era este último uno de esos individuos que cargan con la responsabilidad de providencias en las cuales poca o ninguna parte tienen. La debilidad de su colega aseguraba la omnipotencia a Rodríguez.




- V -

Sin embargo, la prosperidad del primer ministro no estaba sin nubes. Le restaba un adversario más temible, más poderoso, que Zenteno. Ése era don Ramón Freire, el intendente de Concepción, que tenía un ejército bajo su mano, y la fama militar más respetada después de la de O’Higgins.

Freire no simpatizaba con Rodríguez, ni Rodríguez con Freire. Este último culpaba al primero de la penuria en que se encontraban los soldados de su mando. Era opinión generalmente esparcida que el ministro miraba con desconfianza a la división del sur y a su general, y que eso motivaba la parsimonia con que se remitían los recursos para aquella tropa.

En efecto, aquellos soldados, sobre no recibir corrientemente el pago de sus sueldos, ni aun tenían muchas veces como alimentarse. Esta escasez de elementos redoblaba, para ellos, los rigores de una campaña que, por sí sola, era bastante cruda.

Freire participaba de las prevenciones de sus subalternos contra Rodríguez. Cansado de pedir por escrito remedio a las necesidades de su ejército, y de que se respondiese a todas sus reclamaciones con los apuros del erario, tomó, en la primavera de 1821, la resolución de trasladarse en persona a la capital con el objeto de agenciar por sí mismo el ajuste de su división, y la provisión de los auxilios que le eran precisos para la guerra.

Esta visita del joven general a Santiago fue una verdadera ovación. Todos los círculos, todos los bandos compitieron a porfía por ganarse su voluntad. Se conocía que hasta los políticos de vista menos penetrante divisaban en Freire, sino por un cálculo previsor, a lo menos por instinto, el militar de cuya espada pendían los destinos del país.

El director le recibió con los brazos abiertos, y le acarició como a un hijo ausente largo tiempo del hogar paterno. Hizo grandes, pero inútiles esfuerzos para desbaratar sus quejas contra el ministro favorito, y procuró, aunque en vano, operar entre ellos una reconciliación sincera. Uno y otro se acomodaron un rostro placentero; más Rodríguez conservó sus sospechas, y Freire sus resentimientos.

Por su parte, los miembros más condecorados de la oposición rodearon al general recién llegado, y pusieron en juego toda especie de seducciones, aún las del amor, para inclinarle a sus ideas. Le expusieron minuciosamente todas las acusaciones que habían acumulado contra la conducta de Rodríguez, pintándole su administración con colores sombríos y recargados.

Para añadir a los motivos patrióticos otros más egoístas, le soplaron al oído, con destreza, que Prieto, el jefe de la división acantonada en Chillán, era el reemplazante que le destinaba el ministro, y le citaron en prueba de la verdad de tal presunción el esmero con que el gobierno cuidaba del equipo y engrandecimiento de aquel cuerpo de tropas. Según ellos, la intención de Rodríguez era manifiesta. Quería combatir la influencia de Freire por la de Prieto, y oponer el ejército de Chillán al de Concepción. De ahí venía que favoreciese al uno, y tratase de debilitar al otro.

Freire los escuchaba, y se envolvía en esa circunspección recelosa que por lo común adquieren los militares en el campamento y bajo el imperio de la ordenanza. Hablaba poco, oía a todo el mundo, no manifestaba a nadie su opinión, concurría a las tertulias de los descontentos, y visitaba a los amigos del director.

Sin embargo, a pesar de esa frialdad aparente, los raciocinios de los primeros le habían convencido; muchas de sus acriminaciones le parecían verdaderas; algunas de sus palabras le habían herido en el alma; los procedimientos de ciertos gobernantes repugnaban a la honradez de este jefe que, antes y después de esa época, dio siempre laudables muestras de la mayor delicadeza en su conducta pública; estimaba en su interior justas las pretensiones del pueblo que reclamaba más libertad, más garantías; veía que, tanto en Santiago, como en Concepción, la generalidad estaba pronunciada contra el gobierno de O’Higgins, y que sólo se necesitaba una chispa para que estallase una explosión que nada podría contener. Es muy probable que la idea de encabezar esa insurrección naciese en la cabeza de Freire durante su mansión en la capital; pero, en lo que no cabe la menor duda, es en que fue entonces cuando comenzaron a entibiarse sus relaciones con don Bernardo.

Era éste en extremo celoso del afecto de sus subalternos y amigos, y muy suspicaz. El proceder un si es no es ambiguo que observaba Freire, sin duda también las insinuaciones que no dejaría de hacerle Rodríguez, le hicieron entrar en sospechas. El ardor de su amistad para con el joven general se enfrió notablemente. Dejó de tratarle con aquella franqueza y cariño, que en otro tiempo.

Freire lo observó, y acabó de resentirse con semejante variación.

Aunque los dos se guardaban mutuamente todas las apariencias de la cortesía, no eran ya amigos como antes.

El director principió a instar a Freire que regresase a su provincia, donde la tercera aparición de Benavides hacía necesaria su presencia. Freire replicó que, si no se le daban los recursos que había venido a buscar, no se volvía.

O’Higgins tornó a apresurarle para que partiese; y habiendo recibido una contestación semejante a la anterior, terminó la conferencia diciéndole:

-Pues bien, general, si Usted no quiere volverse, no faltará a quien encomendar el mando de la provincia de Concepción.

Esta frase importaba un rompimiento, sino próximo, remoto. Hay palabras que no deben pronunciarse nunca entre personas que desean permanecer unidas, porque, una vez dichas, toda reconciliación bien sincera es imposible.

Había sucedido lo que era de esperarse. Los miembros del gobierno habían comenzado por sospechar de un jefe, tal vez antes de tiempo, y habían concluido por convertirle en verdadero enemigo.

Entre tanto, llegó a Santiago la noticia de la victoria obtenida por Prieto en las vegas de Saldías. Este suceso hizo variar a Freire de resolución respecto a su partida. La prudencia le aconsejaba regresar al sur cuanto antes para impedir que un rival menoscabase en aquella comarca su influencia. Así, manifestó tanto empeño por volverse, como desgano anteriormente.

A la despedida, O’Higgins pareció restituirle su antigua confianza, y los dos se separaron con todas las señales de una mutua benevolencia. Era, sin embargo, aquélla la última vez que debían estrecharse la mano sin un resentimiento personal en el alma.






ArribaAbajoCapítulo XVI

Convocatoria de una convención preparatoria.- Escándalo en las elecciones.- Apertura de las sesiones.- Renuncia y reelección de O’Higgins.- Contradicción entre la convocatoria y el mensaje presentado a la convención por el director.- Descontento ocasionado por la elección de don Agustín Aldea para diputado suplente por los Ángeles.- Amnistía.- Reposición del obispo Rodríguez en el gobierno de la diócesis.- Discusión promovida por don Francisco de Paula Caldera sobre la extensión de los poderes de la convención preparatoria.- Mensaje del ejecutivo para que la convención preparatoria redacte una constitución.- Oposición de don Fernando Errázuriz y de don José Miguel Irarrazaval.- Análisis de la Constitución de 1822.



- I -

Mientras estaba ocurriendo lo que acabo de referir en el capítulo anterior, un suceso de gran bulto ocupó exclusivamente la atención del público. El director, no pudiendo resistir por más tiempo a las exigencias de la opinión, había resuelto convocar un congreso que diese una constitución definitiva a la república.

El acontecimiento no podía ser más importante. Chile iba a pasar por uno de sus períodos más críticos, a reemplazar su organización provisional por otra estable, a entrar en una vida nueva. Había suficiente motivo para discutir, para agitarse. Hasta entonces, la guerra contra la metrópoli había sido el objeto principal de todos los esfuerzos, el fin primordial a que se habían sacrificado los demás intereses del Estado. Los españoles habían sucumbido en los campos de batalla. Había llegado el momento de pensar en la constitución de la colonia, que tomaba su rango entre las naciones del mundo.

La gloria de O’Higgins hubiera sido ayudarla con su influjo a afianzar la libertad civil y política, como con su espada había contribuido a que alcanzase su emancipación de la metrópoli. Una ambición egoísta y mal entendida le impidió comprenderlo.

El pueblo estaba cansado del régimen militar y arbitrario; clamaba por leyes y garantías. Era peligroso, imposible, diferir por más tiempo el cumplimiento de sus deseos.

O’Higgins se veía forzado a corresponder de algún modo a ese clamor general por la convocatoria de un congreso: no tenía disculpa para retardarla. Pero obrando mal de su grado, no trató de satisfacer las exigencias de la opinión, y todo lo que hizo fue burlarla con una farsa.




- II -

El 7 de mayo de 1822, promulgó un decreto que ordenaba la reunión de una convención preparatoria.

No había nada resuelto ni estatuido sobre las muchas y graves cuestiones que ofrecían la organización de un congreso y la elección de los diputados. El directorio no podía determinar por sí solo en negocio de tan alta entidad. No tenía ninguna asamblea legislativa a quien consultar. El antiguo senado estaba de hecho disuelto por la ausencia o renuncia de los miembros que lo componían. No quedaba otro arbitrio (y era de todos modos el más razonable), que consultar a la nación por medio de sus representantes sobre las condiciones que debían observarse en la congregación del cuerpo legislativo. El decreto del 7 de mayo tenía ese objeto y esos fundamentos.

Cada municipalidad debía elegir a pluralidad absoluta de sufragios un individuo, vecino u oriundo del respectivo partido, para la convención preparatoria.

Se conferirían a los electores «poderes suficientes, no sólo para entender en la organización de la corte de representantes, sino también para consultar y resolver en orden a las mejoras y providencias cuyas iniciativas les presentase el gobierno».

Las sesiones de la convención preparatoria debían durar tres meses.

Hasta aquí todo iba bien; los adversarios más injustos de la administración no habrían encontrado nada que objetarle.

El escándalo principió con las elecciones.

Junto con la convocatoria, se dirigió a cada gobernador una esquela firmada por el director, en la cual se designaba el candidato que debía ser nombrado por el respectivo cabildo, y se ordenaba que hiciese proceder a la elección en el momento de recibir la esquela. Al pie de ésta, debía apuntar la hora en que le fuese entregada, y la hora en que se verificase la elección. Con estas anotaciones, debía devolverla sin tardanza a don Bernardo por un correo extraordinario.

El gobernador de Rere cumplió como los demás con las instrucciones que se le daban; pero tuvo la feliz idea de dejar copia de la esquela. Hela aquí:

Santiago, mayo 7 de 1822.

Muy Señor Mío:

Por los documentos que incluyo de oficio, verá Usted la grande obra que vamos a emprender para hacer feliz nuestra patria. Si la convención no se compone de hombres decididos por nuestra libertad, desprendidos de todo partido, sería mejor no haberse movido a esta marcha majestuosa. Usted es quien debe cooperar a llenar el voto público, haciendo que la elección recaiga en el presbítero don F. Acuña, de quien tengo entera satisfacción, pero debe Usted advertir que el nombramiento debe hacerse en el momento que Usted reciba ésta; de lo contrario entran las facciones, y todo sería desorden.

Al pie de la esquela, anotará Usted la hora en que la recibe, y la del nombramiento, y me la devolverá cerrada aparte con el conductor, o por extraordinario dirigido a mí mismo.

Espera de Usted este servicio, que sabrá distinguir su amigo afectísimo.

Bernardo O’Higgins.

Señor Gregorio Tejeda, Gobernador de Rere».



Excusado parece decir que todos los propuestos fueron electos unánimemente.

Habría sido más llano y más digno que el gobernador los hubiera nombrado, y hubiera ahorrado a los secretarios de cabildo el trabajo de levantar actas y de escribir oficios.

Este proceder produjo una indignación general. La mayoría estaba disgustada de antemano con el director, mucho más con su ministro. La imprudencia del manejo referido puso el colmo al descontento.

Por desgracia, y para bochorno nuestro, esta manera de hacer elecciones, es, y ha sido frecuente, en las repúblicas hispanoamericanas. Ese abuso que impide la expresión de la voluntad nacional, y no las instituciones democráticas que ellas han adoptado, es una de las principales causas de todos sus trastornos. Pero en la ocasión a que aludo, el cinismo fue sin ejemplo, repugnante. No se guardaron siquiera las apariencias, como ha ocurrido en otras circunstancias análogas.




- III -

El 23 de julio, el director O’Higgins instaló en Santiago con gran pompa y solemnidad la convención preparatoria.

Acompañado de todas las corporaciones, y en medio de salvas de artillería, se dirigió de su palacio a la sala de sesiones, a cuya puerta le aguardaban todos los diputados2.

Habiéndose sentado bajo el solio, pronunció unas cuantas palabras alusivas al caso, y procedió a tomar el juramento a los representantes. A continuación, les indicó que precediesen a elegir un presidente y un vicepresidente; y concluido el acto, y habiendo colocado en sus asientos a los nombrados, don Francisco Ruiz Tagle y don Casimiro Albano, declaró instalada la convención preparatoria.

Por último, puso en manos del presidente una memoria, y pidió a la asamblea su pronta lectura, anunciándole que iba a esperar al palacio la resolución «porque quería ser el primero de los ciudadanos en la obediencia».

Aquella memoria, no era otra cosa que un mensaje; pero entre los diversos puntos que comprendía, venía la renuncia del cargo supremo que estaba ejerciendo. La convención representó con viveza su papel en esta comedia ridícula, que ni siquiera tenía el mérito de la originalidad. Escuchó con un asombro aparente la proposición del director, y todos los miembros gritaron a una que era preciso forzarle a que permaneciese en el mando. Dijeron que una mutación de gobernante en aquella época, sería más peligrosa, que una invasión, y ratificaron por aclamación en O’Higgins la elección que habían hecho los pueblos, confiándole la dirección suprema del Estado, por el término que fijase la futura constitución.

Inmediatamente el vicepresidente acompañado de ocho diputados corrió a participar a don Bernardo el acuerdo que acababa de celebrar la asamblea, y a pedirle que volviera otra vez ante ella para que se le notificara de una manera más solemne.

Luego que O’Higgins, en compañía de la comisión, se presentó de nuevo en la sala, el presidente le repitió lo que ya sabía; y el director contestó en los términos siguientes:

-Sacrificaré mis deseos a mi obediencia. El honor que recibo, sólo puede hacerme continuar en el mando; bien que siento reanimarse mis fuerzas al considerar que la honorable convención aprueba por este acto cuanto he practicado anteriormente, y que sabrá guiar y sostener su hechura. Sea mi silencio el intérprete de mi gratitud.




- IV -

El mensaje era una pieza notable, no sólo por la renuncia del director, sino también por la mayor latitud que concedía a los poderes de los diputados, y por la especie de contradicción que había entre él y la convocatoria.

Se recordará que esta última sólo llamaba a los convencionales para organizar la corte de representantes, y resolver sobre las mejoras y providencias que propusiese el ejecutivo. El mensaje reconocía que la convención no investía todo el carácter de representación nacional; pero a pesar de esa declaración, le hablaba, no como a una asamblea preparatoria, sino como a un cuerpo verdaderamente legislativo que estuviera facultado para dictar leyes, y tomar disposiciones trascendentales.

El director hacía ante ella dimisión de su empleo, lo volvía a aceptar de su mano; y como si fuera realmente la reunión de los diputados de la república, le recomendaba el ejército y la marina, y le pedía que atendiera a la instrucción pública, a la reforma de los códigos, a la creación de un fondo de amortización, al fomento de la inmigración extranjera, del comercio, de la industria, de la agricultura, a la protección de la beneficencia pública, etc., etc.

Por el pronto, la convención no hizo alto en esta contradicción, ni procuró averiguar, en medio de aquella confusión de ideas, cual era la extensión efectiva de sus facultades. Se puso a celebrar sesiones, y a discutir los asuntos que se le sometían, como si fuera el poder legislativo de la nación.




- V -

Dos de los primeros actos de la nueva asamblea causaron efectos muy diversos en el ánimo del pueblo.

Algunos de los partidos de la república no habían enviado diputados: unos, como Chiloé, porque estaban aún bajo la dominación española; otros, como la Florida, por haber hecho renuncia de su cargo el diputado electo; y otros, como Valdivia, Osorno y los Ángeles, por diferentes motivos. Para no dejarlos sin representación, se resolvió que la convención les eligiese suplentes.

En conformidad, se procedió a la votación; y con estupor de todo el mundo, resultó electo por los Ángeles don Agustín Aldea, hombre nulo bajo todos aspectos, que, para remate, había tenido relaciones con Benavides, y que no tenía otro mérito, que ser primo del ministro Rodríguez.

Esta elección dio origen a un sinnúmero de comentarios injuriosos para el gobierno, y produjo una grande irritación. La introducción de Aldea en la convención se miraba como un insulto a la dignidad del pueblo.

No alcanzaron a desvanecer el disgusto ocasionado por este incidente, ni la amnistía que se publicó por entonces, ni la reposición del obispo don José Santiago Rodríguez Zorrilla al gobierno de la diócesis de Santiago, de donde había sido separado como realista contumaz y peligroso desde la victoria de Chacabuco.

La convención, a propuesta de su secretario Camilo Henríquez, acordó enviar una diputación al director con el objeto de solicitar que solemnizase el 20 de agosto, día de su natalicio, con la promulgación de una amnistía en favor de todos los que estaban sufriendo alguna pena por las disensiones pasadas. O’Higgins aceptó la indicación; pero tuvo el buen tono de rechazar la adulación monárquica de que se celebrase con ella el día de su santo, y señaló en cambio el próximo 18 de septiembre aniversario de la revolución.

En vista de tal propósito, uno de los diputados de la comisión le pidió que al menos permitiera que se festejase su cumpleaños con la reposición del obispo en el gobierno de la diócesis. El director admitió la propuesta, caso de que la asamblea le manifestara ser así de su agrado, como en efecto no tardó ésta en hacerlo.

O’Higgins, desde tiempo atrás, deseaba, por consejo de su primer ministro, granjearse, con esta medida, el apoyo de la gente devota. El obispo Rodríguez tenía mucho prestigio y numerosas relaciones. El alivio de la persecución que se le hacía soportar, podía traer al gobierno gran popularidad en ciertos círculos.

Por otra parte, aquel encopetado eclesiástico no inspiraba mucho miedo al director. Había mostrado energía, y defendido con calor los intereses de la metrópoli; pero era hombre de acero, más bien que de hierro, y sabía doblegarse como el que más a las circunstancias. O’Higgins habría podido dar a leer a quien le hubiera hecho observaciones sobre la tenacidad indomable y, por consiguiente, peligrosa, que se atribuía al obispo, una nota en la cual ese prelado, que pasaba por tan sostenido en sus opiniones, cumplimentando al jefe de la república por los progresos de las armas patrióticas, calificaba de justa causa la de la independencia, y veía en los triunfos de los revolucionarios «un testimonio indeficiente de los soberanos designios del absoluto dueño de los destinos acerca del de la América». Semejante flexibilidad debía hacer concebir a don Bernardo fundadas esperanzas de que aquel influente sacerdote contribuiría a sostenerle en el alto puesto que ocupaba.

El cálculo le salió fallido. El contento que produjeron la amnistía y la vuelta del obispo quedó sobradamente compensado con la indignación que suscitaron la elección de Aldea, y demás sucesos que paso a relatar.




- VI -

Entre tanto, se promovió en la asamblea una discusión acalorada sobre la extensión de sus facultades. Don Francisco de Paula Caldera, diputado por San Felipe, sostuvo de repente en una sesión que los poderes de la convención preparatoria sólo alcanzaban a organizar la corte de representantes, y a resolver provisionalmente hasta la reunión del congreso, los asuntos que el gobierno le consultase. La convención había excedido sus facultades al deliberar sobre la renuncia del director supremo negándose a admitirla, y al reelegirle por un período cuya duración no se hallaba aún determinado. Fundaba su opinión en las palabras mismas de la convocatoria.

Caldera fue llamado al orden; pero su discurso causó una gran sensación, y algunos diputados exigieron que se discutiese aquella cuestión fundamental.

Tres representantes intentaron rebatir los asertos de su colega, y demostrar que la convención preparatoria era un verdadero cuerpo legislativo, que resumía la soberanía nacional.

Don Casimiro Albano, verdadero hermano del director por afecto y educación, dijo que aquella asamblea poseía facultades legislativas, porque en ello se interesaban el bien y conveniencia de la sociedad; porque así lo había declarado el gobierno, que, a más de serlo, reunía la voluntad general; y porque los miembros que la componían llenaban la confianza pública. Estas tres aseveraciones dogmáticas, que no desarrolló siquiera con más palabras de lo que yo he dicho, parecían al orador otras tantas razones incontrastables.

Don Santiago Fernández añadió dos nuevos argumentos, que bien merecían agregarse a los del diputado Albano. El gobierno había reconocido facultades legislativas en la asamblea; luego las tenía. Los miembros de la convención habían sido elegidos por los cabildos que tenían un origen popular; luego los convencionales habían sido competentemente autorizados. Como se ve, el señor Fernández parecía entender que la soberanía residía en el director, y no en el pueblo, y que las municipalidades habían recibido de sus comitentes poderes omnímodos para que los representasen en todo y para todo.

Por último, Camilo Henríquez, la reputación literaria más acatada de su época, y uno de esos hombres que siempre ponen su talento al servicio de los gobiernos existentes, manifestó que la asamblea podía estatuir sobre todo aquello en que estuviera pronunciada la voluntad nacional, como si eso fuera cosa fácil de averiguar; y que ya que no había otro cuerpo legislativo, convenía que fuese ella la que dictara las leyes, más bien que el ejecutivo. Este orador, como los dos anteriores, hallaba la legitimidad del mandato de la convención en una delegación del director que antes de ella resumía en su persona los dos poderes legislativo y ejecutivo.

Estos discursos descubren las ideas embrolladas que tenían los políticos de la administración de O’Higgins sobre el origen y fundamentos de las autoridades públicas. El apocamiento que la dictadura había producido en sus ánimos les hacía mirar al jefe supremo, como a un ser superior, que valía él solo por toda la nación. Estaban casi dispuestos a recibir como una gracia el reconocimiento y la consolidación de las garantías y derechos que corresponden a todos los hombres. El despotismo los había amoldado a los hábitos monárquicos.

Sometido el asunto a votación, se declaró por todos los votos, menos uno, que la convención preparatoria tenía facultades legislativas.




- VII -

No pararon en estas las metamorfosis de esa asamblea elástica, cuya naturaleza conocía el pueblo soberano bien, pero que ella y el gobierno aparentaban ignorar. De preparatoria, se convirtió en legislativa; y de legislativa, en constituyente.

El 28 de septiembre de 1822, es decir, cuando la convención no alcanzaba a quedarle un mes de sesiones, O’Higgins le pasó un segundo mensaje con el objeto de apresurarla para que procediese a la redacción de una constitución fundamental del Estado, reformando, cortando o adicionando la provisional que existía:

-Sin que se dé primero esta ley fundamental -decía el director- no pueden dictarse bases y reglamentos para la representación nacional.

Era Éste el sofisma ridículo, la única justificación que se le ocurría para paliar aquella burla escandalosa, inaudita.

El pueblo se exasperó. La impopularidad del gobierno subió de punto.

En la convención misma, se formó una oposición acaudillada por uno de los cabildantes del año diez, don Fernando Errázuriz, hombre apasionado, de una energía extraordinaria, adversario temible por su riqueza, por sus numerosas relaciones de familia y de amistad, más que todo, por la impetuosidad de su carácter.

Los diputados disidentes componían una fracción demasiado diminuta para ganar el debate por el número de votos, mas no para triunfar ante el público por la razón.

En la sesión del 10 de octubre, don José Miguel Irarrázaval, joven diputado que participaba de las opiniones de Errázuriz, se hizo el órgano de su partido, y no dejó réplica a los amigos del gobierno. En un discurso, lleno de moderación y de lógica, demostró que la convención no podía ser de ningún modo constituyente. Su misión no alcanzaba a dictar una carta fundamental, pues estaba reducida a objeto mucho menos arduo: la organización de un congreso que tendría por mandato el formularla. Las palabras de la convocatoria eran claras, terminantes; no daban asidero a la más leve duda. El corto término que se había fijado a la asamblea, tres meses, el calificativo mismo de preparatoria que se le había asignado, estaban probando, hasta la evidencia, la humildad de sus funciones. ¿No sería absurdo que un cuerpo que, a juicio de todo el mundo, al decir mismo de O’Higgins, no investía todo el carácter de representación nacional, viniese a tener más facultades, que los futuros congresos, elegidos con todas las formalidades y solemnidades de estilo?

Esos raciocinios eran incontestables; pero la mayoría no obraba, ni quería hacerlo, por convencimiento, sino por servilismo. El director lo mandaba, y eso valía más para ella, que los discursos más elocuentes y razonables. Ni las valientes protestas de Errázuriz, ni los argumentos contundentes de Irarrázaval, lograron apartarla de esa senda que la conducía al descrédito, a la ruina.

El proyecto de constitución fue discutido y aprobado con tanta prisa, que los secretarios apenas tuvieron tiempo para redactar los acuerdos de la cámara.

La discusión de esa pieza notable terminó con las tareas de la asamblea el 23 de octubre de 1822.

El 30 del mismo mes, el director supremo juró observarla, y mandó cumplir.




- VIII -

Para dar a conocer ese código, cuyo origen fue tan ilegítimo, y cuya vida fue tan breve, permítaseme copiar el juicio que ha emitido sobre él uno de nuestros más competentes e ilustrados publicistas, don José Victorino Lastarria. He aquí cómo resume y analiza sus disposiciones fundamentales:

«En la nación reside esencialmente la soberanía, cuyo ejercicio delega conforme a esta constitución. Las autoridades en que lo delega son los tres poderes independientes legislativo, ejecutivo y judicial. El poder legislativo reside en un congreso, el ejecutivo en un director, y el judicial en los tribunales de justicia.

Según la mente de este código, la cámara de diputados es como la fuente de todos los poderes; pero ella saca su autoridad, no tanto de la elección popular, cuanto de la casualidad.

En cierta época señalada en la constitución, los inspectores, los alcaldes de barrio y los jueces de distrito debían formar y pasar a los cabildos las listas de los ciudadanos elegibles para electores, que hubiese en sus respectivas jurisdicciones; y como aquellos funcionarios eran dependientes subalternos del ejecutivo, es evidente que no habían de poner en sus listas sino a los individuos de cuyas simpatías y voluntades pudieran disponer. Los cabildos, después de tal operación, procedían a un sorteo de un elector por cada mil almas, verificándolo sobre los nombres incluidos en las listas. Los ciudadanos a quienes la suerte había dado el poder electoral, formaban un colegio en la cabecera del departamento, y hacían por votos secretos la elección de los diputados y suplentes respectivos.

Constituida así la cámara de diputados, elegía siete individuos, de los que cuatro a lo menos debían ser de su propio seno, los cuales pasaban a formar un cuerpo permanente con el nombre de corte de representantes.

Los ex-directores debían ser miembros vitalicios de esta corte; pero los elegidos de la cámara se renovaban cuando se hacía elección de director; y si éste era reelegido, podían serlo también los siete miembros.

El senado se componía de todos los vocales de la corte de representantes, de dos comerciantes y dos hacendados, cuyo capital no bajase de treinta mil pesos, nombrados por la cámara de diputados, de un doctor de cada universidad (había una sola) nombrado por su claustro, de tres jefes del ejército de la clase de brigadier arriba, designados por el ejecutivo, y de los ministros de Estado, de los obispos, de un miembro del tribunal supremo y del delegado directorial del departamento en que abriese sus sesiones el congreso, todos los cuales eran funcionarios que debían su puesto al ejecutivo.

Este congreso, cuya cámara alta representaba a la aristocracia del país, componiéndose casi en su totalidad de nombrados por el director supremo, y cuya cámara baja era la de diputados nombrados a medias entre el mismo director y la suerte, era el que daba las leyes, reuniéndose para este efecto cada dos años. Durante tan largo receso, la corte de representantes ejercía todo el poder legislativo; pero sin que sus determinaciones tuviesen fuerza de ley permanente hasta la aprobación del congreso.

El director supremo era elegido a su vez por este congreso, cada seis años, y podía ser reelegido por cuatro más. Sus facultades eran amplísimas; y entre ellas, tenía la de nombrar, por sí solo en unos casos, o de acuerdo con el legislativo en otros, a los miembros de los tribunales de justicia, cuyas provisiones debían despacharse a nombre del director supremo. Pero la atribución más notable que le competía era la de nombrar la regencia que había de sucederle en caso de muerte, hasta la nueva elección; y debía hacer ese nombramiento tres veces al año, depositando el pliego cerrado que lo contenía, a presencia de las corporaciones y con ciertas ceremonias designadas en la constitución, sin perjuicio de poder hacer en cualquiera otra época las variaciones que quisiera en el nombramiento, sujetándose a las mismas ceremonias.

La persona del director era inviolable. Semejante organización del gobierno representativo no era enteramente nueva, aunque estaba ingeniosamente calculada para dar la preponderancia a la autoridad del director supremo. Ella tenía su modelo en las monarquías constitucionales que se habían formado en Europa sobre las ruinas del imperio de Napoleón. La única diferencia que le daba los aires de una república aristocrática, procedía de la temporalidad y de la elegibilidad del poder ejecutivo; pero es probable que después de aquel primer ensayo, este poder se hubiese convertido en vitalicio, y luego en hereditario. En lo demás, la constitución no había descuidado las garantías individuales y los derechos políticos conquistados por la revolución; mas como era tan prolongado el receso del congreso, no tenían éstos otra salvaguardia, que la que podía prestarles el director con su autoridad permanente y poderosa, cuando no se hallase investido de facultades extraordinarias. El poder legislativo, y por consiguiente la corte de representantes, que lo ejercía permanentemente, podía investir al director de tales facultades en caso de peligro inminente del Estado».



A este exacto y bien trabajado extracto, nada más tengo que agregar, sino que el Artículo 84 de la Constitución ordenaba que se tuviera por primera elección de director supremo la que la convención había hecho al principiar sus sesiones en la persona de don Bernardo O’Higgins. Podía éste, pues, contar con añadir otros diez a los siete años que llevaba de gobierno: si el pueblo soportaba con paciencia el insulto que acababa de inferírsele, la reelección era más que probable, segura.

Al fin de ese largo período, ¿habría O’Higgins renunciado el poder?

El curso natural y lógico de los sucesos dejó en la oscuridad la solución de ese problema. La promulgación de la nueva carta agotó el sufrimiento demasiado prolongado de los chilenos. Puede decirse que ella fue el testamento de aquella administración. Afortunadamente para nosotros, no encontró herederos que cargasen con la responsabilidad de ejecutarlo. ¡Quiera Dios que jamás los haya!