La ley que hiciera hoy en España obligatoria absolutamente la enseñanza primaria tendería a dar fuerza a un principio verdadero, a saber: que todo hombre está obligado a perfeccionarse cuando le fuere posible, y que el instruirse contribuye eficazmente a la perfección.
Por una parte, como hemos dicho, es ventajoso que las leyes promulguen los buenos principios y los apoyen; pero además de que en España la ley tiene poco prestigio e inspira poco respeto, la que hiciera obligatoria la enseñanza primaria sin hacerla posible tendría dos gravísimos inconvenientes:
1º El mal que resulta de mandar lo que necesariamente ha de ser desobedecido, lo cual redunda en desprestigio de todas las leyes, y muy particularmente de aquella a que se refiere el mandato.
2º Dar al legislador la idea equivocada de que, promulgada la ley, no tiene ya más que hacer para realizar el objeto que se propone.
Recordemos que la ley de instrucción primaria obligatoria encontrará obstáculos invencibles:
1º En la indiferencia de la opinión.
2º En la tibieza u hostilidad de las Autoridades que han de cooperar eficazmente a plantearla.
3º En la desidia de los padres y en la resistencia de los niños a ir a la escuela.
4º En la imposibilidad en que se hallan muchos padres de privarse de los servicios de sus hijos.
5º En la mendicidad y vagancia de muchos miles de niños.
La tibieza de la opinión es el obstáculo más grave; pero la opinión, que ha empezado a dar algunas señales de modificarse en este punto, se modificaría más pronto si la iniciativa de la ley fuera eficaz, poderosa, como creemos que lo sería adoptando las determinaciones siguientes:
Primera. Centralizar la enseñanza primaria. Hacer que los maestros dependan directamente del Ministerio de Fomento, y cobren como los demás empleados activos, no habiendo ninguna obligación preferente a la de satisfacer sus haberes.
¿Cómo ha de haber enseñanza primaria obligatoria dejando los maestros a merced de alcaldes que deben diez y siete trimestres de sueldos al maestro, y más tiempo aún por razón de material? Además de la posibilidad de que el maestro viva materialmente pagándole, hay que darle independencia de las Autoridades locales para que goce del necesario prestigio, sin el cual no es posible que le tenga la instrucción entre el vulgo, porque el desprecio con que mira al que enseña recaerá sobre la enseñanza. Hay que repetirlo: la instrucción tiene que venir de arriba abajo; los que tienen mayor autoridad, mayor poder, mayor ciencia, mayor riqueza, han de tomar todas las iniciativas, y empezar por dar muestras muy ostensibles de aprecio al maestro, para que el pueblo que aún no pueda respetarle por convencimiento le considere por la fuerza del ejemplo y el espíritu de imitación.
Segunda. Formar un Cuerpo facultativo de instrucción primaria, conforme dejamos dicho, en el cual se entrará por oposición y se ascenderá por antigüedad hasta ciertas categorías, a que no se podría llegar sin nuevo examen. Aunque los sueldos de entrada no fueran tan crecidos como sería de desear, deberían aumentarse en los ascensos sucesivos, al par de las carreras mejor retribuidas, para que si el presente del maestro joven era un aprendizaje rudo, al menos tuviera porvenir y le sostuviese la esperanza.
Tercera. Exigir de los maestros instrucción sólida. Hemos probado, a nuestro parecer, que las primeras letras, tales como hoy se enseñan, no son instrucción, ni contribuyen a perfeccionar al individuo, ni a dar a la sociedad miembros religiosos, morales, y con aquellos conocimientos precisos para que no sean explotados por la codicia o por la ambición, o arrastrados por algún fanatismo.
Cuarta. Organizar la enseñanza de modo que el maestro sea profesor, no niñero, y que las clases duren poco tiempo.
Esto es esencial. Lo primero, porque el espíritu del maestro podrá hallarse a la altura indispensable; lo segundo, porque de este modo será posible la asistencia de los discípulos.
El maestro, aun en los pueblos donde no haya escuela de párvulos y su tarea sea más ruda, no tendrá clase de primeras letras sino hora y media cuando más; a las otras clases asistirán los niños mayores, los jóvenes y los hombres, a quienes transmitirá conocimientos elementales, pero suficientes, de
- Religión.
- Moral.
- Matemáticas.
- Física.
- Química.
- Historia natural, comprendiendo la Astronomía.
- Fisiología con las nociones necesarias de Anatomía.
- Higiene.
- Historia.
- Derecho.
- Economía política.
- Psicología.
- Nociones de agricultura en las escuelas rurales.
- Dibujo lineal en las otras.
- Bellas artes.
Decíamos, y conviene repetirlo, que una gran parte de la reforma en la enseñanza primaria puede resumirse así: menos horas y más años. En efecto, una hora u hora y media, de asistencia a la escuela el niño, y una hora el adolescente y el joven, no es un sacrificio ni para ellos ni para sus padres. En la primera edad, esta sujeción por tiempo tan breve no sería temida ni rechazada, y ofreciendo los niños menos resistencia para ir a la escuela, se necesitaba para vencerla menos esfuerzo por parte de los padres. Estos, si utilizaban de alguna manera el trabajo del niño, no hallarían un obstáculo en el breve tiempo de la lección, que aun serviría de necesario descanso físico en una edad en que conviene ejercitar la fuerza, pero no hacer mucha y por largo tiempo y seguido. Para los adolescentes, para los jóvenes, una hora de clase no sería obstáculo ni para el aprendizaje ni para el oficio; al contrario, aprenderían y practicarían mejor, porque el hombre, aun en la labor más mecánica, no trabaja con las manos solamente, y los que discurrieran mejor serían mejores obreros.
Dada la índole de nuestro trabajo, no podemos tratar de la enseñanza industrial; pero, aunque sea de paso, indicaremos la necesidad de combinarla con la literaria. Los inconvenientes de los obreros brutos y de los hombres del pueblo con alguna instrucción, aunque superficial, y sin oficio, no son difíciles de prever y la experiencia los confirma. Las huelgas que tienen carácter sedicioso, las maquinaciones y rebeldías, la infracción de las leyes que protegen las personas y las propiedades, son efectos de variadas causas; pero una muy poderosa es la falta de instrucción, literaria en unos, e industrial en otros, y de armonía entre estas dos enseñanzas. El mal obrero que tiene algunas letras con frecuencia es díscolo, vicioso, y con facilidad se hace cabeza de motín; el obrero hábil e iletrado está expuesto a todo género de seducciones: ya hemos indicado que en Europa se hace notar el gran número de criminales que no saben leer ni escribir, y en América el de los que con instrucción primaria carecen de la industrial; la necesidad de combinarlas es urgente, y no nos parece posible esta combinación sino haciéndolas simultáneas.
Como en la niñez la atención no se fija en una cosa misma largo tiempo, el poco que pasaran los niños en la escuela, aprovechándole, podría serles más útil que el mucho que ahora pierden.
Los niños que adquieren ahora la instrucción primaria entran en un taller, en una fábrica o en el servicio doméstico, o se dedican a la agricultura, y en cualquiera de estos casos olvidan en todo o en parte la instrucción que adquirieron, y rarísima vez la utilizan. Si los años de enseñanza fueran más, por una parte el ejercicio de lo aprendido haría imposible que se olvidara, y por otra, adquiriendo, no un instrumento que se embota o pierde, sino ideas que se graban, que modifican, que instruyen verdaderamente, que dilatan los horizontes del espíritu y que imprimen carácter, el joven llegaría a hombre con un modo de ser intelectual enteramente distinto, con las aptitudes y gustos racionales de una inteligencia cultivada, y recursos contra el tedio, contra los goces brutales y contra todo género de miserias y extravíos. O no ha de haber instrucción que merezca este nombre ni los sacrificios que es indispensable hacer para plantearla, o es preciso que sea sólida, graduada, exigiendo de los niños y de los jóvenes del pueblo poco tiempo por cada día, pero prolongándola durante muchos años.
Quinta. La ley exigirá que los jefes de taller, de fábrica, todo, en fin, el que tenga operarios o sirvientes menores de veinticuatro años, les deje una hora u hora y media para instruirse. En las industrias de alguna importancia se podría exigir que proporcionasen local para escuela, y aun que contribuyeran más o menos a su sostenimiento. Esto es tanto más fácil cuanto que hay industriales ilustrados que espontáneamente han establecido escuelas en sus establecimientos: con presentar este buen ejemplo y honrarle como merece, es probable que fuera generalmente imitado sin necesidad de coacción legal.
Con las muchas horas de trabajo manual sucede algo parecido a lo que acontece en las escuelas: una cosa es el tiempo que se gasta, y otra el que se aprovecha. Hay observaciones dignas de tenerse en cuenta y de generalizarse acerca de la inutilidad de prolongar con exceso el trabajo físico, aunque se prescinda de todo lo que no sean sus resultados materiales. A primera vista podrá parecer extraño que un hombre trabaje tanto, y a la larga trabaje más en ocho horas que en doce; pero si se tiene en cuenta que, pasando de ciertos límites, la fuerza no se ejercita, sino que se agota, y que cuando esto sucede se puede decir que el trabajador no hace uso del rédito, sino que echa mano del capital de su vida y la arruina, se comprenderá que el sistema de arruinar las fuerzas no es buen cálculo ni aun para los que no atienden sino a utilizarlas considerando al hombre como una máquina. Donde hay demasiadas horas de trabajo, sin perjuicio de éste podría dedicarse una hora a la escuela, que se tomaría a la ociosidad o al trabajo excesivo. Admitiendo el principio, para su ejecución habría de tenerse en cuenta las diferentes circunstancias, y hasta las estaciones, a fin de que la flexibilidad de la ley la hiciera practicable en todos los casos.
A los que tienen solamente aprendices, se les exigiría lo mismo; una hora u hora y media para la asistencia a la escuela habrían de concederla a todos; y aunque esto al principio causara extrañeza y en la práctica ofreciese dificultades, se irían venciendo con un poco de perseverancia y en vista de los buenos resultados. Al fin penetraría en la masa social la verdad de que no sólo de pan vive el hombre, y parecería tan absurdo negarle una hora para sustento del espíritu como ahora no darle tiempo para comer.
Sexta. El Estado, dando a la palabra Estado su significación más general, dispone en los Establecimientos de Beneficencia, directa y absolutamente, de la educación de muchos miles de niños respecto de los cuales podría empezar a establecer la diferencia entre guardarlos e instruirlos, entre el profesor y el niñero; hacer simultánea la instrucción industrial y la literaria; dar a ésta mayor extensión; y, en fin, ensayar el plan que hemos propuesto, siquiera fuese muy en pequeño. Aunque el ensayo se hiciese en reducida escala, con tal que se hiciera bien no desearíamos más; tenemos fe en que los resultados serían un argumento poderoso, irresistible, en pro de la reforma, hablando con la fuerza de los hechos a las personas en quienes influyen poco las ideas.
Séptima. El servicio de las armas pone a disposición del Estado muchos miles de jóvenes que podrían aprovechar para instruirse alguna parte del mucho tiempo que miserablemente pierden en el ejército de mar y tierra. En un principio no sería posible dar mucha extensión a la enseñanza, pero desde luego podría plantearse seriamente. Aunque pocos, hay oficiales ilustrados con que poder formar un núcleo docente. En cada cuerpo habría el número necesario de profesores, de los cuales el primero no tendría menor graduación que la de capitán; en los buques de la Armada se organizaría la enseñanza según el número de tripulantes. Los profesores tendrían ventajas positivas en proporción a sus graduaciones, y obtendrían sus plazas por oposición.
Se ha dicho en el Senado que todos los soldados de la quinta de 1877 saben leer y escribir: se nos figura que el señor senador que lo aseguró ha tenido demasiada facilidad para creer al que se lo ha dicho, y que tal vez figuren oficialmente como instruidos en las primeras letras los que saben deletrear y hacer garabatos, y acaso ni aun esto; pero ya nuestra sospecha sea fundada o no, esta afirmación equivale a convenir en que los soldados deben aprender las primeras letras, que es haber allanado en parte el camino para que aprendan más y adquieran una instrucción sólida, aun antes de que la popular pueda organizarse.
Es posible que haya quien se alarme con la idea de instruir a la tropa, suponiendo antagonismo entre la obediencia ciega y la inteligencia cultivada; nosotros nos alarmamos, por el contrario, de ver la fuerza y la inteligencia separadas, y las armas en manos de hombres que no discurren. El sargento en el cuartel, el contramaestre o el condestable a bordo, los arrastran en un sentido o en otro, y es espectáculo verdaderamente doloroso, bajo el punto de vista social y moral sobre todo, analizar los elementos de que se componen las insurrecciones militares, y cuánto mal hacen esas masas armadas sin saber lo que hacen. Parece que se precipitan como moléculas de agua contenida por dique que se ha roto, y que, obedeciendo a una ley física, por la misma que son arrastradas, arrastran. La rebeldía es mecánica, como lo era la obediencia: hay para mover aquella masa un manubrio, y según el que lo maneja, da vueltas en un sentido o en el opuesto.
La insurrección militar es una enfermedad social grave, gravísima, endémica de nuestro país, y que desdichadamente hemos extendido con nuestro dominio; las causas de este mal son muchas; a nosotros no nos incumbe tratar más que de una, la ignorancia de los soldados, cuyas consecuencias bien apreciadas serían un irresistible argumento en pro de la instrucción que proponemos darles, porque, lo repetimos a riesgo de ser enojosos: saber leer y escribir, no es tener instrucción. La autoridad del profesor destruiría la influencia del sargento, influencia perjudicialísima por muchos conceptos, y que no se puede combatir eficazmente sino elevando el nivel intelectual de la tropa.
Octava. Estimular con premios los buenos métodos de enseñanza, y la publicación de obras propias para la instrucción y recreo del pueblo. No se facilita la instrucción primaria, y una vez adquirida no es más que un instrumento, muchas veces inútil en manos del que lo posee. Una de las causas de que no pueda aprovecharse de él es la falta de libros en armonía con las necesidades y aptitud intelectual del pueblo, no siendo muy propios para aficionarle a la lectura la mayor parte de los que figuran en las bibliotecas populares. El sistema de comprar unos cuantos ejemplares de una obra al autor que tiene influencia para conseguirlo, no dará por resultado generalizar las buenas lecturas. Cierto que éstas suponen lectores; mas para que un libro se lea hay que escribirle antes, y muchos se escribirían propios para el pueblo, y algunos que se han escrito se generalizarían si los autores tuvieran los estímulos que no tienen, y hasta la posibilidad material que hoy les falta. Los públicos certámenes sobre temas bien meditados, con tribunales competentes y premios de alguna consideración, darían por resultado libros propios para la instrucción y recreo del pueblo. Con una cantidad relativamente pequeña, consignada para este objeto en el Presupuesto, creemos que se obtendrían grandes resultados, acaso inmediatamente, y de seguro transcurrido algún tiempo. En un principio tal vez se presentarían obras que no fueran de un mérito sobresaliente, y que, no obstante, debían premiarse, volviendo a sacar el mismo tema a nuevo certamen si parecía necesario. Así, ni se produciría desaliento, ni se dejaría de atender al progreso y perfección, siendo necesarios o convenientes esta especie de contemporizaciones, porque en un camino nuevo, difícil, y por el que marchan tan pocos, han de presentarse infinidad de obstáculos que es preciso contribuir a allanar.
Tomadas estas disposiciones, la ley de enseñanza obligatoria podría empezar a cumplirse si recibía el apoyo de que hablaremos en los dos capítulos siguientes.
Como en España puede decirse que no hay estadística, se ignora el número de niños que viven de la mendicidad; pero es seguro que ascienden a muchos miles, de lo cual se convencerá cualquiera que observe por plazas y calles, veredas y caminos. Esta masa de niños mendigando significa que la sociedad no tiene entendimiento claro ni voluntad recia, porque ni en conciencia ni por cálculo puede autorizarse un plantel de toda especie de abyecciones o indignidades. Autorizar decimos, y es poco, porque directa, eficaz y continuamente contribuye la sociedad a esta radical desmoralización de la infancia desvalida. La abandona moralmente, y físicamente sustenta su cuerpo de un modo propio para pervertir su alma: el pedazo de pan que le arroja está envenenado.
Pero ¿qué ha de hacer la sociedad, se dice, con tantos niños pobres como mendigan? ¿Dónde hay fondos para mantenerlos? ¡Dónde hay fondos! ¿Y de dónde salen ahora? ¿Por ventura los niños mendigos no viven? ¿No comen para vivir? Pues alguien los mantiene, y no sólo a ellos, sino a padres infames o a especuladores que los explotan. Bajo el punto de vista material, la cuenta es muy sencilla. ¿Qué costará más, sostener recogidos o auxiliar a domicilio a los niños verdaderamente desvalidos, cuyo trabajo algo se podrá utilizar, o mantener en la vagancia a todos los que mendigan y a muchos que los explotan? Es evidente que lo último será más caro. Bajo el punto de vista moral no hay cuenta ni medida posible, porque medir es comparar, y no admite comparación una cantidad de monedas, y la dignidad, la conciencia, la virtud, se hacen poco menos que imposibles para el hombre que se deja mendigar de niño.
No hay duda que para muchas cosas la sociedad podría compararse a los que, no teniendo olfato, están sin molestia en una atmósfera apestada; sin molestia, sí, pero no sin daño; las condiciones de salubridad del aire no varían para el que no percibe malos olores. El sentido moral está embotado cuando no produce verdadero sufrimiento ver un niño mendigando, y no se acude a impedirlo como a socorrer al que cae en la vía pública. En aquella criatura que alarga la mano pidiendo limosna está el germen del malhechor que levantará el brazo, o de la prostituta que se enroscará como una culebra alrededor de su cómplice y de su víctima; allí hay una moralidad por tierra, y nadie acude a levantarla; al contrario, contribuyen los transeúntes a que se hunda más.
Las medidas que se toman contra los mendigos, arbitrarias, parciales, sin discernimiento, a veces crueles, son ineficaces siempre; no son de humanidad ni de justicia, sino de policía, y aun pudiera decirse de ornato público. Así como en las poblaciones de importancia las fachadas de las casas han de tener ciertas condiciones de belleza (oficial), y en los campos cada cual puede edificar sin tener en cuenta para nada las reglas de estética, del mismo modo los mendigos que en ocasiones se arrojan de las ciudades andan sin que nadie los moleste por las villas y por las aldeas; parece que no se ocupan de ellos como cosa triste, culpable o desdichada, sino como cosa fea. Está mal al lado de una tienda lujosa o de un soberbio palacio, pero no junto a un casucho; allí no la ven los encargados del ornato público.
No es de beneficencia la ley de enseñanza; no tiene medios de perseguir la mendicidad cuando es culpable, ni de socorrerla cuando es desdichada; pero se encuentra con una multitud de niños y muchachos mendigos a quienes necesita instruir y no puede. Tienen por razón de su oficio fuero privilegiado, con su vida errante y vagabunda, la insolvencia de sus padres o su completo abandono.
Sin salir de los límites que nos traza nuestro asunto, no podemos entrar en detalles acerca de lo que se debe hacer con los niños mendigos; pero nos es indispensable indicar que, en el estado de cosas actual, no son susceptibles de otra instrucción que de la que conduce a presidio, y que este estado de cosas debería cambiar. El cambio, contra cuya realización se alega la falta de fondos, produciría economías, pero exigiría trabajo; y aquí está la gran dificultad en un país en que hay tan pocas personas dispuestas a trabajar. Sería necesario, para poder instruir a los niños hoy desvalidos, clasificarlos, distinguirlos:
1º Los que no tienen padres, ya porque han muerto, ya porque estén presos, penados o se ignora su paradero.
2º Los que tienen madre solamente, o padre y madre incapacitados, por enfermedad, de sustentarlos.
3º Los que tienen padres muy pobres, y con algún auxilio podrían mantenerlos.
4º Los que, teniendo padres que los pueden mantener, los dejan en culpable abandono o los explotan.
5º Los expósitos que se sacan indebidamente de las Casas de Beneficencia y se explotan dedicándolos a la mendicidad.
Los de la primera y segunda categoría necesitan absolutamente el socorro de la beneficencia pública o de la caridad privada, y en parte los de la tercera. Los de la cuarta son hijos de padres a quienes debía exigírseles una estrecha responsabilidad por su punible proceder, obligándolos a que cumplieran una obligación sagrada. Los de la quinta se suprimirían con que se cumpliera la ley de Beneficencia. Mientras así no se haga, mientras haya niños mendigos, los habrá que se sustraigan a la obligación de instruirse; de donde vendrá, no sólo el daño de su ignorancia, sino el que resulta de su mal ejemplo, dado por quien infringe la ley, pública, repetida o impunemente. Con el contagio de los malos ejemplos sucede como con todos los contagios: que son temibles en proporción de los elementos favorables que hallan para desarrollarse; y la propensión a la holganza y la vagancia no son tan raras en España, ni tan generalmente repulsiva la degradación del mendigo, que no sea de malísimo efecto para el niño pobre y obligado a ir a la escuela la vista del mendigo independiente, que no tiene semejante obligación. La independencia tiene entre nosotros un fuerte atractivo, y es necesario evitar que haga alianzas con los males que combatimos.
Bastan estas breves indicaciones para señalar uno de los obstáculos que encontraría la ley de enseñanza obligatoria, obstáculo que no podría remover sin el auxilio de otras disposiciones.
Ineficaz será la ley que haga obligatoria la enseñanza primaria si la opinión, en vez de favorecerla, la rechaza, o solamente la mira con indiferencia.
A riesgo de ser importunos, volvemos a repetir que la ignorancia, cuando es mucha, es invencible sin ajeno auxilio; por lo tanto, la instrucción ha de hacerse desde arriba abajo, entendiendo por arriba la situación de los que tienen más autoridad, más inteligencia, más prestigio, más riqueza, una superioridad cualquiera, en fin, que emplear en beneficio del ignorante.
Tenemos fe en las medidas que hemos propuesto; creemos que, convertidas en preceptos legales, podrían ser fecundas en bienes, pero a condición de que hallaran apoyo fuera de la esfera oficial y fuesen vivificadas por fuertes iniciativas individuales y acciones colectivas voluntarias y poderosas.
La ley, cuando tiene el carácter positivo que distingue a la que hace obligatoria la instrucción primaria, no puede ser más que una armazón, indispensable en algunos casos (y creemos que es el nuestro), pero insuficiente en todos, si a levantar el edificio no contribuyen eficazmente auxilios extralegales. Según los medios y las aficiones de cada uno, puede contribuirse a generalizar la enseñanza de los diferentes modos siguientes:
1º El que no tenga facultades o voluntad para otra cosa, hacer propaganda contra la ignorancia, buscando ocasiones, o siquiera aprovechando las que se le presenten, para generalizar el conocimiento de las ventajas que ofrece la instrucción, y honrando públicamente a los que la poseen y comunican.
2º Formar parte de las Juntas auxiliares de la instrucción oficial, desplegando la inteligencia y actividad necesarias para que la ley se cumpla.
3º Cooperar pecuniariamente a la enseñanza proporcionando local para escuela, contribuyendo a la adquisición de material, a la dotación del maestro, etc., etc., o bien protegiendo a uno o más niños o jóvenes para que privadamente se instruyan.
4º Enseñar gratis privada o públicamente.
5º Socorrer a alguna familia cuya pobreza es un obstáculo para la instrucción.
6º Acompañar la limosna que se da a pobres con el consejo de que envíen a sus hijos a la escuela, y, cuando esto sea posible, exigirlo como condición.
7º Dar, según sus facultades, premios a los niños que se apliquen, a los maestros que se distingan, a los autores que escriban buenos libros, y procurar generalizarlos.
Algunas, varias o todas estas cosas pueden hacerse según los recursos de que disponga el que quiera contribuir a la enseñanza sin asociarse a otros con el mismo fin. Pero el medio más eficaz de conseguirla es la asociación, que utiliza pequeños esfuerzos, aptitudes varias y aficiones diferentes; que regulariza los trabajos, distribuye equitativamente los beneficios que hace, comunica ideas, contiene impaciencias y sostiene desfallecimientos. Sin la asociación, que es hoy el eficaz medio para los altos fines, no se podrá hacer nada grande en materia de enseñanza.
La asociación puede hacer en grande lo que en pequeño hemos asignado como posible al individuo, y otras muchas cosas que a un hombre solo no le es dado realizar, aunque disponga de muchos medios pecuniarios y quiera destinarlos a combatir la ignorancia. Por dinero no se compra a los que están dispuestos por caridad, y no por interés, a enseñar o vigilar, a trabajar, en fin, lo mucho que se necesita para que las escuelas establecidas por personas benéficas llenen su alta misión. Es necesario repartir entre muchos el peso de una labor dificultosa.
Algunos establecimientos de enseñanza hay entre nosotros debidos a asociaciones benéficas, y el esfuerzo debe dirigirse a generalizarlos, a perfeccionarlos y a que no se limiten a la enseñanza de niños.
Como muestra de lo que se conseguiría de los pobres dándoles un pequeño auxilio, pueden presentarse algunas escuelas donde, con sólo dar un potaje y un poco de pan, a veces bien poco, se consigue la concurrencia de niños en mayor número de los que pueden admitirse: hay siempre más solicitudes que plazas. Si por medio de asociaciones se generalizaran estas escuelas, cuyo coste no sería mucho comparado con el bien que podrían hacer, ni aun en absoluto, la caridad daba por resuelta una gran parte del problema de la enseñanza obligatoria, que convertiría en voluntaria. Los pobres no son tan refractarios como algunos suponen a la instrucción de sus hijos; hay un gran número en estado de indiferencia que se vence con un estímulo cualquiera, y otro no menor para el cual la ración gratuita que se ofrece en la escuela es un auxilio sin el cual los niños difícilmente podrían asistir a ella: en muchos casos es preciso combatir, al mismo tiempo que la moral, la miseria física; en otros basta emplear medios menos eficaces y costosos, como, por ejemplo, dar un vestido a todos los alumnos que asisten puntualmente, o basta establecer la escuela con regulares condiciones. Debidas a benéficas sociedades hay escuelas de estas tres clases que, si son insuficientes para las necesidades de la enseñanza, prueban que no serían vanos los esfuerzos que se hicieran para generalizarla.
Hoy las sociedades benéficas suelen limitarse a la enseñanza de las primeras letras; pero si pareciera razonable lo que hemos propuesto, de armonizar la instrucción industrial con la literaria, reduciendo las horas y aumentando los años que a ésta se dedican, las asociaciones, según los medios de que dispusieran, podrían empezar desde luego a instruir muchachos crecidos y jóvenes, a fin de que no olvidasen lo aprendido, y aprendieran lo que había de serles verdaderamente útil. Tal vez debería ser éste el principal objeto en aquellas localidades en que hubiese elementos adecuados. No es posible improvisar un cuerpo oficial docente con las condiciones requeridas para la sólida enseñanza popular que deseamos, y convendría que, donde quiera que se hallasen personas con voluntad y aptitud para enseñar algo más que las primeras letras, reunieran sus esfuerzos a fin de propagar la instrucción. Con esto harían dos grandes bienes: instruir a sus alumnos, y demostrar prácticamente la posibilidad y utilidad de la instrucción verdadera; sus lecciones serían a la vez ejemplos. Esta instrucción claro está que no podría ser completa; difícil es que aun en los grandes centros, donde hay más medios intelectuales, hubiera en muchos años profesores ni aun discípulos para la enseñanza toda que conviene dar al pueblo; pero las asociaciones, reuniendo los elementos aprovechables, los utilizarían en grande o en pequeño, según pudieran. Colectividades voluntarias, poderosas y flexibles a la vez, adaptándose a las varias circunstancias con la libertad de sus movimientos, tendrían medio de aprovechar sus aptitudes. Por incompleta que pareciera su obra, no dejaría de ser en alto grado útil y aun armónica, porque hay afinidades en los conocimientos que parecen menos afines, y todos tienen de común la gimnasia de la inteligencia, la cultura del espíritu, es decir, espiritualizar al hombre, y en la misma medida disminuir la preponderancia de sus instintos brutales. Si tal asociación no puede enseñar, por ejemplo, sino Economía política, y tal otra Astronomía solamente, que no vacilen en dar esta enseñanza, porque siempre que haya quien quiera recibirla se hará un gran bien con ella, y lo mismo puede decirse de cualquiera otra. En la escasez, podría decirse penuria de conocimientos, que hay entre nosotros, y en la urgente necesidad de generalizarlos, las asociaciones deberían utilizar todas las fuerzas vivas intelectuales para que no se perdiera ninguna. En esta línea podrían hacer lo que es imposible al Estado, cuyas reglas más generales o inflexibles no pueden modificarse a medida de las diferencias a que se adapta una asociación benéfica.
Las bibliotecas populares y la generalización de libros útiles y otros medios de instrucción, necesitan también el auxilio de colectividades bienhechoras. Entre nosotros es muy raro que se escriba un libro verdaderamente útil para instrucción popular, ni aun que se traduzcan los que se han escrito en otros países. Era necesario procurar que se hicieran traducciones, y sobre todo estimular a los autores de obras originales, hoy desalentados por la indiferencia, que paga con olvido los sacrificios. ¿Qué hace el autor de un libro útil si no tiene favor en las esferas oficiales o en la prensa periódica, ni quiere mendigarle? ¿A quién se dirige? a un editor que tal vez rechaza su manuscrito, que de seguro lo paga mal porque no puede venderle bien. Si se decide a imprimirle, perderá algunas ilusiones y algún dinero, no resarciéndose de los gastos de impresión. Si tiene mucha fe, creerá en el porvenir; pero con tal presente para los autores, tiene que ser muy corto el número de buenos libros que se escriban. Las asociaciones que los generalizasen variarían por completo la situación del escritor instruido y de conciencia, que puede contentarse con el pan de cada día, aunque sea muy escaso, pero no resignarse a clamar en el desierto. Ellas les darían ecos y el aliento necesario; son muy pocos los hombres que sin presunción necia tienen convencimiento firme de decir la verdad cuando nadie la repite; pocos los que no necesitan para completarse de la comunicación magnética con el público a quien se dirigen; pocos los que en el silencio del olvido no resabian su inteligencia con hábitos de dogmatismo, o se dejan fascinar por los ángeles o los monstruos que engendra la soledad; entre estos pocos pensadores a prueba de aislamiento e indiferencia habrá un número todavía más corto que tengan vocación y aptitud para escribir libros útiles y a la vez populares; es un género de talento que parece esencialmente comunicativo y que se marchita cuando se aísla.
No se pueden leer libros que no se escriben, ni escribirlos cuando no hay quien los lea; y si se ha de salir pronto de este círculo, ha de ser con el impulso que no es capaz de dar un pueblo ignorante y un escritor ignorado, y que podría venir de ilustradas y benéficas colectividades.
Adelantar fondos para hacer grandes tiradas de libros útiles, que así podrían salir muy baratos y darlos por su coste o por menos de lo que costasen, o gratis, según su importancia y los recursos pecuniarios de que se dispusiera;
Formar bibliotecas y contribuir a surtir las ya formadas;
Establecer gabinetes de lectura;
Facilitar el alquiler de libros cuando no pudieran prestarse gratis;
Estimular pequeñas asociaciones con objeto de suscribirse a una obra o publicación periódica que, siendo barata, resultaría casi de balde pagada entre unos cuantos;
Y otros muchos modos puestos ya en práctica en otros países, o que pueden idearse, darían en el nuestro el resultado de generalizar las lecturas útiles. Lo repetimos: la gran mayoría de los hombres y mujeres del pueblo que saben leer no leen, y los pocos que de vez en cuando dedican algún rato a la lectura, suele ser ésta tal, que más valía que no leyeran nada. Periódicos que tratan de las cuestiones políticas con el criterio del espíritu de partido o del interés de pandilla, y las sociales con exageraciones en diversos sentidos; novelas inmorales y cuyo mérito literario corresponde a su moralidad; coplas sin sentido común y muy propias para pervertir la moral: esto es lo que lee el pueblo cuando le ocurre leer. No puede hacerse la guerra a los malos libros sino con libros buenos, y no urge menos que enseñar a leer el proporcionar a los lectores ignorantes lecturas que los instruyan, en lugar de aquellas que los extravían.
Vasto campo se ofrece al individuo, ya solo, ya asociado, para cooperar a que la instrucción se difunda; y como el auxilio puede ser muy pequeño, y en cuanto a forma la que eligiere, poca disculpa tiene quien se niega a prestarle. Desde dar algunos céntimos hasta trabajar mucho personalmente; desde prestar un servicio material hasta ofrecer el don de la inteligencia, hay una larga escala, y cada uno es dueño de recorrer la parte que quiera o que pueda. ¿Bastarán estas facilidades para que sea grande el número de cooperadores perseverantes a la obra de la enseñanza popular?
Decimos perseverantes, porque de otro modo no serán útiles: poner su nombre en una lista de suscriptores; pagar la suscripción algunos meses y retirarse después; formar parte de una Junta; asistir a las primeras reuniones y no volver, o solamente raras veces; aceptar un turno para vigilar una escuela que se queda pronto sin vigilancia; comprometerse a tomar parte activa en la enseñanza y no dar más que unas lecciones, son cosas que se ven con frecuencia deplorable.
Ignoramos los que responderían a un llamamiento que se hiciera para difundir la instrucción; ignoramos los que perseverarían de aquellos que respondiesen; lo único que no ofrece para nosotros duda es que la ley que estableciese la enseñanza obligatoria, aun tomando las medidas que hemos propuesto para facilitarla, produciría muy escasos resultados si no viniera a darle vida la acción individual formando numerosas y activas asociaciones: éstas sin ley podrían mucho; la ley sin ellas, poco.
Bien será que lo comprendan así los que la promulguen y lo comprendamos todos, para apreciar con exactitud los obstáculos y los medios de vencerlos.
Hoy en las escuelas de adultos se admiten generalmente los jóvenes mayores de diez y ocho años o de diez y seis, conforme los reglamentos; y como, según nuestro sistema, la enseñanza debería prolongarse hasta los veintitantos años, las escuelas venían a ser mixtas, de niños, de jóvenes y de adultos, no porque se mezclaran en ellas, sino por dar enseñanza a unos y otros.
Como esta enseñanza había de ser graduada, las dificultades se irían venciendo poco a poco; y por esta y otras razones no se dedica este capítulo a los jóvenes y a los hombres que habiendo empezado a instruirse desde niños acuden a la escuela, sino a los que van a ella careciendo completamente de instrucción, o teniéndola muy escasa, que es la regla en los que asisten a las escuelas de adultos.
Como tratamos de enseñanza primaria obligatoria, y ésta no se entiende más que con los niños, o con los muchachos cuando más, en rigor están fuera de nuestro asunto las escuelas de adultos; no obstante, hemos querido dedicarles un capítulo por su mucha importancia, y porque, esperando menos de la coacción que de los estímulos y medios indirectos, éstos podrían emplearse con los adultos lo mismo que con los muchachos y los niños.
Las escuelas de niños hacen un bien inmediato y otro mayor para el porvenir; el bien de las escuelas de adultos es más presente, y aun puede decirse más seguro, porque ofrece mayor seguridad la vida de los alumnos. La mitad de los que asisten a una escuela de párvulos no llegarán a hombres, y son pocos los asistentes a la de adultos que no llegarán a viejos.
Llenos de gratitud para con el pasado, y comprendiendo que los beneficios de él recibidos constituyen obligaciones respecto del porvenir, lejos estamos de negarnos al pago ni de regatear mezquinamente la cuantía de nuestra deuda; pero no olvidemos tampoco la que tenemos con el presente. Demos el pan de vida a la generación de hoy, pero no dejemos a la de ayer caminar a la muerte sin auxilio espiritual. Enseñemos al niño, pero no abandonemos al hombre; no le digamos: «Tú contribuyes para redimir a los que vienen detrás, mas para ti no hay redención; has nacido demasiado pronto; vive y muere en la ignorancia, aunque te resulte de ella mayor daño y descrédito a medida que se generaliza el saber.» Esto es triste, es duro, y si no es absolutamente inevitable, injusto. La enseñanza de los adultos es obligatoria en cuanto fuere posible, porque no hay derecho para dejarlos en el abandono si es dado prestarles auxilio, y más cuando en medio de su pobreza contribuyen para auxiliar a otros. No ya tratándose de hombres que la mayor parte no han vivido la mitad de la vida, pero aun al que le restan pocos días que vivir, se le deben medios de perfeccionarse, y, por consiguiente, de instruirse. Si no se le niegan consuelos a un moribundo, tampoco deben negársele lecciones, que tal vez le son más necesarias; no preguntemos a un hombre la edad que tiene para instruirle, porque mientras viva puede aprender, mientras puede aprender debemos enseñarle; una hora antes de morir es todavía tiempo de conocer una verdad, y bienaventurado el que haya enseñado muchas.
Hablamos principalmente de los motivos nobles y elevados que pueden impulsar a combatir la ignorancia en los hombres, cualquiera que sea su edad, por tener más inclinación a usar argumentos ad justitiam que ad terrorem; pero si se trata de impresionar por el temor, medios había, manifestando que la ignorancia más terrible, por el momento, es la de los adultos, a quienes promete imposibles, y combinándose con sus pasiones y sus dolores, a veces da por resultado la violencia y el crimen. El remedio de muchos males de mañana está en enseñar a los niños; el de muchos males de hoy, en enseñar a los hombres; y siendo tan conveniente, no hay que decirlo antes de saberlo bien, que es imposible. La huelga tumultuosa, el motín, la rebelión, el delito colectivo o individual, tienen medios de propaganda contagiosa a que, en parte al menos, podría poner coto la instrucción de los adultos. Las circunstancias son graves y los peligros próximos. En un pueblo falto de agua, bien está que se estudie un proyecto para abastecerle de ella; pero si hay un fuego se recurre a los pozos, a los manantiales más próximos, aunque escasos, porque la necesidad más imperiosa es a lo que primero se atiende. Si fueran tan perceptibles para todos, los fenómenos intelectuales como los que afectan los sentidos, tal vez nos apresuraríamos a establecer escuelas de adultos como nos apresuramos a apagar el fuego.
Se dice que los hombres hechos no quieren aprender, y que muchos no pueden; que no hay medio de cohibirlos, y se citan muchas escuelas de adultos que ha habido que cerrar y otras que cuentan pocos alumnos, cuyos adelantos no son grandes por lo general.
No negaremos que haya miles de hombres refractarios a la instrucción y cuya rudeza no es modificable, porque la débil voluntad se combina con el embotado entendimiento. En absoluto, estos hombres no son incapaces de recibir instrucción, y la prueba es, que si por un delito se les condena a prisión celular, en la celda aprenden lo que en libertad se tenía por imposible que aprendieran; mas como no pueden emplearse con el ignorante honrado, y para instruirle, los medios a que es justo recurrir respecto al criminal, concederemos desde luego que hay muchos miles de adultos que no irán a la escuela o dejarán de ir viendo que poco o nada adelantan.
Pero los que asisten con poco provecho o se cansan de asistir, ¿es siempre, ni aun las más veces, por culpa o veleidad suya? Hemos visto perseverancias verdaderamente prodigiosas en hombres ignorantes que procuraban instruirse, y hemos visto también métodos absurdos y falta de método y aun de buen sentido para dirigir la enseñanza de hombres rudos. En ocasiones no nos admiraba los muchos que dejaban de ir, sino los pocos que asistían con una constancia a prueba de tanto como se hacía para cansarla, máximo tratándose de personas que habían pasado el día en un trabajo penoso.
Si hay que cerrar una escuela de adultos, o la asistencia es escasa, o da poco resultado la enseñanza, ¿a quién se culpa? A los discípulos; muchos llegan a persuadirse ellos mismos de que son ineptos aunque no lo sean, y bajo la fe de sus maestros, que, como es natural, están más dispuestos a declarar a los alumnos incapaces de aprender que a convenir en que ellos no tienen aptitud para enseñar. Aun cuando esto último sea lo cierto en ocasiones, lo contrario se tiene como evidente, porque el ignorante desahuciado se pierde silencioso entre la multitud, y el docto que le desahució perora o escribe, influye en la opinión y retrae a muchos que desearían que la enseñanza no se limitase a los niños. Este daño suele hacerse, no sólo de buena fe, sino contrayendo mérito, porque le tiene muy grande consagrar trabajo perseverante y gratuito a una labor que da escasos resultados o que parece estéril.
Cuando no falta voluntad de aprender o no son completamente ineptos los hombres que asisten a las escuelas de adultos, el poco resultado que éstas dan consiste en el mal método, en la falta de él y en no hacerse bien cargo de las circunstancias de los discípulos. Suele incurrirse en dos errores graves: consiste el primero en tratar a los hombres como si fueran niños; y el segundo, al querer instruir a personas sin gimnasia intelectual ni hábitos de reflexionar, exigir de ellas atención sostenida, inteligencia de las verdades profundas que no se ofrecen espontáneamente a la conciencia, y comprensión rápida de cosas que sólo gradualmente y muy despacio pueden llegar a comprender; el que no sepa evitar ambos escollos perderá mucho tiempo, si acaso no lo pierde todo, y, lo que es peor, acreditará la idea equivocada de que el que no empieza a estudiar desde niño es, por lo común, incapaz de aprender nada.
Hay quien habla o escribe de enseñanza popular, y la equivoca con la infantil, partiendo del error que dejamos apuntado, de que a los hombres ignorantes se les puede tratar como niños: de aquí resulta ridículo para el que quiere enseñarlos, y con su desprestigio su impotencia. Por el hecho de haber vivido veinticinco años, el hombre sabe lo mucho que se aprende viviendo; la pasión le habrá sujetado a claras pruebas, y el dolor no le habrá escaseado sus lecciones. La existencia más obscura y aislada está llena de relaciones, y tiene la luz necesaria para discernir el mal del bien. La ignorancia de las cosas que se aprenden estudiando puede hacer que se confunda, en lo que al espíritu se refiere, al ignorante y al niño; pero el hombre, aunque no haya estudiado nada, sabe las cosas que se aprenden viviendo, que son muchas; además de este conocimiento, tiene las grandes iniciaciones de los afectos; hijo, hermano, padre, ha visto nacer y morir a los que ama; ha reído y ha llorado; sabe lo que es gozar y padecer. Si trabamos conversación con un hombre rudo, o mejor si escuchamos la que tiene con otro que esté a su nivel intelectual; si prescindimos de la forma, veremos que en el fondo tiene más ideas, más sentimientos, más necesidades comunes con nosotros de lo que habíamos imaginado; veremos que no hay en él ni el candor, ni la inexperiencia, ni la ligereza, ni la puerilidad veleidosa de la niñez; y si participa de su imprevisión, tal vez sea más por necesidad que por aturdimiento: el niño no sabe que hay porvenir; el hombre del pueblo cierra los ojos para no verlo, único modo muchas veces de que pueda gozar del presente. Así, aun en esto no deben confundirse el hombre rudo y el niño; entrambos son imprevisores, mas por diferente causa y de distinto modo.
Son una verdadera inocentada esas pláticas o libros en que con historietas y cuentos propios de niños se quiere interesar e instruir a los hombres. Ni el medio es el más apropiado, ni el objeto cual debe ser, porque no pueden servir las mismas lecciones para los que tienen diversos gustos y deberes.
Así, pues, hay que tratar a los alumnos de la escuela de adultos como hombres, pero sin pasar al otro extremo, olvidándose de que son rudos. Largas peroraciones que necesiten una atención sostenida; mucha movilidad que pasa rápidamente de unas ideas a otras; puntos de vista muy elevados adonde se quiere volar en vez de subir paso a paso, son medios que no pueden conducir al fin de instruir al hombre ignorante, tardo en todos sus movimientos intelectuales. Aun las verdades intuitivas no las verá ni pronto, ni completamente en ocasiones, porque la intuición no es idéntica en todos, ni la misma en un salvaje que en un filósofo: en este género de enseñanza, sobre todo, puede asegurarse que quien no va despacio no irá lejos.
Ocurre preguntar: el hombre que no tiene aptitud o paciencia para deletrear y hacer palotes, ¿no puede aprender nada? ¿Es imposible enseñar cosa alguna al que no sabe leer y escribir? Responderemos negativamente. Así como hay personas que saben leer y escribir, y cuyo espíritu está completamente inculto, más aún, que son poco menos que imbéciles, y otras sin ningunos conocimientos literarios y de natural despejo y entendimiento claro, puede suceder que el que no tenga aptitud para aprender las primeras letras sea capaz de instruirse en otras cosas. Un poco menos de fuerza de voluntad, la dificultad un poco mayor, tal vez, por la clase de trabajo, para hacer letras o aprender a combinarlas, determinan la ineptitud de un hombre que acaso sea capaz de algún género de instrucción. Importa tanto adquirirla, que, cuando la de las primeras letras fuera imposible, debería intentarse alguna otra; si la prueba salía mal, poco se perdía; si bien, se había ganado mucho. Si era posible desvanecer algunos errores, generalizar algunas verdades, enseñar un poco a discurrir, el que esto hiciera en la escuela de adultos no hacía menos que el que enseñaba las primeras letras.
La ventaja de proporcionar instrucción a los hombres ignorantes no ha de medirse tampoco por el número de alumnos que se examinan.
El que aprende a leer, lee a los que no saben y difunde la instrucción, el que sabe algunas verdades, las generaliza entre sus compañeros; el que ha comprendido que un error lo es, contribuye a extirparle. El alumno de la escuela de adultos vive con sus compañeros de trabajo, sobre los cuales, más o menos, influirá su instrucción. Cierto que le faltará la autoridad de una posición social aventajada; pero en cambio tampoco habrá contra él prevenciones, que más de una vez obscurecen la razón. Hay ocasiones (y ahora son frecuentes) en que la clase, en vez de autorizar, desautoriza la verdad, que hace más efecto en el taller dicha por un operario que por el dueño del establecimiento.
Por todo lo dicho creemos que no debía omitirse medio de generalizar y perfeccionar las escuelas de adultos.
Al tratar de lo que pueden hacer y es necesario que hagan los individuos asociados para generalizar la instrucción, íbamos a escribir un párrafo relativo a los niños que vagan por la vía pública en vez de ir a la escuela; pero nos ha parecido mejor dedicarles, aunque breve, un capítulo aparte para llamar particularmente la atención sobre lo que merece fijarla de una manera muy especial: con frecuencia los que acaban desastradamente por efecto de sus vicios o sus crímenes, han empezado por ser chicos de la calle, y no es necesario decir más para encarecer la necesidad de que en la calle no haya chicos abandonados y pervirtiéndose mutuamente. La división de trabajo no es menos necesaria en el asunto que nos ocupa y otros análogos que en la industria, aunque esta necesidad no aparezca de una manera tan ostensible. Así, por ejemplo, la propagación de buenos libros, el contribuir pecuniariamente a sostener una escuela, el enseñar en ella o vigilarla, y el procurar que los que han de asistir no vaguen por plazas, calles y caminos, obras son todas buenas, excelentes, pero que exigen medios y vocaciones diversas.
Con el nombre de chicos de la calle se confunden categorías morales muy diversas. En la calle está el niño que por descuido de sus padres no va a la escuela; el que no asiste por falta de vestido o de calzado, o de local en que se le admita gratuitamente, siendo él muy pobre para pagar retribución alguna; el que tiene alguna ocupación a las horas de clase; el rebelde que prefiere el castigo y la holganza y la libertad, a la sujeción y el trabajo del aula. En la calle está el niño que da el mal ejemplo y el que le recibe; el que se deja llevar a una acción culpable y el que le arrastra a ella; el que se entretiene en saltar o en ver lo que pasa; el que juega a los naipes y hace trampas; el que mira los juguetes o los dulces que hay en un escaparate, y el que piensa cómo se apoderará de ellos sin ser visto; el hijo de padres que le enseñan prácticamente el mal, y el que es malo a pesar de las amonestaciones y de los ejemplos de su familia; el que curiosea y el que hurta; el que pronuncia palabras obscenas sin saber todavía su significación, y el que practica ya malas obras y se ha iniciado en los misterios del vicio y del delito.
Estas y otras variedades del chico de la calle se barajan, se confunden, se contagian más o menos activamente, según mil circunstancias que, si no son casuales, no están al menos influidas por voluntades rectas y entendimientos claros. Cuando se considera la impresionabilidad, el instinto de imitación, la tendencia a dejarse llevar de los apetitos, la falta de principios y de fijeza en las ideas que hay en la niñez; cuando se observa la influencia que ejercen en los niños todavía candorosos y tímidos, esos pilluelos osados, con aires de suficiencia y de maestros, y que pueden serlo ya en muchos géneros de maldades; cuando se calculan las tentaciones y los medios de resistir a ellas, la proximidad y frecuencia de los malos ejemplos, la eficacia mayor que tienen los dados por personas de la edad de quien los recibe; cuando todo esto se tiene en cuenta, admira los chicos de la calle que se salvan y son hombres honrados, no los que se pierden miserablemente.
La enseñanza primaria obligatoria que tropieza con los niños mendigos, también con los chicos de la calle, cuyos hábitos de holganza y de rebeldía necesita vencer; victoria difícil y necesaria si se ha de generalizar la instrucción y elevarse el nivel de la moralidad: para lograr este triunfo nos parece indispensable la acción simultánea y armónica del Estado y de los particulares; de los individuos de Asociaciones benéficas y de los agentes de la Autoridad. Por regla general, creemos que las Asociaciones benéficas han de tener su esfera de acción independiente de la del Estado, que no les debe más que aquella protección que merece toda voluntad recta; pero hay casos particulares, y el que nos ocupa parece uno de ellos, en que la acción gubernamental y caritativa combinadas podrán ser más fecundas para el bien.
Por una parte, los individuos de una Asociación no pueden perseguir a los niños que vagan por la calle en vez de ir a la escuela; sobre ser materialmente imposible, sobre repugnar a la caridad todo género de coacción, ningún particular, aunque se asocie a otros, puede tener derecho a impedir a nadie que circule por la vía pública; y si tal derecho se le concede, en cuanto le ejerce obra en unión con el Estado. Pero aunque se venciese la dificultad legal quedaría siempre la moral, que, aunque se pudiera, no se debería intentar vencer: los que han de influir moralmente en el ánimo de los niños no conviene que empleen contra ellos coacción física, sino, por el contrario, que suavicen con la caridad las severidades, que a veces pueden parecer duras, de la ley.
Por otra parte, los agentes de orden público que recogen en la calle a los niños que deben estar en la escuela, ¿los llevarían a la prevención? No; debe evitarse a toda costa que sobre la frente del niño caiga la mancha de haber estado preso ni por horas, ni por minutos, porque, en el equilibrio acaso inestable de su moralidad, puede destruirla semejante mancha en su honra. El menor ataque a ella sería mucho más perjudicial que útiles los conocimientos que pudiera adquirir en la escuela, y en mal hora iría a ella si había de ir acompañado de ningún género de oprobio. Los agentes de orden público deberían recoger a los chicos de la calle que faltan a la escuela para entregarlos al individuo de una Asociación caritativa encargada de recibirlos, cuya influencia moral completará la obra de la coacción física, quitándole lo que pudiera tener de irritante y humillante. La policía confunde, y no puede menos de confundir mientras no delinquen, los chicos de la calle; sólo la caridad puede clasificarlos y tratar a cada uno como corresponde y necesita, para que, al mismo tiempo que le señala el camino de la escuela, le aparte de otros caminos que le conducirían a su perdición. La caridad, que conoce las circunstancias del niño, las de sus padres, los peligros que le rodean, los recursos con que cuentan, puede seguirle y sostenerle; ella, que es paciente y que no se cansa, triunfará con mansedumbre y perseverancia de rebeldías que sin ella triunfarían. El nivel brutal y muchas veces inicuo de la policía no puede pasarse sobre las frentes de los chicos de la calle para llevarlos por fuerza a la prevención y a la escuela, porque sería posible que el daño moral que se les hiciera excediese mucho del bien intelectual que se procuraba.
Decimos procuraba, porque, cuando los medios no son adecuados, se logran difícilmente los buenos fines, o no se logran.
Así, pues, las Asociaciones protectoras de esos niños que pasan una gran parte de su vida en la calle nos parecen un auxiliar necesario para que la coacción que los obliga a ir a la escuela sea a la vez apoyo y guía, tenga carácter verdaderamente tutelar, y no se confunda, ni por ellos ni por nadie, con lo que se llama la acción de la justicia, palabra que significa entre nosotros vejaciones sin límites y descrédito irreparable. Que los chicos de la calle, cuando infringen la ley en materia grave, estén sujetos a la acción de la justicia; pero cuando rehúsan ir a la escuela, que sean entregados a la caridad.
No escribimos un tratado de pedagogía, y sin salirnos de nuestro asunto no podríamos entrar en pormenores acerca del modo de enseñar; pero hemos de hacer algunas observaciones respecto a métodos y libros propios para la enseñanza popular.
Aun dada la rudeza de nuestro pueblo, creemos que la mayoría de sus hijos es capaz de aprender las cosas necesarias si se enseñan bien, si se ordenan los conocimientos, si se encadenan las verdades, de manera que lo sabido allane el camino de lo que se va a adquirir y corrobore lo que se sabe ya. Hay que graduar las dificultades para disminuirlas; no prescindir del arte al exponer la ciencia, Y no erizarla de obstáculos si pueden suprimirse.
Los métodos para la enseñanza popular han de procurar brevedad, claridad y belleza: esta última circunstancia, que acaso parezca ociosa, está lejos de serlo. El pueblo es un gran poeta y un gran artista; conviene embellecer la lección que se le da para que mejor la tome, y no creemos que al enseñarle se pueda prescindir del arte sino a costa de la ciencia. Las obras de Dios son prodigiosamente deslumbradoras, de espléndida belleza, cuya utilidad, por no ser material, no es menos positiva, y el hombre más rudo procura embellecer toda obra que sale de su mano. Desde el Supremo Hacedor hasta la última racional criatura, aman, quieren, buscan la belleza. ¿Prescindirá de ella el maestro? ¿No comprenderá que su atractivo es un poder, que su ausencia deja un verdadero vacío? El fruto ha sido antes flor, y para extender el imperio de la verdad no debe prescindirse de su hermosura.
La brevedad que pedimos en los libros que han de servir para la instrucción del pueblo es una condición que se va haciendo sentir para todos. Se escribe tanto sobre cualquiera materia, que, aun concretándose a una sola, no es posible leer todo lo publicado, y lo será menos cada día. Es necesario abreviar y condensar, lo cual en muchos casos, en la mayor parte, puede hacerse, no sólo sin perjuicio, sino con ventaja de la claridad.
En un libro, todo lo que no hace falta sobra; todo lo que no facilita el conocimiento del asunto lo dificulta, y hay lectores que se pierden entre divagaciones, rodeos, digresiones, citas, adornos, y que a través de ellos no ven la ilación del argumento, las consecuencias de la lógica, la evidencia de la verdad, que comprenderían mejor expuesta con más sencillez.
No son muchos los autores que saben ponerse en lugar del lector que ignora, que procuran economizarlo tiempo, no lo dan más trabajo que el necesario para comprender el asunto, y no añadan a sus dificultades las que provienen del modo de exponerle; hay pocos autores que se hagan cargo de que para un lector no instruido, un libro en que falta claridad y orden, y sobran palabras, es un verdadero laberinto; hay pocos autores que sean parcos, que digan, no todo lo que se les ocurre, sino lo que conviene decir, dejándole al lector lo que debe decirse él después de haberle puesto en camino para que lo diga. No es sólo el poeta; también el hombre de ciencia debe ser conciso con oportunidad, presentando hechos o argumentos que hagan pensar, como aquél pone en situaciones que hacen sentir. Las proporciones de la mayor parte de los libros podrían reducirse mucho, muchísimo, con ventaja de su claridad y aun de su verdad. Uno de los defectos más frecuentes en los libros es la contradicción, que sería más ostensible para el autor y, por consiguiente, más fácil de notar y de corregir, si en vez de estar atenuada por argumentos poco concretos, perdida en rodeos, y como desleída en multitud de palabras, se presentase concentrada en frase breve, juicio categórico, exposición clara. Las afirmaciones o negaciones contradictorias, puestas así unas enfrente de otras a corta distancia, tendrían un relieve que las haría perceptibles sin grande esfuerzo de memoria ni de atención: poner a los autores en situación de contradecirse menos, y dar a los lectores facilidades para apercibirse de la contradicción, es quitar al error un auxiliar poderoso: la ordenada concisión le determina, y denunciándole con más seguridad da más medios de condenarle.
La falta de lógica, que se disimula en rodeos difusos, largas peroraciones, citas, hechos y argumentos que pueden excusarse, aparece como la contradicción cuando, condensándose las ideas, se nota fácilmente si hay o no exactitud al compararlas y establecer relaciones entre ellas, y si hay orden al exponerlas.
No todos los asuntos son susceptibles de tratarse con igual concisión, pero no hay ninguno que no tenga un máximo razonable de brevedad, que coincide con el de claridad, y al autor que no sea capaz de alcanzarla le falta alguna condición para maestro. No sabemos hasta qué punto la brevedad será dificultosa, porque, en general, se prescinde de ella si acaso no se evita. El público y los editores suelen apreciar los libros por su tamaño, y aun no todas las personas ilustradas se sobreponen a esta vulgar preocupación. Así, entre los propósitos que hace el autor al emprender su obra, es raro que se halle el de ser breve, y frecuente que procure extenderse cuanto le sea posible; de modo que la aptitud para la concisión podrá muy bien ser común, aun cuando rara vez sea practicada.
En general el libro del porvenir, y en particular el destinado a la enseñanza del pueblo, creemos que ha de ser breve, y que debe hacerse un estudio especial y continuado para procurar que lo sea, no sólo sin perjuicio, sino con ventaja de la claridad.
El que mejor aprende lo que enseña un libro, el que no olvida nada importante, ¿que retiene? Un extracto más reducido seguramente que el que puede hacer el autor, pero que debe servir a éste de advertencia para no recargar la memoria del que lee, no sólo inútilmente, sino con daño; es muy probable que el esfuerzo hecho para no olvidar cosas poco importantes perjudique al recuerdo de las esenciales. La memoria no tiene un poder indefinido; el que ignora un asunto, no puede saber lo que en él es principal y secundario, y al autor compete suprimir, tratar concisamente o con extensión, los puntos, según su importancia.
Los libros de primera enseñanza, por lo general, no pueden dar idea de lo que deben ser las obras de enseñanza popular, como no sea para establecer la regla de no hacer nada semejante, y de que tanta más probabilidad hay de acercarse a la perfección cuanto más se aleje uno del plan, forma y aun fondo de ellos. Prescindiremos, porque no hace directamente a nuestro propósito, de que no son propios ni aun para la infancia, y haremos notar que si hasta aquí no había instrucción sino para los niños y los señores, al presente se trata, es preciso tratar, de instruir a los hombres, a todos los hombres, y esta nueva necesidad lleva consigo un nuevo género de literatura. Se necesitan enciclopedias formadas de manuales breves y claramente escritos, procurando además que la forma sea tan bella como lo consienta el asunto. Comprendemos que todo esto podrá parecer ilusorio al que no se penetre bien de la diferencia que hay entre lo que es la instrucción primaria y lo que debe ser la instrucción popular, cuyo fin es distinto, y cuyos medios diferirán mucho si han de ser adecuados al objeto. Hoy es raro que personas verdaderamente instruidas y superiores escriban libros de instrucción primaria; pero es de esperar que haya hombres eminentes que no desdeñen publicar obras para la enseñanza popular. Estos hombres saldrán del cuerpo docente, cuyo nivel intelectual se elevará mucho, y de fuera de él cuando el público sea el pueblo, cuando las obras elementales sean fundamentales. Cuando un manual sea una gran dificultad vencida, una buena obra y un gran triunfo, no desdeñará el genio ponerse en comunicación directa con la multitud y en hacer que, por su medio, la verdad, como el sol, brille para todos.
Ha sido necesario recordar algunos principios de derecho; ninguna institución social, sea la que fuere, ha de prescindir de la justicia: por no tenerla presente muchas hallan obstáculos insuperables, y si los vencen, es haciendo un daño que excede a los bienes que intenta realizar.
Hemos visto que el deber moral que de instruirse tiene el hombre está comprendido en el de perfeccionarse. La perfección significa voluntad recta, afectos puros, entendimiento elevado. Es lo verdadero en la ciencia, lo bello en el arte, lo justo en la moral; es la mansedumbre, el sacrificio, el perdón, el amor infinito de Dios y de los hombres. La mísera criatura que sufre, concibe y aspira a la dicha completa; en sus extravíos comprende la rectitud y en su pequeñez el infinito; el dolor de su miseria es la prueba de su grandeza, y tantos mártires de la verdad y de la justicia dan testimonio de que aspira a la perfección. Aunque para ello sea necesario el ejercicio de las facultades intelectuales, no lo entiende así el que las deja inactivas: la ignorancia no se penetra fácilmente que el instruirse sea una obligación, por eso tarda en aceptarla, y hay personas a quienes es necesario imponerla como deber legal antes que como moral la hayan reconocido. Su error o su negligencia no puede admitirse como regla; su obstinación no ha de respetarse en daño de sus hijos, ni tienen derecho a infringir la ley que todos estamos obligados, en conciencia, a obedecer cuando no ordena cosa contra la conciencia. No es éste el caso de la que hace obligatoria la instrucción, siempre que en la escuela no se enseñe nada que a ninguna persona de recto juicio pueda parecer malo.
Los mismos principios que justifican el deber legal de instruirse dan derecho a la instrucción; al que no quiere adquirir la indispensable se lo puede obligar; al que no pueda se le debe auxiliar para que la adquiera; una vez comprendida su importancia, no se vacilará en declararla gratuita, como la justicia, para el que no pueda pagarla, y que lo mismo que pleitea se instruya por pobre. Nadie que observe el pueblo puede desconocer la importancia, la necesidad de instruirle. Sus derechos, sus aspiraciones, su falta de fe religiosa, su participación en la política, su ansia de regeneración social, el mayor peligro que corre su virtud, todo impone la necesidad moral, y aun material, de instruirle. La obscuridad de la ignorancia hoy, es el caos. Si se deja que choquen entre sí los elementos sociales en vez de armonizarlos, dignos de lástima serán nuestros hijos. Rudas pruebas les esperan si no van a Dios por la fe, ni se elevan a Él por la razón; si por la ignorancia de las leyes económicas no comprenden el peligroso error en que están acerca de la formación y distribución de la riqueza; si por el desconocimiento de las leyes morales hacen cálculos con los hombres que se necesitan para una empresa como con los kilogramos de hierro que entran en una máquina; si no acatan el precepto religioso, ni tienen reglas de moral con firme apoyo en su conciencia y en su entendimiento; si a las afirmaciones dogmáticas de que se burlan no sustituyen las explicaciones científicas; si, desconociendo las armonías que el saber revela, creen que en el Universo hay la confusión que existe en su espíritu; si no sustituyen por otros ideales los que han perdido; si no realizan el derecho a medida que rechazan la fuerza, y si por cada cadena que rompen no forman un lazo.
La falta de conocimiento, el descuido, el egoísmo, pueden hacernos prescindir de la ignorancia del pueblo; pero ella nos saldrá al paso: la hallaremos en el rebelde, en la prostituta, en el ladrón, en el asesino, en las víctimas de todos ellos; y si sordos a la voz del deber no nos persigue como un remordimiento, nos acometerá como un malhechor.
Por más importancia que la instrucción tenga, no puede hacerse obligatoria en un pueblo muy atrasado; para imponerla verdaderamente como deber legal que por todos se respete y se cumpla, se necesitan grandes medios morales, intelectuales y materiales.
¿Tiene España estos medios? No; la ley de enseñanza primaria obligatoria para todos, sin excepción, vendrá a aumentar el número de las que no se cumplen. Se opondrán a su cumplimiento: la ignorancia, el egoísmo y la miseria, la autoridad con su resistencia pasiva; el docto que no querrá, y tal vez no podrá transmitir gratis sus conocimientos; el rico, que no querrá dar dinero; el pobre, que no dará tiempo, y el miserable que vive de la mendicidad, incompatible con la instrucción. Se opondrá al cumplimiento de la ley el obstáculo material de falta de locales donde quepan los alumnos. ¿Cómo no se empieza por reconocer las escuelas, fijar el número de niños que en ellas pueden estar en condiciones higiénicas y formar una estadística de los que la ley obligaría a asistir? Esta indispensable operación previa daría por resultado poner de manifiesto la imposibilidad material de que la ley se cumpliese, y resultan graves daños de promulgar leyes que no han de cumplirse.
¿Existen grandes elementos morales o intelectuales que puedan vencer inmediatamente los obstáculos materiales que a la enseñanza obligatoria se opondrían? Hemos visto que no, y a tantas pruebas que así lo manifiestan podemos añadir que ni centros literarios, ni científicos, ni corporaciones, ni el Gobierno, ni nadie ha enviado a la Exposición de París un maestro de primeras letras.
No hay que desesperar, no; pero tampoco esperar demasiado, porque contar con medios que no existen sería tal vez esterilizar los que tenemos, convirtiendo las facilidades que resultasen ilusorias en dificultades insuperables. Hay personas que comprenden la importancia de que el pueblo se instruya, y dispuestas a trabajar y hacer sacrificios para instruirle; hay que utilizar su buena voluntad y procurar aumentar su número, porque la empresa no es imposible, pero no es fácil tampoco.
Que la ley consigne el deber de la instrucción para todos los que puedan adquirirla, pero los que puedan nada más; porque, si es inflexible sin razón, será infringida por necesidad. Que al mandato de instruirse vayan unidas otras muchas disposiciones que faciliten la instrucción, que la hagan atractiva y verdaderamente útil, que no se limite, como hoy, al imperfecto conocimiento de las primeras letras.
La llamada instrucción primaria no merece este nombre, puesto que no es más que un medio de instruirse, si no se emplea, inútil, y si se emplea mal, dañoso. Se ve la ignorancia letrada, y el error, letrado también, en la gente del pueblo que por saber leer y escribir no deja de ser ruda, y de admitir como verdades los absurdos más groseros. No puede suceder otra cosa mientras la enseñanza sea más mecánica que intelectual, y se reduzca a adquirir un instrumento que no se usa o no se usa bien. La cuestión no es que el pueblo aprenda a leer, sino que aprenda a discurrir.
No es ésta ciertamente la obra de un día, ni de un año, ni de muchos años; pero es el problema que, por difícil que sea, hay que resolver. Las dificultades que para resolverle se presentarán son grandes, pero no insuperables, y hay que medirlas, no para espantarse de su magnitud, sino para proporcionar a ellas el esfuerzo necesario para vencerlas.
No puede sustituirse la instrucción popular a la instrucción primaria sin reformar radicalmente ésta. Es necesario que el alumno lo sea por muchos años y que emplee en la escuela menos tiempo cada día, para que de niño le aproveche todo, y de adolescente y de mozo aprenda lo que en la niñez es incomprensible, y para que la instrucción literaria pueda armonizarse con la industrial. Esto exige mayor perfección en los métodos de enseñanza, crear un nuevo género de literatura y variar la condición del maestro, sacándole de la de niñero y haciéndole profesor.
Para que el pueblo se instruya verdaderamente, el Estado puede tomar muchas y variadas disposiciones, más eficaces que hacer la enseñanza primaria obligatoria para todos. Debe hacerla posible, atractiva, útil e imponerla a aquellas colectividades de cuya educación dispone directamente.
Los obstáculos de todo género que se hallarán para difundir la instrucción no pueden vencerse por el Estado si la opinión pública no le auxilia, si la acción individual, asociándose, no presta su poderoso auxilio.
Las leyes, los decretos y los reglamentos pueden organizar la enseñanza, pero no generalizarla, no hacerla verdaderamente popular si tienen que ir por todas partes venciendo resistencias en vez de hallar cooperaciones.
La enseñanza popular, en cuanto sea dado, no debe limitarse a los niños, sino hacerse extensiva a los adolescentes, a los jóvenes y a los hombres. Si su ignorancia no es invencible, hay que esforzarse a vencerla; parece duro imponerles sacrificios para realizar un bien de que no serán partícipes. Si esta exclusión es inevitable, lo imposible no obliga; pero debe limitarse cuanto fuere dado, generalizando y perfeccionando las escuelas de adultos. La justicia será, como siempre, la utilidad, aunque sólo a la material se atienda; por mucho que cueste instruir a los ignorantes, ha de costar más dirigirlos, y en ocasiones contenerlos si no se instruyen. Algunos conocimientos de Economía política evitarían muchas huelgas y muchas rebeldías, que, bien analizadas, no suelen ser más que explosiones de ignorancia.
Al que juzgue extraño y aun absurdo que pretendamos iniciar al pueblo en cierto género de conocimientos que se tienen por superiores a su capacidad, le rogamos considere que no se trata de que pase instantáneamente de la ignorancia a la ciencia; además, no habiéndose intentado nada serio para iniciarle en ella, no hay derecho para declararle incapaz de adquirirla.
Hasta ahora, como sobre ciertos asuntos se hablaba y se escribía para pocos, si ellos comprendían se daba por bien escrito y bien hablado. Aun podrá suceder que haya quien tenga por mérito el ser comprendido por un corto número. Diríase a veces que el espíritu aristocrático, arrojado de las instituciones políticas y civiles, entraba disfrazado en el campo científico, y que los grandes señores de la inteligencia tenían a menos comunicar con la plebe. Este estado de cosas inevitable es transitorio. Cuando el público sea el pueblo no le desdeñarán los sabios, que aprenderán de él tanto como le enseñen. ¿Por qué a veces se han extraviado tanto los pensadores? Porque vivieron aislados, sin el apoyo y las amonestaciones del gran maestro que se llama la humanidad.
Que las inteligencias superiores se eleven sobre las multitudes es su derecho, y suelen comprarle bastante caro para que espontáneamente no se les reconozca; pero a cualquiera altura que estén, que no se desvíen; que la obra científica sea siempre la obra humana, y la más preciada grandeza el haber hecho llegar al mayor número de hombres el mayor número de verdades profundas y de sentimientos elevados. Cuando se comprenda así, no se excluirá a ninguna clase de la comunión intelectual; se dirán las verdades esenciales de modo que las comprendan las multitudes, y el genio, como el sol, brillará para todos.
Como la verdadera instrucción del pueblo es necesaria y es posible, aunque sea difícil se realizará; llegará un día en que se realice. ¡Pero cuántos pecados y cuántos dolores evitarán, cuántos títulos a la gratitud de la posteridad adquirirán los que apresuren ese dichoso día! Misión tan noble, empresa tan difícil, obra tan santa, merece y necesita la cooperación de todas nuestras facultades. Es necesario pensarla y sentirla; es necesario comprender como el gran Leibniz el amor en la definición de la justicia; medir generosamente el deber por el poder de hacer bien; no estudiar una ley para saber las obligaciones que impone, sino los beneficios que con su auxilio podrán realizarse; no escatimar los céntimos ni los minutos que se dan cuando se contempla en la muchedumbre embrutecida el germen del crimen que fecunda el error, la chispa del genio que apaga. La ignorancia, poder que hace cautivos, impone la necesidad de una obra de redención, y jamás se han redimido los hombres con cálculos egoístas, ni en virtud de oráculos dados sobre trípodes de hielo.