Además de la calificación de «historia verdadera» (supra, nota 252), hay numerosas referencias a la verdad de la historia de Don Quijote: I, 50, 10-11 (donde, como en I, 127, 23, es llamada cuento); II, 402, 11; III, 101, 7-9; III, 128, 4; III, 200, 9-10 y 16-17; III, 226, 16-18; IV, 10, 27; IV, 276, 23; y IV, 406, 12.
Por ejemplo: «Otras algunas menudencias avía que advertir; pero todas son de poca importancia, y que no hazen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera» (I, 132, 11-15). Este pasaje viene justo antes de que se indique que es posible que un historiador árabe no sea exacto, y justo después de que se diga que Sancho Panza también se llama Sancho Zancas, nombre éste que no vuelve a usarse en todo el libro.
I, 128, 26-132, 8. Véase el ingenioso artículo de Thomas Lathrop, «Cide Hamete Benengeli y su manuscrito», en Cervantes. Su obra y su mundo, ed. Manuel Criado de Val (Madrid: Edi-6, 1981), págs. 693-697.
Véase el capítulo 1, nota 137 y el capítulo 2, nota 205. El equivalente moderno es un nuevo tipo de relato, la telenovela; los personajes ficticios reciben cartas con regularidad.
El texto contiene ejemplos paradigmáticos de razonamientos erróneos, como la respuesta de Don Quijote a Vivaldo, I, 173, 1-3, o el relato de Sancho como «testigo de vista», I, 268, 1-8. Contiene ejemplos igualmente claros de la forma en que se llega a conclusiones a partir de hechos que aparentemente no son importantes. Véanse, entre otros, las discusiones de Sancho y Don Quijote en los capítulos 48-49 de la Primera Parte y en el capítulo 8 de la Segunda Parte; en el capítulo 48 Sancho comienza explicando que «yo le quiero provar evidentemente como no va encantado» (II, 356, 17-18). Parece probable que Cervantes estudiara argumentos y pruebas. Considerando la importancia de la justicia en sus obras (véase el capítulo 4, nota 461 y el capítulo 5, nota 556), su estudio habría tenido un carácter judicial. En el II Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, Nápoles, 8 de abril de 1994, Peter Geltman presentó la comunicación «"Tú tienes ahora el ingenio como el que siempre tienen los moros": Acerca de la argumentación premoderna en el discurso de Lotario, Quijote, I, 33».
«A no contármelo un hombre tan verdadero como él, lo tuviera por conseja, de aquellas que las viejas cuentan el invierno al fuego» (II, 270, 7-10; II, 271, 25-26); del mismo modo, «no son sino palabras de consejas o cuentos de viejas» («Coloquio de los perros», III, 227, 1-2), y «aun hasta en las consejas que en las largas noches del invierno en la chimenea sus criadas contavan, por estar él presente, en ninguna ningún género de lascivia se descubría» («El celoso extremeño», II, 168, 19-22).
II, 365, 23-26; Don Quijote también cita este encantamiento en I, 167, 13-25. Es un ejemplo de fábula, como se indica en Persiles, I, 118, 3-5. La transformación de personas en animales o viceversa siempre es mentira (Persiles, I, 117, 21-22), justamente lo que tienen los libros de caballerías, pero no Don Quijote. (La obra que se cita en ocasiones como equivalente clásico o predecesor de esos libros, el Asno de oro de Apuleyo, también contiene un hombre que se transforma en animal, como se indica en el «Coloquio de los perros», III, 214, 3-7; véase mi introducción a Alejo Venegas, págs. 27-30.) Para observaciones adicionales, véase el capítulo 5.
II, 358, 6-18; III, 296, 1-22.
Compárese la afirmación de la duquesa: «El buen Sancho, pensando ser el engañador, es el engañado, y no ay poner más duda en esta verdad que en las cosas que nunca vimos» (III, 416, 1-4). La duquesa está mintiendo, y en cuanto a la verdad de las cosas que no se han visto nunca, se debería ser especialmente escéptico.
III, 302, 11-30; en III, 284, 16-23 y en III, 286, 25-287, 5 se sugiere al lector que Don Quijote soñó. La duquesa somete el relato que narra Sancho de su viaje imaginario por los cielos al mismo tipo de examen. El propio Sancho, un mentiroso desde la Primera Parte (por ejemplo, I, 326, 21-24; II, 72, 31-32; y I, 265, 7-11), propone la base para evaluar si «di[ce] verdad o no»: «las señas de las... cabras», que afirma que eran verdes, rojas y azules (IV, 45, 9-15).