III, 56, 15-20. Es irónico que el título «don» se haya introducido en la lengua inglesa como substantivo (cuando no lo es en español) en gran parte debido a la influencia de Don Quijote, cuyo protagonista es frecuentemente llamado «el don» por escritores que sólo conocen la obra en inglés.
Como señala Leo Spitzer («Linguistic Perspectivism in the [sic] Don Quijote», en Linguistics and Literary History [Princeton: Princeton University Press, 1948], págs. 41-85, en la pág. 49; «Perspectivismo lingüístico en El Quijote», en Lingüística y historia literaria, traducción de José Pérez Riesco, 2.ª edición [Madrid: Gredos, 1961], págs. 135-187, en la pág. 148), Don Quijote cree que su nombre es una honorable derivación de Lanzarote, pero en realidad es poco digno; -ote se usa como rima humorística en el poema de Don Quijote, I, 376, 3-28. Para una discusión más amplia de este episodio, véase Luis Murillo, «Lanzarote y Don Quijote», en Folio. Papers on Foreign Languages and Literatures. 10. Studies in the Literature of Spain. Sixteenth and Seventeenth Centuries, ed. Michael J. Ruggerio (Brockport, New York: Department of Foreign Languages, State University of New York at Brockport, 1977), págs. 55-68, que menciona estudios anteriores y menos extensos sobre este tema.
«Argamasa» es mortero. Cervantes usó este término en comparaciones para representar dureza: «más duro que si fuera hecho de argamassa» (I, 147, 6-7), «más dura que un pedaço de argamasa» («La ilustre fregona», II, 310, 25-26).
El matrimonio de Sancho con Teresa es muy infeliz: «súfrala el mesmo Satanás», dice en III, 277, 15, después de comentar que su mujer «no es muy mala, pero no es muy buena». Estos comentarios vienen inmediatamente después del discurso de Don Quijote sobre el matrimonio, que provoca una respuesta entusiástica por parte de Sancho. Aunque no está expresado en el texto, puede deducirse cierta conexión entre la reacción de Sancho y el comentario final de Don Quijote, «si la [mujer] traes mala, en trabajo te pondrá el emendarla.... Yo no digo que sea impossible, pero téngolo por dificultoso» (III, 276, 10-13). Ni Don Quijote (III, 356, 14; IV, 52, 18-27) ni Sancho (I, 113, 10-15; II, 399, 25) sienten gran respeto por Teresa, que no quiere que Sancho sea un hombre en su propia casa (III, 107, 14-16). Si su hija Sanchica ha resultado bien, ha sido en opinión de Sancho, «a pesar de su madre» (III, 165, 29-30).
Generalmente no está muy contento cuando vuelve a casa (III, 80, 18-19), y Teresa tiene motivos para temer que la olvidará (III, 82, 21): a Sancho le resulta fácil olvidar a su mujer cuando trabaja (IV, 369, 32-370, 1). Se da a entender que Teresa no es bella (III, 275, 15-16, y muchas afirmaciones parecidas). En realidad, no sólo es «fuerte, tiessa, nerbuda y avellanada» (IV, 142, 30-31), sino gorda (IV, 340, 3), por cuya razón Sancho sugiere el despectivo nombre pastoril de Teresona (IV, 340, 2). A pesar de que pretende tener «castos desseos» y que desea evitar «casas agenas» (IV, 340, 5-7), está totalmente dispuesto a dar a Altisidora lo que Don Quijote no quiere (IV, 370, 26-27), y declara caballerosamente que desea «servir» a la duquesa (III, 408, 17-26).
Teresa dice cosas feas cuando «se le antoja» (III, 277, 13-14); afirma que su corazón estaba triste durante la ausencia de su marido, pero lo que le hace feliz son cosas materiales, y da gracias a Dios de que el asno, acerca del cual pregunta primero, ha regresado en mejores condiciones que su esposo (II, 398, 28-399, 14). Las momentáneas apariciones de Teresa en la Segunda Parte, en su correspondencia (capítulo 52), durante la visita del paje (capítulo 50), y en el apócrifo capítulo 5 (III, 83, 29; III, 88, 28) confirman la descripción que hace Sancho de ella: codiciosa, así como «testaruda» (III, 107, 7-12) y vanidosa. Satisfacerla bien podía ser uno de los motivos por los que Sancho se fue de casa con la promesa de que sería gobernador (véase III, 73, 27-30), y, por lo tanto, rico (II, 41, 19-31; III, 447, 1-3; IV, 372, 25-27; quizás IV, 195, 21-23).
«Asnalmente» (I, 111, 13-14).
I, 349, 15-18; II, 389, 26-390, 6; III, 105, 28-106, 1; III, 199, 7-10; III, 451, 3-7; III, 452, 12-16; parodiado en I, 129, 2-13, con palabras que son repetidas en el discurso de la Edad de Oro. (Nótense asimismo las burlescas actividades del ventero, I, 68, 25-28.) Se encuentran afirmaciones algo más precisas acerca de los deberes de un caballero andante en III, 39, 1-24; III, 45, 11-14; III, 237, 7-10; IV, 169, 22-25; y IV, 204, 21-23 (parodiado en II, 396, 30-31).
De la misma manera, el refrán inglés actual «chivalry is dead» («la caballería está muerta»), que quiere decir que ya no se sirve a las mujeres, refleja una postura ahora olvidada: que en Don Quijote Cervantes había atacado y destruido no sólo un tipo de literatura caballeresca, sino la caballería misma (véase Close, Romantic Approach, capítulo 3).
La conexión creada por Hearnshaw («Chivalry and its Place in History», págs. 8-9) entre el comienzo de las Cruzadas en el Concilio de Clermont y el servicio a las mujeres raya en lo excéntrico; compárese el tratamiento de Federico Duncalf, «The Councils of Piacenza and Clermont», en A History of the Crusades, ed. Kenneth M. Setton, I, 2.ª edición (Madison: University de Wisconsin Press, 1969), 220-252.
En el tratado medieval sobre la caballería más famoso, el Libro del orden de caballería de Lulio, «la función de la orden de caballería era proporcionar la fuerza necesaria para mantener las leyes de Dios y del hombre» (Painter, French Chivalry, pág. 79). El Doctrinal de los cavalleros de Alonso de Cartagena (Burgos: Friedrich Biel, 1487; disponible en microfilme en la serie «Iberian and Latin American Books before 1701» [antes «Hispanic Culture Series»], 317) empieza con Dios y con las leyes, y en Tirant lo blanc, que incluye muchas consideraciones teóricas sobre la caballería, se dice que se fundó para que «la justicia fuese tornada en su honra y prosperidad», y para que «Dios [fuese] amado, conocido y honrado» (capítulo 32). La protección de las mujeres formaba parte de estos propósitos más amplios. Sobre la deformación de don Quijote de los principios de la caballería, véase ahora Robert W. Felkel, «El trastorno de la caballería en Don Quijote: El héroe cervantino a la luz de los tratados de caballería catalanes», Anales Cervantinos 30 (1992), 99-127.
Incluso en los libros de caballerías españoles, la caballería no significa servir a las mujeres; estos libros se centraban en los hombres, como he señalado en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 70-71, y en «Cervantes y Tasso vueltos a examinar». Diego Clemencín, que adoptó como propio el parecer de Don Quijote (véase su introducción, págs. 990b-991a de la edición citada), tiene que escoger y seleccionar, y tomar citas fuera de contexto, para respaldar la postura de Don Quijote (nota 9 de Clemencín a I, 11). Como se trata de un punto importante, explicaré cómo Clemencín ha distorsionado los datos. Empieza con una cita de Feliciano de Silva, el autor más licencioso de estos libros y el favorito de Don Quijote, pero esta cita según la cual los caballeros deberían defender a «dueñas y doncellas», proviene de parte interesada, no de un narrador imparcial (como erróneamente dije en una ocasión). Su cita de Tirant aparece solamente después de un juramento de servicio al rey (como Clemencín sólo da la referencia del capítulo italiano, puede ser útil observar que se encuentra en el capítulo 59 del original).
Clemencín también cita como pruebas las reglas de los Caballeros de la Banda, incluidas en Doctrinal de los cavalleros de Alonso de Cartagena. (He usado la edición de Burgos: Friedrich Biel, 1487, disponible en microfilme en la serie Iberian and Latin American Books before 1701, antes Hispanic Culture Series, rollo 317; una edición científica la ofrece Isabel García Díaz, «La Orden de la Banda», Archivum Historicum Societatis Iesu, 60 [1991], 29-89, quien comenta otras ediciones modernas en su pág. 61. La tesis de licenciatura de García Díaz, «La Orden de la Banda en la política de Alfonso XI», Departamento de Historia Medieval, Universidad de Murcia, 1983, está citada por Rogelio García Mateo, S.J., «Orígenes del "más" ignaciano», pág. 122, nota 16.) Sin embargo, Clemencín no observa que estas reglas ocupan sólo una pequeña parte de la obra, en la que se da mucha más importancia a la amistad masculina (fols. R5v -8v). Es cierto que un caballero de esta organización tenía que hacer tres cosas: «guardar lealtad a su señor», «amar verdaderamente a quien oviese de amar espeçialmente aquel en quien posiere su entinçion» y «amar a sí mesmo e preçiarse e tenerse por algo» (fols. 79 Q7v -Q8r). Pero parece que el segundo de estos deberes está dirigido al matrimonio (véase fol. R3v); en la ceremonia de investidura, lo que el caballero tenía que jurar era que «en toda vuestra vida que seades en serviçio del rrey o de alguno de sus fijos», y «que amedes a los cavalleros de la vanda» (fol. R1r). La frase que cita Clemencín, «que el cavallero dela vanda deue ayudar alas dueñas e donzellas fijas dalgo», no es más importante que las instrucciones que los caballeros no jueguen a los dados, coman «manjares suizos» o no vistan de forma poco apropiada (fol. Q8v). Está muy lejos del amor caballeresco de Don Quijote.
Dos de los otros ejemplos de Clemencín provienen de obras italianas, Morgante y Leandro el bel (sobre éste, véase Thomas, págs. 229-234). Y tiene dos citas de la última continuación de Belianís de Grecia, y yo puedo añadir una afirmación del prólogo del licencioso Francisco Delgado a la edición de Amadís publicada en Venecia en 1533 (este pasaje es reproducido por Adolfo de Castro, Varias obras inéditas de Cervantes [Madrid, 1874], págs. 436-437); es dudoso aunque no imposible que Cervantes conociera este texto.
Ésta es una pobre cosecha de un conjunto tan inmenso de obras como son los libros de caballerías castellanos, en los que hay amplia confirmación de una afirmación tal como «desaforados disparates» hecha por el canónigo (véase la nota de Clemencín del capítulo 47 de la Primera Parte).
Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 82-84. En I, 50, 22-24 se revela que Silva es el autor favorito de Alonso Quijano. Creo que la lascivia de las obras de Silva es dejada de lado en Don Quijote para evitar que atraiga a los lectores a ellas. Cervantes dice, en cambio, que son imposibles de entender.