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Incluso la mujer del Lazarillo, en el Tratado Séptimo, se molesta mucho por la acusación de que había «parido tres veces». ¿Qué les había pasado a los niños? ¿Los mataron o abandonaron? Eso es lo que da a entender el hecho de que no estén allí, lo cual es motivo de murmuración.)



 

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I, 362, 31-363, 4; III, 124, 26-28; también I, 56, 17-20. En el primero de estos pasajes Don Quijote dice que la ha visto cuatro veces, pero sólo una vez ella se dio cuenta de que la estaba mirando; por lo visto, la última, poniendo fin a esta actividad. En el segundo pasaje afirma que nunca la ha visto. Creo que es más probable que el primero sea el correcto, porque el segundo está combinado con la falsa -obviamente falsa- afirmación de Don Quijote que ha hablado de esto con Sancho «mil vezes».

No es halagador considerar cómo Aldonza no se dio cuenta de que Alonso Quijano la estaba mirando. La interpretación más lógica es que la estaba espiando; ella creía que nadie la estaba mirando, o creía que estaba en un lugar donde no había nadie. Si detuvo a Don Quijote (véase también I, 59, 14-17), no quería que la observaran.



 

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La palabra que falta, que Cervantes evita usar, es «puta». No significaba necesariamente, y en el caso de Aldonza ciertamente no significaba, una mujer que cobraba sus amores, sin más bien «la muger ruin que se da a muchos» (Diccionario de autoridades); Covarrubias da «la ramera o ruin muger».



 

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«No soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes» (III, 390, 32-391, 1; también I, 362, 27-29; repetido por Sansón en III, 62, 30-31).

La identificación del amor platónico con el amor casto arranca aquí, en las palabras de Don Quijote. Otis Green, que ha estudiado el amor en la España renacentista, ha señalado que el amor de Don Quijote, que no va a «estenderse a más que a un honesto mirar» (I, 362, 29-30), «sin que se estiendan más sus pensamientos que a servilla» (II, 72, 12-13), no es el amor platónico sino el amor cortés medieval (véase Spain and the Western Tradition, I [Madison: University of Wisconsin Press, 1963; 2.ª edición, 1968], pág. 186, nota 96 y pág. 194; véase también José Filguera Valverde, «Don Quijote y el amor trovadoresco», Revista de Filología Española, 32 [1948], 493-519).

Los conocimientos que tenía Cervantes sobre el amor platónico probablemente procedían de las Anotaciones a Garcilaso de Herrera (Garcilaso de la Vega y sus comentaristas, pág. 239), donde, por supuesto, el amor no sexual es el más elevado de los tres tipos de amor platónico, pero no se identifica con el amor platónico. Sin embargo, evidentemente Cervantes leyó a más de un autor sobre este tema (véase Geoffrey Stagg, «Plagiarism in La Galatea», Filologia Romanza, 6 [1959], 255-276), y la naturaleza del amor era, entonces como ahora, objeto de considerable debate e incluso de confusión. Se atribuían a Platón pareceres diversos (aunque no el de Don Quijote). Ficino acuñó el término; para su interpretación, véase Jerome Schwartz, «Aspects of Androgyny in the Renaissance», en Human Sexuality in the Middle Ages and Renaissance, ed. Douglas Radcliff-Umstead, University of Pittsburgh Publications on the Middle Ages and the Renaissance, 4 (Pittsburgh: Center for Medieval and Renaissance Studies, 1978), págs. 121-131, y Edgar Wind, Pagan Mysteries in the Renaissance, edición revisada y ampliada (New York: W. W. Norton, 1968), en especial el capítulo 4; también puede ser útil el capítulo 6 de Baldesar Castiglione de J. R. Woodhouse (Edinburgh: Edinburgh University Press, 1978). Para los autores del siglo XVI que escribieron sobre el amor y que Cervantes empleó, Bembo, Mario Equicola, y León Hebreo, véase el estudio algo anticuado de Nesca A. Robb, Neoplatonism of the Italian Renaissance (London: Allen & Unwin, 1935), capítulo 6; para ver una tentativa del siglo XX de entender el punto de vista de Platón sobre el amor, véase Hans Kelsen, «Die platonische Liebe», Imago, 19 (1933), 34-98 y 225-255; traducido por George B. Wilbur, «Platonic Love», American Imago, 3 (1942), 3-110; véase también el comentario de C. S. Lewis, The Allegory of Love (1936; reimpreso en New York: Oxford University Press, 1958), pág. 5. Sin embargo, se recomienda especialmente al lector interesado por este tema la bella traducción que hizo el Inca Garcilaso de una obra que merece la pena ser estudiada, los Diálogos de amor de León Hebreo (ed. P. Carmelo Sáenz de Santa María, S.I., en Obras completas del Inca Garcilaso de la Vega, Biblioteca de Autores Españoles, 132-135 [Madrid: Atlas, 1965], I).

Una cuestión algo distinta pero también importante es el punto de vista de Cervantes acerca del amor casto. Hay indicios de que, como ideal teórico, prefería la castidad al amor físico y al matrimonio. Lo sugiere, por ejemplo, la prudencia de un personaje tan juicioso como Preciosa: «si la virginidad se ha de inclinar, ha de ser a este santo yugo, que entonces no sería perderla, sino emplearla en ferias que felizes ganancias prometen» («La gitanilla», I, 57, 7-10). El pretendido amor platónico de Tomás por Constanza, «limpio» y no «vulgar», «que no se estiende a más que a servir y a procurar que ella me quiera, pagándome con honesta voluntad lo que a la mía, también honesta, se deve» («La ilustre fregona», II, 301, 11-302, 7), no excluye el matrimonio como consecuencia, aunque sólo el matrimonio de su amigo Carriazo, menos refinado, produce descendencia (II, 352, 23-26). Afirmaciones en La Galatea y cerca del final de Persiles declaran, como era de suponer, que el supremo placer en esta vida viene de la unión de las almas. («Como sea hazaña de tanta dificultad reduzir una voluntad agena a que sea una propria con la mía, y juntar dos differentes almas en tan dissoluble ñudo [sic] y estrecheza que de las dos sean uno los pensamientos y una todas las obras, no es mucho que, por conseguir tan alta empresa, se padezca más que por otra cosa alguna, pues, después de conseguida, satisfaze y alegra sobre todas las que en esta vida se dessean» [La Galatea, II, 68, 8-17]; «ha gozarse dos almas que son una... no ay contentos con que igualarse» [Persiles, II, 204, 10-12].)

Se deduce, considerando el decepcionante resultado de su matrimonio, en sentido emocional y reproductivo, un rechazo tardío de la sexualidad por Cervantes. (Véase, con algunas reservas, W. Rozenblat, «¿Por qué escribió Cervantes El juez de los divorcios?», Anales Cervantinos, 12 [1973], 129-135.) Sin embargo, por lo menos en la época de la composición de La Galatea y de su matrimonio, Cervantes creía que dado nuestro estado de perdición y nuestras breves vidas (véase La Galatea, II, 61, 20-62, 17), Dios había destinado que el amor por una mujer condujera al matrimonio, unión sexual y reproducción; no llegar al matrimonio y permanecer célibe sería un error. La jerarquía de amores de Herrera debería comparase con la de Tirsi (La Galatea, II, 61, 1-18), donde encontramos el amor deleitable tratado mucho más amablemente (como también en Parnaso, 60, 25-27). El rechazo de la sexualidad, y la aceptación del papel asexual que la sociedad y la Iglesia destinaron al anciano, deben haberle sido dolorosos y reticentes. (Véase, por ejemplo, la emoción que hay en el rechazo de Don Quijote a las doncellas de la duquesa, y la amenaza que él cree que representan [IV, 68, 16-31], o las objeciones a ciertos versos, como en IV, 13, 27-14, 8. Como se ha citado en la nota 382, supra, el deseo sexual es un «natural movimiento».)



 

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III, 393, 27-28; también I, 200, 32-201, 13; I, 231, 22-23; III, 92, 1-8; III, 348, 11-12.



 

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I, 78, 22-81, 17; I, 124, 1-3; I, 119, 20-28; III, 392, 31-394, 9. En una ocasión se ofrece ridículamente a ayudar a Sancho con «vozes y advertimientos saludables», si quiere, de forma poco caballeresca, vengarse de «quien no fuere armado cavallero» (III, 150, 25-31), y después del manteamiento declaró que si no fuera por su «encantamiento», «yo te hiziera vengado... aunque en ello supiera contravenir a las leyes de la cavallería, que, como ya muchas vezes te he dicho, no consienten que cavallero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urgente y gran necessidad» (I, 231, 19-27). Antes de ser «armado» por el ventero, Don Quijote sólo luchará con los que cree que no son caballeros (I, 73, 15-24).



 

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Cervantes constantemente describe la España rural pacífica y satisfecha; lo único que perturba la paz son los bandidos catalanes, y, en la costa, los corsarios moros.



 

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Su alusión a la posibilidad de emplear caballeros andantes para derrotar a los turcos (III, 39, 1-24) es una recomendación al rey, no un plan personal. Es evidentemente una parodia, como lo es su idea, inmediatamente después de su derrota ante el Caballero de la Blanca Luna, de que podría rescatar a Gaspar Gregorio de Argelia (IV, 313, 12-29).



 

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I, 53, 14-15; I, 351, 4-5; II, 200, 3-32; II, 337, 6-17; III, 116, 18-117, 14; III, 390, 9-14; III, 400, 2-7; IV, 339, 5-8.



 

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En sólo un día, el día que ve los rebaños, Don Quijote espera «hazer obras que queden escritas en el libro de la fama por todos los venideros siglos» (I, 234, 12-14). Quiere ser famoso con «una hazaña», que pueda hacer con «comodidad», evitando el «peligro» y las «locuras de daño» (I, 351, 4-11; I, 353, 5 y 29). «Ahorrar caminos y trabajos para llegar a la inaccesible cumbre del templo de la fama», seguir «la estrechíssima [senda] de la andante cavallería, bastante para hazerle emperador en daca las pajas» (III, 236d, 27-237, 2); con sólo «dos dedos de ventura, está en potencia propinqua [el cavallero andante] de ser el mayor señor del mundo» (IV, 18, 11-13).



 
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