He sugerido en «El rucio de Sancho» que este punto (es decir, inmediatamente antes de la llegada al palacio de los duques) divide los capítulos que fueron escritos poco después de la publicación de la Primera Parte y los escritos años más tarde. Nicolás Marín apoya esta tesis, «Camino y destino aragonés de Don Quijote», Anales Cervantinos, 17 (1978), 54-66; también «Cervantes frente a Avellaneda: La duquesa y Barbara», en Cervantes. Su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, ed. Manuel Criado de Val (Madrid: Edi-6, 1981), págs. 831-835; y «Reconocimiento y expiación. Don Juan, Don Jerónimo, Don Álvaro, Don Quijote», en Estudios sobre literatura y arte dedicados al profesor Emilio Orozco Díaz, recogidos y publicados por A. Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás Marín (Granada: Universidad de Granada, 1979), II, 323-342. Geoffrey Stagg proporciona una prueba más al señalar (en «La Galatea y "Las dos doncellas"», pág. 125) que hay seis referencias a la destinación Zaragoza en los capítulos 4-26, y a partir de allí ninguna hasta el capítulo 52.
IV, 235, 13-15; de modo parecido, IV, 252, 3-4; y IV, 382, 23-30. Sin embargo, Roque Guinart se da cuenta de que «la enfermedad de don Quixote tocava más en locura que en valentía» (IV, 260, 19-21).
En el capítulo final Don Quijote dice que fueron sus «costumbres» las que le dieron el «renombre de Bueno» (IV, 398, 24-25; también se alaban sus «costumbres» en II, 401, 30-31). Encontramos una explicación probable en III, 207, 13-15: «si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos».
Don Quijote causa admiración en estos capítulos finales sólo por contraste con Avellaneda (IV, 251, 12; IV, 253, 27), y debido a su «estraña figura», a la que se presta menos atención que a la sabiduría de Sancho (IV, 332, 23-25). Sin embargo, Sancho aún puede causar admiración (IV, 369, 7).
IV, 269, 6; IV, 274, 8; IV, 283, 8; IV, 284, 2; IV, 288, 16; IV, 293, 27-28; IV, 305, 8; IV, 311, 10.
IV, 260, 19-21; IV, 284, 26-285, 2; IV, 321, 26-322, 8; IV, 322, 22-27. El narrador llama «nueva locura» a la idea de Don Quijote de pasar su año de reclusión como pastor (IV, 392, 19), seguramente reflejando la opinión de los demás personajes. Debemos observar, sin embargo, que el narrador está en un error; la idea de Don Quijote de ser pastor no es una «nueva locura», puesto que adoptaría esta vida sabiendo muy bien que sólo era una forma agradable de pasar cierto tiempo.
La vida que se describía en los libros de pastores era evidentemente de considerable interés para Cervantes, a juzgar por los distintos personajes que imitan esos libros. De la misma manera que la «Novela de Rinconete y Cortadillo» y la inconclusa historia de Eugenio y Leandra ofrecían material potencial para una continuación de la Primera Parte, en el plan pastoril de Don Quijote hay el fantasma de una nueva continuación. En ella Cervantes pudiera atacar el error de basar la vida en la literatura pastoril, llamada por Berganza «no verdad alguna» («Coloquio de los perros», III, 166, 15), y por el narrador en Don Quijote «más... encarecimiento de poetas que verdades» (I, 389, 9-10); el propio Don Quijote hace poco más o menos el mismo comentario (I, 365, 25-366, 7). (Para una explicación más amplia véase Javier Herrero, «Arcadia's Inferno: Cervantes' Attack on Pastoral», Bulletin of Hispanic Studies, 65 [1978], 289-299.)
III, 365, 29-357, 6; IV, 184, 16-17; IV, 195, 24-28; IV, 196, 23-25.
«Muy filósofo estás, Sancho... muy a lo discreto hablas; no sé quién te lo enseña», es el comentario de Don Quijote cuando Sancho dice «he oído dezir que esta que llaman por aí Fortuna es una muger borracha y antojadiza y, sobre todo, ciega» (IV, 328, 18-25). Compárese con la defensa que hace Sancho de su propia sabiduría en III, 280, 18-25.
IV, 267, 14-15. Acerca de los deberes de un gobernador, véase la nota 461, infra.
IV, 247, 17-253, 31; IV, 276, 20-25; IV, 297, 1-17; IV, 366, 11-25; IV, 381, 15-385, 26; IV, 403, 1-12; IV, 404, 7-11; IV, 405, 1-406, 3. La discusión de las personalidades de Don Quijote y Sancho en el capítulo 58 de la Segunda Parte (IV, 235, 12-32) da a entender que Cervantes conocía el libro de Avellaneda. En el capítulo 30 se refiere a la posibilidad de que Sancho hubiera sido «troca[do] en la estampa» (III, 371, 11-13). Sugiere, aunque ciertamente no prueba, que Cervantes, aunque no lo hubiera visto, sabía algo del libro que estaba a punto de ser publicado, y por esta razón reanudó la composición de la Segunda Parte de Don Quijote, que había dejado a un lado hacía algún tiempo. (La discusión en el capítulo 14 entre Don Quijote y Sansón Carrasco disfrazado como el Caballero del Bosque acerca de si el Caballero había derrotado a Don Quijote o a «otro que le pareciesse», probablemente no se refería a Avellaneda.) Para una información más detallada, véanse las referencias en la nota 448, supra.