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Véase III, 444, 12-14 y IV, 39, 11-14. De igual forma, el gobierno de Sancho iba a ser elaborado, con muchos actores e instrucciones, para hacerlo más parecido a un hecho real.



 

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Una excepción sería el humor que el payaso u otro cómico profesional producen a su propia costa. Precisamente porque el público sabe que es una diversión artificial por la que ha pagado dinero, no se viola el sentido del decoro.



 

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Estudiado por John J. Allen, Don Quixote: Hero or Fool? A Study in Narrative Technique [Part I] (Gainesville: University of Florida Press, 1969). Sobre el libro de Allen véase la reseña de Ruth El Saffar, Modern Language Notes, 85 (1970), 269-273.



 

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El canónigo, aconsejando a Sancho acerca de lo que es gobernar (II, 374, 28-375, 15), sólo menciona el deber de hacer justicia. La parte sensata del consejo que le da Don Quijote (IV, 51, 4-54, 25) es una explicación acerca de cómo hay que administrar la justicia, que es lo que Sancho cuenta que hizo cuando era gobernador («he... sentenciado pleitos», IV, 207, 32). Don Quijote había dicho, mucho antes, que los caballeros andantes, «ministros de Dios en la tierra», eran «braços por quien se executa en ella su justicia» (I, 169, 31-170, 10).



 

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IV, 140, 28-141, 8. Su empleada Altisidora es incluida en esta condena.



 

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III, 415, 23-416, 13. La duquesa, naturalmente, no es el primer personaje que juega con la realidad para engañar a otro personaje; el mismo Sancho engañó a Don Quijote (I, 265, 7-11; III, 132, 4-133, 2). Sin embargo, en un caso Sancho lo hace por un motivo caritativo, el impedir que Don Quijote «[tiente] a Dios acometiendo tan desaforado hecho» (I, 263, 7-8), es decir, atacando a lo que se descubre que son batanes. En el segundo miente porque Don Quijote le ha pedido algo imposible, encontrar a Dulcinea. La mentira del cura y del barbero acerca de la desaparición de la biblioteca de Don Quijote fue «uno de los remedios... para el mal de su amigo» (I, 108, 1-2), y ellos y Dorotea se valieron de un engaño sólo para persuadir a Don Quijote de que abandonara Sierra Morena (I, 384, 4-29). Los engaños de Sansón, aunque emprendidos con un entusiasmo realmente sospechoso, son para ayudar a Don Quijote (III, 190, 17-191, 14). La disputa del yelmo y de la albarda, aunque no tuviera otro propósito que el de divertir, fue iniciada por el propio Don Quijote, y no puede compararse con el engaño de la duquesa a un simple, inventando encantadores y distorsionando la realidad.



 

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Por ejemplo, «todo quanto vuestra merced dize va con pie de plomo» (III, 402, 2-3); «el buen Sancho, pensando ser el engañador, es el engañado, y no ay poner más duda en esta verdad que en las cosas que nunca vimos» (III, 416, 1-4); «Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva; raízes tiene tan hondas echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones.... Siempre que bolviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la dexáis» (IV, 33, 11-27).



 

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El que el duque encarcelara a Tosilos da a entender que él y su mujer estaban entre «los más» que están «tristes y melancólicos» por el resultado (IV, 217, 8-10). «Hazerse pedaços», sin embargo, no significaba hacerse daño, puesto que el duque cuidadosamente dio instrucciones, citadas en el párrafo siguiente, para cualquier castigo físico. El uso que hace Andrés de esta expresión (II, 77, 27), su uso en «El celoso extremeño» (II, 198, 28), así como la definición del Diccionario de autoridades («estar hecho pedazos» es «estar muy cansado o fatigado»), lo apoyan.



 

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I, 50, 16-17. Nos lo recuerda el desagradable eclesiástico en III, 388, 3, y el castellano en Barcelona; IV, 284, 31-32.



 

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Vemos que Cervantes emplea el mismo lenguaje en primera persona, entre otros lugares, en el prólogo de la Segunda Parte: «Quisieras tú que lo [Avellaneda] diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me passa por el pensamiento» (III, 27, 12-14); «del tal [Lope] adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa» (III, 28, 18-20). Un lenguaje similar es puesto en boca de Sancho cuando habla con la duquesa: «Sansón Carrasco... es persona bachillerada por Salamanca; y los tales no pueden mentir, si no es quando se les antoja y les viene muy a cuento» (III, 417, 30-418, 2). También encontramos al narrador haciendo afirmaciones que evidentemente son falsas: «Verdad es que la gallardía del cuerpo [de Maritornes] suplía las demás faltas» (I, 205, 19-20); en el mismo tono, Sancho llama el bálsamo de su patrón «aquel benditíssimo brevaje» (I, 286, 1).



 
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