Capítulo 48 de la Primera Parte; III, 332, 19-24.
Para dar sólo un ejemplo evidente, la cita de Terencio que pronuncia Don Quijote, «más bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida» (III, 310, 14-15), y que también se encuentra en Persiles, II, 207, 12-13, es casi la misma afirmación atribuida a Cervantes en el informe de su servicio naval: «no hacía lo que debía, metiéndose so cubierta, sino que mejor hera morir como buen soldado, en servicio de dios y del rrei» («Información» -supra, nota 483-, pág. 348).
El carácter honesto de Cervantes es mencionado varias veces en el documento citado en la nota 483.
Sobre este tema véase Alan Trueblood, «El silencio en el Quijote», Nueva Revista de Filología Hispánica,12 (1958), 160-180 y 13 (1959), 98-100.
El amigo de Cervantes en el prólogo de la Primera Parte le advierte que no predique (I, 37, 11-12). Ya se han citado los comentarios de Sancho y de la sobrina de Don Quijote sobre sus aptitudes como predicador (pág. 134). En Trato de Argel, Sayavedra tiene tendencias de predicador (Comedias y entremeses, V, 21, 1-3).
Para Don Quijote. El caso de Cervantes es más complicado; su aprecio por las comodidades de la vida italiana, y las numerosas referencias entusiásticas a la comida y al vino en sus obras (especialmente en «El licenciado Vidriera», II, 78, 32-79, 18; quizás también en Persiles, I, lix, 5-7), muestran su afición a los placeres corporales. No obstante, también parece claro que su ideal era ascético: no sólo el religioso sino también el soldado, con quien simpatizaba y se identificaba, tenía que soportar incomodidades sin quejarse. Es difícil no atribuir a Cervantes el punto de vista del protagonista de su única obra religiosa, fray Cristóbal de la Cruz: «Es bestia la carne nuestra, / y, si rienda se le da, / tan desbocada se muestra, / que nadie la bolverá / de la siniestra a la diestra... / La luxuria está en el vino, / y a la crápula y regalo / todo vicio le es vezino» (El rufián dichoso, Comedias y entremeses, II, 54, 31-55, 12).
Véase la nota 381 de este capítulo y la nota 35 del capítulo 1.
Al principio Alonso Quijano padecía de insomnio, y al final un largo sueño precede su vuelta a la cordura. (Aunque el estudio de Green ha sido criticado por Deborah Kong, «A Study of the Medical Theory of the Humours and its Application to selected Spanish Literature of the Golden Age» [tesis, Edinburgh, 1980], según Riley, «Don Quixote» [London: Allen & Unwin, 1986], págs. 48-49, y por Chester S. Halka, «Don Quijote in the Light of Huarte's Examen de ingenios; A Reexamination», Anales Cervantinos, 19 [1981], 3-13, fue Green, en «El ingenioso hidalgo», el que señaló primero la importancia del sueño en la obra. Véase también el artículo de Daniel L. Heiple, «Renaissance Medical Psychology in Don Quijote», Ideologies & Literature, 9 [1979], 65-72.) Suele trasnochar durante todo el libro: cuando lee sus libros, en las ventas, en su segunda salida (I, 111, 24-25), durante aventuras tales como la del cuerpo muerto y los batanes; el que los amantes desdichados no duerman se ajusta a su predisposición (I, 118, 25-31; I, 163, 1-5; I, 164, 8-10; III, 243, 1-7). Cuando está dormido se despierta fácilmente (por ejemplo, en IV, 344, 8-16; en cierto sentido, el episodio de los cueros de vino en el capítulo 35 de la Primera Parte). Se levanta temprano (I, 57, 11-20; III, 250, 4-10), puesto que es un «gran madrugador» (I, 50, 3-4). Su único sueño verdaderamente satisfactorio o profundo, interrumpido a gran pesar suyo, es el de la cueva de Montesinos.
Se llega a la conclusión de que Cervantes tenía dificultades para dormir por su aprecio por el «buen sueño». En sus obras califica al sueño, como al amor, de «dulce». Para pasajes de Cervantes en alabanza del sueño véase mi Las «Semanas del jardín», págs. 107-108.
Don Quijote tenía «más de trescientos libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida» (I, 343, 28-29). Sobre Cervantes, véase mi artículo «¿Tenía Cervantes una biblioteca?».
III, 226, 26-27. El alcahuete de los galeotes también tenía un «mal de orina» (I, 305, 19); Cañizares, el «viejo celoso», padecía de «la hijada», «la piedra» y tenía que orinar frecuentemente (El viejo celoso, Comedias y entremeses, IV, 146, 19-24); y el «vejete» de El juez de los divorcios también padecía de «la hijada» (Comedias y entremeses, IV, 7, 7).
Cervantes describió su enfermedad como «idropesía», (Persiles, I, lviii, 31), exceso de líquidos en el cuerpo, que parece que Cervantes había relacionado con una sed excesiva (además del pasaje citado, véase Don Quijote, III, 262, 15-16). Autoridades médicas modernas (Gómez Ocaña, Historia clínica de Cervantes [Madrid, 1899], citado por Ramón León Máinez, págs. 566-567, y José Riquelme Salazar, Consideraciones médicas sobre la obra cervantina [Madrid, 1947], citado por Alberto Sánchez, «Estado actual de los estudios biográficos», Suma cervantina, págs. 3-24, en las págs. 22-23), aunque no están de acuerdo sobre la causa de la muerte de Cervantes, coinciden en que Cervantes no murió de una enfermedad renal. Sin embargo, teniendo en cuenta la medicina de su época, cuando se creía que una de las causas propuestas por estas autoridades, diabetes, era una enfermedad del riñón, es probable que Cervantes creyera que ésta era su enfermedad; durante mucho tiempo se ha asociado la hidropesía con un ataque de riñón, de lo que puede ser un síntoma. Cervantes escribió un soneto para un libro de urología, el Tratado nuevamente impresso de todas las enfermedades de los riñones, vexiga y carnosidades de la verga y orina de Francisco Díaz (Madrid, 1588), que apoya esta sugerencia. (El soneto está reproducido en Poesías sueltas [Comedias y entremeses, VI], 49.)